He visto muchos niños últimamente. Hemos intercambiado sonrisas. He pensado en la infancia.
He pensado qué regalarte mientras se acercaba este día.
La conjunción de ambas cosas me recordó los regalos que te hacía de niño, y me dio por organizar palabras mientras todo alrededor suena lejano. Mientras me embriaga el pensamiento, el recuerdo y la reflexión.
Ya no te escribe la mente del niño. Una mente un poco más adulta dirige esta reunión de letras.
De un tiempo para acá he pensado mucho en el número tres, en lo significativo y equilibrado que ese número es.
Tres son las patas del trípode.
Tres los puntos de apoyo en ZaZen.
Tres los hijos que engendraste.
Un día tres mamá soltó su último respiro.
Otro día tres nació el amor de mi vida.
Qué curioso que tu edad actual está compuesta del resultado de 30 + 30, operación que integra dos veces al tres, en una operación que, a la vez, suma dos resultantes de unir tres veces al diez. Y que puede ser también 3 x 20, donde se multiplica el mismo dígito tres veces.
No soy matemático ni, mucho menos, numerólogo. Sólo lanzo elucubraciones para darle importancia a esas cosas que pasan y se enganchan a mi mente.
Sea lo que sea, escribo esto para celebrarte en una fecha importante. Y las fechas importantes son propicias para agradecer, disculparse y amar.
Entonces empezaré en ese orden, primeramente agradeciendo.
Agradezco hoy todos tus años. El hecho de que luego de ese recorrido, aún puedo verte caminar y bailar una salsa sin manifestar el dolor que te causa la artritis. Agradezco el aire en tus pulmones. Tu tacto, tu olfato, tu capacidad para saborear y para escuchar. También tu sonrisa y tus risas. Tu mal humor y tus momentos de calma. Agradezco tus manos y tus ojos, también tu boca. Doy gracias por estar aquí para saberte mi padre, para sentirte. Para aprender de ti al ver tus ejemplos.
Agradezco para limpiar todo el aire contaminado que anda por ahí.
Agradezco para luego disculparme. Porque disculparse es rendirse, y rendirse es cederle paso al espíritu. Es dejar de lado al ego. Es fluir, y fluir es la única forma de andar tranquilamente por la vida. Como el tronco que flota mientras se deja llevar por el río.
Así pues, me disculpo por mis consecuentes ausencias, la mayoría han sido necesarias para poder fluir. Me disculpo por mis ocasionales sequedades al expresarme, por mi aparente egoísmo de momentos. Por los errores cometidos, por las faltas de respeto. Me disculpo por no haber estado más para ti en el año en que sufrimos la derrota y me visitó la desesperanza. No sabía ni siquiera cómo podía estar conmigo mismo (muchas veces no quise ni estar). Me disculpo por los malos ratos del año siguiente, aún vivo el karma. Me disculpo por las recientes fallas y también por las que vendrán.
Y todo esto se resume a que simplemente quiero amarte pai. Amarte todos los días de mi vida. Amarte al mirarte, al tocarte, al abrazarte, al besarte, al pensarte. Amar al hombre que me dio vida. Al que me da ejemplo de buenas acciones para aprender a ser mejor. Al hombre que comete errores, para visualizarlos, identificarlos y evitar cometerlos en mi camino. Amar al hombre que me ama en gestos cotidianos, amar a mi gran amigo.
Hoy sólo espero tener la dicha de saberte vivo y feliz.
Hoy es un día extraño. Me he levantado recordando a papá. Mi almohada está húmeda, creo que estuve llorando. Tengo que alistarme ya va a ser hora de salir de casa. Mientras me visto y arreglo mi cabello; recuerdo. Ahora me doy cuenta, soñé con él. Le pregunté por qué pero no me habló. Sonreía como siempre, como cuando me agarraba de la mano para pasar frente a la casa de los gatos, como cuando cantaba la canción que había inventado a la dueña. Su sonrisa me persigue mientras termino de vestirme. No tengo tiempo de esto ahora pero no puedo dejar de hacerlo, recuerdo cuando hacíamos competencias a ver quién llegaba primero a la casa de la abuela y yo era la ganadora indiscutible, qué feliz se veía cada vez que hacíamos eso. En el sueño sonreía, como cuando de improviso me decía que lo acompañara a hacer algo importante y resulta que me llevaba a tomar helados. Arrugo la frente porque a pesar de que recuerdo que yo también sonreía ante todos esos detalles, ahora no es así. Todo esto me ha puesto triste y su sonrisa en vez de darme alegría me da rabia.
¿Por qué sonríes?
¿Qué puede darte risa?
No estás aquí conmigo, te extraño y quiero que hagamos todo como antes y no tengo eso, solo este tonto sueño que se repite, este tonto sueño donde sonríes. ¡Te odio!
Seco mis lágrimas antes de salir del cuarto, le digo a mi mamá que ya es hora de irnos y ella se apresura a montar unas arepas. Mi cabeza sigue dando vueltas en lo mismo… no sé por qué sonríes si no estás aquí conmigo.
**
El día ha sido muy largo y aún me faltan unas tareas por hacer. Al entrar en casa pienso en papá, en sus dientes blancos y perfectos, en su cara morena y redonda, a veces mi mamá comenta que mi hermano tiene la misma contextura de papá a esa edad y que hasta se mueve igual. Yo no quiero olvidar cada detalle de su cara, no quiero. Le pido disculpas por decirle que lo odiaba, porque no es así. La verdad es que lo amo…
¡Te amo, papá!
Ojalá pudieras escucharme, ojalá puedas perdonarme por eso que dije…
El espejo hace que me detenga a mirarme. Mi cara es como un reflejo de mi padre pero en versión delgada y femenina. Tengo la forma de sus labios, la forma de su cara enmarcada por una mata de pelo azabache que me llega a los hombros. Mis ojos, al igual que los suyos, se esconden tras unas gafas, las de él tenían una montura pequeña y eran de color negro, las mías son rosadas, fui a comprarlas con él…
“Quiero que sigas presente en mi vida, pero no sé cómo hacer eso” hoy me he sentido triste, me siento un poco estúpida, porque cada vez que pienso en él quiero llorar.
Barro el cuarto con la mirada. En la cama está tirado como al descuido mi ejemplar de Sinsajo, hoy no estoy ansiosa por leer porque aún debo hacer la tarea y no tengo ganas porque sigo pensando en él…
Casi en forma automática hago algo que tengo tiempo sin hacer. Busco en su Instagram algunas fotos. A menudo aparezco yo en ellas pero no me importan esas, quiero verlo a él. Encuentro una donde estamos los dos, creo que es en el estadium, fuimos a ver el juego de Magallanes. Miramos fijamente la cámara y él sonríe, los dos llevamos gafas. Voy revisando la cuenta y encuentro otra fotografía, por la decoración debe ser diciembre. Estamos de pie yo lo abrazo y el hace lo mismo. Ahí está tu cara papá, te ves tan sereno, tan contento.
—Papi, papi… —digo en voz alta mientras miro la imagen en mi celular— quiero tanto hablarte y que me respondas…
Otra vez siento una rabia subiéndome por el cuerpo como un ejército de hormigas. Me fijo que hay dos comentarios, nunca antes me había interesado leer nada de eso, pero siento una curiosidad inusual así que los abro, bla, bla, bla no me importa quién le escribió algo sobre mí y de pronto…
“Las hijas son lo más grande y el cariño más hermoso (…) Mi hija es una bendición de Dios”
Entonces abro otro comentario en la foto donde los dos miramos de cerca a la cámara con nuestras gafas…
“Con mi amada hija”
Mientras leo su voz repica en mi mente. Aprieto el teléfono contra mi pecho. Ya no puedo sentir rabia, doy un besito a la foto, me has hablado, no te veo pero puedo sentirte, es inevitable, tu recuerdo me hace sonreír.
Los caminos, los tópicos y los temas son amplios; autobiográficos, ficticios, realistas y, en ocasiones, fantasiosos. Sean como sean, vengan de donde vengan, traen consigo las palabras que escribimos por necesidad. Necesidad de estar con nosotros mismos. De explorarnos.
Y cada momento creativo surge en algún lugar que se vuelve el vehículo para esa necesidad. Lugares comunes como la sala de casa, la oficina, la habitación, un salón de clases, la calle o hasta un puesto en el autobús. Siempre utilizando las herramientas a la mano para conducir esa necesidad: una hoja de papel, un bolígrafo, alguna aplicación de notas en el teléfono o en la pc.
Sin olvidar que lo importante es dejar salir las palabras. Palabras vividas. Palabras imaginadas. Palabras secretas. Palabras guardadas. Palabras incógnitas. Nuevas palabras. Palabras infinitas.
Ismael Baptista
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Mi cuarto olía a café recién colado. Yo apenas levantado, esperaba que tanto mi laptop como mi cerebro encendieran sus funciones.
Dejé vagar mis ojos por la desteñida habitación, la brisa daba un frescor que no era esperado para esa época del año. Estaba fastididado de hacer todos los días lo mismo, encender la laptop, tomar café y solicitar entrevistas para futuros empleos, no sabía que el día daría un giro inusual.
Cansado de escribir eché la cabeza hacia atrás, la ventana estaba abierta de par en par y con el sol se reflejaba una extraña silueta. En aquel marco se encontraba un diminuto pajarito, aleteó por el espacio. Eso bastó para desconectarme, embobado con su visita me fijé que se había posado en mi almohada.
Imaginé cuántas cosas habrían visto sus oscuros ojos, la cantidad de aventuras que debería de haber vivido, para él no hay situación económica desfavorable o pandemias limitantes. Recordé lo que era poder andar libremente por ahí.
Un deje de nostalgia se escapó de mi pecho cuando lo vi volar hacia el exterior, llevándose consigo mi aburrido día.
Valencia, Venezuela, 1984. Psicólogo, escritor. Ha obtenido premio y menciones en los siguientes concursos: IX Concurso Nacional de Cuentos SACVEN (2013), VIII Concurso Nacional de Narrativa Salvador Garmendia (2014), VIII Premio de Cuento Policlínica Metropolitana para Jóvenes Autores (2014), Premio Anual de Cuento Salvador Garmendia [1a Ed.] (2016). Sus publicaciones son Manual de patologías (2015) y Cuentos de hadas para dormir adultos (2018). Algunos de sus cuentos y microcuentos han sido publicados en revistas de varios países: Plesiosaurio, Brevilla, Papel Literario y Temporales.
Toy Story 6. El hijo de Andy
Víctor Mosqueda Allegri
El hijo de Andy sale de su cuarto, caminando y bien vestido, pues su padre le ha anunciado que es hora de comer. Una vez la habitación se queda sola, todos los juguetes de Andy Jr. siguen inertes, muertos, como estatuas de barro a las que nunca se les insufló de vida: el set completo de ramas de árboles, la colección de piedras, las formas geométricas de madera balsa, la plastilina de receta casera y la caja con retazos de telas y cintas de colores.
Desde que Andy y Jenny, su esposa, realizaron aquel curso prenatal, decidieron que probarían el método Montessori, que educarían a su hijo en casa lejos del alienante sistema educativo público, y que su hijo solo tendría juguetes inestructurados. Cuando se reunían con sus viejos amigos, Andy y Jenny miraban con vergüenza ajena aquellas cestas de juguetes estructurados y mediatizados, desordenados en medio de la sala y las habitaciones. A todo el que tuviera un par de oídos para aguantar sus peroratas, le intentaban convencer de los riesgos de los juguetes antropomórficos para el desarrollo de una psique íntegra y saludable, y del riesgo aún mayor de tener una cantidad indiscriminada de juguetes, filtrada únicamente por las demandas de la industria del juego, que contaminaba la mente de los niños con publicidad invasiva y caricaturas soeces y promotoras de antivalores, que tarde o temprano terminarían acabando con la decencia ciudadana como alguna vez fue conocida.
Mientras tanto, Andy Jr. tomaba su cena sin chistar: dos rodajas de pan libre de gluten con un poco de mantequilla vegetal sin calorías, media toronja fresca y agua saborizada con hierbabuena recién cortada del huerto familiar. El chico hacía gala de unos modales de lujo, y sus padres no podían evitar mirarle con orgullo. Luego de la cena, vendría la sesión de juegos ligeros antes de dormir. Era miércoles, así que tocaba estimulación táctil con el set de texturas, estimulación intelectual con el ábaco hecho con pasta corta y estimulación musical y cultural con algunas canciones de cuna y poemas rítmicos africanos.
Ese día, Andy Jr. se atrevió a decir que le gustaría permanecer despierto diez minutos más si no resultaba muy molesto o inoportuno de acuerdo al juicio de sus padres, para quizás, con algo de suerte, poder escuchar, de boca de su madre, aquella canción de cuna francesa que era su favorita, y mucho mejor si le dejaban a él intentar tocar el bandoneón, aunque todavía no avanzara lo suficiente en el dominio del instrumento como para tener tal honor. Andy y Jenny le explicaron con voz suave y calma que ya había terminado la hora de juegos tranquilos, de modo que debía acostarse a dormir, pero aceptaron hacerle unas ligeras cosquillas en los pies para compensarle. Uno primero y la otra después abrazaron y besaron al niño, lo arroparon y abandonaron el cuarto mientras su hijo todavía permanecía con los ojos abiertos, muy abiertos. Una vez la habitación se quedó sola, Andy Jr. y todos sus juguetes permanecieron inertes, muertos, como estatuas de barro a las que nunca se les insufló de vida.
La mañana irrumpe sin problemas por la inmensa y polvorienta ventana. El sol se pasea por los estantes con dorada pereza, dando luz a los viejos lomos de los libros dejados allí desde quien sabrá cuando.
La expectación lo atormenta. Por fin la presencia de los estudiantes deja de ser un murmullo lejano
¡Todo se llena de vida!
Poco a poco ocupan los puestos, se reconocen, se sonríen. En ese lugar están por comenzar muchas historias y otras continuarán; como la de Guillermo y Kathy, hasta no hace mucho les gustaba escribir en su tabla sus nombres encerrados en corazones, Guille también confió en él lo suficiente como para guardar en una esquina, con letra muy pequeña, la respuesta de aquél examen que era de vida o muerte, la verdad no importa si escriben o no, ni que materia vean, lo que importa es que lo hagan sentir vivo, partícipe, que se inclinen mientras se encuentran sentados, que le hagan sentir finalmente después de todo ese tiempo que cumple con el fin para el que fue creado.
Como cada quince días les entregamos un poco de nuestro universo. Palabras inconformes que pretenden cambiar la realidad. Sueños y anhelos escondidos en lo más profundo y que ven luz en la escritura. Alguien dijo una vez que escribir y leer son sinónimos, entonces los invitamos a que pasen y lean, lean y escriban con nosotros en ese pedacito de mundo que recreamos para ustedes cada quince días…
En esta entrega tendremos la muestra fotográfica de: Ismael Baptista, quien amablemente aceptó la invitación a prestar sus fotografías como imágenes para dos de nuestras secciones: Palabra Secreta y Palabra Guardada. Ismael Baptista es un entusiasta de la fotografía y pueden ver un poco de su material en @ismael.baptista, además es el poeta de nuestra sección Palabra Guardada.
Para disfrutar de las fotografías de Ismael Baptista visita nuestra sección Letra dibujada Invitados. También puedes visitar Letra dibujada, donde disfrutarás de todas las obras digitales de nuestro artista digital Dioscoro Monasterio @djm24349.
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Puedo decir con emoción que los minutos transcurridos fueron los más dulces que he vivido en mis cortos veintiún años. El momento en el que escuché chirriar los neumáticos contra el asfalto, el rugir del motor, el olor a caucho quemado, precioso instante. Estúpido vicio que quiere apoderarse de mí.
Mi auto se volvió una extensión de mi inmadurez, culpa de esos malditos videojuegos en los que he llegado a ser tan bueno corriendo. ¡Qué bien se siente escucharte motor! Tu fuerte sonido se ha vuelto un arrullo. Admiro a quienes tienen la valentía de dedicarse al oficio de corredor. Para mí después de aquel día, después de ese momento tan emocionante no ha sido más que un anhelo.
