Guadalupe
El cobertizo tenía muchos años sin luz. Del techo podía verse que colgaba un polvoriento y enorme bombillo que nadie se había molestado en cambiar nunca. Había también un vehículo abandonado como desde los años cincuenta. El polvo no permitía ver bien su color y los vidrios estaban sucios y misteriosos. Justo delante del vehículo, había una pequeña puerta donde se guardaban muchos cachivaches, muy poca gente entraba a buscar algo allí.
Cuando las puertas exteriores se abrían y el descuidado lugar quedaba iluminado podía verse como hervían las paredes, muchas y horribles alimañas corrían espantadas a ocultarse de la luz y los cuellos de los más osados se espelucaban.
Los muchachos se retaban entre sí a pasar caminando desde la puerta del garaje hasta la que daba acceso a la cocina de la casa. Si lograbas hacer esa travesía serías un gran héroe hasta que otro más se atreviera a hacerlo. Aquello tenía sus niveles de dificultad, era posible que al poner la mano en la pared sintieras algún exoesqueleto lleno de peludas patas arácnidas, también podrías sentir horribles sonidos de bichos voladores al chocar contra el concreto, todo eso te haría dudar de seguir adelante.
Un día los muchachos dispusieron todo para retarse, el momento de la gran prueba. Todo listo para dejar pasar al atrevido. Las puertas chirriaron en un ruidoso anuncio de lo que le esperaba y dejaron pasar al valiente, una vez dentro se quedó a oscuras, sin tocar ninguna superficie y sudando frío comenzó a avanzar a tientas por el pequeño corredor entre la pared y el vehículo. De pronto escuchó un ruido sordo, parecía el de una puerta pero no asomaba ninguna luz donde se suponía que estaba la que daba a la cocina, otro golpe más, su respiración comenzó a entrecortarse y ya no supo si avanzar o devolverse, ahí dentro todo estaba muy oscuro, no había manera de ver que era lo que se movía o hacía ruido, decidió que era mejor devolverse y comenzó a golpear a la desesperada la puerta del garaje a la que los muchachos habían echado el pasador, finalmente entró la luz, el atrevido corrió y espantó a los otros lleno del polvo y las telarañas que le habían caído encima por darle patadas a las puertas, todos empezaron a correr y a gritar
—¡Aborten la misión!
Detrás de mi primo el valiente volaba una escoba y más atrás un rostro lleno de arrugas y desdentado ofreciendo pellizcos. Los muchachos decidieron que estaba bueno por ese día. Cualquier bichajo de cuerpo duro, patas peludas y antenas horribles, era nada comparado con los pellizcos que ofrecía mi abuela. Las carcajadas por el susto de todos los interpelados pudieron oírse por un buen rato.
Entre tanto, los muchachos dejaban pasar el tiempo, sabían que cuando entraran mi abuela los recibiría como siempre a la hora de la cena, con una buena provisión de pan andino, mantequilla y sendos vasos de leche con frescolita.
