PALABRA INCÓGNITA

CALLE ORITUCO

Elisabel Rubiano

Elisabel Rubiano es venezolana. Es una gran estudiosa de la palabra escrita. Dra. en Ciencias Sociales y Magister en Lectura y Escritura, ambos títulos de la Universidad de Carabobo. Es  profesora de la Universidad de Carabobo, investigadora y promotora de la lectura y la escritura. Ella misma se define como promotora de la palabra como bien cultural y espiritual del ser humano y la sociedad. Participa en el Taller “La letra voladora” de la escritora carabobeña Laura Antillano de ahí esta pequeña muestra de su producción. 

CALLE ORITUCO

Elisabel Rubiano

Me tocó pasar de nuevo por aquella  calle urbana, iluminada, limpia y serena, la identificaban como la Calle Orituco. Cada una de sus esquinas me traía recuerdos, siempre disfruté pasear por ahí y ahora más. Siento nostalgia, como si la memoria estuviera guardada  en el kiosco de periódico, en la arepera o en la carreta de las flores. ¿Qué será de la vida de los portugueses de la quincalla?, casi puedo sentir el olor de ese lugar. Me veo subiendo los peldaños que me llevaban a los dos pasillos de granito pulido. En las vidrieras, había tantos perolitos y objetos bonitos. Allí se debe haber gestado un poco el cultivo a las cosas, todavía conservo mi juego de café de porcelana chiquitico como de muñecas, tan solo de verlo soy feliz. También allí debió surgir mi gusto por regalar. Todo estaba dispuesto en presentes para bautizo, comunión, cumpleaños, matrimonio…, uno se paseaba por el pequeño laberinto evocando con cada regalo a un ser querido. Ahora en ese lugar funciona una pescadería  pestilente con un exhibidor en la entrada en el que se acumula la gente en una fila que llega hasta unos cuantos metros de la acera. Frente a la antigua quincalla ahora hay una farmacia donde quedaba la ferretería de un italiano, al lado una tienda de telas de unos árabes. Cuando paso por allí me pregunto dónde estará la señora que me regaló el Corán. Ese libro bilingüe de papel áspero y portada blanda como una revista, que siempre anda conmigo para allá y  para acá, no lo he leído ni lo comprendo pero lo atesoro como si encerrara un valor misterioso que me pudiera salvar de algún percance. Con los chinos del abasto si es verdad que no tengo vínculo alguno.

La pollera permanece casi igual. Justo  ahora viene a mi mente y a mi boca ese gustico mojadito que hacía tan particular ese pollo asado con yuca y hallaquitas, hmmm. También recuerdo las cervezas y los borrachitos rondando. Caramba el que toma cerveza hoy es  distinto al que tomaba ayer, actualmente los cerveceros han subido de categoría, deben tener mucho poder adquisitivo hoy día para tomarse  una cerveza.

En la contemplación de la calle me acordé de la Negra de Chichiriviche, ella pasaba con sus conservas de coco, era el postre después del almuerzo con el pollo, las hallaquitas y la ensalada mixta. Esa negra vendía y estaba pendiente de ver a su amante, los dos desdentados inventaban cada cosa para  disfrutar de las mieles del amor, uno nunca sabe qué tan felices pueden ser los desgraciados.  Para ella las cosas se arreglaban con una salsa en alto volumen y su frase célebre: «no hay mal que por bien no venga, ni bien que no traiga un mal». Betania, su amiga,  murió, lo  supe por casualidad en un novenario del hermano de una amiga que todavía vive por ahí. Esa le caía a todo el mundo en La Pollera para el oficio que en esa época se llamaba “martillar”:

—No me deje pegada profe —le decía a mi mamá. Nos hacía reír con sus escándalos, cuentos y malandrerías.

Sigo mi camino. Detrás de un negocio que no identifico,  sigue la casita en la que fui a una fiesta, no recuerdo la verdad quién me invitó y por qué fui a parar ahí. Paso por el banco, antes llevaba otro nombre. Miro el edificio pequeño en donde vivía un muchacho que le gustaba a Marisol. Así como por casualidad la acompañaba a pasar mil veces por el mismo sitio hasta que se abría el portón cuando entraba un carro.

—Hola que casualidad que te encuentro, ¿cómo estás fulano? (Ya no recuerdo su nombre). Por la calle de atrás, la residencial, vivía mi enamorado. Por esa también abríamos un hueco de tanto pasar, solo para respirar su mismo aire.

Qué manera de vivir  sin propósito. Paseando de aquí pa´ allá en esa calle.  Me resulta tan cercana pero ya no reconozco a nadie… Me detuve a contemplar el pasado y el presente de ese lugar, de pronto cruzó la calle desesperado por entre los coches en movimiento un personaje fugaz que me pareció conocido. ¡Era Rubén! con quien bailaba buenísimo el timbalero y ganábamos premios de aires en los matinés por darnos los besos más largos del grupo que por calle o fiesta se armaban. La verdad es que no me importaba tanto respirar el mismo aire que él, pero me divertía con sus juegos de seducción. No alcancé a gritar su nombre, la verdad se notaba envejecido, qué le estaría pasando que corría con tanta velocidad, me pregunté. Sigue delgado y enérgico, pero sin aquella melenita que le gustaba tanto a las chicas, sin porte de galán, ni las gracias de entonces… se nota mucho mayor que yo, me dije; si me hubiese visto, él estaría diciendo lo mismo. Luego pasaron con sus sombrillas para resguardarse del sol  tres viejitas, sé que van a la iglesia todos los días, no sé cómo se llaman, ni cuáles son sus familias, pero las conozco de siempre y me reconocieron con cariño. Se detuvieron a contarme cuanta anécdota recordaron, me pusieron al día. Las despedí diciéndoles que estaban igualitas, les  pregunté la edad, cuando yo contaba los 14 años ellas también tenían menos años y sin embargo siempre las vi viejitas, beatas, buscando qué hacer para matar el tiempo.

Debo continuar mi trayectoria, llegar a la prefectura a buscar mi partida de matrimonio antes de las 12 del mediodía. Casualmente me topé con  la calle en la que transcurrieron veinte años de mi vida. Llevo recorridos veinte más en otras calles, con otra gente. En esta siento tanto mis  raíces, mi parroquia, que me dan ganas de volver.  

Calle Orituco,  Uritu-cu se refiere al nombre de un río que pasó alguna vez por allí y ese río a su vez se llamó así porque pasaban bandadas de papagayos que alborotadas hacían bulla hasta ensordecer… Una viejita me dijo una vez saliendo de una misa de aguinaldo que escuchara esos papagayos que cantaban porque quedaban pocos. Ya no hay ni rastros de ellos solo el nombre de la calle que a nadie le refiere aquel tiempo lejano en el que todo era boscoso y habitado por abundantes papagayos. Orituco significó alguna vez aquellos papagayos, ahora significa: la calle Orituco. Tantas vidas, tanta gente. La calle Orituco no nos olvida ni nosotros a ella. La memoria  de la plaza Las Flores se perdió en el boulevard que está más adelante en el paso a la prefectura, ya nadie la recuerda. Hablando de eso, ya llegué. Solicito mi partida de matrimonio, muchos otros esperan la de nacimiento y algún deudo una de defunción.

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