PALABRA INCÓGNITA

Palabra Incógnita

Nigme Rosquete

Nigme Rosquete es médico. Obtuvo sus títulos de Médico Cirujano, Ginecólogo y Obstetra, en la Universidad de los Andes, pero más allá de los títulos, su pasión es acompañar a otras mujeres a alcanzar su máximo bienestar, sentirse plenas y seguras.
Transitar este camino la enrumbó a aprender de infertilidad y esterilidad, y luego al convertirse en mamá, se dio cuenta de la necesidad que había de construir una red de apoyo sólida donde las madres se sintieran cuidadas, informadas y respaldadas en sus decisiones.
Su relación con la lectura y la escritura viene de la necesidad de documentar cada uno de los partos que atiende. Escribir es una manera de drenar y de informar pero también de plasmar en palabras el sentir que le produce su diario vivir y sus experiencias tanto de su trabajo como de su maternidad.
Esta es su primera colaboración con el blog.

MI MUNDO

En el planeta pensamiento

Percibo,

Como un aeropuerto sin descanso

¿Qué vuelo tomar?

Empezamos a hablar de arte

Hay tanto arte en todo…

En lo sensible, en lo sublime, 

en lo silencioso y estruendoso.

.

Desde el amanecer y sus pájaros

hasta el pincel que define,

desde mi mundo al pensamiento no procesado,

al que no le doy permiso de salir, el prohibido.

.

Se desatan las palabras de este abecedario

que me acapara suave

aunque siempre falta el tiempo de enrumbar.

no hay vuelos…

PALABRA INCÓGNITA

Palabra Incógnita

Wendy Barsallos

Escritora panameña. Licenciada en Informática.  En su haber ya tiene dos publicaciones en solitario: La hora del miedo. Historias de terror para no dormir, 2022. La orden del Rey su primera novela bajo la editorial Bitácora del Escritor, 2023 y ha colaborado en Antologías tales como: Pesadillas, de la Editorial mexicana el Cuervo, Mentes Siniestras, de la Sociedad de Escritores Unidos y Athanor, la danza de las brujas del Club Tenebris Lectio.

Ha participado en publicaciones digitales como la revista Weird Review. 

Desde su infancia es amante de las películas y la literatura de terror. Es su género favorito de lectura.  Su inclinación por la escritura la ha llevado a participar en talleres de escritura para incursionar no solo como lectora sino también como creativa de este género terrorífico. Esta es su primera colaboración con el blog.

Transición

Wendy Barsallos

Carolina miraba inquieta hacia el tejado con la esperanza de conciliar el sueño. Acostada en la cama matrimonial, buscaba acercarse a su esposo y mientras giraba, se sumergió en un vaivén  de vértigos que le hacían gritar. Cerraba los ojos con la esperanza de que los síntomas desaparecieran. Lloraba entumecida entre las sábanas impregnadas de sudor.  Le suplicaba a Eduardo que la llevara una vez más al hospital. Él le tomaba los brazos, después las caderas con la intención de vestirla, llamaba a los chiquillos para que ayudaran a su madre.

Sumergida en el malestar con sus  manos temblorosas, recordó las tantas pastillas que había tomado. Desorientada no recordaba los nombres de las etiquetas. Ella tenía la certeza de que aquella cantidad de medicamentos no lograrían aliviarla, los síntomas eran frecuentes e iban en incremento. Le imploraba a su familia que no se preocuparan, pronto regresaría a casa.

En la sala de urgencias tenía que esperar para ser atendida. En el triaje, su situación no era clasificada como prioridad médica. Ella intentaba explicar algunos síntomas, a pesar de ello, las enfermeras continuaban con los nombres de los pacientes en lista de espera. Regresó al asiento y buscó el apoyo de su esposo, mientras miraba las manecillas de un reloj en la blanca pared.

Adormecida, escuchaba su nombre desde una puerta. Dentro del consultorio, el médico en silencio observaba el comportamiento de la paciente. En la hoja clínica registraba los síntomas, adicional a los fármacos que utilizaba con frecuencia.  Preparó varias referencias y recetas médicas: dos pastillas de Gravol  por una semana y un relajante intramuscular.

Los días pasaban y los síntomas desaparecían. Animada, decidió realizarse los exámenes médicos prescritos, revisiones auditivas, psiquiátricas y ginecológicas necesarias para determinar un diagnóstico. Ella buscaba alternativas y evitar el estrés: aceites de lavanda o té de valeriana en las noches de insomnio.  Lograba conciliar el sueño cuando amanecía, pero el inclemente despertador sonaba sin pausa. Debía cumplir con el desayuno de la familia, el trabajo de la oficina y la ansiedad se apoderaba de su vida a diario.

Aquella mañana, arrastraba los pies hacia la ducha. Se detuvo frente al espejo, tocaba su rostro pálido, demacrado con unas ojeras grisáceas. El esposo interrumpió aquellos pensamientos y la abrazó sin importarle la flacidez del cuerpo. Carolina se apartaba, la libido había desaparecido hace algún tiempo.

Eduardo no soportaba el rechazo, los cambios de humor de su mujer así que un buen día abandonó la residencia. Ella siguió perdida entre el letargo,  aflicción cuando le llegó  una notificación de divorcio.

*

Caminaba a diario desde la estación de transporte hacia el trabajo y en ese tiempo se convencía a sí misma de que podía seguir adelante como madre soltera. Recordaba momentos en familia y aquellas risas que la llenaban de felicidad… ya los recuerdos estaban en el pasado, ahora era el momento de silenciarlos. «¡Cuentas, hay que pagar una gran cantidad de cuentas!» El ritmo cardíaco se le aceleró y empezó a transpirar. El malestar le hizo sentarse en una acera contigua a la empresa donde laboraba, bajó la cabeza e intentó tomar aire por la boca. Sus manos torpes y frías buscaban en el bolso una botella de alcohol isopropílico que inhaló con el propósito de disminuir las náuseas. Procuraba tranquilizarse, sentía que era el momento de conseguir un trabajo mejor remunerado, tal vez la situación económica mejoraría, pero para eso tenía que renunciar. Poco a poco dejó de hiperventilar y aquella crisis la hizo llegar tarde a la oficina.

En el trabajo, la memoria le fallaba y no podía concentrarse.  Su jefe le confesó que contrataría a una secretaria joven y libre de problemas. El entorno laboral tampoco le ayudaba: quejas y cotilleos sobre el mal desempeño que ella mantenía, al final no tendría que renunciar, lo más seguro es que la despidieran. Necesitaba desahogarse y caminó hacia la cafetería. Se tragó tres pastillas con el fin de prevenir que los vértigos llegaran y sin que nadie la observara, ensayaba una falsa sonrisa e imitaba la grotesca forma de caminar del gerente.

Durante la semana, visitó al ginecólogo y él le explicó sobre los resultados de los laboratorios y medicamentos que había ingerido. Los exámenes mostraban un grupo de valores fuera del rango y podría ser la causa de los síntomas. El galeno le recetó una serie de medicamentos diarios incluyendo Tibolona. Le recordó la importancia del tratamiento y que no los mezclara por cuenta propia. En la farmacia, el monto de la receta a pagar no estaba presupuestado. Los gastos de sus hijos tenían prioridad y decidió esperar hasta el próximo día de pago.

Oraba a Dios en las mañanas y le pidió que no regresaran los síntomas. Las oraciones eran en vano y su estado de salud desmejoraba cada día. Ella no podía faltar al trabajo, debía intentar mantenerlo. Aunque se sentía desfallecer, caminaba pausada hacia la estación de transporte.

Una gran fila de varios kilómetros de longitud se formaba a fin de tomar el autobús. Los rayos del sol calentaban la estación y se colaban entre los ojos de Carolina, podía sentir pinchazos de aguja en la cabeza. Añoraba estar en casa y sentir el cómodo silencio.

En la fila, pidió a un extraño que le guardara el puesto. Un fuego interno ascendía y  ella amarraba el cabello húmedo a una trenza durante la sudoración. Se dirigió agitada a un excusado para vomitar y como parte de la rutina que consistía en rastrear un lavamanos. Le embriagó el aroma fétido y penetrante de la cañería. Buscaba en el bolso alguna de las medicinas recetadas. Masticó una cápsula con ansiedad.

A medida que avanzaba hacia la fila, se llenó de ira contra una vendedora ambulante. Le molestaba la música de una bocina estridente, el retraso de los autobuses y una pareja que discutía. 

«Bullicio que llama a los malditos vértigos».

En el suelo de aquella estación imperfecta de piso resquebrajado, ella se postró con la cabeza baja. Los pasajeros seguían de largo sin ni siquiera mirarla.

 Copiosas gotas de líquido le cayeron en la cabeza. Un indigente sediento, bebía restos de una gaseosa y suspendió la succión de la botella. Sintió pena por la mujer arrodillada y decidió tomarla de un brazo sin importarle su apariencia, ni las sucias manos. Se acercó y la miró a los ojos. Le sonrió al caballero que vivía en la desgracia y él le devolvió el gesto con sus pocos dientes. Un gran número de móviles grabaron la escena.  El indigente que ayudaba a una extraña y le abría el paso dentro del autobús.

El vehículo avanzaba. Temblorosa, introdujo en la boca una pastilla de Dimenhidrinato y la tragó en seco. Miraba los rostros en cada puesto, personas impacientes por llegar hacia un destino. Deseaba en ese instante terminar con su vida. Recordaba a la familia y logró desistir de aquella idea.

Al llegar a casa, observó con detenimiento el desorden que había en cada espacio: un fregador lleno de platos sucios, ropa y zapatos desorganizados. Carolina a gritos exigió que le ayudaran con las tareas del hogar. Observaba a sus hijos como si fueran desconocidos, rostros deformes que no reconocía. Silencio… solo quería silencio y arrastrándose por las paredes del pasillo llegó a la habitación. Estaba agotada de la misma rutina y del círculo vicioso en  que vivía. Las citas médicas que estaban agendadas tardaban en el centro hospitalario y todavía no tomaba la Tibolona prescrita, pero tenía medicamentos para el dolor de estómago y cabeza, mareos, relajantes y antihistamínicos.

No quería escuchar a nadie, ni regresar al trabajo. Necesitaba algo que la hiciera dormir. En el cuarto de baño, decidió tomarse un grupo de pastillas: diez rosadas, cinco blancas y ocho azules más un antidepresivo mientras contemplaba el reflejo de una belleza extinguid, la melancolía le recordaba sus días de juventud. Deseaba tener paz y se abrazó a la oscuridad en silencio.

Dormía de forma plácida y al cabo de varias horas se escuchó el lamento de la familia.

**

Eduardo ordenó su antiguo armario y le embargó una gran pena. Con mucho remordimiento y culpa, salió de la habitación principal con viejos papeles, recibos pendientes y facturas. Un cartapacio con exámenes de laboratorios, referencias y un informe médico en el que decía:

La paciente Carolina Gallardo de 50 años de edad será referida a un psiquiatra y sometida a un examen toxicológico. A través de supervisión médica le ha sido recetado un tratamiento antidepresivo y hormonal de forma prolongada por amenorrea y estado avanzado de climaterio. Deberá regresar a consulta con un acompañante  y continuar evaluando los síntomas.

PALABRA INCÓGNITA

Palabra Incógnita

Livio Lisio

Venezolano, con raíces italianas. Psicólogo graduado de la Universidad Arturo Michelena. La lectura es su ancla a tierra y el arte de escribir forma parte de su vida diaria. Es cuentista y poeta. Participó en el taller de Narrativa de la Universidad de Carabobo coordinado por el Profesor Héctor Espinoza. Es coautor de Urgencia del Relato II, se encuentra próximo a publicar una producción en solitario y en la antología que prepara el grupo Literario Antonia Palacios, del cual es miembro fundador. Para esta entrega seleccionamos el poema número 24 de su poemario: El ojo en la puerta.

.

24

Nace un mar de palabras.

.

Mi voz se levanta

y busca la isla.

.

Es natural inspirar/

expirar las sílabas

con tu nombre de pulmón.

.

Las olas, cada una en su línea,

de lejos se anuncian

llevando mis vísceras,

.

pero solo al tocar la orilla

la epopeya de mi sentir

resuena en la espuma

.

(mis latidos buscan el tambor).

.

Los heraldos

me traen

pedazos de ti

.

y vuelvo a escucharme

diciéndote.

.

Estas ondas no te piensan:

son un círculo, un abrazo,

dueño de todas las figuras.

.

Llevas mi voz de collar.

PALABRA INCÓGNITA

Pasaje

Celeste Sjostrand

Nacida en San José de Guaribe, estado Guárico, terapeuta psicosocial por la universidad de Carabobo y psicólogo clínico por la universidad Arturo Michelena, desde la infancia se ha inmiscuido en el mundo del arte y las letras, haciendo acercamientos tímidos, al teatro sobre todo, pero siempre de espectadora activa y ávida. 

Al ser interpelada sobre su relación con la lectura comenta lo siguiente: “Mi relación con la lectura ha sido constante; desde la infancia, en el amplio librero de la casa de mi madre, la literatura me abrió las puertas a mundos descritos sobre el papel, pasajes a la luna y claros de bosque, pero también a la creatividad de todos estos escritores, cuyos rostros no conocía, aunque no era necesario, pues con su alma impresa en tinta, ya era suficiente”.

En cuanto a la escritura nos dice: La escritura era vista como algo lejano.  “No es hasta que siento la forma de mi propia existencia, que decido dar unos pasos hacia la redacción de unos cuantos versos, dándoles espacio en mi vida, yendo y viniendo entre la escritura terapéutica y la poética, para al fin adentrarme en talleres literarios y sacarlos por una rendija al mundo y es ahí dónde me doy cuenta que, como aquellos grandes escritores del librero, yo también puedo enganchar un pedacito de mi alma a las letras de mis poemas, darle libertad a esa fuerza creadora que permite la escritura, sabiendo sin duda, que en las letras encuentro una llama viva que ilumina todos los kilómetros que recorro”. El poema Pasaje es su primera colaboración con este blog.

Pasaje

Celeste Sjostrand

Gira

En la despedida

.

A destiempo del sueño

.

A escondidas del monte

.

De espaldas al recuerdo

Congela imágenes y fragmentos

De cara a lo incierto

Con nudos, colores y espejos

Prepara la maleta

Acondiciona su espíritu

Para dejar atrás la muerte

.

Transporta las flores de una tierra

En el barco de la angustia

Afila la vista, respira montañas ajenas

.

Se detiene

Animal agazapado busca, rasguña

Sale a la luz del agua

.

Descubre los valles

Las vísperas, las ciudades despiertas

Se descubre en las primeras luces

Abre los ojos, Los pulmones

Se deja caer

.

Engendra nuevas flores, sabores y cantos

Se limpia el camino dejado en las piedras firmes de la memoria

PALABRA INCÓGNITA

Añoranza

Ana Herrera

Nació en Soledad Estado Anzoátegui. Cursó estudios en la Universidad de Carabobo obteniendo el título de Licenciada en Educación, mención Educación Inicial y Primera Etapa de Educación Básica. Ejerce como docente, pero desde pequeña tiene inclinación por la escritura. Con respecto a esto declara: “Escribir es el paseo de mi alma a veces perdida en medio de insólitas tempestades, pero encuentra la paz en las delicadas hojas de los libros y se pierde en las mudas palabras de la imaginación”. Algunas publicaciones:

Tiburones bajo mi cama El taller Blanco Ediciones

Revista Educación en Valores-Año2/vol.2/Nº4 Valencia, Julio-diciembre 2005 Cátedra Rectoral Educación en Valores. Ensayo “Valencia y sus valores”.

Fundación Paso a Paso revista electrónica. http:/www.pasoapaso.com 2005 Artículo “La integración escolar- Mito o realidad”

UNICEF Revista electrónica Cuento: una nueva oportunidad http:/www.unicef.org.co/cuentos.htm 2005. Esta es su tercera  colaboración para el blog.

En aquella habitación, se desplegaba con descaro una dulce fragancia que penetraba los pasillos de esa enorme morada. Las altas paredes enmohecidas parecían contar una larga historia que los ventanales con cristales empañados y el viejo piano cubierto de polvo podían confirmar.

Los colores desgastados de las paredes se iluminaban con el brillo terso de aquellas hermosas flores, se podía decir que era lo que daba vida a un lugar aparentemente solitario.

Justo ahí sobre la mesa reposaban durante cada semana, cuando ya se habían marchitado y eran sustituidas minuciosamente. La cesta tejida que las resguardaba era el disfraz perfecto para la botella de agua que las contenía, para nada era el mejor florero, pero le daba un toque elegante y armonioso a ese desierto salón.

Sin duda era el espacio más cálido de la casa, sobre la mesa de madera redondeada junto a las flores reposaba un libro de tapa gruesa color vino, adornado con letras doradas, el ejemplar contenía numerosas páginas algo amarillentas, que mostraban de una manera muy singular que el tiempo siempre deja su huella.

Un par de meses atrás, era completamente diferente, a pesar de ser una vieja casa, cada espacio tenía un toque especial; alegre, vibrante, ni el polvo ni los trastes eran parte de la decoración, el piano cobraba vida cada noche, llenaba de hermosas melodías los rincones. Hasta ese amargo día en el que ella se marchó, entonces, sólo quedó él, con el alma envejecida y la mirada cansada.

Desde ese momento, el ermitaño ocupante del lugar pasaba horas como jornalero en el campo, cuando regresaba iniciaba un reciente ritual: colocaba sobre la mesa un pequeño caldero de arcilla, de donde salía con suavidad el aroma de una sopa de cebollas muy caliente, instalaba cuidadosamente la mecedora en ese espacio sagrado y con desolación pasaba largas horas en la contemplación del libro. A media luz la delgada silueta del hombre se dibujaba sobre la pared, se dejaba ver su nariz respingada, el rostro cansado con el ceño fruncido y la expresión melancólica de su mirada reflejaba la flamante llama naranja que se erguía sobre la vela.

Sus largos y delgados dedos buscaban con premura una fotografía, recorría  las páginas de manera impaciente, casi con rudeza, para encontrarla como siempre en el mismo lugar en el que la había dejado el día anterior, al final del libro se podía apreciar el rostro de una hermosa mujer morena de cabello largo y oscuro, con alegres ojos marrones y una sonrisa radiante, que sostenía entre sus manos una cesta tejida con flores de colores.

Las lágrimas brotaban sin contención alguna de los ojos del ermitaño, y caían en las hojas amarillentas del libro, los meses caminaban inmisericordes ante su pérdida. En esos instantes vivía solo de la nostalgia de esos días en los que sus largos y delgados dedos podían acariciar el suave rostro de aquella mujer, simplemente le quedaba la certeza de saber que el tiempo volvería a unirlos como antaño.

Mientras tanto, seguiría hundido en su tragedia, en la añoranza que dejan las pérdidas, abrazado al recuerdo etéreo de esos momentos fugaces, que se habían convertido en su única compañía.

Como de costumbre daba pequeños sorbos a la sopa sin sentir sabor alguno, su pecho palpitaba agonizante contraído por una presión dolorosa, insistente, que anhelaba sentir desde hacía mucho tiempo, como quien espera una visita no deseada pero necesaria. El silencio invadió sus oídos, el inquietante dolor lo abrazaba con fuerza, sus manos temblorosas buscaron con anhelo el libro esta vez se fueron directamente a la última página, aferrándose a la fotografía  con la misma intensidad con la que latía su corazón.

Y como cada día, mientras el ocaso pintaba con delicadeza el horizonte, la llama de la vela daba su último respiro.

PALABRA INCÓGNITA

Ésta, aquella, y todas las otras noches

Cristina R. Abreu

Valencia, Venezuela 2004.
Es su primera incursión como escritora. Muestra inclinación por las artes plásticas, se está formando como artista plástico en la Escuela de Arte Arturo Michelena de Valencia Venezuela y en sus ratos libres es una voraz lectora. Leer es para ella inspiración para sus dibujos, distracción y solaz. Gracias a la lectura y la inspiración que siente por las letras de algunas canciones ha comenzado a escribir cuentos cortos de los cuales hoy presenta dos. Esta es su primera colaboración como escritora para la sección Palabra Incógnita.

Ésta, aquella, y todas las otras noches

Me tienes agarrada por los pelos, así que no iré a ninguna parte. Dices amarme como a tus pájaros, claro, están encerrados e igual que a mi ahora, no los sueltas.

Estoy en el suelo, entre tus asquerosos zapatos. Me siento terrible, solo quiero desaparecer, pero no lo hago cuando puedo, nunca hago nada, nunca digo nada, nunca.  

Supongo que deberías mirarme y verme como se mira a quien te ama, pero tú nunca podrás ver nada más abajo de tu nariz mientras   yo misma te coloque una venda sobre los ojos cada noche, bajo del farol donde te espero.

Reflejo

Cuando se miró en el reflejo de la ventana, pudo observar todas las heridas y moretones que había en su cara y manos, su camisa destrozada por la que se asomaba su prominente barriga y una gotita de sudor que caía por su frente.

Por un momento se afligió a causa de su aspecto atroz, pero luego se regocijó  por estar vivo y de pie, y no tendido en el suelo, frío y rígido; como su última víctima

PALABRA INCÓGNITA

Viaje a Coiba

Isis Mariela Becerra

Provincia de Los Santos, República de Panamá 1964

Durante su divorcio, sintió que su vida dio un giro que la hizo soltar creencias y patrones  que la limitaban.  Fue lectora desde siempre y luego, la necesidad de voltear su mundo la llevó a incursionar en la escritura. Es así como escribió un libro llamado: “El viaje de Isis, del miedo al amor, de la oscuridad a la luz”, el cual está próximo a ser publicado.  Acerca de su propio proceso la autora dice:

“Para mí fue de mucha ayuda escribir mis miedos y deseos”. Es por eso que también creó el diario:  “Escribe tu Camino”,  y sobre él nos dice: «a través del  diario insto a las personas a escribir sus vivencias y anhelos, para que junto conmigo comiencen a ver la vida desde otra perspectiva”.

A través del blog http://www.palabrasparacompartir.com comparto también relatos sobre mi nueva visión de la vida. 

Isis es participante del Taller: Palabra Escrita, dictado: por Danibia Guadalupe Abreu y  avalado por Rubiano Ediciones, a medida que avanza en el taller incursiona en la escritura de relatos, con una  producción interesante, llena de detalles y apegada a sus vivencias, por lo que resulta fácil conectar con su tono intimista y reflexivo. Viaje a Coiba es su primera colaboración con Palabra Infinita.

Viaje a Coiba

Isis Becerra

Es sábado. Me levanté temprano porque mi amiga Yare viene a buscarme, nos vamos con unos amigos a la Isla de Coiba, el bote nos espera en el puerto de Montijo y esta vez nos acompaña Emma, tiene 7 meses, es su primera visita a la playa, va equipada con todo lo necesario para protegerla del sol.  Nos reunimos en el puerto y minutos después estoy instalada en el bote recostada sobre unos salvavidas. A medida que tomamos velocidad siento que la brisa me rodea, el sol esta semi oculto y el paisaje se hace cada vez más hermoso.  El mar parece saber que llevamos a la bebé, se mantiene calmo, sin olas y nos deslizamos sin tropiezos como un ave que planea al viento.          

Gabriel va sentado a mi lado, le observo y le digo:

—No te duermas como siempre haces, cuéntame, que has hecho en estos meses que no nos hemos visto, háblame de tus clases con los niños, cuando veo las fotos y vídeos en instagram me rio de sus ocurrencias.  —Tengo suerte de conocerlo, llegó a mi vida en un momento crucial, cuando estaba en la disyuntiva de elegir qué hacer con ella, puede ser mi hijo y de esa misma forma me adoptó.  ¿habrías aprendido a patinar sin él?, me pregunto y creo que no, cuando se te ocurrió esa loca idea fue Gabriel quien estuvo ahí para enseñarte, te enseñó la técnica hasta que dominaste los pasos sobre ruedas, te dio ánimos para no rendirte y descubriste que podías hacerlo. Ahora tienes algo que contarle a los demás y dejarlos con la boca abierta. 

Gritos en la parte de atrás del bote me sacan de mis pensamientos y los veo señalar el lugar donde saltan los delfines saliendo a saludarnos, bienvenidos a nuestro territorio decían sin hablar.  Sacan sus teléfonos intentan dejar en una imagen las danzas de esos seres mágicos. 

Volví a recostarme en los salvavidas y miré al cielo lleno de nubes blancas. Por un rato descubrí los regalos que me ofrecía, las imágenes escondidas en ese lienzo que cambia a medida que avanzamos.

Elias y Katy, los papás de Emma y dueños del bote, nos llevan cada cierto tiempo a las puertas de ese paraíso llamado Coiba,  no hay internet ni señal de celular, nos desconectamos del mundo cotidiano y entramos al natural.

Emma se porta como toda una campeona en el viaje, mantiene siempre una sonrisa en su rostro, parece que sabe donde vamos y goza del viento que le hace cosquillas. 

Por tres días el tiempo se detiene y nos olvidamos de la rutina diaria para escuchar la brisa que se escurre entre las palmeras, las olas que rugen en la orilla, el agua cristalina, la arena blanca, la luz del sol y la lluvia que no falta.

Somos equipo, no es la primera vez que vamos juntos. Unos instalan la tolda, otros hacen el desayuno, se amarran las hamacas desde donde se mira el cielo y la luz del sol entre las hojas, no hay prisas ni horarios, los días transcurren entre cuentos y risas.  No faltan las fotos que inmortalizan esos días, testigos de lo afortunados que somos de vivir esos momentos. 

Los tórtolos se alejan  para dejar en imágenes la complicidad que comparten, la felicidad que los envuelve, tienen poco tiempo de estar juntos y viven una permanente luna de miel, la vida cruzó sus caminos y entrelazó su historia con la nuestra. 

Mi hermana La bruja, le digo así porque se llama Maruja, por ratos se pierde entre las letras y páginas de un libro recostada sobre una toalla en la arena.  Katy y Elias también buscan su espacio, se alejan en el bote con la excusa de ir a pescar.

Cada uno busca su momento de soledad, ¿será que quieren guardar en la memoria cada instante?, los miro y me pregunto: ¿Qué gira en su mente?, ¿cómo valoran lo que vivimos?, ¿qué representa para ellos este viaje?, ¿cómo queda guardada en la memoria de la nena esta experiencia? 

Este viaje fue distinto, me siento libre, las murallas que detenían mis pasos han caído, puedo cruzarlas y entrar en nuevos escenarios.  Miro alrededor y es como un borrón y cuenta nueva, sal al mundo me dice la vida, descubre sus tesoros, crea dentro tuyo lo que quieres ver afuera, eres libre, vive esa libertad. 

Cada final es un inicio, volvemos a la rutina diaria pero estoy segura que todos llevan algo distinto, otra página escrita en el libro de la vida, una nueva emoción guardada en la biblioteca de la existencia, nuevos pasos y nuevos destinos.  Estamos recargados de caminar descalzos sobre la tierra mojada, de la vibración del agua, de la brisa y sus sensaciones en la piel, los pulmones llenos de oxígeno con sabor a sal, grabamos nuestros pasos en la playa fresca, dejamos huellas al andar, queda el regalo de cada uno y el ambiente imprime el suyo en cada cual. 

Volvemos al punto de inicio, el puerto que nos unió en esta aventura ahora nos separa, cada uno sigue su camino con el recuerdo de la experiencia y sin duda con  un nuevo sentimiento en su corazón.

PALABRA INCÓGNITA

Palabra incógnita

Vielsi Arias

Valencia, Venezuela 1982

Poeta. Egresada de la Universidad de Carabobo En Educación Mención Artes Plásticas, Arias Peraza se ha especalizado en la promoción y difusión de la lectura y escritura en niños y jóvenes.

Ha publicado los libros de poesía Transeúnte (2005) y Los difuntos (2010, mención de honor del Premio de Literatura Stefanía Mosca), y el libro en prosa La luna es mi pueblo: memorias del pintor Cristóbal Ruiz (2012). Parte de su obra poética aparece reseñada en antologías y  revistas especializadas. Los poemas que presentamos a continuación son parte de su libro: Luto de los árboles (2021) El taller Blanco Ediciones. Si quieres conocer más de la obra de esta autora, visita: vielsiarias.worpress.com

TAMBIÉN NOS MIRA EN TI

                                       a mi padre, Víctor Arias Colón

Bajo el alcohol,

eras el mismo niño, desvalido y hambriento

 a los pies de mi abuelo.

Mi abuelo Pedro, el que te obligaba a ir con él

a beber con su soledad.

Mi abuelo, el que no conocí,

.

el que te tenía durmiendo en el piso.

 El que se ahogó con una espina de pescado

frente a todos, mientras comían.

.

Mi abuelo,

el que está sentado en el sillón rojo

con su dureza y su culpa.

También nos mira en ti

que terminaste siendo

su sombra.

.

SOMBRA

Yo le tenía miedo a las noches.

A los grillos ahogándose

en el pozo de atrás,

a ese goteo misterioso de la pila.

.

Temía aquella humedad

recurrente de las mañanas.

.

Un silencio

y nadie estaba,

no era nadie

detrás de la casa.

.

Pero el ruido volvía,

volvía la sombra

junto al bombillo.

Una pequeña sombra

en el copete de mi cama.

PALABRA INCÓGNITA
Livio Lisio

Venezolano, con raíces italianas. Psicologo graduado de la Universidad Arturo Michelena. La lectura es su ancla a tierra y el arte de escribir forma parte de su vida diaria. Es cuentista y poeta. Participó en el taller de Narrativa de la Universidad de Carabobo coordinado por el Profesor Héctor Espinoza. Es coautor de Urgencia del Relato II.

Livio Lisio

Yo también quise, como todos los que conozco 

fundirme definitivamente en algo o alguien. A ratos 

 la quimera era Dios, el amor, la familia o la amistad. 

La quimera eras tú, esa cosa que tantas cosas fuiste 

cuando te veía con los ojos ardidos de esperanza. 

Pero nada más recíproco que yo conmigo 

y ni tú ni yo ni nadie somos culpables, tan solo 

somos como gatos que un día se van a otra casa. 

Sí, todos los caminos llegan irremediablemente a mí, 

a mí que me pensaba (pobre) 

como el destino de una calle ciega… 

A mí que en realidad soy 

El centro del laberinto, 

ese centro y centro, 

raíz cuadrada de centro, 

hombre en el hombre. 

