Guadalupe
1
El sol es una bola que deslumbra en lo alto del cielo. Conduzco a una velocidad constante aunque la carretera parece la versión gris de un queso suizo. Mientras manejo, a pesar del volumen del estéreo, vuelvo a escuchar la voz de Joaquín… Ya debe estar en la llamada número setenta, ¡qué patético! Lanzo el móvil al asiento del acompañante y se cuela en mi mente sin permiso nuestra última conversación:
—Joaquín… ¿hasta cuándo, mi amor? Algo tenemos que hacer para arreglar las cosas, es que siento que…, vivimos en un espejismo, sin decirnos la verdad.
—¡Maldita sea, Anastasia!, qué cansado me tienes con tus frasecitas hechas… ¡No sé de qué verdad hablas, chica! ¡Estoy hasta la mierda de tus hormonas, de tu hiperinsulinismo, de tus ensaladas, de tu gordura! ¡Me voy de esta vaina!, ¡y ojalá no te vuelva a ver nunca! ¡No me llames, no me busques, no me molestes más!¡Peazo´e gorda!
Sus gritos cortaron el aire y volvieron el lugar un cementerio. El zumbido de los mosquitos podía oírse. Encima, tuve que tragarme las lágrimas y la humillación porque el idiota se fue sin pagar la cuenta.
Mientras entregaba mi tarjeta de débito al encargado del lugar y hacía lo correspondiente para pagar mi organismo estallaba, se volvía astillas. Mis huesos, mi corazón, mis lágrimas; un revoltijo inútil que de alguna manera funcionó para dejar atrás el restaurante, la afrenta y el desastre.
Suficientes palabras injuriosas para una sola persona. De eso ha pasado un mes, el mismo tiempo que tiene enviando mensajes estúpidos a mi celular. Todos los días obligo a mis huesos y a mi corazón a tomar aliento, a repararse. Por eso voy en esta carretera eterna y caliente hacia esa práctica rural. Sé que con mi promedio pude tener cualquier puesto, pero preferí este, bien lejos de la ciudad y, sobre todo, bien lejos de Joaquín. No quiero verlo, ni que me vea ¡Que se trague sus palabras! Mi amiga Inés insiste en que huyo. Yo más bien pienso que estoy en el inicio de lo que será mi vida de ahora en adelante, una vida en donde no caben los idiotas.
Hay un pequeño comité de bienvenida en la puerta del local. Al bajar, el calor me golpea inclemente. No han pasado ni dos segundos y me invade los pulmones una humedad asfixiante. La medicatura está recién pintada. Dentro hay una sala pequeña con sillas en diferentes estados de deterioro y el motor de un aire acondicionado ronca sin parar, aunque lo único que hace es ruido. El encargado de la vigilancia me dice que mi residencia está exactamente al lado del edificio de una planta, que puedo guardar el vehículo en el estacionamiento techado y salir a recorrer el pueblo. Debo darme a conocer. Accedo, de inmediato pienso que lo mejor será quitarme la bata, llevarla puesta es insoportable.
Me reúno con el vigilante, la veterana enfermera que atenderá conmigo el lugar, y Doña Aurelia, la encargada de la limpieza. Estoy lista para hacer el recorrido a pie. Según ellos llegaremos hasta el tribunal para que el juez, la figura de autoridad más importante del pueblo, me conozca. Damos algunos pasos. Tengo que hacer equilibrio sobre una tabla porque hay que pasar un pequeño riachuelo de aguas servidas que no quiero saber de dónde vienen Hay moscas de todos los colores entretenidas en el agua. Parecen dueñas de la calle de tierra. Describen perezosas trayectorias de vuelo a nuestro paso y enseguida vuelven a posarse donde les place: en el suelo, en la piel, en la cabeza o en los perros que pululan por ahí.
Apenas avanzamos y nos sorprende una procesión urgente que viene a nuestro encuentro. Los hombres gritan y tienen los ojos brillantes. Comprendemos de inmediato que van en busca de lo que hemos dejado atrás hace apenas unos pocos pasos. Nos unimos al trote de este ruidoso grupo que trae a cuestas a un herido Está inconsciente con claras señales de haber devuelto lo que tenía en el estómago. Abrimos la puerta y depositan al hombre en la camilla del pequeño consultorio. Tanteo los medicamentos que se encuentran en el lugar, tomo de ayudante a la señora que limpia y Victoria atiende otra emergencia. “Páseme esas gasas… Alcohol…” poco a poco todo vuelve a la normalidad. El hombre recupera la conciencia y me mira mientras se incorpora en la camilla.
