Miguelino
La luna puede contarte miles de historias, es mucho lo que ha visto. Pero antes de que ella te las diga, te diré yo la mía.
Es curioso como las cosas que veíamos tan normales adquieren otro tono cuando ya no es el sitio que conoces, al que llamabas hogar.
La luna está de testigo. Fue mi fiel amiga en mi errante viaje hasta ti. Ella me acompañó.
El chirrear de las ruedas de mi maleta, el sándwich que me preparé antes de salir, la última ojeada a la vida que conocía, todo lo que marcó el fin de ese momento estuvo bañado de ella. Fue la luna la que me vio llorar en silencio mientras arrancaba las raíces que tenía en el cuerpo, y con su tenue luz acariciaba mi mortuoria alma, me vio reír, llorar y temer a un mundo nuevo para mis cansados ojos.
La historia cambia la hoja pero los protagonistas ni lo sienten. El asfalto se vuelve extraño desde los ojos turistas. Es curioso como cada edificio parece estar hecho de magia y vibrante vida cuando lo ves todo por primera vez, esas emociones inciertas, esa excitación de viajar por primera vez nunca se olvida. Incluso cuando ya llevas años viviendo fuera, pisas un futuro lleno de extrañezas en ese lugar al que jamás creíste viajar.
