PALABRA SECRETA

CANINOS

Guadalupe

“El amor es un palabra de cuatro patas”

Anónimo

Guardián y Chiquito

Mi hermano era un niño reservado, bastante tímido. Además era de mal comer, solía esconder la comida en sus manos para que mi mamá creyera que había acabado todo en su plato y luego la botaba en la basura. El día que lo descubrí me dijo con mucho temor en su mirada flaca que no le dijera nada a mis papás yo accedí porque también tenía mis secretos, por ejemplo, escondía un buen bisteck en mis manos para que mi mamá pensara que no me había puesto y luego disfrutaba de ello a solas en mi cuarto. No le dije nunca a mi mamá pero me di a la tarea de hacer que comiera aunque fuera un poco porque la escuché  decir con preocupación que estaba al borde de la desnutrición por el empeño de no comer casi nada que no fuera suficientemente blando ya que las comidas que tenían texturas le producían ganas de vomitar.

De esa manera casi todos los mediodías mi hermano se quedaba sentado en su silla moviendo las piernas y haciendo que comía hasta que una vez solitario, todo lo que había escondido en sus manos iba a dar a la basura, pero un buen día advertí que ya no era a la basura que iba la comida, muy sigilosa seguí a mi hermanito hasta la verja elevada que franqueaba el paso de la calle a nuestro jardín delantero…, mi hermano sacó una escudilla vieja debajo de una matas y la llenó de la comida que él mismo no comió, luego golpeó el recipiente suavemente en el piso y como por arte de magia apareció un perrito pequeño y marrón que de forma apresurada comió todo lo que había en el plato. El niño esperó con paciencia a que el perrito terminara y luego llenó la escudilla de agua que también el perro bebió mientras meneaba alegremente su cola de palma. Durante varios días se repitió la misma operación, mi hermano hablaba tiernamente con el perrito mientras este comía y bebía y luego escondía su escudilla en las plantas y su secreto en el corazón. Hasta que un día lo enfrenté: le dije que eso no podía seguir así, entre otras cosas porque yo también deseaba acariciar al perrito y darle de comer, entonces fraguamos un plan. Comería la primera ración y pediría más para el perrito, igual que yo. Llegó el día. Salimos los dos con las manos llenas de comida y servimos el plato para el perrito, me lo presentó:

—Este es chiquito —me dijo—, y sonrió de una manera que nunca antes había visto, mi hermano amaba a Chiquito y disfrutaba de cada minuto con él. Recuerdo que Chiquito comió encantado mientras a través de la reja mi hermano le acariciaba el lomo. Unos minutos más tarde se acercó otro perro muy grande con el hocico negro y actitud mansa, meneó la cola lentamente y escuché a mi hermano decir: —No hay nada para ti Guardián —y su mirada se entristeció—, nunca queda nada para Guardián —me dijo— ese era un gran problema, el gran perrote manso y hambriento miraba a mi hermano con comprensión pero esperaba paciente por el agua fresca que este le servía. Intentamos obtener más comida pero mi mamá descubrió mi treta de los bisteck que ya no pedía para mí sino para los perritos, hasta que un día nos vimos descubiertos por ella, pensamos que perderíamos la oportunidad de alimentarlos pero no fue así, mi mamá comenzó a guardar comida para los dos perritos y nos entregó dos escudillas más, a partir de ese momento Guardián y Chiquito tenían agua fresca siempre y comida a mediodía y cuando papá no estaba mi mamá abría la puerta para que Chiquito y Guardián entraran al porche. Una vez intentamos bañar a Guardián y a él no le gustó, salió corriendo de nuestra casa para nunca más volver, en cambio a Chiquito le gustaba ser bañado y disfrutaba de estar en el jardín, entraba a escondidas de papá y sabía que debía irse cuando este llegaba a casa. Chiquito era nuestro perrito aun cuando no podíamos tenerlo completamente en casa y Guardián me dijo mi mamá algunos años después que había muerto envenenado en un operativo de esos que se hacían  para desaparecer a los perros de la calle… Mi corazón se encogió al recordarlo, Guardián y Chiquito fueron nuestros primeros perritos, eran alegres, agradecidos y nos enseñaron mucho, nos enseñaron a trabajar unidos, hoy los recuerdo, los veo como en una fotografía, el sonido de la escudilla contra el piso, y sus caras alegres mientras corrían a encontrarnos en la puerta del garaje, su colas moviéndose, sus carreritas alegres, y sobre todo, el gozo de mi hermano mientras acariciaba sus lomos, Guardián, Chiquito y los ojos contentos de mi hermano, son de esos recuerdos de la infancia a los que es posible volver y de los que se regresa siempre satisfecho. Vaya recuerdo peludo.

