
Wendy Barsallos
Escritora panameña. Licenciada en Informática. En su haber ya tiene dos publicaciones en solitario: La hora del miedo. Historias de terror para no dormir, 2022. La orden del Rey su primera novela bajo la editorial Bitácora del Escritor, 2023 y ha colaborado en Antologías tales como: Pesadillas, de la Editorial mexicana el Cuervo, Mentes Siniestras, de la Sociedad de Escritores Unidos y Athanor, la danza de las brujas del Club Tenebris Lectio.
Ha participado en publicaciones digitales como la revista Weird Review.
Desde su infancia es amante de las películas y la literatura de terror. Es su género favorito de lectura. Su inclinación por la escritura la ha llevado a participar en talleres de escritura para incursionar no solo como lectora sino también como creativa de este género terrorífico. Esta es su primera colaboración con el blog.
Transición
Wendy Barsallos
Carolina miraba inquieta hacia el tejado con la esperanza de conciliar el sueño. Acostada en la cama matrimonial, buscaba acercarse a su esposo y mientras giraba, se sumergió en un vaivén de vértigos que le hacían gritar. Cerraba los ojos con la esperanza de que los síntomas desaparecieran. Lloraba entumecida entre las sábanas impregnadas de sudor. Le suplicaba a Eduardo que la llevara una vez más al hospital. Él le tomaba los brazos, después las caderas con la intención de vestirla, llamaba a los chiquillos para que ayudaran a su madre.
Sumergida en el malestar con sus manos temblorosas, recordó las tantas pastillas que había tomado. Desorientada no recordaba los nombres de las etiquetas. Ella tenía la certeza de que aquella cantidad de medicamentos no lograrían aliviarla, los síntomas eran frecuentes e iban en incremento. Le imploraba a su familia que no se preocuparan, pronto regresaría a casa.
En la sala de urgencias tenía que esperar para ser atendida. En el triaje, su situación no era clasificada como prioridad médica. Ella intentaba explicar algunos síntomas, a pesar de ello, las enfermeras continuaban con los nombres de los pacientes en lista de espera. Regresó al asiento y buscó el apoyo de su esposo, mientras miraba las manecillas de un reloj en la blanca pared.
Adormecida, escuchaba su nombre desde una puerta. Dentro del consultorio, el médico en silencio observaba el comportamiento de la paciente. En la hoja clínica registraba los síntomas, adicional a los fármacos que utilizaba con frecuencia. Preparó varias referencias y recetas médicas: dos pastillas de Gravol por una semana y un relajante intramuscular.
Los días pasaban y los síntomas desaparecían. Animada, decidió realizarse los exámenes médicos prescritos, revisiones auditivas, psiquiátricas y ginecológicas necesarias para determinar un diagnóstico. Ella buscaba alternativas y evitar el estrés: aceites de lavanda o té de valeriana en las noches de insomnio. Lograba conciliar el sueño cuando amanecía, pero el inclemente despertador sonaba sin pausa. Debía cumplir con el desayuno de la familia, el trabajo de la oficina y la ansiedad se apoderaba de su vida a diario.
Aquella mañana, arrastraba los pies hacia la ducha. Se detuvo frente al espejo, tocaba su rostro pálido, demacrado con unas ojeras grisáceas. El esposo interrumpió aquellos pensamientos y la abrazó sin importarle la flacidez del cuerpo. Carolina se apartaba, la libido había desaparecido hace algún tiempo.
Eduardo no soportaba el rechazo, los cambios de humor de su mujer así que un buen día abandonó la residencia. Ella siguió perdida entre el letargo, aflicción cuando le llegó una notificación de divorcio.
*
Caminaba a diario desde la estación de transporte hacia el trabajo y en ese tiempo se convencía a sí misma de que podía seguir adelante como madre soltera. Recordaba momentos en familia y aquellas risas que la llenaban de felicidad… ya los recuerdos estaban en el pasado, ahora era el momento de silenciarlos. «¡Cuentas, hay que pagar una gran cantidad de cuentas!» El ritmo cardíaco se le aceleró y empezó a transpirar. El malestar le hizo sentarse en una acera contigua a la empresa donde laboraba, bajó la cabeza e intentó tomar aire por la boca. Sus manos torpes y frías buscaban en el bolso una botella de alcohol isopropílico que inhaló con el propósito de disminuir las náuseas. Procuraba tranquilizarse, sentía que era el momento de conseguir un trabajo mejor remunerado, tal vez la situación económica mejoraría, pero para eso tenía que renunciar. Poco a poco dejó de hiperventilar y aquella crisis la hizo llegar tarde a la oficina.
