
Ana Herrera
Nació en Soledad Estado Anzoátegui. Cursó estudios en la Universidad de Carabobo obteniendo el título de Licenciada en Educación, mención Educación Inicial y Primera Etapa de Educación Básica. Ejerce como docente, pero desde pequeña tiene inclinación por la escritura. Con respecto a esto declara: “Escribir es el paseo de mi alma a veces perdida en medio de insólitas tempestades, pero encuentra la paz en las delicadas hojas de los libros y se pierde en las mudas palabras de la imaginación”. Algunas publicaciones:
Tiburones bajo mi cama El taller Blanco Ediciones
Revista Educación en Valores-Año2/vol.2/Nº4 Valencia, Julio-diciembre 2005 Cátedra Rectoral Educación en Valores. Ensayo “Valencia y sus valores”.
Fundación Paso a Paso revista electrónica. http:/www.pasoapaso.com 2005 Artículo “La integración escolar- Mito o realidad”
UNICEF Revista electrónica Cuento: una nueva oportunidad http:/www.unicef.org.co/cuentos.htm 2005. Esta es su tercera colaboración para el blog.
En aquella habitación, se desplegaba con descaro una dulce fragancia que penetraba los pasillos de esa enorme morada. Las altas paredes enmohecidas parecían contar una larga historia que los ventanales con cristales empañados y el viejo piano cubierto de polvo podían confirmar.
Los colores desgastados de las paredes se iluminaban con el brillo terso de aquellas hermosas flores, se podía decir que era lo que daba vida a un lugar aparentemente solitario.
Justo ahí sobre la mesa reposaban durante cada semana, cuando ya se habían marchitado y eran sustituidas minuciosamente. La cesta tejida que las resguardaba era el disfraz perfecto para la botella de agua que las contenía, para nada era el mejor florero, pero le daba un toque elegante y armonioso a ese desierto salón.
Sin duda era el espacio más cálido de la casa, sobre la mesa de madera redondeada junto a las flores reposaba un libro de tapa gruesa color vino, adornado con letras doradas, el ejemplar contenía numerosas páginas algo amarillentas, que mostraban de una manera muy singular que el tiempo siempre deja su huella.
Un par de meses atrás, era completamente diferente, a pesar de ser una vieja casa, cada espacio tenía un toque especial; alegre, vibrante, ni el polvo ni los trastes eran parte de la decoración, el piano cobraba vida cada noche, llenaba de hermosas melodías los rincones. Hasta ese amargo día en el que ella se marchó, entonces, sólo quedó él, con el alma envejecida y la mirada cansada.
Desde ese momento, el ermitaño ocupante del lugar pasaba horas como jornalero en el campo, cuando regresaba iniciaba un reciente ritual: colocaba sobre la mesa un pequeño caldero de arcilla, de donde salía con suavidad el aroma de una sopa de cebollas muy caliente, instalaba cuidadosamente la mecedora en ese espacio sagrado y con desolación pasaba largas horas en la contemplación del libro. A media luz la delgada silueta del hombre se dibujaba sobre la pared, se dejaba ver su nariz respingada, el rostro cansado con el ceño fruncido y la expresión melancólica de su mirada reflejaba la flamante llama naranja que se erguía sobre la vela.
Sus largos y delgados dedos buscaban con premura una fotografía, recorría las páginas de manera impaciente, casi con rudeza, para encontrarla como siempre en el mismo lugar en el que la había dejado el día anterior, al final del libro se podía apreciar el rostro de una hermosa mujer morena de cabello largo y oscuro, con alegres ojos marrones y una sonrisa radiante, que sostenía entre sus manos una cesta tejida con flores de colores.
Las lágrimas brotaban sin contención alguna de los ojos del ermitaño, y caían en las hojas amarillentas del libro, los meses caminaban inmisericordes ante su pérdida. En esos instantes vivía solo de la nostalgia de esos días en los que sus largos y delgados dedos podían acariciar el suave rostro de aquella mujer, simplemente le quedaba la certeza de saber que el tiempo volvería a unirlos como antaño.
Mientras tanto, seguiría hundido en su tragedia, en la añoranza que dejan las pérdidas, abrazado al recuerdo etéreo de esos momentos fugaces, que se habían convertido en su única compañía.
Como de costumbre daba pequeños sorbos a la sopa sin sentir sabor alguno, su pecho palpitaba agonizante contraído por una presión dolorosa, insistente, que anhelaba sentir desde hacía mucho tiempo, como quien espera una visita no deseada pero necesaria. El silencio invadió sus oídos, el inquietante dolor lo abrazaba con fuerza, sus manos temblorosas buscaron con anhelo el libro esta vez se fueron directamente a la última página, aferrándose a la fotografía con la misma intensidad con la que latía su corazón.
Y como cada día, mientras el ocaso pintaba con delicadeza el horizonte, la llama de la vela daba su último respiro.
