Guadalupe
Un aguacero de proporciones diluvianas formaba parte de esa oscura y angustiosa noche. Ella estaba preocupada. El reloj de números rojos marcaba impasible y ajeno a sus pensamientos los minutos transcurridos. Muy pronto el cansancio y el gorgoteo continuo de la lluvia hicieron que cayera en un sueño fatigoso del que despertaría más tarde en el ojo mismo de la tormenta.
El golpe seco de la puerta y unos pasos vacilantes, anunciaron la llegada. Cuando lo sintió cerca apretó los ojos y fingió dormir. Su cuerpo era un manojo de contradicciones, sintió alivio porque supo que estaba en casa, pero su corazón latió con la fuerza que bombea el miedo cuando sintió su respiración etílica cerca de su cara. Una mano temblorosa le apretó el brazo y la obligó a encontrarse con esos ojos llenos de furia, comenzaron a discutir. Una lluvia de insultos acompañaba los relámpagos lejanos, las palabras hirientes y sus voces comenzaron a oírse por encima del estruendo de afuera.
Descubrieron con vergüenza que mirándolo todo estaba el niño, con la almohada en la mano y los ojos dormidos. La criatura también llevo su parte; el padre lo sacudía con fuerza y la culpaba a ella de sus malas calificaciones, de sus mañas, de sus problemas, de los de él y de los del mundo entero… ¡Ella era la culpable de todo!
La noche dió paso a la madrugada fría y serena. La tormenta cesó. Amaneció, las calles se mostraban limpias y el sol se reflejaba apacible en los espejos de agua. Mientras ella caminaba, el viento fresco y joven le acariciaba la cara y era casi una bendición pues en su interior, la sangre ardía. Contuvo las lágrimas, lo de la noche anterior no fue más que un lamentable episodio.
El tiempo siguió su curso, cada uno hundido en un foso, incapaz de salir. Él caminaba a ciegas por el mundo, con el alma ennegrecida de resentimiento, asfixiado voluntariamente en un mar de alcohol y humo. A veces miraba de soslayo y sentía nostalgia. El hogar era una fortaleza cerrada con llave a toda hora.
Ella en apariencia fuerte, controlada, razonable se fue quedando vacía por dentro sin que nadie lo advirtiera. Su vida era un comercial de tv, reír, jugar, fumar, hablar, ser exitosa en los negocios y una ganadora en todo lo propuesto. En algunos momentos creía ser feliz, pero por dentro sólo habitaba un poderoso deseo, unas ganas insistentes de desaparecer.
Él, aunque se daba cuenta que era tarde para desandar el largo camino extraviado, trató de enmendar el entuerto. Se lavó el cuerpo de las impurezas que lo corrompían, se esmeró en ser esa persona que ella conoció, se convirtió en un bufón. Deseaba con vehemencia enamorarla de nuevo, fundirse en la miel de sus ojos y abrazarse al calor de su piel acanelada. Pero veía con tristeza que todo su esfuerzo por recuperar el hogar de antaño se lo llevaba el viento en un suspiro.
Echado en la cama la vió desvestirse. Admiró su belleza que comenzaba a marchitarse, su piel que hasta hacía poco brillaba, ahora era de una apariencia terrosa y arrugada.
Trató de seducirla, le habló dulcemente al oído, la acarició con ternura, no advirtió al principio que con el leve roce un diminuto trozo de materia extraña resbaló entre sus dedos, siguió acariciándola suavemente, sintió con extrañeza un polvillo muy fino en sus manos. Recordó los días de antaño en que jóvenes se entregaban al retozo del amor y el entusiasmo veló sus sentidos, pero la voz hueca de ella le advirtió:
—Lo siento…, es que no puedo… —él adivinó entre las sombras que algo sucedía por lo que corrió a encender la luz mientras preguntaba con la voz temblorosa por el miedo.
—¿Que pasa, ¿por qué no? —En ese momento calló para escuchar una voz casi fantasmal que le respondió
—Es que, algo se rompió dentro de mí —Corrió horrorizado hacia ella pero cuando trató de sostenerla ya fue demasiado tarde.
Asombrado miró como se quebraban su cara y su cuerpo y sus pedazos caían, silenciosos y mustios esparcidos por el suelo.
