Elías Baptista†
Lector empedernido, escritor, poeta y minificcionista. Fue estudiante de Lengua y Literatura en la Universidad de Carabobo y su misión autoimpuesta era que la gente que le rodeaba leyera, por eso siempre cargaba un morral lleno de libros que ofrecía sin egoísmo y con compromiso, leer y comentar. En esta oportunidad dos cuentos de su autoría:
Un viejo que quiere sacar de Paseo a su perro y su fiel can que lo seguirá a donde él quiera.
Un cuento sobre la incertidumbre, nuestra misión en el mundo y el tiempo. De esto se trata El niño, el viejo y yo
Carlos Mario Cortés
Es un estudiante de Biología de la Universidad de Carabobo que descubrió su amor por las letras debido a la curiosidad, la misma que lo ha llevado a explorar el mundo de la minificción. Es preciso decir que también se desenvuelve como pez en el agua con cuentos de más largo alcance. Para él la escritura es un reflejo de las vivencias y sin importar lo fantástico siempre muestran una realidad, es por ello que ensaya diversidad de temas en su cuenta de Instagram que pueden visitar: @mokaccinodeletras para esta tercer entrega de Palabra Infinita su cuento: Temblores.
Paseo
Elías Baptista†
La última cosa que pidió el abuleo en su lecho de muerte fue que trajeran a su perro Niebla con la correa de pase. Cuando le preguntaron para que lo quería con la correa, modestamente respondió:
—¡Para sacarlo a pasear!
Todos atribuimos que era por la demencia senil que lo afectó en los últimos meses. Le trajimos a Niebla, un perro sin raza, pequeño –el perfecto perro de compañía para la gente mayor- este en particular gozaba de una avanzada edad, pero poseía una vivacidad increíble.
Apenas el abuelo lo vio, lo acomodó al lado de la cama. No pasaron ni cinco minutos cuando reparamos que amo y can habían muerto.
La abuela gritó cuando lo descubrió
—¡Coño, el muy hijo de puta se llevó al perro!
El niño el viejo y yo
Elías Baptista†
Me encontraba sumido en el letargo del tratamiento cuando la realidad y el universo me desdibujaron. De pronto me vi en medio de un puente en la oscuridad. Un niño y un viejo que parecían conocerme estaban a mi lado.
El niño me sonrió sin algunos dientes. El viejo me miraba fijamente mientras se tocaba la barba.
El niño sin vergüenza ni modales, metió su mano en mi bolsillo y sacó mi cartera. La hurgó con tal rapidez que cuando la quité ya había sacado mis documentos.
—Se llama como yo —dijo el niño al viejo, mientras se refugiaba detrás de él.
—¿En verdad? Qué extraño —dijo el viejo con esa fingida sorpresa de los abuelos, y quitándoles mi carnet lo examinó. —sí, es verdad, se llama como tú, pero tambén se llama como yo me seguiría llamando
—¿Seguirías…?
—Sí… ya nada es seguro, toma —dijo y me entregó los documentos —cuida mucho eso.
—¿Qué cosa? —preguntamos el niño y yo al unísono
Su respuesta fue una sonrisa.
¿Quiénes eran estos seres? El niño vestía unos shorts azules y una franela marrón con un estampado de guitarras, que era a toda vista de un adulto. El viejo vestía de forma casual con jean, camisa unicolor y zapatos deportivos. Un bastón y una pipa como la Gandalf, reposaban en sus manos. Los contemplé y al fin los reconocí.
—Ustedes son yo
—No —dijo el viejo
—Fuimos —corrigió el niño— o, por lo menos, yo fui.
—Y yo nunca seré, por lo que veo. Aunque esto muy pronto a confirmarse —puntualizó el viejo. Desvié la mirada al puente, y descubrí que estaba sin terminar.
—¿Qué hacemos aquí?
—Aprender —dijo el viejo
—Recordar —dijo el niño
Asustado por sus respuestas, les exigí saber que querían y los dos respondieron lo mismo
—Enseñar.
Atormentado intenté retroceder y alejarme de ellos, pero siempre regresaba al mismo punto, de frente al puente sin terminar.
—¿Qué diablos ocurre?
—Shhh —me chitó el niño— no digas esa palabra. Si la dices mucho, se apece.
—¿Cuál palabra? —pregunté distraído
—la que comienza con “D”.
—¿Diablo?
—¡Te dije que no la dijeras! No la repitas
Iba a protestar pero me interrumpió el viejo
—Puede que exista o no, la verdad no importa mucho, solo si es verdad que si se dice muchas veces, esa palabra, puede traer malas energías y no estamos para más veneno.
—¡QUIENES SON USTEDES! —les grité
—El olvido —dijo el niño con enojo
—Esperanza —contestó risueño el viejo.
