Guadalupe
A mi tía Dilia
Va siempre maquillada y con medias panty. Luego del almuerzo toma un baño y se sienta en su tocador. Maquilla su rostro con especial esmero, cepilla su cabello y se coloca aretes a presión en sus orejas. Pulseras en sus muñecas y una sortija. Toma un vestido de poliéster o un conjunto de pantalón con bota ancha y se calza unas cuñas.
Mientras se acicala me permite jugar con sus cosméticos. Observo cómo dibuja sus ojos y echa rubor a las mejillas. También me gusta cómo huelen los coloretes y cómo suena la cajita de polvo cuando la cierra, todos tienen letras doradas, aunque algunas ya no están. Los productos chocan entre sí dentro de la bolsita de maquillaje y ese sonido también me gusta. Lo último que hace mi tía es pintar su boca de rojo mate, lo hace con especial cuidado. Algunas veces, cuando está de buen humor, pasa la barra de pintura por mis labios y me indica cómo moverlos para que queden bien rojos.
Al terminar de arreglarse camina con parsimonia por la casa hasta llegar adonde realmente quiere: el quicio de la verja que franquea la entrada al jardín. Yo la acompaño. A veces vamos tomadas de la mano. Cuando llega, lo que pasa a su alrededor deja de existir. Coloca sus manos entrelazadas sobre la media pared y deja vagar su vista por la calle. En ocasiones asoma la cabeza para mirar quién viene por la acera, saluda con cortesía y sigue ahí, de pie. Otras veces su mirada se pierde en algún recuerdo. He probado quedarme con ella, pero me aburro, por eso prefiero irme a ver la tele que mi abuelo enciende en la sala o jugar con mis primos.
Mis primos y yo jugamos casi siempre en el jardín, muy cerca de donde se para mi tía. Si la pelota le pega en las piernas, ella la espanta como si fuera un bicho y no dice nada. Si mis primos trepan a la verja y la molestan para que quite sus manos, ella lo hace, y una vez que han pasado por el muro, vuelve a su posición, como si nada hubiese interrumpido su gesto contemplativo.
Hay días en que pienso que mi tía está muy sola. Por eso dejo de jugar y me acerco a ella, trato de conversar, busco dos sillas para que se siente conmigo mientras vemos pasar las horas frente a la verja. Ella no se sienta y tampoco me presta atención. La llamo, le halo el vestido, engarzo mis manos a su cinturón. Nada da resultado, el asunto no pasa de una media sonrisa vacía, algunas palabras reprobatorias por haber movido las sillas. De nuevo me aburro y la dejo ahí como siempre, sola.
Mi abuela nos llama a cenar. Entramos a la carrera y nos peleamos por los panes rellenos con mantequilla y queso, servidos en montón junto a varios vasos de leche en la enorme mesa rectangular. Por un momento no se oyen voces, tenemos la boca llena. Desde la cocina puede verse para la calle, ahí está mi tía en su guardia eterna.
Está oscuro cuando por fin decide entrar. Camina hasta su cuarto, que es el del fondo. Lleva la cabeza gacha, parece triste. Antes de perderse tras la cortina toma una hogaza de pan y lo come en bocados muy pequeños.
No siempre mi tía va a la verja. Hay días en que no se quita la bata ni se maquilla; su cabello está enredado, llora y lanza cosas. Cuando está así me da miedo.
Hoy llegué y ya está en su lugar de siempre. Viste pantalones de poliéster azul claro, un suéter de cuello alto y sandalias de cuero. Apenas contesta nuestro saludo. Papá trata de apartarla del muro al decirle que le ha traído algo que puede interesarle, ella solo mueve los labios para decir hola y de nuevo mira hacia la calle.
Le pregunté a mi otra tía porqué mi tía Otilia es así. Me pide que la acompañe al cuarto de lavado, hay que atravesar el patio para llegar a él, aprovecho y correteo a las gallinas porque me gusta cómo hacen cuando están asustadas. Mientras tiende las sábanas me pregunta si quiero escuchar una historia, por supuesto que le digo que sí. Ella toma aliento y otra sábana…
—Fue hace tiempo. Tú no habías nacido cuando esto ocurrió.
