Guadalupe
Mi abuela era pequeña y enjuta. La mayoría de las veces estaba ocupada en la cocina y así fue como la encontré aquél día en que le llevé una sorpresa. A mi abuela le gustaban mucho los animales y los insectos. En su casa había gallinas, perros, pájaros, palomas, muchos escarabajos y unas cucarachas marrones a las que mis primos y yo les decíamos “las blindadas”, por su duro aspecto. Siempre que mencionábamos algo de eso ella nos respondía
“Es por las matas”
Cuando se acercaban las lluvias era común oír a las chicharras. A veces las veíamos amanecer secas y reventadas de tanto cantar. Cuando esto ocurría mi abuela la tomaba con cuidado y la prendía de su largo cabello que en pocas ocasiones llevaba suelto. Otras veces nos la ponía en el pecho “Es un adorno” decía.
Un día, yo andaba correteando por ahí y me encontré con un hermoso grillo de patas muy largas. Cantaba descuidado sobre una mata de Corazón de Hombre. De inmediato lo apresé y decidí que se lo llevaría de regalo a mi abuelita. El movimiento del insecto en mi mano me causaba un poco de aversión, pero era olvidada muy pronto al pensar en la cara de asombro que mi abuela pondría cuando viera la sorpresa. Acompañé el insecto con algunos papelillos y esperé pacientemente a que mi papá dijera que era hora de partir.
Ya en el camino sentía cómo, cada vez más desesperado, el grillo trataba de escapar y se movía como loco en mi mano sudorosa. Nunca antes se me hizo tan larga la luz del semáforo que indicaría a mi papá la esquina por donde debía cruzar. Finalmente llegamos. Mi padre se estacionó y mi madre me ayudó a bajar. Entramos.
La casa de mi abuela era muy grande, llena de muebles viejos que parecían gritar la bienvenida. Desde la sala solo podía verse un trozo del patio, mi lugar favorito en todo el mundo. Entrar a esa casa llena de cuartos vacíos con ventanas de madera y cortinas en vez de puertas siempre era una sabrosa sensación.
Al pasar la salita se abría una inmensa estancia con sillas de mimbre de diferentes colores y una inmensa cocina con muchas alacenas diferentes una de la otra. Mi abuela siempre estaba parada junto a la estufa así que caminé con total seguridad hacia donde sabía que la encotraría. Mucho antes de verle la cara anticipé su sonrisa en su bello rostro moreno. Me abrió los brazos, corrí a su encuentro y grité:
—¡Sorpresaaa! —cuando deshicimos el abrazo, ella miró en mi mano el grillo junto a los papelillos mojados por el sudor. Sonrió bondadosamente y me preguntó:
—¿Y esto? ¿Qué es?
Me puse triste y dije en voz baja
—Era una sorpresa para ti abuelita…, pero…, se murió.
Mi abuela tomó con ternura el insecto, apartó de su cuerpecito los papelillos que lo cubrían, lo acunó en su mano de manera que yo no pudiera verle y luego, volviéndose hacia mí, me preguntó mientras reía con toda la cara.
—¿Estás segura? —las antenas del grillo se movían casi imperceptiblemente, ella lo aventó al aire y el insecto saltó con renovada fuerza, mientras lo veíamos alejarse le pregunté:
—Abuelita… ¿cómo lo hiciste? ¿Cómo lo reviviste?
—Esa mijita, esa no fui yo…
Me dio un abrazo muy cálido y se volvió hacia la cocina. Yo me olvidé pronto del insecto, me fui corriendo al patio, mi lugar favorito en todo el mundo.