Manchita

Mi papá llegó a acostumbrarse a encontrar a Chiquito  en el porche cuando salíamos. Incluso era capaz de llamarlo para que entrara a dormir o a cuidar la casa en nuestra ausencia. A cambio de esto tenía agua, comida y una buena dosis de cariño de parte nuestra. También lo bañábamos en el mismo jardín y disfrutábamos de verlo correr como loco y sacudirse  cuando terminábamos, cosa que nos hacía reír a los tres: mamá, hermano y yo. Pero Chiquito era viejo y callejero. Había épocas en que se perdía por largos días, mi mamá decía que debía andar detrás de alguna perra en celo. Un buen día Chiquito tampoco regresó, no atendía a los golpes de la escudilla y tampoco a nuestros gritos de su nombre. Nos enteramos por otros niños de la cuadra que murió atropellado, quedamos tristes, mucho.

Un buen día jugábamos en el jardín y mi mamá llegó con algo muy peludo envuelto en una manta: era un hermoso perrito blanco con manchas negras. No podíamos creerlo, luego de nuestra primera experiencia finalmente ¡podíamos tener un perrito! Esto no era del todo cierto, mi mamá nunca habló con mi papá al respecto, él llegó y encontró a esa bola peluda en su casa. Se molestó, pero accedió para que nosotros no estuviéramos tristes.

Manchita era un hermoso perrito pomerano ligado con Cocker tenía un temperamento fuerte, pero era un estupendo jugador: perseguía pelotas, le encantaba correr tras nosotros, amaba que le diéramos comida aunque según el veterinario debía comer solo croquetas para perro y disfrutaba de que mi hermano y yo lo paseáramos en la bicicleta. Solo había un problema: no podía ver la puerta abierta porque corría como loco a la calle, se llenaba de cuanta porquería podía y luego llegaba perfumado a muerte y se echaba en el porche con su asqueroso olor impregnado en todo su peludo cuerpo. Mi papá detestaba que hiciera eso y no perdía chance de quejarse, aunado a eso cada vez que se escapaba se peleaba horrible y llegaba lleno de sangre y golpeado. Entonces mi papá harto de eso hizo un corral para que no pudiera salirse, luego arregló las rejas y entre tanto siguió peleando con mi mamá a causa del rebelde perrito que seguía encontrando maneras de salirse de casa y regresar hecho un verdadero desastre a dejar todo a su paso hediondo a mortecina. Mi hermano y yo coqueteábamos con la adolescencia en ese momento así que él asumió que amar a su hediondo peludo era jugar a pelearse con él, a veces los juegos eran tan bruscos que nuestro rebelde can le propiciaba algunos mordiscos considerables, aunque le dolían un buen rato, no representaban para él más que heridas de guerra y de juego pero para  mi papá eran más excusas para  quejarse y gritar a los cuatro vientos lo que tenía ya varios años exigiendo: el perro tenía que irse.

Un buen día llegamos a casa y mi mamá estaba llorando en el cuarto, no supe al principio por qué hasta que no encontré al perro en ningún lado. Mi hermano comenzó a tener una mirada asustada y ambos enfrentamos a mi mamá, ella nos dijo que Manchita estaba en casa de una vecina para casarse, pero eso no explicaba su llanto cada vez que hablábamos de Manchita. Finalmente comprendimos que nuestro perro no regresaría…, mi mamá prefirió que se fuera de casa antes de seguir peleando a diario por nuestro rebelde oloroso y mordelón, esto fue un golpe al hígado. Perdimos sin darnos cuenta a un hermoso peludo. Averiguamos su ubicación y fuimos a verlo varias veces, jugábamos con él y  se nos partía el alma cuando teníamos que venirnos, yo con mis doce años y mi hermano en sus diez, peleamos, discutimos, argumentamos pero nada los hizo cambiar de opinión, nuestro amado Manchita no volvió, tuvimos que conformarnos con verlo de lejos brincando y chillando por nosotros  en esa casa ajena. Era doloroso, me encogía el corazón, el alma, así fue por mucho tiempo hasta que un día fui a verlo y salió a mi encuentro una mujer desconocida que me dijo que la gente que vivía allí se había ido con todo y sus mascotas. Y así fue como comprendí,  no volveríamos a verlo. Caminamos en silencio, Manchita se había ido.

