NUEVA PALABRA

El viejo juglar

Miguelino

Son las dos de la madrugada. Con el insomnio en su máxima potencia, me ha dado por recordar a mi abuelo,  aquel viejo de mi infancia. De niños mi primo y yo  íbamos con él al parque Negra Hipólita a caminar, lo menos que hacíamos los mocosos hiperactivos de ocho  y seis años era eso. Corríamos por doquier, reíamos y nos dispersábamos.

Para compensar nuestra electricidad el anciano nos empezaba a contar historias. Todavía hoy recuerdo estar sentado en una banqueta viendo unas extrañas esculturas y a mi abuelo recitando las historias de Ícaro y el sol; aquellas paredes de cemento conforme avanzaba su historia se convertían en riscos y océanos, o, en un enorme laberinto por donde corría  una niña asustada. Sus relatos hacían volar mi cabeza, me llenaban de preguntas.

Con el paso de los años ya no fuimos tres sino dos, mi abuelo y yo. La adolescencia me acariciaba la nuca, empezaba a tener ataques de idiotez pero el viejo nunca flaqueó, los domingos me buscaba para que practicara al volante mientras él aumentaba su repertorio.  Se adaptaba a mi edad, sus historias cambiaban, con chistes subidos de tono y  al ver que se me ponían los ojos como platos se reía, sabía que lo había entendido. Ahora estoy a medio mundo de distancia y todavía escucho su risa pícara mientras iba de copiloto  en la camioneta.

En este momento de mi insomnio me pongo filosófico y pienso que mi afición por escribir despertó por mi madre y también por mi abuelo, quería crear mundos como él me hizo imaginarlos.

Con el correr de los años a nuestras tertulias se unió mi prima pequeña para quién repetía sus historias y les puedo decir con certeza que jamás perdieron el encanto, mil veces podía contar  y mil veces me senté a escucharlo, hoy todavía me cuenta,  y todavía lo escucho,  a él, a mi abuelo.

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