Santos Abreu Olivero. Venezolano. Abogado retirado. Se refiere a la lectura como una forma de viajar y aprender. Escribe desde su juventud, como una manera de drenar y ordenar sus pensamientos. La escritura siempre ha sido un hobbie. Esta es la segunda colaboración para este blog
Vida
Santos Abreu Olivero
Palabras tristes
Palabras amargas
dorolorosas
frías y crueles
.
no tengo otras
no quiero otras
no doy otras
ellas marcan las sendas por donde he caminado
ellas son los fantasmas de las ruinas visitadas por mí…
.
miro al cielo
alzo la vista
la paseo por sobre todas las Atalayas de la tierra
Un aguacero de proporciones diluvianas formaba parte de esa oscura y angustiosa noche. Ella estaba preocupada. El reloj de números rojos marcaba impasible y ajeno a sus pensamientos los minutos transcurridos. Muy pronto el cansancio y el gorgoteo continuo de la lluvia hicieron que cayera en un sueño fatigoso del que despertaría más tarde en el ojo mismo de la tormenta.
El golpe seco de la puerta y unos pasos vacilantes, anunciaron la llegada. Cuando lo sintió cerca apretó los ojos y fingió dormir. Su cuerpo era un manojo de contradicciones, sintió alivio porque supo que estaba en casa, pero su corazón latió con la fuerza que bombea el miedo cuando sintió su respiración etílica cerca de su cara. Una mano temblorosa le apretó el brazo y la obligó a encontrarse con esos ojos llenos de furia, comenzaron a discutir. Una lluvia de insultos acompañaba los relámpagos lejanos, las palabras hirientes y sus voces comenzaron a oírse por encima del estruendo de afuera.
Descubrieron con vergüenza que mirándolo todo estaba el niño, con la almohada en la mano y los ojos dormidos. La criatura también llevo su parte; el padre lo sacudía con fuerza y la culpaba a ella de sus malas calificaciones, de sus mañas, de sus problemas, de los de él y de los del mundo entero… ¡Ella era la culpable de todo!
La noche dió paso a la madrugada fría y serena. La tormenta cesó. Amaneció, las calles se mostraban limpias y el sol se reflejaba apacible en los espejos de agua. Mientras ella caminaba, el viento fresco y joven le acariciaba la cara y era casi una bendición pues en su interior, la sangre ardía. Contuvo las lágrimas, lo de la noche anterior no fue más que un lamentable episodio.
El tiempo siguió su curso, cada uno hundido en un foso, incapaz de salir. Él caminaba a ciegas por el mundo, con el alma ennegrecida de resentimiento, asfixiado voluntariamente en un mar de alcohol y humo. A veces miraba de soslayo y sentía nostalgia. El hogar era una fortaleza cerrada con llave a toda hora.
Ella en apariencia fuerte, controlada, razonable se fue quedando vacía por dentro sin que nadie lo advirtiera. Su vida era un comercial de tv, reír, jugar, fumar, hablar, ser exitosa en los negocios y una ganadora en todo lo propuesto. En algunos momentos creía ser feliz, pero por dentro sólo habitaba un poderoso deseo, unas ganas insistentes de desaparecer.
Él, aunque se daba cuenta que era tarde para desandar el largo camino extraviado, trató de enmendar el entuerto. Se lavó el cuerpo de las impurezas que lo corrompían, se esmeró en ser esa persona que ella conoció, se convirtió en un bufón. Deseaba con vehemencia enamorarla de nuevo, fundirse en la miel de sus ojos y abrazarse al calor de su piel acanelada. Pero veía con tristeza que todo su esfuerzo por recuperar el hogar de antaño se lo llevaba el viento en un suspiro.
Echado en la cama la vió desvestirse. Admiró su belleza que comenzaba a marchitarse, su piel que hasta hacía poco brillaba, ahora era de una apariencia terrosa y arrugada.
Trató de seducirla, le habló dulcemente al oído, la acarició con ternura, no advirtió al principio que con el leve roce un diminuto trozo de materia extraña resbaló entre sus dedos, siguió acariciándola suavemente, sintió con extrañeza un polvillo muy fino en sus manos. Recordó los días de antaño en que jóvenes se entregaban al retozo del amor y el entusiasmo veló sus sentidos, pero la voz hueca de ella le advirtió:
—Lo siento…, es que no puedo… —él adivinó entre las sombras que algo sucedía por lo que corrió a encender la luz mientras preguntaba con la voz temblorosa por el miedo.
—¿Que pasa, ¿por qué no? —En ese momento calló para escuchar una voz casi fantasmal que le respondió
—Es que, algo se rompió dentro de mí —Corrió horrorizado hacia ella pero cuando trató de sostenerla ya fue demasiado tarde.
Asombrado miró como se quebraban su cara y su cuerpo y sus pedazos caían, silenciosos y mustios esparcidos por el suelo.
La percepción que tengas de ella depende de muchas cosas…, así que hoy de nuevo tuve que ganas de saber. ¿Qué puede significar esa palabra para un grupo de personas?, ¿desde que óptica es abordada esa palabra?, para algunos es algo que fue porque ya no está más, algunas mujeres lo miran desde lo que son ellas mismas, otras desde lo que ha sido ese personaje en sus vidas, en fin, es interesante conocer cada punto de vista particular y por ello les presento un pequeño estracto de lo que significa la palabra:
Mamá
—Tú y tus cosas: ¡La mujer que te cuida y te regaña!
—Mamá es un ángel, una hermana, una amiga, una abuela. Es el mundo de muchas personas.
—Alguien a quién no entiendes pero que la mayor parte de su vida se la pasa buscando maneras de que tú estés bien.
—Es todo lo que quiero ser…
—Mamá, es la persona que siempre estará a tu lado apoyándote, resaltando siempre lo bueno, y en los momentos de miedo, frustración siempre tendrá algo positivo que decir. (escribiendo…, escribiendo…, escribiendo…): Soy, quien cuida de ti, la responsable de que te desarrolles como una persona íntegra. Soy la persona que siempre te amará sin prejuicios, sin límites, quien daría cada parte de su vida por ti. Seré tu amiga, tu maestra, con quien juegas, con quien peleas, con quien lloras, gritas, y haces berrinches, pero que siempre nos amaremos. (escribiendo…, escribiendo…, escribiendo…): Mamá, es un ser único, incansable, que saca tiempo, y dinero jajajaja sacrificando cualquier cosa para estar y ver felices a su hijos. ¡Mamá lo es todo!
—Mi mamá pues… ja, ja, ja…
—Protectora cien por ciento, capaz de dar la vida por nuestros hijos.
—¡Todo!, ¡mamá es todo…!
—Mamá es una mujer…
Cualquiera que haya sido la respuesta con la que tú, amigo lector, te identifiques, una cosa es segura, bien sea como madre, tía, abuela o hermana, la palabra mamá siempre estará presente, por eso hoy Palabra Infinita, le rinde homenaje de la manera en que sabemos, desde la palabra, infinita como el sentimiento que inspira.
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Se siente extraño volver a los lugares de la infancia.
Se siente extraño que tus pies no sean los mismos. Que tus ojos no vean las mismas cosas.
La vida ha cambiado. Tú has cambiado. El lugar ha cambiado.
Vine a caminar las orillas que caminaba con mi madre. Ella, la que me enseñó a despertarme de madrugada para esperar el amanecer, hoy no lo mira a mi lado. Hoy no fue ella quién me despertó.
La vida ha cambiado. Ella cambió. Yo cambié.
La playa no es como la recordaba. Quizás mis recuerdos se han ido hundiendo en estos años, o tal vez, fueron mis ojos. La percepción de niño es tan ajena a la del adulto.
La vida ha cambiado. Mi mirada ya no es la misma. Yo tampoco.
Camino recordando los pasos de mi madre. Tratando de que mis recuerdos no hayan sucumbido al tiempo. Se me hace difícil sentir tristeza mientras la arena se adueña de mis huellas, más no puedo evitarlo al recordar las huellas de mi madre. Las huellas dejadas en mí. Las huellas que no borraron las olas.
Pasaron los años, sí. Y esta playa sigue llena de madres, sigue llena de hijos.
¿Qué soy yo entre toda esta gente? Me respondo que «soy una partícula más de agua», y entro a nadar.
Me sumerjo. El agua está tibia. Apenas empieza Mayo. La mañana está suave. Los tonos azules me deslumbran. La cerveza que apuré después del café, está haciendo efecto.
Veo una sirena. Me sonríe. Me invita a nadar con ella. Me sumerjo más. Me atrapa con su mirada y vuelve a sonreír. Nado con ella, mientras espero que no se caliente la otra cerveza que me aguarda en la orilla. Ella me dice algunas cosas que para mí son como flores. Ella sonríe una vez más.
El azul parece de mentira y yo sigo sumergido buscándole piernas a la sirena. ¿Qué tenía esa cerveza?
Me gusta estar sumergido, todo sonido es distante.
Acaricio la arena del fondo. Nada es más importante que este instante.
Vuelvo a la superficie, no debo tragar tanta agua salada. Voy a la orilla. Pienso en mamá. Veo todo a mi alrededor. Tomo otro trago de cerveza.
Aprendí a nadar, con mamá, en esta playa.
Aprendí a ver el alba, en esta orilla.
Aprendí a hundir los pies en la arena, en esta arena.
Llevo todos estos años preguntándome cómo conservar los recuerdos, cómo hacerlos inmutables. Aún no estoy ni cerca de saberlo. Tomo unas pocas fotos y así quizás algo quede de todo este vacío.
En el mar la vida es más sabrosa.
Frente al mar, se me disimulan las penas.
Frente al mar, los pensamientos toman un ritmo inocuo.
Bienaventurado me siento hoy. Bienaventurado de volver a un sitio del que nunca me he podido ir, aunque no haya vuelto desde hace más de quince años, antes de que mamá se fuera. Bienaventurado de la compañía que tengo ahora. Bienaventurado por poder ver este paraíso.
Feliz estoy por volver a la playa en la que aprendí a caminar al amanecer. Feliz de volver a la playa que caminé con mamá. Feliz, sumergido en la dicha de estos tonos azules.
Simonny Azul Urdaneta: Poeta, actriz, investigadora, profesora en la Universidad de Carabobo. Ha publicado: Los cuentos de hadas no hablan de sexo (1997, 2002), Micalle de una acera(2002) Líbrame(2005) Como una costumbre (2010), Piedra de Rayo (2015), Cómo hacer de un bebé, un lector (2019). Fue condecorada con la Orden “José Félix Ribas” en su tercera clase, área artística. Orden «Arturo Michelena» por su trayectoria artística. Premio Mención Poesía en el Concurso de Literatura FACE-UC 1997, Premio a la excelencia investigativa por su Trabajo de Maestría, Dirección de Post-Grado, Universidad de Carabobo (2010), Premio Certamen Mayor de las Artes y las Letras 2004, Premio Bienal José Rafael Pocaterra 2009, Premio Concurso de Poesía Festival Mundial de Poesía, 2014 por su poemario Piedra de Rayo, Concurso Bienal “José Rafael Pocaterra” 2010 por su poemario Como una costumbre, Concurso Cada día un libro 2005 por su poemario Líbrame, Concurso de Estudiantes de la Facultad de Ciencias de la Educación 1997 por su poemario Los cuentos de hadas no hablan de sexo, Mención honorífica en el Concurso de Poesía Liceista 1994 Casa de la Poesía Pérez Bonalde, CELARG por su poemario inédito Ausencia. Su trabajo literario e investigativo ha aparecido en antologías y revistas de circulación nacional e internacional y en antologías como En Obra, Antología de la poesía venezolana 1983-2008de G. Saraceni (2008); Antología de poesía venezolana joven, versión bilingüe castellano-árabe (2009), Antología de Poesía Venezolana de la Embajada de Venezuela en la República Árabe Siria (2016), entre otras. Esta es su segunda colaboración para Palabra Infinita y en esta oportunidad lo hace con dos de sus poemas publicados en Como una costumbre
Mi abuela era pequeña y enjuta. La mayoría de las veces estaba ocupada en la cocina y así fue como la encontré aquél día en que le llevé una sorpresa. A mi abuela le gustaban mucho los animales y los insectos. En su casa había gallinas, perros, pájaros, palomas, muchos escarabajos y unas cucarachas marrones a las que mis primos y yo les decíamos “las blindadas”, por su duro aspecto. Siempre que mencionábamos algo de eso ella nos respondía
“Es por las matas”
Cuando se acercaban las lluvias era común oír a las chicharras. A veces las veíamos amanecer secas y reventadas de tanto cantar. Cuando esto ocurría mi abuela la tomaba con cuidado y la prendía de su largo cabello que en pocas ocasiones llevaba suelto. Otras veces nos la ponía en el pecho “Es un adorno” decía.
Un día, yo andaba correteando por ahí y me encontré con un hermoso grillo de patas muy largas. Cantaba descuidado sobre una mata de Corazón de Hombre. De inmediato lo apresé y decidí que se lo llevaría de regalo a mi abuelita. El movimiento del insecto en mi mano me causaba un poco de aversión, pero era olvidada muy pronto al pensar en la cara de asombro que mi abuela pondría cuando viera la sorpresa. Acompañé el insecto con algunos papelillos y esperé pacientemente a que mi papá dijera que era hora de partir.
Ya en el camino sentía cómo, cada vez más desesperado, el grillo trataba de escapar y se movía como loco en mi mano sudorosa. Nunca antes se me hizo tan larga la luz del semáforo que indicaría a mi papá la esquina por donde debía cruzar. Finalmente llegamos. Mi padre se estacionó y mi madre me ayudó a bajar. Entramos.
La casa de mi abuela era muy grande, llena de muebles viejos que parecían gritar la bienvenida. Desde la sala solo podía verse un trozo del patio, mi lugar favorito en todo el mundo. Entrar a esa casa llena de cuartos vacíos con ventanas de madera y cortinas en vez de puertas siempre era una sabrosa sensación.
Al pasar la salita se abría una inmensa estancia con sillas de mimbre de diferentes colores y una inmensa cocina con muchas alacenas diferentes una de la otra. Mi abuela siempre estaba parada junto a la estufa así que caminé con total seguridad hacia donde sabía que la encotraría. Mucho antes de verle la cara anticipé su sonrisa en su bello rostro moreno. Me abrió los brazos, corrí a su encuentro y grité:
—¡Sorpresaaa! —cuando deshicimos el abrazo, ella miró en mi mano el grillo junto a los papelillos mojados por el sudor. Sonrió bondadosamente y me preguntó:
—¿Y esto? ¿Qué es?
Me puse triste y dije en voz baja
—Era una sorpresa para ti abuelita…, pero…, se murió.
Mi abuela tomó con ternura el insecto, apartó de su cuerpecito los papelillos que lo cubrían, lo acunó en su mano de manera que yo no pudiera verle y luego, volviéndose hacia mí, me preguntó mientras reía con toda la cara.
—¿Estás segura? —las antenas del grillo se movían casi imperceptiblemente, ella lo aventó al aire y el insecto saltó con renovada fuerza, mientras lo veíamos alejarse le pregunté:
—Abuelita… ¿cómo lo hiciste? ¿Cómo lo reviviste?
—Esa mijita, esa no fui yo…
Me dio un abrazo muy cálido y se volvió hacia la cocina. Yo me olvidé pronto del insecto, me fui corriendo al patio, mi lugar favorito en todo el mundo.
No cabe duda de que el mundo gira aunque pensemos que estamos estancados en un mismo sitio. Las palabras giran contigo, se encuentran en cualquier lugar, en boca de paseantes extraños, también de conocidos, en gritos y susurros, en cartas devueltas muchas veces sin llegar a su destinatario, en cuentos de abuelos que casi llegan a la centena, en mentes ansiosas por crear, que las moldean, les sacan el jugo y las convierten en historias infinitas.
DGA
En esta entrega damos la bienvenida a María Alejandra Gámez artista plástica, quien amablemente aceptó la invitación a prestar sus obras como imágenes para dos de nuestras secciones: Palabra Secreta y Palabra incógnita donde además nos regala un relato suyo.
Para disfrutar de la obra de María Alejandra Gámez visita nuestra sección Letra Dibujada. Allí puedes disfrutar de toda la galería de arte visual que nos ofrece nuestro artista digital: Dióscoro Monasterio y a partir de hoy todas las obras de otros artistas plásticos que como María Alejandra Gámez gusten acompañarnos en esta aventura.
Te invitamos a visitar Palabra Escrita donde encontraras información importante si deseas formarte como escritor.
Si estás entrando a PALABRA INFINITA desde tu teléfono inteligente, no olvides pulsar MENÚ para acceder a todas las secciones del Blog. Disfruta de la palabra. Lecturas deliciosas para disfrutar con el café. GRACIAS POR VISITARNOS.
Son las dos de la madrugada. Con el insomnio en su máxima potencia, me ha dado por recordar a mi abuelo, aquel viejo de mi infancia. De niños mi primo y yo íbamos con él al parque Negra Hipólita a caminar, lo menos que hacíamos los mocosos hiperactivos de ocho y seis años era eso. Corríamos por doquier, reíamos y nos dispersábamos.
