Guadalupe
Sonó el móvil mientras conducía, ella miró quién era y atendió. Agradeció los buenos deseos al interlocutor e hizo algunos comentarios:
—…Graaaciaaas…. Sí, todo bien. Como siempre, como todos los años…, bueno como todos los años no, cada vez somos menos… sí, ¿Recuerdas? Tú ibas a esas reuniones, ¿cuántos éramos en esa casa, veinte? Bueno, pues ahora apenas unos cuantos, porque Emilia, no pudo viajar, no encontró pasaje, Manuela, no tenía gasolina y prefirió quedarse en su casa antes de venir y no tener como regresarse, además los chicos no estaban, me dijo que se habían ido por su cuenta…, sí, nos quedamos solo cuatro y mi mamá… bueno, lo pasamos bien, mi otra hermana llevó un invitado y estuvimos charlando un rato durante la cena y luego vimos los fuegos artificiales… ¿Y tú?¿ por qué no te acercaste? —Me miró sonriendo mientras escuchaba las excusas del otro, yo también sonreí en forma distraída porque ya estaba abriendo un cajón propio en mi cabeza.
Su comentario me dejó pensando, que sí, es cierto, en casa también somos cada vez menos…, hace apenas unos años teníamos que arrimar dos mesas para acomodar a nueve comensales, a veces eran once, con mi primo Arturo y su novia que solían acercarse de sorpresa, para ellos siempre había comida y sonrisas en la mesa…, eso sin ir más atrás cuando año nuevo era una fiesta hasta las cinco de la mañana llena de familia y amigos.
El primero en faltar a esa mesa fue el padre de mi hijo, un buen día decidió que no seguía más viviendo una doble vida y renunció a la primera vida de casado para irse con la segunda, que quien sabe cuántos años tenía ya. Seguíamos siendo ocho, diez a veces con la visita de mi primo y su novia.
De pronto, he recordado a mi madre arrimando la mesa, vistiéndola y advirtiendo con algo de tristeza que ya no era necesario porque mi primo ya no está más… partió al otro plano con su buen humor y su sonrisa bonita y dos meses después también se fue mi hermano. De pronto ya no éramos ocho… quedábamos siete. El siguiente año mi hijo decidió que era mejor irse a vivir a otro país así que ahora celebra año nuevo en otras latitudes, manda el feliz año cinco horas antes de que nosotros hayamos escuchado los cohetones del año nuevo y sonríe desde la Tablet para que los abuelos lo vean trajeado con sus estrenos. De manera que nosotros también somos menos…, éramos once, ya quedamos seis… ya no necesitamos otra mesa, nos basta una sola. Pero como todos los años sonreímos y esperamos que la vida nos trate mejor, nos damos el feliz año luego de haber compartido la comida tradicional y deseamos con todo el alma que ese año sí se acomoden las cosas para todos, que el país sobreviva, que se levante de sus cenizas y que vuelvan los que se fueron.
Mi amiga me habla, me doy cuenta que ya no está conversando con el misterioso interlocutor que decidió no ir a la cena de fin de año en su casa, sino que está hablando conmigo. No sé qué me dice, cierro de golpe la gaveta que abrí en mi mente y le presto atención. Me habla de esa noche, de cuánto ha cambiado todo, pero también toma aire y me dice que este año a pesar de lo difícil que estuvieron las cosas con el problema del gas doméstico y la gasolina, mucha gente pudo hacer sus hallacas y el pan de jamón, yo asiento, estoy de acuerdo con ella, puede que las reuniones no sean como antes, puede que seamos menos, pero nunca dejaremos de tener esperanzas, es posible que el año que entra o quizá el otro, la mesa vuelva a llenarse con nuevos comensales, es posible que para dentro de unos años mi sobrino me haga tía abuela, o que vuelva mi hijo y ya tenga familia, mujer, un nieto o nieta…, no sé, no quiero pensar en puestos vacíos el año que viene.
