Guadalupe
A JM
Se levanta el día. Los pájaros saludan el amanecer con trinos y alboroto. Yo salgo de la cama presurosa porque tengo que ir a trabajar. Me muevo con ligereza por la cocina, hago el desayuno. Despabilo al hijo para que se aliste. Luego comemos en silencio. Un silencio que crece con los días y ya se asemeja a una pared. El niño de quince y yo nos hemos convertido en un par de extraños. Él me sonríe desde su mundo y yo hago lo mismo pero no me atrevo a nada más.
Salimos diligentes a tomar el auto para que él vaya a su colegio y yo a mi trabajo. Nos despedimos con apenas un movimiento de cabeza y me meto en las honduras del día. Es momento de enfrentar las ocho horas de carrera diarias. Mientras transcurre la mañana, me siento ansiosa. Me pregunto ¿qué hago en ese lugar? ¿Vale la pena tanto esfuerzo por tan poca paga? Mientras estos pensamientos martillan mi cabeza atiendo, alabo, me finjo contenta y camino incansablemente de un lado a otro para atender todas las demandas de las personas que se acercan a la tienda.
Durante un momento de tranquilidad, vuelvo a pensar en el extraño al que acompañé al colegio en la mañana. Vuelvo a pensar en mí. Soy toda una malabarista, hablo con la propiedad de una erudita en tallas, colores y combinaciones, como si eso me importara. Sin embargo, siento que soy incapaz de comunicarme con ese ser que forma parte de mis pensamientos. Quiero acercarme a él y siento que algo me lo impide. Cada vez que lo intento levanta sus ojos y me dice que no me va lo que digo. Luego se burla de mí. Hasta ahí llega el intento de comunicación. Se abre un abismo enorme, sin embargo, desde allá, desde su lado, dibuja una sonrisa y me tranquiliza.
Al final del día no soporto los zapatos y los lanzo a volar desde la puerta de entrada a la sala de la casa. Mi mirada vaga perdida y advierte en el techo una filtración que ya se está comiendo la mitad de la pared, no sé porque no me di cuenta de eso antes. Decido no hacerle caso porque me urge otro asunto. La música encendida a volumen máximo sugiere que la criatura ya está en casa. Por supuesto no advierte mi presencia. Me acerco a su santuario y lo profano al entrar. Él me mira con sus ojos color miel entornados, hay una interrogación en esa mirada. Trago para abrir mi garganta que se volvió un nudo de repente. Mi amado extraño me mira con curiosidad. Tengo las palabras dibujadas en la mente, me imagino diciéndolas y me encuentro más bien ordenando su portalápiz, la mirada ya impaciente del adolescente me sigue con exasperación. Quiero decirle que me alegro de verlo y que aunque no soporto esa música estruendosa me la aguantaré por él, quiero decirle que me importa todo de su vida y que no me provoca reprenderle por cada zapato regado y por cada prenda arrugada que encuentro en el piso. Quiero darle un beso. Vuelvo a tragarme las ganas y escucho que mi boca indica:
—Recoge todo lo que dejaste tirado al llegar… prepárate para comer, espero que hayas hecho la tarea, ¡Ay de ti si no es así! —salgo con dignidad de la desordenada estancia y me meto de lleno con la cena.
Una presencia me advierte que el otro habitante de la casa la transita como siempre descalzo. Murmura algo entre dientes, presto atención a ver si puedo saber de que se trata. Pero no entiendo nada. De pronto se encuentra muy cerca de mí y comienza a hablar pero la cortina de su música impide que entienda lo que me dice, le pido que la quite para poder oírlo y cuando finalmente lo hace me mira anticipando mi regaño, escucho lo que me tiene que decir
—Tienes que ir al colegio, por algo que hice —se prenden todas las alarmas de mi mente ¿Qué hizo? Me molesta tanto que me suben vapores por la cara—. “fulanito” —no presté atención al nombre—, dijo que eres una puta y yo le metí sus coñazos.
Quiero reprenderle como corresponde, sé que no es bueno que se pelee con nadie, contrario a eso siento ganas de reíme a carcajadas y aunque de momento no salen de mi boca, mi cara debe parecerle graciosa porque me pregunta
—¿De qué te ríes?
No puedo contestarle, río con demasiadas ganas y es como un alivio a todas las tensiones del día, oigo sus carcajadas, él se ha contagiado aunque no sabe que fue lo que me provocó el ataque, sé que lo hace por reflejo, aprovecho lo liviano del momento y le acaricio el cabello que lleva largo y descuidado. De inmediato hace un gesto huraño pero aún sonríe. Retomo la seriedad que corresponde a una madre y le digo
—Eso está muy mal hecho ¿Lo sabes verdad?
Pero ya no tiene caso, él ha vuelto a su música y a su mutismo, desde el velo de su lejanía procesa lo que le digo, asiente. Yo lo miro interrogante. Mañana tocará llegar tarde al trabajo. Iré y tendré que soportar la perorata de todos los profesores sobre su comportamiento. Lo disculparé, me comprometeré a que mejore las notas y su impulsividad.
La calle duerme hace rato. Yo miro el televisor y casi no escucho lo que dicen en la película, en realidad no le presto atención. Me levanto con pereza del sofá. El chico duerme. Me impresiona cuanto ha crecido, apenas cabe en esa camita. Los olores mezclados de ese cuarto me hacen arrugar la nariz, todo indica que cada vez falta menos para su paso a la adultez. Sorteando uno que otro zapatote me acerco a observarle. Su cara está relajada y tranquila, abraza la almohada. Parece soñar con algo hermoso. Me atrevo y beso su frente. Él se mueve y murmura algo en sueños, me parece que es “Valentina” así que aguzo el oído “…No te molestará más Valentina” Apago la lámpara auxiliar y me quedo a oscuras.
¿Qué pasaría con Valentina? ¿Sería por ella por quién se peleó? ¿Será verdad que su compañero dijo eso de mí? Hay tantas cosas que quisiera preguntarle. Miro el bulto de su cuerpo moverse aún en brazos del sueño y por los bordes de mis ojos saltan algunas gotas presurosas a inundarme la cara. Le lanzo un beso, quizá mañana me atreva y se lo dé mientras estemos desayunando. Es posible que le pregunte por Valentina…

Un silencio lleno de interrogantes… suele pasar muchas veces. Buena historia!!!
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Así es… gracias por.comentar
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