Aurora
Lucy
Desalineada y un poco descuidada, salía muy temprano a cumplir con su deber, ella no era la compañera nocturna que custodiaba a los transeúntes ávidos de emociones excitantes en la oscuridad. Tampoco era la que los miraba caminar tambaleantes invadidos de risas y algarabía por las calles solitarias, llenos de la embriaguez de un instante efímero que les hacía vivir la ilusión de ser feliz. Ni siquiera era testigo de los besos robados o de los momentos más románticos, con los que las parejas solían jurarse amor eterno.
Y no, no era porque llegaba tarde, tan solo llegaba un poco antes, siempre antes. Antes de que el sol despertara y las aves con su canto animaran a sus polluelos o desplegaran con entusiasmo sus alas, a través del azul infinito que separaba a la tierra del suelo. Antes de que la vida con su pintorescos colores dibujara las siluetas de las montañas.
Para ella solo existían los bostezos de los viajeros somnolientos que se encontraban inmersos en un pensamiento común ¡Se hace tarde!
Para ellos siempre era tarde, ni siquiera al tomar la taza de café entre sus manos, o dejar que su penetrante aroma los envolviera, los ayudaba a darse cuenta de su existencia. Por andar con prisa, la prisa del que no sabe hacia dónde va, del que espera que mañana sea mejor, sin tener claro que el mañana ya llegó, del que busca un refugio sin entender que ya lo tiene y que solo le hace falta mirar hacia adentro.
¡Es que no tenían tiempo para perder…! Al parecer no entendían que ya lo estaban perdiendo al correr despavoridos por las calles, sin atreverse a mirar los rostros que se difuminaban a su alrededor.
Y no, no era envidia lo que sentía, era nostalgia, simple nostalgia, porque un día ella fue el momento más admirado, ese que rozaba con lo sagrado, ese que todos esperaban con la ilusión de lo nuevo, ese que representaba otra oportunidad, y que arrancaba las gracias de un corazón eternamente agradecido.
