PALABRA SECRETA

Entre Lineas

Guadalupe

Ella escribe sin descanso en su ordenador de escritorio ni tan reciente ni tan antiguo, son historias que se escriben Entre Lineas para todo aquel que las quiera leer.

                Durante esos duros años andando por veredas equivocadas escribir fue su tabla de salvación. No sabía para que lo hacía, solo se afanaba en contarse historias, en vivirlas mientras sus dedos expertos golpeaban con urgencia el teclado con letras borradas por el oficio y llenaban página tras página. La noche dio paso a las madrugadas en incansable labor. Durante cinco frenéticos años reunió cuatro novelas y varios cuentos. Ya no escribía a escondidas, ahora lo hacía a sus anchas, aunque sabía que ya no era lo mismo. Se dio cuenta que necesitaba esa realidad paralela para soportar la suya.   Un buen día, la carrera maratónica de las teclas se ralentizó.

                Él llegó como un viento de dirección desconocida, tibio y aromático. De rostro suave y  líneas delgadas.  Sonrojado hasta la raíz del pelo, leyó  a tropezones su primer intento. No se arredró tras las críticas, al contrario, fue por más. ¡Qué valentía! Qué interesante escucharlo hablar de sus sueños y leer sus bosquejos a través del móvil.

                Ese primer domingo de otros muchos días que vinieron después,  flotaron en el aire barcos piratas,  lobos oníricos y hermosas mujeres. Su mirada líquida como el horizonte marino y sus palabras cadenciosas dichas en tono bajo, colmaron el ambiente de esperanza. No era más joven que ella cuando comenzó a escribir, más o menos la misma edad, más o menos los mismos sueños, tiempos dispares  y al encuentro, una vereda del camino que los hizo confluir, como un yin y yang carentes de toda lógica.

                Al verlo cargado de ilusiones ella no quiso que las perdiera. Y pasó algo más, como una embelesada y golosa niña pequeña,  quiso adentrarse en esos sueños ajenos. Lo consiguió. Con entusiasmo lo escuchaba hablar de sus proyectos, lo veía  parir en la propia mesa de su casa, palabras ordenadas en forma tan armoniosa, que provocaba ponerse a bailar. De hecho las teclas hacían una especie de danza: descansaban mientras sus huesos inquietos recorrían la estancia ante alguna tribulación de los personajes, o ante algún reencuentro de la ficción  y volvían a bailar  al compás de sus dedos emocionados.

                Se hizo común y necesario para ella escucharlo hablar, hacerlo ella también, mostrar uno que otro truco, una que otra calleja por la que podía transitar y que casi al instante era sorteada con éxito y total maestría  por parte de ese no alumno improvisado que sin saber exactamente como, se arengó a su vida. Pronto fueron dos las máquinas ocupadas en dar a luz sueños. No había descanso en el ritmo constante y musical de los teclados. El ordenador de ella  era de escritorio, ni tan reciente ni tan antiguo; el de él era  moderno y pequeño y hacía un sonido acuático cuando se detenía a corregir algún error.   

                En poco tiempo tuvo ante sí a alguien crecido, cada vez más curtidas sus ideas y escritura,  interesado en leer y aprender. Qué hermoso ver tal prosperidad, el cuidado fanático que ponía en cada revisión, su tesón,  la osadía de sus letras y  sobre todo esa pasión al defender cada milímetro de su espacio literario.

                Deseó con fuerza que no le pasara lo que a ella, que no fuera absorbido por el agujero negro de la necesidad de ganarse la vida o de renunciar. Deseó con egoísmo que tuviera la suficiente  entereza para defender ese territorio abismal y amado de las letras… Pero esos deseos eran tan inciertos  como el futuro que él aún tenía que inventarse.

                Las noches de actividad febril ante los ordenadores se repitieron durante un tiempo. Tiempo en el que ella absorbió cada encuentro como algo único y deseable. Luego, las responsabilidades que impone la vida, hicieron mella, ensancharon el camino, la escritura pasaba a segundo plano, como siempre. No importó. Aún estaba el recurso del móvil.

                Lo vio de lejos abrirse paso en otras áreas, en los estudios, en el trabajo, se sintió contenta y lo extrañó.  Por primera vez supo explicarse que el infrecuente silencio de las teclas era simplemente el sonido de la soledad. Como en una película lenta recordó sus palabras, las ideas proyectadas en voz alta, todo aderezado con su risa y esa chistosa costumbre de soltar una especie de balido parecido al de los chivos cuando algo se demoraba en su cabeza más de lo que había previsto.

Decidió que apoyaría cada paso, cada decisión, incluso la de abandonar por momentos sus letras porque le tocaba vivir. Pero también alentaría, una y otra vez. Ella sabía que por muchas tribulaciones, por muchos giros que diera, al final la calma de la escritura ganaría. Estaba convencida de que él era tan raro como ella, esa clase de gente para la que escribir es una forma de adecuarse al mundo y  aunque por momentos el torbellino de actividad y acontecimientos exigieran a golpes su atención, tarde o temprano, la pluma, el ordenador y las ideas se acoplarían como un engranaje para formar  de nuevo una sola pieza.

                Pensó entonces con cariño que cerca o lejos sería agradable saber que sus ideas siguieron brotando y que su energía no se apagó. Que las líneas borroneadas al apuro en cualquier hoja, encajaron magistralmente.

                Ella sigue escribiendo. Su ritmo no cesa y sus palabras van siempre  acompañadas  con tazas de café y montones de chocolates Savoy en domingos solitarios. El ruido de su ordenador ni tan reciente, ni tan antiguo, irrumpe en la madrugada con el ritmo conocido de las teclas, que hilvanan historias como esta, de cariños y deseos, que se leen entre líneas y luego se echan a volar.

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