Qué coraje el de los Budas y unos cuantos poetas. 

Todos los caminos son sueños 

y nada más soluble que la soledad. 

PALABRA INCÓGNITA

Santos Abreu Olivero. Venezolano. Fue abogado y se desempeñó como Juez de Morón durante 30 años. Desde muy temprana edad mostró inclinación e interés por la lectura y más tarde por la escritura, ambos procesos le acompañaron a lo largo de su vida. Se refería a la lectura como una manera de viajar sin pasaporte, era aficionado a leer y comentar cuanto libro caía en sus manos. En cuanto a la escritura, gustaba de hacer análisis escritos de sus lecturas, también sus propias creaciones que luego guardaba para sí y mostraba con algo de precaución. Accedió durante los últimos años de su vida a compartir sus escritos para este blog y es por ello que en esta entrega le honramos con la publicación de dos sus poemas de más reciente data.

Santos Abreu O.

Ahora estoy pensando en ti, en tu mirada.

Si me encuentro sin tu ser, estoy muerto.

Sin tu boca, sin tus manos, sin tu aliento,

Sin el calor de tu cuerpo con m cuerpo.

.

Sin tu vida, me despido de esta vida

Y me muero sin morir y estoy vivo sin vivir

Porque espero la caricia de tus besos y reclamo a tu clemencia, redención.

.

Yo el esclavo, tu mi sueño.

Tú mi norte, tú me rigues, tú me ordenas.

Tuú me acoges, tú me echas.

Cual culpable impenitente, me declaro

A seguirte impreturbalble hasta mi muerte.

.

Si eres edén, seré salvo.

Si eres infierno, tu réprobo

Si eres ángle, tu devoto

Si eres demonio, tu abyecto.

.

Para mi bien, tú me exaltas,

Par mi mal me condenas.

Tu splicio me enternece,

Tu silencio me fulmina.

En tus llamas me consumo

Y de tus ardores resurjo.

.

Yo quisiera continuar

Escribiendo hasta lo eterno;

Pero mi vida no puedo;

Porque se agotan mis versos…

.

La trampa tendida

¡Qué linda la viera!

Cuerpo cimbreante, blonda cabellera

 y boca entreabierta que a mí me sonriera.

cómo no adivertiera que así me tendiera

su trampa certera, la naturaleza.

.

Y la tuve entera

¡Dios mío qué belleza!

Que tetas tan firmes

Que brazos, que piernas

Que fina cintura, que lindas caderas

Que nalgas tan tiernas

Pero, no creyera que allí me tendiera

Su trampa certera la naturaleza.

.

Pasaron los años…

Y hoy su boca fiera

Solamente expresa

Reclamos y quejas.

Porque no supiera que así me tendiera

Su trampa certera, la naturaleza.

.

Y a mí, quien me viera

De jovern garboso, de voz lisonjera, gallardo y airoso.

A viejo canoso, sin fuerza, siquiera.

Tembleque, enclenque, cascorro y gangoso.

Y ella tan ingenua, ni cuenta se diera que en sí le tendiera su trampa la naturaleza.

.

¡Oh! ¡vida! sublime y hermosa quimera

Fugaz y aviesa. Veraz y embustera.

Yo también quisiera

Que alguien comprendiera

La trampa certera con que nos jodiera

La naturaleza.

PALABRA INCÓGNITA

La Carta

Hannakarina Añanguren Castillo

Venezolana. Profesional de la educación mención Lengua y Literatura, con una especialización en Educación Básica. Ejerce la docencia con creatividad e integralidad. Es una joven inquieta intelectualmente, con evidente sensibilidad para las relaciones interculturales. En cuanto a la lectura comenta:  “La lectura es como un manantial que fluye de forma natural, sencilla y hermosa. Las palabras tienen el poder de cambiar mundos, vivencias, de matar, dar vida, rememorar y olvidar siendo los magos de nuestra existencia”.  En referencia a la escritura nos señala: “la palabra escrita representa el alma de quien  escribe, la huella imborrable que dejamos en el mundo, la comunicación con personas que jamás conocerás, pero con las que compartirás emociones”. Es una novel escritora, su primera novela publicada llamada: La Burka está siendo considerada para ser convertida en una serie televisiva. Esta es su segunda colaboración con Palabra Infinita.

La carta

Hannakarina Añanguren Castillo

Estimado amigo:

He recibido la noticia de tu matrimonio. ¡Qué feliz me siento al saber que encontraste al amor de tu vida! Puedo compararlo a salir un día de verano, caminar lentamente por el parque, ver parejas tomadas de la mano alegres y seguras, el sol en pleno esplendor que te hace sentir su sopor y sentarte en la primera banca disponible, descansar, adaptar los ojos a la sombra y sacar el librito del bolsillo para distraerte mientras otras personas conversan entre sí.

Es motivante imaginar que también te sentirás seguro con la persona que caminará mañana a tu lado, me alegra la dicha que tendrás al fantasear tu  cama llena de amor y pasión entre los muslos de tu pareja, esa quemadita en el corazón que te explique aquella noche cuando estaba en plena lectura en el parque y la persona que tenía a mi lado me interrumpió para preguntarme que estaba leyendo, sin darme cuenta se hizo tardísimo, pero seguimos hablando de cualquier otra cosa menos del librito.

Emocionante debe ser para ti almidonar tu traje, así como lo fue para mí contarte hace dos semanas que me había enamorado y presentarte a la mujer de mi vida con la que mañana contraerás nupcias.

Atentamente

El pendejo que creyó en tu amistad.

PALABRA INCÓGNITA

EL SEÑOR DE SU CIELO

Sonia Castellano Mago

Venezolana, oriunda de Valencia. Egresada de la Universidad de Carabobo como Licenciada en Educación Inicial y Primera Etapa de Educación Básica. Especialista en Educación e Intervención Temprana del Instituto Mexicano del Intervención Temprana y Desarrollo Humano, Msc. en Psicología del Desarrollo Humano de la Universidad Central de Venezuela.

Gran lectora, siempre afanada por leer cuentos a sus pequeños estudiantes. Posee gran interés por las artes, como la música y la literatura, lo que la llevó a participar en Palabra Escrita, taller virtual  dictado por  la escritora Danibia Abreu, donde exploró a flor de piel cada una de las posibilidades que brinda el arte de escribir. Sonia, continúa su incursión en la escritura orientada hacia la Literatura Infantil donde encuentra gran alegría al crear.  Esta es su primera colaboración con el blog.

EL SEÑOR DE SU CIELO

Sonia Castellano Mago

A través de la ventana se observa el atardecer. Un cielo mejor que cualquier cuadro de Monet, una combinación de blancos, grises, rosados y azules que logran algunas nubes noctámbulas; otras ya somnolientas, cansadas del recorrido del día, se han puesto su pijama blanquísimo y se han recostado plácidamente sobre las montañas del valle. Por si algún temor nocturno quisiera interrumpir su sueño, el Señor de los cielos ha colocado unas lamparitas al pie de la cama para recordarles que la luz siempre regresará confiable y certera.

Desde la puerta de la habitación, a través de la penumbra, observa conmovido Manuel la imagen de ese cuadro perfecto: su esposa en una bata que llega al piso, de pie frente a la ventana, con su recién nacida vestida de blanco recostada sobre su hombro, como aquellas nubes, dormida sobre la montaña maternal.

Mientras contempla, Manuel comienza a sentir una espina punzando su corazón, despacio pero profundo, le dificulta cada vez más la respiración.  La oscuridad comienza a avanzar también en su ánimo mientras piensa que toda esa candidez sublime será tocada por el vicio y la malicia que inevitablemente cohabitan con la vida.

Manuel respira hondo, observa de nuevo el atardecer, se fija en aquellas lamparitas lejanas… entonces comprende que, como el Señor de los cielos, está en él velar el recorrido de su nube y confiar en la fuerza de su montaña. Vuelve a respirar y sonríe. Decide entonces encender una lamparita de noche a los pies de su amada para guiar sus pasos hacia él y abrazarla, como la nube a la montaña.

PALABRA INCÓGNITA

Aromas y Bistrea, diosa

Freija Ortega

Venezolana, Maracayera enamorada de su ciudad jardín. Egresada de la Universidad de Carabobo como Licenciada en Educación Inicial y Primera Etapa de Educación Básica. Magíster en Educación Infantil. Vicepresidenta de la OMEP (Organizacion Mundial para la Educación Preescolar) capítulo Venezuela. Eternamente «Mae» trabajando en y para nuestras infancias. Creció bajo el cobijo de una abuela que le enseñó a amar los cuentos llenos de magia y la posibilidad de viajar a través de las palabras. Sus primeros textos aparecieron en el diario El Correo del Orinoco va a la Escuela. Aprendiz de todos y cada uno de los integrantes del grupo de literatura Antonia Palacios.

«Al escribir me conecto con ella, de alguna manera las palabras de mi abuela dan sentido a mis textos»

Aromas

Huele a sol…  mezcla de flores silvestres, café recién colado y el olor de su piel esta mañana.

Despertar a su lado es un sueño recurrente, fueron tantas las veces que anhelé este instante, que no logro descifrarlo ¿Sigo dormida?

Observo su silueta entre las sábanas, aún descansa, la noche no alcanzó para realizar tantos deseos.

En la penumbra, tomo el primer sorbo de café mientras dibujo en mi memoria el recorrido de sus  besos buscando mi sur.

Sí, huele a piel, a plenitud, a deseo, a humedad. En mis sueños felices siempre me acompaña el sol.

Me da temor que, al abrir sus ojos, despertemos los dos.

Bistrea, diosa

Piel y ojos café, negra cabellera, dulce y amarga… el cielo me bendice con ella, llevo sangre de Bistrea. Amo el café.

Me observa y sigue mis pasos. Cada mañana me reconforta. Tomo una taza en su honor, aclaro el pensamiento, salgo del sueño o, tal vez, me adentro más en él.

Bálsamo cálido, hoguera, sorbo que orquesta cada segundo de placer.

«Llevo sangre de Bistrea»,  me digo, para justificar mi adicción al café.

PALABRA INCÓGNITA

Los Caminos del Destino

Lo que leerán a continuación son algunos extractos de la autobiografía de Dioscoro Monasterios. Fue realizada hace algunos años atrás con la idea de que quedaran plasmados algunos aspectos de su vida para que sus nietos pudieran conocerlo cuando él ya no transitara por este mundo. La publicación de estos extractos fue autorizada por su hija y es un homenaje a quien en vida fuera nuestro artista digital y gran colaborador en este blog y su concepto.

Los Caminos del Destino

Dioscoro Monasterios

Autobiografía (Extracto)

Mi nombre es Dioscoro José  Monasterios Nací en Valencia, estado Carabobo en la popular parroquia llamada La Pastora, un veinticuatro de marzo de mil novecientos cuarenta y nueve, por decisión de mi madre pues sus hermanos médicos le prestarían el apoyo que necesitaba para mi venida al mundo. Luego nos trasladamos a vivir a la Vela de Coro, un pueblito pequeño del estado Falcón, en una modesta casa construida por mi abuelo Antonio Monasterios, frente al grupo escolar del pueblo. Mi madre María Teresa de Monasterios se  dedicaba al hogar y mi padre Dioscoro Antonio Monasterios trabajaba como conductor de autobuses.

Mi familia era numerosa, pues mi madre tuvo seis hijos. La primera, Maritza, fue adoptada por el temor de mis padres a que mi madre no pudiera embarazarse, luego nació Carmen, un tiempo después nací yo y mis hermanos Héctor Rafael, Hordener y Casta.

Mamá era la hija mayor de Inocencio Amaya y Carmen de León quién era doméstica en el hogar de Inocencio. Eran personas de pueblo con mentalidades distintas a las de hoy en día. Mi abuelo era comerciante, dueño de una bodega de la época.

Papá era hijo de  Antonio Monasterios y Carmen Cuaro, mis abuelos paternos. Ellos además tuvieron a Aquiles, Efrain, Lila, Tita, Carmen Guadalupe Carmen y Teofilo.

Luego de un tiempo regresé  a Valencia para estudiar. Mi  vida transcurrió tranquila y sosegada en la casa de mi abuela materna ubicada en La Pastora. Era una casa muy amplia y construida a la usanza española, con muchos árboles y espacio suficiente para no aburrirse. Tenía un cuarto amplio con suficiente lugar para mis inquietudes de juventud. Una persona que merece mención especial en esta época de mi vida es mi abuela adoptiva Josefa Guerire a quién llamábamos cariñosamente Fita. Ella vivía con nosotros en la referida casa.

El amor y nuevos retos

Los caminos en la vida de un hombre deben iniciarse con un acontecimiento que lo cambie todo.  El encuentro con una mujer puede ser ese acontecimiento y su vida quedará marcada y muchas de sus decisiones tomarán un rumbo, un destino.

Cuando dos personas se conocen es importante que se sientan en sintonía y que se acepten a primera vista para proseguir en una relación de búsqueda valores comunes entre ambos. Más sin embargo, es poco importante su fecha de nacimiento que por lo general se investiga posteriormente.  En mi caso ¡Ambos habíamos nacido el  mismo día!  Y nuestras madres también, quizá esta casualidad  dio a  nuestra relación en sentido favorable.

 Mi novia, Thais Rubio, se desempeñaba como maestra de preescolar y su sueldo era muy bajo comparativamente con el sueldo de otras profesiones, pero esto de ninguna manera impidió que  asumiéramos muchos retos y lográramos nuestras metas personales.

Mientras éramos novios observamos la construcción de un edificio para apartamentos prefabricados cerca de su casa y decidimos acercarnos para saber cómo eran, nos gustó y decidimos comprar para asegurarnos una vivienda. Llegar a acuerdos como pareja era muy fácil para nosotros y aprendimos a tomar decisiones como ésta a lo largo de  toda nuestra vida familiar,  factor clave para nuestro desarrollo futuro.  El apoyo económico de mi futura suegra fue esencial en este primer logro y se convertiría en la base para una convivencia futura.

En  esa época, yo todavía no estaba graduado, pero me comprometí económicamente a asumir la responsabilidad del pago de las cuotas mensuales con el banco financista que nos hizo el préstamo. Así lo hice y todo nos salió bien.

Mi matrimonio

Cuando decidimos casarnos hicimos una fiesta muy íntima.  Repartimos invitaciones para cada uno de nuestros familiares. Aproximadamente 50 personas asistieron a nuestra unión.

Nuestra boda fue  muy sencilla y planificada, tuvo lugar en la casa de la abuela de mi esposa. De esta manera iniciamos una vida familiar.

Los regalos se convirtieron en cómicas sorpresas que nos hicieron reír mucho. Resultó que la mayoría de los invitados nos obsequiaron enseres repetidos: ¡Alrededor de ocho ollas y ningún plato! Así que tuvimos que ir nosotros mismos a comprar platos y cubiertos para nuestra primera comida en el hogar.  Por eso, hoy por hoy  estoy de acuerdo con las listas de regalos.

No necesitamos viajar, como se acostumbra en la luna de miel. Éramos los flamantes propietarios de un apartamento con todas las comodidades: muebles, cocina, baño  y  viajar nos parecía un gasto innecesario.

Mi pasión por el dibujo

Cuando estudiaba bachillerato el sacerdote Ponciera, docente del colegio Don Bosco, inculcó en mi persona el aprecio por el arte. Años después cuando  visité a Madrid para supervisar a mis hijas en sus estudios y saber cómo vivían, me dediqué a visitar museos y salones de  bowling. Ahí despertó de nuevo mi deseo de pintar aunque conocía poco sobre la pintura. Dediqué tiempo a documentarme desde el punto de vista teórico. Empecé a realizar pinturas inspiradas en cuadros de Van Gogh y otros pintores que admiraba como Leonid Afremov. A pesar de mi bajo nivel considero que los resultados eran satisfactorios, pues experimentaba con el color y las formas y esto me llenaba de satisfacción.

Mi esposa me regaló una Tablet por mi cumpleaños y allí descubrí algo muy interesante:  un  software de pinturas, empecé a utilizarlo y he tenido un muy buen progreso. Hago buen uso del color y las técnicas y abrí una cuenta en Instagram para mostrar mis obras. A juicio de mis seguidores me quedan muy bien.

Al principio las imprimía y las regalaba a mis familiares, pero ahora por lo caro de las  Impresiones solo las muestro por Instagram. 

Esta pasión al mismo tiempo entretenimiento  ha ocupado lugar preponderante en estos últimos años de mi vida, y lo que más me gusta es que realizar esta actividad  me ha dado la posibilidad  de expresar mis ideas a través de la pintura y compartir con amigos esta gran pasión.

PALABRA INCÓGNITA

LA BÚSQUEDA, ENCRUCIJADA Y ESPEJISMO

Geraudí González Olivares (Valencia, Venezuela). 

Investigadora de la minificción y los estudios del discurso. Magíster en Lingüística. Gestora cultural. Pertenece al comité organizador de la Feria Internacional del Libro de la Universidad de Carabobo (FILUC). Coordinó la Jornada de Microficción durante siete ediciones de esta feria. Ejerció la docencia universitaria en las áreas de Poesía, Narrativa y Escritura Creativa. En 2019, publica su libro de ensayos Oficio de elipsis. Algunas de sus minificciones aparecen publicadas en el libro colectivo Urgencia del relato II (Venezuela, 2015) y en la antología A puerta cerrada. Antología de microficción de autor (Quarks Ediciones Digitales, Perú, 2020), así como en la antología Historias mínimas (Dendro Ediciones, 2020). Ha publicado reseñas en diversos medios impresos y digitales, Fundadora y editora de El Taller Blanco Ediciones. Pertenece a Minificcionistas Pandémicos, colectivo literario con quien publicó Microbios, (Dendro Ediciones, 2020). En esta oportunidad nos ofrece tres excelente muestras de su trabajo como minificcionista. Esta es su segunda colaboración con Palabra Infinita.

LA BÚSQUEDA

a Chela Palacios

Después del asalto el miedo cobró vida. Pero también la fuerza para arremeter en el combate. A ella la hirieron en una pierna y su marido fue capturado junto a otros compañeros de contienda. Finalmente, se los llevaron a todos como prisioneros a la residencia del señor Ávila. Aquí fueron “bautizados”. Ella: Juana Manaure de García; él: Fernán García. Pero nada de esto cambiaría el ánimo de la princesa guaricha.

Ni los vestidos a la usanza europea, ni la nueva lengua, ni la religión católica –   todas, costumbres instauradas sin su consentimiento- lograron atenuar el espíritu de lucha con el que Judibana defendió su etnia de aquella invasión de hombres.

Ahora, Judibana, heroína caquetía, deambula por los suelos de Paraguaná. Sabe que el hombre blanco le arrebató su nombre, su familia, su gente, pero no el amor a sus muertos, a quienes continúa buscando entre los huesos enterrados en tierras del occidente venezolano.

ENCRUCIJADA

Recorre toda la noche en su cabeza, la posibilidad de irse o quedarse. Dejarlo todo o seguir adelante. Quién sabe. Solo sabe que el amor está aquí, y los sueños también. Toma un sorbo de café y lee el relato del autor canario; sabe que, si empieza la primera línea, no podrá despegarse hasta terminar su lectura. G inicia así su rutina nocturna, se acostumbró a llevarla desde muy niña, cuando, íngrima, leía o veía películas de terror en la sala de su apartamento de infancia. Pero ya no es una niña. Y ve muy pocas veces películas de terror. La vida siempre es una encrucijada, piensa, mientras toma otro sorbo de café e intenta ordenar su cabeza para poder empezar a hacer maletas. ¿Irse es la solución? Quién sabe. Pero no tiene alternativas. Y ahora hay que decidir si seguir en el cambio doloroso o regresar al infierno. Toma el trago final de la taza, y aparece él, la besa suave y profundo. La única certeza posible es que este sea uno de los últimos besos.

ESPEJISMO

Aldonza Lorenzo entiende que su destino no va más allá de una aburrida y laboriosa vida, lavando ropa todo el día. Lo que no comprende es cómo la corteja un caballero andante que insiste en convertirla en una hermosa y fina dama.

Dulcinea del Toboso entiende que su vida es permanecer enclaustrada en medio de una élite respingada y sosa. Lo que no comprende es cómo su pretendiente, un simple hidalgo, pretende convertirla en una ordinaria lavandera con una vida trabajosa y monótona.

PALABRA INCÓGNITA

La tacita chueca

Hannakarina Añanguren Castillo

Venezolana. Profesional de la educación mención Lengua y Literatura, con una especialización en Educación Básica. Ejerce la docencia con creatividad e integralidad. Es una joven inquieta intelectualmente, con evidente sensibilidad para las relaciones interculturales. En cuanto a la lectura comenta:  “La lectura es como un manantial que fluye de forma natural, sencilla y hermosa. Las palabras tienen el poder de cambiar mundos, vivencias, de matar, dar vida, rememorar y olvidar siendo los magos de nuestra existencia”.  En referencia a la escritura nos señala: “la palabra escrita representa el alma de quien  escribe, la huella imborrable que dejamos en el mundo, la comunicación con personas que jamás conocerás, pero con las que compartirás emociones”. Es una novel escritora, su primera novela publicada llamada: La Burka está siendo considerada para ser convertida en una serie televisiva. Esta es su primera colaboración con Palabra Infinita.

La tacita chueca

Hannakarina  Añanguren Castillo

Desde las manos del alfarero trataba de observarse a sí misma, veía como el polvo que la conformaba tomaba forma, la técnica de moldeado que aplicaba su creador hacía que su visión al exterior fuese cada vez más nítida, el polvo desaparecía y ella triunfante se elevaba más según el empeño que le colocaban a tan ardua tarea. De repente, algo desvió su vista hacia la distancia, en la estantería que rozaba la mesa del alcaller, surgió un brillo estremecedor por la acaecida del sol que se abría espacio a la surgente noche cegándola por un momento y cuando logro fijar bien la mirada, la vio frente a ella, toda majestuosa, alta, hermosa, lisa, color hueso, parecía una reina ante todas las demás tazas que la rodeaban.

—¿Seré como ella?  —se preguntó

Una ansiedad empezó a recorrer su cuerpo de tacita y comenzó a odiar al alfarero, solo veía a la jarra que estaba frente a ella y pensó que jamás llegaría a ser igual, solo una más del montón. La jarra que tan solo tenía una semana de haber sido creada, observaba siempre con fascinación el trabajo del alfarero y sentía ternura por aquellas tazas que siendo más pequeñas que ella evocaban una infancia de juegos de té con una niña que reunía a sus muñecas para contar las noticias del día. La jarra se sentía confundida puesto que, a diferencia de las otras creaciones, veía como se le dificultaba el trabajo a aquel hombre por la resistencia que tenía la tacita en ser una tacita, trataba de darle forma, pero ella se erguía como si quisiera crecer. La jarra no había visto algo similar, todos estaban contentos con lo que el alfarero creaba y dejar de ser polvo era la maravilla más hermosa del mundo. Una vez terminada la elaboración de aquella tacita medio chueca por su terquedad la colocó al lado de la jarra para pintarla al día siguiente. La tacita al verse tan cerca de aquella imponente reina le dijo:

—¡Deseaba tanto ser como tú!  —Una lágrima resbalaba por una de las curvaturas laterales.

La jarra viendo aquella triste escena de su pequeña amiga le respondió:

—¡No te aflijas!  El tamaño es lo que menos importa, todos estamos hechos del mismo material —y le regaló una enorme sonrisa.

La tacita se sintió burlada por la jarra, se dio media vuelta y lloró amargamente toda la noche. Al día siguiente el alfarero entró puntualmente al local para agarrar a la tacita chueca y pintarla, no había pasado buena noche, le dolían las manos por todo el esfuerzo realizado el día anterior, pero era necesario terminar, la hora de abrir la tienda se acercaba y pintar la tacita era prioridad en ese momento. Se puso el delantal y con pasos descuidados comenzó a buscar los materiales, en un intento tosco de agarrar uno de los pinceles que necesitaba golpeó la jarra y esta comenzó a balancearse sobre sí misma, todas las tacitas la miraban con enorme preocupación, gritaban fuertemente que la ayudaran pero el alfarero no escuchaba, la jarra avistó que no tenía escapatoria y trató de girar sin tropezar a las demás, de repente se encontró con la mirada de la tacita chueca, le sonrió y se dejó caer aparatosamente al piso haciéndose pedazos, la tacita observó con asombro como la jarra quedó totalmente destruida, pero para su sorpresa distinguió restos del mismo polvo que llevaba en su interior, el alfarero molesto consigo mismo por su torpeza, exclamó:

—Te arreglaré y quedarás como nueva.

Y Mientras era pintada, entendió lo que le dijo la jarra la noche anterior y comenzó a observar al alfarero con gran admiración, al final se percató de  que realmente todos estamos hechos de  lo mismo.

PALABRA INCÓGNITA

Dulce compañía

Ana Lucía Herrera González

Nació en Soledad Estado Anzoátegui. Cursó estudios en la Universidad de Carabobo obteniendo el título de Licenciada en Educación, mención Educación Inicial y Primera Etapa de Educación Básica. Ejerce como docente, pero desde pequeña tiene inclinación por la escritura. Con respecto a esto declara: “Escribir es el paseo de mi alma a veces perdida en medio de insólitas tempestades, pero encuentra la paz en las delicadas hojas de los libros y se pierde en las mudas palabras de la imaginación”. Algunas publicaciones:

  • Revista Educación en Valores-Año2/vol.2/Nº4 Valencia, Julio-diciembre 2005 Cátedra Rectoral Educación en Valores. Ensayo “Valencia y sus valores”.
  • Fundación Paso a Paso revista electrónica. http:/www.pasoapaso.com 2005 Artículo “La integración escolar- Mito o realidad”
  • UNICEF Revista electrónica Cuento: una nueva oportunidad http:/www.unicef.org.co/cuentos.htm 2005. Esta es su segunda  colaboración para el blog.

Dulce compañía

Ana Lucía Herrera

Ese día lluvioso notaba en medio de la soledad las blancas paredes de esta enorme habitación, recostada en la cama con una privilegiada posición, podía mirar el enorme mándala que formaba una hermosa flor con detalles violetas y fucsia, que pintaste cuando recién nos mudamos, a este lugar.

Cada rincón iluminado con el suave resplandor de una luz tenue que brotaba de aquella lámpara verde humanizada con una cara feliz y un lazo rosa en forma de cactus, y como siempre inerte encima de la mesa de noche, me recordaba lo mucho que habíamos crecido y lo lejos que estábamos de casa.

El juego de cama celeste que nos regaló mamá contrastaba perfectamente con las cortinas, que ocultaban un enorme ventanal, desde ahí podíamos mirar las nubes almidonadas que adornaban el cielo o la lluvia empañando suavemente el cristal.

La verdad no me quejo es más bien añoranza, por los días en los que podía mirarte durante horas tumbada en el piso desgastado de madera del balcón dando vida a lienzos desteñidos con alegres colores.

En el fondo sé que las relaciones son complejas, la nuestra no sería la excepción.

Sé que me aprecias y sientes gran cariño por mí, lo sé por la forma en la que me abrazas cuando duermes, o por la forma en la que suspiras cuando vemos una película. He secado tus lágrimas y he sido una fiel compañera durante largas noches de insomnio, sé que no tengo plumas de ganso ni el mejor vestido me recubre, pero en medio de todo eso disfrutas de mi compañía.

Recuerdo que un día llegaste muy enojada, te sentaste en el piso a llorar junto a tu cama, supuse que tenía que ver con el tema que discutimos la noche anterior, ya no volverías a ver a ese chico y por eso estabas tan confundida, necesitabas un fuerte abrazo.

Te llamé miles de veces, hasta que al fin recordaste que siempre estoy contigo, me abrazaste con fuerza y lloraste hasta quedarte dormida.

Tenemos miles de anécdotas juntas, y aunque en algunos momentos exista un sutil silencio entre nosotras siempre seré tu mejor amiga.

PALABRA INCÓGNITA

Ana Cecilia Campos Zavarce

psicanacampos@gmail.com

0424 4430879 / 0412 8304266

Psicóloga (UCAB, 1980), Especialista y Magistrer en Andragogía (URU 1991 y 1997). Doctora en Ciencias Sociales, Salud y Sociedad (UC, 2009).  Psicoterapeuta con formación en Terapia Gestalt en el Instituto Venezolano de Gestalt (1981-1985); Psicodrama con la Dra. Nikza Fernandez (1984-85); Programación Neurolingüística con el Dr. Vicente Lozada (1985-86); Comunicación y Terapia Familiar en la Asociación Venezolana de Orientación Familiar y Social (1986-1988). Medicina Tradicional China, niveles I, II, III, Convenio Escuela Neijing-Universidad de Carabobo (2002 – 2005). Practitioner EMDR Nivel II (EMDRIA 2010-2012). 

Profesora Titular Jubilada de la Universidad de Carabobo. Ha dictado Seminarios de Investigación en Postgrado, fue Jefe de Cátedra de Desarrollo Personal en FACE-UC. Fue Coordinadora de la Comisión de Fomento de la Investigación del CDCH-UC y de Investigación Constructiva. Coautora del diseño curricular de la Licenciatura en Psicología para la FCS-UC.

“Mi relación con la lectura y la escritura es la vida; el acompañamiento (como profesora universitaria), a las alumnas de Educación Inicial en la adquisición de estrategias educativas en el proceso de lectura de los niños; el ser testigo de los textos literarios de otros seres”.

Ha publicado en la revista Brevirus y en el blog HOJA ZEN donde también participa como correctora. Esta es su primera colaboración con Palabra Infinita.

Acecho

Una nube de peligro

flota sobre mi cabeza

sin saber de dónde

ni cómo

sólo intuición

sensaciones

sin certeza

hace que un domingo

el gris sea la tarde.

Otoño      

Una espina no pasa inadvertida

cuando las hojas consiguen reposo

allí está, al acecho,

el pie desnudo recibe al sol

y la bordea

Lamento

Lamento

este no tener patria porque no comulgo rojo,

ni suelo firme

¿dónde apoyarme en la confianza de la certeza?

Es un lamento que se escuda en la queja o en la denuncia.

Un lamento que a veces hace añicos las voluntades.