—¡Coño, qué bueno que llegó esta doctora pa´ este pueblo…! —dice uno afuera.
—Se muere Antonio si la blanquita no hubiese aparecido hoy.
—Ese empeño de pelearse a machetazos… —comenta una voz femenina sin rostro.
En la siguiente semana me vuelvo experta cosiendo heridas. Los habitantes parecen tener una afición por cortarse los dedos y casi matarse a machetazos a diario. También atiendo a mujeres golpeadas, mujeres que se pelean a cuchilladas por celos, y a niños alcanzados por esas peleas. Creo que en este pueblo la pasión ronda desenfrenada. Se causan heridas, se mutilan, luego se piden perdón o van presos.
Esta noche no hubo peleas en el botiquín, todo estuvo tranquilo. En este pueblo el cielo nocturno es un espectáculo de luces, provoca pasar horas contemplándolo. Paseo por mi pequeño apartamento mientras tomo un poco de chocolate caliente. Ya no necesito encender las bombillas, me he habituado al lugar en el que se encuentran los sencillos muebles de la sala. Mi oído comienza a distinguir otros ruidos.
Cuando no hay emergencias a las noches las acompaña una calurosa quietud interrumpida a ratos por los ladridos de los perros callejeros, los cantos de los grillos y los reclamos de los sapos. Ya para la madrugada todo parece hundirse en el más obstinado silencio; el momento que más temo, porque vuelvo a encontrarme con Joaquín. También me doy cuenta de que mis recuerdos no son los mejores. Mi mente se regodea en mostrarme lo peor de él: su mal humor, su tendencia a pasarse de tragos, sus continuas descalificaciones. Algo se remueve en mis entrañas ¿Quién era yo en esos momentos? ¿Por qué acepté tantos desplantes? Un frío absurdo se me instala en el pecho, comienzo a darme cuenta que él y yo no íbamos para ningún lado. Menos mal que no he atendido sus llamadas telefónicas.
Algo distrae mi atención. Unas luces inquietas se desplazan por toda la estancia, son luciérnagas. Las estelas de luz brillante me hacen sonreír, puede ser porque desde que llegué aquí me siento así: entre la ocupación del día y el deseo de mantener a raya los pensamientos desagradables por las noches. Trago con deleite el último sorbo de chocolate. Tengo ganas de parecerme a esos cocuyos, quiero dejar que brille solamente lo importante, apagar lo que me ha hecho daño, porque sí, porque ya está bueno.
2
Un largo suspiro da por finalizado el día. Espanto con fastidio a una mosca que se posa sin ceremonias en mi hombro. Miro hacia la calle. Hoy caminaré hasta la casabera, quiero mis dos tortas de la semana. El paseo consiste en atravesar el pueblo. Me río mientras recuerdo a mi madre la primera vez que vino a visitarme. No sabía dónde pisar con sus zapatos deportivos de diseñador. Yo, en cambio, ya me acostumbré a algunas rarezas de las dos calles del lugar. La vegetación consiste en cocoteros, matas de cacao y mala hierba. Flores silvestres dan notas de color al paisaje de barro. No hay aceras. Casi todas las casas tienen porche al que se accede al bajar unos escalones; la mayoría de ellas son de tipo rural; con piso de cemento pulido que generalmente es rojo.
La compañía obligada al emprender la caminata es la loca del pueblo, que mezcla pasajes de historias de autores diversos con poemas de Neruda o Benedetti en una forma bastante elocuente mientras fuma con la ceniza para adentro. Es delgada, alta y sus ojos sonríen callados. Las chismosas dicen que tiene en su casa una biblioteca inmensa y que ocupa sus días en aprender los libros de memoria.
La primera vez que la vi acompasó su andar al mío. Comenzó a recitar un poema y el humo eterno que salía de su boca me hizo toser. Entre bocanada y bocanada decía alguna frase en voz alta y gangosa, al mismo tiempo movía sus manos como si bailara. Intenté disimular el miedo y quedarme atrás varias veces pero ella, confianzuda y risueña, se devolvía:
—Yo a ti no te conozco, pero no te dejo atrás.