Para compensar nuestra electricidad el anciano nos empezaba a contar historias. Todavía hoy recuerdo estar sentado en una banqueta viendo unas extrañas esculturas y a mi abuelo recitando las historias de Ícaro y el sol; aquellas paredes de cemento conforme avanzaba su historia se convertían en riscos y océanos, o, en un enorme laberinto por donde corría una niña asustada. Sus relatos hacían volar mi cabeza, me llenaban de preguntas.
Con el paso de los años ya no fuimos tres sino dos, mi abuelo y yo. La adolescencia me acariciaba la nuca, empezaba a tener ataques de idiotez pero el viejo nunca flaqueó, los domingos me buscaba para que practicara al volante mientras él aumentaba su repertorio. Se adaptaba a mi edad, sus historias cambiaban, con chistes subidos de tono y al ver que se me ponían los ojos como platos se reía, sabía que lo había entendido. Ahora estoy a medio mundo de distancia y todavía escucho su risa pícara mientras iba de copiloto en la camioneta.
En este momento de mi insomnio me pongo filosófico y pienso que mi afición por escribir despertó por mi madre y también por mi abuelo, quería crear mundos como él me hizo imaginarlos.
Con el correr de los años a nuestras tertulias se unió mi prima pequeña para quién repetía sus historias y les puedo decir con certeza que jamás perdieron el encanto, mil veces podía contar y mil veces me senté a escucharlo, hoy todavía me cuenta, y todavía lo escucho, a él, a mi abuelo.
Es venezolana. Ejerce varias artes con base en una amplia formación académica: escritura de ficción y poesía, todas las plásticas y la fotografía, locución y docencia. Ha sido gerente cultural en diversas instituciones y ha participado desde 1992 en exposiciones colectivas en Venezuela y el exterior. Actualmente se encuentra residenciada en España. Esta es su segunda colaboración para Palabra Infinita, en la que además presenta dos de sus obras visuales, en la sección palabra Secreta y en esta sección Palabra incógnita. Pueden disfrutar de ellas en todo su esplendor en la Galería de este blog: Palabra dibujada. Para ver más de sus obras visita:
Instagram: @marialejandragamezroman
Twitter: @mariagamezroman
Página web: http//marialejandragamez.jimdo.com
La Carta
María Alejandra Gámez R.
La carta vino de La Habana, llegó a su casa por error. Tal vez haya sido la conserje, quien en un desliz la metió por debajo de su puerta. Se acostumbraba por entonces, llevar la correspondencia a cada domicilio, e incluso que ocasiones entregarla personalmente. Lo cierto es que no era para ella.
Preguntó a los vecinos más próximos, sin dar con el destinatario. De nuevo verificó con la conserje, quien sorprendida alegó no tener nada que ver. La dirección no tenía relación con la suya, la calle era inexistente. Se podía inferir, por la cantidad de sellos, que había sido devuelta varias veces. Nunca supo cómo había llegado a parar a su edificio y mucho menos a su apartamento.
La olvidó por un tiempo sobre el chifonier. Y de tanto en tanto en tanto, cuando pasaba, miraba el sobre cerrado. Tal vez en algún momento alguien tocaría la puerta para reclamar la carta.
—Mi papá tiene familia en Cuba — dijo un día el marido— Quien sabe si alguno de ellos nos habrá escrito.
Él no sabía nada de esos parientes cubanos. Su padre, quien había venido de las Canarias a Caracas unos treinta años atrás, contaba que su abuelo había sido muy aventurero y dejó hijos en la isla en su periplo sin retorno hacia Argentina. No parecía muy probable la teoría. Pero la verdad sea dicha, a estas alturas ya la epístola parecía pertenecerles. No hubo un motivo en particular para hacerlo. Parecía inevitable, así que un día simplemente la abrieron.
La caligrafía de tipo inglesa era legible pero algo temblorosa, como de si se tratase de alguien mayor, o quizás de una persona que, como no solía hacerlo con frecuencia, se le dificultaba la escritura. Acompañaban la misiva seis hojas completamente llenas de añejas estampillas postales, cuidadosamente ordenadas y pegadas en filas.
Querido hermano:
Perdona que no haya escrito antes. Mauricio ya está un poco mejor. Te molesto como siempre para ver si me puedes enviar algunas cosas: Unos jaboncillos de olor que estamos faltos de ellos. Papel de carta, café y azúcar. Mi mamá pide también que le mandes unos lentes para leer de cerca. De lo demás, lo que tú puedas. Agradecí mucho el último paquete que nos remitiste. No sabes cuánto. He estado guardando estos sellos para que los vendas. Si consigues que te den algunos dólares por ello, envíamelos por remesa, tú ya sabes adónde. Espero volver a verte. Te recuerda, tu hermana.
Tres décadas han transcurrido desde aquello. Cansada se mira en el espejo. Hace un recuento de su día. Largas colas para comprar apenas lo indispensable. En el televisor, la voz de un periodista anuncia la reunión de los dos hombres más poderosos del planeta decidiendo la suerte del hemisferio entero. La imagen hace ruido en su mente. El recuerdo de aquellas estampillas oprime su pecho.
Se sienta de nuevo frente al computador e intenta vencer el bloqueo. Evoca tiempos alegres, tal vez un reencuentro, una esperanza, una buena noticia. Se anima un poco. Las palabras comienzan a fluir, de improviso, se encuentra escribiendo: La carta vino de La Habana …
Es una mujer como muchas. Todos los días enfrenta batallas.
Hace unos años se casó. Estaba joven aún, tenía una cacharra destartalada que heredó en vida de su padre. Decidió que esa cafetera antigua sería el inicio de su aventura en pareja y sin cacareo la vendió para alquilar una pieza donde viajar a las estrellas sin más equipaje que su vestido de Eva.
El tiempo que es inexorable ha pasado y dejado huella, no es fácil llevar una vida con dos hijos y tres empleos. Aunque todo tiene sus satisfacciones. Cuando la familia aumentó, la pieza fue cambiada por una casa, tres habitaciones, una espaciosa cocina, dos baños, un bonito jardín. Sonríe mientras piensa que juntos en su guarida inventan a diario el amor.
Una tarde entre sudores y cansancio, advirtió el nombre ahogado que se escapó de los labios de su campeón…
La duda se instaló como dueña de su vida, entre nerviosismo y paranoia revisa papeles, maletines, carteras. Así sin más descubre el cuerpo de un delito añejo. Allí están en su laptop las pruebas inequívocas, esas fotos desvergonzadas que muestran las sábanas revueltas que cubren el mismo colchón en el que fueron concebidos sus hijos, la pintura descascarada de la entrada a su alcoba y el mismo cuadro en la pared, con horror se pregunta entonces,
¿No es esta la amada guarida de la que yo estaba tan orgullosa?
No queda nada por decir para ese par de extraños, ya fue suficiente ultraje.
¿Qué va a pasar ahora que la vida se ve diferente?
Algunas lágrimas escapan de sus ojos, sus labios tiemblan descontrolados y los sollozos acuden junto a los recuerdos de ese descubrimiento. El sudor moja su frente mientras siente el fardo entre sus manos húmedas y resbalosas. La luz opaca de esos ojos tan amados no la asusta. Solo por un instante siente que no podrá con tanto peso, luego su ánimo se enciende con la fuerza de la decisión.
Escucha los ruidos más allá de la puerta de su hogar, decide que esto no va a destruirla. Se da cuenta que hace tiempo se calzó los zapatos de la valentía, y no hay nada que pueda vencerla. Es momento de tomar la vida de la mano, dejar atrás lo que no sirve.
Finalmente gira el picaporte. Al entrar sonríe a sus hijos y respira profundamente al llamado de la soledad. En la noche, cuando todos duermen, ella baila, recuerda lo vivido. Se despide de una vez de ese maldito que se han de estar comiendo las ratas. Ríe en ese momento de su astucia y da la bienvenida a lo desconocido. Gira y ríe, hace tiempo que no es una niña. Gira de nuevo y recuerda la cara de asombro del que fue su campeón. Vuelve a girar y se hace consciente de que ya no es una muchacha, tararea la canción que suena a bajo volumen en la radio y su cuerpo al moverse en forma tan acompasada la hace sentir que es una mujer fuerte, tan fuerte que pudo acabar con esa historia. Así como él horadó sin piedad su corazón, ella hizo que escapara la luz de sus ojos.
Tiene puesto su traje de libertad, el mismo que se ha curtido de experiencia. Por eso gira, gira y gira, va con el tiempo, no hay atrás.
En estos tiempos inciertos en que no podemos bajar la guardia contra el enemigo invisible que nos acecha hemos podido ver que somos una fuente inagotable de bondad, pero también somos sombras, oscuridad. Detrás de una sonrisa escondemos tristezas, temores, desaciertos, amarguras y soñamos con el día en que no tengamos que ocultar tanto sentir. La oscuridad se convierte para algunos en una niña que pasea asombrada ante la belleza que antes no supimos valorar. Para otros es normal ver todo a través de las sombras, aunque afuera, en la calle, haga sol. Una cosa tienen todos en común, la necesidad de contar eso que les aqueja, la necesidad de usar las palabras para que salga del pecho el peso que oprime, que duele, una vez más las palabras, siempre las palabras.
D.G.A
Gracias por leernos en esta entrega número 28.
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Los seres humanos somos capaces de cosas surrealistas como levantar 500 kilos o correr cien metros en 9 segundos. Pero en mi opinión personal no hay nada más poderoso que la forma en la que con una simple acción oscurecemos una sonrisa. La pureza de unos ojos expectantes hacia un nuevo amor o un mundo inexplorado en el trabajo, puede empañarse muy rápido.
Es casi una profesión, aquellos que sufrieron repiten el patrón y así la cadena continúa y los inocentes pasan a ser lobos con piel de oveja.
Es una mierda pero para protegernos tenemos que ocultar las heridas si no, eres débil o no tienes malicia suficiente para vivir en este mundo podrido. Es por eso que sueño con el día en el que detrás de una sonrisa no se escondan los demonios.
Nació en Soledad Estado Anzoátegui. Cursó estudios en la Universidad de Carabobo obteniendo el título de Licenciada en Educación, mención Educación Inicial y Primera Etapa de Educación Básica. Ejerce como docente, pero desde pequeña tiene inclinación por la escritura. Con respecto a esto declara: “Escribir es el paseo de mi alma a veces perdida en medio de insólitas tempestades, pero encuentra la paz en las delicadas hojas de los libros y se pierde en las mudas palabras de la imaginación”. Algunas publicaciones:
Revista Educación en Valores-Año2/vol.2/Nº4 Valencia, Julio-diciembre 2005 Cátedra Rectoral Educación en Valores. Ensayo “Valencia y sus valores”.
Fundación Paso a Paso revista electrónica. http:/www.pasoapaso.com 2005 Artículo “La integración escolar- Mito o realidad”
UNICEF Revista electrónica Cuento: una nueva oportunidad http:/www.unicef.org.co/cuentos.htm 2005.
Esta es su primera colaboración para el blog.
El paseo de la oscuridad
Ana Lucía Herrera
La oscuridad salió de paseo. Llevaba puesto su ceñido traje de nostalgia y su largo velo de añoranza. Caminaba con paso firme pero intermitente, se subió a los columpios y se deslizó en el tobogán, dibujaba en su rostro una tímida sonrisa de pesar.
Hacía tanto que no visitaba los parques, el mundo ha cambiado tanto desde la última vez.
Visitó la playa y se sentó sobre la arena, divisó el horizonte con ojos llenos de ilusión. Al verla la gente corría despavorida, se encerraron en sus casas y el temor los invadió.
“La oscuridad ha salido y el mundo se acabó”, susurraban entre dientes, temían lo peor.
La oscuridad maravillada por sentir los tibios rayos del sol, caminó bajo la lluvia y a las aves escuchó. Dejó a su paso un rugido que a la humanidad enmudeció. Bailaba alegre por el bulevar, recorría los campos y nadaba en el océano. Sus sentidos se llenaban con tanta bondad, las lágrimas enturbiaban su mirar.
En la distancia observó a la luz que la esperaba, lentamente se acercaron y entrelazaron sus manos, la oscuridad le contó a la luz con efusiva emoción todo lo que vivió.
La luz escuchó complacida y comenzó su andar, confiada en las enseñanzas que su amiga dejó.
“Será una lección a la humanidad, que sumida en el silencio en medio de una tempestad, buscaba una respuesta en medio de la soledad”.
De nuevo los abrazos y besos; ver a las aves volar, a los niños correr en el parque y por las playas caminar.
La oscuridad salió de paseo, pero la luz siempre le ha de acompañar.
Es de noche. No logro identificar lo que me inquieta. Algo cambió, pero aún no sé qué. La náusea me ha obligado a orientar mi cerebro en busca del baño. No puedo abrir los ojos completamente. Me urge la cama y al mismo tiempo no quiero estar en ella, el silencio de la casa comienza a molestarme. A ciegas y descalzo la recorro entera. De pronto me duele una ausencia, ella no está. Me lo confirma el papel arrugado que dejó manchado de lágrimas en la mesa de cuatro puestos, único adorno de mi sala. Culpable y burlón sigue ahí, no necesito leerlo porque ya me sé cada palabra.
Ella decidió que tenía suficiente de mí, en cambio yo aún no había destrozado todo de su vida. La quiero aquí y ya no está. Creo que matarla me hubiese permitido disfrutarla más tiempo, no me atreví. Ojala tuviera la valentía que le descubrí a aquél idiota que disparaba sin pensar en su odio. Camino de nuevo sin rumbo por la estancia. Su ausencia es tan notoria como la nevera vacía, como las flores marchitas, como el hedor a soledad.
Llorar no es de machos, eso me dijo mi padre un día. No sé si hoy me siento hombre. Tengo días sin saber quién soy. ¡Que se pudra todo! Quizá dormir ayude. La noche está ahora en lo más callado y me sigue doliendo la ausencia.
De nuevo me asaltan las ganas de ser otro, pero ya no quiero ser un asesino. Quizá prefiero ser, un aventurero capaz de cruzar el mundo sin apuro por el retorno, ese que conoce cada rincón del planeta, ciudades y países que yo solo he visto por Internet. ¿Y por qué no? el millonario que no lucha por llegar a fin de mes con algo en la cartera.
Mi vida es muy distinta a esos deseos. Soy un loco callado. Metido en mí mismo la mayor parte del tiempo. A veces recorro las calles buscando a quién robarle el físico, la identidad. Soy de los que mira de reojo a los que ríen y luego invento porqué lo hacen. Soy de los que hilvanan historias de escenas dispersas. El que escucha mientras finge estar concentrado en algo más. El que roba diálogos, disputas, frases.
A ella la conocí en un café. Creo que no era intención de ninguno de los dos llegar a algo. Yo garabateaba en mi libreta y sorbía el perfumado líquido negro, único alimento de ese día. Ella me inundó con su fragancia y su verbo. Me la imaginé desnuda. Me gustó. Sin saber cómo, terminamos los dos sudando las sábanas de mi cama destartalada. A partir de ese momento se adueñó de mis costumbres. Sus arrebatos, su cuerpo, sus caprichos y su sexo se volvieron un vicio.
Trago la náusea que de nuevo me inunda la boca. ¿Cómo fue que pudo por un minuto hacerme pensar en otra cosa? ¿Cómo fue que permití que intentara cambiarme?
Cierro los ojos y la evoco. No es de una belleza común, es más bien un pequeño monstruo de cabellos ocre, dientes torcidos y enormes ojos café, su boca inunda su rostro. Se mueve con la presteza de una bailarina y es tan elástica como una acróbata de circo. En algún momento llegué a creer que podría formar parte de su mundo. Ella nunca formó parte del mío.
El sabor amargo de la bebida me hace recordarla de nuevo. Esta vez no de la mejor manera. A ella le disgustaba que yo bebiera. Incluso llegó a deshacerse de todas mis botellas para intentar alejarme de lo que siempre me dijo, sería mi muerte segura. Ahora no está aquí para llorar cada vez que me ve apurar el vaso. No está aquí para limpiar la inmundicia que he dejado en el baño al volver del otro mundo. Ya no se acurruca en mis brazos mientras me ruega que la ame y que me enfoque en ser alguien más normal. Se fue hace no se cuánto tiempo y hasta ahora me doy cuenta que me duele. ¡Maldita sea!