Samantha

Luego de que Manchita se fuera mi mamá cerró toda posibilidad de tener un animal. Si ella no pudo tener a su hermoso peludo nadie más podía. Así que no se  habló de esto durante algunos años. Fue mi propio padre el que asomó la cabeza gacha un buen día con una extraña cosita negra brillante escondida entre sus manos grandotas. Lo primero que dijo fue:

—Yuri… —diminutivo cariñoso con el que se dirigía a mi madre—, Ay Yuri, esto no te va a gustar pero…, es que me dieron esta perrita y no supe que hacer, era traerla o dejarla en la calle…

Mi mamá puso cara de pocos amigos, se negó a recibirla y lo mandó bien largo a… bueno, discutieron y dijeron mil cosas mientras mi hermano y yo jugábamos con el animalito, la perrita negrita azabache bebió agua…, nos mordisqueó, eructó tiernamente y nos hizo reír, luego correteó confianzuda por la casa y se metió en el bolso de mi hermano… olisqueó por aquí y por allá y nos hizo pasar un susto cuando se salió al jardín, su negro pelaje contrastaba cómicamente con el cilantro de monte que todo lo hacía ver verde. En la casa se acalló la pelea, nuestros padres miraban a la perrita por la ventana y unas horas más tarde mi mamá había dispuesto una especie de nido en la cocina para la perrita con sábanas viejas,  agua, leche y comidita. De vez en cuando se asomaba ilusionada a verla mientras nosotros le hacíamos una especie de guardia en esa primera noche. No hubo más que decir Samantha llegó y se estacionó en nuestras vidas por un larguísimo tiempo.

Fue una estupenda cachorra, juguetona, traviesa, comedora de zapatos y exploradora. Contrario a Manchita nunca quiso salirse de los linderos de la casa, la puerta podía estar abierta de par en par que ella no salía si no era convencida para ello, o con su correa para pasear. Era inteligente y sabía qué dar a cada uno: a mi hermano, luchas  y mordiscos, a mí, compañía cuando leía en la sala o en el porche, a mi papá le servía de alfombra cuando leía o veía televisión, también acudía presta a las sesiones de entrenamiento donde mi papá se afanaba para que mi mamá viera que no se habían equivocado al dejarla. Ella subía y pasaba de un mueble a otro cuando mi papá decía, además aprendió a sentarse, echarse, dar la pata, buscar la pelota, entregar la pelota y hacerse la muerta boca arriba cuando se lo pedíamos. Era una peluda de brillante cabello negro, cocker con criollo, no era pura pero era nuestra. Finalmente, a mi mamá le brindaba horas de conversación mientras cocinaba y entraba furtivamente a la casa ya que mi papá prefería que estuviera fuera, en el porche.

Ya dije que no salía de casa, tampoco fue de enfermarse mucho después de sobrevivir a la parvovirosis. Pero un buen día, mi hermano jugaba con la patineta y dejó la puerta abierta ella se asomó y lo vio a lo lejos, salió en carrera y un carro la arrolló, la aporreó tanto que corrió desorientada, el carro no se detuvo y nosotros nos preocupamos por ella más que por el imbécil que la arrolló, creímos que moriría, lloramos, aullamos por ella, pero se levantó de su camita y caminó, estuvo varios días sin mover el rabo, pero contrario a los que dijeron todos, hasta el veterinario nuestra Sami vivió. Vivió para mostrarnos algo hermoso que ninguno de nosotros había visto jamás…, como se convertiría en madre: fue uno o dos años después de ese incidente infortunado. Una portuguesa de unas calles más abajo nos dijo que quería que ella se casara con su perro que era negrito como ella. Accedimos. Trajeron el perrito a casa y estuvo quince días, nosotros disfrutamos más que nunca porque eran dos compañeros de juegos, que además jugaban entre ellos. Finalmente el perrito se fue y ella quedó triste, muy triste. Se fue poniendo muy gorda y olvidó su tristeza. La consentimos más que nunca, cuando se ponía boca arriba podíamos ver a los perritos moverse, creíamos que eran cuatro, los contábamos, en la barriga, creíamos que serían todos negritos, nos equivocábamos.

