PALABRA SECRETA

A 5.817 kilómetros de distancia

Guadalupe

Extrañamente serena camino por la calle mientras veo alejarse los últimos 18 años de mi vida. Ese autobús lleva una carga preciosa, adorada durante años. Lleva sonrisas, amor, dos maletas y una cabeza llena de proyectos que de hoy en adelante se desarrollarán lejos de mí. Lleva una almohada y una funda en la  que escondí una carta y un paquete de galletas que compré con lo último que me quedaba en la cuenta bancaria. Ese autobús no sabe lo que se lleva…

Ya en casa tanto vacío agobia. Su cuarto permanece igual como lo dejó, intentar entrar es una misión suicida, es como entrar en un agujero negro del que estoy segura no podré salir,  así que prefiero cerrar la puerta e ignorarlo.

¿Por qué?

¿Por qué no está aquí mi muchacho?

Porque tenía sueños, deseos, inquietudes y aquí se estaba apagando como una llamita triste… porque  quería andar en la calle,  quería hacer tantas cosas y  aquí tenía que esconderse de la policía. Últimamente en este país es un delito ser joven y llevar mochila.

Hoy, allá lejos a 5.817 kilómetros  de distancia,  trabaja 16 horas al día,  pero cuando me llama lo escucho feliz. Entre risas me cuenta sobre las diferencias en las formas de hablar  y como mueren algunas bromas en su boca porque no las entienden sus nuevos amigos.

Hoy me dice que me extraña pero que no quiere volver, que quiere que yo vaya un día y me quede a vivir con él. Me dice que el mar es frío y la arena es gruesa,  no es blanca o suave como la de Morrocoy. Lo que no sabe es que yo también extraño la playa porque desde que fui con él no he vuelto a pisarla nunca más.

Lo que él no sabe es que yo también extraño el país que dejó aunque sigo aquí, trabajo aquí y «vivo» aquí. Extraño el país que él dejó, el país de cuando era pequeño y viajábamos felices a la playa, el país donde celebrábamos las piñatas y los cumpleaños corriendo por la casa de la abuela y los fines de semana eran para jugar Scrabble con esos viejos sin saber que luego los besos y los abrazos se los daríamos a la pantalla. 

Hoy me llama y me hace reír,  nos hacemos reír como siempre y soy feliz cuando lo veo tan contento. Por  las noches sueño que duerme en su cuarto,  aún está en el colegio. Se levanta a colar café mientras yo me distraigo en el cuarto y desayunamos juntos medio apurados por la  hora que es, pero el sueño se acaba, no quiero abrir los ojos pero  sé que era solo eso,  un sueño. 

Cuando amanece en el país donde vive ya es hora de almorzar así que le envío la bendición y le deseo buen provecho. Me  levanto a colar café y nado en la  soledad que se vuelve sólida en mi garganta, aunque cuando lo vea me sienta feliz de que esté contento y nos  hagamos  reír como siempre. 

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