PALABRA INCÓGNITA

Solilandia

Sol Meléndez

Venezolana, actualmente radicada en Ciudad de México. De profesión psicóloga clínica, con experiencia como terapeuta en varias cárceles de Venezuela.

En su coqueteo por las letras recuerda que un día muy aburrido en que no encontraba que hacer una tía le entregó  el primer libro que leyó: “El pájaro canta hasta morir” como no le gustó el final del libro empezó a buscar finales alternativos, sin darse cuenta, mientras buscaba esos finales redactó una novela. Tenía 10 años. Entre sus cosas importantes aún conversa ese cuaderno. Descubrió gracias a esto que le gustaba cambiar su realidad mediante historias. Esto hizo que comenzara a llevar diarios, su pequeña obsesión que aún mantiene así como sus cuadernos. Escribir fue darle voz a su niña reprimida, a esa chica tímida que mediante la escritura liberaba otras facetas. Participó en el taller de narrativa de la UC coordinado por el Prof. Héctor Espinoza hasta 2013, taller donde aprendió a pulir su escritura de forma más profesional.  Hasta el día de hoy continúa escribiendo, como ejercicio y como desahogo. Esta es la tercera colaboración de Sol para Palabra Infinita.  

Solilandia

Ese día.

Todo estaba gris, Sunny no veía el momento de escapar, ver su vida en ruinas, la hacía odiar a todos. Hasta ahora, no había conseguido ser exitosa en nada, se sentía mediocre: medias relaciones, medias quincenas, media vida. Recordó, sobre aquel puente, que alguna vez quiso volar. Sin embargo, saltar no era la opción, y para ser exactos a Sunny lanzarse de un puente le parecía la forma más estúpida de morir: la sangre, el show, desfigurada, y por supuesto la lástima de los transeúntes, no, qué patético.

Pero, -pensó-, hay otras formas de volar (…).

Ver su país en ruinas, le hizo pensar que ella era un símil de aquella nación: mediocre, sucia, corrupta, escasa, vacía, negro, hueco. Sí, había una forma de volar;  y esta era buscando un escape, una oportunidad, un boleto con algún destino, un pasaje de avión, una huida. Se apartó del puente que comunicaba la Av. Los Libertadores, con la Autopista Regional del Yugo, y se dispuso a comprar el maravilloso boleto. ¿El destino? Cualquier país.

Sunny es una mujer tranquila, en los años de universidad siempre mantuvo rigidez acerca de todo, criticaba duramente a las chicas que se iban de fiesta, a las chicas que tenían novios, y no se concentraban en estudiar…

Sí, Sunny las envidiaba a todas. Nunca fue la más arriesgada, ya en su adolescencia, mostraba gran dificultad para hacer amigos, para integrarse. Sin embargo, mantuvo muy bien su máscara, una niña bien portada, que hacía sentir orgullosos a sus padres, una niña que nunca usó la falda del uniforme por encima de la rodilla, ni mucho menos hizo el intento de besar a un chico.

Cuando fue a comprar su boleto, y le preguntaron qué destino deseaba, Sunny le preguntó a la vendedora:

—¿Qué país no está en ruinas? ¿Qué país no tiene crisis? —La señorita buscó en Google con cara de “voy a tener suerte, pero quizás esta ilusa no”, y le dijo:

Según los datos, hay un país que no tiene tanta ruina, se llama Solilandia, está al norte de aquí.

Sunny la miró con cara de felicidad, y decidió que ese sería su lugar de destino. Al salir de la agencia de viajes, se sentía feliz de haber tomado una decisión real en su vida, una decisión que la cambiaría sin necesidad de buscar ningún otro puente.

Tenubrias, el país donde vive Sunny, está invadido desde hace 20 años por una plaga, sin embargo, cuando estaba pequeña ella no lo sentía porque la música llenaba sus días. A Sunny le gustaba grabarse, e inventar programas de radio, que luego escuchaba muy orgullosa porque se sentía la mejor locutora. Entrevistó a grandes escritores y artistas, tenía las cintas apiladas en su cuarto, todas estaban marcadas:

13-12-1997: Entrevista realizada a Mauricio Babilonia.

06-01-1998: Entrevista realizada a María Paz.

14-02-1998: Entrevista realizada a Cupido.

Había muchas cintas, Sunny escapaba inventando historias, y dejando constancias de tan emblemáticas entrevistas. Su madre, Providencia,  una mujer fuerte de carácter y sobreprotectora, en aquellos tiempos se hallaba preocupada por la pequeña Sunny, la niña pasaba horas grabándose y escuchándose, preguntaba nombres de artistas famosos para invitar a su programa radial, sin embargo, Providencia no veía tan mal esa capacidad imaginativa de su hija, hasta que un día, decidió tomar alguna de las cintas y escucharla…

 “Hola, buenos días, bienvenidos a tu programa “Conociendo el infierno” te habla Sunny Autumn, y hoy, hemos traído a la paila a un invitado muy especial, directamente desde Macondo: Mauricio Babilonia”. Providencia no quiso escuchar más.

—¿Quién es mi hija? —Se preguntó.

Cuando Sunny salió temprano del colegio, estaba feliz, pensó que era un día especial, su madre fue por ella, e imaginó que iban a pasear, quizás hasta se comerían un helado. Sin embargo, se encontró en un consultorio grande, con muebles marrones y paredes tan blancas que te hacían enchinar los ojos para enfocar las figuras, había un escritorio de vidrio que tenía objetos raros encima, el salón estaba repleto de diplomas y cuadros con fotos de grandes señores.