Llegué a casa de mi último año de liceo un día y mi hermano me dijo que Samantha no había comido nada, tampoco quería salir de lugares oscuros, pero la llamamos y ella salió moviendo su cola peluda, luego se retiró discretamente hasta que la encontramos en un cuarto vestidor que mi papá tenía en la parte de atrás de la casa, allí sobre los zapatos de mi papá ella aguardaba. Mi mamá decidió hacerle una especie de nido con muchas mantas y cobijas, ella se acurrucó allí, nosotros no quisimos separarnos de su lado, ella lo entendió y nos lo permitió. El momento mágico llegó: ella pegó sus patas a la pared y pujó yo pude ver como Salía el primer perrito envuelto en una capa de pellejo muy fino que se afanó en romper con sus dientes, nos veía llena de algo que yo no sabía explicar, yo dejaba escapar lágrimas de emoción mis papás callaban solemnes y mi hermano también. Un sonido acuoso acompañaba a cada bojotico ella mientras tanto callada e incansable los sacaba de su bolsita, los limpiaba con un amor indecible, les cortaba el cordón y se comía todo lo que quedaba de desecho de su silencioso y hermoso parto.  Tuvo seis preciosos perritos que tenían unas cabezas enormes comparadas con el resto del cuerpecito. Mi querida Samantha los limpió con amor, los pegó a sus teticas y les dio de comer calladamente después de ocuparse de limpiar el espacio donde estaban sus perritos. Además permitió que mi mamá la ayudara  y también permitió que tomáramos sus amados hijos mientras aseábamos el lugar. Hay algo que no podré sacar nunca de mi cabeza y es el amor con el que “contaba” a cada uno de sus cachorros, el amor con el que los veía en nuestras manos y el agradecimiento cuando por fin los tenía a todos juntos pegados a su cuerpo. Permitía que mi mamá o yo le diéramos a ella de comer unos lengüetazos de sopita o agua pero le preocupaba más que sus chiquitos comieran y estuvieran limpios, así que al menor asomo de desechos ella limpiaba y limpiaba. Cuando llevábamos a las visitas a ver a los perritos ella los ocultaba de la vista y nos lanzaba miradas de “a ustedes sí, a ellos no”. A menos que el invitado gozara de su simpatía ahí tomaba a sus hijitos y los presentaba a sus pies. Los arrastraba y mostraba orgullosa aunque los perritos solo pensaran en perseguirla para chupar leche. Algunas veces mientras sus crías dormían ella se paseaba por la casa toda flaca y recién parida, nos lamía, nos restregaba su cuerpo y nos ladraba a juego, luego se iba corriendo a ser madre de nuevo. Mi mamá pronto se acostumbró a alimentar a siete perritos: Samantha y su prole, cinco hembras y un macho cuadrado, negrísimo con el pecho blanco y las patas manchadas de blanco. Entre las hembras una hermosa peluda color canela, dos negras con patas blancas y dos más negras con las orejas chispeadas de manchitas diminutas de color blanco. Eran unas bellezas gorditas y hambrientas que poco a poco ella fue rechazando. Uno de los vecinos se llevó tres que apenas la veían paseando por su calle querían ir a mamar sus teticas flojas pero que ella con autoridad rechazaba molesta ya a los tres meses y los otros tres mi papá se encargó de “ubicarlos”. Confieso que me habría encantado poder quedarme con todos.

