Sol Meléndez
Venezolana, actualmente radicada en Ciudad de México. De profesión psicóloga clínica, con experiencia como terapeuta en varias cárceles de Venezuela.
En su coqueteo por las letras recuerda que un día muy aburrido en que no encontraba que hacer una tía le entregó el primer libro que leyó: “El pájaro canta hasta morir” como no le gustó el final del libro empezó a buscar finales alternativos, sin darse cuenta, mientras buscaba esos finales redactó una novela. Tenía 10 años. Entre sus cosas importantes aún conversa ese cuaderno. Descubrió gracias a esto que le gustaba cambiar su realidad mediante historias. Esto hizo que comenzara a llevar diarios, su pequeña obsesión que aún mantiene así como sus cuadernos. Escribir fue darle voz a su niña reprimida, a esa chica tímida que mediante la escritura liberaba otras facetas. Participó en el taller de narrativa de la UC coordinado por el Prof. Héctor Espinoza hasta 2013, taller donde aprendió a pulir su escritura de forma más profesional. Hasta el día de hoy continúa escribiendo, como ejercicio y como desahogo. Por eso en esta entrega podremos disfrutar de uno de sus cuentos.
Siempre pensó que no pertenecía a Santa Elena, siempre pensó que podría ser alguien más…
Santa Elena
1
Me gustaban las estrellas, mirarlas era imaginar un encuentro: hombre-espacio, cielo-tierra. Era unir dos mundos invisibles. Me gustaba el color verde. Me recordaba eso que decían por allí de que la esperanza viste de verde. Pero sobre todo, me gustaban mis sueños. Los veía del color del pasto. Mis sueños eran un refugio, nada podía dañarme.
Lo último que recuerdo de ese día son las tres estrellas sobre mí: Estaban abrazadas a su cuello. Una vez me dijo mi abuela que debía respetar a tres personas en la vida: a mi madre, a mis maestros y a la autoridad que ejercían los policías o guardias nacionales. A mi padre no, porque nunca lo conocí; de él me decía:
—Ese es un “tipo de bien”, de esos riquitos que vienen al pueblo por aventuras, ese le hizo la maldad a la tonta de tu madre, la “empreñó” y se fue.
Lo irónico, es que nunca conocí a un abuelo. Creo que la abuela fue una tonta también.
Me gustaba su olor a leña, a harina de trigo, su cabello largo y canoso. Mi abuela y su sabiduría, mi abuela y sus consejos, la abuela que jamás me creyó, la abuela que impulsó esta vida que tengo. Esta solitaria vida que tengo.
2
Ese día bajé a la bodega del pueblo. Nunca le tuve mayor confianza a mi mamá. A ella le gustaba respetar demasiado la ley, pero sobre todo, a quienes vestían de oliva. Mamá era la típica mujer que buscaba la atención en los hombres. Sé que tenía 15 años cuando me parió, a veces me decía que en realidad yo era como su hermanita. La abuela me dijo que comprara unas velas, porque con eso de las lluvias, lo más probable era esperar una noche a oscuras, sin luz. Repetía hasta el cansancio:
—No hay nada peor que quedarse bajo las sombras —Recuerdo que pensé en lo terrible que sería estar ciego.
Santa Elena se llama el pueblo. Queda a cuatro horas de Mérida. Me gustaba la casa. En vez de cocina teníamos un fogón, por ventilador una ventana, y a falta de televisor, un patio. Sentarse allí, era ver e imaginar. Imaginé fiestas repletas de animales, y miraba las caminatas lentas de los campesinos, para cada uno de ellos, tejía historias maravillosas. Mamá era empleada del único bar en el pueblo: “Las Lopeceras”, y tenía como jefa a la abuela; ella distribuía las ganancias. El dinero del bar alcanzaba para la ropa y la comida, y si me portaba bien, hasta tenía regalo del Niño Jesús en Nochebuena. La abuela era importante, de carácter fuerte, no la típica señora que se sentaba a coser. Con ella, estaba protegida. Al parecer parió a mamá a los 14 años.
3
Después de comprar velas, y por si acaso fósforos, me regresé por un camino de mucho follaje. En mis sueños, imaginaba ser una citadina recién llegada al pueblo, una estudiante de Medicina, una señorita en toda la extensión de la palabra. Pensaba que con un poco de suerte, mi padre, -a quien no debía respetar por hacerle la maldad a mamá-, iba a buscarme. Imaginé muchas veces su cara, su sonrisa, confieso que a solas me gustaba pronunciar la palabra “papá”. Como cualquier niña abandonada, tenía el anhelo de que en mis 15 años iba a llegar para llevarme a vivir con él y con la abuela. En mis sueños, mamá decía que prefería quedarse en Santa Elena, sí, hasta en los sueños intenté alejar a mi madre.
Aún faltaban tres años para los 15, con esto, le daba tiempo al riquito de mi padre para recordarse de la hija olvidada en el pueblo. Seguí la vía entonces, caminé con las velas y mis sueños. Un golpe en la espalda me encorvó, e inmediatamente me sacó de la nube de fantasías que llevaba, al voltear vi a un hombre. En ese momento, solo podía escuchar a la abuela:
-Aracelis, hija, a los uniformados se les respeta-.
Recuerdo que no podía gritar. No me salía la voz. Él sí habló, él sí tenía voz:
—Acuéstate muchachita y te quedas calladita —La abuela seguía en mi mente con su consejo:
-Aracelis, hija, a los uniformados se les respeta-.
Caí al suelo bruscamente. Lo que siguió fue sudor, gemidos, y lágrimas. Me dolían demasiado sus movimientos rudos, él dijo en tono ronco y jadeante:
-Me “coroné” a una virgen-.
