Guadalupe
Para mi tía Hilda†
Un pitido constante y el sonido de un respirador acompañan cada latido. Sus labios están secos e hinchados y se le hace pesado respirar el aire esterilizado de la habitación. No quiere abrir los ojos, pero el llamado desesperado de su hermano la obliga a hacerlo. Sonríe. Cuánto ha querido siempre a ese hermanito. Él la mira con el mismo amor. Siempre fue tan guapo, un negro pintado. Le gustaba hacer ejercicio, sobre todo nadar. Abrir los ojos la hace sentir vieja, pesada, dolorida, presente en una realidad de la que ha huido durante varios días. Su hermano le acaricia el cabello y ella luego de tragar con dificultad va cerrando los ojos como si fueran persianas.
*
Amaneció temprano. Estaba despierta antes de que su mamá le pidiera levantarse. La ansiedad y el anticipo al viaje la habían hecho despertar muy pronto. Su hermano sí tenía el sueño más pesado. Mamá lo vistió dormido pero ya en el auto, luego de pelearse por la ventana tras el puesto de ella, estaban contentos de haber llegado donde las tías para empezar por fin el viaje a la playa. Las dos esperaban con sus bolsos y ropa adecuada. Al subir, el asiento se volvió pequeño. Por eso su hermanito se subió al espacio que quedaba entre el vidrio y el asiento trasero del carro y durmió todo el camino. Ella iba entre las dos tías que se concentraban en hablar con sus padres. Su tía Hilda era la que siempre se emocionaba más por ir al mar. En el auto estaba distraída, tarareaba una canción que se escuchaba en la radio y miraba por la ventanilla, anticipaba el momento diciéndole que al llegar no debía salir corriendo, había que al menos quitarse los zapatos. Rieron las dos porque sabían que sin importar nada iban a correr tras las olas mientras los demás se ocupaban de bajar lo necesario.
Al llegar al mar, su tía tomó una posición que a ella le gustaba imitar. Miraba hacia el cielo y parecía respirar profundo con los brazos en jarra. Lo hizo por un instante y luego se fue persiguiendo a su hermano que jugaba a entrar y salir de la arena húmeda mientras gritaba: “Allá voy”. Observó a sus tías atentamente. Una se sentó plácida a mirar las olas, estaba a gusto fuera del agua. Su mamá había llevado comida y la disponía de manera en que fuera muy fácil tomarla cuando llegara el momento. A ella también le encantaba el mar, solo que no le gustaba pasar de la orilla. Pero su tía Hilda y su papá eran otra cosa, parecían delfines. De hecho, sin poder aguantarse más, corrieron salpicando agua hasta comenzar a saltar olas. Papá comenzó a nadar de esa manera particular, con la cabeza afuera y sacudiendo agua con cada brazada, su tía Hilda en cambio, se dejó llevar a capricho de las olas. Ella observaba de lejos como su tía subía y bajaba, se alejaba y se acercaba flotando sobre el agua. No estaba ni un poquito asustada. Al contrario, desbordaba felicidad. Desde dentro la llamaba, la invitaba a entrar y a flotar en el bloque azul que reventaba en espuma pero ella tenía miedo y prefería jugar con su hermanito en la orilla.
De vez en cuando volteaba a ver a su tía. Parecía ingrávida y en ningún momento cansada de dejarse arrastrar por esas olas inmensas.
Comieron todos, la única que no lo hizo fue Hilda pero la tía Amalia no le dio importancia diciendo que ella era así, al entrar al mar no le daba hambre ni sueño ni nada. Solo le importaba flotar.
*
Abrigada y envuelta pelea con los cables que no le permiten moverse a gusto. Manos ajenas le arreglan el cuerpo en la cama, pero sigue sintiéndose incómoda. Se nota que no es allí a donde quiere estar.
Ver a su tía allí le da pena. Sin proponérselo recuerda ese día especial en que su tía la enseñó a flotar. Vuelve a pasear la mirada por la habitación y por el cuerpo inerte de su tía. No poder hacer nada la hace sentir inútil… está de pie a un lado de la puerta de la habitación congelándose de frío, el doctor dice muchas cosas que nadie entiende. Se cruza de brazos, está lejos la niñez pero la impotencia del instante la trasladan de nuevo hasta ese momento en que con el corazón aleteando de miedo y expectación se adentraba al mar con su tía quien con sus manos en la espalda la dejaba sola entre el agua y el cielo por unos breves minutos, luego ella, ansiosa y entre risas de nerviosismo corría a la orilla donde se sentía segura. Verla inmersa en cables y máquinas ha hecho que reviva completo ese día olvidado en las gavetas de su memoria. Decide imaginar el momento inevitable que se aproxima de otra manera, convencida de que es la única forma en que puede ayudar a su tía. Así que allí, de pie, a un lado de la puerta de la habitación, cierra los ojos.
Aún sin abrir los ojos la luz amarilla que traspasa sus párpados le dice que está donde tanto tiempo ha querido ir. El cielo no tiene nubes, es de un azul intenso y brillante. El agua está tan clara que puede ver sus pies ser mordidos por pequeños peces. Avanza, el cuerpo no pesa, es ligero, flota, flota cada vez más alto, más suave. Alguien le da un beso en la frente y ella desde lo alto de las olas saluda, no le duelen las rodillas, de hecho se mueven perfectamente, como siempre. No tiene frío, el día está cálido, azul, las gaviotas hacen mucho ruido.
La niña saluda a su tía que ha vuelto a ser joven y levanta su mano por encima de la gran ola que la sostiene. A lo lejos, el hermano de la niña también saluda, ya no es el mismo niño que le tenía miedo al mar, de hecho no se parece en nada a ese niño, pero ella sabe que es él porque sus dientes blancos resaltan contra el sol. No hay miedo en su actitud, al contrario él también tiene un lugar en lo alto de las olas y parece estar muy a gusto cuando desaparece en lo azul.
—Nos vemos —le dice la tía a la niña que la observa desde la orilla. Suena una canción que le gusta y distraída, empieza a tararear.
