PALABRA INCÓGNITA

LA PALABRA EMPEÑADA

María Alejandra Gámez

Es venezolana. Ejerce varias artes con base en una amplia formación académica: escritura de ficción y poesía, todas las plásticas y la fotografía, locución y docencia. H sido gerente culturas en diversas instituciones y ha participado desde 1992 en exposiciones colectivas en Venezuela y el exterior. Actualmente se encuentra residenciada en España.

LA PALABRA EMPEÑADA

A la memoria de  Manuel Aquiles Padrón.

Tendido en su cama,  Manuel tiene plena conciencia de que está muriendo. Un olor a  libros y ungüentos impregna la habitación. Con serenidad se despide mentalmente de los suyos. Mientras, ella espera.  Poco a poco van  llegando quienes le precedieron,  dos de sus hijos,  su esposa, varios de sus nietos y biznietos.  Su hijo el poeta se inclina hacia él y con un gesto característico, se sostiene la corbata y lo besa en la frente. Bajo el umbral de la puerta sus padres lo observan.

—¿Vinieron a buscarme?  —Pregunta Manuel—. No hay prisa.

Abriéndose paso entre la espesura de sus reminiscencias el anciano inicia un recuento. Examina  con meticulosidad la obra de su vida: la familia que formó,  sus luchas, los libros publicados, algunos cuentos, artículos de prensa. Noventa  años de existencia  dedicados a cumplir con obstinación una promesa. En ese momento entra su primer maestro. Manuel le sonríe. Rememora sus primeras lecciones de geografía, allá en su lejano pueblo natal de la costa  aragüeña. Contempla al niño que fue, recitando lecciones de historia de pie junto a su propio lecho de muerte. La psiquis no conoce de tiempo.

—¿Cuál es la superficie de Venezuela? —Inquiere el maestro.

—Un millón ciento cuatro mil cuatrocientos ochenta y un mil quinientos kilómetros cuadrados, maestro.

—¿Y cuáles son sus límites?

—Al norte con el Mar Caribe o de las Antillas, al Sur Brasil y la República de Colombia, al este con  el río Esequibo y la Guyana Inglesa y al Oeste por la República de Colombia —. Contesta orgulloso el pequeño.

—Manuel, nunca olvides que los ingleses se han apropiado de una gran porción de territorio que nos pertenece hacia el límite con su Guyana —Agrega el maestro de la escuela rural.

Corren los tiempos en que inmensos buques de guerra de esa misma potencia  anclan frente a la costa, reclamando el cobro de una deuda. Esta será la última clase del pequeño que apenas se inicia en la parvada. El  maestro se ve obligado a regresar a sus lares porque el gobierno nacional le suspendió el mísero sueldo que devengaba.

 —Cuando sea grande me voy a ocupar de escribir de eso, maestro. Vamos a recobrar nuestro territorio, nuestra soberanía y nuestra independencia. Usted va a ver. —El maestro sonríe con benevolencia.

Ella lo observa con ternura y extiende hacia él sus gélidas manos. Requiere su presencia. Él le pide que espere. Aún no termina su recuento, avanza y retrocede en el tiempo.  Se desliza  a través de sus visiones demarcando territorios, en un mapa imaginario donde traza justicia a su manera. Extasiado contempla un grupo de soldados venezolanos avanzar hasta el  Rio Esequibo con orden de recuperar el área usurpada.

—¿Manuel?  ¿Estás listo,  Manuel? Deja de soñar, es tiempo.

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