Samantha no volvió a tener más camada. Aunque luego de eso y  durante muchos años, tuvo embarazos de mentira: adoptaba peluches y los llevaba a todos lados y no dejaba que se los quitáramos por un buen tiempo. Aparte de eso siguió siendo una buena perrita, consentida e inteligente que a cada uno le daba lo que necesitaba. Luego de muchos años, mi papá entendió que era inútil tratar de que fuera una perra de porche y entendió que era una perra de casa. Tantos años nos acompañó que me casé y me fui de casa y ella siguió allí, hasta que un día llegué y de nuevo vi a mi mamá llorar y no encontré a la perra por ningún lado. Me dijo que murió y de nuevo se me encogió el corazón porque los últimos meses mientras yo estaba de luna de miel ella estaba enferma y muriendo ante los ojos de todos, hasta un buen día en que no pudo comer más, no abrió más los ojos y no se movió más y mi mamá y mi papá la llevaron a su destino final, me da un poco de vergüenza decirlo, pero ellos decidieron que bajo un árbol, lejos de casa estaría bien. Yo hubiese preferido que se quedara bajo un árbol en el patio de la casa que la vio crecer y envejecer, pero, fue tarde para eso. Ella ya no estaba y la casa estaba triste y vacía sin su negritud, sin sus carreritas, sin esos casi 13 años de  alegría perruna.

Kimba

Después de Samantha en mi casa ya no hubo perros. Mi mamá no quiso y mi papá tampoco. Decían que era suficiente sufrimiento perder a dos, porque mi papá confesó mucho después que también le había dolido que Manchita no estuviera. Yo ya no vivía en casa y tenía mi propia familia. Mi hijo estaba por cumplir los cuatro años cuando un día hablando con su papá convinimos en que necesitaba la compañía de un perrito. Ambos habíamos crecido con perritos en casa, yo con mis experiencias y él con las suyas: durante casi unos 16 años fueron dueños de un perro llamado Bobi que era la delicia de ellos y de los vecinos, por ser chiquito, peludo y blanco. Cuando ladraba solía brincar tan alto que parecía una mota de algodón flotando ingrávido. Era tan adorable que la gente pasaba varias veces para verlo hacer eso. Pues bien, Bobi ya tenía años de haber cruzado el arco iris y en mi casa tampoco estaba Samantha así que algo teníamos que hacer para que nuestro hijo conociera esa maravillosa experiencia de ser un hermano perruno. Fue así como Kimba llegó a nuestras vidas…

Diciembre iniciaba con su agitada agenda, habíamos agregado la tarea de buscar un perrito. Un buen día mi marido me dijo que había una especie de feria en un centro comercial con perritos para la venta. Todos mis perros habían llegado a mí a través de otros era la primera vez que yo hacía esto y tenía miedo de equivocarme. Fuimos los dos… paseamos por las jaulitas y me conmovió ver a todos los perritos o descansando o en dos patitas como suplicando que los lleváramos. Llegamos a una jaula más o menos grandecita donde había unos cuatro perritos muy pequeñitos parecían de juguete en realidad, el señor nos explicó que eran pinsher miniatura y yo me enamoré de una preciosa chiquita marrón que estaba alejadita de los demás que eran todos muy negros y bulliciosos. La chiquita bostezó como cansada y yo miré a mi marido él también estaba interesado en ella, era preciosamente marrón con una línea más oscura por arriba y al parecer más pequeña que los demás. El señor nos dijo que fue la única que salió así  y que se habían llevado ya a dos de los seis perritos de la camada sin reparar en ella, lo común es que estos perritos sean negros con algunas manchas marrones, pero no totalmente marrones. No llegamos a nada con el señor, solo le dijimos que buscaríamos el dinero y que si aún no se había ido al día siguiente pues la llevaríamos.

Mientras yo estaba en karate con el niño, su papá me llamó para decirme que la perrita era nuestra y estaba en el carro esperando a su nuevo dueño: nuestro hijo de casi  cuatro años.

Nuestro hijo subió al auto sin sospechar nada, comentó sobre la clase y se extrañó de nuestras caras de emoción, luego preguntó que se movía en la caja que yo mantenía en mis manos. Le pedí que cerrara los ojos y le di la caja con su contenido, su emoción fue enorme, empezamos a buscar nombres y él sugirió  Kimba, como el león, Kimba se quedó.

