Danibia Guadalupe Abreu
Uno
Camino a casa estaba todo muy callado. Mi mujer miraba por la ventana mientras yo tarareaba distraído alguna canción que escuché en la radio cuando era más temprano. Terminó la cena de nuestro aniversario y nos miramos sin saber qué hacer. En años anteriores nos íbamos a nuestro hotel favorito a disfrutar de una noche serena, llena de ese tranquilo amor que ella siempre me supo dar. Pero esta noche fue todo muy distinto. Aún no logro descubrir que la hizo decirme, terminado el postre, su deseo de ir directo a casa. Intenté tomarle la mano, pero luego de sostener la mía por un momento se alejó, su frialdad me hirió, pero no quise hacerle preguntas.
Estacioné y se bajó con una rapidez poco predecible. Su actitud comenzaba a molestarme, mejor que ella estuviera lejos. Tecleé algunas palabras en el celular y terminé de bajar del auto.
Cuando llegué a la cama, ella ya estaba allí. Brillaba tenue en la oscuridad con su camisón de satén y hacía ruiditos como de gata con su garganta. Quise tomarla, busqué sus besos, pero me supieron a lejanía. Miré sus ojos llenos de una certeza exasperante. Definitivamente la noche no resultó como la imaginaba. Teresa se quedó dormida.
Me levanté y me vestí, mis instintos querían algo más. No conduje mucho tiempo, la casa de Brizeida está tan cerca que asusta. Ella me recibió cariñosa, transparente y traviesa. Me hizo sentir como un adolescente que juguetea en brazos de una mujer mayor y descubre el amor. Toqué sus pechos aún firmes y me deleité con sus pezones. Hicimos lo de costumbre.
Antes del amanecer me vestí y corrí a mi casa. Era preciso estar ahí cuando los niños se vistieran y alistaran para el colegio con la precisión militar con la que mi esposa organizaba sus vidas.
Cuando salí del baño de nuevo me encontré con la mirada de Teresa, pero esta vez estaba distinta, parecía una niña traviesa. Creo que estaba algo arrepentida del silencio y la frialdad con que acabó nuestra noche, no era usual en nuestro aniversario, con este era un año más para sumar quince años juntos.
No me apasiona como antes aunque no me gustaría herirla nunca, tampoco me gustaría dejar lo que con tanto trabajo construí, pero tampoco puedo abandonar a Brizeida, creo que las dos me dan lo que necesito y no podría vivir si me faltara alguna. Me senté al borde de la cama, la mirada de esos ojos de gata tan llenos de alegría encendieron una serena y agradable chispa. Teresa me sorprendió. Sin que yo lo esperara se me abalanzó y me besó con pasión mientras yo dejaba sin hacer el nudo de mi corbata. Terminamos retozando en la cama, ella luego recogió mi ropa y me ayudó a vestirme. Sus palabras me sonaron extrañas pero fueron agradables.
—Anoche me sentí algo mal… espero haberme disculpado en forma convincente —Yo me paseé por su cuerpo desnudo mientras terminaba de vestirme y ella desapareció en la ducha. El encuentro terminó.
En la sala estaban los cuatro chicos listos, a tiempo para llevarlos a la escuela. Asumí mi papel de padre y repasé con algunos los trabajos y tareas del día. Los despedí con alivio. Hoy quizá llegaría temprano a la oficina.
El Otro
—Enrique se fue… —Dije bajito ya sintiendo el sabor de la aventura. No tardé en abrirle la puerta a Ricardo. Con los pies descalzos atravesamos la sala mientras nos íbamos besando cada parte del cuerpo. Ricardo voló a esconderse tras el mueble cuando nos topamos con uno de los niños que entró como sonámbulo a la cocina con la intención de beber agua. Lo reprendí y él subió las escaleras y volvió a su habitación. Mientras esperábamos que el chico durmiera, Ricardo me llenaba de besos. Me hacían sentir divina su juventud, su lozanía, su desparpajo. ¡Cómo me gusta su sexo! Coqueta le toqué la entrepierna y lo sentí duro, listo. Él emitió un rugido y lo hice callar con autoridad.
Subimos a la habitación no sé cuánto tiempo estuvimos ahí navegando en esas aguas turbulentas. Esa energía vigorosa me hace sentir liviana, a la deriva en medio de un río agitado. De pronto me miró con esos ojitos de niño, siempre tan dulce:
—Teresa, Teresa, vámonos juntos, hay tanto que me gustaría enseñarte, te has perdido tantas cosas por ser esta señora que no eres —Me aparté el cabello con suavidad, creo que hice una mueca mientras lo miraba con exasperación.
Mi cabello volvió a su posición original y lo aparté molesta, recordé que el miércoles de esta misma semana sería la cita con la estilista para un cambio de color, pero sobre todo para tapar esas odiosas canas que afean mi cabello color chocolate.
Ricardo debe haber advertido que me molesté así que me besó con suavidad los hombros, de nuevo en plan seductor. Lo aparté, no me molestó lo que me dijo. Hace tiempo que me di cuenta que dijera lo que dijese no podría molestarme, todo queda compensado solo con sentir su cuerpo perfecto. Pasado el momento lo ayudé a vestirse. Luego lo empujé fuera de casa, mi marido debía estar por llegar.
Mientras subía la escalera me acordé otra vez de Enrique. Creo que me acercaré a él dentro de un rato, mientras tanto activaré mis sentidos para recordar ese olor enloquecedor que acabo de dejar ir, ese tacto delicioso y esas manos viriles tatuadas en mis sentidos mientras me acerco a mi marido.
Enrique, pobre Enrique, ¡No sabe cuánto me hizo sufrir con su amorío ridículo de años! Fue patético enterarme de esa traición, pensar que estuve a punto de acabar mi matrimonio por esa entrometida,
¡Ja!
Pero no lo hice, yo soy más fuerte que ellos dos, más inteligente y mientras ellos juegan a que me engañan yo subo a los cielos con mi adonis perfecto.
Sé que falta poco para el amanecer, pero lejos de acostarme me dio por pasearme ufana por la casa, con unas ganas inmensas de dar brinquitos como siempre que vuelvo de los maravillosos encuentros con Ricardo. Cada vez me cuesta más dejarlo ir, pero al mismo tiempo siento ese placer malvado en hacer que quiera más y no complacerlo, creo que me gusta más allá del placer en la cama, ¡Ay no sé qué creo! pero me gusta. Recordar a Ricardo me hace sentir como una colegiala. Quizá algún día le diga otras palabras que no sean “tómame” o “Cuidado que ahí viene Enrique” por cierto ahí viene, faltó poco, muy poco.
Apenas puse la cabeza en la almohada me sentí cansada, tengo sueño, pero Enrique ha encendido la luz, creo que viene de tomar un baño. Abrí los ojos perezosamente para verlo mientras jueguetea con el nudo de la corbata. No pude evitarlo sonreí al ver a Enrique, el pobre no se parece en nada a mi Adonis. Se ha sentado al borde de la cama para ponerse los pantalones, así que lo abordé por detrás, no lo dejé pensar, yo tampoco pienso en él, es Ricardo el que me toca, son sus manos las que me complacen…
