
Marian Mari es venezolana radicada en Manresa España. La escritura es para ella una forma de liberar tensiones y de drenar tristezas y situaciones cotidianas y no tanto. Ha colaborado con Palabra Infinita en entregas anteriores. En esta oportunidad presentaremos la carta que da inicio a su poemario inédito, Diario de una ausencia.
Para ti que no conoces el peor día de mi vida.
Marian Mari
Sonó el teléfono. No sabría decir la hora, porque desde el principio de ese tormento había perdido la noción del tiempo, de la vida. Tal vez era media noche. Pensé lo peor, iba temblando camino a la clínica, “En el peor de los casos me dirán: ha fallecido”. Al llegar, nos hicieron entrar a terapia intensiva, con su funesto y desagradable olor a estéril, lo recuerdo y se me revuelve el estómago. Tenía miedo de entrar. Tenía miedo de lo que me iban a decir. La enfermera me dijo:
—Pasa, tranquila.
Nos explicaron que lo revivieron. Ese pequeño y frágil cuerpito sometido a semejante intensidad (por no decir barbaridad). NO, no soy cruel; aunque me alegró encontrarlo con vida todavía, puedo imaginar lo que hicieron para que viviera un ratito más. En fin, allí estaba, débil casi ausente, pero parecía tranquilo. No recuerdo bien.
La enfermera lo puso en mis brazos con todo el perolero que monitoreaba su corazón, parecía desmayado mientras lo instalaban en mí. Los dos primeros segundos sentí mucha ansiedad, una de las peores cosas de mi vida. Luego hizo un hermoso sonido, un gorgorito suave, muy suave. Se acomodó en mis brazos, y siguió haciendo ruiditos como queriéndome decir “MAMI sé que eres tú, sé que estas aquí”.
Debo confesarte que me dije: ¿Y Ahora qué? Si los médicos dijeron que ya su cuerpo no da más, por las mil y un complicaciones que tenía y que no logro entender.
Nos dejaron a solas con él, la doctora fue muy directa:
— Los llamé porque él no está bien, y sería bueno que se despidieran…
Un golpe bajo, lo sé.
Seguía sin entender lo que pasaba. Ármate de valor (me dije) ya es hora de dejarlo ir. De tantas cosas que le dije solo recuerdo:
—Hijo tranquilo, sé libre no sigas luchando si tu cuerpo no puede con esto, no quiero que sufras.
Yo estaba tranquila pues sabía que hacía lo correcto aunque mi corazón con cada palabra se iba desmoronando. Creo que él también se despidió de mí.
La enfermera lo puso en brazos de su papá. No recuerdo sus palabras, yo simplemente no pensaba, no sabía, no entendía, pero sé que también sufrió tanto como yo.
Nos fuimos a casa pues allí no había nada que pudiéramos hacer. Que mal… a casa, a casa a esperar. ¿Esperar qué? Te preguntarás: ¿Y fueron capaces de irse? ¿Sabiendo que su hijo estaba en agonía? Es que nada podíamos hacer, y no quería verlo morir.
De regreso no sé si ya era 29 de enero, era el cumpleaños del que sería su padrino de bautizo, ¿Qué ironía no? Me sentía extraña, tranquila, como en las nubes, en un mal sueño. Creo fue el Lexotanil que me tomé. Una vez en casa, me quede dormida después de mucho llorar, llorar y llorar. Eran muchas las preguntas hasta que me arropó el efecto rosa.
A las pocas horas el timbre del teléfono irrumpió en la noche con el mismo cuento de movilización inmediata. Mi corazón se detuvo unos segundos.
¿Qué más podría ser?
Ya le habíamos dado permiso de partir. Me sentía profundamente triste y en agonía. Yo, que no era la que estaba en la UCI.
Esa funesta llamada me llevó a verlo. Era la llamada que anunciaba su muerte. Doce días después y a casi la misma hora de su nacimiento. Parecía dormido, pero NO, no estaba dormido. Esa noche, ese día fue el peor de mi vida.