Un lamento que destierra los horizontes.

Sin luz

No hay luz

no puedo leer entonces.

Busco la pequeña lámpara.

.

Las hojas del libro de Lao-Tse

cubren mi rostro,

los poemas la apagan

de una buena vez. 

Universidades

Los únicos seres

que habitan a multitudes estos pasillos

son las hojas secas sobre el polvo.

.

Las aulas vacías y los gritos en silencio

les acompañan

Sonrisa

Una sonrisa es

el desencadenante del mundo

.

Una sonrisa requiere de luz,

el fuego que activa el corazón

para el amor y la alegría

.

Una sonrisa puede ser huida, ausencia, exilio.

Una sonrisa está presente

En la más absoluta soledad

.

Santos Abreu Olivero. Venezolano. Abogado retirado. Se refiere a la lectura como una forma de viajar y aprender. Escribe desde su juventud, como una manera de drenar y ordenar sus pensamientos. La escritura siempre ha sido un hobbie. Esta es la segunda colaboración  para este blog

Inconstancias

Santos Abreu Olivero

Déjenme que me embriague con gotas de champaña

y que corra mi vida entre cristal bohemio;

mil fantasmagorías correrán a mi encuentro

y trémula ha de alzarse la voz en mi garganta.

.

Seré un anacoreta que viva entre los ríos

cantando con las ninfas y los silfos

O vaya caminando sobre sendas de espinas

Que me destrocen todo, y provoquen mi risa

.

Me iré con las gaviotas volando tras las nubes

o con águilas blancas a tramontar alturas

o tal vez seré viento poderoso, que ruja

desgajando los árboles y arrasando llanuras

.

Dormiré sobre ondas impetuosas y azules;

descenderé hasta el seno del abismo profundo

Y he de echarme entre perlas, y entre rojos corales

donde quizás me quede, cual si fuese un refugio

.

cuando hayan tempestades, he de volverme trueno

y pasaré trotando por sobre los relámpagos

dejaré caer voces que hagan temblar la tierra

afirmando mis plantas sobre el monte más alto.

.

E iré a hablar con los dioses

Y libaré con ellos;

Puede ser que desmaye, de fatiga, en los cielos

Y entonces me aposente cerca de algún lucero

.

Extrañas melodías deleitarán mi alma

Y habré de tener hambre y habré de tener frío

Me acurrucaré entonces junto a los hombres tímidos

y han de llorar mis ojos lágrimas de champaña

PALABRA INCÓGNITA

Toy Story 6. El hijo de Andy

Víctor Mosqueda Allegri

Valencia, Venezuela, 1984. Psicólogo, escritor. Ha obtenido premio y menciones en los siguientes concursos: IX Concurso Nacional de Cuentos SACVEN (2013), VIII Concurso Nacional de Narrativa Salvador Garmendia (2014), VIII Premio de Cuento Policlínica Metropolitana para Jóvenes Autores (2014), Premio Anual de Cuento Salvador Garmendia [1a Ed.] (2016). Sus publicaciones son Manual de patologías (2015) y Cuentos de hadas para dormir adultos (2018). Algunos de sus cuentos y microcuentos han sido publicados en revistas de varios países: Plesiosaurio, Brevilla, Papel Literario y Temporales.

Toy Story 6. El hijo de Andy

Víctor Mosqueda Allegri

El hijo de Andy sale de su cuarto, caminando y bien vestido, pues su padre le ha anunciado que es hora de comer. Una vez la habitación se queda sola, todos los juguetes de Andy Jr. siguen inertes, muertos, como estatuas de barro a las que nunca se les insufló de vida: el set completo de ramas de árboles, la colección de piedras, las formas geométricas de madera balsa, la plastilina de receta casera y la caja con retazos de telas y cintas de colores.

Desde que Andy y Jenny, su esposa, realizaron aquel curso prenatal, decidieron que probarían el método Montessori, que educarían a su hijo en casa lejos del alienante sistema educativo público, y que su hijo solo tendría juguetes inestructurados. Cuando se reunían con sus viejos amigos, Andy y Jenny miraban con vergüenza ajena aquellas cestas de juguetes estructurados y mediatizados, desordenados en medio de la sala y las habitaciones. A todo el que tuviera un par de oídos para aguantar sus peroratas, le intentaban convencer de los riesgos de los juguetes antropomórficos para el desarrollo de una psique íntegra y saludable, y del riesgo aún mayor de tener una cantidad indiscriminada de juguetes, filtrada únicamente por las demandas de la industria del juego, que contaminaba la mente de los niños con publicidad invasiva y caricaturas soeces y promotoras de antivalores, que tarde o temprano terminarían acabando con la decencia ciudadana como alguna vez fue conocida.

Mientras tanto, Andy Jr. tomaba su cena sin chistar: dos rodajas de pan libre de gluten con un poco de mantequilla vegetal sin calorías, media toronja fresca y agua saborizada con hierbabuena recién cortada del huerto familiar. El chico hacía gala de unos modales de lujo, y sus padres no podían evitar mirarle con orgullo. Luego de la cena, vendría la sesión de juegos ligeros antes de dormir. Era miércoles, así que tocaba estimulación táctil con el set de texturas, estimulación intelectual con el ábaco hecho con pasta corta y estimulación musical y cultural con algunas canciones de cuna y poemas rítmicos africanos.

Ese día, Andy Jr. se atrevió a decir que le gustaría permanecer despierto diez minutos más si no resultaba muy molesto o inoportuno de acuerdo al juicio de sus padres, para quizás, con algo de suerte, poder escuchar, de boca de su madre, aquella canción de cuna francesa que era su favorita, y mucho mejor si le dejaban a él intentar tocar el bandoneón, aunque todavía no avanzara lo suficiente en el dominio del instrumento como para tener tal honor. Andy y Jenny le explicaron con voz suave y calma que ya había terminado la hora de juegos tranquilos, de modo que debía acostarse a dormir, pero aceptaron hacerle unas ligeras cosquillas en los pies para compensarle. Uno primero y la otra después abrazaron y besaron al niño, lo arroparon y abandonaron el cuarto mientras su hijo todavía permanecía con los ojos abiertos, muy abiertos. Una vez la habitación se quedó sola, Andy Jr. y todos sus juguetes permanecieron inertes, muertos, como estatuas de barro a las que nunca se les insufló de vida.

PALABRA INCÓGNITA

Vida

Santos Abreu Olivero. Venezolano. Abogado retirado. Se refiere a la lectura como una forma de viajar y aprender. Escribe desde su juventud, como una manera de drenar y ordenar sus pensamientos. La escritura siempre ha sido un hobbie. Esta es la segunda colaboración  para este blog

 Vida

Santos Abreu Olivero

Palabras tristes

Palabras amargas

dorolorosas

frías y crueles

.

no tengo otras

no quiero otras

no doy otras

ellas marcan las sendas por donde he caminado

ellas son los fantasmas de las ruinas visitadas por mí…

.

miro al cielo

alzo la vista

la paseo por sobre todas las Atalayas de la tierra

y

son para mí,

como escombros.

Me cohíben

Me comprimen

Tiemblo…

Contémplome internamente.

Me hundo en la oscuridad de mis abismos

aguzo mi dolor hasta los más sutil

me deleito

me alegro

gozo…

.

Vislumbro la cúpula de la felicidad

Oculta entre las acervas lágrimas que bebo.

Solo entonces

Y en ese maravilloso instante

Vivo…

PALABRA INCÓGNITA

Poema a Ángeles y Poema a Lucciano

Simonny Azul Urdaneta: Poeta, actriz, investigadora, profesora en la Universidad de Carabobo. Ha publicado: Los cuentos de hadas no hablan de sexo (1997, 2002), Micalle de una acera(2002) Líbrame(2005) Como una costumbre (2010), Piedra de Rayo (2015), Cómo hacer de un bebé, un lector (2019). Fue condecorada con la Orden “José Félix Ribas” en su tercera clase, área artística. Orden «Arturo Michelena» por su trayectoria artística. Premio Mención Poesía en el Concurso de Literatura FACE-UC 1997, Premio a la excelencia investigativa por su Trabajo de Maestría, Dirección de Post-Grado, Universidad de Carabobo (2010), Premio Certamen Mayor de las Artes y las Letras 2004, Premio Bienal José Rafael Pocaterra 2009, Premio Concurso de Poesía Festival Mundial de Poesía, 2014 por su poemario Piedra de Rayo, Concurso Bienal “José Rafael Pocaterra” 2010 por su poemario Como una costumbre, Concurso Cada día un libro 2005 por su poemario Líbrame, Concurso de Estudiantes de la Facultad de Ciencias de la Educación 1997 por su poemario Los cuentos de hadas no hablan de sexo, Mención honorífica en el Concurso de Poesía Liceista 1994 Casa de la Poesía Pérez Bonalde, CELARG por su poemario inédito Ausencia.  Su trabajo literario e investigativo ha aparecido en antologías y revistas de circulación nacional e internacional  y en antologías como En Obra, Antología de la poesía venezolana 1983-2008de G. Saraceni (2008); Antología de poesía venezolana joven, versión bilingüe castellano-árabe (2009), Antología de Poesía Venezolana de la Embajada de Venezuela en la República Árabe Siria (2016), entre otras. Esta es su segunda colaboración para Palabra Infinita y en esta oportunidad lo hace con dos de sus poemas publicados en Como una costumbre

Poema a Ángeles

Ángeles llegó con los colores de la tarde

estrenó mi piel

y juntas

crecimos

de cara al sol

Ángeles trajo

caracoles

entre los dedos

flores silvestres

y agua

 para mi sed

cuando me siento

pequeña

pasa su mano

por mi cara

y me mira

desde sus ojos

lavados

por tantos ríos

Ángeles baila

en el borde de la noche

con perfumes

y sus brillos

con sus ungüentos caseros

para el dolor del cuerpo

con sus infusiones

para el mal de amor

 aún no lo sabe

pero tiene mil años

como las estrellas

Poema a Lucciano

Lucciano me alejó

de la bohemia

literaria

Lucciano no me deja

ni escribir

él

es mi poema único

yo soy

su mejor poema

cuando mira

 mis ojos

y descubre

los redondeles

de mi cuerpo

mis oquedades

se llenan

a su antojo

Lucciano ha leído

y releído

 mi cuerpo

sabe

lo que está entre líneas

lo ha visto por dentro

y por fuera

frente a él

no hay retórica

ni ocultamiento

ni máscara

que valga

ni perfume francés

ni colonia menem

mi olor

es un olor de animal con cría

soy una frase simple

Y sin embargo

él me regala

el mejor

de los aplausos

con sus ojos cerrados

después

del tibio

y dulce recital

que mi pecho le da

PALABRA INCÓGNITA

LA CARTA

María Alejandra Gámez R.

Es venezolana. Ejerce varias artes con base en una amplia formación académica: escritura de ficción y poesía, todas las plásticas y la fotografía, locución y docencia. Ha sido gerente cultural en diversas instituciones y ha participado desde 1992 en exposiciones colectivas en Venezuela y el exterior. Actualmente se encuentra residenciada en España. Esta es su segunda colaboración para Palabra Infinita, en la que además presenta dos de sus obras visuales,  en la sección palabra Secreta y  en esta sección Palabra incógnita. Pueden disfrutar de ellas en todo su esplendor en la Galería de este blog: Palabra dibujada. Para ver más de sus obras visita:

Instagram: @marialejandragamezroman

Twitter: @mariagamezroman

Página web: http//marialejandragamez.jimdo.com

La Carta

María Alejandra Gámez R.

La carta vino de La Habana, llegó a su casa por  error.   Tal vez haya sido la conserje,  quien en un desliz la metió por debajo de su puerta. Se acostumbraba por entonces,  llevar la correspondencia a cada domicilio, e incluso que  ocasiones entregarla personalmente.  Lo cierto es que no era para ella.

Preguntó a los vecinos más próximos, sin dar con el destinatario. De nuevo verificó  con la conserje, quien sorprendida alegó no tener  nada que ver. La dirección no tenía  relación con la suya, la calle era inexistente.  Se podía inferir,  por la cantidad de sellos,  que había sido devuelta  varias veces. Nunca supo cómo había llegado a parar a su edificio y mucho menos a su apartamento.

 La olvidó por un tiempo sobre el chifonier. Y de tanto en tanto en tanto, cuando pasaba,  miraba el sobre cerrado. Tal vez en algún momento alguien tocaría la puerta para reclamar la carta. 

—Mi papá tiene familia en Cuba — dijo un día el marido—  Quien sabe si  alguno de ellos nos habrá escrito. 

Él no sabía nada de esos parientes cubanos. Su padre, quien había venido de las Canarias a Caracas unos treinta años atrás,  contaba que  su abuelo había sido muy aventurero y dejó hijos en la isla en su periplo sin retorno hacia Argentina. No parecía muy probable la teoría. Pero la verdad sea dicha, a estas alturas ya la epístola parecía pertenecerles. No hubo un motivo en particular para hacerlo. Parecía inevitable, así que un día simplemente la abrieron.

 La caligrafía de tipo inglesa era legible pero algo temblorosa, como de si se tratase de alguien mayor, o quizás de una persona que, como no solía hacerlo con frecuencia, se le dificultaba la escritura. Acompañaban la misiva seis hojas completamente llenas de añejas estampillas postales, cuidadosamente ordenadas y  pegadas en filas.

Querido hermano:

 Perdona que no haya escrito antes. Mauricio ya está un poco mejor.  Te molesto como siempre para ver si me puedes enviar algunas cosas: Unos jaboncillos de olor que estamos faltos de ellos. Papel de carta, café y azúcar.  Mi mamá pide también que le mandes unos lentes para leer de cerca. De lo demás, lo que tú puedas. Agradecí mucho el último paquete que nos  remitiste. No sabes cuánto. He estado guardando estos sellos para que los vendas. Si consigues que te den algunos dólares por ello, envíamelos por remesa, tú ya sabes adónde. Espero volver a verte. Te recuerda, tu hermana.

Tres décadas han transcurrido desde aquello. Cansada se mira en el espejo. Hace un recuento de su día. Largas colas para comprar apenas lo indispensable. En el televisor, la voz de un periodista anuncia la reunión de los dos hombres más poderosos del planeta decidiendo la suerte del hemisferio entero.  La imagen hace ruido en su mente. El recuerdo de aquellas estampillas oprime su pecho.

Se sienta de nuevo frente al computador e intenta vencer el bloqueo. Evoca  tiempos alegres, tal vez un reencuentro, una esperanza, una buena noticia. Se anima un poco. Las palabras comienzan a fluir, de improviso,  se encuentra  escribiendo: La carta vino de La Habana

PALABRA INCÓGNITA

El paseo de la oscuridad 

Ana Lucía Herrera González

Nació en Soledad Estado Anzoátegui. Cursó estudios en la Universidad de Carabobo obteniendo el título de Licenciada en Educación, mención Educación Inicial y Primera Etapa de Educación Básica. Ejerce como docente, pero desde pequeña tiene inclinación por la escritura. Con respecto a esto declara: “Escribir es el paseo de mi alma a veces perdida en medio de insólitas tempestades, pero encuentra la paz en las delicadas hojas de los libros y se pierde en las mudas palabras de la imaginación”. Algunas publicaciones:

  • Revista Educación en Valores-Año2/vol.2/Nº4 Valencia, Julio-diciembre 2005 Cátedra Rectoral Educación en Valores. Ensayo “Valencia y sus valores”.
  • Fundación Paso a Paso revista electrónica. http:/www.pasoapaso.com 2005 Artículo “La integración escolar- Mito o realidad”
  • UNICEF Revista electrónica Cuento: una nueva oportunidad http:/www.unicef.org.co/cuentos.htm 2005.

Esta es su primera colaboración para el blog.

El paseo de la oscuridad                

Ana Lucía Herrera

La oscuridad salió de paseo. Llevaba puesto su ceñido traje de nostalgia y su largo velo de añoranza. Caminaba con  paso firme pero intermitente, se subió a los columpios y se deslizó en el tobogán, dibujaba en su rostro una tímida sonrisa de pesar.

Hacía tanto que no visitaba los parques, el mundo ha cambiado tanto desde la última vez.

Visitó la playa y se sentó sobre la arena, divisó el horizonte con ojos llenos de ilusión. Al verla la gente corría despavorida, se encerraron en sus casas y el temor los invadió.

La oscuridad ha salido y el mundo se acabó, susurraban entre dientes, temían lo peor.

La oscuridad maravillada por sentir los tibios rayos del sol, caminó bajo la lluvia y a las aves escuchó. Dejó a su paso un rugido que a la humanidad enmudeció. Bailaba alegre por el bulevar, recorría los campos y nadaba en el océano. Sus sentidos se llenaban con tanta bondad, las lágrimas enturbiaban su mirar.

En la distancia observó a la luz que la esperaba, lentamente se acercaron y entrelazaron sus manos, la oscuridad le contó a la luz con efusiva emoción todo lo que vivió.

La luz escuchó complacida y comenzó su andar, confiada en las enseñanzas que su amiga dejó.

“Será una lección a la humanidad, que sumida en el silencio en medio de una tempestad, buscaba una respuesta en medio de la soledad”.

De nuevo los abrazos y besos; ver a las aves volar, a los niños correr en el parque y por las playas caminar.

La oscuridad salió de paseo, pero la luz siempre le ha de acompañar.

PALABRA INCÓGNITA

El Zamuro

Xavier Manasés Torrealba

Estudió Lengua y Literatura en la Universidad de Carabobo. Participó en el taller de Narrativa perteneciente al Dpto. de Cultura de la Universidad de Carabobo bajo la coordinación de Héctor Espinoza, posteriormente de Geraudí González y por un tiempo breve de Danibia Abreu. Es director de teatro y disfruta de realizar montajes para su compañía. Desde siempre ha tenido una relación cercana con la escritura. Es poeta, compositor y escribe relatos cortos. Esta es su segunda colaboración para Palabra Infinita

EL ZAMURO

Xavier Manasés Torrealba

Chela se quedó dormida al pie de un viejo samán, pensando en el chico que tanto le gusta, y al abrir sus ojos lo primero que observó fue a un zamuro mefítico rodeándola, la primera reacción fue espantar a la despavorida ave, quién subió a las ramas del samán a contemplarla.

―Peazo’e ave fea mal oliente ―le gritó al ave, quien la observaba desde las ramas de samán.

Se encaminó a casa recordando el emotivo encuentro que había tenido con Luciano; el chico que tanto le gustaba. Al ir observando las arboledas que habían a su alrededor se percató que el ave la seguía.

―¿Esa peazo’e ave otra vez? ―se preguntó en voz alta. Tomó una piedra y se la lanzó en un fallido intento. Por más que caminaba el ave seguía observando a la campesina, como si realmente quisiera decirle algo. Ella, imaginaba todas las cosas descompuestas que comía, y le daba asco tan solo pensar que el ave la seguía.

―Ahora si me acomodé contigo pues ¡Vete! ―le dijo al ave quién parecía entenderla. Se mantenía distante, pero igual la seguía.

La Campesina cruzó ríos, subió lomas, y aún el ave la seguía. Al percatarse, un escalofrió corría por su cuerpo. Se sentía acosada. Caminó deprisa todo el trayecto hasta su casa, sintiendo su presencia.

―¿Dónde estabas Chela? ―le preguntó la mamá, enojada.

―En el río amá, usted sabe que siempre voy los sábado pa’llá ―le dijo Chela sumisa.

―Sabes que no me gusta que andes por esos lares, eso queda muy lejos, además no debes ir sola

―¡Ay amá! Ni que fuera muy lejos, eso queda allí mismitico ―expresó aun agitada por la caminata.

―Algún día de estos te vas a llevar un buen susto, ¿No puedes estar tranquila como tus hermanas? Sin ser tan chiva ―dijo la madre encrespada.

La joven se fue a pilar el maíz que su padre había desgranado. El pilón estaba debajo de un árbol de tamarindo, y allí se encontraba nuevamente el zamuro. Chela lo observó intrigada pensando por qué esa ave la seguía a todos lados.

Le arrojó unos granos de maíz al ave, bajó y precavida se las comió. Chela terminó de pilar, y llevo el tazón a su madre, quien la esperaba para hacer las arepas.

―Amá hay un ave que me sigue desde que venía del río ―le dijo a su madre, mientras la veía cocinar.

―¿Un ave? ―le preguntó extrañada.

―Sí, es muy raro, un zamuro de plumas grandes, negras y marrones, y su cara es como color ceniza.

―¿Un zamuro? Los zamuros están atrás de los muertos niña loca, espántalo cuando lo  veas.

―Al principio me daba miedo, pero ahora me parece que es amigable.

―¡Ah no vale muchacha! ¿Tú como que estas enamorada de ese Zamuro? ―le expresó la madre con unas risotadas.

―No amá esa ave huele mal… aunque es como una buena mascota.

Durante la noche, se dirigió a la ventana, la abrió y vio al zamuro que la observaba fijamente. Ella en el impacto, cerró la ventana de un sopetón. Se fue a dormir con la imagen del ave, sin entender por qué el pájaro no se iba. Al despertar comenzó a hacer los quehaceres de todos los días: buscar la leña, cargar el agua, recoger los granos. Al ver a la anciana del campo, salió a su encuentro, a darle unos palos de leña, y parte de las legumbres que había recolectado.

―Gracias Chela, tú siempre tan atenta ―le agradeció. La anciana observaba al pájaro unos cuantos metros detrás de la muchacha.

―Sí, mi seño esa ave siempre me sigue, y no sé que hace pa’que me deje quieta ―le dijo Chela al observar a la anciana recoger una piedra con la intención de arrojársela al ave.

―No mi seño’ no lo golpeé ―le dijo Chela molesta.

―Mi niña, ¿No sabes lo que dicen de los zamuros que siguen a las personas?

―Mi amá dice que los zamuros están atrás de los muertos, pero este me sigue a mí, así que no creo en eso.

―¿No te han dicho lo que pasa con los zamuros que se enamoran de las mujeres? ―dijo misteriosa

―No, ¿Es una leyenda? ―intentó no reírse de la anciana, por respeto.

―La gente cree que son leyendas pero esas cosas son ciertas. Hace mucho tiempo una joven también se encontró a un zamuro que se enamoro de ella, al tiempo desapareció y cuentan que se convirtió en zamuro.

―Que leyenda tan buena mi seño’, pero eso son puros cuentos.

―Mi niña, hágame caso espante a esa ave de rapiña.

La anciana la vio alejarse. Chela dio media vuelta y con una sonrisa la despidió.

Al regresar a casa escuchó a una de sus hermanas decir:

―¡Luciano se casa!

Ella desde muy pequeña había estado enamorada de Luciano, pero él, siempre la había tratado como una amiga. Es por eso que al escuchar esa frase su corazón se hizo pedazos. No quería que nadie se percatara de su sufrimiento. Tras disimular, salió de casa, y corrió al samán donde solía estar, se tiro al pie del árbol y empezó a sollozar. Cuando se disipo el llanto desenterró el rostro de su falda, observó una flor y a unos pasos más atrás se encontraba el zamuro. ¿Cómo es posible que este animalito entienda que estoy triste?

―pensó.

Tomo la flor, y El zamuro abrió las alas dando pequeños saltos a su alrededor.

―Que ave más bonita ―le dijo mientras observaba conmovida la flor.

El ave se acercaba lentamente hacía la joven, hasta que se poso sobre sus piernas. A Chela el zamuro no le parecía desagradable y no le olía mal. A partir de ese momento el zamuro estaba más cerca de ella. Dormía bajo su cama. Las personas del pueblo comenzaron a llamarla bruja desde que se le veía con el ave.

―Muchacha deja de andar con ese zamuro, espántalo, mira que la gente ya anda comentando cosas ―dijo la madre irritada.

―¡A púes amá! Quédeseme tranquilita, que esa es mi mascota. Esa es la gente de aquí que es más supersticiosa… que si los santos, que si los muertos, que si los vivos, ¡Na amá!

¡Déjelos que hablen!

―Muchacha pero que grosera te me has puesto, ¡No creas! ¡No creas que porque ya se te vinieron los dieciocho no te puedo lanza tu cachetón! ―le levantó la mano muy cerca de la cara de Chela, amenazante.

―Amá usted si le gusta peleá conmigo, yo no le estoy diciendo grosería, solo  le digo que no hay que tenerle miedo a un pajarraco, mírela, si hasta bonito es el bichito ―tomó al ave y la colocó en su regazo.

Chela fue por agua al pozo donde se encontró con la anciana.

―Mi Doñi, ¿Qué hace por aquí solita? ―preguntó Chela.

―Vine a buscar agua mi niña ―la anciana se sentó en un banco que estaba cerca del pozo.

―Doñi, usted ya no está para estar cargando nada ¡déjeme y la ayudo! ―Chela agarro los jarrones, los metió en una caja y los llevó a casa de la vieja. En todo el camino la anciana

notó que el ave seguía a la Chela, y cada vez que iniciaba la conversación acerca  del zamuro la joven evadía el tema. Al llegar a casa de la anciana, dijo:

―Chela deshágase de ese animalito, se lo digo de buena fe mi niña. Esas cosas no traen nada bueno.

―Tranquila mi Doñi ―dijo Chela al alejarse.

Al día siguiente la mamá le dijo que fuera a rebuscar papas con sus hermanas. De todas, ella era la más laboriosa, también la mayor y no le daba pena buscar las papas  que regalaban los sembradores. Siempre tenía que escucharlas quejarse cuando las mandaban a trabajar; Chela se había acostumbrado a hacer prácticamente todos los quehaceres de la casa, y no le molestaba: prefería eso a soportarlas.

―¡Recogeré papas!, pero no voy a cargar papas, como si fuera un burro ―dijo la menor.

―No creas que voy a quedarme todo el día llevando sol como una palmera ―le dijo la tercera.

―Nosotras sacaremos las papas de la tierra, pero dejaremos los sacos allí para que algún muchacho del pueblo los vaya a buscar ―Mencionó la cuarta hermana.

―Más flojas ustedes, caminen es qué, y dejen de‘tá planeando tanto ―les dijo Chela molesta.

De repente observaron a muchas personas cerca del pozo, y todas estaban turbadas.

―¿Qué pasó? ―le preguntó la Chela a la gente que estaba lejos de la multitud.

―¡La anciana!, la anciana murió ―dijo una señora con los ojos enrojecidos.

Chela corrió hasta la casa de la anciana, y al llegar su corazón se agitó al ver a las personas alrededor de la cabaña, hizo paso entre el gentío y logró entrar, al asomarse poco  a poco miró los pies de la anciana tendidos, luego fue acercándose más y más, hasta que vio como le brotaban tajos ensangrentados de la cara, y los ojos extirpados. Al voltear la mirada hacia la ventana, observó al zamuro en el árbol de caimito, abriendo sus alas como aquella vez que le entregó la flor. Salió corriendo del lugar horrorizada. La observaron como corría hacía el bosque, intentaron con fuertes gritos detenerla. Chela iba muy deprisa, lloraba amargamente, recordando las palabras de la anciana, sintiéndose culpable de su muerte. Al llegar al Samán observó al zamuro, se fue acercando a él muy despacio, lo agarró fuertemente del pescuezo, golpeó su cabeza varias veces contra el suelo, hasta que se volvió solo sangre y plumas.

Las personas al llegar a lugar la vieron llena de sangre, diciendo; que ya había matado a la malvada criatura, que ya jamás le haría daño a nadie. Se comía las plumas y rociaba su sangre por todo su cuerpo, Todos horrorizados salieron del bosque, algunos intentaron llevarse a Chela, pero ella desapareció siendo tragada por la noche.

Pasaron meses y no la encontraron. Comentan que la anciana era una bruja que ahora habita en el cuerpo de Chela, incluso hay quienes aseguran haber visto al mismo pajarraco enamorando mujeres del pueblo, amándolas, hasta volverlas locas.

PALABRA INCÓGNITA

Busco Editor

Víctor Mosqueda Allegri

Valencia, Venezuela, 1984. Psicólogo, escritor. Ha obtenido premio y menciones en los siguientes concursos: IX Concurso Nacional de Cuentos SACVEN (2013), VIII Concurso Nacional de Narrativa Salvador Garmendia (2014), VIII Premio de Cuento Policlínica Metropolitana para Jóvenes Autores (2014), Premio Anual de Cuento Salvador Garmendia [1a Ed.] (2016). Sus publicaciones son Manual de patologías (2015) y Cuentos de hadas para dormir adultos (2018). Algunos de sus cuentos y microcuentos han sido publicados en revistas de varios países: Plesiosaurio, Brevilla, Papel Literario y Temporales.

Busco editor

Víctor Mosqueda Allegri

Alto, joven, de mirada profunda y ojos preferiblemente claros (mis favoritos son los de tono esmeralda, pero no pido tanto), con musculatura definida, aunque no demasiado marcada, gusto por la moda, sensibilidad emocional y empatía. Que sea un romántico empedernido, de los que no se avergüenzan de llorar en una película de amor en el discurso final y que te tome de la mano por la calle como si no hubiera nadie más en el mundo al que aferrarse. Que no crea en tontos convencionalismos sociales y no cuente el número de citas o el número de días para devolver una llamada o decir “te amo” si de verdad su cuerpo y su alma le piden avanzar más rápido.

Que quiera saberlo todo de mí y los ojos le brillen de fascinación cuando le hable de mis proyectos más alocados, de mis novelas de aventura, de mis libros de fantasía. Que sin dejar de mirarme a los ojos un segundo, y ardiendo de deseo, me diga “serás el próximo Dan Brown, te lo prometo; aunque tenga que arriesgar todo lo que tengo para ello”. Que su amor por mí sea tal que le resulte imposible encontrar mis defectos y que, siempre con una sonrisa al borde del beso desenfrenado, me diga que para él soy perfecto, que me ruegue que nunca cambie, tal como yo le pediré el mismo compromiso, incapaz de verle costura alguna, ciego, completamente ciego de pasión y amor.

Busco editor, soltero, demócrata, socialmente sensible, de buena familia y de preferencia católico, pero de pensamiento religioso libre y crítico, que crea en el amor a primera vista, con contactos en Random House Mondadori y HBO o AMC. A cambio, obtendrás a un escritor en ciernes, con cuerpo trabajado en gimnasio y una tetralogía de terror místico religioso inédita, con sueldo anual de cuatro cifras… por ahora. Vamos, anímate y escríbeme al teléfono de contacto y tengamos una primera y delirante cita. Te lo juro que no te arrepentirás. Y tus jefes tampoco.