Sus palabras comienzan a repicarme en la cabeza y siento que me desagradan, no quiero recordarlas. No, no, algunas no son tan hirientes, también las hay dulces, cuando no están llenas de reproche.
Se me explota la cabeza. Un martillo golpea sin piedad. Suspiro mientras me tapo la cara y me alboroto el cabello. Ese que mi monstruito solía acariciar y que cuidaba con tanto esmero. Amanece ya. La noche se ha ido sin protagonismo. Aquí dentro sigue oscuro, pero ya no hay silencio. Suspiro. Me muevo otra vez como un fantasma. Ese es mi más grande problema, yo no sé cómo ser normal. Vivo entre el sonido de las teclas y los tragos de vodka. No sé cómo llevar una rutina que no sea la de mirar el cursor esperando ser arrastrado por letras y palabras que se conviertan en historias, para que otros juzguen si sirven, si merecen ser recreadas, tan estúpidas como esta noche en vela, tan inverosímiles que muchas veces desaparecen al pulsar delete o tan buenas que pueden ser vendidas y hasta dan para vivir.
Mis pasos me llevan de nuevo a la sala. La computadora encendida sobre la mesa de cuatro puestos parece esperar paciente a que la ocupe. El hasta nunca de Amanda sigue ahí, parece estar riéndose de mí. Repito en mi mente sus palabras “Algún día el alcohol y las letras acabaran con tu vida… no quiero estar ahí para ver eso. Te amo, A”
La adrenalina fluye a medida que las teclas inician su ritmo constante. Por un momento mientras escribo cierro los ojos. El fluir de las palabras no disminuye, al contrario, se hace cada vez más fuerte, más rápido. La imagino al abrir la puerta, sus pasos silenciosos alejándose de mí. Eso no es lo que yo quiero, por eso voy a jugar a ser Dios, a que tengo su destino en mis manos.
Ella camina con sus altos tacones arruinados, sus labios excesivos pintados de rojo, me mira y dibuja en su boca una sonrisa insinuante, se frota sus dientes manchados y dirige sus pasos hacia mí. Decido que,
Es de noche. No logro identificar lo que me inquieta…
“La palabra, como la naturaleza misma, es infinitamente sabia, y conoce cuando debe asolar lo caduco y lo corrompido para edificar la vida sobre cimientos nuevos”.
Rosario Ferré
Es por eso que seguimos aquí, apostando a que las palabras seguirán permitiéndonos compartir nuestros mundos. Es posible que al leer alguna de esas historias hechas desde lo más profundo de nuestro ser puedas edificar, al menos por un momento, una realidad distinta que te ayude a soportar la tuya, que te anime, que te haga reír, tal fuerza tiene la palabra, por eso es infinita.
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Al principio… Todo empieza con uno. El mío fue una vez en que, mi hoy hermano de otra madre, me dijo y lo recuerdo perfectamente «tienes que verlo, es lo mejor».
Sí. Esas palabras me arruinaron en muchos sentidos. No me malentiendan, no son drogas, es más como un estilo de vida. Algo un poco incómodo de decir, ¡pero vamos que da igual!
Ese día sus palabras no fueron viento, resonaron en mi cabeza,
ese día me volví Otaku.
Me sumergí en un sin fin de historias y mundos alocados en un idioma sumamente diferente. Contemplaba el infinito y un poco más allá, desde ahí todo subía y bajaba mientras que la escena de amor me hacía arder de emoción, la de dolor me despedazaba completamente.
Descubrir eso me llevo a recluirme, sentado días enteros, hasta meses que se volverían años, justo como estoy ahora, soñando con zambullirme cada vez más en la cultura de ese extraño país al que muchos como yo llamamos: yume no Sekai (mundo de ensueño).
Estudió Lengua y Literatura en la Universidad de Carabobo. Participó en el taller de Narrativa perteneciente al Dpto. de Cultura de la Universidad de Carabobo bajo la coordinación de Héctor Espinoza, posteriormente de Geraudí González y por un tiempo breve de Danibia Abreu. Es director de teatro y disfruta de realizar montajes para su compañía. Desde siempre ha tenido una relación cercana con la escritura. Es poeta, compositor y escribe relatos cortos. Esta es su segunda colaboración para Palabra Infinita
EL ZAMURO
Xavier Manasés Torrealba
Chela se quedó dormida al pie de un viejo samán, pensando en el chico que tanto le gusta, y al abrir sus ojos lo primero que observó fue a un zamuro mefítico rodeándola, la primera reacción fue espantar a la despavorida ave, quién subió a las ramas del samán a contemplarla.
―Peazo’e ave fea mal oliente ―le gritó al ave, quien la observaba desde las ramas de samán.
Se encaminó a casa recordando el emotivo encuentro que había tenido con Luciano; el chico que tanto le gustaba. Al ir observando las arboledas que habían a su alrededor se percató que el ave la seguía.
―¿Esa peazo’e ave otra vez? ―se preguntó en voz alta. Tomó una piedra y se la lanzó en un fallido intento. Por más que caminaba el ave seguía observando a la campesina, como si realmente quisiera decirle algo. Ella, imaginaba todas las cosas descompuestas que comía, y le daba asco tan solo pensar que el ave la seguía.
―Ahora si me acomodé contigo pues ¡Vete! ―le dijo al ave quién parecía entenderla. Se mantenía distante, pero igual la seguía.
La Campesina cruzó ríos, subió lomas, y aún el ave la seguía. Al percatarse, un escalofrió corría por su cuerpo. Se sentía acosada. Caminó deprisa todo el trayecto hasta su casa, sintiendo su presencia.
―¿Dónde estabas Chela? ―le preguntó la mamá, enojada.
―En el río amá, usted sabe que siempre voy los sábado pa’llá ―le dijo Chela sumisa.
―Sabes que no me gusta que andes por esos lares, eso queda muy lejos, además no debes ir sola
―¡Ay amá! Ni que fuera muy lejos, eso queda allí mismitico ―expresó aun agitada por la caminata.
―Algún día de estos te vas a llevar un buen susto, ¿No puedes estar tranquila como tus hermanas? Sin ser tan chiva ―dijo la madre encrespada.
La joven se fue a pilar el maíz que su padre había desgranado. El pilón estaba debajo de un árbol de tamarindo, y allí se encontraba nuevamente el zamuro. Chela lo observó intrigada pensando por qué esa ave la seguía a todos lados.
Le arrojó unos granos de maíz al ave, bajó y precavida se las comió. Chela terminó de pilar, y llevo el tazón a su madre, quien la esperaba para hacer las arepas.
―Amá hay un ave que me sigue desde que venía del río ―le dijo a su madre, mientras la veía cocinar.
―¿Un ave? ―le preguntó extrañada.
―Sí, es muy raro, un zamuro de plumas grandes, negras y marrones, y su cara es como color ceniza.
―¿Un zamuro? Los zamuros están atrás de los muertos niña loca, espántalo cuando lo veas.
―Al principio me daba miedo, pero ahora me parece que es amigable.
―¡Ah no vale muchacha! ¿Tú como que estas enamorada de ese Zamuro? ―le expresó la madre con unas risotadas.
―No amá esa ave huele mal… aunque es como una buena mascota.
Durante la noche, se dirigió a la ventana, la abrió y vio al zamuro que la observaba fijamente. Ella en el impacto, cerró la ventana de un sopetón. Se fue a dormir con la imagen del ave, sin entender por qué el pájaro no se iba. Al despertar comenzó a hacer los quehaceres de todos los días: buscar la leña, cargar el agua, recoger los granos. Al ver a la anciana del campo, salió a su encuentro, a darle unos palos de leña, y parte de las legumbres que había recolectado.
―Gracias Chela, tú siempre tan atenta ―le agradeció. La anciana observaba al pájaro unos cuantos metros detrás de la muchacha.
―Sí, mi seño esa ave siempre me sigue, y no sé que hace pa’que me deje quieta ―le dijo Chela al observar a la anciana recoger una piedra con la intención de arrojársela al ave.
―No mi seño’ no lo golpeé ―le dijo Chela molesta.
―Mi niña, ¿No sabes lo que dicen de los zamuros que siguen a las personas?
―Mi amá dice que los zamuros están atrás de los muertos, pero este me sigue a mí, así que no creo en eso.
―¿No te han dicho lo que pasa con los zamuros que se enamoran de las mujeres? ―dijo misteriosa
―No, ¿Es una leyenda? ―intentó no reírse de la anciana, por respeto.
―La gente cree que son leyendas pero esas cosas son ciertas. Hace mucho tiempo una joven también se encontró a un zamuro que se enamoro de ella, al tiempo desapareció y cuentan que se convirtió en zamuro.
―Que leyenda tan buena mi seño’, pero eso son puros cuentos.
―Mi niña, hágame caso espante a esa ave de rapiña.
La anciana la vio alejarse. Chela dio media vuelta y con una sonrisa la despidió.
Al regresar a casa escuchó a una de sus hermanas decir:
―¡Luciano se casa!
Ella desde muy pequeña había estado enamorada de Luciano, pero él, siempre la había tratado como una amiga. Es por eso que al escuchar esa frase su corazón se hizo pedazos. No quería que nadie se percatara de su sufrimiento. Tras disimular, salió de casa, y corrió al samán donde solía estar, se tiro al pie del árbol y empezó a sollozar. Cuando se disipo el llanto desenterró el rostro de su falda, observó una flor y a unos pasos más atrás se encontraba el zamuro. ¿Cómo es posible que este animalito entienda que estoy triste?
―pensó.
Tomo la flor, y El zamuro abrió las alas dando pequeños saltos a su alrededor.
―Que ave más bonita ―le dijo mientras observaba conmovida la flor.
El ave se acercaba lentamente hacía la joven, hasta que se poso sobre sus piernas. A Chela el zamuro no le parecía desagradable y no le olía mal. A partir de ese momento el zamuro estaba más cerca de ella. Dormía bajo su cama. Las personas del pueblo comenzaron a llamarla bruja desde que se le veía con el ave.
―Muchacha deja de andar con ese zamuro, espántalo, mira que la gente ya anda comentando cosas ―dijo la madre irritada.
―¡A púes amá! Quédeseme tranquilita, que esa es mi mascota. Esa es la gente de aquí que es más supersticiosa… que si los santos, que si los muertos, que si los vivos, ¡Na amá!
¡Déjelos que hablen!
―Muchacha pero que grosera te me has puesto, ¡No creas! ¡No creas que porque ya se te vinieron los dieciocho no te puedo lanza tu cachetón! ―le levantó la mano muy cerca de la cara de Chela, amenazante.
―Amá usted si le gusta peleá conmigo, yo no le estoy diciendo grosería, solo le digo que no hay que tenerle miedo a un pajarraco, mírela, si hasta bonito es el bichito ―tomó al ave y la colocó en su regazo.
Chela fue por agua al pozo donde se encontró con la anciana.
―Mi Doñi, ¿Qué hace por aquí solita? ―preguntó Chela.
―Vine a buscar agua mi niña ―la anciana se sentó en un banco que estaba cerca del pozo.
―Doñi, usted ya no está para estar cargando nada ¡déjeme y la ayudo! ―Chela agarro los jarrones, los metió en una caja y los llevó a casa de la vieja. En todo el camino la anciana
notó que el ave seguía a la Chela, y cada vez que iniciaba la conversación acerca del zamuro la joven evadía el tema. Al llegar a casa de la anciana, dijo:
―Chela deshágase de ese animalito, se lo digo de buena fe mi niña. Esas cosas no traen nada bueno.
―Tranquila mi Doñi ―dijo Chela al alejarse.
Al día siguiente la mamá le dijo que fuera a rebuscar papas con sus hermanas. De todas, ella era la más laboriosa, también la mayor y no le daba pena buscar las papas que regalaban los sembradores. Siempre tenía que escucharlas quejarse cuando las mandaban a trabajar; Chela se había acostumbrado a hacer prácticamente todos los quehaceres de la casa, y no le molestaba: prefería eso a soportarlas.
―¡Recogeré papas!, pero no voy a cargar papas, como si fuera un burro ―dijo la menor.
―No creas que voy a quedarme todo el día llevando sol como una palmera ―le dijo la tercera.
―Nosotras sacaremos las papas de la tierra, pero dejaremos los sacos allí para que algún muchacho del pueblo los vaya a buscar ―Mencionó la cuarta hermana.
―Más flojas ustedes, caminen es qué, y dejen de‘tá planeando tanto ―les dijo Chela molesta.
De repente observaron a muchas personas cerca del pozo, y todas estaban turbadas.
―¿Qué pasó? ―le preguntó la Chela a la gente que estaba lejos de la multitud.
―¡La anciana!, la anciana murió ―dijo una señora con los ojos enrojecidos.
Chela corrió hasta la casa de la anciana, y al llegar su corazón se agitó al ver a las personas alrededor de la cabaña, hizo paso entre el gentío y logró entrar, al asomarse poco a poco miró los pies de la anciana tendidos, luego fue acercándose más y más, hasta que vio como le brotaban tajos ensangrentados de la cara, y los ojos extirpados. Al voltear la mirada hacia la ventana, observó al zamuro en el árbol de caimito, abriendo sus alas como aquella vez que le entregó la flor. Salió corriendo del lugar horrorizada. La observaron como corría hacía el bosque, intentaron con fuertes gritos detenerla. Chela iba muy deprisa, lloraba amargamente, recordando las palabras de la anciana, sintiéndose culpable de su muerte. Al llegar al Samán observó al zamuro, se fue acercando a él muy despacio, lo agarró fuertemente del pescuezo, golpeó su cabeza varias veces contra el suelo, hasta que se volvió solo sangre y plumas.
Las personas al llegar a lugar la vieron llena de sangre, diciendo; que ya había matado a la malvada criatura, que ya jamás le haría daño a nadie. Se comía las plumas y rociaba su sangre por todo su cuerpo, Todos horrorizados salieron del bosque, algunos intentaron llevarse a Chela, pero ella desapareció siendo tragada por la noche.
Pasaron meses y no la encontraron. Comentan que la anciana era una bruja que ahora habita en el cuerpo de Chela, incluso hay quienes aseguran haber visto al mismo pajarraco enamorando mujeres del pueblo, amándolas, hasta volverlas locas.
Soy una mujer de gustos simples. Me gusta hablar francamente con una persona, comer chocolate sin pensar en la dieta, amo mi sofá, donde puedo amodorrarme a leer un libro y lo mejor de todo es que me encanta vestirme como me da la gana, nunca me ha preocupado mucho eso de la moda.
Con el estudio la cosa va más o menos así, estudié mucho siempre, soy aplicada. Ahora que terminé pues tengo que buscar trabajo, espero tener suerte pronto.
Tengo apenas unos meses en este empleo y me siento un poco rara, es que de un tiempo a esta parte me he descubierto mirándome más de lo debido en el espejo y descubriéndome arrugas, canas y algunas lonjas que se me marcan en la ropa y que me hacen sentir incómoda, no es como dice mi marido “sazón para el caldo”
Creo saber de donde viene la cosa, aquí en esta empresa las mujeres se arreglan a la última moda: zapatos y ropa de marca, es por eso que mis zapatillas bajitas me están incomodando, creo que no se ven bien. No toman azúcar, consumen sólo edulcorante artificial y productos Light, el chocolate es un enemigo prácticamente innombrable y si me ven comiéndolo es posible que les de un infarto al pensar en la cantidad de calorías con que contribuyo a “sabrosear” mi cuerpo.
Mi jefa y su séquito de lame botas viven hablando de los deportes que practican. La obsesión es tal, que he llegado a preguntarme como han conseguido el puesto en el que están, si lo único que tienen en la cabeza es una clase de bailoterapia, una cancha de tenis, una piscina, una clase de aeróbicos o de spinning y una sesión de masaje linfático, de acuerdo con ellas, la última moda para perder peso rápidamente.
Es oficial, soy un globo, estoy gorda y me visto fatal. Imposible no dejarse arrastrar. Acabo de comenzar una dieta estricta, que consiste en consumir piña al desayuno (como extraño mi arepa rellena) almorzar como un conejo y cenar nada, no me ayuda que mi marido lleve la pizza que tanto nos gusta y que comemos todos los jueves.
En los seis meses como empleada de esta oficina ya he ido como a tres clases de spinning impulsada por mis “amigas” pero que va, me he dado cuenta de que esa cosa no es para mí, después de sentir las piernas como dos troncos y caerme al tratar de bajarme del dichoso aparato luego de una hora de duro entrenamiento. Al llegar a este punto no vale la pena que deje de contarles de mi intento con la natación, esto me resultó mas relajante, sí, como no, quedarme quieta en el agua por largo rato, lo sabroso del sol en todo el cuerpo y la brisa deliciosa…, la verdad es que no sé nadar, así que preferí anclarme en la piscina de los niños que es llanita y calientita con la excusa de vigilar al bebé.
