PALABRA SECRETA

El secreto de la niña

Guadalupe

Especialmente para ti

#Yotecreo

Abrió los ojos entre sudores y jadeos. Tardó un minuto en darse cuenta donde estaba. La respiración acompasada de su marido la tranquilizó. Caminó con el cuerpo pesado y la cabeza revuelta hacia la cocina, quizá  un vaso de agua le ayudaría a calmarse. De vuelta en su habitación  se envolvió de nuevo en sus sábanas, no pudo dormirse de inmediato y pensó en el motivo del desvelo…, ya eran varias las veces durante esa semana que  despertaba en medio de sueños tan angustiosos. La ola de denuncias en las redes sin duda había traído de vuelta, como si de una película vieja se tratara, ese episodio de su vida olvidado a propósito. Al principio pensó que era una pesadilla, las  imágenes fabricadas en su cabeza eran nítidas, quizá demasiado. Al final de ese día tuvo que admitir que todo eso era más que un mal sueño,  era un recuerdo.

Esa mano de uñas largas y amarillentas que se deslizaba entre sus piernas regordetas, la imagen de ese señor grande sonreído que le hablaba  mientras con cautela metía dedos dentro de sus pantaletas floreadas con aparente naturalidad, esa sensación que la hizo sentir incómoda pero que al mismo tiempo rechazaba porque según el hombre era algo normal, estaban “jugando” explotó finalmente con lujo de detalles. Entonces, alejada de sus hijos que hacían ruido en la habitación contigua, cerró los ojos y lo dejó salir.

La casa olía a viejo, era oscura y polvorienta, al final de la misma, en el patio, se celebraba un matrimonio, sus padres eran invitados pero además conocían muy bien a la familia, el señor era de la casa, era conocido por todos,  de lento andar y siempre de buen humor. Los niños más grandes se burlaban de él y corrían mientras él jugaba a alcanzarlos. En la sala de la casa había un grupo de unas cinco  niñas, entre las que ella se encontraba y un reguero de muñecas en los muebles. En su recuerdo vió al viejo acercarse, se sentó entre las muñecas y preguntó que hacían, por un rato las observó sin intervenir y luego invitó a todas las niñas a “hacer ejercicio” él iba de una a otra y las tomaba de las piernas, con sus manos las movía como si esa niña fuera montada en una bicicleta, luego llegaba el turno de otra niña, de pronto dos de las que se encontraban ahí dijeron que  ya no querían jugar y se fueron, ella se quedó. Cuando le tocó su turno, supo que no quería jugar a ese juego tan raro,  pero aceptó porque las otras niñas lo hacían. Pasó un rato hasta que alguien se acercó a ver que sucedía, las otras dos  niñitas que aún no se habían ido y ella misma, comentaron que jugaban con el señor, él un poco nervioso se retiró de la sala y esta señora amable tomó su lugar. Comenzaron otro juego imaginario lleno de traslados a supermercados y tiendas, que no estuviera el viejo hizo que se acercaran de nuevo las niñas que se habían ido. Esa mañana luego de la fiesta, sin saber por qué desechó sin que su mamá se diera cuenta la pantaleta floreada que llevaba en la fiesta, no quería que la reprendieran por haberse quitado la panty tan sucia, así que prefirió botarla.

Abrió los ojos, se dio cuenta que lloraba en silencio. ¿Qué hacía ahora con ese recuerdo aberrante? ¿Por qué ahora se daba cuenta de esto? ¿Lo diría?

Secó sus lágrimas y salió de su habitación, sus hijos de seis y ocho años miraban televisión y bromeaban entre sí. Los miró conmovida y con la piel erizada pensó: “tenía menos edad que ellos cuando sucedió eso”.  Llamó a su mamá y como quién no quiere la cosa preguntó por esa familia, su mamá le dijo que ambos, habían fallecido ya, suspiró con algo que interpretó como alivio.

En los días sucesivos se llenó de trabajo, actividades, más trabajo y poco tiempo dejaba libre para pensar, no quería que su mente se abriera de nuevo a ese recuerdo. Una tarde en que se puso a organizar la biblioteca cayó una foto de un libro, la recogió y se contempló a sí misma con su cara gordita de los cinco años, sonreía inocentemente a la cámara, pero al ver sus ojos supo que ya escondía el secreto, pudo haberle echado mucha tierra encima, pudo haberlo olvidado todo ese tiempo pero los ojos de esa niña decían que eso no estuvo bien. Su esposo la encontró llorando, se sentó con ella en el suelo y le hizo miles de preguntas, ella respiró hondo y le enseñó la fotografía, él miró con cariño a la niña y le dijo:

—No cabe duda que Francis es hija tuya, son idénticas —la mujer sonrió amargamente y respondió

—Ojalá que no sea igual a mí en nada

—¿Qué tienes mujer? Llevo días viéndote

—Esa niña lleva una carga…, tiene un secreto

La mirada inquisitiva de ese hombre tan amado terminó por quebrarla. De nuevo tomó aire y luego de un largo momento se decidió a hablar, a medida que lo hacía notaba que sus palabras se perdían, que no lograba articularlas bien, la culpa, el miedo, la necesidad de ocultar aquello durante tanto tiempo finalmente habían sido rotas. Cuando terminó de hablar fundida en un abrazo silencioso de su marido se sintió liberada.

Antes sintió miedo, miedo a que su madre la reprendiera, miedo porque se dio cuenta que eso no había sido un juego inocente, miedo porque no sabía que iba a suceder. Luego sintió culpa, porque no sabía si era ella la que había provocado aquello, porque ella aceptó “jugar” aun cuando se dio cuenta que ese juego no era agradable y luego se dio cuenta que de esas experiencias nadie quería  hablar. Su esposo la dejó llorar, le quitó la foto de las manos y la guardó de nuevo en el libro. Con gentileza la acompañó hasta la cama y la trató como si se recuperara de una terrible enfermedad.

Unos días después mientras caminaban por el parque como casi todos los domingos le entregó una rosa blanca, la invitó a lanzarla al agua de un riachuelo que corría unos metros más allá de donde se encontraban, le explicó que era la forma en que se le había ocurrido que podía decirle adiós a ese momento tan amargo, para que pudiera seguir con su vida. Ella estuvo de acuerdo, desgajó los pétalos de la rosa y los observó caer y perderse en el agua, luego sin lágrimas le dijo a su esposo:

—Antes de dar por terminado esto necesito que me acompañes a hablar con mis hijos, ellos deben saber, deben estar atentos a todo, también tienen que saber…, ¡tienen que saber que cualquier cosa que les parezca extraña hay que decirla!

No fue fácil hablar con sus hijos, pero al hacerlo sintió que ya la niña estaba ligera, no cargaba más el peso acumulado con los años, entendió finalmente para qué volvió a ella el amargo momento,  era necesario que sus hijos estuvieran seguros, con suerte saber y conversar sobre esto los mantendría lejos de las garras amarillentas y malintencionadas de los depredadores.

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