PALABRA INCÓGNITA

Solera

María Emperatriz Monasterios Rubio es venezolana. Actualmente radicada en Medellín Colombia.  Ingeniero Industrial de la  Unexpo Barquisimeto , con Máster en Prevención de Riesgos Laborales de la Universidad Carlos III de Madrid. Durante un tiempo dictó clases, así que también tiene experiencia con la docencia. Leer representa para ella un pasatiempo apasionante. En su constante búsqueda se encuentra incursionando en el diseño y montaje de paginas web, en el cual avanza conforme pasan los días. De esta manera une sus dos pasatiempos favoritos diseñar y leer. Esta es su primera colaboración con el blog, con la cual descubre las bondades de la escritura.

Solera

Mariem

Recuerdo en aquella tienda de mascotas, había  en el mostrador cuatro cachorros como moticas de algodón y bien juguetones. Pedí al vendedor que solo sacara a las hembras que no me interesaban los machos. Una era grande gorda y la otra era la más pequeña de la camada; ambas se desvivían por darme cariño así que decidí que la que llegar más rápido a mí desde el otro lado de la habitación sería mía. Tu me elegiste, corriste a mí desaforada.

Desde allí fuimos inseparables. Al ir creciendo aprendiste lo que me gustaba y lo que no; y a cambio entendí que lo único que exigías era ser acariciada siempre preferiblemente en mis piernas. Nunca te lo negué, era poco para lo que tú me dabas, eras mi compañía, mi amiga, mi hija nunca me sentí sola contigo. Te diste cuenta  que lloraba mucho y cuando me pedías que te sobara la cabeza yo dejaba de hacerlo. 

Cuando cumpliste dos años te dejé embarazarte. Era divertido ver tv en  el suelo juntas mientras te sobaba la panza. Cuando tuviste a los cachorros te encantaba que los tomara en brazos,  tus ojos me decían que la confianza que me tenías merecía disfrutar tus hermosos tesoros. 

Viajamos a muchos lados, disfrutabas de  montar en moto y sentir el aire al rodar. La playa era tu sitio favorito, correr en la arena y perseguir las olas hasta dar el chapuzón. La plaza de nuestra urbanización era otro de tus sitios favoritos. Eras famosa con todos los vecinos yo solo era “la mamá de Solera”.  Correr tras la pelota y no entregarla era tu juego favorito yo lo llamaba: “soy yo la dueña de la pelota”.

Me encantaba fastidiarte al vestirte. Pasabas largo rato  sin mirarme muy enojada, pero siempre  volvías a mi lado. Tus juguetes nunca podían faltar regados por el apartamento, mirarte con ellos era mi alegría más grande.

No ha sido  fácil escribir estas líneas  ella era mundo y mi familia. La amo mucho y su partida lejos de mí ha sido difícil de afrontar. Aquí a mi lado duerme una maleta llena de  vestidos y juguetes sin estrenar, de abrazos por dar y tristezas sin consolar.

A veces te imagino junto a mí, no me resigno a que seas solo un recuerdo más.

PALABRA INCÓGNITA

Palabra Incógnita

Jaime Cesar

De los llanos venezolanos. Jaime es Licenciado en Geoquímica de la Universidad Central de Venezuela y Dr. en geoquímica orgánica de Curtin University, Australia.

Aunque científico de profesión, Jaime también ha sido cercano a las artes, integrando diferentes agrupaciones de folklore venezolano y géneros latinoamericanos en Venezuela y Canadá. Por su interés en la música, se ha formado en técnica vocal e interpretación.

Jaime es autor publicado en inglés en diversas revistas de contenido científico. Sin embargo, ha coqueteado con la escritura creativa en Castellano desde siempre, como un hobby personal. Este año ha publicado su primer libro titulado “Noches de uvas que han fermentado” donde cuenta su experiencia de descubrimiento del mundo y de sí mismo.

“Mi romance con las letras probablemente tiene que ver con mi padre; él tiene un verbo maravilloso para la poesía. Escribir ha sido espontáneo, ha nacido de mi necesidad de ser feliz. Es mi mejor espacio para exponerme vulnerable y honestamente en palabras”.

Recientemente Jaime ha iniciado un posgrado en Narrativa por la Universidad Católica Andrés Bello, así que esperamos nuevos proyectos suyos. Para esta entrega parte de su producción inédita:

Sácame de aquí

Jaime César

Enamórame lejos de tanto ruido, lejos de tanta algarabía por patógenos que pueblan pulmones, ¡sácame de aquí! Pongamos mi dolor en alquiler, rentémoslo hasta que me lo confisquen los años. Quiéreme tanto hasta que se me olvide que una vez sufrí, que una vez dejé corazón y medio en los que comparten mi sangre y que no pude rescatar. Invéntame la vida para la que nací.

 Vamos a llenarnos de nuevas lágrimas, unas que sean desmemoriadas, que sepan a agua dulce y que no se sequen en las mejillas sino en mis labios cuando los beses.

En una semana todas las hojas se pondrán amarillas, acércate una tarde de esas y sácame de aquí. Dame nuevas razones para escribirle al amor porque en estos días no estoy enamorado.  Por más que escuche canciones de Pandora, no hay emociones en mi corazón que me hagan sonrojar; no hay una ilusión que me despierte en las mañanas; no existe una carta esperando ser escrita. Estoy aburridamente vacío, escaso de glóbulos rojos, sin olfato para las flores, sin gusto para los besos, y sobretodo sin tacto para pieles que me hagan temblar en una o más noches.

Después de unos días habrá regresado el invierno, acércate una noche de esas, y sácame de aquí.

¿Siento?

Jaime César

Que alguien me diga si el amor también se vive como escoger una torta de la vitrina de los postres, o si las mariposas tienen que estar revoloteando todo el tiempo. Ahora mismo más de un par de ojos me observan con interés, se acercan buscando un beso, pero no siento nada que pase de un poco de ternura y estímulo corporal. No me han volteado el mundo, no me sudan las manos ni se me enreda la lengua, no secuestran mi pensamiento por veinticinco horas.

¿Es posible enamorarse de una forma distinta a mi enamoramiento de los quince?

¿Es posible que la compañía desnuda sea otro lenguaje del amor?

¿Acaso no debo decir que estoy loco por ti, que he perdido la cabeza?

Avísame si se trata de esperar varias noches para poder sentirlo, y de meses para decirlo. Avísame si de grande se ama diferente, si es normal que quiera llevarte a ver las estrellas

pero a la mañana siguiente no me importe tu desvelo.

Aunque aclame un beso de los tuyos, sigo esperando que tu respiración a milímetros de mis labios me haga temblar, sigo esperando querer volver a ellos con afán escandaloso.

Y tú, ¿qué sientes?

¿Aguardas como yo, o ya me amas con locura?

¿Me voy, o me quedo? ¿Ensayo sentir, o siento?

Trina Malpica

Nace en Caracas, Venezuela y actualmente reside en la ciudad de Santo Domingo, República Dominicana.

Su infancia estuvo rodeada de libros, bajo la contagiosa actitud de una madre amante de la cultura y las letras, aprendió a leer convencionalmente desde los tres años y a partir de ese primer encuentro con la palabra, leer y escribir se convirtieron en hilos conductores de su existencia. 

Es Licenciada en Educación, egresada de la Universidad de Carabobo, Valencia. Tiene una Maestría en Ciencias de la Educación, Mención Lectura y Escritura. Especialista en procesos del lenguaje. 

Escritora de Literatura Infantil y juvenil, cuentacuentos y promotora de lectura. Se desempeña como profesora en diferentes niveles educativos, es tallerista, asesora educativa y ponente en diversos eventos literarios del país con divulgación en revistas digitales e impresas de corte nacional e internacional.

Algunas publicaciones: 

. Columna semanal Escuela Viva, revista del Domingo, Noti Tarde.

. Antología de Lápiz labial, Casa de las letras. Fundación CELARG. 

. Sueños de la montaña, Monte Ávila editores.

. Memorias del Encuentro Internacional de Literatura Infantil y Juvenil Fundación La Letra Voladora. 

Entre otras.

Plancton o la noche que el mar brilló

´´ ¿Conoces ese lugar entre el sueño y el despertar, el lugar donde todavía puedes recordar los sueños? Ahí es donde siempre te amaré, donde te estaré esperando.´´ Peter Pan  

 

Trina Malpica

   El plancton, es la bioluminiscencia creada por un alga microscópica  llamada ´´noctiluque´´ Cuando es agitada y como un mecanismo de defensa ante un posible crustáceo se hace luminosa y en algunos casos espectacularmente luminosa…

   La noche que el mar brilló fue  ¡Espectacularmente luminosa! Corría el año 2005 y estábamos de vacaciones en la isla de Margarita, Venezuela.  Unos amigos, entre ellos un loco DJ holandés nos invitaron a una de las playas más hermosa de la isla ¨Punta Arenas¨ una imponente quimera azul dibujada en la orillita del mapa, allí en  medio del Mar Caribe. Fue en el mes de septiembre bajo un mágico sol que nos invitó a jugar con él, nos llenó de buena vibra y se despidió de nosotros con un alucinante atardecer.

   Al parecer la naturaleza quería seguir siendo buena  y como si no fuera suficiente el mágico día que acabábamos de experimentar,  nos regaló la más dorada de las noches y una de las experiencias  más increíbles que alguien haya vivido, de esas memorias imposibles de olvidar que se tejen en el imaginario y al recordarlas nos conducen  a la sonrisa, junto a esa sensación de poderosos dioses, que alguna vez en la vida fueron tocados por la fortuna.

    Sentados en la arena nos dio la noche cantando y contando historias, prácticamente solo estábamos nosotros en la playa, de hecho si mi memoria no falla, solo estábamos nosotros. De pronto uno de los amigos se levanta, me toma de la mano y me dice: Ven vamos al mar, vamos todos. Yo por un desagradable  episodio que había tenido con un ´´agua mala´´ (Medusa) en la Bahía de  Patanemo era muy resistente a meterme en el mar durante la noche, me negué hacerlo, alegando que yo tomaría las fotos, hasta que un amigo llamado Salensky, miró a Efra y le dijo: Tienes que lograr que ella entre  al agua, por favor, métanse en el agua con nosotros.

Ante tanta insistencia y para no quedar como la aguafiestas del grupo, tomé la mano de Efra y entramos al mar, lo que pasó a continuación es lo más impresionante y hermoso que haya visto jamás: Nuestros cuerpos se volvieron dorados, miles de chispas bailaban a nuestro alrededor convirtiendo la playa en el espejo de la estrellada noche que nos arropaba. Salensky brincaba chapoteando agua sobre nosotros  mientras gritaba es ¡Plancton! ¡Plancton!

   Una euforia colectiva se apoderó de nosotros y saltábamos como locos gritando ¡Plancton, Plancton, Plancton! Mientras más vigorosamente  nos movíamos más dorada se volvía el agua. En uno de los saltos caí sobre Efra y le dije con la sonrisa más gigante del universo:

— ¡Qué bueno que decidí entrar al agua! ¿Es hermoso, verdad?

Me miró con los ojos llenos de todito el sol que se acababa de ocultar y me dijo:

– Son hadas, las mandé a traer todas para ti, pero sigamos fingiendo que es Plancton

    Quien me conoce sabe que me fascinan las hadas y que escuchar toda esa poesía de la boca de mi Efra me hizo volar de amor… Solo pude colgarme a su cuello con el firme deseo de que este hombre me amara toda la vida,  de esa manera mágica, absoluta.

    Y debe haber funcionado el deseo formulado a las hadas, porque mientras él vivió yo fui la mujer más amada de todos los tiempos.  Algunos años después volví a invocar a las hadas y conjuré su vida, les imploré que nos ayudaran a superar el terrible diagnóstico, durante mucho tiempo ese fue el más auténtico de mis deseos, sin embargo,  esa triste tarde de mayo, las hadas no bailaron junto a nosotros, probablemente brillaban en otro mar, lejos…

     Tras muchas lunas de lucha contra la leucemia, mi Efra, el Efra de esta historia dejó de respirar en mis brazos. Ese deseo no cumplido es lo más nefasto que me ha pasado,  pero hoy puedo agradecer todas las memorias a su lado, toda la magia que le puso a mi imaginario y esos momentos de cuento que al describirlos solo me hacen sentir la más privilegiada, afortunada por tenerlo, por vivirlo, por caminar de la mano con ese amor bueno y de tantos colores que hasta el dorado llevaba dentro en su corazón de oro.

Efra, el Efra de esta historia, que ahora luego de leerla también es un poco tuya, era de esas personas hechas de fábula, de luminiscencia implacable, sus chispas se mantienen intactas en el recuerdo de quienes lo conocimos. Así como en mí esa noche en que el mar brilló para nosotros.

PALABRA INCÓGNITA

Cuando se va la tarde y Calle amarga

Santos Abreu Olivero. Venezolano. Abogado retirado. Se refiere a la lectura como una forma de viajar y aprender. Escribe desde su juventud, como una manera de drenar y ordenar sus pensamientos. La escritura siempre ha sido un hobbie, nunca había sentido impulso de publicar hasta ahora, en que aceptó colaborar con este blog.

Cuando se va la tarde

Santos Abreu

Una vieja gitana replegaba

unos antiguos toldos retocados con fuertes tonos de colores vivos.

Era la tarde, mujer siempre activa,

que por su empeño de mirarse joven se tiñe el pelo de reflejos claros.

Fijó por último, la vista a la distancia y sintiéndose sola de repente, sobre una ráfaga se alejó

indecisa…

Dejando en su descuido y a su paso

Un célico jirón bordado en plata que jugueteó un momento más sobre el camino.

El campo, hace un instante verde y fuego,

Se tornó ceniciento, lila y plomo.

Un listón de color azul y rojo se alargó vaporoso en la penumbra

 con fugitivo resplandor postrero

y se aferró tenaz  a los efluvios que adornaban aún la lejanía.

Esa débil imagen luminosa se mantuvo flotante todavía

y asomó más allá, como un destello que refulgió un momento más sobre el camino.

Yo conservé quizá en las pupilas por infinito tiempo la luz que agonizaba y me quedé cautivo del

instante en que murió la tarde en el camino.

Calle amarga

Santos Abreu

Caminando a la sombra de tejas y de bloques.

Con la fuerte fragancia de humos y de gaces.

Sentir tacón y acera en choques incesantes,

y volver la cabeza, y no encontrar a nadie.

Y vacilante siempre caminar adelante,

o cambiar de rumbo sin saber por qué.

Oír ruido de máquinas

y chirriar de frenos.

Ojos y labios en una ventanilla,

los labios abiertos en una sonrisa

(hipócrita tal vez).

Escuchar una lengua preguntando:

“¿Estás bien?”.

y disfrazar el rostro con otra sonrisa

(hipócrita también).

Y hablando desde lejos, casi sin comprender,

entender que nos piden acercarnos un poco.

Haciéndose el orate, como si no se oye.

De noble e indómita manera pensar:

“Amigo si no puedes bajarte de tu coche,

Muchos menos puedo yo bajarme de mi acera”.

PALABRA INCÓGNITA

Cena de Año Nuevo

María Valesska Binetti González

Venezolana. Radicada en Madrid España a donde se fue buscando mejores oportunidades. Se refiere a la lectura y la escritura como: “Algo que hacía para encontrarme pero que ahora sé que es para volver a mí, cuando leo busco respuestas y también distracción,  escribo para drenar y entender lo que pienso”.

Cena de Año Nuevo

Valesska Binetti

Esta vez comí tanto pan de jamón que sentí miedo. Necesitaba estar bien y pretendía conseguirlo en cuestión de minutos. Por eso pensaba que debía masticar más, eso me acercaría a la sensación de bienestar que tanto anhelaba, así que seguía picando: un poco de pan, una crepe, el struddle, un trozo de pizza, varias cucharadas de helado, algunas uvas.  La conversación en la mesa era indistinta y nadie se fijaba en lo que hacía, así que yo seguía comiendo.  El aire me entraba con dificultad, ya casi no podía respirar, sin embargo, no quería parar de comer. Apenas cruzaba esa idea por la cabeza tomaba de nuevo algún pedazo de comida.

Llevaba a mi boca trozos de pan y chocolate uno tras otro. Mi mente decía a mi boca y a mis manos que no se podía quedar nada sin probar, hacer eso era como dejar ir las oportunidades de sanar tanto dolor. Dejarlas pasar. Pero ya mi estómago no podía más así que seguía sin poder respirar bien. Inspiré profundo, respondí dos o tres frases banales y me reí de un chiste muy malo contado por uno de los asistentes a la cena  antes de entrar en mi mente.

*

Al principio los bocados son éxtasis, sentir lo divino, el gusto de la comida en el paladar, saborear cada pedazo. Al cabo de unos minutos con la saciedad llegan los retortijones y se acaba la sensación de bienestar, comienzo a sentir que debo parar, que me duele la barriga, que no puedo respirar, pero ahora es mi mente quien ordena que debo seguir hasta el final y me hace creer que estoy igual de embelesada que cuando probé el primer bocado, pero yo sé que no es así, tú y yo sabemos que después de aquello ya nada sabe a nada, y apenas puedo respirar.

Ahora, al fin tengo una sensación más parecida a cuando lo dejamos, a cuando me dejaste. Unas terribles ganas de llorar acompañan lo que mastico, porque me traicioné al dejar que pasara otra vez. Me duele la panza y siento que me aprieta la garganta, esta fue la peor decisión que pude tomar. Hoy digo que no, mañana es otro día.

La mesa navideña ya no se ve tan bonita como al principio, la gente ya no tiene mucho ánimo de hablar. Algunos se han levantado. Hago lo mismo pero  me llevo varios pedazos de pan, de chocolates y galletas,  estoy segura de que más tarde intentaré comer varios trozos de chocolate, por si vuelves.

PALABRA INCÓGNITA

El secreto de la Navidad

Eneyda Guadalupe García. Es venezolana. Graduada en Educación Mención preescolar. Trabaja en la Universidad de Carabobo como profesora y en este momento se encuentra en Guayaquil, donde fue de visita y tuvo que quedarse más de lo previsto. Su vida siempre ha girado en torno a leer y escribir, pues una vez que se graduó decidió estudiar la maestría en Lectura y Escritura para seguir trabajando con estos dos procesos.

Su anécdota más preciada y que marcó su vida como lectora  es cuando  su maestra de 2do grado  le regaló  un libro con historias de “tío conejo y tío tigre”,  porque le aburría leer en el libro “mi jardín” (libro de lectura inicial). Eso la impulsó a pedir prestados los libros que había en los estantes del salón y llevarlos el fin de semana a su casa. Siempre estaba escribiendo versos a sus amistades que guardaba en un cuaderno.

Recientemente publicó: “Y empecé a mirar ojitos” de igual forma se encuentra escribiendo un poemario. Ha colaborado en otras entregas de Palabra Infinita.

El secreto de la Navidad

Eneyda García Ruiz

Cuando era pequeña la navidad era mágica, los adultos se encargaban de llenar el ambiente de misterio y curiosidad. Escribíamos las cartas al Niño Jesús y luego  las colocábamos detrás de los cuadros o portarretratos. En mi casa no había arbolito de navidad. Mi abuela siempre nos decía que  otro sitio ideal para guardar secretos era ese: detrás de los cuadros o portarretratos. Entonces   así lo hacíamos.  

La noche de navidad casi nadie podía dormir.  Todos pendientes del  momento en el que Niño Jesús pasaría por las cartas y luego dejaría los regalos. Así pasaban las horas yo me mecía suavecito en mi chinchorro sin apartar la vista de los retratos hasta que el cansancio me vencía  y amanecía. Llegaban los regalos, pero no para todos. Casi siempre eran para las más pequeñas. Yo me sentía triste pero mi mamá me decía con lenguaje sencillo y  palabras muy precisas: “El niño Jesús llegará para ti el 31 de diciembre porque ustedes son muchos eso es que no alcanzó a llevarse todas las cartas y a traer todos los regalos».

Y así pasaban esos días de navidad, yo  hasta me confundía de fechas, no sabía cuándo era  24 Ó 31 lo que sí sabía es que aunque tarde  para mí, siempre llegaba.

Ya de  jóvenes la navidad se convertía en fiestas, intercambios de regalos  entre los chamos del pueblo, risas, paseos, estrenos, otra cosa.

Después me casé y tuve una hija. Dejé de pensar en mí. Me tocaba pensar en sus estrenos, sus regalos, su ilusión, que me gustaba que siempre tuviera intacta y que fuera bonita. Pero al mismo tiempo ya de grande comprendí que la navidad es esa época de preparar  ese corazón donde nace el niño Dios, es la familia: es hacer las hallacas,  abrir las puertas de la casa para compartir con los vecinos,  escuchar las gaitas y los villancicos, ir a la misa de aguinaldos en las madrugadas,  el chocolate y las arepitas dulces,  la algarabía en la plaza.

Todas esas cosas que hoy extraño mientras miro un cielo que no es el de mi país. Como a tantas familias venezolanas nos tocó separarnos, y en las navidades no estamos  todos juntos, por eso las cosas ya no son las mismas. Mis hallacas llevan todos los ingredientes, pero no me saben igual, el dulce de lechosa no es el mismo y la música se oye diferente.

Hoy desde el ruidoso balcón de una casa que no es la mía, mientras miro el cielo de un país que comienzo a querer aunque no es el mío, pienso en todo eso y agradezco al Niño Jesús que aún siga naciendo en mi corazón, que alimente mi esperanza de juntarnos nuevamente y ser la familia unida que siempre fuimos.

PALABRA INCÓGNITA

LA PALABRA EMPEÑADA

María Alejandra Gámez

Es venezolana. Ejerce varias artes con base en una amplia formación académica: escritura de ficción y poesía, todas las plásticas y la fotografía, locución y docencia. H sido gerente culturas en diversas instituciones y ha participado desde 1992 en exposiciones colectivas en Venezuela y el exterior. Actualmente se encuentra residenciada en España.

LA PALABRA EMPEÑADA

A la memoria de  Manuel Aquiles Padrón.

Tendido en su cama,  Manuel tiene plena conciencia de que está muriendo. Un olor a  libros y ungüentos impregna la habitación. Con serenidad se despide mentalmente de los suyos. Mientras, ella espera.  Poco a poco van  llegando quienes le precedieron,  dos de sus hijos,  su esposa, varios de sus nietos y biznietos.  Su hijo el poeta se inclina hacia él y con un gesto característico, se sostiene la corbata y lo besa en la frente. Bajo el umbral de la puerta sus padres lo observan.

—¿Vinieron a buscarme?  —Pregunta Manuel—. No hay prisa.

Abriéndose paso entre la espesura de sus reminiscencias el anciano inicia un recuento. Examina  con meticulosidad la obra de su vida: la familia que formó,  sus luchas, los libros publicados, algunos cuentos, artículos de prensa. Noventa  años de existencia  dedicados a cumplir con obstinación una promesa. En ese momento entra su primer maestro. Manuel le sonríe. Rememora sus primeras lecciones de geografía, allá en su lejano pueblo natal de la costa  aragüeña. Contempla al niño que fue, recitando lecciones de historia de pie junto a su propio lecho de muerte. La psiquis no conoce de tiempo.

—¿Cuál es la superficie de Venezuela? —Inquiere el maestro.

—Un millón ciento cuatro mil cuatrocientos ochenta y un mil quinientos kilómetros cuadrados, maestro.

—¿Y cuáles son sus límites?

—Al norte con el Mar Caribe o de las Antillas, al Sur Brasil y la República de Colombia, al este con  el río Esequibo y la Guyana Inglesa y al Oeste por la República de Colombia —. Contesta orgulloso el pequeño.

—Manuel, nunca olvides que los ingleses se han apropiado de una gran porción de territorio que nos pertenece hacia el límite con su Guyana —Agrega el maestro de la escuela rural.

Corren los tiempos en que inmensos buques de guerra de esa misma potencia  anclan frente a la costa, reclamando el cobro de una deuda. Esta será la última clase del pequeño que apenas se inicia en la parvada. El  maestro se ve obligado a regresar a sus lares porque el gobierno nacional le suspendió el mísero sueldo que devengaba.

 —Cuando sea grande me voy a ocupar de escribir de eso, maestro. Vamos a recobrar nuestro territorio, nuestra soberanía y nuestra independencia. Usted va a ver. —El maestro sonríe con benevolencia.

Ella lo observa con ternura y extiende hacia él sus gélidas manos. Requiere su presencia. Él le pide que espere. Aún no termina su recuento, avanza y retrocede en el tiempo.  Se desliza  a través de sus visiones demarcando territorios, en un mapa imaginario donde traza justicia a su manera. Extasiado contempla un grupo de soldados venezolanos avanzar hasta el  Rio Esequibo con orden de recuperar el área usurpada.

—¿Manuel?  ¿Estás listo,  Manuel? Deja de soñar, es tiempo.

PALABRA INCÓGNITA

Elvis Pérez

Licdo en Educación Mención Sociales en la Universidad de Carabobo. Es aficionado a escribir y autodidacta. Ha realizado cursos online sobre escritura pues desea perfeccionar su estilo. Su mayor afición es escribir sobre fenómenos que no se explican fácilmente, o como él prefiere llamarlo, fenómenos paranormales. Ha colaborado en entregas anteriores de Palabra Infinita y  decidió que no podía perderse esta entrega.

Mala intención hecha realidad

Elvis Pérez

-¡Vamos! ¡Vamos! ¡A levantarse! es hora de ir a la escuela —Una voz autoritaria se escuchó fuerte en el cuarto de las hermanas Pérez. Las luces se encendieron.  

—¡Bendición tío! —dijo uno de los niños espabilando.

—¡Pajarito! ¿Ya estás listo para ir a la escuela?, Dios te cuide, anda, levanta  a tus flojas hermanas que no han querido ni abrir los ojos.

—Sí tío —dijo el niño dirigiéndose al cuarto de sus hermanas.

—¡Vamos mujeres flojas! ¡Levántense! ¡Mi tío ordenó que sea rápido! Que ya está furioso.

—¡Ay Ronald! ¡Deja ya el fastidio! ¡Qué necio eres, vale! —Exclamó bastante molesta Sonia.

—¡Ay sí! Siempre lo mismo con este enano,  chupándole las medias a mi tío —Completó Magdi —Un día de estos, le voy a dar una paliza que dejará de molestarnos con eso.

—Qué flojera tengo de ir a la escuela ¿Por qué tenemos que ir todos los días?

—¡Ya! ¡Ya! Párense y váyanse, déjenme dormir, yo no tengo que ir a ningún lado —opinó Marisela quien aún no tenía edad para ir a la escuela.

—Bueno, no es culpa mía que ustedes sean unas flojas y que mi tío me mande a levantarlas, no es mi culpa —dijo Ronald sonriendo.

—¡Anda! ¡Vete!  —gritó Magdi mientras le arrojaba un zapatazo a su hermano quien salió entre asustado y risueño.

—Tío, tío, estas flojas no quieren hacer caso y de paso me quieren pegar.

—Vamos a ver ¿Qué les pasa a ustedes? ¡Prepárense guarichas! En 20 minutos quiero a las tres listas. Voy a llevar primero a este pajarito que es el único madrugador y obediente mientras ustedes se alistan. ¡Vamos! Ronald, ve sacando la bicicleta.

—Sí tío.

 Era una mañana fría, de esas que solían verse cuando se acercaba el mes de diciembre. La casa, ya adornada con elementos navideños, lucía más reluciente que nunca, días antes, la madre con sus hijos y su hermano Luis, se habían dedicado a decorarla y habían pasado y compartido un día agradable en familia. En la sala principal, se encontraba un pesebre, obra maestra del otro hermano de Amiria, quien tenía el apodo de Doctor, por su genialidad con la electrónica, sus conocimientos en diversas áreas y sus inventos.

—¿Te acuerdas Luis?—Preguntaba Amiria a su hermano, —¿recuerdas cuando Doctor hizo aquel pesebre y para descubrir a los que se robaban los muñecos les metió corriente?

-¡Ja!, cómo olvidarlo Mirian, esa maldad  de nuestro hermano mayor sigue presente en su vida. —habló Luis con ironía.

—Bueno, pero eso sirvió para que más nunca se robaran nada de la casa esos muchachos mala maña —replicó Amiria justificando a su hermano.

—Pues sí, eso sí —admitió Luis.

Después de la forma en que se levantaron esa mañana. La mayor de las hermanas quedó realmente molesta, no se le quitaba la imagen de su hermano de seis años gritando como su tío y chismeando todo cuanto ellas hacían. Sumado a ello, no tuvo un buen día en la escuela y eso aumentó su mal humor.

Lejos de perder la rabia, esta fue aumentando durante toda la semana. Llegado el sábado, y como era la costumbre las hermanas tenían que ayudar con los oficios, antes de hacerlos perdían tiempo en la repartición de las tareas y algunas discusiones inútiles sobre quién haría qué, hasta que la madre imponía las tareas a dedo. Magdi, fastidiada de hacer oficio propuso a sus hermanas con cierta malicia:

—¡Vamos hermanas! La que termine de última se encargará de hacer los oficios de las otras el día de mañana —Propuso.

—¡Si va! —dijo Sonia quien se apresuró a mover más rápido el cepillo.

—¡No! —Se negó Lisset desde el cuarto mientras arreglaba la cama—, ustedes saben que soy bastante lenta y que siempre soy la última, yo no participo.

—¡Vamos Lisset! No seas así, siempre tan lenta, ponle ánimo a la cosa —La motivó Magdi quien llevaba la iniciativa de suavizar su tarea.

—¡Miedosa! ¡Tonta! —Dijo Sonia.

—Ahhh, espérate que termine aquí para que me lo digas en mi cara —Dijo Lisset  en forma desafiante desde el cuarto.

—¡Ay ya! ¡Olvídenlo! —Dijo Magdi decepcionada—. No vayan a pelear por eso, porque después salgo yo siendo al culpable de todo.

—Sí, es mejor que lo olvidemos —Dijo Lisset —De todos modos ya casi terminamos.