Kimba era chiquitita, cabía en una mano, pero nos equivocamos cuando pensamos que era dulce y quietecita, no, no, ella ¡era un remolino de tremendura! Llegó a revolverlo todo, nada más la primera semana se comió todos los cables de la computadora, todos los zapatos mal puestos, arañó las puertas seleccionó la sala de nuestro apartamento como su cagadero y los muebles como el mejor lugar para comer y dormir.  Era una perrita pura, mi hermano decía que era una manipulación genética del hombre y mi suegro que había que caminar arrastrando los pies para no pisarla,  tuvimos que educarla a la par que a su dueño que decía unas veces que era su papá y otras que era su hermano. Además de comer todo lo que en “Territorio perruno” era temperamental, cuando alguien no le gustaba no dudaba en morderle los tobillos, pero cuando el visitante  le caía bien era dulce y encantadora, era fanática de comer zanahorias y se volvía una fiera cuando una semilla de mango caía en su poder, si una bolsa quedaba mal puesta, no dudaba en romperla para comer su contenido en los muebles que tenía prohibidos y cuando llegábamos a casa y encontrábamos el reguero prefería desaparecer hasta que nos calmábamos.   Este remolino pequeño se estacionó en mi vida durante doce años y aunque no era del todo mía porque pertenecía a mi hijo, también me acompañó en tantas etapas importantes de mi vida que no puedo más que recordarla con nostalgia.

Mi matrimonio llegó a su fin. Ella permaneció fiel, entendió muy pronto que las cosas habían cambiado. Se adaptó pronto a que éramos solo tres y que  mi hijo y yo éramos un equipo más que cualquier otra cosa así que mientras cada uno estaba ocupado en tareas distintas ella se dividía entre los dos, un momento estaba conmigo y otro momento estaba con él hasta que finalmente estábamos los tres en el sofá de ver la tele y ella disfrutaba de ese maravilloso rato que estaba claro que esperaba siempre.

Kimba me recibía junto con mi niño por las tardes cuando llegaba de trabajar, ella y mi muchacho eran la mejor parte de mi día. Llegar a casa era mi momento especial, luego mi hijo se hizo adolescente y ya no le importaba recibirme, muchas veces estaba ensimismado en su música, en su cuarto, ella me recibía exactamente igual que siempre, lamía mi cara, se dejaba acariciar, se dejaba cargar y luego corría mostrándome el camino hasta el cuarto de su amado niño. Ante mis ojos mi chiquita marrón se fue haciendo vieja, seguía igual, corría, jugaba con sus pelotas, con sus juguetes, pero su cara se volvió blanca. Entre tanto mi hijo también dejó de ser un niño, pero su hermandad con su perrita era sólida y hermosa. Miraban televisión juntos, ella siempre estaba con él, a sus pies, en su cama, dentro de su camisa. Dormía con él, era gracioso verla bajar momentos antes de que se levantara como si fuera una especie de secreto de ambos, aunque muchas veces prendía la luz y la sorprendía hecha un bojotico y abrazada por mi hijo.

Kimba murió en brazos de mi hijo cuando este tenía 16 años y ella 12. Tuvimos que dejarla en la clínica a donde corrimos en un carro prestado a llevarla una noche en que la vimos que respiraba con dificultad. Él no quería dejarla, quería llevarla a casa con él, pero no pudimos hacerlo, tuvimos que dejarla ahí. Él me contó que mientras la llevaban a la clínica, la abrazó, la acurrucó, la mimó y le dio amor, le pidió perdón por no haberla sacado con más tiempo, y le dijo que le agradecía por todos los años de amor que le había dado. Ella se fue tranquila en sus brazos y luego la lloramos por muchos días.

Kimba y mi hijo crecieron juntos, se hicieron mayores juntos, fueron felices y tristes juntos y se acompañaron un largo trecho del camino.

Kimba y yo fuimos mamá e hija perruna, ella llenó un vacío que nunca pude llenar,  yo fui su mamá humana. Ella me acompañó y fue el único pilar, lo único que no cambió cuando todo giraba de forma vertiginosa a mi alrededor. Ella nunca dejó que perdiera el camino y que me olvidara de lo realmente importante, mi hijo. En los días en que él se iba para estar con su papá me llevaba a su cuarto y subía a su cama, para señalarme que no le gustaba esa ausencia, ella sabía cuándo su amito se acercaba, lo presentía cuando apenas entraba al edificio, lo esperaba tras la puerta meneando su tuquito como si fuera un helicóptero y era genuinamente feliz cuando lo veía entrar.

