PALABRA SECRETA

Reflejos

Guadalupe

                 La imagen del espejo no me disgusta. Me incomodan un poco  esas  protuberancias que se me ven por encima de la blusa, aparte de eso todo está bien, excepto por  mi nariz. Es un poco grande, si fuera  más pequeña mi rostro sería bonito.

                El dolor hizo que despertara de golpe.  Un río rojo bañó mi cama. Traté de ocultarlo pero ¡Oh! Qué vergüenza mamá corrió por toda la casa diciendo que yo había pasado de niña a mujer. Sentí ganas de volverme tan pequeña como una hormiga.

Mi cuerpo se ha transformado en forma perceptible.

 En secreto me miro al espejo, me gusta lo que veo, me gusta tanto, que deja de ser un secreto,  y lo declaro abiertamente, amo mirarme al espejo. Adopté la costumbre de cargar uno en mi bolso y en cualquier lugar donde pueda verse mi reflejo reviso mi apariencia, no solo eso, me tiro besitos y hago muecas para resaltar lo divina que estoy.  A veces es una actividad compartida con mis amigas, que siempre coinciden en que soy la más bonita del grupo, modestia aparte.

A todas nos atrae espiar a los varones, a mí me gusta ver como se reflejan sus músculos en el espejo, por eso también lo uso como si fuera el retrovisor de un carro, es una excelente herramienta para mirar lo que no puede ser visto directamente. Mis amigas se ríen de mi ocurrencia pero me imitan. He sabido  por algunas de ellas que  los muchachos admiran mis pechos, los comparan con frutas tropicales y mi novio dice que mi trasero es el mundo.

*

                Soy un atado de nervios ambulante, por eso he evitado mirarme durante casi todo el día. No quiero asustarme con la cara de loca que debo tener. Finalmente no he podido huir más. Me cuesta reconocerme. Tras varios kilos de maquillaje y un traje blanco con corte  princesa, se ocultan los nervios de esta gran decisión. Ya no tengo once años, ni quince, ni diecisiete.  Soy toda una mujer de veintidós  decidida a formar una familia. Casi no reconozco a la del espejo. Tuerzo el gesto en una sonrisa y me veo, sí, ahí estoy.

*

                Es imposible dejar de admirar lo inmensa que estoy. Amo mirar mi barriga, sobarla, me gusta como se ve la ropa apretada sobre ella, el espejo casi siempre devuelve mi sonrisa plena, llena de esperanza, de ilusión. Me encanta mirar a través del espejo cuando casualmente mi vientre hinchado se retuerce y demuestra que le queda poco espacio a la criatura que vive dentro. El orgulloso padre me acaricia con ternura, a los dos nos hace mucha ilusión.

*

                Hace doce años que estoy casada, mi marido evita mirarme, yo evito mirarlo a él, ninguno de los dos dice nada. Con el tiempo mi cuerpo y mi cara han sufrido transformaciones. Me refugio en la ropa y en los tacones, sé llevar muy bien cada prenda. Me miro poco al espejo que tengo en el bolso y de vez en cuando me apruebo en algún cristal de la calle.

*

                Camino presurosa por la acera. En mis pisadas está el sabor de lo prohibido. No hay espejos a donde voy. Solo su mirada me refleja. Él no sabe cuánto amo su piel lozana y sus rizos de ángel. Nunca he sentido  culpa. Tengo  cada vez menos ganas de que su piel se separe de la mía. El encuentro termina cuando llega la hora de ir por los niños, entonces le robo un beso y lo dejo rendido de gozo en la cama de ese hotel cualquiera.

*

                Sin querer he dejado escapar un suspiro. No entiendo porque mis ojos se anegan de líquido. Resulta espeso y pegajoso. Está algo oscuro. Hace unos dos años que mi marido murió y de aquél ángel lozano que me regalaba su cuerpo solo quedan remembranzas. Me consuelo fumando cajas y cajas de cigarrillos que guardo sigilosamente bajo la almohada para que mis hijos no se den cuenta. Poco a poco mi cerebro ha fabricado la respuesta al llanto, mi hijo mayor me ha dicho que tengo que salir de casa, que no puedo seguir sola aquí. Quieren que vaya a vivir con mi hija.

                Me levanto de la cama con pesadez, no quiero hacer eso que me dicen. Al caminar tropiezo con mi espejo de siempre, el mismo donde solía mirarme mientras acariciaba mi barriga hinchada por dos veces. Me quedo de pie allí, con mi cuerpo flácido y demasiado delgado. Lo que veo me sorprende, una desconocida hace las mismas muecas que yo. Toco la imagen que me devuelve, palpo mis arrugas y vuelvo a llorar.

                Alguien tira de mi vestido  de corte demasiado juvenil para mi edad, la niña sonríe y es como verme a sus años.  Su moreno rostro enmarcado en el castaño cabello que llega hasta su cintura me mira interrogante, no entiendo la pregunta que me hace porque he vuelto a concentrarme en la mujer que  se refleja delante de mí. Decididamente no soy yo, me desconozco. Yo soy la morena bonita, la admirada por las amigas, la de grandes atributos, trasero redondo y senos que evocaban frutas tropicales, la que solía usar tacones hasta para dormir, la que alivió la tensión del matrimonio en camas de hoteles baratos con ese ángel transparente al que llegué tarde.  Soy la madre estricta y amorosa, la esposa paciente y la dueña de casa organizada.

No… eso…

                Me miro por última vez,  nunca más lo haré. Prefiero mirar a mi nieta, que es mi vivo reflejo. Paso mi mano por su hombro y la miro sonreír. Trato de ajustar mi paso al suyo, o ella al mío.

Abandono mi casa y mi suerte, sigo siendo yo.

Deja un comentario