Magdi se resignó a seguir con su tarea del día: enjuagar y escurrir la ropa que su mamá le indicó, De pronto vio a su hermano Ronald de lo más tranquilo lanzando piedras a la mata de mango sin tener que hacer ningún oficio. Recordó lo mal que se había llevado con él esa semana… Comenzó a escurrir la ropa mirándole desde lejos con rabia y pensando en distintas formas de cobrarle esa factura pendiente. Un momento después se dio cuenta que el niño se había apartado a un rincón a orinar y rápidamente se imaginó empujándole hasta tumbarlo en su propia orina. Sonrió maliciosa.

—Sí, eso sería buenísimo…, me la va a pagar uno de estos días… ¿Qué estoy pensando? Él es sólo mi hermanito, no puedo hacer eso, aparte, si lo hiciera, tendría otro problema con mamá. —Se levantó, recogió una ropa que estaba lista y se dispuso a tenderla en la cuerda que estaba ahí en el patio y en donde se encontraban como era de costumbre Luis y su madre hablando. No tardó en escucharse un grito acompañado de un llanto de susto.

-¡Mamá! ¡Mamá! Magdi me empujó e hizo que me cayera en el orine. —Escuchó y  vio a su hermano acusarle de lo que ella había pensado hacer pero que realmente no hizo.

—¡Ya va! ¡Cálmate niño! —Dijo la madre—, ¿cuándo fue eso? ¡Magdi! —Gritó la madre llamando a su hija y un poco extrañada puesto que la había visto haciendo su tarea y extendiendo la ropa. Magdi quedó estupefacta y de la nada comenzó a reírse, se defendió

—Yo no hice nada, lo juro mamá yo no le hice nada.

—Entonces ¿Por qué te ríes? —reclamó la madre con autoridad.

—Es que…

—¡Qué! —Preguntó la madre molesta.

—Es que yo…no, olvídenlo, no me van a creer.

—Dime ¿Qué pasa?—presionó la madre—,  él dice que fuiste tú, ¿Cuándo fue que te empujó?

—Ahorita mamá, yo estaba orinado allá y ella me empujó.

—Eso no pudo ser así porque yo estoy viendo a Magdi de hace rato escurriendo la ropa y tendiéndola y en ningún momento ella fue hasta allá.

—¡Ves! Mamá, ahí está, te lo está diciendo mi tío.

— Hijo ¿Seguro que fue ella? ¿No será que fue Sonia o Lisset?

—Yo la vi a ella.

Magdi todavía reía nerviosamente por lo sucedido.

—¿Pero por qué te ríes entonces?

—Mamá —Intervino Magdi— Te voy a explicar porque me da risa. Yo sí lo pensé, pensé que sería bien bueno que se cayera en su propia orina, pero nunca hice nada, te lo juro. Tengo a mi tío Luis de testigo. Ahora que lo pienso ya no me da risa, estoy asustada mamá, ¿Qué es lo que tiene esta casa que nos pasan cosas tan raras?

—Otra vez con eso, me vas a decir ahora que fue un fantasma que tomó tu figura y me empujó al niño para yo culparte —Reprochó molesta la madre. Pero supo que su hija decía la verdad.

—Yo siempre les he dicho, que esta casa….

—Cállate Luis, deja ya eso —Interrumpió la mujer  a su hermano. —Ven hijo, vamos a bañarte y se alejó de Magdi y Luis.

Más tarde, Magdi se reunió con sus hermanas y hablaron del hecho. Les aseguró a ellas que de verdad no le hizo nada a su hermano y que fue de verdad algo muy extraño. No quisieron seguir hablando más de eso, porque ya llegaba la noche en esa extraña casa de Curagüire.

PALABRA INCÓGNITA

Ambigüedad

José Manuel Baptista Arrieta (1995). Cabudare – Estado Lara. Estudiante de Geografía e Historia en la Universidad Pedagógica Experimental Libertador – Instituto Pedagógico de Barquisimeto “Luis Beltrán Prieto Figueroa”. Reside actualmente en San Diego – Estado Carabobo. “Lo que puedo decir, es que soy constante en cuanto a la lectura y escritura. Mantengo con ellas una relación muy abierta porque no me cierro ante nuevas lecturas ni nuevas ideas de escribir, además me sirve de refugio.

 Ambigüedad

José Manuel Baptista Arrieta

No había pasado ni un cuarto de hora desde que Ana atravesó la avenida principal. De pasos  lentos pero con una soltura irremediable. La mañana era fría y húmeda, en la calle anegada se amontonaba la basura que la lluvia de la madrugada había arrastrado. Los peatones caminaban presurosos para comenzar su faena y en las estrechas aceras los paraguas chocaban entre sí.

Ana había tenido mala noche, un sueño extraño la mantuvo en vela las últimas horas de la madrugada; recordó haber visto aquel rostro de su sueño en un par de ocasiones, al cruzar la angosta vereda que la llevaba a casa; era un rostro raído, sumido en tristeza, de apariencia noble y entrada en años, piel tostada y anchas cejas. Le producía temor y a la vez complacencia. En su sueño, el sujeto le sonreía como si esperara de ella alguna respuesta lasciva o importante.

Por momentos, recordaba el sueño como parte de un episodio de su adolescencia; le vino a la mente el bachillerato, su amiga Isabel y las tardes en que dejaba pasar las horas en los brazos de Andrés. En otro momento, la realidad, la mañana lluviosa, gente apresurada, basura amontonada en la calzada, ruidosos carros transitando las avenidas  y su reloj de pulsera que le arrancaba el tiempo de pensar, porque llegaría tarde, de nuevo.

Se detuvo en la parada del autobús, a su alrededor había un grupo de tres hablando entre sí frente al quiosco de un viejo italiano,  una señora cubría de la lluvia a un niño. El autobús se detuvo unos metros más delante de la señalización, Ana con una ligera mueca le mostró su descontento al chofer, este ni se inmutó. Al terminar de subir el estribo y avanzar dos pasos dentro del autobús, vio aquel raído rostro de su sueño en la tercera fila de asientos, justo al lado de la ventana.

Recordando el episodio onírico de la noche anterior, decidió sentarse junto al sujeto, algo aterrada de por sí. Este, al percatarse de la compañía de la mujer, la miró un instante y volteó para seguir viendo por la ventana; la lluvia que caía de soslayo entraba y mojaba al sujeto. Ana no sabía cómo dirigirse a él y decirle que su rostro apareció en su sueño. Tras un breve abrir y cerrar de ojos, le habló:

—Buenos días —dijo ella.

—Buen día— respondió él, secamente.

—Me parece conocerlo de algún lado ¿No es así? —preguntó Ana.

—Sí, de tu sueño de anoche —dijo el hombre.

Ana, aterrada, intentó responderle pero su voz había desaparecido presa del temor, solo gesticulaba incomprensiblemente. Éste, al percatarse del miedo que infundió a la chica, le dijo:

—No te preocupes, la muerte no siempre viene a jugar ajedrez con los seres de un día. A veces me gusta ver lo idílico que resulta ser perderse en un recuerdo, en el hilo de una historia, en la memoria del pasado.

Justamente el autobús se detuvo en una parada y el sujeto bajó afanoso, como el resto de los pasajeros que allí se quedaban, la chica lo siguió con la mirada hasta perderse. El sujeto, al bajar, le sonrío desde afuera y gesticuló algo que ella no entendió. Cuando el autobús arrancó y Ana lo perdió totalmente de vista, sintió una ligera satisfacción pero también un ápice de tristeza, se preguntaba si volvería a ver aquel rostro raído, intranquilo, silencioso. Que afirmaba ser la muerte. A la vez se sintió como si soñase de nuevo, pero descartó esa idea al momento que le vino a la mente.

Esa noche, Ana durmió plácidamente. La noche era lluviosa, y el agua en la calle amontonaba más basura.

PALABRA INCÓGNITA

He de recuperar mi amistad con la noche y A veces deseo despertar enamorado

Jaime Cesar

De los llanos venezolanos. Jaime es Licenciado en Geoquímica de la Universidad Central de Venezuela y Dr. en geoquímica orgánica de Curtin University, Australia.

Aunque científico de profesión, Jaime también ha sido cercano a las artes, integrando diferentes agrupaciones de folklore venezolano y géneros latinoamericanos en Venezuela y Canadá. Por su interés en la música, se ha formado en técnica vocal e interpretación.

Jaime es autor publicado en inglés en diversas revistas de contenido científico. Sin embargo, ha coqueteado con la escritura creativa en Castellano desde siempre, como un hobby personal. Este año ha publicado su primer libro titulado “Noches de uvas que han fermentado” donde cuenta su experiencia de descubrimiento del mundo y de sí mismo.

“Mi romance con las letras probablemente tiene que ver con mi padre; él tiene un verbo maravilloso para la poesía. Escribir ha sido espontáneo, ha nacido de mi necesidad de ser feliz. Es mi mejor espacio para exponerme vulnerable y honestamente en palabras”.

Recientemente Jaime ha iniciado un posgrado en Narrativa por la Universidad Católica Andrés Bello, así que esperamos nuevos proyectos suyos. Para esta entrega parte de su producción inédita:

He de recuperar mi amistad con la noche

Jaime Cesar

Llegará el día en el que ya no le tema a los ojos cerrados ni a las mentes soñantes, en el que las neuronas dejen de intentar resolver los problemas que mi cuerpo desparramado no pudo satisfacer cuando estuvo despierto. Llegará el día en el que la luz del sol no me coja exhausto.

La última vez que mi encéfalo hizo el amor con una almohada estuvo mi madre al lado, y mis hermanas también. Respiraba aires más cercanos al Ecuador pero no me sentía lejos de casa, mi hogar estaba conmigo. Entonces entendí que no hay nada que reemplace la calma de mis terminaciones nerviosas cuando se sienten protegidas por el amor de a quienes llamo familia. Cuando consiga esa misma calma con alguien que no comparta mi sangre, entonces estaré enamorado, entonces volveré a soñar con historias de amor toda la noche sin agotamiento alguno; entonces ya no tendré líneas rojas alrededor de mis ojos ni nuevos surcos en la frente.

Que el amor no se demore, que llegue rápido, que me alcance un sábado por la tarde cuando estoy descansado. Que el amor llegue antes del invierno, antes de otra pandemia, que no desperdicie mi máxima virilidad.

A veces deseo despertar enamorado

Jaime Cesar

¿Saben qué me hace falta? Una tormenta, centenas de litros de lluvia golpeando el zinc como una orquesta en melodía sincopada. Se detenía el mundo, todo lo demás silenciaba, se soltaba el control: “hay que esperar que deje de llover”.

He soñado con que pasemos una tormenta juntos y que por la mañana tomemos café con leche mientras me abrazas por la espalda; que nos rodee un bosque tropical mientras comemos arepa de trigo con queso de mano.

He soñado con que nos bañemos en la lluvia y juguemos con barquitos de papel en los riachuelos, que nos empapemos tanto y que enlodemos nuestro torso descubierto desparramados en el suelo como infantes disfrutando su libertad.

Me hacen falta truenos y relámpagos, una descarga eléctrica que me despierte enamorado, que cambie mi suerte y que me deje una memoria nueva y vacía para llenarla con besos. Me hace falta el agua evaporada robando el olor del pasto y del pavimento. Conozco ese lugar en medio del bosque, pero no te conozco a ti. He probado el café y las arepas pero sin tu compañía. Mis barquitos de papel aguardan a un capitán como tú, y mi torso descubierto, ése también espera por ti y por la cercanía de tu respiración. ¿Sabes qué me hace falta? Una tormenta.

PALABRA INCÓGNITA

Intimidad exterior

Néstor Mendoza (Maracay, Venezuela, 1985). Licenciado en Educación, en la especialidad de Lengua y Literatura (Universidad de Carabobo). Cursó estudios de posgrado en Literatura Latinoamericana en la Universidad Pedagógica Experimental  Libertador (UPEL-Maracay). Ha publicado, hasta ahora, cuatro poemarios: Andamios (Equinoccio, Caracas, 2012), merecedor del IV Premio Nacional Universitario de Literatura 2011; Pasajero (Dcir Ediciones, Caracas, 2015); Ojiva (El Taller Blanco Ediciones, Bogotá, 2019), libro que cuenta con una edición alemana: Sprengkopf (Hochroth Heidelberg, 2019), con traducción de Michael Ebmeyer; y Dípticos (Editorial Seshat, Bogotá, 2020). Finalista del I Concurso Nacional de Poesía Joven «Rafael Cadenas» 2016. Forma parte del consejo de redacción de la revista Poesía (Valencia, Venezuela) y del equipo de colaboradores de la revista bilingüe Latin American Literature Today (LALT), editada por la Universidad de Oklahoma. En Altazor. Revista Electrónica de Literatura (Fundación Vicente Huidobro, Chile), lleva adelante el proyecto «Fronterizos», sobre poetas colombianos actuales. Sus poemas han sido traducidos al inglés, francés, alemán e italiano. Es coeditor de El Taller Blanco Ediciones. Reside en Valle del Cauca, Colombia.

Aquí no hay cosa

que sienta o vea y que no me traiga

 la fiel imagen, y que su recuerdo

dulcemente no surja por sí mismo

Giacomo Leopardi

En la desesperanza y en la melancolía

 de tu recuerdo, Soria, mi corazón se abreva.

Antonio Machado

Intimidad Exterior

Inicialmente, una imagen vaga, inquieta, de mi primera infancia: un niño que camina y lleva en su mano una bacinilla rosada. Tiene dos o tres años, o un poco menos, no lo sé. Esta imagen se suma a otra un poco más nítida: un niño de cuatro años que juega con su hermana melliza, debajo de un camastro de hierro, al fondo del patio. Ese niño que se recrea con un conejo de goma, sucio de tanto roce, que suena al apretar su abdomen. Es el primer objeto que bautizo con un sustantivo propio. Es el primer juguete que recuerdo y todo junto configura mi primera evocación.

Otra imagen en tiempo presente: el acueducto colonial ha perdido su función primaria y ahora es un muro. Las arcadas, simétricas y proporcionadas, están selladas con tosco cemento. Es extraño el contraste de ladrillos viejos, descascarados, y el gris incompatible. La pared está ubicada en la parte trasera del colegio; y más atrás, dentro de un conjunto residencial, está el viejo torreón. Estas son las pocas estructuras que se conservan de la vieja herencia colonial, junto con aquel lejano fortín edificado, como todos los fortines, en el pico de un cerro, de cara al mar. Pero aquí, en Mariara, no hay mares: hay un lago limítrofe. El mar está al otro extremo, oculto por una sucesión de montañas. Montañas como hinchazones verdes de la tierra. Bloque tras bloque, edifico el pasado (otro pasado). El paisaje emocional, a veces, desmiente al paisaje natural: el lago tiene peces que no se pueden comer y las garzas buscan alimento en las aguas verdes. No enaltezco lo que veo: solo rememoro. La infancia no tiene repercusiones épicas, aunque la aparente ceremonia  descriptiva indique lo contrario.

A los 7 u 8 años, se repiten escenas recortadas del colegio: la placita con el prócer de busto irregular; la patada en el pecho, propinada por el hijo de la señora de la limpieza; la portera, mujer morena y robusta, que vigila malhumorada en la puerta el ingreso y el desorden de los niños. De la misma manera, aparece el miedo a la maestra de segundo grado, su mano en mis patillas, que halan y halan, todavía en mi memoria necia, sin motivo aparente. Al primer amigo, quien me presta sus juguetes, me enseña un murciélago muerto y me dice que es Batman (y mi asombro ante ese diminuto cuerpo sin respiración y la certeza de creerle). Y lo mejor de todo: la niña de atributos finos, mi primer hallazgo de belleza y el primer rechazo: “¿Por qué me persigues, por qué me miras tanto?”. Entonces dejo de mirarla, de perseguirla. Todo esto se va hilando, retazo a retazo, hasta formar un collage íntimo, una “intimidad exterior”. ¿Qué hay detrás de esta arbitraria y escueta enumeración de memoria? Un deseo de no olvidar, de rescatar pasajes y paisajes de la infancia. Recordar es solo una versión de lo que ha dejado de ser —y de estar—. Es mi versión de la historia.

Recordar es, de alguna forma, una poética. Con la escritura puedo ser ese niño, puedo estar en la casa de mi niñez. Entonces aparece la casa de altas paredes sin friso, de ladrillos careados. Camino en el patio, alrededor de la corpulencia del semeruco; le doy golpes a las ramas tupidas y aparecen miles de mosquitos, blanquísimos, que huyen y vuelven a regresar a la misma hoja. Las matas de café, en hileras; las guanábanas cayendo y reventándose en la tierra y el posterior saqueo de las moscas. Vuelvo a esos años: con trazo espontáneo e inexperto dibujo a mis tíos, Alberto, Paula e Inés; a mis hermanos, Rubén, Griselda y Norelis; a mi papá montado en el lomo de la trinitaria, a mi mamá en la máquina de coser… Al recordar ritualizo lo breve, lo insignificante en apariencia: intento darle un nuevo latido, un electroshock que reanime la línea temblorosa en el monitor de signos vitales.

Miro dentro de un cajón de bisagras oxidadas; abro una puerta, diminuta, “De pronto, recuerdo, / con las uñas voy abriendo/el tokonoma en la pared”. Es decir, posibilidades de escritura, universos (poemas) hechos con girones de recuerdos. Lo ha dicho Jorge Manrique en el poema más citado de la literatura española: “cualquiera tiempo passado fue mejor”. Y lo “mejor”, así lo entiendo yo, no es un estado elevado de riqueza. No es mejor en sentido jerárquico. Es mejor porque ha logrado afianzarse, ascender al rango de recuerdo. Confío en su vaguedad fragmentaria y opacidad. El recuerdo no es ni pretende ser verídico: es una versión engañosa del pasado.

El recuerdo no es una poética per se. No existen recuerdos “poéticos”. Es un material que debe ser trabajado, reescrito —trocado—  con la presencia de otras presencias. Abro otra vez la puerta: entra la música (el ritmo intuitivo y premeditado) y el sentido. Es mejor imitar que no parecer nada, que no tener antecedentes. No tengo miedo en parecer otro. No hay —no tengo— un estado privilegiado de escritura, separado de la agitación externa. Mi torre de marfil es una construcción movediza, angustiosa, de cimientos contradictorios, que, a veces, logra detenerse. A diferencia de la torre dariana, esta torre que habito es una obra inconclusa, en un constante rehacerse y afianzarse. Si logro estabilizarme, al menos temporalmente, en ese momento aparece la serenidad justa para que el poema —el primer verso— aparezca.

Además de las inquietudes del lenguaje y los estilos, la escritura poética es matizada por la debilidad del cuerpo y las afectaciones emocionales. Me cuesta separar los Cantos y la columna arqueada de Leopardi, que duele y nadie (nada) mitiga ese dolor: “Ya no puedo quejarme, mis queridos amigos, y la conciencia que tengo de la grandeza de mi infelicidad no comporta el hacer uso de las lamentaciones”. Es la correspondencia, más o menos equilibrada, de los males y contentos de la carne y la creación artística.

Estoy atento a la normativa lingüística que me indica una línea blanca en el pavimento: cierta pulcritud expresiva me motiva. Sigo esa línea con relativa seguridad; sin embargo, no olvido los desvíos, los matorrales que hallo en cada costado de la vía, “la nativa rustiquez”. Todo lo que tengo frente a mí son caminos transitables, aguas, cielo y suelo. El riesgo está en el equilibrio, que no es más que un quebradizo hilo de seguridad. La cinta amarilla que dice “¡peligro!” se convierte en un cartel que invita a pasar, a transgredir.

Valoro los poemas silenciosos, escritos desde la humidad, que no necesitan reafirmarse a cada rato, que no necesitan etiquetas. A veces imagino un plato humilde de peltre abandonado en un palacio de justicia: ¿Quién come en ese plato? ¿Qué vínculos existen entre estas dos realidades que se acercan? No hay vara capaz de medir el silencio creador. Es complicado ponderar lo rotundo, el hachazo en el cuello. Esta potencia, este golpe preciso, es la espada del guerrero homérico que decapita a su adversario, el que da el certero golpe en la garganta, el sitio por donde más pronto escapa el alma.

PALABRA INCÓGNITA

Guayaquil, Escrito hace un año y Llueve en Lima

Eneyda García Ruiz

Es venezolana. Graduada en Educación Mención preescolar. Trabaja en la Universidad de Carabobo como profesora y en este momento se encuentra en Guayaquil, donde fue de visita y tuvo que quedarse más de lo previsto. Su vida siempre ha girado en torno a leer y escribir, pues una vez que se graduó decidió estudiar la maestría en Lectura y Escritura para seguir trabajando con estos dos procesos.

Su anécdota más preciada y que marcó su vida como lectora  es cuando  su maestra de 2do grado  le regaló  un libro con historias de “tío conejo y tío tigre”,  porque le aburría leer en el libro “mi jardín” (libro de lectura inicial). Eso la impulsó a pedir prestados los libros que había en los estantes del salón y llevarlos el fin de semana a su casa. Siempre estaba escribiendo versos a sus amistades que guardaba en un cuaderno.

Actualmente se encuentra escribiendo un poemario.  En esta oportunidad y como agradecimiento a la ciudad que le da cobijo a su hija y su esposo escribió el poema que presentamos a continuación.

Guayaquil

Eneyda García Ruiz

Guayaquil está de fiesta nadie lo puede negar son 485 de su fundación natal, con su historia y con su gente y calor particular.

Después de la cruel pandemia, Guayaquil se levantó y ahora tiende una mano, al resto del Ecuador.

Guayaquil ciudad de gracia, así la bautizo yo, con la bendición de Dios, que siempre nos protegió.

Si vienes a Guayaquil, no dejes de visitar, las peñas, el malecón y su catedral central, sus parques y el río guayas con su inmensa majestad.

Y como agradecimiento, te quiero regalar, mis versos venezolanos, con infinita bondad, agradecida por siempre, a esta gran ciudad.

Ya con esta me despido y les vuelvo a recordar, son 485 de esta ciudad natal, Guayaquil está de fiesta y nadie lo puede negar.

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Kathylineva Castillo

 “Soy Kathylineva Castillo, perfectamente imperfecta,  No fue hasta mis venti pocos que empezó mi amor hacia la lectura  y a mis treinta y algo encontré en la escritura una forma catártica de resolver mis conflictos internos. De allí hasta hoy no he parado de hacerlo”. Kathylineva es venezolana, graduada de la Universidad de Carabobo en Educación Mención preescolar y  abandonó su país en busca de mejores oportunidades de empleo. Actualmente vive en Barcelona, España.

Escrito hace un año

Kathylineva Castillo

Cuántos kilómetros de asfalto y agua recorridos, cuántos recuerdos, cuánta vida juntos. Hoy hace un año que salí huyendo de ti, pero no de tu esencia, hui de eso en lo que te han convertido y de eso en lo que yo misma me estaba convirtiendo.

Hay días en que siento que te abandoné y otros estoy convencida de que hice lo correcto, sea como haya sido lo cierto es que te extraño y quiero volver, pero aunque lo haga, no te encontraré, lo que extraño de ti ya no existe.

Dicen que cuando uno emigra vuelve a nacer y aunque mi piel y mis acciones dicen lo contrario hoy solo tengo un año de edad, cada día es un nuevo aprendizaje, he ido asimilando  cada nueva experiencia,  cada persona que se cruza en mi camino, cada una ha dejado su huella y a cada una le agradezco.

También ha sido un año de ausencias. La ausencia de personas importantes o especiales, la ausencia de logros y la ausencia de una identidad que me daba autonomía y confianza de pertenecer allí y que nada ni nadie me podría quitar.

Hoy tengo un año y extraño lo que era y lo que tenía, todo lo que me hacía feliz.  Tuve todo cuanto quise y me planteé tener, lo que no tenía  solo era cuestión de tiempo para alcanzarlo. Pero me lo robaron, nos lo robaron.

No sé si vuelva a ti. Pero todos los días pido para que retornes a lo que eras, por ti, por mí, por todos.

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Stefani Vásquez

La escritura llegó a su vida como una alternativa para recrear las infinitas historias que imaginaba desde niña en su necesidad de escapar a un mundo mejor. Sin embargo, antes de aprender esa habilidad gráfica como sistema, resultaron los dibujos hechos con plantillas de animales, en sus primeras historias mientras narraba en su cabeza las vicisitudes de las siluetas de gallinas, jirafas y elefantes. Podía pasar horas viendo aquellos dibujos como si leyera un cuento infantil. 

Durante el colegio solía declamar hasta llegar al primer año de bachillerato, donde dejó de hacerlo tras sufrir de bullying por sus compañeros, pero siguió haciendo poesía y desahogando la vida en un diario que su profesor de teatro le había regalado al salir del 6to grado.

Al llegar a los 17 años escribe sus dos primeros cuentos bajo un talante erótico, tras escuchar el encuentro sexual de su mejor amiga con el novio, los cuales serían publicados por la UC, en un compendio de cuentos conformados por los talleristas del taller de narrativa Antonia Palacios, al cual perteneció. Fue desde entonces la corriente narrativa que más insomnio le ha dado, sin olvidar la influencia del Realismo Mágico de Isabel Allende, su escritora favorita.

Profesionaliza su camino de letras al egresar como periodista de medios impresos de la UAM en 2018. Ese mismo año emigra al Perú, donde gana un concurso de minificciones convocado por la Universidad Católica del ese país. 

Actualmente reside en Chile, donde utiliza su portal de Instagram (@afroditaescribe) para publicar sus textos, que la ayudan a lidiar con la nostalgia del exilio y hacer más grato el paso del tiempo, pues espera algún día regresar a su país natal. Stefani, ha colaborado con Palabra Infinita en entregas anteriores. De su paso por Lima, Perú este poema que presentamos en esta entrega

Llueve en Lima

Stefani Vásquez

No suficiente, cae a rocío

no empapa la ropa

ni acerca a refugio

ni aviva nostalgia

ni enciende estufa

ni apaga focos

No es suficiente para las flores del parque

han sobrevivido sin la limosna del cielo

No es suficiente para acurrucarse

sacar paraguas

o mirarla por la ventana

tararear música

o escribir poemas

Ella no enciende velas

ni evoca historias

ni cuenta anécdotas

No desola calles

No es suficiente, pero hoy en mi mano

han caído gotas

del cielo de Lima.

PALABRA INCÓGNITA

Para ti que no conoces el peor día de mi vida.

Marian Mari es venezolana radicada en Manresa España. La escritura es para ella una forma de liberar tensiones y de drenar tristezas y situaciones cotidianas y no tanto. Ha colaborado con Palabra Infinita en entregas anteriores. En esta oportunidad presentaremos la carta que da inicio a su poemario inédito, Diario de una ausencia.

Para ti que no conoces el peor día de mi vida.

Marian Mari

Sonó el teléfono. No sabría decir la hora, porque desde el principio de ese tormento había perdido la noción del tiempo, de la vida. Tal vez era media noche. Pensé lo peor, iba temblando camino a la clínica, “En el peor de los casos me dirán: ha fallecido”. Al llegar, nos hicieron entrar a terapia intensiva, con su funesto y desagradable olor a estéril, lo recuerdo y se me revuelve el estómago. Tenía miedo de entrar. Tenía miedo de lo que me iban a decir. La enfermera me dijo:

—Pasa, tranquila.

Nos explicaron que lo revivieron. Ese pequeño y frágil cuerpito sometido a semejante intensidad (por no decir barbaridad). NO, no soy cruel; aunque me alegró encontrarlo con vida todavía, puedo imaginar lo que hicieron para que viviera un ratito más. En fin, allí estaba, débil casi ausente, pero parecía tranquilo. No recuerdo bien.

La enfermera lo puso en mis brazos con todo el perolero que monitoreaba su corazón, parecía desmayado mientras lo instalaban en mí. Los dos primeros segundos sentí mucha ansiedad, una de las peores cosas de mi vida. Luego hizo un hermoso sonido, un gorgorito suave, muy suave. Se acomodó en mis brazos, y siguió haciendo ruiditos como queriéndome decir “MAMI sé que eres tú, sé que estas aquí”.

Debo confesarte que me dije: ¿Y Ahora qué? Si los médicos dijeron que ya su cuerpo no da más, por las mil y un complicaciones que tenía y que no logro entender.

Nos dejaron a solas con él, la doctora fue muy directa:

— Los llamé porque él no está bien, y sería bueno que se despidieran…

Un golpe bajo, lo sé.

Seguía sin entender lo que pasaba. Ármate de valor (me dije) ya es hora de dejarlo ir. De tantas cosas que le dije solo recuerdo:

—Hijo tranquilo, sé libre no sigas luchando si tu cuerpo no puede con esto, no quiero que sufras.

Yo estaba tranquila pues sabía que hacía lo correcto aunque mi corazón con cada palabra se iba desmoronando. Creo que él también se despidió de mí.

La enfermera lo puso en brazos de su papá. No recuerdo sus palabras, yo simplemente no pensaba, no sabía, no entendía, pero sé que también sufrió tanto como  yo. 

Nos fuimos a casa pues allí no había nada que pudiéramos hacer. Que mal… a casa, a casa a esperar. ¿Esperar qué? Te preguntarás: ¿Y fueron capaces de irse? ¿Sabiendo que su hijo estaba en agonía? Es que nada podíamos hacer, y no quería verlo morir.

De regreso no sé si ya era 29 de enero, era el cumpleaños del que sería su padrino de bautizo, ¿Qué ironía no? Me sentía extraña, tranquila, como en las nubes, en un mal sueño. Creo fue el Lexotanil que me tomé. Una vez en casa, me quede dormida después de mucho llorar, llorar y llorar. Eran muchas las preguntas hasta que me arropó el efecto rosa.

A las pocas horas el timbre del teléfono irrumpió en la noche con el mismo cuento de movilización inmediata. Mi corazón se detuvo unos segundos.

¿Qué más podría ser?

Ya le habíamos dado permiso de partir. Me sentía profundamente triste y en agonía. Yo, que no era la que estaba en la UCI.

Esa funesta llamada me llevó a verlo. Era la llamada que anunciaba su muerte. Doce días después y a casi la misma hora de su nacimiento. Parecía dormido, pero NO, no estaba dormido. Esa noche, ese día fue el peor de mi vida.

