PALABRA SECRETA

Sueño Recurrente

Guadalupe

Se levantó con una penosa sensación que lo obligó a devolver la cena. Alivió el sabor amargo con el dentífrico y terminó de vestirse. Poco después iba camino al trabajo: maletín en mano, corbata impecable y en la radio su emisora favorita.

Mientras conducía se olvidó del tráfico y su mente se pobló con las imágenes del sueño nocturno. Una mano regordeta y blanca le oprimía y lo trasladaba de su cama al suelo,  él sin poder moverse observaba con pavor que le hacían comer algo que no deseaba.  No lograba ver al dueño de la mano. El recuerdo  lo hizo sentir arcadas.

Se apoderó de su cuerpo la desagradable impresión de que alguien lo manejaba. Incluso al desplazarse en el vehículo lo sentía, era  como si éste,  solo obedeciera a la mano inoportuna de su pesadilla.  Intentó ahuyentar el sueño y el efecto que le causaba. Se encontró entonces andando entre un lodazal con la chaqueta a cuestas, el esfuerzo de la caminata lo hizo que se sintiera sudoso. Admiró los árboles y la grama de un verde irreal. No soplaba brisa. Nunca supo en que momento decidió que daría ese paseo. Cuando eran como las seis de la tarde, abordó su pequeño auto y partió sin saber a donde.

Escuchó que en la radio el locutor hacía una entrevista a un psicólogo de moda que analizaba un sueño colectivo. Intentaba explicar por qué las personas soñaban que eran movidas por fuerzas extrañas.  Sintió imperiosas ganas de reír, eso era exactamente lo que pasaba con él. Subió el volumen al aparato. El locutor atacaba sin dar tregua a su invitado, este, se defendía diciendo que el extraño fenómeno era producto del estrés. Él pensó: somos todos marionetas.

Alejó un poco la obsesiva idea de la cabeza. Había algo más urgente de que ocuparse.  Suspiró cuando se apeó y caminó hacia la pizzería. De pie frente al mostrador pidió la más grande con salsa extra y refresco, no hizo nada para anular la orden, aunque  estaba claro que su estómago no toleraría otra cena como esa.

Un poco asustado paseó su mirada por el lugar. Sonrió a algunas de las personas que le miraban con complicidad. Allí estaba de nuevo la odiosa sensación. Ante sus ojos el sol quedó opacado por una gran nube, justo en ese momento notó aterrado que  los comensales habían dejado de moverse. Era como estar una vez más en la pesadilla de la noche anterior. Pero él cambiaría eso, echó a correr de golpe. Olvidó la orden y su auto. El camino estaba despejado. Apenas se cruzó a uno que otro transeúnte que parecía apartarse ante su desbocada pérdida de control. Al llegar a casa, agotado subió las escaleras y gritó de susto mientras se duchaba con agua helada.

 Esa noche soñó… 

La mano regordeta le vistió con un caluroso pijama a cuadros que detestaba. Luego le acostó  boca abajo mientras él trataba de adivinar quién estaba detrás de todo eso. Una voz familiar llamó a comer, era la voz de su madre, aún así, no pudo levantarse.  Antes de alejarse por completo la mano regordeta colocó una tapa plástica visible  desde la ventana. 

Esa noche hizo mucho calor en la ciudad…

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