Kimba me enseñó la lealtad, el amor infinito y dejó una herida abierta que todavía hoy no se cierra. Después de ella me ofrecieron muchos perritos y no quise aceptar a ninguno, me sentía incapaz de volver a pasar por ese momento horrible de ver partir a ese ser al que le llegas a tomar tanto cariño que no quieres que se vaya nunca.

Mi Kimba… escucho sus patitas resonar en el piso del apartamento, oigo sus gruñidos, la oigo rasguñar la cama de mi hijo. La veo echada en mis zapatos, le encantaba hacer eso, la siento echada en mis piernas mientras yo golpeaba las teclas concentrada en escribir, la veo arrastrando su almohada entre el cuarto de mi hijo y mi ordenador que es como pasaba la mayor parte del tiempo hasta que los tres nos juntábamos en algún espacio. Te veo chiquita, te amo, te agradezco. Gracias Kimba por tus doce años de amor.

Canelo

Este señor imponente y grande pero manso y noble estuvo unos pocos días en casa de mi mamá y yo creo que abonó el camino al  que vino a apoderarse de su amor unos mesesitos después. Mi hermano iba saliendo de casa y abrió el portón eléctrico lo que aprovechó este gigante para entrar y sentarse a observarlo desde un rincón donde no le pegaba el sol. Mi hermano trató de que saliera de nuevo pero no fue posible moverlo de su lugar. Entonces olvidó lo que iba  a hacer y cerró la puerta. Buscó agua y comida y el perro bebió y comió, lo que no quiso hacer fue salir de nuevo a la calle y así se estacionó por un breve tiempo en sus vidas. Mi hermano y su hijo bañaron al gran perrote, también se motivaron a comprarle un collar. Mi papá no pudo ocultar la emoción y colaboró en ponerle nombre al perro: Canelo mi mamá se quejaba de su enorme tamaño y lo que desechaba, pero cuando nadie la veía le hablaba chiquito mientras barría. La casa se convirtió de nuevo en una casa con perro, hasta que alguien vino preguntando si había un Golden Retriver en esa casa…, la niña nos dijo que ese era su perro y tuvimos que dejarlo ir… aun cuando ya respondía por Canelo, aun cuando ya lo amábamos, Kimba no llegó a conocerlo, ni tiempo dio. Pero igual el poquito tiempo que estuvo en esa casa fue amado.

Milo

Milo llegó cuando Kimba ya se había convertido en una señora muy temperamental. Él un cachorrillo de meses ella ya con sus doce largos años… Milo solo compartió unos pocos meses y jugó a su manera con ella aunque muchas veces salió “regañado” por impetuoso.

Llegó un  día de enero con toda su hermosa blancura a volvernos locos con su belleza. A hacernos reír con sus locuras y sobre todo a hacer felices a mis padres. Ellos ya tenían mucho tiempo sin un perrito en casa, a excepción de esos cortos quince días en que tuvieron a Canelo. Y la cosa es que el perrito iba a ser de mi sobrino pero no tuvieron la paciencia para enseñarlo a vivir en su apartamento, así que se quedó en la casa de los abuelos y simplemente así se convirtió en la alegría del hogar. Entonces, digamos que es de mi sobrino, pero también es de mis papás y yo me atrevo a decir que hasta un poquito mío.  El inteligente Milo comenzó a crecer entendiendo que esos niños que corrían y jugaban con él eran sus niños humanos, también comprendió con mucha rapidez quien era mi hermano que también disfrutaba de todas sus tremenduras y que esos dos señores mayores desde el principio se desvivieron por él.

Milo, nos dio a mi hijo y a mí alegría cuando Kimba cruzó al otro plano, también se convirtió en un motivo para sonreír cuando mi hermano una buena mañana partió a rodar bicicleta y ya no regresó más. Al principio no entendió muy bien lo que pasaba y esperaba que apareciera echado frente a la puerta de su cuarto, pero luego poco a poco lo dejó ir. Inteligente y perceptivo  trasladó sus atenciones a mis padres. Se convirtió en el compañero de mi papá cuando lee en la sala y descansa junto a él en su cuarto durante sus siestas, también lo acompaña cuando barre el patio y se deja bañar con paciencia aunque le de frío.

