PALABRA SECRETA

Juego de Sombras

En esta primera entrega a través del cuento Juego de Sombras nos adentramos en la mente de una adolescente confundida que explora sus preferencias sexuales… ¿Realmente está confundida? ¿Qué decidirá?

Guadalupe

                Para  M.M

Oscuro

Hace más o menos un mes empezó el año escolar. Aún no me acostumbro. No tengo  ganas de ir a estudiar, menos de salir de mi cuarto.  Desde mi cama miro hacia la ventana. La mañana es un agujero oscuro, no hay sol. Llovió toda la noche y hace frío.

Me levanto y me dispongo a vestirme. Los jueves es el peor día de la semana porque toca Educación Física y yo odio el uniforme. Es de esa horrible tela sintética que se pega al cuerpo, no hay forma de que la franela me quede bien y lo he intentado todo: cada vez que me la quito la coloco en un gancho de ropa y la estiro con fuerza en las mangas y el cuello, pero se encoge justo cuando me la voy a poner. Es un bochorno, porque mis senos son tres veces más grandes de lo normal, no me parezco al resto de mis compañeras que tienen la medida justa y no usan sostenes copa doble D.  Los muchachos me miran y  no quiero que me miren. Me avergüenzo de mis pechos enormes y de mi cuerpo grande. El pantalón es otra historia, tengo que hacer un curso para que entre. Aunque si me miro de ladito no se me ve tan mal. Mejor es que no busque consolarme, es igual que la franela: un fiasco.  Yo también soy un fiasco. He tratado de no pensar en eso pero no puedo, quiero desesperadamente ser otra persona.

Mis compañeros están reunidos en la cancha. También Liset, la más bonita del colegio. Ella y su grupito de imitadoras dominan cada lugar a donde van. Cuando me ve sonríe, creo que en forma maliciosa, nunca la he escuchado burlarse de mí, pero sus amigas sí que lo hacen, por eso las evito lo más que puedo. Hoy no me queda más remedio que ir hacia ellas porque la clase está por empezar y el odioso profesor insiste en que tenemos que reunirnos de acuerdo a nuestro sexo.  Hacemos el estiramiento que corresponde y luego vamos a trotar.  Mi corazón se equivocó de lugar porque palpita en mi estómago, los nervios se apoderan de mí. Por una vez me gustaría aguantar la clase entera, sería algo muy bueno si lograra trotar al menos veinte minutos sin parar. Liset dice algo y las otras ríen, no presto atención.  De nuevo lanzan un chiste de mal gusto y esta vez advierto que está dirigido a mí. No tiene nada de  gracioso, pero yo hago que me río: mi boca emite una carcajada bastante convincente y mis hombros se mueven arriba y abajo. Eso las deja complacidas. El profesor da algunas instrucciones y Liset se coloca a la cabeza del grupo de las chicas.

Arrancamos a la señal del profesor.  Las que van delante  partolean mientras trotan, yo no. Me concentro a ver si logro dar la vuelta completa. A mi paso algunos muchachos se burlan. Imagino la razón, mis pechos bailan arriba y abajo en un odioso movimiento ondulante que me hace querer ser invisible. 

Me olvido de los muchachos, bajo el volumen mentalmente a sus  groserías. Oigo el ruido de las zapatillas deportivas de las otras chicas y de mis propios pies  dar golpes continuos en el asfalto.  La cancha está un poco mojada, así que todas resbalamos. Me doy ánimos, siento que no hay nada capaz de detenerme,  sé que puedo hacerlo. ¡Lo voy a lograr! Por primera vez desde que empezamos el año voy a poder dar la vuelta completa a la cancha, si lo hago seré  feliz. Voy a reír de verdad, no como cuando hacen chistes a costa de mi cuerpo. No me importa nada más. ¡Tengo que llegar al final!

No sé que pasó. Mi cabeza da vueltas, me duele un tobillo. Quiero gritar de dolor, ¿en que momento me caí?  Poco a poco vuelven a mí los ruidos exteriores. El profesor me grita que me levante y el resto de mis compañeros, se ríen, claro que se ríen de mí.

Estoy tendida en el suelo con este dolor insoportable. ¡No quiero llorar!, ¡no quiero llorar! Me tapo la cara con las manos y trato de que mi respiración se normalice, el sudor de la carrera se mezcla con las odiosas lágrimas que se me escapan sin permiso.

Me gustaría ser invisible, pero no, soy de lo más patética y evidente, de lo más inmensa y tosca. Pensar en eso ¡Me llena de coraje! Trato de ponerme de pie,  tengo que ser fuerte y levantarme para poder irme de aquí, donde a nadie intereso, donde nada de lo que hacen me sorprende. Como me gustaría ser otra persona para que mis días no fueran siempre iguales. Sería genial que algo marcara la diferencia. Quisiera poner una bomba en el liceo y que volaran por los aires todos esos estúpidos que se burlan de mí. ¡Eso sería algo único e irrepetible! Sí que marcaría la diferencia.

Me miro el uniforme sucio de barro y aterrizo en ese estúpido momento que me toca vivir. No me queda más remedio que ponerme de pie. Creo que puedo sostenerme en el tobillo que me duele. Mientras hago equilibrio unas manos fuertes se han acercado con diligencia. No entiendo…

—Te ayudo… —me dice una voz, trato de ponerme lo más ligera posible, pero él no parece inmutarse por mi peso.