La gente bromeaba:
—Deja en paz a la blanquita.
—Blanquita o no, atrás no la dejo.
Ya no me asusta, sé que cada vez que vaya a la casabera me la encontraré y ya me conoce tanto que me espera con mi repertorio favorito.
Unas casas más abajo vive un señor que tiene como patio una laguna. En ella permanecen los patos salvajes y en temporada de crías se llena de madres abnegadas que enseñan a nadar a sus patitos mientras el viejo contempla el espectáculo y les lanza trozos de casabe. A la gente del pueblo le gusta reunirse en la laguna, por eso bordean la casa y se tumban a la sombra de los árboles hasta que oscurece. El viejo se sienta en los escalones de la puerta trasera de su casucha y deja que su vista se pierda en el agua oscurecida de su extraño patio. A nadie parece importarle que lo único que lleve puesto sea un enorme pañal de tela.
Me he unido algunas tardes a la reunión en casa del Sr. Vicente. Me causa mucha curiosidad la laguna. Es aún más curioso ver a los patos nadar tranquilos y hacer toda clase de ruidos sin que los espante la compañía humana que se desvive por alimentar a las crías y ríe con gusto ante los logros de los patitos. Aunque el ambiente es agradable fue allí donde tuve mi primer encuentro con la famosa horda de zancudos y colorados; llegaron al atardecer apurados y hambrientos y fue tanta la desesperación que me hicieron correr mientras daba palmadas por todo mi cuerpo.
La cacaotera queda casi al final del pueblo. A pesar de eso, el olor es el amo del aire. Por momentos dificulta la respiración, es una guerra de voluntades entre la necesidad de inspirar y el repudio por el aroma dulce del cacao. Además se mete en la piel y contamina hasta la ropa, de manera que no se distingue nada más.
La gallera, la prefectura, el botiquín y el juzgado están separados apenas por una o dos casas. Así que los hombres se pelean a machetazos en la gallera, en el botiquín arreglan los problemas y se declaran amistades y amores que duran hasta que se les pasa la cruda y cuando nada de eso funciona confiesan en el juzgado que sí se robaron las gallinas del otro. A veces declaran cosas peores. Hace unos días vi al jefe civil y al juez tomando algunas cervezas en el botiquín, suelen hacerlo de vez en cuando. Beben con los lugareños y mantienen con ellos largas conversaciones sobre la justicia de paz. La casa donde funciona el tribunal es una cueva de murciélagos. Mientras se dictan sentencias y las máquinas de escribir resuenan en la pequeña salita, los mamíferos de alas correosas duermen boca abajo en las vigas de los techos. En las tardes la casa se vuelve turbia con el alboroto de los vuelos negros y rebotones.
La casabera está cerca de la autopista, es una choza abierta con sendas planchas que bullen de actividad. Un trío de mujeres de edades difusas con faldas y cabellos largos y de colores terrosos se mueven descalzas de una candela a la otra. Su trabajo consiste en voltear las tortas de casabe y espantar a los perros que se acercan atrevidos por el olor a chicharrón y queso crineja que ofrecen junto con el casabe. Apenas me ve, Antonio guarda en una bolsa las dos tortas que vine a buscar y me sonríe mientras me las da con una mano a la que le faltan dos dedos. Al lado está la cacaotera, donde también me atienden con amabilidad y me regalan cacao para cocinar. Desando el camino porque ya casi es hora de que los murciélagos salgan a comer y no quiero chocar con ninguno.
Al cerrar la medicatura y dar los cuatro pasos que me separan del apartamento, recuerdo a Joaquín. Dije que se iba a tragar sus palabras y lo hizo porque ya tiene un montón de meses que no llama. Unas agujas invisibles cosieron mis vísceras porque descubro que no me importa para nada. Lo que sí me importa es lo que me muestra el espejo. Debe ser el calor, o las caminatas a comprar casabe, o las visitas al tribunal, o las carreras solitarias en la playa los fines de semana. Lo cierto es que mi cuerpo parece derretirse, la ropa comienza a quedarme holgada.