A mi mamá la acompaña en el jardín y corre con las sábanas que tiene para dormir  para que ella lo persiga. Sabe la hora en que mi mamá le dará su comida y le agradece hundiendo su hermosa cabeza de Jack Russell en sus piernas. Como atrevimiento perruno se monta en su cama y se restriega cómicamente en ella hasta hacerla reír y la precede cuando ella va a la puerta a atender a alguna visita. Si todos estamos dentro de casa no quiere que nadie se vaya, por eso llora con desconsuelo si alguien sale.

Creo firmemente  que llegó a la casa de mis padres con la misión de darles alegría y amor. Creo también que su trabajo de ángel era  hacer que “esas despedidas” fueran más llevaderas, Milo nos ha sacudido el dolor, porque él es todo alegría, todo energía. Él sigue por ahí sonriendo, restregándose en las cucarachas a las que caza para luego jugar con ellas, meneando su colita y espantando rabipelados. Ya tiene cinco años y ojalá que sea eterno.

Kira

Llegó a casa hace muy poco. Yo me mantenía pensando que no quería más perritos, ya hacía dos años que Kimba se había ido y a mí me seguían pasando cosas, porque definitivamente lo único permanente en la vida es el cambio. Un buen día mi sobrino me comentó que esta cachorrita vagaba por las calles cerca de la casa de su abuelitos maternos pidiendo comida con cara de triste… yo le dije que mejor no me trajera a esa perrita porque no sabía de qué tamaño sería y porque no quería más perritos y punto, me bastaba con hacerle cariñito a Milo, pero él decidió que no me haría caso, recogió a la perrita, la bañó y le quitó las pulgas y garrapatas y me la entregó en una cestita. Le dije:

—Mejor llévatela

—¿En serio? Después que la traje para acá quieres que me la lleve… —mientras tanto ella chillaba quedito yo estiré la cesta como para dársela a mi sobrino y ella me lamió un pedacito del brazo. Me enamoré y le dije:

—Déjala

Y se quedó… sobrevivió a esa noche con una horrible diarrea de color negro, luego  tuvo el parvovirus, tuve que sumergirla durante horas con champú antiparásitos, enseñarla, pasearla. Me dio un gran susto al inicio de la pandemia cuando pasó toda una noche descompuesta, en la mañana perdió el conocimiento y con apenas la reserva en el tanque de la gasolina tuve que llevarla a una clínica veterinaria donde la salvaron pero a consecuencia de todo lo que sucedió quedó ciega. En fin, tuve que darle mi amor, entregarme a ella por completo.

Hoy ya tiene dos años, ya es una niña perruna grande con su pelo larguito y blanco, su  cuerpo de autobús lleno de manchas marrones  y sus patas largotas. La verdad no me importa su tamaño, yo solo quiero que este feliz. A veces chilla  cuando no obtiene algo con la rapidez con que lo pide, la obsesiona un huesito de goma de color rosado que lleva a todos lados y todos los días llena mi mundo de amor. Cuando la dejé quedarse en casa me dije a mi misma que la estaba ayudando, que estaba siendo una buena persona al no dejar que muriera en las calles, pero me he dado cuenta que es todo lo contrario, ella tiene una misión conmigo, es ella quien me hace el favor, quien me ayuda, me acompaña y me cuida. Agradezco su amor, su compañía, cuando mi hijo me hace video llamada dedica momentos a que lo escuche y ella ladra o chilla, yo le cuento que un día lo va a conocer, cuando viajemos al país donde ahora vive.

Cuando pienso en Kimba y en todos los que estuvieron antes y que ya cruzaron el arcoíris, los imagino hablándole de mí, de lo que me falta por aprender y de lo que ella tiene que hacer para que así sea…

A veces Kira  juega con Milo y hacen un bonito desastre en la casa de la abuela. Esos días la luz es más brillante, el sol los acompaña y las risas de mis padres y mi sobrina hacen coro.

Este ha sido un ejercicio interesante. He sentido dolor, nostalgia. He reído y llorado pero por sobre todas las cosas sentí el amor, ese amor poderoso que me brindaron todos mis perros a lo largo de mi vida, así que también he sentido agradecimiento, hoy sé que los que no están  son almas hermosas y los que están, son ángeles en la tierra. Desde siempre y para siempre serán mis amados caninos.

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