PALABRA INCÓGNITA

Médico Fantasma

Elvis Pérez

Licdo en Educación mención sociales en la Universidad de Carabobo. Es aficionado a escribir y autodidacta. Ha realizado cursos online sobre escritura pues desea perfeccionar su estilo. Su mayor afición es escribir sobre fenómenos que no se explican fácilmente, o como él prefiere llamarlo, fenómenos paranormales.

Médico Fantasma

Elvis Pérez

La casa de las hermanas Pérez había sido hacía un tiempo el lugar de un fenómeno extraño. Una mano rosa había penetrado desde algún lado y había golpeado a una de ellas en la cabeza. Tal fenómeno no tenía explicación y las llenaba de angustia y miedo. Ninguna entraba al cuarto donde había sucedido ese hecho sin la compañía de otra. Aunque como todo pasa con el tiempo lo olvidaron y retomaron sus vidas. Sin embargo, no perdían oportunidad de relatar aquello como un  cuento fantástico  a sus amigos y familiares, cosa que  le daba una atención extra a cada una de ellas.

Pasaron los meses y todo el mundo se olvidó de la experiencia paranormal. Las  chicas jugaban todos los días sin evadir sus responsabilidades. También salían a la calle a socializar con los vecinos, a jugar, a visitar, a bañarse en los ríos, entre otras diversiones; pero, lo que más les entretenía era estar en casa, juntas en familia, viendo la tele. Había en el pueblo de Curagüires, señal de varios canales, hasta extranjeros, puesto que disfrutaban de una antena parabólica que le permitía acceso a esa diversidad de canales, hecho que era un privilegio del cual sólo disfrutaba dicho pueblo.

Una de esas tardes mientras se distraían viendo la tele en compañía de una chica llamada Nancy, quien a pesar de que era mucho mayor, sentía  cariño por ellas, escucharon unos pasos que indicaban que alguien se acercaba. Todas, dirigieron su mirada hacia la sala y observaron la silueta de un sujeto con zapatos deportivos y vestimenta blanca de doctor, a todas les pareció extraño, puesto que la puerta y la ventana de aquella sala estaban cerradas y era imposible que alguien hubiese entrado sin abrirlas.  Nancy, al percatarse de aquello con voz temblorosa preguntó:

—¿Ustedes vieron lo mismo que yo vi?

—Sí, yo lo vi —dijo Magdi casi sin aliento— ¿Quién es ese y por dónde habrá entrado?

—Pues, corramos del otro lado a ver de quien se trata —Sonia se levantó valientemente  y se dirigió a la parte de atrás de la casa siguiendo al  extraño. Las demás siguieron a Sonia agarradas de las manos y con piel de gallina.

—¡Mamá! ¡Maaaaaaa! —gritó la pequeña Marisela a quién habían dejado sola en la sala.

—Lisset, trae a Marisela, que la hemos dejado sola —ordenó Magdi, mientras ella junto a Sonia y  Nancy, apresuraron el paso para ver si veían al sujeto.

La madre se acercó a la pequeña Marisela

—¿ Y esos gritos?, ¿qué sucede? —preguntó echándole los brazos para cargarla.

—¡Un bicho mamá!, ¡Un bicho! —dijo la pequeña mientras se le quebraba la voz.

—¿Qué bicho niña? ¿Qué has visto?

—¡Mamá, mamá! —Escuchó a Sonia y a Magdi que venían aterradas de miedo.

—¡Desapareció! ¡Se fue! ¡Ay, qué miedo tengo! —dijo la mayor mientras abrazaba a su madre.

—¿Quién? ¿De quién me estás hablando niña? —Preguntó extrañada la madre. A sus hijas se les trababa la lengua y tartamudeaban

—Ununun Seeeññorr queee…

—¡Ya! ¡Basta! ¿Otra vez con sus cosas? ¡Vamos niña! Ya estuvo bien con lo del otro día.

—¡Señora Mirian! Es cierto, vimos a un hombre vestido de blanco que cruzaba por aquella sala y fuimos a ver quién era y ya no había nadie, desapareció así sin más

Nancy señaló con sus manos el recorrido que debió haber hecho el sujeto antes de desaparecer.

—¡Vamos niñas! Ha de ser un vecino que cruzó.

—Pero, ¿Cómo ma? Si la puerta y la ventana estaban cerradas ¡Imposible! —Le dijo Magdi molesta.

—Fuimos a ver y desapareció, si fuera un vecino lo hubiésemos visto, pero desapareció.

—Debe estar escondido en algún lado, ¡Vamos a ver! —declaró  incrédula la madre.

Cada una halando algún trozo de ropa de la madre avanzó con ella hacia el sitio de la desaparición del individuo extraño. Se apretaban tanto a la mujer que le dificultaban la  marcha

—¡A ver niñas! Así no puedo caminar, dejen la cobardía, ¡Vamos!

Revisaron por toda la casa y los posibles escondites donde podría ocultarse un intruso y no consiguieron nada. Fue un misterio al fin y al cabo. La madre aún no creía lo que le decían esas muchachas fantasiosas.

—¡Qué vaina! ¿Qué espíritus quieren dañar la paz de mis hijas? ¡Dios! —gritó un poco y agitada la madre—. En eso llegó el tío Luis de la calle

—¿Qué pasa Mirian? ¿Por qué esos gritos? ¿Qué te ha molestado?

—Las niñas, que ahora les ha dado por seguir viendo cosas raras, yo no sé qué mal o qué brujería hay por fin en esta casa que ahora mis muchachas están viendo  fantasmas que caminan por ahí, manos que la golpean, yo que sé, esa es mi molestia, porque cuando vengo ya no hay nada ni veo nada.

—¿Qué fue esta vez muchachas? Dejen de estar asustando a su pobre madre

Las encaró Luis con molestia. Las hermanas contaron todo y este asintió con la cabeza y dijo con cierto aire de superioridad

—¡Ah…eso! ¡No han visto nada! He visto cosas peores y ya no le paro a esos fantasmas. Les dije que en esta casa pasan cosas raras, pero, nunca me han creído, siempre me dicen que soy un mentiroso y cuentero ¿ya me están creyendo ahora? ¿No?

—Será, así como tú dices será. ¡Mamá! Debemos irnos de esta casa, ya no soporto, estas cosas me dan terror —imploró Lisset.

—Y ¿pa dónde hija? no tenemos casa.  Por ahora, toca convivir con estas entidades y recen cada vez que vean algo raro, es más no le paren.

Todos se retiraron hacia el patio para agarrar aire y para pasar el susto. Las hermanas en la noche, casi no dejaron dormir a su madre puesto que todas querían estar con ella. Hasta la fecha, aún no sabe qué vieron ni a quién vieron ni la intención. Sencillamente fue, otro evento paranormal que les tocó vivir a las hermanas Pérez.

PALABRA INCÓGNITA

Cansancio

Stefani Vásquez

La lectura no se hizo para ti, porque necesitas concentración y tú no la tienes-dijo su hermano dos años mayor, tras quitarle un libro de cuentos de terror que él había robado del colegio. Ella tendría ocho años cuando inició en la lectura nada más por llevarle la contraria a la tiranía del machismo. Desde entonces se considera una lectora por pasatiempo y una feminista compulsiva.

De igual forma, la escritura llegó a su vida como una alternativa para recrear las infinitas historias que imaginaba desde niña en su necesidad de escapar a un mundo mejor. Sin embargo, antes de aprender esa habilidad gráfica como sistema, resultaron los dibujos hechos con plantillas de animales, en sus primeras historias mientras narraba en su cabeza las vicisitudes de las siluetas de gallinas, jirafas y elefantes. Podía pasar horas viendo aquellos dibujos como si leyera un cuento infantil. 

Durante el colegio solía declamar hasta llegar al primer año de bachillerato, donde dejó de hacerlo tras sufrir de bullying por sus compañeros, pero siguió haciendo poesía y desahogando la vida en un diario que su profesor de teatro le había regalado al salir del 6to grado.

Al llegar a los 17 años escribe sus dos primeros cuentos bajo un talante erótico, tras escuchar el encuentro sexual de su mejor amiga con el novio, los cuales serían publicados por la UC, en un compendio de cuentos conformados por los talleristas del taller de narrativa Antonia Palacios, al cual perteneció. Fue desde entonces la corriente narrativa que más insomnio le ha dado, sin olvidar la influencia del Realismo Mágico de Isabel Allende, su escritora favorita.

Profesionaliza su camino de letras al egresar como periodista de medios impresos de la UAM en 2018. Ese mismo año emigra al Perú, donde gana un concurso de minificciones convocado por la Universidad Católica del es país. 

Actualmente reside en Chile, donde utiliza su portal de Instagram (@afroditaescribe) para publicar sus textos que la ayudan a lidiar con la nostalgia del exilio y hacer más grato el paso del tiempo, pues espera algún día regresar a su país natal.

Cansancio

Stefani Vásquez

Dile a tu mirada que vaya a otro lado

a tus manos que exploren la piel de ella

 y a tus oídos que escuchen otra risa

.

dile a tu cama que se amolde a otra silueta

tu armario ahora amplio para tus botas

los ternos alquilados tus chancletas llenas de barro

tus pantalones desgastados

.

Nunca hubo espacio para mis vestidos

pero sí para mis sueños. Allí escondidos,

con la ropa de casa

los velos domingueros

las penas colgadas junto a tus corbatas

.

dile a tu sonrisa que caminará sola

le temerá al día

huirá de la luna

apagará velas. Echa a la basura mi

plato, mi vaso, el azúcar dietética

aquello inútil para tu conciencia

.

estarás bien lo sé

sobrevivirás con cerveza

 y control remoto, acostado en el sofá

viejo.

.

Dile a tu vida que se acostumbre

a estar lejos de la mía

que camine apoyada en un bastón

de la última madera.

PALABRA INCÓGNITA

Ellos y Tus Amigos: del poemário inédito Halo

Simonny Azul Urdaneta

Simonny Azul Urdaneta: Poeta, actriz, investigadora, profesora en la Universidad de Carabobo. Ha publicado: Los cuentos de hadas no hablan de sexo (1997, 2002), Micalle de una acera(2002) Líbrame(2005) Como una costumbre (2010), Piedra de Rayo (2015), Cómo hacer de un bebé, un lector (2019). Fue condecorada con la Orden “José Félix Ribas” en su tercera clase, área artística. Orden «Arturo Michelena» por su trayectoria artística. Premio Mención Poesía en el Concurso de Literatura FACE-UC 1997, Premio a la excelencia investigativa por su Trabajo de Maestría, Dirección de Post-Grado, Universidad de Carabobo (2010), Premio Certamen Mayor de las Artes y las Letras 2004, Premio Bienal José Rafael Pocaterra 2009, Premio Concurso de Poesía Festival Mundial de Poesía, 2014 por su poemario Piedra de Rayo, Concurso Bienal “José Rafaél Pocaterra” 2010 por su poemario Como una costumbre, Concurso Cada día un libro 2005 por su poemario Líbrame, Concurso de Estudiantes de la Facultad de Ciencias de la Educación 1997 por su poemario Los cuentos de hadas no hablan de sexo, Mención honorífica en el Concurso de Poesía Liceista 1994 Casa de la Poesía Pérez Bonalde, CELARG por su poemario inédito Ausencia.  Su trabajo literario e investigativo ha aparecido en antologías y revistas de circulación nacional e internacional  y en antologías como En Obra, Antología de la poesía venezolana 1983-2008de G. Saraceni (2008); Antología de poesía venezolana joven, versión bilingüe castellano-árabe (2009), Antología de Poesía Venezolana de la Embajada de Venezuela en la República Árabe Siria (2016), entre otras. Participó en varias oportunidades en el Encuentro Internacional de Poesía de la Universidad de Carabobo, Festival Mundial de Poesía, Festival Internacional de Poesía Perú. Festival Internacional El Tren de la Poesía en Temuco, Chile. Fue invitada por la Embajada de Venezuela en St. Vincent and theGrenadines y Belice para dictar talleres de creación poética y apreciación literaria ¨Voces femeninas en la poesía venezolana contemporánea¨. Su trabajo literario e investigativo ha aparecido en antologías, periódicos y revistas de circulación nacional e internacional y su poesía ha sido parcialmente traducida al inglés, portugués, italiano y árabe.

Estos poemas publicados a continuación pertenecen al libro inédito: Halo.

ELLOS

Simonny Azul Urdaneta

En estos días sueño

esta parte de mi cuerpo

donde estuvieron los que viven

los que no viven y tú

ellos se han ido

aunque les doy un vaso de agua

chupetas rojas en forma de corazón

hoy correrían por la casa

y no tendríamos descanso

hoy solo espero de mi un jardín

lleno de cactus y versos

una tortuga un gato

que el atardecer me encuentre

en este silencio

ese silencio recuerda que se han ido

TUS AMIGOS

Tus amigos siempre serán tus amigos

y los míos, míos

para ellos es fácil 

verte arrancar los frutos de mis manos

morderlas y luego correr

contigo aullando

que las moras eran ácidas

que mi sangre estaba amarga

para ti es fácil cruzar fronteras

y ser un paria sin decir adiós

de nuevo en tu propia tierra

para unos dar a luz

y creer que una niña

es un capítulo más

un colofón de algo

que tal vez merezca ser leído

en una historia muerta

para otros es fácil

orar con fuego y miel

y que el río nos mande

quien vele nuestros sueños

y así las historias fragmentadas

son bocetos para armar

juego del que volvemos en empate

y sintiéndonos perdidos

perdedores que retornan

como lluvia en esta rueda

en este carrusel que llamamos:

vida

PALABRA INCÓGNITA

Invierno y En ocasión del ascenso a la remota cabaña

Greeys Orozco (Venezuela, 1986)

Artista visual. Egresada de la Escuela de Artes Visuales Rafael Monasterios, así como del Instituto de Diseño Centro Gráfico de Tecnología y la Escuela de Fotografía Prada (Venezuela). Ha participado en diversas conferencias y talleres con múltiples artistas que han contribuido a su formación, entre ellos: Wilson Prada (Venezuela), Marcos López, Eduardo Longoni, Quino (Argentina), Rosângela Rennó (Brasil), Philippe Dubois (Francia), Marina Abramović (Serbia). Actualmente reside en Buenos Aires, donde cursó estudios de Curaduría y Crítica de Artes, en la Universidad Nacional de las Artes.                                                                                           El dibujo, ha sido su aliado de toda la vida, trabajó varios años en imprentas tradicionales, tanto en Venezuela como Argentina, lo cual amplió su espectro en cuanto a papeles y tintas; en el 2013/14 se dedicó a hacer postales en ilustración digital, con las que participó en diferentes ferias, dicho proyecto ha mutado a HolaGree, ahora realiza ilustraciones artesanales en técnica mixta y experimenta sobre diversos soportes. Esta artista visual, también incursiona en la minificción poniendo letra a sus dibujos. De ella traemos la muestra que les deleita a continuación.

Invierno, 2019

Greeys Orozco

Luego de varios días de reposo, meditación y soledad  me vi en el espejo. Centrada en el chakra raíz toqué fondo. Viendo los moretones en mi cara vi también a mi hada vieja (hace unos 25 años) inventándose una historia. Ayer, todo el peso quedó a un costado, la puerta agrietada y el silencio. Hoy, nuestra Felicidad es lo único que rezo.

Nota: recibí miradas compasivas de mujeres que dudaban de que (lo mío) había sido un accidente.

Héctor Antonio Espinoza

Psicólogo, docente monje zen. Fue coordinador del taller de narrativa de la Universidad de Carabobo durante varios años. Por ahora, como casi siempre, vive en clausura, en la Valencia de Venezuela. Cuando se podía viajaba con frecuencia a saludar al espíritu de Vicente Gerbasi, en la Cumbre de Canoabo, en los Valles Altos de Carabobo. Volverá. Es también un entusiasta de la fotografía, por lo que en su cuenta de Instagram: @hectorshoiku es común ver sus minificciones acompañadas de hermosas y sugerentes fotografías.

En ocasión del ascenso a la remota cabaña

Héctor Sho Iku

En el espacio de arriba, la cabaña circular se condensa en otra pequeña ventana. Un “móvil” de conchas marinas la custodia, ecos de la brisa de Urama, camino por donde resurgió la poesía de la mano, la mirada y el corazón de Vicente Gerbasi, alma de Canoabo. La mesa, pequeña también, recibe nostalgias y otros sentimientos difíciles de clasificar. Apenas el aire da para el descanso, para la siesta intuida, mientras el sol encuentra el modo de acompañarnos, desde su prudente majestad.

PALABRA INCÓGNITA

Solilandia

Sol Meléndez

Venezolana, actualmente radicada en Ciudad de México. De profesión psicóloga clínica, con experiencia como terapeuta en varias cárceles de Venezuela.

En su coqueteo por las letras recuerda que un día muy aburrido en que no encontraba que hacer una tía le entregó  el primer libro que leyó: “El pájaro canta hasta morir” como no le gustó el final del libro empezó a buscar finales alternativos, sin darse cuenta, mientras buscaba esos finales redactó una novela. Tenía 10 años. Entre sus cosas importantes aún conversa ese cuaderno. Descubrió gracias a esto que le gustaba cambiar su realidad mediante historias. Esto hizo que comenzara a llevar diarios, su pequeña obsesión que aún mantiene así como sus cuadernos. Escribir fue darle voz a su niña reprimida, a esa chica tímida que mediante la escritura liberaba otras facetas. Participó en el taller de narrativa de la UC coordinado por el Prof. Héctor Espinoza hasta 2013, taller donde aprendió a pulir su escritura de forma más profesional.  Hasta el día de hoy continúa escribiendo, como ejercicio y como desahogo. Esta es la tercera colaboración de Sol para Palabra Infinita.  

Solilandia

Ese día.

Todo estaba gris, Sunny no veía el momento de escapar, ver su vida en ruinas, la hacía odiar a todos. Hasta ahora, no había conseguido ser exitosa en nada, se sentía mediocre: medias relaciones, medias quincenas, media vida. Recordó, sobre aquel puente, que alguna vez quiso volar. Sin embargo, saltar no era la opción, y para ser exactos a Sunny lanzarse de un puente le parecía la forma más estúpida de morir: la sangre, el show, desfigurada, y por supuesto la lástima de los transeúntes, no, qué patético.

Pero, -pensó-, hay otras formas de volar (…).

Ver su país en ruinas, le hizo pensar que ella era un símil de aquella nación: mediocre, sucia, corrupta, escasa, vacía, negro, hueco. Sí, había una forma de volar;  y esta era buscando un escape, una oportunidad, un boleto con algún destino, un pasaje de avión, una huida. Se apartó del puente que comunicaba la Av. Los Libertadores, con la Autopista Regional del Yugo, y se dispuso a comprar el maravilloso boleto. ¿El destino? Cualquier país.

Sunny es una mujer tranquila, en los años de universidad siempre mantuvo rigidez acerca de todo, criticaba duramente a las chicas que se iban de fiesta, a las chicas que tenían novios, y no se concentraban en estudiar…

Sí, Sunny las envidiaba a todas. Nunca fue la más arriesgada, ya en su adolescencia, mostraba gran dificultad para hacer amigos, para integrarse. Sin embargo, mantuvo muy bien su máscara, una niña bien portada, que hacía sentir orgullosos a sus padres, una niña que nunca usó la falda del uniforme por encima de la rodilla, ni mucho menos hizo el intento de besar a un chico.

Cuando fue a comprar su boleto, y le preguntaron qué destino deseaba, Sunny le preguntó a la vendedora:

—¿Qué país no está en ruinas? ¿Qué país no tiene crisis? —La señorita buscó en Google con cara de “voy a tener suerte, pero quizás esta ilusa no”, y le dijo:

Según los datos, hay un país que no tiene tanta ruina, se llama Solilandia, está al norte de aquí.

Sunny la miró con cara de felicidad, y decidió que ese sería su lugar de destino. Al salir de la agencia de viajes, se sentía feliz de haber tomado una decisión real en su vida, una decisión que la cambiaría sin necesidad de buscar ningún otro puente.

Tenubrias, el país donde vive Sunny, está invadido desde hace 20 años por una plaga, sin embargo, cuando estaba pequeña ella no lo sentía porque la música llenaba sus días. A Sunny le gustaba grabarse, e inventar programas de radio, que luego escuchaba muy orgullosa porque se sentía la mejor locutora. Entrevistó a grandes escritores y artistas, tenía las cintas apiladas en su cuarto, todas estaban marcadas:

13-12-1997: Entrevista realizada a Mauricio Babilonia.

06-01-1998: Entrevista realizada a María Paz.

14-02-1998: Entrevista realizada a Cupido.

Había muchas cintas, Sunny escapaba inventando historias, y dejando constancias de tan emblemáticas entrevistas. Su madre, Providencia,  una mujer fuerte de carácter y sobreprotectora, en aquellos tiempos se hallaba preocupada por la pequeña Sunny, la niña pasaba horas grabándose y escuchándose, preguntaba nombres de artistas famosos para invitar a su programa radial, sin embargo, Providencia no veía tan mal esa capacidad imaginativa de su hija, hasta que un día, decidió tomar alguna de las cintas y escucharla…

 “Hola, buenos días, bienvenidos a tu programa “Conociendo el infierno” te habla Sunny Autumn, y hoy, hemos traído a la paila a un invitado muy especial, directamente desde Macondo: Mauricio Babilonia”. Providencia no quiso escuchar más.

—¿Quién es mi hija? —Se preguntó.

Cuando Sunny salió temprano del colegio, estaba feliz, pensó que era un día especial, su madre fue por ella, e imaginó que iban a pasear, quizás hasta se comerían un helado. Sin embargo, se encontró en un consultorio grande, con muebles marrones y paredes tan blancas que te hacían enchinar los ojos para enfocar las figuras, había un escritorio de vidrio que tenía objetos raros encima, el salón estaba repleto de diplomas y cuadros con fotos de grandes señores.

En un sillón que parecía bastante cómodo, se encontraba el dueño de aquel lugar. Era un señor algo gracioso: regordete, cabello canoso y con una prominente barriga que dejaba entrever cómo los botones de su camisa, hacían hasta lo imposible por no desprenderse.

—Hola Sunny, soy el Dr Perls, soy Psicólogo y me encanta hablar con los niños, acércate.

Sunny, de 8 años, estaba intrigada.

¿Qué es un psicólogo? –Pensó. Se acercó con mucha curiosidad y comentó— Qué raro, a los adultos no les gusta hablar con los niños.

El psicólogo, invitando a que ésta se sentara, le dijo que en realidad él era de otro país, y que por eso le gustaba hablar tanto con los niños.

—¿Y de qué vamos a hablar? —Preguntó la niña, confundida.

—De lo que tú quieras, aquí se hace lo que tú quieras. —Contestó el psicólogo con una sonrisa tan maniática, que Sunny en verdad pensó que era de otro país, del país de las sonrisas falsas.

—¡Oh! Se hace lo que yo quiera. ¿Puedo volar? —Preguntó la niña.

—¡Por supuesto! ¿A dónde te gustaría volar? —Contestó el psicólogo.

Quisiera volar a un país donde no tenga que hablar con nadie, a un país donde sea aceptado no sonreír cuando no tenga ganas, a un país donde abunden mariposas amarillas, y vuelen tortugas marinas, volar a una nación donde nadie sea feliz con lo que tiene, sino que busquen siempre más. Quiero volar a un país donde los perros hablen y los adultos se callen, donde los niños nunca duerman, y siempre estén inventando.

El psicólogo la interrumpió, diciéndole:

—Sunny, sabes que ese lugar no existe —La pequeña lo miró con decepción y le dijo:

Ese es el problema con ustedes los adultos, mienten detrás de grandes sonrisas.

El informe fue contundente: Personalidad tendente a la fantasía, favor realizar examen neurológico para descartar posible Trastorno de Desarrollo, específicamente, Síndrome de Ásperger.

Providencia no podía creer tal desgracia.

Después de comprar su boleto a Solilandia, Sunny buscó la valija más grande que tuviese, cambiar de país, era en definitiva, el reto más grande de su vida. Mientras buscaba, encontró aquellas cintas donde en algún tiempo, entrevistó a grandes artistas y escritores, Sunny contempló el color, lo desgastado de aquel cajón donde habían estado guardadas. Recordó cuán feliz era imaginándose como una gran locutora. Se miró al espejo y descubrió unas pequeñas líneas en la comisura de su boca:

—No he volado, y me estoy haciendo vieja.

Tocó su cara, y mientras recorría con sus largos dedos su rostro lloroso, imaginó a la pequeña Sunny reclamándole:

—¿Volaremos, o harás nuevamente lo que dicen todos? –Sunny sonrió, esparciendo nostalgia en toda la habitación, y dijo— Volaremos, pequeña.

En la despedida, había más lágrimas que fe. Su madre, recordaba aquel trágico diagnóstico y le daba terror imaginar a su hija en otro país sin sus cuidados, sin sus medicamentos. Sin embargo, la decisión de Sunny era contundente, después de pasar tantas horas haciendo una exhaustiva lista de lo que se llevaría, no tenía en mente deshacer maletas, ni sueños

Solilandia es muy frío, la gente no habla porque prefiere cubrirse la boca para no transpirar el aire de la ciudad. Una señora de 80 años se maquilla al bajar del tren, un joven da besos apasionados a su novia en medio del vagón, los demás miran desconsoladamente a la calle; como buscando respuestas, o esperando un final… hay demasiado ruido, pero nadie conversa. Los olores invaden a Sunny, y decide cubrirse la boca y la nariz, mira a su alrededor y aunque no había crisis como en Tenubrias, se da cuenta que, peor aún, Solilandia está vacía, porque de tanta gente consumiéndose entre sí, se han quedado sin alma.

Tantos ojos y nadie se mira, tanto frío y nadie se abraza. Sunny toma de la mano a su pequeña soñadora, a la que grababa cintas con famosos y, decide que en efecto, ningún país es puente. Todos los destinos son ataduras, entiende que la única forma de volar, es manteniendo el vértigo, y así, buscó la torre más alta de Solilandia. Al llegar, pudo contemplar lo increíble.

¿Dónde están las mariposas amarillas? —Se preguntaron ambas Sunny.

Miraron a su alrededor, sintieron la brisa que las despeinaba. Cerraron los ojos, y descubrieron que el vuelo real es sentir que puedes lanzarte, es mirar hacia abajo y apreciar cómo un montón de mariposas danzan en tu estómago, es el miedo, el vértigo. Sunny se sentó, y abrazando a su pequeña soñadora le dijo:

La fuerza contraria no es la que nos hace saltar, es la que nos mantiene aquí, contemplando el vacío. Volar no es lanzarse, volar es mirar hacia arriba preguntando: ¿Y ahora qué sigue? Volar está mal conjugado, volar no es presente…Siempre, será futuro.

Ambas sonrieron, y allí decidieron quedarse.  Las personas que buscan volar, siempre se quedan.

PALABRA INCÓGNITA

El Misterio de la Mano Rosa Golpeadora

Elvis Pérez

Licdo en Educación mención sociales en la Universidad de Carabobo. Es aficionado a escribir y autodidacta. Ha realizado cursos online sobre escritura pues desea perfeccionar su estilo.

El Misterio de la Mano Rosa Golpeadora

Todo parecía normal en el pueblo de Curagûire, Municipio Bolívar, Parroquia Aroa, las hijas de la Sra. Amiria, estaban contentas puesto que aquella tarde se daría uno de los eventos más importantes que se desarrollaban en el pueblo, las llamadas “Ferias de San Miguel Arcángel”. Tal evento se llevaba a cabo  todos los años finalizando el mes de agosto e iniciando el mes de septiembre en todo el territorio de Aroa.  Los toros coleados en las tardes, la elección de la reina, la música y la miniteca nocturna, los bailes, los cortejos de los caballeros y el coqueteo  de las damas, eran  de las tantas manifestaciones típicas que se evidenciaban en esos días festivos. Las hermanas, se disponían a vivir y disfrutar al máximo aquel evento a su manera, tal vez no como las quinceañeras pues la mayor apenas tenía 11 años, pero sí como niñas que ya anhelaban ser más grandes.

—Vamos muchachas, vamos a ponernos coquetas —dijo con mucho ánimo la hermana mayor— ya casi son las tres no queremos que se haga más tarde.

.—¡Ay no!, ¡qué fastidio! —expresó Sonia con antipatía— yo no sé porque tanto alboroto el tuyo con esas ferias tan aburridas, es lo mismo todos los años

—¡Qué raro! —dijo Lisset— habló el alma de la fiesta, siempre tan animada, siempre tan divertida mi hermanita —usó un  tono sarcástico

—Si hombre —agregó Magdi— A Sonia todo le molesta, si llueve, si hace sol, si hace frío si hace calor, pobrecito quien se case con ella, jajajaja —soltó una risa falsa sin ánimo

—Bueno, está bien —dijo encogiéndose de hombros Sonia— ¿Cuál es el plan que tienen ustedes las divertidas para pasarla bien?

—Primero  vamos ponerte más linda de lo que ya eres,

—Y, ¿A mí también me pondrán bonita? —Dijo la menor, Marisela, quien apenas contaba con cuatro añitos de edad.

—¡Ay tan linda!, claro que sí hermanita, aunque no hay que hacerte mucho, porque tú eres bella sin hacerte nada .

—Bueno, empecemos con Sonia para salir de ese problema —dijo Magdi entre risas

Cuando se disponían a instalarse en el cuarto, junto a la peinadora, se escuchó una voz a lo lejos, desde el patio

—¡Niñas! ¡Muchachas! ¿Dónde están? —Era la voz de la madre.

—¿Y ahora qué? ¿Qué querrá mamá?—protestó Sonia molesta

—¿Quién sabe? —comentó Magdi —Vamos muchachas.

 La madre se encontraba en el gran patio de la casa, el cual estaba cubierto por diferentes árboles que le daban una excelente y acogedora sombra y hacía agradable su estancia en él; pero, al mismo tiempo, era difícil la comunicación desde ese lugar a los cuartos de la casa, pues estos  se ubicaban en las dos salas principales. Las hermanas Pérez, quienes se encontraban en uno de esos cuartos, tuvieron que acercarse al patio para ver la razón por la cual su madre las llamaba con tanta insistencia.

—¿Qué sucede mamá?

—Sucede niñas, que ustedes no han fregado los corotos que están en la cocina –habló el tío Luis— y por eso esta noche los fantasmas de esta casa las molestarán, uhuhuhjajaajajajaj  —soltó una risa tenebrosa.