Estoy cansada. El aire acondicionado hace demasiado ruido y lo mismo da porque el calor es dueño del pueblo. A través de la ventana veo venir a una mujer. Prefiero decirle que venga mañana pero no me da tiempo. Aurelia, toca quedito y anuncia a la paciente. Resoplo. Qué más da. La mujer entra callada, toma asiento. A pesar de que la vi contra la luz incandescente de la tarde, no huele al sudor de todos los demás. Su fragancia es fresca. Una larga trenza oscura y brillante descansa en uno de sus hombros. Sonríe con educación y me dice:
—Vengo para que me recete algo para el dolor de estómago. Luego me iré porque sé que está cansada, Dra. Blanquita —a pesar de que es la primera vez que la veo, me llama por el apodo que me gané desde el primer día. Aquí nadie sabe que me llamo Anastasia.
Hace un día hermoso. El sol se filtra alegremente entre las cortinas de la pequeña salita donde duerme mi amiga Inés, su rostro precioso queda semi oculto entre sus rizos caoba y los hilitos de luz. Se le ve cómoda y hasta me parece que sueña. Mamá ronca como nunca en mi cama. Anoche dormimos apretujadas y no la escuché quejarse aunque sé que es delicada con ese tipo de cosas. Me extrañó que aceptaran mi invitación, creo que fui muy elocuente al contarles sobre las playas. Lo cierto es que me tomaré dos días para mostrarles los lugares que más me han gustado. Inés suspira, se mueve en el sofá y sigue plácida. Yo entro a la cocina para hacer un poco de café. Me siento bien, contenta.
Parece mentira que ya han pasado dos meses desde que mi madre y mi amiga Inés vinieron de visita. Fueron dos días deliciosos aunque no pude escaparme de la mirada puntillosa de mamá. A mí me pareció que durmió excelente, pero ella se encargó de sacarme de mi error al quejarse de todo cuanto pudo con sus aires de mujer de mundo. Cuando llegó el momento de dejar el apartamento casi agradecí que se fueran.
El día de playa sí me gustó. Desde que estoy en esta parte del mundo cada vez que puedo tomo mi carro y estaciono a la orilla del mar, allí doy largas caminatas mientras el agua me lame los pies descalzos y pienso. Otras veces corro por la orilla y disfruto del paisaje con mi mente vacía de todo pensamiento. Ese día Inés me acompañó a correr mientras mi madre se quedaba en una mesa tomando daiquirí. A mi amiga le gustó la solitaria playa y lo sencillo del paseo, aunque sé, que igual que mi madre, opina que me escondo de todo y de todos en este rincón arena y cocoteros.
El atardecer sepia anuncia el fin de la jornada. No hay pacientes, así que me dispongo a realizar mi ya acostumbrado paseo por el pueblo. Apenas me ve Antonio me saluda con su boca sin dientes y en la cacaotera me han regalado algunas bolitas de cacao que derretiré esta noche con un poco de leche. Recibo el obsequio y recuerdo a mi estirada madre. Ella no puede entender cómo me he adaptado a esta sencilla vida, no soporta nada de este pueblo. De todos modos, falta poco para que la práctica termine y tendré que irme. A cargo quedará Victoria, la enfermera. Imagino que ella recibirá al nuevo practicante. Pensar en eso me causa ansiedad. No puedo mentirme a mí misma: temo el momento en que vuelva a la ciudad, a su ruido y congestionamiento, al desmadre de mis amigos. Camino con lentitud, la noche baja con pereza y confieso que todo esto me gusta, no importa lo que digan los demás.
Atiendo a mis pacientes y recuerdo a aquella mujer morena que viene de vez en cuando. La vi por primera vez hace como tres meses, antes de que mamá e Inés vinieran a conocer las playas. Realiza visitas esporádicas siempre al final de la tarde y nunca deja que la examine, argumenta que es algo de su religión.
Entre nosotras se ha instalado una rara afinidad. Ella siempre me obsequia frutas, yo le tengo sus pastillas. Es una mujer bonita. Me cae bien, me gusta que venga, no sé porque le tengo tanto cariño. Es fácil hablar con ella, sabe mucho de la zona; de los mejores lugares para tomar cocadas o dónde venden el pescado más fresco. Hasta le he contado algunas cosas de mí y cuando hago esto noto que me mira con cortesía, como si agradeciera que le hable sobre mi infancia o mi adolescencia. No tiene reparos en reír conmigo cuando la ocasión lo amerita con una risa franca y contagiosa. Soy honesta al decir que es agradable compartir esos momentos. La despedida casi siempre es la misma, una sonrisa en la que desvela más inteligencia de la que admite al hablar y un:
—Hasta la próxima vez, Dra Blanquita.
