PALABRA INCÓGNITA

El Zamuro

Xavier Manasés Torrealba

Estudió Lengua y Literatura en la Universidad de Carabobo. Participó en el taller de Narrativa perteneciente al Dpto. de Cultura de la Universidad de Carabobo bajo la coordinación de Héctor Espinoza, posteriormente de Geraudí González y por un tiempo breve de Danibia Abreu. Es director de teatro y disfruta de realizar montajes para su compañía. Desde siempre ha tenido una relación cercana con la escritura. Es poeta, compositor y escribe relatos cortos. Esta es su segunda colaboración para Palabra Infinita

EL ZAMURO

Xavier Manasés Torrealba

Chela se quedó dormida al pie de un viejo samán, pensando en el chico que tanto le gusta, y al abrir sus ojos lo primero que observó fue a un zamuro mefítico rodeándola, la primera reacción fue espantar a la despavorida ave, quién subió a las ramas del samán a contemplarla.

―Peazo’e ave fea mal oliente ―le gritó al ave, quien la observaba desde las ramas de samán.

Se encaminó a casa recordando el emotivo encuentro que había tenido con Luciano; el chico que tanto le gustaba. Al ir observando las arboledas que habían a su alrededor se percató que el ave la seguía.

―¿Esa peazo’e ave otra vez? ―se preguntó en voz alta. Tomó una piedra y se la lanzó en un fallido intento. Por más que caminaba el ave seguía observando a la campesina, como si realmente quisiera decirle algo. Ella, imaginaba todas las cosas descompuestas que comía, y le daba asco tan solo pensar que el ave la seguía.

―Ahora si me acomodé contigo pues ¡Vete! ―le dijo al ave quién parecía entenderla. Se mantenía distante, pero igual la seguía.

La Campesina cruzó ríos, subió lomas, y aún el ave la seguía. Al percatarse, un escalofrió corría por su cuerpo. Se sentía acosada. Caminó deprisa todo el trayecto hasta su casa, sintiendo su presencia.

―¿Dónde estabas Chela? ―le preguntó la mamá, enojada.

―En el río amá, usted sabe que siempre voy los sábado pa’llá ―le dijo Chela sumisa.

―Sabes que no me gusta que andes por esos lares, eso queda muy lejos, además no debes ir sola

―¡Ay amá! Ni que fuera muy lejos, eso queda allí mismitico ―expresó aun agitada por la caminata.

―Algún día de estos te vas a llevar un buen susto, ¿No puedes estar tranquila como tus hermanas? Sin ser tan chiva ―dijo la madre encrespada.

La joven se fue a pilar el maíz que su padre había desgranado. El pilón estaba debajo de un árbol de tamarindo, y allí se encontraba nuevamente el zamuro. Chela lo observó intrigada pensando por qué esa ave la seguía a todos lados.

Le arrojó unos granos de maíz al ave, bajó y precavida se las comió. Chela terminó de pilar, y llevo el tazón a su madre, quien la esperaba para hacer las arepas.

―Amá hay un ave que me sigue desde que venía del río ―le dijo a su madre, mientras la veía cocinar.

―¿Un ave? ―le preguntó extrañada.

―Sí, es muy raro, un zamuro de plumas grandes, negras y marrones, y su cara es como color ceniza.

―¿Un zamuro? Los zamuros están atrás de los muertos niña loca, espántalo cuando lo  veas.

―Al principio me daba miedo, pero ahora me parece que es amigable.

―¡Ah no vale muchacha! ¿Tú como que estas enamorada de ese Zamuro? ―le expresó la madre con unas risotadas.

―No amá esa ave huele mal… aunque es como una buena mascota.

Durante la noche, se dirigió a la ventana, la abrió y vio al zamuro que la observaba fijamente. Ella en el impacto, cerró la ventana de un sopetón. Se fue a dormir con la imagen del ave, sin entender por qué el pájaro no se iba. Al despertar comenzó a hacer los quehaceres de todos los días: buscar la leña, cargar el agua, recoger los granos. Al ver a la anciana del campo, salió a su encuentro, a darle unos palos de leña, y parte de las legumbres que había recolectado.

―Gracias Chela, tú siempre tan atenta ―le agradeció. La anciana observaba al pájaro unos cuantos metros detrás de la muchacha.

―Sí, mi seño esa ave siempre me sigue, y no sé que hace pa’que me deje quieta ―le dijo Chela al observar a la anciana recoger una piedra con la intención de arrojársela al ave.

―No mi seño’ no lo golpeé ―le dijo Chela molesta.

―Mi niña, ¿No sabes lo que dicen de los zamuros que siguen a las personas?

―Mi amá dice que los zamuros están atrás de los muertos, pero este me sigue a mí, así que no creo en eso.

―¿No te han dicho lo que pasa con los zamuros que se enamoran de las mujeres? ―dijo misteriosa

―No, ¿Es una leyenda? ―intentó no reírse de la anciana, por respeto.

―La gente cree que son leyendas pero esas cosas son ciertas. Hace mucho tiempo una joven también se encontró a un zamuro que se enamoro de ella, al tiempo desapareció y cuentan que se convirtió en zamuro.

―Que leyenda tan buena mi seño’, pero eso son puros cuentos.

―Mi niña, hágame caso espante a esa ave de rapiña.

La anciana la vio alejarse. Chela dio media vuelta y con una sonrisa la despidió.

Al regresar a casa escuchó a una de sus hermanas decir:

―¡Luciano se casa!