Una de las mujeres de la oficina me invitó a hacer bailoterapia y debo confesar que me gustó, siempre me ha gustado bailar, el problema es que la música estaba muy alta y no se escuchaba lo que gritaba el instructor, además, de repente empezó a salir humo de todas partes y apagaron las luces para dar paso a los efectos de colores. El tipo bailaba muy bien, movía las caderas con un tumbao envidiable, pero a mi parecer hubo un problema:
¡Ninguna de las que asistió a la clase de ese día logró imitar al instructor!
Todas nos movíamos estúpidamente pensando quizá que con los gritos y los aplausos no se vería en el espejo que estábamos poniendo la torta hasta el piso de abajo.
Cuando se acabó la clase llovieron aplausos y yo me reí con ganas, salí de ahí livianita. Mi “amiga” me contó después que le pidieron las otras mujeres que no invitara más a esa histérica (o sea yo) a otra clase, que si echaba a perder al grupo parándome a cada rato, que si me reí como loca, bueno total, cada quién con su desvarío.
El caso es que tengo algunos días pensando que la mejor terapia que puedo hacer es no preocuparme más por esas vainas, al cuerpo hay que darle lo que pida, si nos provoca bailar un bolerito pues lo bailamos, si nos provoca caminar bajo la lluvia pues caminamos, si nos provoca jugar a los karatekas para que el nene se aprenda los catas pues jugamos.
En conclusión seguiré vistiéndome como me de la gana y cuando me de la gana me echaré un poquito de pintura en la boca, de las que no tienen tanta manteca, porque hacen que el cabello se quede pegado a los labios, ese tipo de labial le encanta a mi marido.
Ahora que caigo en cuenta, prefiero hacerle caso a lo que yo pienso, no a lo que piensen los demás, total yo vine a este mundo para ser feliz con todas las cosas que haga, no para vivir siempre pensando en lo feliz que seré cuando tenga un cuerpo escultural o unas tetas perfectas, mis tetas son perfectas, no tienen nada que envidiarle a las de ninguna artista, me digo mientras salgo de darme un largo baño y me miro en el espejo.
Imaginamos lo que vendrá, lo que haremos. Recordamos lo que pasó. Nos reímos de lo que conseguimos. A veces también lloramos.
Vamos conociéndonos en casa paso. Respiramos.
Acumulamos nuestras emociones. Las vivimos, las sentimos, las reservamos.
Se nos adhiere el sentimiento de las vivencias.
Y de a pedacitos vamos soltando.
Derramamos sobre el medio más cercano, las palabras. Palabras para contar historias, palabras para recordar, palabras para entregarse. Palabras que se hacen infinitas. Gracias una vez más por acompañarnos.
I.B
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Suspiré y rompí el silencio cuando se me escapó ese pensamiento:
—Psicológicamente estoy jodido —las palabras salieron de mi boca por su propia cuenta, al caer en lo que había dicho la garganta se me hizo un nudo.
—Ah.. ¿sí?, —respondió mi interlocutor sin mirarme a la cara.
No sabía qué me impresionaba más, su respuesta o la tranquilidad que eso me dio. Imaginé todo por lo que había tenido que pasar para que aquellas palabras no hicieran ni que bostezara. «Ella era fuerte», esa fue la respuesta a la que llegué.
—Por favor, continua —dijo gentilmente la sombra que entraba en mi campo visual.
—La conversación se desvió a un tema que ahora no recuerdo. Solo sé una cosa de aquella época con Alice, ella hacía que mis pesadillas se volvieran banales. Nos reíamos mucho, la música era música
Voz lejana: ¿Y qué más recuerdas?
Su pregunta me causó un estremecimiento en el cuello.
—Aaah… Pues su fugaz estancia en mi tormenta terminó un día tan común que hasta da algo de lástima decirlo, Alice siempre fue alguien enérgico y no se quedaba quieta, me hacía caminar por todos lados sin rumbo alguno, —dije y una mueca similar a una sonrisa asomó en las comisuras de mis labios
Proseguí
—Ella decía que no saber a dónde ir le dejaba ver a dónde llegar. Por extraño que parezca era divertido. El día que nos conocimos, buscaba un sitio donde estacionarme a ver las estrellas y por accidente chocamos viendo el cielo, fue una putada porque tuvimos que esperar a las grúas en medio de una montaña, y entre tanto empezamos a hablar mientras nos dejábamos conquistar por el cielo nocturno —Mire el pálido foco de luz led y dije—: el amor es algo misterioso y sin sentido, creía que la vida no me recompensaría por lo malo que había sido pero la conocí.
—»Los humanos vagamos con rumbo a la nada y en el viaje vamos encontrando el camino».
Dijo la voz lejana.
—Gracias por todo —respondí
—Pero si no hice nada más que escucharte. —respondió sorprendido el psicólogo.
—Eso es más que suficiente para volverme a componer, al menos un poco más, —respondí animándome un poco.
Sonrió
—Señor Tadeo, es usted una de las mejores sesiones que tengo en la jornada.
—Solo soy otro esquizofrénico, quien hace la sesión agradable es aquella chica, la que está sentada a mi lado —señalé alegremente—, mi amada fantasma.
El psicólogo se limitó a sonreír y despedirme.
Miré la silla y le dije adiós. “Adiós a tu recuerdo, al fantasma que conocí por un accidente de estrellas”.
Valencia, Venezuela, 1984. Psicólogo, escritor. Ha obtenido premio y menciones en los siguientes concursos: IX Concurso Nacional de Cuentos SACVEN (2013), VIII Concurso Nacional de Narrativa Salvador Garmendia (2014), VIII Premio de Cuento Policlínica Metropolitana para Jóvenes Autores (2014), Premio Anual de Cuento Salvador Garmendia [1a Ed.] (2016). Sus publicaciones son Manual de patologías (2015) y Cuentos de hadas para dormir adultos (2018). Algunos de sus cuentos y microcuentos han sido publicados en revistas de varios países: Plesiosaurio, Brevilla, Papel Literario y Temporales.
Busco editor
Víctor Mosqueda Allegri
Alto, joven, de mirada profunda y ojos preferiblemente claros (mis favoritos son los de tono esmeralda, pero no pido tanto), con musculatura definida, aunque no demasiado marcada, gusto por la moda, sensibilidad emocional y empatía. Que sea un romántico empedernido, de los que no se avergüenzan de llorar en una película de amor en el discurso final y que te tome de la mano por la calle como si no hubiera nadie más en el mundo al que aferrarse. Que no crea en tontos convencionalismos sociales y no cuente el número de citas o el número de días para devolver una llamada o decir “te amo” si de verdad su cuerpo y su alma le piden avanzar más rápido.
Que quiera saberlo todo de mí y los ojos le brillen de fascinación cuando le hable de mis proyectos más alocados, de mis novelas de aventura, de mis libros de fantasía. Que sin dejar de mirarme a los ojos un segundo, y ardiendo de deseo, me diga “serás el próximo Dan Brown, te lo prometo; aunque tenga que arriesgar todo lo que tengo para ello”. Que su amor por mí sea tal que le resulte imposible encontrar mis defectos y que, siempre con una sonrisa al borde del beso desenfrenado, me diga que para él soy perfecto, que me ruegue que nunca cambie, tal como yo le pediré el mismo compromiso, incapaz de verle costura alguna, ciego, completamente ciego de pasión y amor.
Busco editor, soltero, demócrata, socialmente sensible, de buena familia y de preferencia católico, pero de pensamiento religioso libre y crítico, que crea en el amor a primera vista, con contactos en Random House Mondadori y HBO o AMC. A cambio, obtendrás a un escritor en ciernes, con cuerpo trabajado en gimnasio y una tetralogía de terror místico religioso inédita, con sueldo anual de cuatro cifras… por ahora. Vamos, anímate y escríbeme al teléfono de contacto y tengamos una primera y delirante cita. Te lo juro que no te arrepentirás. Y tus jefes tampoco.
Moviendo cajas de allá para acá, en medio de la extraña soledad de un día sin la visita de mis pequeños estudiantes me encontré con un álbum de fotos, de esos pequeños que regalaban con los rollos de las cámaras de antes. Lo abrí y enseguida saltaron las imágenes de un niñito feliz, que sonreía gracioso a la lente. Mi hijo cuando era pequeño. Dejé que me invadiera la ternura, la nostalgia, ya casi va para los 21 y no vive en este país. Seguí pasando las imágenes y al centro del álbum me saludaron dos muchachas llenas de alegría con unos bolsos verdes, casi a reventar, atestados de cuanto libro y folleto pudimos conseguir. Sonreíamos contentas a la cámara mi comadre y yo. Ella además en la imagen rodea el cuello de forma cariñosa de su hija, mi ahijada, que era la compañera infalible de todas nuestras aventuras. Ver la foto me llevó a ese momento, mi mente se abrió al recuerdo como si se tratara de una película borrosa. Pude sentir hasta el murmullo del terminal cuando abordamos el autobús que nos llevaría a ese viaje.
Era temprano, aún no amanecía cuando comenzamos a reunirnos en la entrada del terminal. A lo lejos vislumbré a mi comadre que venía con Andre. Pronto estuvimos ubicadas en nuestros asientos, ansiosas por el momento que se avecinaba. Visitar el Banco del libro, Fundalectura, conversar con esa gente que trabajaba allí, ver la Biblioteca Central de Venezuela. ¡Qué bueno que nos animamos, era una oportunidad de no perderse!
Haciendo esfuerzos logro recordar que desayunamos en el autobús sándwich mientras conversábamos de lo que nos íbamos a encontrar allá y que rutas sería mejor tomar. En mitad del camino dejé de disfrutar porque hacía mucho frío y yo tenía ganas de vaciar mi vejiga que tiene la cualidad de llenarse en los momentos menos oportunos y encima se pone terca pidiendo que la vacíe.
Finalmente llegamos a la Bandera. Volví a ser yo misma luego de visitar los baños un poco aceptables del terminal y emprendimos la aventura. Tomamos rutas de camionetas y el Metro hasta llegar a nuestro destino principal: El Banco del Libro. Allí nos esperaba nuestra profesora, la que nos había animado a hacer ese viaje. Recuerdo las oficinas, el rincón de lectura para los niños, donde había cojines y libros de todas formas y colores. Nos hablaron del programa que tenían para que los niños se acercaran a leer y me sentía tan contenta. Luego, mientras la profesora nos llevaba por aquí y por allí nos iban regalando libritos, folletos. Estaba en el paraíso, no todos los días te regalan libros y casi te ruegan que te los lleves, era como estar en otro mundo. Mi comadre también disfrutaba de todo y su hija sonreía ante alguna atención de la gente. Cuando salimos del local teníamos esos bolsos hasta el tope de folletos, revistas y libros bellos que aunque eran números atrasados y algunos estaban ya algo viejos para nosotras eran un tesoro que teníamos que aprovechar.
La calle era otra cosa… El cielo, a pesar del olor a monóxido era limpio y azul. Brillaba un sol transparente pero no se sentía fuerte en la piel, al contrario parecía soplar un aire fresco de forma constante y de todos lados. Nosotras caminábamos sin apuro, haciendo chistes y bromas de lo pesadas que íbamos, nos conectábamos con el grupo y al mismo tiempo hacíamos planes de lo que íbamos a leer primero para nuestro trabajo en proyecto: la tesis. La gente nos tropezaba al pasar, éramos como piedras en su camino ¡Que ritmo tan acelerado para dos turistas que iban pendientes de no perderse detalles! Decidimos ir a la Biblioteca Central, la verdad una gran experiencia aunque no pudimos acceder a casi nada, en el camino nos tomamos fotos. Almorzamos en un local de comida rápida, fue un refrigerio delicioso. Mientras nosotras hacíamos la sobremesa, nos tomábamos fotos y revisábamos nuestros tesoros, la gente entraba y salía casi sin detenerse a mirar lo que se llevaban a la boca.
Ahora no recuerdo muy bien, pero terminamos enfilando hacia el Panteón Nacional porque queríamos conocerlo. Al llegar nos dijeron que ya estaba cerrado y además nos recomendaron que nos fuéramos ligeritas porque el sitio era peligroso. No recuerdo mucho si nos asustamos o no, pero sí recuerdo la decepción de no haber podido entrar.
De vuelta a Valencia el ruido del motor del gran autobús arrullaba esos cuerpos cansados de tanta caminata y visitadera. La niña se durmió acurrucada con su mamá mientras sus piecitos descansaban en mis piernas. Mi comadre también cerró los ojos un momento y yo como si se tratara de dulces que no podía esperar para comer, volví a sacar algunas cosas que tenía a mano en el gran bolso de color verde adornado con grandes letras amarillas que iban formando una especie de globo terráqueo y que repetían en tamaños distintos: “Leer es un poder”. Mi comadre me vio y sonrío, a ella también le gustaba el bolso y lo que significaba: era la puerta a muchos proyectos, a cosas nuevas. Nos prometimos que lo usaríamos siempre para todo lo que hiciéramos en adelante. Así fue. Ese bolso se convirtió en bandera de muchos de nuestros proyectos, todos relacionados con los libros. Ese era el bolso mágico que contenía los cuentos que mis chiquitos leían, el de ella también y fue el bolso que nos acompañó en las primeras clases como profesoras novatas en la Universidad, ese bolso verde con letras negras y amarillas que nos regalaron en aquel viaje a la capital. No sé si mi comadre lo tiene consigo, pero yo aún puedo verlo, está colgado en mi percha y lo que representa me hace sonreír.
La entrega pasada estuvo dedicada al amor y esta también lo estará solo que a un tipo de amor sublime, el amor a los peludos, emplumados o peculiares como aquellos que van cubiertos de duros caparazones, estamos hablando de las mascotas. ¿Nos estamos metiendo en camisa de once varas? No lo sé, lo único que sé es que estos seres de cuatro patas llegan a las vidas de las personas para transformarlas y siempre para bien. Nadie que haya tenido en su vida la presencia de un animal puede decir lo contrario. Anatole France lo expresó así. “Hasta que no hayas amado a un animal una parte de tu alma permanecerá dormida”. Nos suscribimos a sus palabras.
Esta es una entrega dedicada a los ángeles que no necesitan hablar para demostrar que aman de manera incondicional a todos aquellos que los rodean. Bienvenidos una vez más, esto es por y para para ellos, nuestros animalitos, infinitos, como la palabra.
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Veo aquellas fotos de antaño y su mala calidad y me indigna que no plasmen lo cálido de su mirada y sus graciosas orejas con aquellos picos.
Veo la vida que pasó en esas perlas negras y me pregunto si habré hecho bien, si de verdad me habré esforzado por merecer aquel amor incondicional que a mi memoria llega cuando hablo de ella.
La miro, recuerdo y sonrío y no una de mis sonrisas practicadas, no, la original. Aquella que puse cuando en una caja de cartón me entregaron mi primer amor: a mi perra kimba, dueña y ama del suelo y fiel guardiana de mis alegrías y desventuras.
María Emperatriz Monasterios Rubio es venezolana. Actualmente radicada en Medellín Colombia. Ingeniero Industrial de la Unexpo Barquisimeto , con Máster en Prevención de Riesgos Laborales de la Universidad Carlos III de Madrid. Durante un tiempo dictó clases, así que también tiene experiencia con la docencia. Leer representa para ella un pasatiempo apasionante. En su constante búsqueda se encuentra incursionando en el diseño y montaje de paginas web, en el cual avanza conforme pasan los días. De esta manera une sus dos pasatiempos favoritos diseñar y leer. Esta es su primera colaboración con el blog, con la cual descubre las bondades de la escritura.
Solera
Mariem
Recuerdo en aquella tienda de mascotas, había en el mostrador cuatro cachorros como moticas de algodón y bien juguetones. Pedí al vendedor que solo sacara a las hembras que no me interesaban los machos. Una era grande gorda y la otra era la más pequeña de la camada; ambas se desvivían por darme cariño así que decidí que la que llegar más rápido a mí desde el otro lado de la habitación sería mía. Tu me elegiste, corriste a mí desaforada.
Desde allí fuimos inseparables. Al ir creciendo aprendiste lo que me gustaba y lo que no; y a cambio entendí que lo único que exigías era ser acariciada siempre preferiblemente en mis piernas. Nunca te lo negué, era poco para lo que tú me dabas, eras mi compañía, mi amiga, mi hija nunca me sentí sola contigo. Te diste cuenta que lloraba mucho y cuando me pedías que te sobara la cabeza yo dejaba de hacerlo.
