Guadalupe
Tengo una extraña afición. Es desagradable para muchos. Sin embargo a mí, la mayor parte del tiempo me causa un placer goloso e indecible. Me gustan las orejas.
Por supuesto, esta especie de fetiche me ha traído unos cuantos inconvenientes, aunque en otros momentos es más bien una novedad bien recibida. La mayoría de mis amigos que conoce esta locura, la acepta con algo de aprensión. Es un placentero juego en que le hago el amor a la oreja. Le susurro, la masajeo, la muerdo, la toco con verdadero deseo, no quiero hacer más que eso, el resto de la persona no me interesa y ahí ocurre el inconveniente, quieren que avance pero para mí es suficiente.
No sé cómo me empezaron a gustar las orejas, pero me resultan irresistibles. Tengo mis favoritas. Entre las que me causan más deseo están las pequeñas, a esas las quiero de inmediato. Si el lóbulo es delgado mucho mejor. También hay otras muy provocativas, son rellenas y terminan con un tímido bultito. Hay unas que tienen unos vellos cortos y transparentes que al tocarlas es como sentir terciopelo, voluptuosas, sensuales. Entre las que me causan aversión están las grandes que tienen unos horrendos pelos por los lados.
Me he dado cuenta que las orejas van con la personalidad de la gente. Las pequeñas, generalmente ocultan a una persona tímida, en ocasiones retraída, pero que en realidad es amable y gentil. Las voluptuosas adornan las cabezas de personas intrépidas y risueñas, que se dejan llevar por los retos. Las personas con orejas muy grandes, se dividen en dos clases, algunas son malhumoradas y otras suelen ser un poco toscas, aunque jamás malas personas.
Cuando converso con alguien me fijo en sus orejas, imagino como sería tocarla desde su hélix, sentir su suave tacto. Si la persona advierte mi curiosa mirada, suele revisarse a ver si tiene algo malo, incluso han llegado a preguntármelo, entonces debo disimular. A veces nada más llegar a un sitio visualizo un hermoso lóbulo que me llama, me pide que lo toque, que satisfaga mi deseo. Hago mil peripecias para complacer mi compulsión, soy capaz de volcar tragos en la cabeza de la gente y con la excusa de limpiarlo hago realidad mi verdadero deseo, tocar la bella prominencia que me llamó la atención.
En otros momentos soy más directa y abordo al portador de mi deseo, ahí comienza una extraña danza. Yo toco la oreja y evito mirar al dueño, este ríe si le gusta lo que hago, o su cara se vuelve embarazosa. Pasado un rato si puedo seguir adelante, estaré pegada a su cuello chupando con fruición ese divino pedacito de carne. Cuando pasa el momento miro alrededor y me disculpo, en ocasiones he tenido que correr cuando me reclaman algo más.
En algunos casos finjo que conozco a la persona, pero en vez de tapar sus ojos y preguntar “¿Quién soy?” toco sus orejas, las masajeo y hago la tonta pregunta, luego me disculpo y me alejo para repetir lo mismo con otra persona.
Algunas veces las orejas son lindas y la persona enojosamente poco agraciada, en este caso no me preocupo mucho, invento algunas de mis peripecias mencionadas con anterioridad y me complazco unos minutos.
Cuando el dueño de mi curiosa obsesión además es un buen ejemplar, desarrollo todo un despliegue de ingenio para terminar una buenísima noche, aunque esto muy pocas veces sucede…
*
Las cosas se ponen divertidas en cuanto aparece por la puerta y comienza su cacería. Es tan absurda, toca las orejas de la gente y luego huye. La he tenido cerca un par de veces. Siente curiosidad por mí, sé que quiere verme, pero mis orejas van siempre tapadas por una capucha. No ver mi cara y que me retire antes de que pueda hacer algo, hacen que se enoje. Disfruto este juego.
