Miguelino
Querida mía.
Hace mucho que tenía estas locas ideas dándome vueltas en la cabeza y sinceramente ya no supe cómo acallarlas. La verdad desde que te conocí en aquella feria me pareciste tan radiante y fuera de lugar que me descolocaste. Verte me pareció algo sublime. Siempre quise adelantarme, dar un paso más pero mis dudas me reprimían. La idea de perder a alguien tan espectacular apenas recién conocida me pareció ridículamente aterradora. Tenía miedo de cagarla si te decía algo fuera de lugar y me convertí en un cobarde. Un gran cobarde al no demostrar mis intenciones.
Con el tiempo nos fuimos volviendo más y más íntimos y por eso conforme avanzaba nuestra amistad me costaba cada vez más decirte que conseguía sonreír cuando te veía ilusionada con cualquier otro chico y me odiaba a mares cuando te veía llorando despechada por algún bastardo que te había roto el corazón.
¡Dios! Qué difícil era reunir los pedazos de mi roto corazón y mostrarme comprensivo y fiel como amigo, no tienes idea de lo mucho que me ardía el alma cuando me decías que me amabas y yo sabía que sí pero no era esa la clase de amor que yo quería.
Poco a poco me aislé en mi coraza de “El mejor amigo”. Y logré que mi sonrisa dejase de verse forzada y se volviese un acto reflejo desprovista de cualquier sentimiento y emoción. Sentía como me iba hundiendo en un extenso océano de indiferencia para protegerme de la realidad: tú nunca serías mía. La idea de aceptarlo era cruel, pero me mantenía a tu lado, no quería alejarme y solo Dios sabe cuántas veces dejé de escucharte para concentrarme en el movimiento de esos voluptuosos y perfectos labios.
Querida mía temía aceptarlo y dure años negando mi sentir. Decía que te odiaba y que era mejor así, que eras un fastidio y solo te veía como a una mosca molesta. Temía decirme y decirte que disfrazados en esos “fastidiosa”, ”pendeja”, “te detesto” se escondían te amos y te deseo.
Ahora sé que era mejor así, no por negación, sino por realismo. Eras un incendio en otoño y yo un viento pasajero de primavera. Eras una tormenta de belleza y maravillas y yo una llovizna.
Poco a poco esta llovizna fue volviéndose más fuerte. Hoy en el día de mi boda he decidido decirte, que te amaba, amiga mía. Te amé fervientemente como el sol ama a la luna y la tierra a los animales. Te amaba como sólo un imbécil puede llegar a hacerlo, no es justo decirlo ahora, pero sí necesario para sacarlo del pecho.
Gracias por enseñarme como amar.
Tu idiota favorito.