Cuando cumpliste dos años te dejé embarazarte. Era divertido ver tv en el suelo juntas mientras te sobaba la panza. Cuando tuviste a los cachorros te encantaba que los tomara en brazos, tus ojos me decían que la confianza que me tenías merecía disfrutar tus hermosos tesoros.
Viajamos a muchos lados, disfrutabas de montar en moto y sentir el aire al rodar. La playa era tu sitio favorito, correr en la arena y perseguir las olas hasta dar el chapuzón. La plaza de nuestra urbanización era otro de tus sitios favoritos. Eras famosa con todos los vecinos yo solo era “la mamá de Solera”. Correr tras la pelota y no entregarla era tu juego favorito yo lo llamaba: “soy yo la dueña de la pelota”.
Me encantaba fastidiarte al vestirte. Pasabas largo rato sin mirarme muy enojada, pero siempre volvías a mi lado. Tus juguetes nunca podían faltar regados por el apartamento, mirarte con ellos era mi alegría más grande.
No ha sido fácil escribir estas líneas ella era mundo y mi familia. La amo mucho y su partida lejos de mí ha sido difícil de afrontar. Aquí a mi lado duerme una maleta llena de vestidos y juguetes sin estrenar, de abrazos por dar y tristezas sin consolar.
A veces te imagino junto a mí, no me resigno a que seas solo un recuerdo más.
Mi hermano era un niño reservado, bastante tímido. Además era de mal comer, solía esconder la comida en sus manos para que mi mamá creyera que había acabado todo en su plato y luego la botaba en la basura. El día que lo descubrí me dijo con mucho temor en su mirada flaca que no le dijera nada a mis papás yo accedí porque también tenía mis secretos, por ejemplo, escondía un buen bisteck en mis manos para que mi mamá pensara que no me había puesto y luego disfrutaba de ello a solas en mi cuarto. No le dije nunca a mi mamá pero me di a la tarea de hacer que comiera aunque fuera un poco porque la escuché decir con preocupación que estaba al borde de la desnutrición por el empeño de no comer casi nada que no fuera suficientemente blando ya que las comidas que tenían texturas le producían ganas de vomitar.
De esa manera casi todos los mediodías mi hermano se quedaba sentado en su silla moviendo las piernas y haciendo que comía hasta que una vez solitario, todo lo que había escondido en sus manos iba a dar a la basura, pero un buen día advertí que ya no era a la basura que iba la comida, muy sigilosa seguí a mi hermanito hasta la verja elevada que franqueaba el paso de la calle a nuestro jardín delantero…, mi hermano sacó una escudilla vieja debajo de una matas y la llenó de la comida que él mismo no comió, luego golpeó el recipiente suavemente en el piso y como por arte de magia apareció un perrito pequeño y marrón que de forma apresurada comió todo lo que había en el plato. El niño esperó con paciencia a que el perrito terminara y luego llenó la escudilla de agua que también el perro bebió mientras meneaba alegremente su cola de palma. Durante varios días se repitió la misma operación, mi hermano hablaba tiernamente con el perrito mientras este comía y bebía y luego escondía su escudilla en las plantas y su secreto en el corazón. Hasta que un día lo enfrenté: le dije que eso no podía seguir así, entre otras cosas porque yo también deseaba acariciar al perrito y darle de comer, entonces fraguamos un plan. Comería la primera ración y pediría más para el perrito, igual que yo. Llegó el día. Salimos los dos con las manos llenas de comida y servimos el plato para el perrito, me lo presentó:
—Este es chiquito —me dijo—, y sonrió de una manera que nunca antes había visto, mi hermano amaba a Chiquito y disfrutaba de cada minuto con él. Recuerdo que Chiquito comió encantado mientras a través de la reja mi hermano le acariciaba el lomo. Unos minutos más tarde se acercó otro perro muy grande con el hocico negro y actitud mansa, meneó la cola lentamente y escuché a mi hermano decir: —No hay nada para ti Guardián —y su mirada se entristeció—, nunca queda nada para Guardián —me dijo— ese era un gran problema, el gran perrote manso y hambriento miraba a mi hermano con comprensión pero esperaba paciente por el agua fresca que este le servía. Intentamos obtener más comida pero mi mamá descubrió mi treta de los bisteck que ya no pedía para mí sino para los perritos, hasta que un día nos vimos descubiertos por ella, pensamos que perderíamos la oportunidad de alimentarlos pero no fue así, mi mamá comenzó a guardar comida para los dos perritos y nos entregó dos escudillas más, a partir de ese momento Guardián y Chiquito tenían agua fresca siempre y comida a mediodía y cuando papá no estaba mi mamá abría la puerta para que Chiquito y Guardián entraran al porche. Una vez intentamos bañar a Guardián y a él no le gustó, salió corriendo de nuestra casa para nunca más volver, en cambio a Chiquito le gustaba ser bañado y disfrutaba de estar en el jardín, entraba a escondidas de papá y sabía que debía irse cuando este llegaba a casa. Chiquito era nuestro perrito aun cuando no podíamos tenerlo completamente en casa y Guardián me dijo mi mamá algunos años después que había muerto envenenado en un operativo de esos que se hacían para desaparecer a los perros de la calle… Mi corazón se encogió al recordarlo, Guardián y Chiquito fueron nuestros primeros perritos, eran alegres, agradecidos y nos enseñaron mucho, nos enseñaron a trabajar unidos, hoy los recuerdo, los veo como en una fotografía, el sonido de la escudilla contra el piso, y sus caras alegres mientras corrían a encontrarnos en la puerta del garaje, su colas moviéndose, sus carreritas alegres, y sobre todo, el gozo de mi hermano mientras acariciaba sus lomos, Guardián, Chiquito y los ojos contentos de mi hermano, son de esos recuerdos de la infancia a los que es posible volver y de los que se regresa siempre satisfecho. Vaya recuerdo peludo.
Manchita
Mi papá llegó a acostumbrarse a encontrar a Chiquito en el porche cuando salíamos. Incluso era capaz de llamarlo para que entrara a dormir o a cuidar la casa en nuestra ausencia. A cambio de esto tenía agua, comida y una buena dosis de cariño de parte nuestra. También lo bañábamos en el mismo jardín y disfrutábamos de verlo correr como loco y sacudirse cuando terminábamos, cosa que nos hacía reír a los tres: mamá, hermano y yo. Pero Chiquito era viejo y callejero. Había épocas en que se perdía por largos días, mi mamá decía que debía andar detrás de alguna perra en celo. Un buen día Chiquito tampoco regresó, no atendía a los golpes de la escudilla y tampoco a nuestros gritos de su nombre. Nos enteramos por otros niños de la cuadra que murió atropellado, quedamos tristes, mucho.
Un buen día jugábamos en el jardín y mi mamá llegó con algo muy peludo envuelto en una manta: era un hermoso perrito blanco con manchas negras. No podíamos creerlo, luego de nuestra primera experiencia finalmente ¡podíamos tener un perrito! Esto no era del todo cierto, mi mamá nunca habló con mi papá al respecto, él llegó y encontró a esa bola peluda en su casa. Se molestó, pero accedió para que nosotros no estuviéramos tristes.
Manchita era un hermoso perrito pomerano ligado con Cocker tenía un temperamento fuerte, pero era un estupendo jugador: perseguía pelotas, le encantaba correr tras nosotros, amaba que le diéramos comida aunque según el veterinario debía comer solo croquetas para perro y disfrutaba de que mi hermano y yo lo paseáramos en la bicicleta. Solo había un problema: no podía ver la puerta abierta porque corría como loco a la calle, se llenaba de cuanta porquería podía y luego llegaba perfumado a muerte y se echaba en el porche con su asqueroso olor impregnado en todo su peludo cuerpo. Mi papá detestaba que hiciera eso y no perdía chance de quejarse, aunado a eso cada vez que se escapaba se peleaba horrible y llegaba lleno de sangre y golpeado. Entonces mi papá harto de eso hizo un corral para que no pudiera salirse, luego arregló las rejas y entre tanto siguió peleando con mi mamá a causa del rebelde perrito que seguía encontrando maneras de salirse de casa y regresar hecho un verdadero desastre a dejar todo a su paso hediondo a mortecina. Mi hermano y yo coqueteábamos con la adolescencia en ese momento así que él asumió que amar a su hediondo peludo era jugar a pelearse con él, a veces los juegos eran tan bruscos que nuestro rebelde can le propiciaba algunos mordiscos considerables, aunque le dolían un buen rato, no representaban para él más que heridas de guerra y de juego pero para mi papá eran más excusas para quejarse y gritar a los cuatro vientos lo que tenía ya varios años exigiendo: el perro tenía que irse.
Un buen día llegamos a casa y mi mamá estaba llorando en el cuarto, no supe al principio por qué hasta que no encontré al perro en ningún lado. Mi hermano comenzó a tener una mirada asustada y ambos enfrentamos a mi mamá, ella nos dijo que Manchita estaba en casa de una vecina para casarse, pero eso no explicaba su llanto cada vez que hablábamos de Manchita. Finalmente comprendimos que nuestro perro no regresaría…, mi mamá prefirió que se fuera de casa antes de seguir peleando a diario por nuestro rebelde oloroso y mordelón, esto fue un golpe al hígado. Perdimos sin darnos cuenta a un hermoso peludo. Averiguamos su ubicación y fuimos a verlo varias veces, jugábamos con él y se nos partía el alma cuando teníamos que venirnos, yo con mis doce años y mi hermano en sus diez, peleamos, discutimos, argumentamos pero nada los hizo cambiar de opinión, nuestro amado Manchita no volvió, tuvimos que conformarnos con verlo de lejos brincando y chillando por nosotros en esa casa ajena. Era doloroso, me encogía el corazón, el alma, así fue por mucho tiempo hasta que un día fui a verlo y salió a mi encuentro una mujer desconocida que me dijo que la gente que vivía allí se había ido con todo y sus mascotas. Y así fue como comprendí, no volveríamos a verlo. Caminamos en silencio, Manchita se había ido.
Samantha
Luego de que Manchita se fuera mi mamá cerró toda posibilidad de tener un animal. Si ella no pudo tener a su hermoso peludo nadie más podía. Así que no se habló de esto durante algunos años. Fue mi propio padre el que asomó la cabeza gacha un buen día con una extraña cosita negra brillante escondida entre sus manos grandotas. Lo primero que dijo fue:
—Yuri… —diminutivo cariñoso con el que se dirigía a mi madre—, Ay Yuri, esto no te va a gustar pero…, es que me dieron esta perrita y no supe que hacer, era traerla o dejarla en la calle…
Mi mamá puso cara de pocos amigos, se negó a recibirla y lo mandó bien largo a… bueno, discutieron y dijeron mil cosas mientras mi hermano y yo jugábamos con el animalito, la perrita negrita azabache bebió agua…, nos mordisqueó, eructó tiernamente y nos hizo reír, luego correteó confianzuda por la casa y se metió en el bolso de mi hermano… olisqueó por aquí y por allá y nos hizo pasar un susto cuando se salió al jardín, su negro pelaje contrastaba cómicamente con el cilantro de monte que todo lo hacía ver verde. En la casa se acalló la pelea, nuestros padres miraban a la perrita por la ventana y unas horas más tarde mi mamá había dispuesto una especie de nido en la cocina para la perrita con sábanas viejas, agua, leche y comidita. De vez en cuando se asomaba ilusionada a verla mientras nosotros le hacíamos una especie de guardia en esa primera noche. No hubo más que decir Samantha llegó y se estacionó en nuestras vidas por un larguísimo tiempo.
Fue una estupenda cachorra, juguetona, traviesa, comedora de zapatos y exploradora. Contrario a Manchita nunca quiso salirse de los linderos de la casa, la puerta podía estar abierta de par en par que ella no salía si no era convencida para ello, o con su correa para pasear. Era inteligente y sabía qué dar a cada uno: a mi hermano, luchas y mordiscos, a mí, compañía cuando leía en la sala o en el porche, a mi papá le servía de alfombra cuando leía o veía televisión, también acudía presta a las sesiones de entrenamiento donde mi papá se afanaba para que mi mamá viera que no se habían equivocado al dejarla. Ella subía y pasaba de un mueble a otro cuando mi papá decía, además aprendió a sentarse, echarse, dar la pata, buscar la pelota, entregar la pelota y hacerse la muerta boca arriba cuando se lo pedíamos. Era una peluda de brillante cabello negro, cocker con criollo, no era pura pero era nuestra. Finalmente, a mi mamá le brindaba horas de conversación mientras cocinaba y entraba furtivamente a la casa ya que mi papá prefería que estuviera fuera, en el porche.
Ya dije que no salía de casa, tampoco fue de enfermarse mucho después de sobrevivir a la parvovirosis. Pero un buen día, mi hermano jugaba con la patineta y dejó la puerta abierta ella se asomó y lo vio a lo lejos, salió en carrera y un carro la arrolló, la aporreó tanto que corrió desorientada, el carro no se detuvo y nosotros nos preocupamos por ella más que por el imbécil que la arrolló, creímos que moriría, lloramos, aullamos por ella, pero se levantó de su camita y caminó, estuvo varios días sin mover el rabo, pero contrario a los que dijeron todos, hasta el veterinario nuestra Sami vivió. Vivió para mostrarnos algo hermoso que ninguno de nosotros había visto jamás…, como se convertiría en madre: fue uno o dos años después de ese incidente infortunado. Una portuguesa de unas calles más abajo nos dijo que quería que ella se casara con su perro que era negrito como ella. Accedimos. Trajeron el perrito a casa y estuvo quince días, nosotros disfrutamos más que nunca porque eran dos compañeros de juegos, que además jugaban entre ellos. Finalmente el perrito se fue y ella quedó triste, muy triste. Se fue poniendo muy gorda y olvidó su tristeza. La consentimos más que nunca, cuando se ponía boca arriba podíamos ver a los perritos moverse, creíamos que eran cuatro, los contábamos, en la barriga, creíamos que serían todos negritos, nos equivocábamos.
Llegué a casa de mi último año de liceo un día y mi hermano me dijo que Samantha no había comido nada, tampoco quería salir de lugares oscuros, pero la llamamos y ella salió moviendo su cola peluda, luego se retiró discretamente hasta que la encontramos en un cuarto vestidor que mi papá tenía en la parte de atrás de la casa, allí sobre los zapatos de mi papá ella aguardaba. Mi mamá decidió hacerle una especie de nido con muchas mantas y cobijas, ella se acurrucó allí, nosotros no quisimos separarnos de su lado, ella lo entendió y nos lo permitió. El momento mágico llegó: ella pegó sus patas a la pared y pujó yo pude ver como Salía el primer perrito envuelto en una capa de pellejo muy fino que se afanó en romper con sus dientes, nos veía llena de algo que yo no sabía explicar, yo dejaba escapar lágrimas de emoción mis papás callaban solemnes y mi hermano también. Un sonido acuoso acompañaba a cada bojotico ella mientras tanto callada e incansable los sacaba de su bolsita, los limpiaba con un amor indecible, les cortaba el cordón y se comía todo lo que quedaba de desecho de su silencioso y hermoso parto. Tuvo seis preciosos perritos que tenían unas cabezas enormes comparadas con el resto del cuerpecito. Mi querida Samantha los limpió con amor, los pegó a sus teticas y les dio de comer calladamente después de ocuparse de limpiar el espacio donde estaban sus perritos. Además permitió que mi mamá la ayudara y también permitió que tomáramos sus amados hijos mientras aseábamos el lugar. Hay algo que no podré sacar nunca de mi cabeza y es el amor con el que “contaba” a cada uno de sus cachorros, el amor con el que los veía en nuestras manos y el agradecimiento cuando por fin los tenía a todos juntos pegados a su cuerpo. Permitía que mi mamá o yo le diéramos a ella de comer unos lengüetazos de sopita o agua pero le preocupaba más que sus chiquitos comieran y estuvieran limpios, así que al menor asomo de desechos ella limpiaba y limpiaba. Cuando llevábamos a las visitas a ver a los perritos ella los ocultaba de la vista y nos lanzaba miradas de “a ustedes sí, a ellos no”. A menos que el invitado gozara de su simpatía ahí tomaba a sus hijitos y los presentaba a sus pies. Los arrastraba y mostraba orgullosa aunque los perritos solo pensaran en perseguirla para chupar leche. Algunas veces mientras sus crías dormían ella se paseaba por la casa toda flaca y recién parida, nos lamía, nos restregaba su cuerpo y nos ladraba a juego, luego se iba corriendo a ser madre de nuevo. Mi mamá pronto se acostumbró a alimentar a siete perritos: Samantha y su prole, cinco hembras y un macho cuadrado, negrísimo con el pecho blanco y las patas manchadas de blanco. Entre las hembras una hermosa peluda color canela, dos negras con patas blancas y dos más negras con las orejas chispeadas de manchitas diminutas de color blanco. Eran unas bellezas gorditas y hambrientas que poco a poco ella fue rechazando. Uno de los vecinos se llevó tres que apenas la veían paseando por su calle querían ir a mamar sus teticas flojas pero que ella con autoridad rechazaba molesta ya a los tres meses y los otros tres mi papá se encargó de “ubicarlos”. Confieso que me habría encantado poder quedarme con todos.
