“El Jueguito de Vero” pertenece a la novela inédita de Danibia Abreu: “Cuentos de Cancha y de Cafetín”.
Guadalupe
¿Alguna vez se han metido con lo que no deben? ¿Saben una cosa? Yo creo que todo el mundo alguna vez ha respondido que sí a esa pregunta. Por eso ahora voy a contarles un problema que agarraron las muchachas de mi salón cuando no iba algún profesor. Ellas lo tenían dibujado en la parte de atrás de los cuadernos. La cosa es simple, cuando no había oficio, ellas se disponían a jugar: ¡La güija! Dos de nuestras compañeras eran las encargadas de organizar la cuestión y los demás rondaban el invento siempre que permitiera a todos reír y burlarse, aunque un buen día, ocurrieron cosas extrañas.
Una mañana de esas en que nos quedamos sin clases porque no fue el viejo de física y tampoco tuvo suplente, tuvimos la hora libre. Enseguida, nuestra amiga Verónica Fuentes, que era una de las que tenía su güija dibujada en la última hoja del cuaderno, nos propuso que para no aburrirnos jugáramos un rato. Ella por supuesto, era la bruja encargada de conectarse con el limbo. Invitaron a mi amigo Miguel a consultarse, él no se lo tomó tan en serio, igual, preguntó por su papá y como estaría por allá donde anduviera, la respuesta fue ambigua, que estaba bien y vaina. Luego vino Carepizza que tenía un primo que recién había muerto y tenía curiosidad. Ahí ya todo empezó a ponerse intenso, el anillo que usaba Vero de guía empezó a contestar cosas como: “métete en tus propios asuntos”, “no seas metiche” y otras perlas. Carepizza no quiso admitir que se asustó un poco, dijo que era un juego estúpido y se negó a seguir. Luego le tocó el turno Bettina, que era nueva en el salón y estaba divertida con el invento. preguntó que si se iba a levantar a un carajo de ahí mismo del salón, que tal y cual que le gustaba que jode, entonces le contestaron que pensara mejor en estudiar y no en andar por ahí de pajarona. Bueno todo el mundo se comenzó a molestar con Vero. Ella insistía muy circunspecta que no, que ella no era.
Yo, me burlaba cuando a alguno de los pendejos que caía con Vero le decían algo. Después de un rato como ocurría siempre ya nadie quiso jugar, así que Vero se disponía a desconectarse, pero, algo ocurrió: Vero se puso pálida, su cara se volvió de piedra y se incorporó de golpe en el pupitre, no dijo nada por unos cuantos segundos aunque todos la molestábamos para que hablara con nosotros, sus manos se movían con bastante rapidez y el anillo viajaba de un lado a otro del tablero y marcaba a toda prisa las letras. La que le servía de asistente, una chama que no me acuerdo como se llamaba, escribió en una hoja: “Quiero hablar con alguien que está aquí” Vero se recuperó de la inmovilidad y comenzó a hacerle preguntas “que si es así, que si es asao” el anillo se movía incansable del sí al no, la bruja no daba con el interpelado.
Entonces, mientras ella continuaba con las preguntas, ocurrieron algunas cosas misteriosas. Primer susto: como por embrujo los cuadernos de los pupitres de adelante se cayeron. Todo el mundo se hizo el loco. Segundo susto: las ventanas del salón se cerraron de golpe. Algunos labios se pusieron blancos y miradas nerviosas se volvían a todos lados. Entonces lo peor; justo en ese momento a algún idiota que pasaba fuera de nuestro salón, le dio por bostezar con un grito. Para nosotros esto ya fue demasiado. Dejamos el pelero. Corrimos de un tirón casi hasta la cancha. Todo el mundo lívido y riéndose de puros nervios.
Al día siguiente, entró en nuestro salón junto con Peña, una vieja que era la psicóloga del colegio. Quería hablar con nosotros sobre algunos eventos que sucedieron el día anterior y que era necesario aclarar. Nos miramos llenos de extrañeza porque no habíamos tenido ni una pelea ni nada que pudiera catalogarse como fuera de lugar, excepto nuestro secreto mejor guardado, el jueguito de Vero.
