PALABRA SECRETA

Viaje a la capital

Para mi comadre Neya y mi ahijada.

Guadalupe

Moviendo cajas de allá para acá, en medio de la extraña soledad de un día sin la visita de mis pequeños estudiantes me encontré con un álbum de fotos, de esos pequeños que regalaban con los rollos de las cámaras de antes. Lo abrí y enseguida saltaron las imágenes de un niñito feliz, que sonreía gracioso a la lente. Mi hijo cuando era pequeño. Dejé que me invadiera la ternura, la nostalgia, ya casi va para los 21 y no vive en este país. Seguí pasando las imágenes y  al centro del álbum me saludaron dos muchachas llenas de alegría con unos bolsos verdes, casi a reventar, atestados de cuanto libro y folleto pudimos conseguir. Sonreíamos contentas a la cámara mi comadre y yo. Ella además en la imagen rodea el cuello de forma cariñosa de su hija,  mi ahijada, que era la compañera infalible de todas nuestras aventuras.  Ver la foto me llevó a ese momento, mi mente se abrió al recuerdo como si se tratara de una película borrosa. Pude  sentir  hasta el murmullo del terminal cuando abordamos el autobús que nos llevaría a ese viaje.

Era temprano, aún no amanecía cuando comenzamos a reunirnos en la entrada del terminal. A lo lejos vislumbré a mi comadre que venía con Andre. Pronto estuvimos ubicadas en nuestros asientos,  ansiosas por el momento que se avecinaba. Visitar el Banco del libro, Fundalectura, conversar con esa gente que trabajaba allí, ver la Biblioteca Central de Venezuela. ¡Qué bueno que nos animamos, era una oportunidad de no perderse!

Haciendo esfuerzos logro recordar que desayunamos en el autobús sándwich mientras conversábamos de  lo que nos íbamos a encontrar allá y que rutas sería mejor tomar. En mitad del camino dejé de disfrutar porque hacía mucho frío y yo tenía ganas de vaciar mi vejiga que tiene la cualidad de llenarse en los momentos menos oportunos y encima se pone terca pidiendo que la vacíe. 

Finalmente llegamos a la Bandera. Volví a ser yo misma luego de visitar los baños un poco aceptables del terminal  y emprendimos la aventura. Tomamos rutas de camionetas y el Metro hasta llegar a nuestro destino principal: El Banco del Libro. Allí nos esperaba nuestra profesora, la que nos había animado a hacer ese viaje. Recuerdo las oficinas, el rincón de lectura para los niños, donde había cojines y libros de todas formas y colores. Nos hablaron del programa que tenían para que los niños se acercaran a leer y me sentía tan contenta. Luego, mientras la profesora nos llevaba por aquí y por allí nos iban regalando libritos, folletos. Estaba en el paraíso, no todos los días te regalan libros y casi te ruegan que te los lleves, era como estar en otro mundo. Mi comadre también disfrutaba de todo y su hija sonreía ante alguna atención de  la gente. Cuando salimos del local teníamos esos bolsos hasta el tope de folletos, revistas  y libros bellos que aunque eran números atrasados y algunos estaban ya algo viejos  para nosotras eran un tesoro que teníamos que aprovechar.

La calle era otra cosa… El cielo, a pesar del olor a monóxido era limpio y azul. Brillaba un sol transparente pero no se sentía fuerte en la piel, al contrario parecía soplar un aire fresco de forma constante y de todos lados. Nosotras caminábamos sin apuro, haciendo chistes y bromas de lo pesadas que íbamos, nos conectábamos con el grupo y al mismo tiempo hacíamos planes de lo que íbamos a leer primero para nuestro trabajo en proyecto: la tesis. La gente nos tropezaba al pasar, éramos como piedras en su camino ¡Que ritmo tan acelerado para dos turistas que iban pendientes de no perderse detalles! Decidimos ir a la Biblioteca Central, la verdad una gran experiencia aunque no pudimos acceder a casi nada, en el camino nos tomamos fotos. Almorzamos en un local de comida rápida, fue un refrigerio  delicioso. Mientras nosotras hacíamos la sobremesa, nos tomábamos fotos y revisábamos nuestros tesoros, la gente entraba y salía casi sin detenerse a mirar lo que se llevaban a la boca.

Ahora no recuerdo muy bien, pero terminamos enfilando hacia el Panteón Nacional porque queríamos conocerlo. Al llegar nos dijeron que ya estaba cerrado y además nos recomendaron que nos fuéramos ligeritas porque el sitio era peligroso. No recuerdo mucho si nos asustamos o no, pero sí recuerdo la decepción de no haber podido entrar.

De vuelta a Valencia el ruido del motor del gran autobús arrullaba esos cuerpos cansados de tanta caminata y visitadera. La niña se durmió acurrucada con su mamá mientras sus piecitos descansaban en mis piernas. Mi comadre también cerró los ojos un momento y yo como si se tratara de dulces que no podía esperar para comer,  volví a sacar algunas cosas que tenía a mano en el gran bolso de color verde adornado con grandes letras amarillas que iban formando una especie de globo terráqueo y  que repetían en tamaños distintos: “Leer es un poder”. Mi comadre me vio y sonrío, a ella también le gustaba el bolso y lo que significaba: era la puerta a muchos proyectos, a cosas nuevas. Nos prometimos que lo usaríamos siempre para todo lo que hiciéramos en adelante. Así fue. Ese bolso se convirtió en bandera de muchos de nuestros proyectos, todos relacionados con los libros. Ese era el bolso mágico que contenía los cuentos que mis chiquitos leían, el de ella también y fue el bolso que nos acompañó en las primeras clases como profesoras novatas en la Universidad, ese bolso verde con letras negras y amarillas que nos regalaron en aquel viaje a la capital. No sé si mi comadre lo tiene consigo, pero yo aún puedo verlo, está colgado en mi percha y lo que representa me hace sonreír.

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