Samantha no volvió a tener más camada. Aunque luego de eso y durante muchos años, tuvo embarazos de mentira: adoptaba peluches y los llevaba a todos lados y no dejaba que se los quitáramos por un buen tiempo. Aparte de eso siguió siendo una buena perrita, consentida e inteligente que a cada uno le daba lo que necesitaba. Luego de muchos años, mi papá entendió que era inútil tratar de que fuera una perra de porche y entendió que era una perra de casa. Tantos años nos acompañó que me casé y me fui de casa y ella siguió allí, hasta que un día llegué y de nuevo vi a mi mamá llorar y no encontré a la perra por ningún lado. Me dijo que murió y de nuevo se me encogió el corazón porque los últimos meses mientras yo estaba de luna de miel ella estaba enferma y muriendo ante los ojos de todos, hasta un buen día en que no pudo comer más, no abrió más los ojos y no se movió más y mi mamá y mi papá la llevaron a su destino final, me da un poco de vergüenza decirlo, pero ellos decidieron que bajo un árbol, lejos de casa estaría bien. Yo hubiese preferido que se quedara bajo un árbol en el patio de la casa que la vio crecer y envejecer, pero, fue tarde para eso. Ella ya no estaba y la casa estaba triste y vacía sin su negritud, sin sus carreritas, sin esos casi 13 años de alegría perruna.
Kimba
Después de Samantha en mi casa ya no hubo perros. Mi mamá no quiso y mi papá tampoco. Decían que era suficiente sufrimiento perder a dos, porque mi papá confesó mucho después que también le había dolido que Manchita no estuviera. Yo ya no vivía en casa y tenía mi propia familia. Mi hijo estaba por cumplir los cuatro años cuando un día hablando con su papá convinimos en que necesitaba la compañía de un perrito. Ambos habíamos crecido con perritos en casa, yo con mis experiencias y él con las suyas: durante casi unos 16 años fueron dueños de un perro llamado Bobi que era la delicia de ellos y de los vecinos, por ser chiquito, peludo y blanco. Cuando ladraba solía brincar tan alto que parecía una mota de algodón flotando ingrávido. Era tan adorable que la gente pasaba varias veces para verlo hacer eso. Pues bien, Bobi ya tenía años de haber cruzado el arco iris y en mi casa tampoco estaba Samantha así que algo teníamos que hacer para que nuestro hijo conociera esa maravillosa experiencia de ser un hermano perruno. Fue así como Kimba llegó a nuestras vidas…
Diciembre iniciaba con su agitada agenda, habíamos agregado la tarea de buscar un perrito. Un buen día mi marido me dijo que había una especie de feria en un centro comercial con perritos para la venta. Todos mis perros habían llegado a mí a través de otros era la primera vez que yo hacía esto y tenía miedo de equivocarme. Fuimos los dos… paseamos por las jaulitas y me conmovió ver a todos los perritos o descansando o en dos patitas como suplicando que los lleváramos. Llegamos a una jaula más o menos grandecita donde había unos cuatro perritos muy pequeñitos parecían de juguete en realidad, el señor nos explicó que eran pinsher miniatura y yo me enamoré de una preciosa chiquita marrón que estaba alejadita de los demás que eran todos muy negros y bulliciosos. La chiquita bostezó como cansada y yo miré a mi marido él también estaba interesado en ella, era preciosamente marrón con una línea más oscura por arriba y al parecer más pequeña que los demás. El señor nos dijo que fue la única que salió así y que se habían llevado ya a dos de los seis perritos de la camada sin reparar en ella, lo común es que estos perritos sean negros con algunas manchas marrones, pero no totalmente marrones. No llegamos a nada con el señor, solo le dijimos que buscaríamos el dinero y que si aún no se había ido al día siguiente pues la llevaríamos.
Mientras yo estaba en karate con el niño, su papá me llamó para decirme que la perrita era nuestra y estaba en el carro esperando a su nuevo dueño: nuestro hijo de casi cuatro años.
Nuestro hijo subió al auto sin sospechar nada, comentó sobre la clase y se extrañó de nuestras caras de emoción, luego preguntó que se movía en la caja que yo mantenía en mis manos. Le pedí que cerrara los ojos y le di la caja con su contenido, su emoción fue enorme, empezamos a buscar nombres y él sugirió Kimba, como el león, Kimba se quedó.
Kimba era chiquitita, cabía en una mano, pero nos equivocamos cuando pensamos que era dulce y quietecita, no, no, ella ¡era un remolino de tremendura! Llegó a revolverlo todo, nada más la primera semana se comió todos los cables de la computadora, todos los zapatos mal puestos, arañó las puertas seleccionó la sala de nuestro apartamento como su cagadero y los muebles como el mejor lugar para comer y dormir. Era una perrita pura, mi hermano decía que era una manipulación genética del hombre y mi suegro que había que caminar arrastrando los pies para no pisarla, tuvimos que educarla a la par que a su dueño que decía unas veces que era su papá y otras que era su hermano. Además de comer todo lo que en “Territorio perruno” era temperamental, cuando alguien no le gustaba no dudaba en morderle los tobillos, pero cuando el visitante le caía bien era dulce y encantadora, era fanática de comer zanahorias y se volvía una fiera cuando una semilla de mango caía en su poder, si una bolsa quedaba mal puesta, no dudaba en romperla para comer su contenido en los muebles que tenía prohibidos y cuando llegábamos a casa y encontrábamos el reguero prefería desaparecer hasta que nos calmábamos. Este remolino pequeño se estacionó en mi vida durante doce años y aunque no era del todo mía porque pertenecía a mi hijo, también me acompañó en tantas etapas importantes de mi vida que no puedo más que recordarla con nostalgia.
Mi matrimonio llegó a su fin. Ella permaneció fiel, entendió muy pronto que las cosas habían cambiado. Se adaptó pronto a que éramos solo tres y que mi hijo y yo éramos un equipo más que cualquier otra cosa así que mientras cada uno estaba ocupado en tareas distintas ella se dividía entre los dos, un momento estaba conmigo y otro momento estaba con él hasta que finalmente estábamos los tres en el sofá de ver la tele y ella disfrutaba de ese maravilloso rato que estaba claro que esperaba siempre.
Kimba me recibía junto con mi niño por las tardes cuando llegaba de trabajar, ella y mi muchacho eran la mejor parte de mi día. Llegar a casa era mi momento especial, luego mi hijo se hizo adolescente y ya no le importaba recibirme, muchas veces estaba ensimismado en su música, en su cuarto, ella me recibía exactamente igual que siempre, lamía mi cara, se dejaba acariciar, se dejaba cargar y luego corría mostrándome el camino hasta el cuarto de su amado niño. Ante mis ojos mi chiquita marrón se fue haciendo vieja, seguía igual, corría, jugaba con sus pelotas, con sus juguetes, pero su cara se volvió blanca. Entre tanto mi hijo también dejó de ser un niño, pero su hermandad con su perrita era sólida y hermosa. Miraban televisión juntos, ella siempre estaba con él, a sus pies, en su cama, dentro de su camisa. Dormía con él, era gracioso verla bajar momentos antes de que se levantara como si fuera una especie de secreto de ambos, aunque muchas veces prendía la luz y la sorprendía hecha un bojotico y abrazada por mi hijo.
Kimba murió en brazos de mi hijo cuando este tenía 16 años y ella 12. Tuvimos que dejarla en la clínica a donde corrimos en un carro prestado a llevarla una noche en que la vimos que respiraba con dificultad. Él no quería dejarla, quería llevarla a casa con él, pero no pudimos hacerlo, tuvimos que dejarla ahí. Él me contó que mientras la llevaban a la clínica, la abrazó, la acurrucó, la mimó y le dio amor, le pidió perdón por no haberla sacado con más tiempo, y le dijo que le agradecía por todos los años de amor que le había dado. Ella se fue tranquila en sus brazos y luego la lloramos por muchos días.
Kimba y mi hijo crecieron juntos, se hicieron mayores juntos, fueron felices y tristes juntos y se acompañaron un largo trecho del camino.
Kimba y yo fuimos mamá e hija perruna, ella llenó un vacío que nunca pude llenar, yo fui su mamá humana. Ella me acompañó y fue el único pilar, lo único que no cambió cuando todo giraba de forma vertiginosa a mi alrededor. Ella nunca dejó que perdiera el camino y que me olvidara de lo realmente importante, mi hijo. En los días en que él se iba para estar con su papá me llevaba a su cuarto y subía a su cama, para señalarme que no le gustaba esa ausencia, ella sabía cuándo su amito se acercaba, lo presentía cuando apenas entraba al edificio, lo esperaba tras la puerta meneando su tuquito como si fuera un helicóptero y era genuinamente feliz cuando lo veía entrar.
Kimba me enseñó la lealtad, el amor infinito y dejó una herida abierta que todavía hoy no se cierra. Después de ella me ofrecieron muchos perritos y no quise aceptar a ninguno, me sentía incapaz de volver a pasar por ese momento horrible de ver partir a ese ser al que le llegas a tomar tanto cariño que no quieres que se vaya nunca.
Mi Kimba… escucho sus patitas resonar en el piso del apartamento, oigo sus gruñidos, la oigo rasguñar la cama de mi hijo. La veo echada en mis zapatos, le encantaba hacer eso, la siento echada en mis piernas mientras yo golpeaba las teclas concentrada en escribir, la veo arrastrando su almohada entre el cuarto de mi hijo y mi ordenador que es como pasaba la mayor parte del tiempo hasta que los tres nos juntábamos en algún espacio. Te veo chiquita, te amo, te agradezco. Gracias Kimba por tus doce años de amor.
Canelo
Este señor imponente y grande pero manso y noble estuvo unos pocos días en casa de mi mamá y yo creo que abonó el camino al que vino a apoderarse de su amor unos mesesitos después. Mi hermano iba saliendo de casa y abrió el portón eléctrico lo que aprovechó este gigante para entrar y sentarse a observarlo desde un rincón donde no le pegaba el sol. Mi hermano trató de que saliera de nuevo pero no fue posible moverlo de su lugar. Entonces olvidó lo que iba a hacer y cerró la puerta. Buscó agua y comida y el perro bebió y comió, lo que no quiso hacer fue salir de nuevo a la calle y así se estacionó por un breve tiempo en sus vidas. Mi hermano y su hijo bañaron al gran perrote, también se motivaron a comprarle un collar. Mi papá no pudo ocultar la emoción y colaboró en ponerle nombre al perro: Canelo mi mamá se quejaba de su enorme tamaño y lo que desechaba, pero cuando nadie la veía le hablaba chiquito mientras barría. La casa se convirtió de nuevo en una casa con perro, hasta que alguien vino preguntando si había un Golden Retriver en esa casa…, la niña nos dijo que ese era su perro y tuvimos que dejarlo ir… aun cuando ya respondía por Canelo, aun cuando ya lo amábamos, Kimba no llegó a conocerlo, ni tiempo dio. Pero igual el poquito tiempo que estuvo en esa casa fue amado.
Milo
Milo llegó cuando Kimba ya se había convertido en una señora muy temperamental. Él un cachorrillo de meses ella ya con sus doce largos años… Milo solo compartió unos pocos meses y jugó a su manera con ella aunque muchas veces salió “regañado” por impetuoso.
Llegó un día de enero con toda su hermosa blancura a volvernos locos con su belleza. A hacernos reír con sus locuras y sobre todo a hacer felices a mis padres. Ellos ya tenían mucho tiempo sin un perrito en casa, a excepción de esos cortos quince días en que tuvieron a Canelo. Y la cosa es que el perrito iba a ser de mi sobrino pero no tuvieron la paciencia para enseñarlo a vivir en su apartamento, así que se quedó en la casa de los abuelos y simplemente así se convirtió en la alegría del hogar. Entonces, digamos que es de mi sobrino, pero también es de mis papás y yo me atrevo a decir que hasta un poquito mío. El inteligente Milo comenzó a crecer entendiendo que esos niños que corrían y jugaban con él eran sus niños humanos, también comprendió con mucha rapidez quien era mi hermano que también disfrutaba de todas sus tremenduras y que esos dos señores mayores desde el principio se desvivieron por él.
Milo, nos dio a mi hijo y a mí alegría cuando Kimba cruzó al otro plano, también se convirtió en un motivo para sonreír cuando mi hermano una buena mañana partió a rodar bicicleta y ya no regresó más. Al principio no entendió muy bien lo que pasaba y esperaba que apareciera echado frente a la puerta de su cuarto, pero luego poco a poco lo dejó ir. Inteligente y perceptivo trasladó sus atenciones a mis padres. Se convirtió en el compañero de mi papá cuando lee en la sala y descansa junto a él en su cuarto durante sus siestas, también lo acompaña cuando barre el patio y se deja bañar con paciencia aunque le de frío.
A mi mamá la acompaña en el jardín y corre con las sábanas que tiene para dormir para que ella lo persiga. Sabe la hora en que mi mamá le dará su comida y le agradece hundiendo su hermosa cabeza de Jack Russell en sus piernas. Como atrevimiento perruno se monta en su cama y se restriega cómicamente en ella hasta hacerla reír y la precede cuando ella va a la puerta a atender a alguna visita. Si todos estamos dentro de casa no quiere que nadie se vaya, por eso llora con desconsuelo si alguien sale.
Creo firmemente que llegó a la casa de mis padres con la misión de darles alegría y amor. Creo también que su trabajo de ángel era hacer que “esas despedidas” fueran más llevaderas, Milo nos ha sacudido el dolor, porque él es todo alegría, todo energía. Él sigue por ahí sonriendo, restregándose en las cucarachas a las que caza para luego jugar con ellas, meneando su colita y espantando rabipelados. Ya tiene cinco años y ojalá que sea eterno.
Kira
Llegó a casa hace muy poco. Yo me mantenía pensando que no quería más perritos, ya hacía dos años que Kimba se había ido y a mí me seguían pasando cosas, porque definitivamente lo único permanente en la vida es el cambio. Un buen día mi sobrino me comentó que esta cachorrita vagaba por las calles cerca de la casa de su abuelitos maternos pidiendo comida con cara de triste… yo le dije que mejor no me trajera a esa perrita porque no sabía de qué tamaño sería y porque no quería más perritos y punto, me bastaba con hacerle cariñito a Milo, pero él decidió que no me haría caso, recogió a la perrita, la bañó y le quitó las pulgas y garrapatas y me la entregó en una cestita. Le dije:
—Mejor llévatela
—¿En serio? Después que la traje para acá quieres que me la lleve… —mientras tanto ella chillaba quedito yo estiré la cesta como para dársela a mi sobrino y ella me lamió un pedacito del brazo. Me enamoré y le dije:
—Déjala
Y se quedó… sobrevivió a esa noche con una horrible diarrea de color negro, luego tuvo el parvovirus, tuve que sumergirla durante horas con champú antiparásitos, enseñarla, pasearla. Me dio un gran susto al inicio de la pandemia cuando pasó toda una noche descompuesta, en la mañana perdió el conocimiento y con apenas la reserva en el tanque de la gasolina tuve que llevarla a una clínica veterinaria donde la salvaron pero a consecuencia de todo lo que sucedió quedó ciega. En fin, tuve que darle mi amor, entregarme a ella por completo.
Hoy ya tiene dos años, ya es una niña perruna grande con su pelo larguito y blanco, su cuerpo de autobús lleno de manchas marrones y sus patas largotas. La verdad no me importa su tamaño, yo solo quiero que este feliz. A veces chilla cuando no obtiene algo con la rapidez con que lo pide, la obsesiona un huesito de goma de color rosado que lleva a todos lados y todos los días llena mi mundo de amor. Cuando la dejé quedarse en casa me dije a mi misma que la estaba ayudando, que estaba siendo una buena persona al no dejar que muriera en las calles, pero me he dado cuenta que es todo lo contrario, ella tiene una misión conmigo, es ella quien me hace el favor, quien me ayuda, me acompaña y me cuida. Agradezco su amor, su compañía, cuando mi hijo me hace video llamada dedica momentos a que lo escuche y ella ladra o chilla, yo le cuento que un día lo va a conocer, cuando viajemos al país donde ahora vive.