3
Casi termino de vestirme y cuando salgo no me queda más remedio que darle un buen cumplido a mi compañera que está arregladísima. Ella sonríe mientras saco el carro del estacionamiento. Iremos a una boda en el siguiente pueblo. Victoria está emocionada, es un gran acontecimiento y está contenta de que vaya.
Me desplazo por la autopista apenas unos kilómetros cuando me indica la salida hacia una carretera un poco más estrecha, es de cemento y a medida que el auto avanza se va poblando más de vegetación. Por el momento no hay casas, solo terrenos y un follaje abundante y variado. Con cada kilómetro los árboles parecen unirse para dar la sensación de estar dentro de un túnel verde agujereado por hebras de luz. No quiero perderme nada de este paisaje singular, por eso conduzco lentamente.
Me estaciono detrás de una fila de autos muy viejos y carcomidos por el salitre. Unos pasos más adelante está el sitio donde se celebra la boda. Hemos llegado justo a tiempo. Los asistentes, vestidos con sus mejores galas, se secan el sudor con disimulo y algunos se estiran las ropas para no perder la compostura. El juez se encuentra en este momento en lo más solemne del protocolo. Cuando realiza las preguntas de rigor a los contrayentes parece elevarse un poco. Luego, aunque es una boda civil permite que intercambien anillos y los invitados rompemos en aplausos cuando finalmente los contrayentes son declarados marido y mujer. La novia sonríe ampliamente y el novio, embutido en un traje demasiado caluroso para el clima y el encierro, se seca el sudor con un pañuelo. Complacidos, invitan a todos a disfrutar del brindis.
El patio está acondicionado con mesas y sillas decoradas. Nos sentamos debajo de un viejo almendrón, vecino de un alto cocotero. De momento, todos se miran expectantes. El juez también se queda y acepta una cerveza, conversa con su secretario y el jefe civil. Ellos, junto conmigo, somos las novedades de la fiesta. No pasa mucho tiempo para que mis vecinos de mesa se pongan muy alegres y comiencen a hacerse bromas.
La noche se une a la fiesta y con ella los zancudos, había olvidado cuán molestos son los condenados bichos. Trato de ignorarlos y contagiarme de la alegría de la celebración. Hay varios pacientes entre los invitados. Se acercan y me presentan a sus familiares o amigos. Que va, los bichos parecen haber taladrado mi ropa, juegan a volar en mis oídos y no me dejan disfrutar. Comienzo a sentirme desesperada y muevo mis manos para dispersar el enjambre que tengo en la cabeza, casi al mismo tiempo quedo oculta bajo la mesa tratando de sacarlos de mi pantalón. El Jefe Civil me observa y con una maliciosa sonrisa comenta:
—Y eso que no ha visto a las angoletas, Dra. —apenas escucho que se trata de unos extraños insectos voladores que producen una molesta picadura y que atacan sin piedad justo a la caída del sol.
Mi expresión debe haberle parecido cómica porque lanza una carcajada que deja al descubierto pedazos de oro en su dentadura. Como ya no sé qué hacer, me levanto para buscar a Victoria. Prefiero irme a seguir siendo víctima de estos chupadores de vida. Doy algunos pasos y unas manos suaves me conducen dentro de la casa. Es la morena. Sonríe con amabilidad y me tiende una cerveza. Al ver mi ceño fruncido, me explica:
—Un poco en los brazos, otro poco en las piernas; eso los ahuyenta, no les gusta el olor —se aleja. Es la encargada de servir la comida.
Hago caso de su consejo. No sé si es un placebo o es cierto lo que me dice pero los zancudos se olvidan de mí y puedo divertirme el resto de la noche. Para mi fortuna las angoletas no aparecen.
4
Victoria me ha tocado la puerta y es aún de noche. Hay un herido en el consultorio. Está grave. Me retuerzo de miedo y de rabia. Tiene que pasar esto justo hoy, que en teoría es el último día de mi práctica.