La mujer nos dio un discurso sobre la importancia de respetar lo que no conocíamos, Peña nos miraba como siempre, con su cara de: “ya no sé qué hacer con estos niños” mientras la otra nos mareaba con unas palabras sobre la parapsicología y la posibilidad de contactar con los muertos.
Ninguno entendió al principio la razón de este regaño, hasta que vimos a Hilda, una de las pocas muchachas de nuestro salón que se cayó en la carrera hacia la cancha y se partió un pie. Ella insistió ahí delante de todos en que algo hizo que se detuviera, por eso no pudo correr con nosotros. La mujer nos asustó cuando nos dijo que lo que no dejó avanzar a Hilda fue aquello a lo que ofendimos. Por un momento nos quedamos pasmados.
La tipa supo que habíamos jugado la güija porque Hilda nos delató. Claro tumbada en el suelo con una pata rota para donde iba a correr, y lo peor, la mujer aseguraba que ahí había un “espíritu travieso”. Eso, mejor que lo hubiese dejado en secreto.
Los siguientes días, fueron una colección interminable de acontecimientos. Carepizza, por ejemplo, cogió con un problema de lanzar lápices a diestro y siniestro para asustar. A Mapurite le dio por esconderle la comida a Bonmesón, el más tragón de nuestra clase, y luego cuando lo veía desesperado la ponía en el pupitre como si nada. A Migue, le rompieron una cuerda de su guitarra. Tico, que siempre veía todo como de lejos, se dio cuenta un día que Verónica y Bettina se complacían en lanzar borradores desde la ventana, para asustar a los que estuvieran sentados en esa fila de mesitas. Total, el salón se volvió un hervidero de fantasmas sin oficio.
Lo cierto es que cuando ya nos cansamos de jugarnos bromitas empezaron de nuevo a pasar cosas, como por ejemplo, las hojas del cuaderno de Migue comenzaron a moverse solas como si las hubiesen soplado, después se le cayó la guitarra y más luego a mí, un día cuando ya nos íbamos para la placita, se me rompió mi morral dejando caer todas mis cosas. Nos empezamos a asustar en serio, aunque nadie se atrevía a decir nada. Lo último que hicimos fue salir otra vez todos en estampida cuando escuchamos, y esto no fue una alucinación, una risa burlona que venía… nadie se quedó a averiguar de dónde salió.
Un tiempo después, mientras Migue, Tico y yo pasábamos por la dirección, escuchamos algunas carcajadas. Al parecer Peña estaba muy contenta y esto no era algo muy usual. Conversaba con una de las profesoras y se burlaba de la risa que nos hizo correr como gallinas, ¿pueden creerlo? La condenada vieja nos metió sendo susto. Ahhh pero no se quedó así la vaina, porque nos encargamos de devolverle la bromita.
Una buena mañana de esas en que entró a tomarse su café, pusimos manos a la obra. Como habíamos ido a parar tantas veces a dirección, sabíamos exactamente donde colocaba siempre el termo con el líquido humeante. Así que cuando lo llevó a su lugar, luego de servirse una gran taza, simplemente halamos un nylon colocado con magistral precisión con ayuda de Bonmesón, que podía parecer torpe por su corpulencia, pero era un genio en el arte de preparar trampas. Oímos como el bendito contenedor rodó archivero abajo aparatosamente.
El resultado ya nos supo a victoria, un grito espantado.
Escuchó las carcajadas y salió a retarnos, y antes de que pudiera hablar, todos los presentes percibimos un estruendo en la oficina. Creo que ya era casi una costumbre correr ante cualquier ruido extraño, así que imagínense a Peña dando largas zancadas con sus altos tacones más rápido que un corredor de olimpíadas y a Bonmesón con su enorme barriga dando tumbos arriba y abajo. En la placita, ya lejos de la oficina, ella nos miró al principio muy seria y luego sin poder aguantarse se echó a reír llena de nervios. La acompañamos de vuelta, queríamos ver que era lo que había ocasionado el escándalo. Quedamos perplejos, porque sobre el escritorio, estaba nada más y nada menos, que una gata que se había caído del techo con todo y sus gatitos, vaya usted a saber a qué bruja se le escapó.

Muy divertida esta historia!
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Y basada en hechos reales…
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