Guadalupe
Todas las ficciones tienen su propio tiempo,
diferente del tiempo real…
Mario Vargas Llosa
Cartas a un joven Novelista
Es de noche. No logro identificar lo que me inquieta. Algo cambió, pero aún no sé qué. La náusea me ha obligado a orientar mi cerebro en busca del baño. No puedo abrir los ojos completamente. Me urge la cama y al mismo tiempo no quiero estar en ella, el silencio de la casa comienza a molestarme. A ciegas y descalzo la recorro entera. De pronto me duele una ausencia, ella no está. Me lo confirma el papel arrugado que dejó manchado de lágrimas en la mesa de cuatro puestos, único adorno de mi sala. Culpable y burlón sigue ahí, no necesito leerlo porque ya me sé cada palabra.
Ella decidió que tenía suficiente de mí, en cambio yo aún no había destrozado todo de su vida. La quiero aquí y ya no está. Creo que matarla me hubiese permitido disfrutarla más tiempo, no me atreví. Ojala tuviera la valentía que le descubrí a aquél idiota que disparaba sin pensar en su odio. Camino de nuevo sin rumbo por la estancia. Su ausencia es tan notoria como la nevera vacía, como las flores marchitas, como el hedor a soledad.
Llorar no es de machos, eso me dijo mi padre un día. No sé si hoy me siento hombre. Tengo días sin saber quién soy. ¡Que se pudra todo! Quizá dormir ayude. La noche está ahora en lo más callado y me sigue doliendo la ausencia.
De nuevo me asaltan las ganas de ser otro, pero ya no quiero ser un asesino. Quizá prefiero ser, un aventurero capaz de cruzar el mundo sin apuro por el retorno, ese que conoce cada rincón del planeta, ciudades y países que yo solo he visto por Internet. ¿Y por qué no? el millonario que no lucha por llegar a fin de mes con algo en la cartera.
Mi vida es muy distinta a esos deseos. Soy un loco callado. Metido en mí mismo la mayor parte del tiempo. A veces recorro las calles buscando a quién robarle el físico, la identidad. Soy de los que mira de reojo a los que ríen y luego invento porqué lo hacen. Soy de los que hilvanan historias de escenas dispersas. El que escucha mientras finge estar concentrado en algo más. El que roba diálogos, disputas, frases.
A ella la conocí en un café. Creo que no era intención de ninguno de los dos llegar a algo. Yo garabateaba en mi libreta y sorbía el perfumado líquido negro, único alimento de ese día. Ella me inundó con su fragancia y su verbo. Me la imaginé desnuda. Me gustó. Sin saber cómo, terminamos los dos sudando las sábanas de mi cama destartalada. A partir de ese momento se adueñó de mis costumbres. Sus arrebatos, su cuerpo, sus caprichos y su sexo se volvieron un vicio.
Trago la náusea que de nuevo me inunda la boca. ¿Cómo fue que pudo por un minuto hacerme pensar en otra cosa? ¿Cómo fue que permití que intentara cambiarme?
Cierro los ojos y la evoco. No es de una belleza común, es más bien un pequeño monstruo de cabellos ocre, dientes torcidos y enormes ojos café, su boca inunda su rostro. Se mueve con la presteza de una bailarina y es tan elástica como una acróbata de circo. En algún momento llegué a creer que podría formar parte de su mundo. Ella nunca formó parte del mío.
El sabor amargo de la bebida me hace recordarla de nuevo. Esta vez no de la mejor manera. A ella le disgustaba que yo bebiera. Incluso llegó a deshacerse de todas mis botellas para intentar alejarme de lo que siempre me dijo, sería mi muerte segura. Ahora no está aquí para llorar cada vez que me ve apurar el vaso. No está aquí para limpiar la inmundicia que he dejado en el baño al volver del otro mundo. Ya no se acurruca en mis brazos mientras me ruega que la ame y que me enfoque en ser alguien más normal. Se fue hace no se cuánto tiempo y hasta ahora me doy cuenta que me duele. ¡Maldita sea!
Sus palabras comienzan a repicarme en la cabeza y siento que me desagradan, no quiero recordarlas. No, no, algunas no son tan hirientes, también las hay dulces, cuando no están llenas de reproche.
Se me explota la cabeza. Un martillo golpea sin piedad. Suspiro mientras me tapo la cara y me alboroto el cabello. Ese que mi monstruito solía acariciar y que cuidaba con tanto esmero. Amanece ya. La noche se ha ido sin protagonismo. Aquí dentro sigue oscuro, pero ya no hay silencio. Suspiro. Me muevo otra vez como un fantasma. Ese es mi más grande problema, yo no sé cómo ser normal. Vivo entre el sonido de las teclas y los tragos de vodka. No sé cómo llevar una rutina que no sea la de mirar el cursor esperando ser arrastrado por letras y palabras que se conviertan en historias, para que otros juzguen si sirven, si merecen ser recreadas, tan estúpidas como esta noche en vela, tan inverosímiles que muchas veces desaparecen al pulsar delete o tan buenas que pueden ser vendidas y hasta dan para vivir.
Mis pasos me llevan de nuevo a la sala. La computadora encendida sobre la mesa de cuatro puestos parece esperar paciente a que la ocupe. El hasta nunca de Amanda sigue ahí, parece estar riéndose de mí. Repito en mi mente sus palabras “Algún día el alcohol y las letras acabaran con tu vida… no quiero estar ahí para ver eso. Te amo, A”
La adrenalina fluye a medida que las teclas inician su ritmo constante. Por un momento mientras escribo cierro los ojos. El fluir de las palabras no disminuye, al contrario, se hace cada vez más fuerte, más rápido. La imagino al abrir la puerta, sus pasos silenciosos alejándose de mí. Eso no es lo que yo quiero, por eso voy a jugar a ser Dios, a que tengo su destino en mis manos.
Ella camina con sus altos tacones arruinados, sus labios excesivos pintados de rojo, me mira y dibuja en su boca una sonrisa insinuante, se frota sus dientes manchados y dirige sus pasos hacia mí. Decido que,
Es de noche. No logro identificar lo que me inquieta…