A la sonrisa del viejo le faltaban los mismos dientes que al niño. De pronto su apariencia cambió: estaba gordo, vestido de traje y con el cabello de color verde. Y sin más, volvió a ser el de antes.
—¿Qué te ocurre? —preguntó el niño verdaderamente preocupado
—Nada, esto demuestra lo que digo…
Sin entender nada se me ocurrió saltar por el puente. Pero antes de levantar un dedo, el niño y el viejo me agarraron. La mano del niño era caliente, como si tuviese fiebre, y la del viejo era fría.
—¡Quieto! —gritó el niño
—¡Idiota! ¿Qué haces? —exclamó el viejo
—No entiendo nada —y sin más me derrumbé a llorar.
No sé cuánto tiempo lloré, pero cuando me di cuenta, el niño sentado a mi lado jugaba con unos juguetes que no tenía antes y el viejo seguía de pie viendo la negrura, mientras me acariciaba la cabeza.
Carlos Mario Cortés es un estudiante de Biología de la Universidad de Carabobo que descubrió su amor por las letras debido a la curiosidad, la misma que lo ha llevado a explorar el mundo de la minificción. Es preciso decir que también se desenvuelve como pez en el agua con cuentos de más largo alcance. Para él la escritura es un reflejo de las vivencias y sin importar lo fantástico siempre muestran una realidad, es por ello que ensaya diversidad de temas en su cuenta de Instagram que pueden visitar: @mokaccinodeletras
Cada cierto tiempo la tierra mueve sus entrañas y sacude todo lo que lleva encima… estés donde estés los temblores te agarrarán desprevenido.
Temblores
Carlos M. Cortés
2:53 am 13/01/2018: Instituto de Sismología
Todo en las mesas se convulsiona violetamente, la pantalla de la computadora se estampa contra el piso, Samantha se ahoga con el humo de su pipa, ¿Qué otra cosa puede hacer a las tres de la mañana cuando vigila los resultados? Alcanza como puede las tazas, libros, fotos y adornos, en todos lados hay ruido de vidrios rotos, el mundo se sacude con violencia, casi puede ver a las columnas de concreto bailar. La paranoia la golpea con fuerza cuando un pequeño pedazo de concreto cae en su rostro y ya no puede mantenerse en pie. “El peor viaje de la historia” piensa, mientras una alarma empieza a sonar, la máquina arroja los resultados, aparentemente hay una alta posibilidad de temblor.
2:53 am 13/01/2018 Una residencia estudiantil en Caracas
Adrian dormía cuando empezó la locura. Lo despertó una botella de agua de colonia volando junto a su cabeza antes de estrellarse contra el suelo. El aire se llenó de gritos, y sin pensarlo dos veces mientras las láminas de zinc en el techo hacían un ruido de platillos atravesó la sala de la residencia y salto la escalera. Los vidrios de su ventana explotaron y alcanzó a ver desde la calle como las paredes se agrietaron.
Cuando la adrenalina pasó el viento frío le recorrió las pelotas, las viejas olvidaron el temblor para señalarlo. Escuchó las burlas mientras sentía sus mejillas arder y como pudo se tapó la entrepierna. Tardó lo que `parecieron horas en reunir el valor para entrar nuevamente a la casa agrietada. Después de ese día no volvió a dormir sin ropa.
2:53 am 13/01/2018 Un barrio de valencia
En su cuna José llora a todo pulmón y la pequeña Sofía siente que su mundo se acaba, grita llamando a su madre, no se despega de su cama por el miedo. Con cada sacudida la niña siente el techo más cerca y en su cama da pequeños saltos por el aire que no puede controlar. Un móvil que adorna la cuna cae sobre la cara del bebé. Mientras en la habitación de al lado Yeni, tirada en el piso, con la aguja junto a ella, vuela. Cada sacudida de la tierra cambia el canal y le trae nuevas sensaciones y placer, si tan solo esos estúpidos ruidos la dejaran volar en paz.
2:53 am 13/01/2018 en un motel de Yaracuy
Juan mete un pezón en la boca mientras aprieta el otro seno de Raquel, tal vez haciéndole daño, mientras embate sus caderas con fuerza ella lo aprieta con sus piernas rodeando su cintura, cuando la potencia y el ritmo va en crecento todo los acompaña, el mundo se sacude junto a ellos. Tal vez es solo su imaginación. Ella pide más gimiendo y lo que sale de la boca de Juan recuerda un poco a un extraño ronquido.
“más, más, más” dice ella, mientras los muebles caen al suelo y él pone sus manos en las caderas de la mujer. La cama ya no puede con el peso y cede, Raquel se asegura a la espalda de Juan con uñas y dientes, con un último jadeo los tres terminan… Juan, Raquel y el temblor.
