NUEVA PALABRA

La chica de ojos misteriosos

Miguelino

Hace tiempo conocí a alguien muy extraño. Era una chica un tanto tonta aunque sincera. Me irritaba mucho, pero también tenía su lado bueno, era  tierna  entre toda su torpeza. Era bella. Más de una vez  consiguió sacarme una sonrisa, hacía lo imposible con tal de sacarme de mi ensimismado universo y eso era algo que admiraba. Peleaba constantemente para que dejara de fumar, a veces lloraba  cuando en mis arrebatos  le decía que me dejara en paz, que si me quería morir era mi problema.

Lo que más me impresionaba de ella es que nunca le había visto los ojos siempre andaba con lentes de contacto de colores diversos. Me decía que se avergonzaba de sus ojos y que prefería vivir engañada que aceptar su patética realidad. Me parecía  que era algo estúpido no querer aceptar sus ojos, era una chica hermosa, una mujer atractiva, con sus cabellos color obsidiana y su tez pálida como un fantasma cautivaba a todos, las pequeñas pecas que se le asomaban tímidamente en el puente de su nariz la hacían tremendamente seductora, hasta que abría la boca y la cagaba con sus idioteces… pero en fin,  era algo a lo que me acostumbré con el tiempo, aunque a veces me irritaba mucho.

El asunto de que llevase lentillas era algo sumamente irritante también ¿por qué no aceptar sus ojos? Una tarde lluviosa descubrí la razón…

Tuvimos una enorme pelea y  salí enojado a fumar en el balcón, ella lloraba como de costumbre y ese  llanto era amortiguado por la ferocidad de la lluvia. La sentía sollozar mientras el caer constante de los pequeños diamantes me hipnotizó. No sentí su presencia en la puerta corrediza del balcón. Luego de exhalar  la última bocanada del cigarrillo lo tiré en una  taza repleta de colillas. Un cosquilleo por fin me avisó de su presencia. Me di la vuelta y ahí estaba ella, solo nos separaban los escasos centímetros del cristal de la puerta, pero había algo raro en la chica que tenía delante…

Tan hermosa como extraña, lentamente recorrí su cuerpo con la mirada:  sus pies delicados y pequeños, sus hermosas y torneadas piernas blancas, su cadera que relucía más con esa lencería de encaje negro, un regalo mío. Su estómago estaba al descubierto, lo recorrí y llegué hasta su rostro, aparentemente todo seguía igual, entonces, ¿por qué ella parecía otra chica?

Algo faltaba, sus ojos eran algo inexplicable, debo haber puesto una mueca de susto, es que no eran humanos, eran fantásticos, demoníacos y hermosos. Sus preciadas puertas al alma, eran rasgadas cual gato, una fina línea cubierta de todos los colores de sus lentillas, todo tuvo sentido en ese instante, ella no usaba lentillas sino pupilas.

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