Guadalupe
Es una mujer como muchas. Todos los días enfrenta batallas.
Hace unos años se casó. Estaba joven aún, tenía una cacharra destartalada que heredó en vida de su padre. Decidió que esa cafetera antigua sería el inicio de su aventura en pareja y sin cacareo la vendió para alquilar una pieza donde viajar a las estrellas sin más equipaje que su vestido de Eva.
El tiempo que es inexorable ha pasado y dejado huella, no es fácil llevar una vida con dos hijos y tres empleos. Aunque todo tiene sus satisfacciones. Cuando la familia aumentó, la pieza fue cambiada por una casa, tres habitaciones, una espaciosa cocina, dos baños, un bonito jardín. Sonríe mientras piensa que juntos en su guarida inventan a diario el amor.
Una tarde entre sudores y cansancio, advirtió el nombre ahogado que se escapó de los labios de su campeón…
La duda se instaló como dueña de su vida, entre nerviosismo y paranoia revisa papeles, maletines, carteras. Así sin más descubre el cuerpo de un delito añejo. Allí están en su laptop las pruebas inequívocas, esas fotos desvergonzadas que muestran las sábanas revueltas que cubren el mismo colchón en el que fueron concebidos sus hijos, la pintura descascarada de la entrada a su alcoba y el mismo cuadro en la pared, con horror se pregunta entonces,
¿No es esta la amada guarida de la que yo estaba tan orgullosa?
No queda nada por decir para ese par de extraños, ya fue suficiente ultraje.
¿Qué va a pasar ahora que la vida se ve diferente?
Algunas lágrimas escapan de sus ojos, sus labios tiemblan descontrolados y los sollozos acuden junto a los recuerdos de ese descubrimiento. El sudor moja su frente mientras siente el fardo entre sus manos húmedas y resbalosas. La luz opaca de esos ojos tan amados no la asusta. Solo por un instante siente que no podrá con tanto peso, luego su ánimo se enciende con la fuerza de la decisión.
Escucha los ruidos más allá de la puerta de su hogar, decide que esto no va a destruirla. Se da cuenta que hace tiempo se calzó los zapatos de la valentía, y no hay nada que pueda vencerla. Es momento de tomar la vida de la mano, dejar atrás lo que no sirve.
Finalmente gira el picaporte. Al entrar sonríe a sus hijos y respira profundamente al llamado de la soledad. En la noche, cuando todos duermen, ella baila, recuerda lo vivido. Se despide de una vez de ese maldito que se han de estar comiendo las ratas. Ríe en ese momento de su astucia y da la bienvenida a lo desconocido. Gira y ríe, hace tiempo que no es una niña. Gira de nuevo y recuerda la cara de asombro del que fue su campeón. Vuelve a girar y se hace consciente de que ya no es una muchacha, tararea la canción que suena a bajo volumen en la radio y su cuerpo al moverse en forma tan acompasada la hace sentir que es una mujer fuerte, tan fuerte que pudo acabar con esa historia. Así como él horadó sin piedad su corazón, ella hizo que escapara la luz de sus ojos.
Tiene puesto su traje de libertad, el mismo que se ha curtido de experiencia. Por eso gira, gira y gira, va con el tiempo, no hay atrás.