—¡Ah pues Luis! —la madre golpeó suavemente el hombro de su hermano— deja de estar asustándome a las muchachas. Pero sí niñas, las llamo para eso, para que frieguen los corotos sucios que están ahí en la cocina.

—Yo fregué ayer mamá, y sola, nadie me ayudó —protestó Sonia— Así que conmigo no cuenten hoy.

—¡No sí!, está bien Sonia, ayer sólo habían tres platos, y hoy hay una montaña de corotos,  no vengas tú de frescolita —dijo Magdi con cierta molestia.

—Ustedes tres Magdi, Lisset y Sonia van a fregar esos corotos, de lo contrario, no van para la feria —amenazó la madre.

—Ya casi nos preparábamos para ir, vamos Sonia, no discutas más, para que vayamos a la feria. —suplicó Lisset

—Tú como siempre, convenciéndome con manipulación.

—¡Cuento cinco y llevo tres! —exclamó  la madre.

Y ya saben…  si no lo hacen, los fantasmas de la cas…

—¡Ya Luis! ¡déjate de tonterías! vamos a sentarnos de nuevo en el patio para que me sigas contando lo de Coromoto, tu novia…

—Novia no Mirian…, rebusque.

—Bueno, como sea, vamos

—Ok, yo enjabono todos los corotos mientras ustedes los van enjuagando-Propuso Magdi.

—Okeeey —aceptó Sonia a regañadientes.

Las niñas culminaron su labor, fueron a informarle a su madre quien estaba con el tío Luis bastante entretenida.

—Mamá, ya están listo los corotos, ahora no nos molesten más que vamos ocuparnos de nosotras —Informó Magdi. La madre sin escuchar casi lo que le dijo la hija

—Ok, ok, vayan, vayan.

Las niñas se dispusieron a hacer lo que tenían planeado, caminaron hacia el cuarto principal, que estaba justo a la izquierda entrando por la sala. Era un cuarto pequeño, con poca ventilación, con unos agujeros en la pared trasera que comunicaba con el otro cuarto donde dormía Luis. Sonia se sentó en la silla frente a la peinadora y Magdi procedió a peinarla mientras Lisset le retocaba el rostro. La pequeña Marisela sólo observaba ansiosa por que la peinaran y adornaran también. Luego de unos cinco minutos, mientras seguían peinando y maquillando a Sonia, por uno de los agujeros se introduce una mano femenina, con guantes rosados, Magdi, Lisset y Marisela, la vieron con asombro, y Sonia quien se encontraba de espalda, recibió un golpe fuerte propinado por la misteriosa mano color rosa

—¡Ay!, ¿Por qué me pegas? —se quejó mirando a Magdi

-No, no fue ella dijo Lisset —una. Una mano que salió del cuarto de Luis  fue la que te golpeó.

-¡Qué raro! ¿Quién habrá sido? Esa mano ni es de Luis ni de mi mamá —Exclamó Magdi aterrada.

—Ese debe ser Luis, ya saben cómo es —Dijo Sonia molesta.

—vamos a ver, ¡rápido! Antes que se fugue el culpable —Propuso Lisset.

Salieron las todas de la habitación Magdi tomó en brazos a su hermana más pequeña.

—¡Mamá, mamá! Llamaban algo azaradas las tres.

—¿Qué pasa? —Gritó la madre desde el patio. Molestas dirigieron su rabia a Luis

—¡Fuiste tú!  —lo acusó Sonia

—Sí, fuiste tú, ¿Verdad tío? —preguntó dudosamente Lisset.

—¡Ah vaina! ¿Se volvieron locas o qué? —Dijo Luis extrañado.

—Tú golpeaste a Sonia en la cabeza desde tu cuarto ahorita —Lo acusó Magdi.

—¿Yo? Si no me he movido de esta silla desde que me senté.

—¿No?, claro que fuiste tú, ¿Quién más pudo haber sido? Tú eres el que tienes esos juegos pesados.

—No, Sonia, yo no fui ¿De qué hablas? —le dijo el tío en tono serio.

—Pero, si no fuiste tú ¿quién más? aquí no hay más nadie y las puertas están  cerradas. ¿Mamá? —Dijo Sonia mirando asustada a su mamá.

—¡Niñas! ¡Cálmense! —Gritó la madre con autoridad— Luis no se ha movido de esta silla ni un segundo, así que dejen de acusarlo.

—¡Pero mamá! Si él no fue ¿Quién?  Nosotras vimos la mano cuando golpeó a Sonia. Te lo juro mamá —manifestó Magdi con desespero.

—Vamos a revisar la casa a ver si hay alguien.

 Las hermanas, sabían que su madre nunca mentía, lo que hizo que los nervios y el terror se apoderada de ellas.

—Yo no voy para ningún lado, aquí me quedo —habló Sonia molesta, Pero cuando vio que sus hermanas, su madre y su tío se alejaban del inmenso patio, corrió detrás de ellos asustada.

La madre, junto con sus hijas y su hermano hicieron un recorrido por  la inmensa casa y no consiguieron nada. Verificaron si había una puerta o ventana abierta con la esperanza de que algún bromista desde la calle fuera  el responsable, pero;  tanto  puertas como ventanas estaban cerradas por dentro, por lo que era nula la posibilidad de un bromista.

—¡A ver niñas!, ¿Están seguras de lo que dicen? ¿No nos están jugando una broma a nosotros? —Preguntó el tío.

—No, te lo juramos tío —dijo Lisset.

—Tú no le vas a mentir a tu mami —dijo la madre dirigiéndose a la más pequeña—  ¿Es verdad lo que dicen tus hermanas?     —la pequeña aún asustada afirmó con la cabeza— bueno, vamos al cuarto a ver que fue lo que pasó

Las niñas simularon la escena. Era imposible que alguien pudiera estirar su mano de esa manera.  No quedó otra cosa que creer en que todas imaginaron lo mismo o que algo sobrenatural había pasado.

  • Y entonces,  ¿Ahora si me creen?, es lo que les he dicho, está casa está encantada. Yo estoy cansado de ver cosas así, está casa está llena de fantasmas —dijo Luis.

A las cuatro hermanas se les olvidó la feria, ya no querían salir. Se abrazaron  aterradas. El misterio de la mano rosa, nunca se resolvió, y era de esperar porque sin duda alguna, fue un evento paranormal.

PALABRA INCÓGNITA

CALLE ORITUCO

Elisabel Rubiano

Elisabel Rubiano es venezolana. Es una gran estudiosa de la palabra escrita. Dra. en Ciencias Sociales y Magister en Lectura y Escritura, ambos títulos de la Universidad de Carabobo. Es  profesora de la Universidad de Carabobo, investigadora y promotora de la lectura y la escritura. Ella misma se define como promotora de la palabra como bien cultural y espiritual del ser humano y la sociedad. Participa en el Taller “La letra voladora” de la escritora carabobeña Laura Antillano de ahí esta pequeña muestra de su producción. 

CALLE ORITUCO

Elisabel Rubiano

Me tocó pasar de nuevo por aquella  calle urbana, iluminada, limpia y serena, la identificaban como la Calle Orituco. Cada una de sus esquinas me traía recuerdos, siempre disfruté pasear por ahí y ahora más. Siento nostalgia, como si la memoria estuviera guardada  en el kiosco de periódico, en la arepera o en la carreta de las flores. ¿Qué será de la vida de los portugueses de la quincalla?, casi puedo sentir el olor de ese lugar. Me veo subiendo los peldaños que me llevaban a los dos pasillos de granito pulido. En las vidrieras, había tantos perolitos y objetos bonitos. Allí se debe haber gestado un poco el cultivo a las cosas, todavía conservo mi juego de café de porcelana chiquitico como de muñecas, tan solo de verlo soy feliz. También allí debió surgir mi gusto por regalar. Todo estaba dispuesto en presentes para bautizo, comunión, cumpleaños, matrimonio…, uno se paseaba por el pequeño laberinto evocando con cada regalo a un ser querido. Ahora en ese lugar funciona una pescadería  pestilente con un exhibidor en la entrada en el que se acumula la gente en una fila que llega hasta unos cuantos metros de la acera. Frente a la antigua quincalla ahora hay una farmacia donde quedaba la ferretería de un italiano, al lado una tienda de telas de unos árabes. Cuando paso por allí me pregunto dónde estará la señora que me regaló el Corán. Ese libro bilingüe de papel áspero y portada blanda como una revista, que siempre anda conmigo para allá y  para acá, no lo he leído ni lo comprendo pero lo atesoro como si encerrara un valor misterioso que me pudiera salvar de algún percance. Con los chinos del abasto si es verdad que no tengo vínculo alguno.

La pollera permanece casi igual. Justo  ahora viene a mi mente y a mi boca ese gustico mojadito que hacía tan particular ese pollo asado con yuca y hallaquitas, hmmm. También recuerdo las cervezas y los borrachitos rondando. Caramba el que toma cerveza hoy es  distinto al que tomaba ayer, actualmente los cerveceros han subido de categoría, deben tener mucho poder adquisitivo hoy día para tomarse  una cerveza.

En la contemplación de la calle me acordé de la Negra de Chichiriviche, ella pasaba con sus conservas de coco, era el postre después del almuerzo con el pollo, las hallaquitas y la ensalada mixta. Esa negra vendía y estaba pendiente de ver a su amante, los dos desdentados inventaban cada cosa para  disfrutar de las mieles del amor, uno nunca sabe qué tan felices pueden ser los desgraciados.  Para ella las cosas se arreglaban con una salsa en alto volumen y su frase célebre: «no hay mal que por bien no venga, ni bien que no traiga un mal». Betania, su amiga,  murió, lo  supe por casualidad en un novenario del hermano de una amiga que todavía vive por ahí. Esa le caía a todo el mundo en La Pollera para el oficio que en esa época se llamaba “martillar”:

—No me deje pegada profe —le decía a mi mamá. Nos hacía reír con sus escándalos, cuentos y malandrerías.

Sigo mi camino. Detrás de un negocio que no identifico,  sigue la casita en la que fui a una fiesta, no recuerdo la verdad quién me invitó y por qué fui a parar ahí. Paso por el banco, antes llevaba otro nombre. Miro el edificio pequeño en donde vivía un muchacho que le gustaba a Marisol. Así como por casualidad la acompañaba a pasar mil veces por el mismo sitio hasta que se abría el portón cuando entraba un carro.

—Hola que casualidad que te encuentro, ¿cómo estás fulano? (Ya no recuerdo su nombre). Por la calle de atrás, la residencial, vivía mi enamorado. Por esa también abríamos un hueco de tanto pasar, solo para respirar su mismo aire.

Qué manera de vivir  sin propósito. Paseando de aquí pa´ allá en esa calle.  Me resulta tan cercana pero ya no reconozco a nadie… Me detuve a contemplar el pasado y el presente de ese lugar, de pronto cruzó la calle desesperado por entre los coches en movimiento un personaje fugaz que me pareció conocido. ¡Era Rubén! con quien bailaba buenísimo el timbalero y ganábamos premios de aires en los matinés por darnos los besos más largos del grupo que por calle o fiesta se armaban. La verdad es que no me importaba tanto respirar el mismo aire que él, pero me divertía con sus juegos de seducción. No alcancé a gritar su nombre, la verdad se notaba envejecido, qué le estaría pasando que corría con tanta velocidad, me pregunté. Sigue delgado y enérgico, pero sin aquella melenita que le gustaba tanto a las chicas, sin porte de galán, ni las gracias de entonces… se nota mucho mayor que yo, me dije; si me hubiese visto, él estaría diciendo lo mismo. Luego pasaron con sus sombrillas para resguardarse del sol  tres viejitas, sé que van a la iglesia todos los días, no sé cómo se llaman, ni cuáles son sus familias, pero las conozco de siempre y me reconocieron con cariño. Se detuvieron a contarme cuanta anécdota recordaron, me pusieron al día. Las despedí diciéndoles que estaban igualitas, les  pregunté la edad, cuando yo contaba los 14 años ellas también tenían menos años y sin embargo siempre las vi viejitas, beatas, buscando qué hacer para matar el tiempo.

Debo continuar mi trayectoria, llegar a la prefectura a buscar mi partida de matrimonio antes de las 12 del mediodía. Casualmente me topé con  la calle en la que transcurrieron veinte años de mi vida. Llevo recorridos veinte más en otras calles, con otra gente. En esta siento tanto mis  raíces, mi parroquia, que me dan ganas de volver.  

Calle Orituco,  Uritu-cu se refiere al nombre de un río que pasó alguna vez por allí y ese río a su vez se llamó así porque pasaban bandadas de papagayos que alborotadas hacían bulla hasta ensordecer… Una viejita me dijo una vez saliendo de una misa de aguinaldo que escuchara esos papagayos que cantaban porque quedaban pocos. Ya no hay ni rastros de ellos solo el nombre de la calle que a nadie le refiere aquel tiempo lejano en el que todo era boscoso y habitado por abundantes papagayos. Orituco significó alguna vez aquellos papagayos, ahora significa: la calle Orituco. Tantas vidas, tanta gente. La calle Orituco no nos olvida ni nosotros a ella. La memoria  de la plaza Las Flores se perdió en el boulevard que está más adelante en el paso a la prefectura, ya nadie la recuerda. Hablando de eso, ya llegué. Solicito mi partida de matrimonio, muchos otros esperan la de nacimiento y algún deudo una de defunción.

PALABRA INCÓGNITA

Lo Inaccesible y Hoy me Desborde

Xavier Manasés Torrealba

Estudió Lengua y Literatura en la Universidad de Carabobo. Participó en el taller de narrativa perteneciente al Dpto de Cultura de la Universidad de Carabobo bajo la coordinación de Héctor Espinoza, posteriormente de Geraudí González y por un tiempo breve de Danibia Abreu. Es director de teatro y disfruta de realizar montajes para su compañía. Desde siempre ha tenido una relación cercana con la escritura. Es poeta, compositor y escribe relatos cortos. En esta entrega nos ofrece uno de sus más recientes relatos dedicado a la cuarentena mundial.

Lo inaccesible

Xavier Manasés Torrealba

Hoy no salí de casa, solo alcancé a llegar a la puerta. ¡Ya hace un mes que no salgo! Mi madre dice que esta cuarentena ha sido la excusa perfecta para aislarme completamente, cada vez que llama se preocupa por mí, supongo que es porque piensa que aún no supero la muerte de Raúl, y aunque tiene razón no me atrevo a hablar de eso con ella. Antes, pintar me ayudaba a superar cualquier rastro de dolor, pero en las noches siempre la almohada me recuerda su olor fragante y divertido. Seguí el consejo de Laura mi psicóloga; me sugirió cambiar el colchón, la almohada y las cobijas, ¡pero su olor aun no desaparece! Supongo que su aroma está impregnado al mío.

Algunas veces los sentimientos negativos superan mis ganas de vivir, hablo con Dios y cuestiona cada detalle de mi existir, y aquellos recuerdos que solía llamar amor se convierten en inercia, cada paso que doy es vacío, ausente. Cada día es la misma rutina: me aseo, me visto, coloco mis guantes, uso mi mascarilla, coloco el gel a base de alcohol en mi bolso, llego hasta la puerta, toco la manilla y maldigo con todas mis fuerzas; ¡hoy tampoco pude girar la manilla!, la comida a domicilio siempre me sabe igual; en ocasiones me siento tan pequeña como el espacio que hice en la ventana para que entren mis pedidos. Nuevamente despierto inerte y saco antes de ducharme una tarjeta postal de la billetera de Raúl con un mensaje; “lo inaccesible de la vida es pensar que no somos capaces de seguir adelante y creer que somos los únicos en sufrir”. Me alisté, me acerqué a la manilla y abrí la puerta; la luz del día me cegó por un momento, al fijar la mirada observé rostros más tristes que el mío, pasos más inertes que los míos, miedos más grandes que los míos.

María Isabel Nouel

Lectora desde niña para escapar del aburrimiento. Llegó a repartir libros olvidados para volverlos a la vida, a veces sufre descargas poéticas. Se autoexilió en argentina, pero no deja de pensar en Chichiriviche, las palmeras y el infinito azul del Caribe. Mientras intenta ordenar ficciones en su cabeza también sirve café en una barra de Buenos Aires.

Hoy me desbordé

Hoy no doy más. Hoy vi gente caminando como si nada, sin barbijo. Llegué a casa después de pasar diez horas dentro de un tapabocas que me hace sentir presa, en una cárcel de mi mismo aliento. Los últimos pedaleos fueron de un incesante: tú puedes, piensa en los médicos que están dándolo todo y tú no tienes por qué quejarte, dale, aguanta que ya llegas.

No. No soy de hierro. Me siento sola, deambulando. ¿Será que hice todo bien? ¿Me lavé bien las manos? ¿Limpié bien después del billete o toqué algo y no recuerdo? ¿Me toqué la cara? ¿Por qué me siento el pecho trancado?: ¡Isa, tu cuerpo se está adaptando, cálmate! Veo la puerta, meto la llave que saco del bolsillo del pantalón para no meter la mano en el bolso y contaminar todo. ¿Contaminar? ¿Tendré algo de eso en alguna parte ínfima que no divisé en mi meticulosa limpieza? Hasta al mejor cazador se le va la liebre. Entro, ya estoy en el pasillo de casa, pero aún no me siento en casa. Se me vienen las primeras lágrimas. Entro a mi patio. Grito avisando que llegué:

—¡Cierren las ventanas que no salga Chaplin!

Apoyo la bici. Me quito el casco, los lentes, el bolso. Busco una bolsa destinada premeditadamente para guardar mi ropa. Me desnudo, abro la lavandina. Me saco el tapabocas y lo lanzo en un balde con los lentes, las llaves y lanzo un chorro de desinfectante en el piso del patio. Agua, cepillo, jabón. Es la única forma de que mi mamá, Nico o Chaplin luego puedan salir al jardín a ver el sol o a respirar un poco. Es mi deber dejar todo “higienizado”. Termino la rutina de limpieza y paso al baño en puntillas para bañarme y el agua caliente me calma un poco, me descontractura. Después de salir me lanzo con una toalla a mi cama tratando de que se me pase el dolor de cabeza, de sentar cabeza, mejor dicho. “Ah, es que no almorzaste María Isabela” (yo regañándome, pero con mi voz de niña, esa voz que uso para joderme a mí misma). “Bueno, date unos minutos” Respira. Chaplin se acerca. Se me tira encima, ahí me doy cuenta de que llegué a casa. Me desbordo a llorar. Quiero un abrazo. Nico entra y me pregunta:

—Mamá ¿Comiste? —me ve llorando. No puedo abrazarlo. No sé si deba.

PALABRA INCÓGNITA

Escritores Varios

Graciela Galli

Lectora y narradora. Nacida en argentina, venezolana por elección. Ha publicado en varias antologías venezolanas. Participó en el taller de narrativa de la Universidad de Carabobo bajo la coordinación de Héctor Espinoza y posteriormente de Geraudí González

El vuelo

Te fuiste viendo los pájaros desde la ventana, lo sé porque los vi pintados en tus retinas cuando me asomé a tus ojos para cerrarlos por última vez.

Carlos Mario Cortés

Venezolano. Estudiante de Biología, recientemente incursiona en el mundo de la palabra escrita. Es disciplinado escritor, le gusta probar todos los géneros, participante del taller de narrativa de la Universidad de Carabobo bajo la coordinación de Geraudí González y por breve tiempo de Danibia Abreu.

Ventana

Me detengo a mirar dos lagartijas apareándose en mi ventana. Dos aves peleando por un árbol. Un árbol  resistiendo al viento. El viento moviendo las nubes. Nubes,  cargándose de lluvia. Y a mí liberándome del ego.

Ya voy

Me asusta que la casa te consuma, que te pierdas en sus pasillos, que sus ecos te atormenten en la melacolía de un baño y que la cama te ahogue si no hay nadie junto a ti… espérame.

Sol Meléndez

Psicóloga clínica egresada de la Universidad Arturo Michelena, Venezolana. Actualmente radicada en México. Participó en el taller de narrativa de la Universidad de Carabobo bajo la coordinación de Héctor Espinoza. Escribe desde muy pequeña, incursiona en la minificción con un compendio de cuentos llamados: “cuentos de prisiones” de allí dos minicuentos.

EL SICARIO

No asistió a psicología por voluntad propia, pero, de igual manera lo llevaron para que yo tomara sus datos. Después de muchas preguntas de identificación: nombre, edad, domicilio previo al delito, apoyo familiar, estado civil, claramente fatigado me preguntó:

—¿Cuánto tiempo debo estar aquí?

Dejé las preguntas de rutina, y me arriesgué:

—¿A cuántas personas has asesinado?

Me miró con ojos completamente vacíos, inexpresivos, oscuros. Frunció la boca, y con actitud amenazante puso sus brazos en el escritorio y respondió  con otra pregunta:

—¿A cuántos pacientes has atendido en la cárcel?

Enmudecí, (no lo recordaba, eran muchos). Miré a la puerta buscando la protección de algún vigilante, estaba sola. ¿Debo responderle? -Pensé-. ¿Qué diría Freud?

—Son muchos casos, infinidad de delitos  —alcancé a responder.

 Se rio había burla en su expresión,  volvió a adoptar la posición amenazante y me dijo mientras aplaudía:

—¿Ves? Así como para ti es natural escuchar problemas y no contabilizarlos, así de natural es para mí matar y no contabilizar. Al final, ambos somos igual de insensibles. Tomamos historia y vivimos, la diferencia es que tú pareces niñita buena, y yo tengo demasiadas marcas en la cara.

Y así sin más, se fue.

ENTREVISTA DE COLMILLOS

Ya podemos cerrar el caso, el sospechoso confesó su delito. -Dijo muy emocionado el comisario-.

Pero, el sospechoso ni siquiera estuvo en el lugar de los hechos, respondió el inspector.

Lavando la sangre de su cara, y guardando una soga, el comisario contestó:

Fue una buena entrevista.

Amelia Orta

Venezolana, Licenciada en Educación Especial. Escritora, participó en el taller de narrativa de la Universidad de Carabobo bajo la coordinación de Héctor Espinoza. Escritora  minificcionista apasionada. Ha publicado en varias antologías venezolanas.

Puertas

De visita en una ciudad que desconozco, camino por un boulevard rodeado de palmeras. Delante de mí se abre el cielo con sabor a mar. Me encuentro con ella. Nos sorprende coincidir en ese lugar, le invito un café. Entramos al lobby del hotel y subimos las escaleras con forma de caracol. Todos los pasillos son iguales: paredes pintadas de vino tinto, alfombras negras, puertas de madera sin numeración.  En mi mano derecha guardo la llave apretando el puño. ¡No sé cuál es la puerta! Se agota el tema de conversación y los escalones. Estoy dando vueltas sobre el mismo lugar y no sé cuál es la puerta. Ella va a notarlo, mis pasos se hacen lentos, pesan los pies. No escucho su voz, solo veo paredes, pisos y puertas iguales.

Ritual

 A María Luisa

Tres veces santigua las almohadas antes de dormir con  rezos que le enseñó su padre: “Por la señal de la Santa Cruz…”

El vaso de agua en la mesita y el crucifijo espantan pesadillas en sus noches. Se cubre con la sábana, cierra los ojos, aprieta párpados y dientes. A un lado de la cama el peso del miedo la asfixia.

Geraudí González

Venezolana, licenciada en Lengua y literatura, minificcionista, investigadora del género. Actualmente radicada en Bogotá, donde continúa trabajando de manera incansable en todo lo relacionado con la literatura, la minificción y la poesía.

Tiempo

Volver a los veinte con la experiencia de los 40 el sueño de alguien que ahora escribe. Feliz madrugada. Ya son las 3:00 a.m. Debo dormir. El doctor López fue muy preciso con las indicaciones: “A las 8:00 a.m en punto debe estar lista para iniciar la cirugía estética”. Y ahora que lo pienso, no quiero llegar tarde a mi cita con la lozanía.

Sombra

Es culta, inteligente, buena prosista. Quizá él la crea mejor que ella… (esto empeiza a parecer una confesión de vecindad). Lee sus ensayos y se dice: ¿acaso yo no escribo bien? Pero algo la atormenta más: ¡Tiene tanto de sí misma, carajo! Un montón de sus autores (o de ella): Hanni, Celan, Monjeto, Clarice, Lispector, Pizarnik, Sylvia Plath, Sontag, etc.  ¿Una copia mejorada de mí? Se pregunta en su intento por sostenerse en su propia autoestima tan golpeada por esta, la amante de su marido.

PALABRA INCÓGNITA

Santa Elena

Sol Meléndez

Venezolana, actualmente radicada en Ciudad de México. De profesión psicóloga clínica, con experiencia como terapeuta en varias cárceles de Venezuela.

En su coqueteo por las letras recuerda que un día muy aburrido en que no encontraba que hacer una tía le entregó  el primer libro que leyó: “El pájaro canta hasta morir” como no le gustó el final del libro empezó a buscar finales alternativos, sin darse cuenta, mientras buscaba esos finales redactó una novela. Tenía 10 años. Entre sus cosas importantes aún conversa ese cuaderno. Descubrió gracias a esto que le gustaba cambiar su realidad mediante historias. Esto hizo que comenzara a llevar diarios, su pequeña obsesión que aún mantiene así como sus cuadernos. Escribir fue darle voz a su niña reprimida, a esa chica tímida que mediante la escritura liberaba otras facetas. Participó en el taller de narrativa de la UC coordinado por el Prof. Héctor Espinoza hasta 2013, taller donde aprendió a pulir su escritura de forma más profesional.  Hasta el día de hoy continúa escribiendo, como ejercicio y como desahogo. Por eso en esta entrega podremos disfrutar de uno de sus cuentos.  

Siempre pensó que no pertenecía a Santa Elena, siempre pensó  que podría ser alguien más…

Santa Elena

1

Me gustaban las estrellas, mirarlas era imaginar un encuentro: hombre-espacio, cielo-tierra. Era unir dos mundos invisibles. Me gustaba el color verde. Me recordaba eso que decían por allí de que la esperanza viste de verde. Pero sobre todo, me gustaban mis sueños. Los veía del color del pasto. Mis sueños eran un refugio, nada podía dañarme.

Lo último que recuerdo de ese día son las tres estrellas sobre mí: Estaban abrazadas a su cuello. Una vez me dijo mi abuela que debía respetar a tres personas en la vida: a mi madre, a mis maestros y a la autoridad que ejercían los policías o guardias nacionales. A mi padre no, porque nunca lo conocí; de él me decía:

—Ese es un “tipo de bien”, de esos riquitos que vienen al pueblo por aventuras, ese le hizo la maldad a la tonta de tu madre, la “empreñó” y se fue.

Lo irónico, es que nunca conocí a un abuelo. Creo que la abuela fue una tonta también.

Me gustaba su olor a leña, a harina de trigo, su cabello largo y canoso. Mi abuela y su sabiduría, mi abuela y sus consejos, la abuela que jamás me creyó, la abuela que impulsó esta vida que tengo. Esta solitaria vida que tengo.

2

Ese día bajé a la bodega del pueblo. Nunca le tuve mayor confianza a mi mamá. A ella le gustaba respetar demasiado la ley, pero sobre todo, a quienes vestían de oliva. Mamá era la típica mujer que buscaba la atención en los hombres. Sé que tenía 15 años cuando me parió, a veces me decía que en realidad yo era como su hermanita. La abuela me dijo que comprara unas velas, porque con eso de las lluvias, lo más probable era esperar una noche a oscuras, sin luz. Repetía hasta el cansancio:

—No hay nada peor que quedarse bajo las sombras —Recuerdo que pensé en lo terrible que sería estar ciego.

Santa Elena se llama el pueblo. Queda a cuatro horas de Mérida. Me gustaba la casa. En vez de cocina teníamos un fogón, por ventilador una ventana, y a falta de televisor, un patio. Sentarse allí, era ver e imaginar. Imaginé fiestas repletas de animales, y miraba las caminatas lentas de los campesinos, para cada uno de ellos, tejía historias maravillosas. Mamá era empleada del único bar en el pueblo: “Las Lopeceras”, y tenía como jefa a la abuela; ella distribuía las ganancias. El dinero del bar alcanzaba para la ropa y la comida, y si me portaba bien, hasta tenía regalo del Niño Jesús en Nochebuena. La abuela era importante, de carácter fuerte, no la típica señora que se sentaba a coser. Con ella, estaba protegida. Al parecer parió a mamá a los 14 años.

3

Después de comprar velas, y por si acaso fósforos, me regresé por un camino de mucho follaje. En mis sueños, imaginaba ser una citadina recién llegada al pueblo, una estudiante de Medicina, una señorita en toda la extensión de la palabra. Pensaba que con un poco de suerte, mi padre, -a quien no debía respetar por hacerle la maldad a mamá-, iba a buscarme. Imaginé muchas veces su cara, su sonrisa, confieso que a solas me gustaba pronunciar la palabra “papá”. Como cualquier niña abandonada, tenía el anhelo de que en mis 15 años iba a llegar para llevarme a vivir con él y con la abuela. En mis sueños, mamá decía que prefería quedarse en Santa Elena, sí, hasta en los sueños intenté alejar a mi madre.

Aún faltaban tres años para los 15, con esto, le daba tiempo al riquito de mi padre para recordarse de la hija olvidada en el pueblo. Seguí la vía entonces, caminé con las velas y mis sueños. Un golpe en la espalda me encorvó, e inmediatamente me sacó de la nube de fantasías que llevaba, al voltear vi a un hombre. En ese momento, solo podía escuchar a la abuela:

-Aracelis, hija, a los uniformados se les respeta-.

Recuerdo que no podía gritar. No me salía la voz. Él sí habló, él sí tenía voz:

—Acuéstate muchachita y te quedas calladita —La abuela seguía en mi mente con su consejo:

-Aracelis, hija, a los uniformados se les respeta-.

Caí al suelo bruscamente. Lo que siguió fue sudor, gemidos, y lágrimas. Me dolían demasiado sus movimientos rudos, él dijo en tono ronco y jadeante:

-Me “coroné” a una virgen-.