Los esfuerzos por salvar al herido son infructuosos. El hombre no aguanta y tiene la absurda idea de irse a morir justo a la llegada de los primeros pacientes. Hay un pequeño revuelo. Es necesario que los familiares vengan a reclamar el cadáver. No sé qué haremos hoy para atender a los demás, pues él ocupa la única camilla. El calor y las moscas parecen multiplicarse. El hedor de la cloaca se mezcla con el olor dulzón del cacao y, ya para el mediodía, con el del muerto.
Mis tripas están bien despiertas, amenazan con hacerme devolver el desayuno y tengo que contenerme, respirar. Eso no puede ser, soy una doctora, no puedo ir por ahí vomitando por un muerto.
Decidimos atender a los pacientes en la salita de mi apartamento. Esta idea resulta muy buena y podemos llevar a cabo el trabajo del día. Ya para el final de la tarde se lo llevan, pero nada parece ahuyentar el olor.
Calmo el gimoteo de un niño al que acabo de curar. El aire cambia de aroma. Justo ahí, la reconozco: es la fresca esencia de la morena. La miro desde dentro y advierto algo más, su semblante está cargado de miedo. Victoria hace que se siente en una sillita afuera mientras la madre y el pequeño al que atendí desocupan la sala. La mujer entra en cuanto tiene oportunidad, sus ojos están desorbitados y su respiración es agitada.
—¿Qué tienes, mujer? —pregunto curiosa.
—Es fácil… Vine a parir
—¡¡¡Qué!!! —Grito sin disimulo—. ¿Qué pasó, morena?
En pocas palabras resume el asunto. Tiene dolores de parto. Me sorprende lo distraída que soy para no haberme dado cuenta de su embarazo. Ahuyento los pensamientos de mi cabeza porque la mujer acaba de entrar en labor frente a mí. Está en el piso con las piernas abiertas. Me agacho y apenas alcanzo a ponerme un par de guantes, la cabeza de la criatura asoma ya. Me preparo, le grito, pero nada de lo que hago es necesario, ella parece experta en lo que hace. Media hora después tiene a la criatura en brazos. Casi no necesitó mi ayuda, menos la de Victoria.
—Qué bella bebita —comento y un cursi nudo de algodón se instala en mi garganta.
—Qué bueno que le guste, Dra. Blanquita, porque será suya —trago ruidosamente ¿Qué dice esta mujer?
—Estás confundida…
—No, estoy muy consciente de lo que digo. Escúcheme bien, Dra. Blanquita. Tengo treinta años, vivo con un hombre al que le gusta dar coñazos como si fueran regalos. Esta no es mi primera hija, además de ella hay ocho carajitos más. No puedo de ninguna manera llevar otro muchacho para esa casa. De hecho, nadie supo nunca que estaba preñada. Lo oculté de todos y cuando la conocí a usted, lo supe. Supe que usted sería la madre de esta niña.
Hay aplausos en mi cabeza, en realidad es una ovación. ¿Qué carajos pasa aquí? ¿En qué momento la rural se convirtió en el extraño capítulo de una novela chimba?
—Acéptela, doctora. Es usted la que debe tenerla. Ella la eligió. Yo no puedo llegar a mi casa con esa criatura porque las dos terminaremos muertas o molidas a palos. Además, esa niña es suya. —la mujer habla mientras yo miro los ojos inteligentes de la bebé.
Tengo rato con ella en brazos. Nos reconocemos. Hace unos ruiditos con su garganta que me inundan el alma de una indecible ternura. Suspiro. La beba bosteza al mismo tiempo que lleva una manito a su frente. Su cabeza está cubierta por cabello oscuro y brillante. Aparto a una mosca de su cuerpecito abrigado con ropa diminuta.
Nos quedamos solas en un pequeño espacio donde no caben las moscas ni el calor del sol, que ya se oculta anaranjado e inmenso. No caben los perros ni el aroma del cacao ni la candela de la casabera.
No hay aire. Ella y yo estamos dentro de una burbuja.
Ahora lo comprendo, no vine a olvidar a Joaquín, no vine huyendo de nada. Vine a encontrarlo todo. Durante meses me he preparado para esto.
Fue ella. Siempre fue ella. Me trajo las frutas, cuidó de mí. Me sonrió a través de los ojos de la mujer que la llevaba escondida en su vientre. Me dejó ver cómo será: tendrá huesos fuertes, morena, con su cabellera oscura y lustrosa que seguro llevará larga. Le pertenezco.