2:53 am 13/01/2018 Una acera de Barquisimeto
Pedro siente dolor en su culo pues la acera no es un cómodo mueble. Se lleva la botella a la boca y el repulsivo sabor del cocuy barato lo castiga, se da asco de una manera que no logra comprender del todo, así que bebe más para que la incomprensión mute en olvido. Cuando empieza el temblor las sacudidas empeoran el mareo y lo atacan las náuseas. Su habitación de alquiler está a solo unos metros de él, anexa al cuarto de las hijas de su vecino, cuantas veces las escucho reír mientras en secreto envidiaba la familia de aquel hombre, gordito y bonachón.
Tiembla y las grietas empiezan a aparecer, surrealismo puro, se propagan por las paredes como la versión lenta del astillar de un vidrio, su cuarto se colapsa y por unos momentos no procesa realmente lo ocurrido, pensaba en sus cosas perdidas cuando escucha los gritos y llantos de su vecina. El cuarto de las niñas esta igual que el suyo, sin el techo y con solo media pared, pero su habitación estaba vacía, mientras que en la adjunta solo hay carne aplastada de tres niñas. Mira la botella mientras le da otro trago y llora en silencio.
De 1 :30am a 2:53am 13/01/2018 Por las calles de Naguanagua
Rafael camina arrastrando los pies. Rompió su propia marca personal, jamás hasta ese momento se había sentido tan fuera de lugar, deseó no haber ido a esa fiesta, solo para ser rechazado por todas las mujeres en ella, “Solo quería bailar nada más”, ama moverse al ritmo de la música, paro para eso necesita pareja, a la una de la mañana no lo soportó más, ser el único sentado afuera mientras los demás estaban en la pista de baile, abrió la puerta y se fue sin decirle a nadie.
Había algo malo en él, eso era obvio, muy probablemente se pasaría su vida solo, pero lo peor era no saber en qué fallaba. Llego a su casa a pie, eran las dos y cuarenta y ocho según su teléfono al cual le dio un chequeo rápido y no respondió el mensaje del amigo con quien se supone iba a volver a su casa, de todas formas el mensaje seguramente era una disculpa porque lo dejo tirado para irse a tener sexo.
Casi todas las luces del costado del edificio estaban apagadas y cuando entro tuvo que esperar unos minutos el ascensor, una vez adentro cuando las puertas se estaban cerrando escuchó una voz de mujer decir: “páralo” una muchacha de cabello negro y piel morena entro al ascensor, era bajita y apestaba a alcohol, en todos los sentidos era una mujer promedio, pero es curioso que cuando alguien te gusta los atributos de esa persona se disparan a niveles hollywoodenses, y esta muchacha la gustó muchísimo a Rafael, mientras se tambaleaba le dio las gracias, y ambos se sonrieron, se presentó como Kimberly, marcaron último y penúltimo piso, Rafael se preguntó como no la había visto antes. La chica revisaba su teléfono y dijo arrastrando las palabras que “él” había muerto, mientras señalaba el aparato
—¿Qué hora tienes?
—Dos y cincuenta y tres
En ese momento el elevador empezó a sacudirse y golpear contra las paredes del conducto y Kimberly se abrazó fuerte al muchacho mientras temblaba, se quedaron a oscuras. Luego de un rato en el que no sabían si se desplomarían con el ascensor o no y cuando por fin dejó de temblar permanecieron abrazados.
“Vamos a estar aquí bastante tiempo” le dijo a la chica y ella asintió con la cabeza sin soltarlo ni un poco.
Se casaron tres años después.
2:53 am 13/01/2018 Una casa en Caracas
Roger y Andreína llevaban juntos más de cincuenta años, cincuenta y dos cumplidos ese día para ser exactos, eso estaba pensando Roger antes de dormir y en la funesta afirmación de su mujer, este año es el último mi viejo, le había dicho.
el temblor despertó a Roger que salió disparado de la cama y empezó a ponerse los zapatos mientras llamaba a su mujer “Andreina párate, apúrate, hay que salir” el temblor era fuertísimo y los gritos de Roger igual, pero no obtuvo respuesta, ella estaba tendida en la cama, con el rostro pálido y una sonrisa en la boca, las lágrimas surcaron a raudales el rostro del viejo, que volvió a quitarse los zapatos y se acostó junto a su mujer, lloraba en silencio abrazado al cuerpo mientras la cama parecía casi caminar sola, sentía el frio de Andreina, paredes y techo amenazaban alto y claro con venirse abajo, y el viejo le decía, “sí fue el último vieja, sí fue el último”; el temblor no podía importarle menos.