—Grac… grac… —lo que me faltaba ahora no puedo hablar.  Un escalofrío me recorre.  Mi cara debe parecer a punto de explotar.

Esas  manos que ahora tienen rostro no se inmutan, al contrario, sonríe y su sonrisa no es burlona. Pienso con cautela, no puedo dejar que nada me sorprenda. Ya bien derecha intento comenzar a caminar.

Cojeo.

Punto- coma,  punto-coma, punto-coma.

—Te acompaño… ¿Te molesta? —No digo nada. No puedo.

Le indico con mi cabeza que no me molesta, quiero que me acompañe. Mientras caminamos hacia la entrada de la cancha me doy cuenta que las chicas nos miran. No puedo evitar sonreír, es algo más fuerte que yo ¡Dios mío! No puedo ser tan evidente. Mi tobillo está como anestesiado. En mi cabeza comienza a gestarse una idea que cada vez tiene más forma. Este día no es igual a los demás, hay algo distinto. Mis mejillas ardientes así lo indican,  creo que por fin mi deseo se ha cumplido, me atrevo a levantar la mirada, la suya me ha estado esperando,  me doy cuenta que es igualita al cielo en calma, está lejos pero no importa, sé que algo siente por mí, está ahí y lo sé.  El chico que me ayudó a levantarme  rodea mi cintura, no lo necesito porque mi pie ya dejó de doler, pero no soy tonta, no se lo voy a decir. No aguanto más y rompo a reír. Mis carcajadas hacen que todos enmudezcan, sobre todo las chicas, Liset no disimula que está enojada, me atrevería a decir que está celosa de la atención que despierto en este chico simpático. Mi risa debe ser contagiosa porque mi nuevo amigo ríe conmigo.  Liset está muy linda toda sonrojada y molesta, hago lo posible para que mi acompañante no la vea, me concentro en sus palabras.

—Te he visto… pero no sé como te llamas

—Soledad…  —contesto.

Un cosquilleo me recorre todo el cuerpo. Siento que floto, por primera vez en una clase de Educación Física no me siento tan fuera de lugar.

—Muy bien… —comenta la voz—. Sol

Miro su perfil brevemente, creo que vamos a la enfermería,  no me importa.  Lo que sí me interesa es salir de esa cancha. El día no arrancó con buen pie, de hecho no pude meter más la pata, sin embargo, no me siento triste, ni avergonzada, estoy feliz de haber hecho enojar a la bonita, de esa mirada escurridiza, feliz de haber encontrado un nuevo amigo.

Claro

Han pasado algunos años desde ese acontecimiento en la cancha. El chico amable se convirtió en mi amigo y es una persona bastante comprensiva. Para mí la vida ha seguido por ahí con algunos altos y bajos. Hace un tiempo dejé atrás mi timidez, decidí que no me llevaría a ninguna parte. Cuando llegué a la universidad me corté el cabello y adquirí el odioso hábito de fumar. No todo es malo, a punta de dieta y ejercicio logré tener un peso decente. Pero no me gusta hablar mucho de estas cosas, no me gusta recordar cuanto me afectaba mi imagen.

Hace como un mes me encontré con Liset.  La avisté apenas entró al local y pensé que no me recordaría, no soy fácil de reconocer, luego de mi doble masectomía  soy una persona distinta. No, mejor dicho, soy quien siempre fui y no sabía. Contrario a mi pronóstico, ella me reconoció en medio de la nube de humo que dejaba mi cigarrillo. Al principio, pensé que haría un mal chiste de mi apariencia, o que  se burlaría con desfachatez como siempre lo hizo durante los años de liceo. Me sorprendió ver que no fue así.  También es otra persona: madura, altiva, siempre coqueta. Reconozco que ese encuentro  fue   incómodo,  luego ya nos aflojamos y hasta nos reímos de todo un poco, incluidos el horrible uniforme de Educación Física y  todas esas idioteces de la adolescencia. Fumó conmigo. Alabó mi físico, volvimos a reír. Honestamente, no me gusta recordar esos años, sin embargo, no me molestó hacerlo con ella. Más tarde esa misma noche me recordó el día en que me torcí el tobillo, para ella fue un día revelador porque nunca se sintió tan… celosa. Ahora que lo pienso para mí también lo fue. Un día de locos, que empezó con mala pata y me dejó de recuerdo  aquella intensa mirada que me persiguió durante años.

Hace una semana que vivimos juntos. Me gusta verla dormida, sus pechos son del tamaño perfecto, su cabello largo enredado en sus curvas es una de las cosas más hermosas que he visto, su boca es más suave de lo que siempre imaginé. He notado que desde nuestro reencuentro mis días son más claros, tan claros como esos ojos de cielo en un día despejado. ¿Qué si alguna vez imaginé que sentiría su aliento soplando en mi cuello? Sí, miles de veces, pero nunca pensé que las fantasías adolescentes pudieran hacerse realidad. Hay algo que salta a la vista, ella nunca ha tenido problemas con los uniformes.

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