Ella desde muy pequeña había estado enamorada de Luciano, pero él, siempre la había tratado como una amiga. Es por eso que al escuchar esa frase su corazón se hizo pedazos. No quería que nadie se percatara de su sufrimiento. Tras disimular, salió de casa, y corrió al samán donde solía estar, se tiro al pie del árbol y empezó a sollozar. Cuando se disipo el llanto desenterró el rostro de su falda, observó una flor y a unos pasos más atrás se encontraba el zamuro. ¿Cómo es posible que este animalito entienda que estoy triste?

―pensó.

Tomo la flor, y El zamuro abrió las alas dando pequeños saltos a su alrededor.

―Que ave más bonita ―le dijo mientras observaba conmovida la flor.

El ave se acercaba lentamente hacía la joven, hasta que se poso sobre sus piernas. A Chela el zamuro no le parecía desagradable y no le olía mal. A partir de ese momento el zamuro estaba más cerca de ella. Dormía bajo su cama. Las personas del pueblo comenzaron a llamarla bruja desde que se le veía con el ave.

―Muchacha deja de andar con ese zamuro, espántalo, mira que la gente ya anda comentando cosas ―dijo la madre irritada.

―¡A púes amá! Quédeseme tranquilita, que esa es mi mascota. Esa es la gente de aquí que es más supersticiosa… que si los santos, que si los muertos, que si los vivos, ¡Na amá!

¡Déjelos que hablen!

―Muchacha pero que grosera te me has puesto, ¡No creas! ¡No creas que porque ya se te vinieron los dieciocho no te puedo lanza tu cachetón! ―le levantó la mano muy cerca de la cara de Chela, amenazante.

―Amá usted si le gusta peleá conmigo, yo no le estoy diciendo grosería, solo  le digo que no hay que tenerle miedo a un pajarraco, mírela, si hasta bonito es el bichito ―tomó al ave y la colocó en su regazo.

Chela fue por agua al pozo donde se encontró con la anciana.

―Mi Doñi, ¿Qué hace por aquí solita? ―preguntó Chela.

―Vine a buscar agua mi niña ―la anciana se sentó en un banco que estaba cerca del pozo.

―Doñi, usted ya no está para estar cargando nada ¡déjeme y la ayudo! ―Chela agarro los jarrones, los metió en una caja y los llevó a casa de la vieja. En todo el camino la anciana

notó que el ave seguía a la Chela, y cada vez que iniciaba la conversación acerca  del zamuro la joven evadía el tema. Al llegar a casa de la anciana, dijo:

―Chela deshágase de ese animalito, se lo digo de buena fe mi niña. Esas cosas no traen nada bueno.

―Tranquila mi Doñi ―dijo Chela al alejarse.

Al día siguiente la mamá le dijo que fuera a rebuscar papas con sus hermanas. De todas, ella era la más laboriosa, también la mayor y no le daba pena buscar las papas  que regalaban los sembradores. Siempre tenía que escucharlas quejarse cuando las mandaban a trabajar; Chela se había acostumbrado a hacer prácticamente todos los quehaceres de la casa, y no le molestaba: prefería eso a soportarlas.

―¡Recogeré papas!, pero no voy a cargar papas, como si fuera un burro ―dijo la menor.

―No creas que voy a quedarme todo el día llevando sol como una palmera ―le dijo la tercera.

―Nosotras sacaremos las papas de la tierra, pero dejaremos los sacos allí para que algún muchacho del pueblo los vaya a buscar ―Mencionó la cuarta hermana.

―Más flojas ustedes, caminen es qué, y dejen de‘tá planeando tanto ―les dijo Chela molesta.

De repente observaron a muchas personas cerca del pozo, y todas estaban turbadas.

―¿Qué pasó? ―le preguntó la Chela a la gente que estaba lejos de la multitud.

―¡La anciana!, la anciana murió ―dijo una señora con los ojos enrojecidos.

Chela corrió hasta la casa de la anciana, y al llegar su corazón se agitó al ver a las personas alrededor de la cabaña, hizo paso entre el gentío y logró entrar, al asomarse poco  a poco miró los pies de la anciana tendidos, luego fue acercándose más y más, hasta que vio como le brotaban tajos ensangrentados de la cara, y los ojos extirpados. Al voltear la mirada hacia la ventana, observó al zamuro en el árbol de caimito, abriendo sus alas como aquella vez que le entregó la flor. Salió corriendo del lugar horrorizada. La observaron como corría hacía el bosque, intentaron con fuertes gritos detenerla. Chela iba muy deprisa, lloraba amargamente, recordando las palabras de la anciana, sintiéndose culpable de su muerte. Al llegar al Samán observó al zamuro, se fue acercando a él muy despacio, lo agarró fuertemente del pescuezo, golpeó su cabeza varias veces contra el suelo, hasta que se volvió solo sangre y plumas.

Las personas al llegar a lugar la vieron llena de sangre, diciendo; que ya había matado a la malvada criatura, que ya jamás le haría daño a nadie. Se comía las plumas y rociaba su sangre por todo su cuerpo, Todos horrorizados salieron del bosque, algunos intentaron llevarse a Chela, pero ella desapareció siendo tragada por la noche.

Pasaron meses y no la encontraron. Comentan que la anciana era una bruja que ahora habita en el cuerpo de Chela, incluso hay quienes aseguran haber visto al mismo pajarraco enamorando mujeres del pueblo, amándolas, hasta volverlas locas.

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