PALABRA SECRETA

Nadie va a cambiarme

Guadalupe

Soy una mujer de gustos simples. Me gusta hablar francamente con una persona, comer chocolate sin pensar en la dieta, amo mi sofá, donde puedo amodorrarme a leer un libro y lo mejor de todo es que me encanta vestirme como me da la gana, nunca me ha preocupado mucho eso de la moda.

Con el estudio la cosa va más o menos así, estudié mucho siempre, soy aplicada. Ahora que terminé pues tengo que buscar trabajo, espero tener suerte pronto. 

Tengo apenas unos meses en este empleo y me siento un poco rara, es que de un tiempo a esta parte me he descubierto mirándome más de lo debido en el espejo y descubriéndome arrugas, canas  y algunas lonjas que se me marcan en la ropa y que me hacen sentir incómoda, no es como dice mi marido “sazón para el caldo”

Creo saber de donde viene la cosa, aquí en esta empresa las mujeres se arreglan a la última moda: zapatos y ropa de marca, es por eso que  mis zapatillas bajitas me están incomodando, creo que no se ven bien. No toman azúcar, consumen sólo edulcorante artificial y productos Light, el chocolate es un enemigo prácticamente innombrable y si me ven comiéndolo es posible que les de un infarto al pensar  en la cantidad de calorías con que  contribuyo a “sabrosear” mi cuerpo.

 Mi jefa y su séquito de lame botas viven hablando de los deportes que practican. La obsesión es tal, que he llegado a preguntarme como han conseguido el puesto en el que están, si lo único que tienen en la cabeza es una clase de bailoterapia, una cancha de tenis, una piscina, una clase de aeróbicos o de spinning y una sesión de masaje linfático,  de acuerdo con ellas, la última moda para perder peso rápidamente.

Es oficial, soy un globo, estoy gorda y me visto fatal. Imposible no dejarse arrastrar. Acabo de comenzar una dieta estricta, que consiste en consumir piña al desayuno (como extraño mi arepa rellena) almorzar como un conejo y cenar nada, no me ayuda que mi marido lleve la pizza que tanto nos gusta y que comemos todos los jueves.

En los seis meses como empleada de esta oficina ya he ido como a tres clases de spinning impulsada por mis “amigas”  pero que va, me he dado cuenta de que esa cosa  no es para mí,  después de sentir las piernas como dos troncos y  caerme  al tratar de bajarme del dichoso aparato luego de una hora de duro entrenamiento.  Al llegar a este punto no vale la pena que deje de contarles de mi intento con la  natación, esto me resultó mas relajante, sí, como no,  quedarme quieta en el agua por largo rato, lo sabroso del sol en todo el cuerpo y la brisa deliciosa…,  la verdad es que no sé nadar, así que preferí anclarme en la piscina de los niños que es llanita y calientita con la excusa de vigilar al bebé.

Una de las mujeres de la oficina me invitó a hacer bailoterapia y debo confesar que me gustó, siempre me ha gustado bailar, el problema es que la música estaba muy alta y no se escuchaba lo que gritaba el instructor, además,  de repente empezó a salir humo de todas partes y apagaron las luces para dar paso a los efectos de colores. El tipo  bailaba muy bien, movía las caderas con un tumbao envidiable, pero  a mi parecer hubo un  problema:

 ¡Ninguna de las que  asistió a la clase de ese día logró imitar al instructor!

 Todas nos movíamos estúpidamente pensando quizá que con los gritos y los aplausos no se vería en el espejo que estábamos poniendo la torta hasta el piso de abajo.

Cuando se acabó la clase llovieron aplausos  y yo me reí con ganas, salí de ahí livianita. Mi “amiga” me contó después que le pidieron las otras mujeres que no invitara más a esa histérica (o sea yo) a otra clase, que si echaba a perder al grupo parándome a cada rato, que si  me reí como loca,  bueno total,  cada quién con su desvarío.

El caso es que tengo algunos días pensando que la mejor terapia que puedo hacer es no preocuparme más por esas vainas,  al cuerpo hay que darle lo que pida, si nos provoca bailar un bolerito pues lo bailamos, si nos provoca caminar bajo la lluvia pues caminamos, si nos provoca jugar a los karatekas para que el nene se aprenda los catas pues jugamos.

En conclusión seguiré vistiéndome como me de la gana y cuando me de la gana me echaré un poquito de pintura en la boca, de las que no tienen tanta manteca, porque hacen que el cabello se quede pegado a los labios, ese tipo de labial le encanta a mi marido.

Ahora que caigo en cuenta, prefiero hacerle caso a lo que yo pienso,  no a lo que piensen los demás, total yo vine a este mundo para ser feliz con todas las cosas que haga,  no para vivir siempre pensando en lo feliz que seré cuando tenga un cuerpo escultural o unas tetas perfectas,  mis tetas son perfectas, no tienen nada que envidiarle a las de ninguna artista, me digo mientras salgo de darme un largo baño y me miro en el espejo.

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