En ese momento no comprendí nada, hasta que pude ver mi entrepierna vestida completamente de rojo. Cuando empecé a menstruar, la abuela me dijo que esa era la señal de ser “hembra”. Me enseñó que por tres cosas sangraba la mujer: –Todos los meses con la menstruación, cuando te acuestas con un tipo siendo virgen y cuando pares-.
Así que cuando vi mis piernas manchadas de rojo, comprendí que ese hombre se estaba llevando a la virgen. Las estrellas cosidas en el cuello de su uniforme verde oliva simbolizaban un rango, la abuela me explicó que se debía mirar el cuello en la ropa de los hombres para ver qué tan poderosos eran, me dijo:
-Aprende Aracelis, si lleva camiseta es un mantenido, si anda con camisa es aburrido pero serio, si no lleva nada es un pedazo de loco…pero si carga uniforme, debes estar pendiente con las figuras en su cuello, porque esos son los que tienen poder y dinero, a esos no se les lleva la contraria, los de las estrellas son quienes mejor pagan-.
Sin embargo, a pesar de esas estrellas, para mí era solo la imagen de un hombre sudado, que me obligaba a hacer silencio. Un hombre cuyos movimientos incrementaban un profundo dolor en mi vientre, un hombre que se llevó las velas que no pude encender.
Fue rápido, -ahora lo sé-. Al levantarse me lanzó unos billetes, encendió un cigarrillo, sonrió y se fue. A este hombre en particular, con sus tres estrellas, nunca lo había visto. Parece que era de esos como mi padre, que van al pueblo por aventuras. Tomé el dinero, para tenerlo como prueba irrefutable de lo que me acababa de hacer. Al caminar, iba dejando huellas en formas de gotas, y lo que antes fue verde; ahora se teñía de rojo, trataba de quitar las hojas que quedaron en mi espalda. Miré y pude observar la inocencia regada en el suelo. Y la esperanza que antes era verde, ahora era ciega. Las velas se perdieron, los fósforos se mojaron.
4
Corrí a casa llorando, y le dije a la abuela lo que había pasado. Le mostré el dinero, billetes así no cargaba cualquiera. No sé si dolieron más los movimientos bruscos del hombre encima de mí, o la paliza de mi abuela.
—Niña desvergonzada, quién sabe qué vagabundería hiciste y ahora inventas que uno de nuestros nobles guardias te violó.
Me castigó, se lo contó a mi madre y esta dijo:
—Mamá, esa Aracelis lleva sangre López, ¿Acaso se te olvida que todas las López somos putas?. Esa pronto va pa’ Las Lopeceras —La abuela replicó:
—Pero esta niña nos ganó a todas, con 12 y ya empezó.
Al día siguiente, la abuela me pidió los billetes. Pensé que ahora me creería, y mirándome de arriba abajo dijo:
—Tendré que enseñarte a cobrar Aracelis.
Me dijo que al menos fui inteligente y busqué a uno con rango.
—Bueno Aracelis, si dices que tenía tres estrellas, entonces ese hombre es un capitán, ¿Quién se iba a imaginar que tu tan flaquita ganarías a uno con jerarquía?
A los días, estaba nuevamente con las estrellas sobre mí. Y no, no esas que me hacían soñar, sino las que me producían dolor bajo, en el vientre, en las piernas, en todo el cuerpo. Eran estrellas jadeantes, roncas, sudadas. No había tiempo de imaginar historias para los campesinos, no me importaba si era de día o de noche, cada movimiento del capitán se parecía un poco a la muerte.
A los 15 años no llegó papá, no hubo fiesta. La abuela me dijo que ellas empezaron a esa edad, que por eso yo les había ganado. Hacía un año que trabajaba allí en el bar, me buscaban hombres con una, dos y tres estrellas, porque esos “eran más respetuosos y pagaban mejor”. El día de mis 15 me pagó el dinero de la semana y dinero extra como regalo de cumpleaños. Fue la última vez que la vi. Pensé que si era tan diferente a ellas, lo sería completamente.
5
Hoy cumplo 25 años, estoy en Caracas. De la abuela y su hija, mi madre, no supe más. Con el dinero que me dieron aquella vez, compré un pasaje, me traje lo necesario, y les dejé una nota:
-Sí, soy diferente, no quiero que sean parte de mí, por eso, ni siquiera las voy a odiar-.
No fue fácil ser la muchacha campesina que llegó perdida a la capital, me di cuenta que no se necesitaban tener estrellas en el cuello para lastimar a una niña. Trabajé en lo que pude: recogí casas, limpié baños, cuidé niños, lavé carros. Mi sueño era seguir inventando vidas, ya no a los pueblerinos de Santa Elena, sino a los citadinos de esta gran Caracas. Todo en mi vida, después de mi entrepierna sangrando, ha sido tardío. Aún no me enamoro, vivo en una habitación estrecha, como una vez al día y casi no duermo.
Pero amo mis horas de insomnio, en ellas escribo. Dentro de un año recibiré mi título como Licenciada en Letras de la Universidad Central de Venezuela, no digo que con eso vaya a cambiar de habitación o vaya a comer las tres veces, pero escribiré mi historia. Inventaré una infancia con una abuela que teja y una madre que cuente cuentos. Eliminaré los cuellos de las camisas, extinguiré el color rojo del círculo cromático y construiré un hombre a quien pueda decirle “papá”. Estoy sola, no sé si soy feliz. Pero de lo que sí estoy segura es que la abuela y mi madre tenían razón, fui diferente a ellas, de Santa Elena queda todo…pero ahora, solo en letras.

Muchas gracias, tu comentario nos motiva a seguir escribiendo.
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Hermosa y conmovedora historia… Éxitos!!
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Muchas gracias por tu lectura, 💞
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