
José Manuel Baptista Arrieta (1995). Cabudare – Estado Lara. Estudiante de Geografía e Historia en la Universidad Pedagógica Experimental Libertador – Instituto Pedagógico de Barquisimeto “Luis Beltrán Prieto Figueroa”. Reside actualmente en San Diego – Estado Carabobo. “Lo que puedo decir, es que soy constante en cuanto a la lectura y escritura. Mantengo con ellas una relación muy abierta porque no me cierro ante nuevas lecturas ni nuevas ideas de escribir, además me sirve de refugio.
Ambigüedad
José Manuel Baptista Arrieta
No había pasado ni un cuarto de hora desde que Ana atravesó la avenida principal. De pasos lentos pero con una soltura irremediable. La mañana era fría y húmeda, en la calle anegada se amontonaba la basura que la lluvia de la madrugada había arrastrado. Los peatones caminaban presurosos para comenzar su faena y en las estrechas aceras los paraguas chocaban entre sí.
Ana había tenido mala noche, un sueño extraño la mantuvo en vela las últimas horas de la madrugada; recordó haber visto aquel rostro de su sueño en un par de ocasiones, al cruzar la angosta vereda que la llevaba a casa; era un rostro raído, sumido en tristeza, de apariencia noble y entrada en años, piel tostada y anchas cejas. Le producía temor y a la vez complacencia. En su sueño, el sujeto le sonreía como si esperara de ella alguna respuesta lasciva o importante.
Por momentos, recordaba el sueño como parte de un episodio de su adolescencia; le vino a la mente el bachillerato, su amiga Isabel y las tardes en que dejaba pasar las horas en los brazos de Andrés. En otro momento, la realidad, la mañana lluviosa, gente apresurada, basura amontonada en la calzada, ruidosos carros transitando las avenidas y su reloj de pulsera que le arrancaba el tiempo de pensar, porque llegaría tarde, de nuevo.
Se detuvo en la parada del autobús, a su alrededor había un grupo de tres hablando entre sí frente al quiosco de un viejo italiano, una señora cubría de la lluvia a un niño. El autobús se detuvo unos metros más delante de la señalización, Ana con una ligera mueca le mostró su descontento al chofer, este ni se inmutó. Al terminar de subir el estribo y avanzar dos pasos dentro del autobús, vio aquel raído rostro de su sueño en la tercera fila de asientos, justo al lado de la ventana.
Recordando el episodio onírico de la noche anterior, decidió sentarse junto al sujeto, algo aterrada de por sí. Este, al percatarse de la compañía de la mujer, la miró un instante y volteó para seguir viendo por la ventana; la lluvia que caía de soslayo entraba y mojaba al sujeto. Ana no sabía cómo dirigirse a él y decirle que su rostro apareció en su sueño. Tras un breve abrir y cerrar de ojos, le habló:
—Buenos días —dijo ella.
—Buen día— respondió él, secamente.
—Me parece conocerlo de algún lado ¿No es así? —preguntó Ana.
—Sí, de tu sueño de anoche —dijo el hombre.
Ana, aterrada, intentó responderle pero su voz había desaparecido presa del temor, solo gesticulaba incomprensiblemente. Éste, al percatarse del miedo que infundió a la chica, le dijo:
—No te preocupes, la muerte no siempre viene a jugar ajedrez con los seres de un día. A veces me gusta ver lo idílico que resulta ser perderse en un recuerdo, en el hilo de una historia, en la memoria del pasado.
Justamente el autobús se detuvo en una parada y el sujeto bajó afanoso, como el resto de los pasajeros que allí se quedaban, la chica lo siguió con la mirada hasta perderse. El sujeto, al bajar, le sonrío desde afuera y gesticuló algo que ella no entendió. Cuando el autobús arrancó y Ana lo perdió totalmente de vista, sintió una ligera satisfacción pero también un ápice de tristeza, se preguntaba si volvería a ver aquel rostro raído, intranquilo, silencioso. Que afirmaba ser la muerte. A la vez se sintió como si soñase de nuevo, pero descartó esa idea al momento que le vino a la mente.
Esa noche, Ana durmió plácidamente. La noche era lluviosa, y el agua en la calle amontonaba más basura.