En el trabajo, la memoria le fallaba y no podía concentrarse. Su jefe le confesó que contrataría a una secretaria joven y libre de problemas. El entorno laboral tampoco le ayudaba: quejas y cotilleos sobre el mal desempeño que ella mantenía, al final no tendría que renunciar, lo más seguro es que la despidieran. Necesitaba desahogarse y caminó hacia la cafetería. Se tragó tres pastillas con el fin de prevenir que los vértigos llegaran y sin que nadie la observara, ensayaba una falsa sonrisa e imitaba la grotesca forma de caminar del gerente.
Durante la semana, visitó al ginecólogo y él le explicó sobre los resultados de los laboratorios y medicamentos que había ingerido. Los exámenes mostraban un grupo de valores fuera del rango y podría ser la causa de los síntomas. El galeno le recetó una serie de medicamentos diarios incluyendo Tibolona. Le recordó la importancia del tratamiento y que no los mezclara por cuenta propia. En la farmacia, el monto de la receta a pagar no estaba presupuestado. Los gastos de sus hijos tenían prioridad y decidió esperar hasta el próximo día de pago.
Oraba a Dios en las mañanas y le pidió que no regresaran los síntomas. Las oraciones eran en vano y su estado de salud desmejoraba cada día. Ella no podía faltar al trabajo, debía intentar mantenerlo. Aunque se sentía desfallecer, caminaba pausada hacia la estación de transporte.
Una gran fila de varios kilómetros de longitud se formaba a fin de tomar el autobús. Los rayos del sol calentaban la estación y se colaban entre los ojos de Carolina, podía sentir pinchazos de aguja en la cabeza. Añoraba estar en casa y sentir el cómodo silencio.
En la fila, pidió a un extraño que le guardara el puesto. Un fuego interno ascendía y ella amarraba el cabello húmedo a una trenza durante la sudoración. Se dirigió agitada a un excusado para vomitar y como parte de la rutina que consistía en rastrear un lavamanos. Le embriagó el aroma fétido y penetrante de la cañería. Buscaba en el bolso alguna de las medicinas recetadas. Masticó una cápsula con ansiedad.
A medida que avanzaba hacia la fila, se llenó de ira contra una vendedora ambulante. Le molestaba la música de una bocina estridente, el retraso de los autobuses y una pareja que discutía.
«Bullicio que llama a los malditos vértigos».
En el suelo de aquella estación imperfecta de piso resquebrajado, ella se postró con la cabeza baja. Los pasajeros seguían de largo sin ni siquiera mirarla.
Copiosas gotas de líquido le cayeron en la cabeza. Un indigente sediento, bebía restos de una gaseosa y suspendió la succión de la botella. Sintió pena por la mujer arrodillada y decidió tomarla de un brazo sin importarle su apariencia, ni las sucias manos. Se acercó y la miró a los ojos. Le sonrió al caballero que vivía en la desgracia y él le devolvió el gesto con sus pocos dientes. Un gran número de móviles grabaron la escena. El indigente que ayudaba a una extraña y le abría el paso dentro del autobús.
El vehículo avanzaba. Temblorosa, introdujo en la boca una pastilla de Dimenhidrinato y la tragó en seco. Miraba los rostros en cada puesto, personas impacientes por llegar hacia un destino. Deseaba en ese instante terminar con su vida. Recordaba a la familia y logró desistir de aquella idea.
Al llegar a casa, observó con detenimiento el desorden que había en cada espacio: un fregador lleno de platos sucios, ropa y zapatos desorganizados. Carolina a gritos exigió que le ayudaran con las tareas del hogar. Observaba a sus hijos como si fueran desconocidos, rostros deformes que no reconocía. Silencio… solo quería silencio y arrastrándose por las paredes del pasillo llegó a la habitación. Estaba agotada de la misma rutina y del círculo vicioso en que vivía. Las citas médicas que estaban agendadas tardaban en el centro hospitalario y todavía no tomaba la Tibolona prescrita, pero tenía medicamentos para el dolor de estómago y cabeza, mareos, relajantes y antihistamínicos.
No quería escuchar a nadie, ni regresar al trabajo. Necesitaba algo que la hiciera dormir. En el cuarto de baño, decidió tomarse un grupo de pastillas: diez rosadas, cinco blancas y ocho azules más un antidepresivo mientras contemplaba el reflejo de una belleza extinguid, la melancolía le recordaba sus días de juventud. Deseaba tener paz y se abrazó a la oscuridad en silencio.
Dormía de forma plácida y al cabo de varias horas se escuchó el lamento de la familia.
**
Eduardo ordenó su antiguo armario y le embargó una gran pena. Con mucho remordimiento y culpa, salió de la habitación principal con viejos papeles, recibos pendientes y facturas. Un cartapacio con exámenes de laboratorios, referencias y un informe médico en el que decía:
La paciente Carolina Gallardo de 50 años de edad será referida a un psiquiatra y sometida a un examen toxicológico. A través de supervisión médica le ha sido recetado un tratamiento antidepresivo y hormonal de forma prolongada por amenorrea y estado avanzado de climaterio. Deberá regresar a consulta con un acompañante y continuar evaluando los síntomas.