En un sillón que parecía bastante cómodo, se encontraba el dueño de aquel lugar. Era un señor algo gracioso: regordete, cabello canoso y con una prominente barriga que dejaba entrever cómo los botones de su camisa, hacían hasta lo imposible por no desprenderse.

—Hola Sunny, soy el Dr Perls, soy Psicólogo y me encanta hablar con los niños, acércate.

Sunny, de 8 años, estaba intrigada.

¿Qué es un psicólogo? –Pensó. Se acercó con mucha curiosidad y comentó— Qué raro, a los adultos no les gusta hablar con los niños.

El psicólogo, invitando a que ésta se sentara, le dijo que en realidad él era de otro país, y que por eso le gustaba hablar tanto con los niños.

—¿Y de qué vamos a hablar? —Preguntó la niña, confundida.

—De lo que tú quieras, aquí se hace lo que tú quieras. —Contestó el psicólogo con una sonrisa tan maniática, que Sunny en verdad pensó que era de otro país, del país de las sonrisas falsas.

—¡Oh! Se hace lo que yo quiera. ¿Puedo volar? —Preguntó la niña.

—¡Por supuesto! ¿A dónde te gustaría volar? —Contestó el psicólogo.

Quisiera volar a un país donde no tenga que hablar con nadie, a un país donde sea aceptado no sonreír cuando no tenga ganas, a un país donde abunden mariposas amarillas, y vuelen tortugas marinas, volar a una nación donde nadie sea feliz con lo que tiene, sino que busquen siempre más. Quiero volar a un país donde los perros hablen y los adultos se callen, donde los niños nunca duerman, y siempre estén inventando.

El psicólogo la interrumpió, diciéndole:

—Sunny, sabes que ese lugar no existe —La pequeña lo miró con decepción y le dijo:

Ese es el problema con ustedes los adultos, mienten detrás de grandes sonrisas.

El informe fue contundente: Personalidad tendente a la fantasía, favor realizar examen neurológico para descartar posible Trastorno de Desarrollo, específicamente, Síndrome de Ásperger.

Providencia no podía creer tal desgracia.

Después de comprar su boleto a Solilandia, Sunny buscó la valija más grande que tuviese, cambiar de país, era en definitiva, el reto más grande de su vida. Mientras buscaba, encontró aquellas cintas donde en algún tiempo, entrevistó a grandes artistas y escritores, Sunny contempló el color, lo desgastado de aquel cajón donde habían estado guardadas. Recordó cuán feliz era imaginándose como una gran locutora. Se miró al espejo y descubrió unas pequeñas líneas en la comisura de su boca:

—No he volado, y me estoy haciendo vieja.

Tocó su cara, y mientras recorría con sus largos dedos su rostro lloroso, imaginó a la pequeña Sunny reclamándole:

—¿Volaremos, o harás nuevamente lo que dicen todos? –Sunny sonrió, esparciendo nostalgia en toda la habitación, y dijo— Volaremos, pequeña.

En la despedida, había más lágrimas que fe. Su madre, recordaba aquel trágico diagnóstico y le daba terror imaginar a su hija en otro país sin sus cuidados, sin sus medicamentos. Sin embargo, la decisión de Sunny era contundente, después de pasar tantas horas haciendo una exhaustiva lista de lo que se llevaría, no tenía en mente deshacer maletas, ni sueños

Solilandia es muy frío, la gente no habla porque prefiere cubrirse la boca para no transpirar el aire de la ciudad. Una señora de 80 años se maquilla al bajar del tren, un joven da besos apasionados a su novia en medio del vagón, los demás miran desconsoladamente a la calle; como buscando respuestas, o esperando un final… hay demasiado ruido, pero nadie conversa. Los olores invaden a Sunny, y decide cubrirse la boca y la nariz, mira a su alrededor y aunque no había crisis como en Tenubrias, se da cuenta que, peor aún, Solilandia está vacía, porque de tanta gente consumiéndose entre sí, se han quedado sin alma.

Tantos ojos y nadie se mira, tanto frío y nadie se abraza. Sunny toma de la mano a su pequeña soñadora, a la que grababa cintas con famosos y, decide que en efecto, ningún país es puente. Todos los destinos son ataduras, entiende que la única forma de volar, es manteniendo el vértigo, y así, buscó la torre más alta de Solilandia. Al llegar, pudo contemplar lo increíble.

¿Dónde están las mariposas amarillas? —Se preguntaron ambas Sunny.

Miraron a su alrededor, sintieron la brisa que las despeinaba. Cerraron los ojos, y descubrieron que el vuelo real es sentir que puedes lanzarte, es mirar hacia abajo y apreciar cómo un montón de mariposas danzan en tu estómago, es el miedo, el vértigo. Sunny se sentó, y abrazando a su pequeña soñadora le dijo:

La fuerza contraria no es la que nos hace saltar, es la que nos mantiene aquí, contemplando el vacío. Volar no es lanzarse, volar es mirar hacia arriba preguntando: ¿Y ahora qué sigue? Volar está mal conjugado, volar no es presente…Siempre, será futuro.

Ambas sonrieron, y allí decidieron quedarse.  Las personas que buscan volar, siempre se quedan.

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