Hoy no ha tenido suerte. Está enfurruñada. Bebe sin ganas una cerveza. En forma distraída toca su propia oreja, en su caso es casi un acto masturbatorio. Estoy a su lado pero aún no me advierte. Sus piernas me parecen deliciosas. Están cruzadas en forma bien provocativa, hace un movimiento en su banco giratorio y da un recorrido con la vista. Yo finjo estar concentrado en mi bebida y arreglo mi capucha. En forma casi imperceptible su rodilla tropieza con mi pierna al girar de nuevo hacia la barra, el roce ha despertado su interés, lo advierto por un movimiento muy sutil de su nariz, creo que reconoce mi olor. Entorno los ojos y advierto que en forma disimulada me observa. Su examen tiene un interés profesional. Se inclina hacia su vaso y vuelve a mirarme. Esta a punto de atacar
—¿Hace calor esta noche verdad? —dice en forma casual, creo que quiere que me baje la capucha y yo lo deseo tanto como ella, solo que no se si le guste lo que verá. Me toma un tiempo responder
—Un poco —sabe quién soy. Por la forma en que me mira, me doy cuenta que está decidida a no dejar que me escape esta vez
—Bien, creo que podemos saltarnos todas estas tonterías —me sorprende al decir—, quítate la capucha, tú sabes lo que busco… —obedezco ante su autoridad.
*
Ahí están ese par de orejas espléndidas, sin perder tiempo me he abalanzado sobre ellas. ¡Ah que tramposo!, sabe que he estado esperando este momento. Estamos muy juntos. Yo tengo mi barbilla sobre su hombro como si me dijera algo muy importante, pero él no me habla, escucho su fuerte respiración. Mis manos envuelven sus orejas, sienten todas sus cavidades, se mueven con mucha lentitud, es como un beso. Dirijo mi mirada a su cara, estoy muy cerca. Él mira hacia cualquier lado, sus ojos no se están quietos, creo que está nervioso. Ahora me fijo en los detalles; mi fetiche enmarca un rostro algo cuadrado y fuerte que se hunde hacia las mejillas, la poca luz parece dibujar ciertas imperfecciones. Su cabello cortado a rape deja ver sus entradas y una frente amplia, sin arrugas. Sabe que lo examino y me da placer, en forma calculada mira hacia un lado y luego hacia otro. Mis manos tienen vida propia, una toca con suavidad su oreja, la otra se posa en un rugoso camino que interrumpe la mitad de su cara, mis dedos recorren una y otra vez con creciente curiosidad la mejilla del desconocido, debe haberle dolido mucho, no parece molestarle que lo toque. Mientras hago esto encuentro por fin su mirada.
De pronto siento mucho calor y me doy cuenta que no soy yo quién domina la situación. Intento alejar mi mano y él toma mi muñeca con fuerza, mantiene mis ojos presos en su atrevida mirada y…
¿Qué ha estado haciendo?
Sus dedos expertos recorren mi piel con suavidad. Su mano tibia se ahueca perfectamente a la forma de mi seno, miro con disimulo a mi alrededor, creo que estamos dando un espectáculo. Que va, nadie nos advierte, somos solo dos cuerpos que danzan a capricho de sus obsesiones.
Su contacto ha dejado una huella magnética en mi piel, ahí donde me ha tocado late un desvergonzado cosquilleo. Me sorprende lo que pienso, quiero que me toque los senos a placer, que me recorra entera, me estremezco solo de imaginarlo. De pronto retira su mano, no quiero que lo haga así que me acerco y le muerdo la oreja, él me separa de nuevo. Incrédula noto que se dispone a marcharse, su mirada se posa vagamente en mí, es como una invitación. Quiero irme con él, sin embargo no se que me mantiene pegada a mi asiento. Cubre su rostro con la capucha, no puedo verle. Atraviesa la estancia y se detiene unos minutos en la puerta. Me ha dejado helada, sé que esa es su despedida.
Desde entonces, estoy obsesionada con las cicatrices…