En ese momento no comprendí nada, hasta que pude ver mi entrepierna vestida completamente de rojo. Cuando empecé a menstruar, la abuela me dijo que esa era la señal de ser “hembra”. Me enseñó que por tres cosas sangraba la mujer: –Todos los meses con la menstruación, cuando te acuestas con un tipo siendo virgen y cuando pares-.

Así que cuando vi mis piernas manchadas de rojo, comprendí que ese hombre se estaba llevando a la virgen. Las estrellas cosidas en el cuello de su uniforme verde oliva simbolizaban un rango, la abuela me explicó que se debía mirar el cuello en la ropa de los hombres para ver qué tan poderosos eran, me dijo:

-Aprende Aracelis, si lleva camiseta es un mantenido, si anda con camisa es aburrido pero serio, si no lleva nada es un pedazo de loco…pero si carga uniforme, debes estar pendiente con las figuras en su cuello, porque esos son los que tienen poder y dinero, a esos no se les lleva la contraria, los de las estrellas son quienes mejor pagan-.

Sin embargo, a pesar de esas estrellas, para mí era solo la imagen de un hombre sudado, que me obligaba a hacer silencio. Un hombre cuyos movimientos incrementaban un profundo dolor en mi vientre, un hombre que se llevó las velas que no pude encender.

Fue rápido, -ahora lo sé-. Al levantarse me lanzó unos billetes, encendió un cigarrillo, sonrió y se fue. A este hombre en particular, con sus tres estrellas, nunca lo había visto. Parece que era de esos como mi padre, que van al pueblo por aventuras. Tomé el dinero, para tenerlo como prueba irrefutable de lo que me acababa de hacer. Al caminar, iba dejando huellas en formas de gotas, y lo que antes fue verde; ahora se teñía de rojo, trataba de quitar las hojas que quedaron en mi espalda. Miré y pude observar la inocencia regada en el suelo. Y la esperanza que antes era verde, ahora era ciega. Las velas se perdieron, los fósforos se mojaron.

4

Corrí a casa llorando, y le dije a la abuela lo que había pasado. Le mostré el dinero, billetes así no cargaba cualquiera. No sé si dolieron más los movimientos bruscos del hombre encima de mí, o la paliza de mi abuela.

Niña desvergonzada, quién sabe qué vagabundería hiciste y ahora inventas que uno de nuestros nobles guardias te violó.

Me castigó, se lo contó a mi madre y esta dijo:

Mamá, esa Aracelis lleva sangre López, ¿Acaso se te olvida que todas las López somos putas?. Esa pronto va pa’ Las Lopeceras —La abuela replicó:

Pero esta niña nos ganó a todas, con 12 y ya empezó.

Al día siguiente, la abuela me pidió los billetes. Pensé que ahora me creería, y mirándome de arriba abajo dijo:

—Tendré que enseñarte a cobrar Aracelis.

Me dijo que al menos fui inteligente y busqué a uno con rango.

Bueno Aracelis, si dices que tenía tres estrellas, entonces ese hombre es un capitán, ¿Quién se iba a imaginar que tu tan flaquita ganarías a uno con jerarquía?

A los días, estaba nuevamente con las estrellas sobre mí. Y no, no esas que me hacían soñar, sino las que me producían dolor bajo, en el vientre, en las piernas, en todo el cuerpo. Eran estrellas jadeantes, roncas, sudadas. No había tiempo de imaginar historias para los campesinos, no me importaba si era de día o de noche, cada movimiento del capitán se parecía un poco a la muerte.

A los 15 años no llegó papá, no hubo fiesta. La abuela me dijo que ellas empezaron a esa edad, que por eso yo les había ganado. Hacía un año que trabajaba allí en el bar, me buscaban hombres con una, dos y tres estrellas, porque esos “eran más respetuosos y pagaban mejor”. El día de mis 15 me pagó el dinero de la semana y dinero extra como regalo de cumpleaños. Fue la última vez que la vi. Pensé que si era tan diferente a ellas, lo sería completamente.

5

Hoy cumplo 25 años, estoy en Caracas. De la abuela y su hija, mi madre, no supe más. Con el dinero que me dieron aquella vez, compré un pasaje, me traje lo necesario, y les dejé una nota:

-Sí, soy diferente, no quiero que sean parte de mí, por eso, ni siquiera las voy a odiar-.

No fue fácil ser la muchacha campesina que llegó perdida a la capital, me di cuenta que no se necesitaban tener estrellas en el cuello para lastimar a una niña. Trabajé en lo que pude: recogí casas, limpié baños, cuidé niños, lavé carros. Mi sueño era seguir inventando vidas, ya no a los pueblerinos de Santa Elena, sino a los citadinos de esta gran Caracas. Todo en mi vida, después de mi entrepierna sangrando, ha sido tardío. Aún no me enamoro, vivo en una habitación estrecha, como una vez al día y casi no duermo.

Pero amo mis horas de insomnio, en ellas escribo. Dentro de un año recibiré mi título como Licenciada en Letras de la Universidad Central de Venezuela, no digo que con eso vaya a cambiar de habitación o vaya a comer las tres veces, pero escribiré mi historia. Inventaré una infancia con una abuela que teja y una madre que cuente cuentos. Eliminaré los cuellos de las camisas, extinguiré el color rojo del círculo cromático y construiré un hombre a quien pueda decirle “papá”. Estoy sola, no sé si soy feliz. Pero de lo que sí estoy segura es que la abuela y mi madre tenían razón, fui diferente a ellas, de Santa Elena queda todo…pero ahora, solo en letras.

PALABRA INCÓGNITA

Paseo – El niño, el viejo y yo – Temblores

Elías Baptista†

Lector empedernido, escritor, poeta y minificcionista. Fue estudiante de Lengua y Literatura en la Universidad de Carabobo y su misión autoimpuesta era que la gente que le rodeaba  leyera, por eso siempre cargaba un morral lleno de libros que ofrecía sin egoísmo y con compromiso, leer y comentar. En esta oportunidad dos cuentos de su autoría:

Un viejo que quiere sacar de Paseo a su perro y su fiel can que lo seguirá a donde él quiera.

Un cuento sobre la incertidumbre, nuestra misión en el mundo y el tiempo. De esto se trata El niño, el viejo y yo

Carlos Mario Cortés

Es un estudiante de Biología de la Universidad de Carabobo que descubrió su amor por las letras debido a la curiosidad, la misma que lo ha llevado a explorar el mundo de la minificción. Es preciso decir que también se desenvuelve como pez en el agua con cuentos de más largo alcance. Para él la escritura es un reflejo de las vivencias y sin importar lo fantástico siempre muestran una realidad, es por ello que ensaya  diversidad de temas  en su cuenta de Instagram que pueden visitar: @mokaccinodeletras para esta tercer entrega de Palabra Infinita su cuento: Temblores.

Paseo

Elías Baptista†

La última cosa que pidió el abuleo en su lecho de muerte fue que trajeran a su perro Niebla con la correa de pase. Cuando le preguntaron para que lo quería con la correa, modestamente respondió:

—¡Para sacarlo a pasear!

Todos atribuimos que era por la demencia senil que lo afectó en los últimos meses. Le trajimos a Niebla, un perro sin raza, pequeño –el perfecto perro de compañía para la gente mayor- este en particular gozaba de una avanzada edad, pero poseía una vivacidad increíble.

Apenas el abuelo lo vio, lo acomodó al lado de la cama. No pasaron ni cinco minutos cuando reparamos que amo y can habían muerto.

La abuela gritó cuando lo descubrió

—¡Coño, el muy hijo de puta se llevó al perro!

El niño el viejo y yo

Elías Baptista†

Me encontraba sumido en el letargo del tratamiento cuando la realidad y el universo me desdibujaron. De pronto me vi en medio de un puente en la oscuridad. Un niño y un viejo que parecían conocerme estaban a mi lado.

El niño me sonrió sin algunos dientes. El viejo me miraba fijamente mientras se tocaba la barba.

El niño sin vergüenza ni modales, metió su mano en mi bolsillo y sacó mi cartera. La hurgó con tal rapidez que cuando la quité ya había sacado mis documentos.

—Se llama como yo —dijo el niño al viejo, mientras se refugiaba detrás de él.

—¿En verdad? Qué extraño —dijo el viejo con esa fingida sorpresa de los abuelos, y quitándoles mi carnet lo examinó. —sí, es verdad, se llama como tú, pero tambén se llama como yo me seguiría llamando

—¿Seguirías…?

—Sí… ya nada es seguro, toma —dijo y me entregó los documentos —cuida mucho eso.

—¿Qué cosa? —preguntamos el niño y yo al unísono

Su respuesta fue una sonrisa.

¿Quiénes eran estos seres? El niño vestía unos shorts azules y una franela marrón con un estampado de guitarras, que era a toda vista de un adulto. El viejo vestía de forma casual con jean, camisa unicolor y zapatos deportivos. Un bastón y una pipa como la Gandalf, reposaban en sus manos. Los contemplé y al fin los reconocí.

—Ustedes son yo

—No —dijo el viejo

—Fuimos —corrigió el niño— o, por lo menos, yo fui.

—Y yo nunca seré, por lo que veo. Aunque esto muy pronto a confirmarse —puntualizó el viejo. Desvié la mirada al puente, y descubrí que estaba sin terminar.

—¿Qué hacemos aquí?

—Aprender —dijo el viejo

—Recordar —dijo el niño

Asustado por sus respuestas, les exigí saber que querían y los dos respondieron lo mismo

—Enseñar.

Atormentado intenté retroceder y alejarme de ellos, pero siempre regresaba al mismo punto, de frente al puente sin terminar.

—¿Qué diablos ocurre?

—Shhh —me chitó el niño— no digas esa palabra. Si la dices mucho, se apece.

—¿Cuál palabra? —pregunté distraído

—la que comienza con “D”.

—¿Diablo?

—¡Te dije que no la dijeras! No la repitas

Iba a protestar pero me interrumpió el viejo

—Puede que exista o no, la verdad no importa mucho, solo si es verdad que si se dice muchas veces, esa palabra, puede traer malas energías y no estamos para más veneno.

—¡QUIENES SON USTEDES! —les grité

—El olvido —dijo el niño con enojo

—Esperanza —contestó risueño el viejo.

A la sonrisa del viejo le faltaban los mismos dientes que al niño. De pronto su apariencia cambió: estaba gordo, vestido de traje y con el cabello de color verde. Y sin más, volvió a ser el de antes.

—¿Qué te ocurre? —preguntó el niño verdaderamente preocupado

—Nada, esto demuestra lo que digo…

Sin entender nada se me ocurrió saltar por el puente. Pero antes de levantar un dedo, el niño y el viejo me agarraron. La mano del niño era caliente, como si tuviese fiebre, y la del viejo era fría.

—¡Quieto! —gritó el niño

—¡Idiota! ¿Qué haces? —exclamó el viejo

—No entiendo nada —y sin más me derrumbé a llorar.

No sé cuánto tiempo lloré, pero cuando me di cuenta, el niño sentado a mi lado jugaba con unos juguetes que no tenía antes y el viejo seguía de pie viendo la negrura, mientras me acariciaba la cabeza.

Carlos Mario Cortés es un estudiante de Biología de la Universidad de Carabobo que descubrió su amor por las letras debido a la curiosidad, la misma que lo ha llevado a explorar el mundo de la minificción. Es preciso decir que también se desenvuelve como pez en el agua con cuentos de más largo alcance. Para él la escritura es un reflejo de las vivencias y sin importar lo fantástico siempre muestran una realidad, es por ello que ensaya  diversidad de temas  en su cuenta de Instagram que pueden visitar: @mokaccinodeletras

Cada cierto tiempo la tierra mueve sus entrañas y sacude todo lo que lleva encima… estés donde estés los temblores te agarrarán desprevenido.

Temblores

Carlos M. Cortés

2:53 am 13/01/2018: Instituto de Sismología

     Todo en las mesas se convulsiona violetamente,  la pantalla de la computadora se estampa contra el piso, Samantha se ahoga con el humo de su pipa, ¿Qué otra cosa puede hacer a las tres de la mañana cuando vigila los resultados? Alcanza como puede las tazas, libros, fotos y adornos, en todos lados hay ruido de vidrios rotos, el mundo se sacude con violencia, casi puede ver a las columnas de concreto bailar. La paranoia la golpea con fuerza cuando un pequeño pedazo de concreto cae en su rostro y ya no puede mantenerse en pie. “El peor viaje de la historia” piensa, mientras una alarma empieza a sonar, la máquina arroja los resultados, aparentemente hay una alta posibilidad de temblor.

2:53 am 13/01/2018 Una residencia estudiantil en Caracas

     Adrian dormía cuando empezó la locura. Lo despertó una botella de agua de colonia volando junto a su cabeza antes de estrellarse contra el suelo. El aire se llenó de gritos, y  sin pensarlo dos veces mientras las láminas de zinc en el techo hacían un ruido de platillos  atravesó la sala de la residencia y salto la escalera. Los vidrios de su ventana explotaron y alcanzó a ver desde la calle como las paredes se agrietaron.

Cuando la adrenalina pasó el viento frío le recorrió las pelotas, las viejas olvidaron el temblor para señalarlo. Escuchó las burlas mientras sentía sus mejillas arder y como pudo se tapó la entrepierna.  Tardó lo que `parecieron horas en  reunir el valor para entrar nuevamente a la casa agrietada. Después de ese día no volvió a dormir sin ropa.

2:53 am 13/01/2018 Un barrio de valencia

     En su cuna José llora a todo pulmón y la pequeña Sofía siente que su mundo se acaba, grita llamando a su madre, no se despega de su cama por el miedo. Con cada sacudida la niña siente el techo más cerca y en su cama da pequeños saltos por el aire que no puede controlar. Un móvil que adorna la cuna cae sobre la cara del bebé. Mientras en la habitación de al lado Yeni, tirada en el piso, con la aguja junto a ella, vuela. Cada sacudida de la tierra cambia el canal y le trae nuevas sensaciones y placer, si tan solo esos estúpidos ruidos la dejaran volar en paz.

2:53 am 13/01/2018 en un motel de Yaracuy

     Juan mete un pezón en la boca mientras aprieta el otro seno de Raquel, tal vez haciéndole daño, mientras embate sus caderas con fuerza ella lo aprieta con sus piernas rodeando su cintura, cuando la potencia y el ritmo va en crecento todo los acompaña, el mundo se sacude junto a ellos. Tal vez es solo su imaginación. Ella pide más gimiendo y lo que sale de la boca de Juan recuerda un poco a un extraño ronquido.

 “más, más, más” dice ella, mientras los muebles caen al suelo y él pone sus manos en las caderas de la mujer. La cama ya no puede con el peso y cede, Raquel se asegura a la espalda de Juan con uñas y dientes, con un último jadeo los tres terminan… Juan, Raquel y el temblor.

2:53 am 13/01/2018 Una acera de Barquisimeto

     Pedro siente dolor en su culo pues la acera no es un cómodo mueble. Se lleva la botella a la boca y el repulsivo sabor del cocuy barato lo castiga, se da asco de una manera que no logra comprender del todo, así que bebe más para que la incomprensión mute en olvido. Cuando empieza el temblor las sacudidas empeoran el mareo y lo atacan las náuseas.  Su habitación de alquiler está a solo unos metros de él, anexa al cuarto de las hijas de su vecino, cuantas veces  las escucho reír mientras en secreto envidiaba la familia de aquel hombre, gordito y bonachón.

Tiembla y las grietas empiezan a aparecer, surrealismo puro, se propagan por las paredes como la versión lenta del astillar de un vidrio, su cuarto se colapsa y por unos momentos no procesa realmente lo ocurrido, pensaba en sus cosas perdidas cuando escucha los gritos y llantos de su vecina. El cuarto de las niñas esta igual que el suyo, sin el techo y con solo media pared, pero su habitación estaba vacía, mientras que en la adjunta solo hay carne aplastada de tres niñas. Mira la botella mientras le da otro trago y llora en silencio.

De 1 :30am a 2:53am 13/01/2018   Por las calles de Naguanagua

     Rafael camina arrastrando los pies. Rompió su propia marca personal, jamás hasta ese momento se había sentido tan fuera de lugar, deseó no haber ido a esa fiesta, solo para ser rechazado por todas las mujeres en ella, “Solo quería bailar nada más”, ama moverse al ritmo de la música, paro para eso necesita pareja, a la una de la mañana no lo soportó más, ser el único sentado afuera mientras los demás estaban en la pista de baile, abrió la puerta y se fue sin decirle a nadie.

Había algo malo en él, eso era obvio, muy probablemente se pasaría su vida solo, pero lo peor era no saber en qué fallaba.  Llego a su casa a pie, eran las dos y cuarenta y ocho según su teléfono al cual le dio un chequeo rápido y no respondió el mensaje del amigo con quien se supone iba a volver a su casa, de todas formas el mensaje seguramente era una disculpa porque lo dejo tirado para irse a tener sexo.

Casi todas las luces del costado del edificio estaban apagadas y cuando entro tuvo que esperar unos minutos el ascensor, una vez adentro cuando las puertas se estaban cerrando escuchó una voz de mujer decir: “páralo”  una muchacha de cabello negro y piel morena entro al ascensor, era bajita y apestaba a alcohol, en todos los sentidos era una mujer promedio, pero es curioso que cuando alguien te gusta los atributos de esa persona se disparan a niveles hollywoodenses, y esta muchacha la gustó muchísimo a Rafael, mientras se tambaleaba le dio las gracias, y ambos se sonrieron, se presentó como Kimberly, marcaron último y penúltimo piso, Rafael se preguntó como no la había visto antes. La chica revisaba su teléfono y dijo arrastrando las palabras que “él” había muerto, mientras señalaba el aparato

—¿Qué hora tienes?

—Dos y cincuenta y tres

En ese momento el elevador empezó a sacudirse y golpear contra las paredes del conducto y Kimberly se abrazó fuerte al muchacho mientras temblaba, se quedaron a oscuras. Luego de un rato en el que no sabían si se desplomarían con el ascensor o no y cuando por fin dejó de temblar permanecieron abrazados.

 “Vamos a estar aquí bastante tiempo” le dijo a la chica y ella asintió con la cabeza sin soltarlo ni un poco.

Se casaron tres años después.

2:53 am 13/01/2018 Una casa en Caracas

     Roger y Andreína llevaban juntos más de cincuenta años, cincuenta y dos cumplidos ese día para ser exactos, eso estaba pensando Roger antes de dormir y en la funesta afirmación de su mujer, este año es el último mi viejo, le había dicho.

 el temblor despertó a Roger que salió disparado de la cama y empezó a ponerse los zapatos mientras llamaba a su mujer “Andreina párate, apúrate, hay que salir” el temblor era fuertísimo y los gritos de Roger igual, pero no obtuvo respuesta, ella estaba tendida en la cama, con el rostro pálido y una sonrisa en la boca, las lágrimas surcaron a raudales el rostro del viejo, que volvió a quitarse los zapatos y se acostó junto a su mujer, lloraba en silencio abrazado al cuerpo mientras la cama parecía casi caminar sola, sentía el frio de Andreina, paredes y techo amenazaban alto y claro con venirse abajo, y el viejo le decía, “sí fue el último vieja, sí fue el último”; el temblor no podía importarle menos.

PALABRA INCÓGNITA

Diario de una Ausencia

En esta oportunidad daremos a conocer a Marian Mari. Venezolana de nacimiento y radicada en Manresa España. Marian es una novele poetisa y Diario de una ausencia es un viaje.  Durante este viaje es posible ver, sentir, palpar y oler el dolor de una pérdida, pero no cualquier pérdida, no puede ser cualquier cosa despedirse de un hijo. Un hijo esperado para ser alcahueteado por los abuelos, para ser consentido de los tíos, un hijo esperado con ilusión de madre primeriza, un hijo amado. La alegría se ve troncada de golpe y porrazo y la dicha se convierte en dolor.  Transitamos entonces por largos pasillos vacíos, nos adentramos en cuartos que ya no serán ocupados, está oscuro en esa casa mientras afuera brilla el sol.

Pero con los días, la autora nos advierte que aunque en principio le parecía imposible, puede vivir con el dolor. Renato será siempre su hijo, lo lleva tatuado en el alma, como todas las madres llevamos a nuestros hijos. Dentro y fuera comienza a escampar. Asoma la luz por un huequito y da paso al entendimiento. Es posible sonreír.

Renato estuvo en este mundo por un tiempo muy corto. Pero dejó en los corazones de quienes lo aman una profunda huella. Ese es el espacio que cabe entre la primera carta y la última. Ese es el tiempo que le tomó a esta madre entender que su hijo sigue con ella y cuida cada uno de sus pasos. Para Palabra Infinita los poemas: Febrero 4, Mayo 15, Septiembre: olvidarte, Diciembre 31 y la carta que da cierre al poemario titulada: para ti.

Febrero 4

Escondieron tu ropa en el armario

Guardaron tus fotos en una “nube”

Suprimieron tu nombre de sus bocas,

¿Creían que eso me haría dejar de llorar?

Me recetaron drogas para dormir

Me mandaron a parir otro

Me prohibieron llorar porque eso no te dejaría descansar

Y nada

de

eso

pudo

evitar

la sal.

Mayo 15

No me dio tiempo de impregnarme con tu olor, no puedo recordarlo.

Me rehúso a pensar que tu olor era aquel.

Aquel,

a estéril, a terapia intensiva, a medicinas, a goma.

A lágrimas.

De repente, de la nada, ahí está,

olor a bebé, a dulce…

A nada,

a ángel.

Olor al jaboncito azul con el que lave tu ropa, tus cobijas.

Huele a ausencia.

Septiembre: Olvidarte

Imposible.

Fisiológicamente imposible, dice mi terapeuta

Entonces, hijo,

¿Por qué me atormenta?

¿Si llevo la cicatriz de la cesárea y la herida de tu ausencia aún abierta

Como podría olvidarte?

Si eres ser de mi ser, sangre de mi sangre.

Si fuiste ser de mi ser, sangre de mi sangre.

No podría, no podré.

Diciembre 31

Deshojé la margarita.

Pétalo a pétalo,

Para arrancar cada herida que dejó tu adiós.

Seguí sangrando,

no quedó nada de la flor.

Retrocedí.

Pegue cada pétalo en su cuerpo.

Y pude florecer.

Para ti.

Otra carta de amor, hijo. No tienes idea cuan enamorada de ti estoy, fascinada también diré. Tu presencia ya era pura y perfecta desde esa hermosa y calurosa tarde de abril dentro de mi ser, aun sin saber que allí estabas te presentía, te quería.

Quiero agradecerte que nos escogieras, que decidieras nacer entre nosotros, pero sobretodo que particularmente me escogieras a mí como tu madre y te hayas formado dentro de mi vientre durante 39 semanas y un día. Ha sido la experiencia más divina de mi vida, extraña, mágica y completa.

Me enseñaste a ser madre, a ser mujer, a amar a un ser mas allá del amor, de la vida, más allá de la muerte. Me enseñaste cómo un ser humano tan pequeño y frágil es capaz de luchar en contra de las adversidades, por más duro que le resulte. Aprendí contigo que no hay NADA que no se pueda hacer para sobrevivir, para “seguir viviendo”, una gran lección que me impulsa a pensar que de ahora en adelante nada me detendrá, gracias a ti, a tu amor, a tu mirada, a tu lucha y a tu condena.

Antes de ti me quejaba por todo, por esto, por aquello. Sin prestar atención a las cosas importantes y significativas en la vida, sin advertir que hay gente que sufre, que llora, que muere. Por eso digo que antes de ti no existo, no existí. No era, no estaba.

Conocerte me dejó en las nubes, el primer día que te vi fue mágico, no entendí lo que pasaba, no sabía que sentía pero allí estabas, eras tú por fin, eras mi hijo, mi Renato. Todos fueron a conocerte. “Igualito al papá” decían. Seguro y hasta lo recuerdas.

Risueño y bonito que eras. Como sonreías cuando papá te hablaba, yo quería comerte a besos, a mordisquitos pero el dolor de la cesárea no me lo permitió, fue hasta el siguiente día que pude abrazarte, tenerte en mis brazos como Dios manda. Intente amamantarte pero no lo logré, todavía no salía nada, te ponías muy bravo y rojo. Tendrías hambre pobre hijo mío, yo frustrada, llamaba a las enfermeras para que te dieran de comer.

Al pasar las horas, los días me ibas enseñando cosas nuevas, el amor crecía más y más dentro de mí, el amor por ti, por ser tu madre. El amor a todo lo que me rodeaba.

Verte luchar de esa manera, ser un guerrero ante la vida terrenal me dejó huella. Todavía no sé cómo fuiste tan valiente y luchaste, luchaste hasta el final. Una tarde ( no recuerdo bien la fecha) pero esa tarde, me miraste. Estabas dentro de esa incubadora, con todos esos cables, aparatos que sonaban ¿Recuerdas? Me miraste, como hacía días no lo habías hecho.

 Por fin volví a ver tus ojos, igualitos a los de él. Me miraste tan bonito, como despidiéndote, como queriéndome decir algo que en ese preciso momento no entendí.

Tal vez un par de días después de esa linda mirada, sumando 12 días de nacido. Tuve que dejarte ir. Ahora tengo que vivir con eso, con tu muerte, con tu ausencia. Pero me hiciste fuerte, porque tú me hiciste a mí, tú me formaste, me enseñaste, me ayudaste y lo sigues haciendo, porque tu ausencia se convirtió en esencia, esencia de mí ser. Esencia que amaré por el resto de mi vida.

Por favor no te preocupes porque nunca te olvidaré, que mi dolor calme NO quiere decir que te olvide (eso me atormentaba, pero el terapeuta me hizo entender que fisiológicamente es imposible), te recuerdo cada segundo de mis días, te pienso, te sueño. Me haces falta, es verdad, MUCHA falta y te extraño a rabiar como ni te imaginas pero tranquilo, está en paz. Sé libre, vuela y cuídanos desde el cielo.

Te amo infinitamente, mi ángel de alas tornasol.

Mamá

PALABRA INCÓGNITA

Adicción

En esta oportunidad rendiremos homenaje al finado escritor Elías Baptista con su cuento: Adicción, en el cual avistamos su amor a los libros, amor que lo acompañó hasta el final de sus días. Elías perdió la batalla contra el cáncer pero nunca el amor por los libros y por escribir, en su espacio siempre tuvo a mano una libreta, y una maleta llena de libros. Amado amigo, esta publicación y esta primera entrega es para ti. Te amamos. 

Elías Baptista

Me siento raro… no sé por qué.  La mañana transcurre en un andar algo pesado y monótono. Una extraña sensación me oprime el pecho, no es normal en mí estar así. Creo que sé el porqué de mi malestar. No hay duda, es por mí recaída a esa droga que muchos consumen sin importarles, algunos son más banales que otros y ceden  solo por moda.

Yo lo hice hace mucho tiempo. Recuerdo que caí   en su red de seducción. ¡Oh que ingenuo fui esa vez! Se hablaba de ello por doquier y fui lo suficientemente idiota para gastar más de lo que tenía y probar eso que muchos ensalzaban como algo  sublime. Tuve mis dudas el día que lo encargue y más aun el día que me lo dieron. Lo consumí en un tiempo relativamente largo, dos semanas creo. Fue como un crepúsculo, hermoso al principio pero luego oscuridad, no me gustó el sabor que me dejó en la boca. Luego de que lo acabé no me dieron más y tuve ganas de volver a probarlo. Supe que viene incluso en otras tres variedades, que claramente no probaré nunca y si lo hago solo será para destruirlo de algún modo posible. Toda esa experiencia me volvió más crítico, creo que ahora sé juzgar muy bien qué clase de cosas debo y puedo consumir.

Eso fue hace como tres años. En otras ocasiones, fui tentado a hacerlo de nuevo pero, aunque caí  varias veces, fui lo suficientemente juicioso,  pues  ya me he curtido sobre el tema… o eso creí yo.

Hace meses que oí de ella, al principio pensé que era más de lo mismo, pero gradualmente creció en mí la intriga. Muchos la igualaban con una de esas drogas que  consumo ocasionalmente y en particular con  la que estoy tóxicamente hechizado. No es tan popular como la que probé aquella vez,  incluso es lo contrario. Eso fue lo que más me hipnotizó. Entonces como dispongo de cierta cantidad de dinero, me dije ‎»hay que probar cosas nuevas de vez en cuando ‎» y lo compré.

¡Oh que sensación más… visceral! Mientras más absorbe mi sistema más me gusta;  Las imágenes son tan reales en mi mente que mis entrañas se mueven como serpientes, me dan ganas de vomitar solo de recordar.  Algunas sustancias similares casi pudieron causarme ese efecto pero no fue más que una reacción de centésimas de segundos, esta sensación es de verdad ruda a tal punto que los ataques a mi ‎»controlado juicio‎» lo hacen crujir en lo más hondo. Desde el comienzo sé que es solo un juego, y sin embargo, eso me da hambre de más.

Luego de comprobar la primera de las tres variedades no pude resistirme a la segunda. Es como estar en llamas, el calor me rodea desde que empecé  y no paró hasta que la consumí. La sensación es distinta, ya no son mis vísceras las que reciben los efectos, sino mi corazón. Evoco un amor del pasado  pienso en lo bruto que fui, sabiendo que ella me dio mucho. Yo como un estúpido perdí sus besos, sus abrazos, el olor de sus cabellos… esta droga me muestra como debí haber sido, pero llegó algo tarde para corregir lo incorregible. Aunque esto me gusta, aflora dentro de mi algo nuevo.

Preparo la tercera y última entrega, que es en sí parte de una misma droga. La huelo, la toco e incluso saboreo un poco y sé que ésta va a ser la más fuerte de todas. Seguro que vuelo como un pajarito y que también me hará gritar ‎»Revolución‎» en medio del embeleso. Y aunque la ansiedad me invade cada segundo, no lo toco de inmediato, tengo cosas que hacer.

El trabajo es como siempre monótono y predecible. Entre los clientes hay quienes  son como una jauría de bestias y están los otros a los que respetas e incluso les ofrecerías una mano.

La ansiedad nubla mi coordinación. Sé que necesito completar el coctel. Mi droga me está esperando junto a la cama, no veo el momento de correr y  llenarme de ella, terminar con esto. Un hombre que conocí me dijo una vez:

—Hay que tener cuidado con los bestsellers algunos no valen ni el papel en que están impresos pero otros son más adictivos que una droga.