Ella estaba casadera y un hombre la pretendía. Al parecer era muy correcto y siempre estaba bien vestido. Venía por las tardes a hacerle la visita y le obsequiaba alguna cosa. Entraban en la sala y conversaban o simplemente se quedaban en la puerta y reían a gusto. Ella aceptó unas pocas veces asistir a fiestas con él. Nosotros pensamos que pronto iban a comprometerse, era lo justo, pues las visitas ya casi sobrepasaban el año.
Tomó aliento y continuó:
Un día llegó este tipo y le dijo que no podría venir a verla durante un tiempo, porque algo importante en otro estado reclamaba su atención. Se fue con la promesa de que pronto regresaría para casarse con ella. Otilia lo despidió apoyada en el muro, él besó su mano y le sonrió, ella hizo lo mismo. Desde entonces espera.
Mi tía dejó de hablar. Me quedé con ganas de saber más, guardé silencio hasta que al fin pude preguntar:
—¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Qué le pasó a ese señor?
—A él nada. Está casado y tiene un montón de hijos. De hecho supimos que ese “algo importante” que tenía que hacer era casarse, porque había dejado embarazada a la que desde entonces es su mujer.
—¿Y ella?
—Aún lo espera.
—Pero ¿por qué?
—Porque es lo que eligió hacer.
Tomó la cesta de la ropa y la subió a un estante. Espantó al gallo de la batea y salió. Tuve que correr para alcanzarla.
Hace un tiempo que ya no jugamos en el jardín. Nos interesa más conversar o mirar las comiquitas en la nueva TV a color que mi papá le trajo a mis abuelos. De vez en cuando vuelvo mi cabeza para ver lo que hace mi tía Otilia. Parece una estatua, la brisa mueve su vestido rosado de corte en A, ella sigue esperando…
Hace días que me siento más adulta. No me provoca conversar con mis primos. Me parecen tontos, con esos brazos largos y esos cuentos exagerados. Me gustaría tener el maquillaje de mi tía, pero ya pasó el ritual del cuarto. Está junto a la verja, como siempre. Entorno los ojos un momento mientras la observo desde la puerta de la casa.
¿Cómo puede estarse quieta tanto tiempo?
Estoy de pie a su lado. Ya la he alcanzado en altura, así que nuestras caras quedan al mismo nivel. Entrelazo las manos y las coloco sobre el muro, juego a ser ella. Mi tía no se mueve ni un poco. Sus ojos parpadean y ven la calle. Mis piernas comienzan a hormiguear, sin embargo, no quiero moverme. La brisa es fresca y los árboles parecen susurrar. Mi corazón da un vuelco, mi tía me observa y sonríe, siento que estoy cercana a ella por primera vez.
Ahora cuando me acerco al muro ella me hace lugar y se queda absorta mirando la nada. Yo hago lo mismo y pienso mientras escucho a los árboles. Creo que la entiendo, los árboles mantienen una discreta conversación con nosotras, no hay necesidad de contestar, solo escuchar. A veces la brisa rocía gotas del sauce llorón de la casa vecina, otras, vemos caer almendrones en la acera, a ninguna de las dos nos molesta.
Con el tiempo las manos de mi tía han comenzado a temblar, no me explico cómo puede tomar los cubiertos y llevarse la comida a la boca con tal rebelión en sus extremidades. Parece concentrada en lo que hace. Se alimenta, se maquilla, se viste. Sus manos tiemblan. Cuando se pega al muro, las entrelaza con fuerza, al hacerlo frunce la boca. Nada parece perturbarla.
***
Me gustaba acompañar a mi tía en la verja. Lo recuerdo mientras entrelazo las manos y atisbo la calle. La casa está vacía. Papá la muestra al nuevo inquilino. Los viejos han muerto y Otilia está internada en una residencia: un lugar muy fresco, rodeado de árboles de mango, acacias, peritas y pesguas. He ido a visitarla, no habla mucho pero come las frutas, las comparte conmigo. Me alegra saber que ahí ha encontrado un amigo, bebe café con él por las mañanas y fuma cigarrillos. Y aunque en ese lugar no hay muros pequeños, eso no le impide mirar a lo lejos y escuchar a los árboles. Yo también los escucho cuando estoy con ella. Susurran canciones, palabras bonitas.

Simplemente hermoso..
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Muchísimas gracias. Tu comentario me anima a seguir. Muchos besitos
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