PALABRA SECRETA

Un día como todos

Guadalupe

 Aún con un bostezo en puertas encendió la luz de la cocina. Unas cuantas chiripas entretuvieron su atención. Luego de deshacerse de ellas, inició las labores del día. Comenzó con el desayuno. Mientras rellenaba el pan, recordó la cita en la peluquería. Un terrible chispazo  producto del corte de la electricidad, le advirtió que el  cuchillo quedó olvidado  en el microondas. El humo le produjo un poco de tos. Decidió apurarse, faltaba poco para que Pedro se levantara. Cuando fue a la ducha,  advirtió que la conserje ya había suspendido el  agua y tuvo que vestirse sin el baño matutino. El ascensor no funcionó, así que maldijo su suerte mientras bajaba las escaleras llena de carpetas y enfundada en sus altos tacones. Mientras trotaba  hacia su auto se tropezó y cayó de bruces por lo que su media se  rompió en el acto.

Molesta por tantos percances, se subió a su compacto. Dejó que su mente recreara  el momento de relax que le esperaba en la peluquería para mimarse un poco, al final de la tarde.

Al llegar a la oficina se encontró con una delegación de extranjeros desorientados. Varios especímenes que provocaban risa, un norteamericano que le daba la mano a quien se le pusiera en frente mientras de su boca salía el acostumbrado -“Nice to met you” Un trío de japoneses miraban a todas partes y tomaban fotos con sus cámaras automáticas y un par de ingleses  observaban la pequeña oficina con aire crítico.

 Los japonecitos le saludaron  de modo muy peculiar,  el inclinado gesto de sus cabezas le  hizo sonrojarse y maldecir una y mil veces el no haber ido a cambiarse las medias rotas.  Resultó que la agencia de viajes no consiguió el mini bus y tuvo ella misma que encargarse del grupo. La primera tarea fue  llevarlos a conocer la ciudad luego de hacer varios viajes en su compacto. Para colmo le  tocó calmar a los japoneses por haberse quedado encerrados en el ascensor del centro comercial,  llevar a todo el grupo a comer, sostener las compras e incluso tomarles fotografías. Ya al borde de sus fuerzas se acabó el día y los “turistas” volvieron al hotel. Entre bostezos,  llegó a la peluquería.  ¡Por fin!

El ambiente era interesante, la música de fondo, el aire a temperatura agradable y las butacas de espera invitaban a relajarse. Las mujeres parloteaban sin cesar y reían como un grupo de gallinas.  Una  aprendiz  de peluquería, un poco tímida y con deseos desesperados de agradar, deambulaba con  una bandejita de café, sonriendo  con aire encantado.

Finalmente llegó su turno. La estilista  propuso algunos ingeniosos cortes de vanguardia y con tijeras y ganchos en mano dio inicio a su  trabajo. Su cabello comenzó a ser  estirado en distintas direcciones, mientras, sumergió sus pies  en agua tibia lo que le proporcionó gran tranquilidad. En sus manos, la manicurista se esmeró para estampar una obra de arte.

 Pero mientras las expertas trabajaban, ella  evitaba mirarse en el espejo, una vergüenza insoportable la lleno entera. Decidió disimular, para que la mujer  ocupada en su cabello no  lo  advirtiera.  Es que para terminar de descomponer el día, estaba sudando más de lo normal.

Las gotas de sudor  le mojaban más debajo de las axilas. ¡Peor aún!, corrían por su espalda y empapaban la capa y la toalla. Mientras tanto, en  su frente se desparramaban hacia las mejillas,  sin control. Tanto, que se le corrió el maquillaje. El entrometido líquido le bajaba por las piernas en forma tan inoportuna  que estaba a punto de  derramarse la pipeta  de la pedicure.

Casi en shock miró  a todos lados.  Nadie parecía notar lo que le pasaba, todas continuaban interesadas en decir primero el último chisme de moda de las estrellas de Hollywood.  

Mientras se concentraba en distraer a la manicurista para que no advirtiera lo que ocurría con sus pies, se dio cuenta que  el reproductor estaba descompuesto,  la música dejó de ser agradable. En su lugar cantaba una chicharra.

Un escalofrío hizo que se estremeciera, hasta llegar a sus pies helados. Se le hacía difícil respirar con normalidad.  Era bochornoso todo aquello. Justo en ese  momento sintió ganas de reírse sin control.  Aún reía cuando abrió los ojos y de un manotazo tumbó el insistente reloj para luego enrollarse  de nuevo en sus sábanas, es que definitivamente se quedaría diez minutos más… Hoy,  sería un día normal, un  día como todos…

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