Guadalupe
La lluvia fría se siente como espinas en la piel. Camino bajo ella, porque quiero lavar mi alma de tanta decadencia. En la calle las personas corren, parece que tuvieran miedo de mojarse. Me detengo un momento a mirar. Un hombre trata de cubrir a una pequeña niña que saca la lengua para que las gotas de lluvia le entren a la boca, la madre la reprende y corre para taparla con una manta. La niña saca su manita por debajo de la cobija y logra que unas gotas de la llovizna se depositen en ella. Algo de esa cotidiana escena me hace estremecer. Sigo mi camino.
Una mujer que acaba de salir del salón de belleza, mira con angustia hacia el cielo que parece enfurecido. Retrocede unos pasos tratando de tapar su cabeza porque ahora el agua caprichosa, empujada por el viento parece ir por ella, entra resuelta de nuevo al salón poco dispuesta a perder su peinado. Unos metros más allá dos mendigos celebran con una danza la misma agua que hizo espantar a la vieja. Se restriegan el cuerpo y uno toma un envase de la calle para ayudar al líquido a recorrer su humanidad, parecen complacidos. En la misma calle, se celebra un improvisado partido de fútbol. Los jugadores parecen no advertir que llueve, el balón vuela de un lado a otro adornado de sucias gotas.
Comienzo a sentir frío. Mi cuerpo empapado tiembla sin control, aún así sigo caminando, no quiero pensar en nada. Las horas avanzan y en medio de la tormenta llega la noche sin permiso. Sopla una brisa helada, que me hace extrañar el calor. Mis pasos siguen un rumbo inconsciente. Acabo de darme cuenta a donde me llevaron. Adentro, está todo muy confortable, él me mira por la ventana y corre a abrir la puerta, aunque lo disimula con rapidez asoma a su mirada la preocupación. Apenas me deja reaccionar cuando me abraza para confortarme. Sus ojos están llenos de dolor. Los míos, de hastío.
He vuelto de un tiempo donde anduve sin pies. Él no comprende lo que le digo, no me escucha. Prepara café y evita mirarme, coloca una taza humeante frente a mi cara y me da la espalda. Cuando estaba bajo la lluvia, mis lágrimas se confundían con las otras gotas, ahora no, fluyen indecentes por mi cara. No puedo seguir con esto, no puedo. Trato de decirle que lo siento, pero mis palabras se mueren en la garganta. Han sido años de caminos, unidos a la fuerza. Años de ese deseo consciente de ampliar lo que unimos. Nada de eso importa ya. Yo solo quiero caminar, irme. Es un sentimiento que solo puedo comparar con volar. Quiero volar.
Ninguno de los dos dice nada. Sus ojos tristes me penetran, apoya su cuerpo por un momento en la encimera y parece que va a iniciar una conversación pero, contrario a ello toma mis manos temblorosas y las lleva a sus labios. Inesperadamente sonríe. Yo miro a mi alrededor, nuestra casa es hermosa. Hay gente, mucha gente que desearía lo que quiero abandonar. Él se arrodilla ante mí. Apoya su cabeza de cabellos sedosos en mi regazo, parece un niño que busca protección. Lo acuno en mi pecho, quizá tenga que pensarlo mejor, aunque el último intento casi me deja estéril. No sé si alguna vez llegue a abultarse mi vientre. Si logre alguna vez ser esa madre preocupada por tapar a la niña de la lluvia, en la familiar escena que me hizo estremecer.
Aún llueve copiosamente afuera y adentro. Un lamento muy quedo distrae mi atención. El pequeño peludo que me regaló con un moño rojo hace unos días, aún no aprende que no puede hacerse en la alfombra. Pienso en el perrito y se me dibuja una sonrisa en la cara.
Me muevo discretamente y vuelvo a encontrar su mirada, pero ahora sonrío. Quizá con el tiempo pueda reflejar en mis ojos un poco de eso que descubro en los suyos, quizá la vida solo sea desear siempre algo más…