Cuando pienso en Kimba y en todos los que estuvieron antes y que ya cruzaron el arcoíris, los imagino hablándole de mí, de lo que me falta por aprender y de lo que ella tiene que hacer para que así sea…
A veces Kira juega con Milo y hacen un bonito desastre en la casa de la abuela. Esos días la luz es más brillante, el sol los acompaña y las risas de mis padres y mi sobrina hacen coro.
Este ha sido un ejercicio interesante. He sentido dolor, nostalgia. He reído y llorado pero por sobre todas las cosas sentí el amor, ese amor poderoso que me brindaron todos mis perros a lo largo de mi vida, así que también he sentido agradecimiento, hoy sé que los que no están son almas hermosas y los que están, son ángeles en la tierra. Desde siempre y para siempre serán mis amados caninos.
Contesta esta pregunta con lo primero que venga a tu mente —comencé diciendo—, y luego sin más lancé mi dardo: ¿Qué es el amor?
Me senté a esperar que llegaran las palabras…
Expresiones como: “¿Qué pasó?” “¿Te volviste loca?” y “¡A qué viene eso!”
Fueron las primeras respuestas, luego, los interpelados, quizá inducidos por quién sabe qué fuerzas extrañas dejaban escapar su pensamiento:
“Es el estado ideal del ser humano, cuando amas todo, animales, plantas, gente, todo”
“Es una gota de frescura, un talismán, un alimento”
“Es energía”
“Es quererme yo, amarme yo”
“Mis hijos, verlos crecer”
“En este momento el amor es el poder que tiene un abrazo o una caricia en los días donde la tristeza o el miedo te embargan”
¿Ah?…
“Dolor y aprendizaje”
“… (escribiendo…, escribiendo…, escribiendo…) …”
“El amor es Vida, o mejor dicho, la razón de vivir. El amor es el motivo para creer en los milagros y el milagro mismo. Es la posibilidad de lo imposible”
“…(Grabando audio… grabando audio…) …”
“Chama tu si jodes, ¿para qué preguntas eso? El amor es amor y ya”
“Es confidencias”
“No sé…”
“Es aceptar al otro tal y como es”
“El amor es el afortunado accidente de caernos en la mirada del otro”
“y yo que voy a saber…, bueno dijiste lo primero que se me viniera a la mente…”
“un corazón”
“es algo abstracto”
“para mí el amor es esa lealtad bonita, que se queda contigo en altas y bajas, el amor te cura, puede transformar lágrimas en alegrías y viceversa, el amor de verdad no se cansa, no traiciona. Te ayuda a crecer…”
Maravillada ante tantas respuestas distintas pensé que definitivamente nadie mueve un pie si no lo motiva el amor y aunque hay diferentes tipos de amor, al final es eso, amor, y no hay mejor manera de expresarlo que con acciones y palabras; infinitas, benditas y enamoradas.
Bienvenidos una vez más, hoy les abrimos la puerta a las más íntimas expresiones de amor de parte de nosotros y nuestros invitados. Pero antes, respondan esta pregunta:
¿Qué es el amor?
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De los llanos venezolanos. Jaime es Licenciado en Geoquímica de la Universidad Central de Venezuela y Dr. en geoquímica orgánica de Curtin University, Australia.
Aunque científico de profesión, Jaime también ha sido cercano a las artes, integrando diferentes agrupaciones de folklore venezolano y géneros latinoamericanos en Venezuela y Canadá. Por su interés en la música, se ha formado en técnica vocal e interpretación.
Jaime es autor publicado en inglés en diversas revistas de contenido científico. Sin embargo, ha coqueteado con la escritura creativa en Castellano desde siempre, como un hobby personal. Este año ha publicado su primer libro titulado “Noches de uvas que han fermentado” donde cuenta su experiencia de descubrimiento del mundo y de sí mismo.
“Mi romance con las letras probablemente tiene que ver con mi padre; él tiene un verbo maravilloso para la poesía. Escribir ha sido espontáneo, ha nacido de mi necesidad de ser feliz. Es mi mejor espacio para exponerme vulnerable y honestamente en palabras”.
Recientemente Jaime ha iniciado un posgrado en Narrativa por la Universidad Católica Andrés Bello, así que esperamos nuevos proyectos suyos. Para esta entrega parte de su producción inédita:
Sácame de aquí
Jaime César
Enamórame lejos de tanto ruido, lejos de tanta algarabía por patógenos que pueblan pulmones, ¡sácame de aquí! Pongamos mi dolor en alquiler, rentémoslo hasta que me lo confisquen los años. Quiéreme tanto hasta que se me olvide que una vez sufrí, que una vez dejé corazón y medio en los que comparten mi sangre y que no pude rescatar. Invéntame la vida para la que nací.
Vamos a llenarnos de nuevas lágrimas, unas que sean desmemoriadas, que sepan a agua dulce y que no se sequen en las mejillas sino en mis labios cuando los beses.
En una semana todas las hojas se pondrán amarillas, acércate una tarde de esas y sácame de aquí. Dame nuevas razones para escribirle al amor porque en estos días no estoy enamorado. Por más que escuche canciones de Pandora, no hay emociones en mi corazón que me hagan sonrojar; no hay una ilusión que me despierte en las mañanas; no existe una carta esperando ser escrita. Estoy aburridamente vacío, escaso de glóbulos rojos, sin olfato para las flores, sin gusto para los besos, y sobretodo sin tacto para pieles que me hagan temblar en una o más noches.
Después de unos días habrá regresado el invierno, acércate una noche de esas, y sácame de aquí.
¿Siento?
Jaime César
Que alguien me diga si el amor también se vive como escoger una torta de la vitrina de los postres, o si las mariposas tienen que estar revoloteando todo el tiempo. Ahora mismo más de un par de ojos me observan con interés, se acercan buscando un beso, pero no siento nada que pase de un poco de ternura y estímulo corporal. No me han volteado el mundo, no me sudan las manos ni se me enreda la lengua, no secuestran mi pensamiento por veinticinco horas.
¿Es posible enamorarse de una forma distinta a mi enamoramiento de los quince?
¿Es posible que la compañía desnuda sea otro lenguaje del amor?
¿Acaso no debo decir que estoy loco por ti, que he perdido la cabeza?
Avísame si se trata de esperar varias noches para poder sentirlo, y de meses para decirlo. Avísame si de grande se ama diferente, si es normal que quiera llevarte a ver las estrellas
pero a la mañana siguiente no me importe tu desvelo.
Aunque aclame un beso de los tuyos, sigo esperando que tu respiración a milímetros de mis labios me haga temblar, sigo esperando querer volver a ellos con afán escandaloso.
Y tú, ¿qué sientes?
¿Aguardas como yo, o ya me amas con locura?
¿Me voy, o me quedo? ¿Ensayo sentir, o siento?
Trina Malpica
Nace en Caracas, Venezuela y actualmente reside en la ciudad de Santo Domingo, República Dominicana.
Su infancia estuvo rodeada de libros, bajo la contagiosa actitud de una madre amante de la cultura y las letras, aprendió a leer convencionalmente desde los tres años y a partir de ese primer encuentro con la palabra, leer y escribir se convirtieron en hilos conductores de su existencia.
Es Licenciada en Educación, egresada de la Universidad de Carabobo, Valencia. Tiene una Maestría en Ciencias de la Educación, Mención Lectura y Escritura. Especialista en procesos del lenguaje.
Escritora de Literatura Infantil y juvenil, cuentacuentos y promotora de lectura. Se desempeña como profesora en diferentes niveles educativos, es tallerista, asesora educativa y ponente en diversos eventos literarios del país con divulgación en revistas digitales e impresas de corte nacional e internacional.
Algunas publicaciones:
. Columna semanal Escuela Viva, revista del Domingo, Noti Tarde.
. Antología de Lápiz labial, Casa de las letras. Fundación CELARG.
. Sueños de la montaña, Monte Ávila editores.
. Memorias del Encuentro Internacional de Literatura Infantil y Juvenil Fundación La Letra Voladora.
Entre otras.
Plancton o la noche que el mar brilló
´´ ¿Conoces ese lugar entre el sueño y el despertar, el lugar donde todavía puedes recordar los sueños? Ahí es donde siempre te amaré, donde te estaré esperando.´´ Peter Pan
Trina Malpica
El plancton, es la bioluminiscencia creada por un alga microscópica llamada ´´noctiluque´´ Cuando es agitada y como un mecanismo de defensa ante un posible crustáceo se hace luminosa y en algunos casos espectacularmente luminosa…
La noche que el mar brilló fue ¡Espectacularmente luminosa! Corría el año 2005 y estábamos de vacaciones en la isla de Margarita, Venezuela. Unos amigos, entre ellos un loco DJ holandés nos invitaron a una de las playas más hermosa de la isla ¨Punta Arenas¨ una imponente quimera azul dibujada en la orillita del mapa, allí en medio del Mar Caribe. Fue en el mes de septiembre bajo un mágico sol que nos invitó a jugar con él, nos llenó de buena vibra y se despidió de nosotros con un alucinante atardecer.
Al parecer la naturaleza quería seguir siendo buena y como si no fuera suficiente el mágico día que acabábamos de experimentar, nos regaló la más dorada de las noches y una de las experiencias más increíbles que alguien haya vivido, de esas memorias imposibles de olvidar que se tejen en el imaginario y al recordarlas nos conducen a la sonrisa, junto a esa sensación de poderosos dioses, que alguna vez en la vida fueron tocados por la fortuna.
Sentados en la arena nos dio la noche cantando y contando historias, prácticamente solo estábamos nosotros en la playa, de hecho si mi memoria no falla, solo estábamos nosotros. De pronto uno de los amigos se levanta, me toma de la mano y me dice: Ven vamos al mar, vamos todos. Yo por un desagradable episodio que había tenido con un ´´agua mala´´ (Medusa) en la Bahía de Patanemo era muy resistente a meterme en el mar durante la noche, me negué hacerlo, alegando que yo tomaría las fotos, hasta que un amigo llamado Salensky, miró a Efra y le dijo: Tienes que lograr que ella entre al agua, por favor, métanse en el agua con nosotros.
Ante tanta insistencia y para no quedar como la aguafiestas del grupo, tomé la mano de Efra y entramos al mar, lo que pasó a continuación es lo más impresionante y hermoso que haya visto jamás: Nuestros cuerpos se volvieron dorados, miles de chispas bailaban a nuestro alrededor convirtiendo la playa en el espejo de la estrellada noche que nos arropaba. Salensky brincaba chapoteando agua sobre nosotros mientras gritaba es ¡Plancton! ¡Plancton!
Una euforia colectiva se apoderó de nosotros y saltábamos como locos gritando ¡Plancton, Plancton, Plancton! Mientras más vigorosamente nos movíamos más dorada se volvía el agua. En uno de los saltos caí sobre Efra y le dije con la sonrisa más gigante del universo:
— ¡Qué bueno que decidí entrar al agua! ¿Es hermoso, verdad?
Me miró con los ojos llenos de todito el sol que se acababa de ocultar y me dijo:
– Son hadas, las mandé a traer todas para ti, pero sigamos fingiendo que es Plancton
Quien me conoce sabe que me fascinan las hadas y que escuchar toda esa poesía de la boca de mi Efra me hizo volar de amor… Solo pude colgarme a su cuello con el firme deseo de que este hombre me amara toda la vida, de esa manera mágica, absoluta.
Y debe haber funcionado el deseo formulado a las hadas, porque mientras él vivió yo fui la mujer más amada de todos los tiempos. Algunos años después volví a invocar a las hadas y conjuré su vida, les imploré que nos ayudaran a superar el terrible diagnóstico, durante mucho tiempo ese fue el más auténtico de mis deseos, sin embargo, esa triste tarde de mayo, las hadas no bailaron junto a nosotros, probablemente brillaban en otro mar, lejos…
Tras muchas lunas de lucha contra la leucemia, mi Efra, el Efra de esta historia dejó de respirar en mis brazos. Ese deseo no cumplido es lo más nefasto que me ha pasado, pero hoy puedo agradecer todas las memorias a su lado, toda la magia que le puso a mi imaginario y esos momentos de cuento que al describirlos solo me hacen sentir la más privilegiada, afortunada por tenerlo, por vivirlo, por caminar de la mano con ese amor bueno y de tantos colores que hasta el dorado llevaba dentro en su corazón de oro.
Efra, el Efra de esta historia, que ahora luego de leerla también es un poco tuya, era de esas personas hechas de fábula, de luminiscencia implacable, sus chispas se mantienen intactas en el recuerdo de quienes lo conocimos. Así como en mí esa noche en que el mar brilló para nosotros.
La última vez que te vi, tú no eras tú y yo no era yo. Éramos dos seres rodeados de nada, ante un camino inexplorado y confuso. Todo estaba nublado y tan silencioso que daba miedo. Me decidí a hablarte, pero no pude, ¿te acuerdas? Quise decirte tantas cosas… me desperté.
El sol comenzaba a calentar y el cielo no definía su color. Era un día hermoso. Ruido, gente y niños en la calle. Nos miramos por un momento, entendimos qué sucedería. Yo me quedé en el día, me dejé contagiar de los niños y sus risas juguetonas. Tú, te alejaste, dejaste que te envolvieran las sombras. Te sentí antes de que caminaras con la vista gacha. Contigo se marchó la oscuridad.
Amanecer
Hueles a madera, a saL, a fruta cítrica. A veces hueles a carne cruda a mentira. Sobre todo me gusta cuando hueles a café, a mirada amanecida a saliva espesa recién levantada.
Olor a sal
Sudor y niebla, como perla se desliza lisonjera protegida por las tenues sombras, la tibia fuerza de una noche…, ¡de guerra!
Juego
A ella le gusta estar afuera, a él esconderse. Un día se metió en su cabeza y de ahí ya no salió más. Así van amándose por el mundo. Ella ríe de sus chistes los demás, no saben que pensar. Los otros se burlan de ellos, ella y él se ríen de los demás porque no entienden ese amor mental
Noches
En esas noches eternas donde las voces del pensamiento aturden y los ojos danzan inquietos adivinado las sombras, en esas noches donde el silencio se oye y un llanto mudo apaga con su sal la llama del amor que se creía conquistado, justo ahí en medio de todo ese ruido, te recuerdo.
En cambio en las noches donde la vida se abre paso en cada espasmo, donde los olores se entremezclan y se confunden, esas noches de siluetas traviesas y azules, donde no hay abismos ni tiempo, te olvido.
“No nos creemos el problema de escribir “bien”, simplemente escribir, ya es el paraíso”.
Natalie Goldberg
Nosotros seguimos en nuestros espacios, seguimos escribiendo porque no queremos parar de hacerlo. Así que bienvenidos una vez más a ese espacio en el que pueden apreciar lo que brota de cada una de nuestras mentes…, bienvenidos a nuestro paraíso.
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Momentos como este, en que mi alma, mis demonios, mi cuerpo y mi cabeza sintonizan su mierda en la ventana son escasos. Es el paraje invernal que me hace sentirme bien conmigo mismo y todas mis personalidades coinciden. Esos días en que la noche es tranquila. La lluvia apacigua nuestra guerra para crear una tregua nocturna. Es tan preciosa la vista, que nos sentimos en paz por unas cuantas horas.
Todo encaja a la perfección, la baja luminosidad, la canción deprimente sonando de fondo y yo, (nosotros) apoyado en la ventana con un cigarro y un ron. Como en una película de Hollywood, el mundo se detiene para apreciar la belleza de una noche invernal, me da por pensar que miles de almas en pena tranquilizan su lucha en las gélidas brisas y maravillan sus ojos ante los diamantes muertos que resplandecen en la gran penumbra.
¡Oh gloriosa noche que Alivias mi guerra!, nuestra guerra, ¡ojalá fueras eterna, para así estar en paz eternamente!
Santos Abreu Olivero. Venezolano. Abogado retirado. Se refiere a la lectura como una forma de viajar y aprender. Escribe desde su juventud, como una manera de drenar y ordenar sus pensamientos. La escritura siempre ha sido un hobbie, nunca había sentido impulso de publicar hasta ahora, en que aceptó colaborar con este blog.
Cuando se va la tarde
Santos Abreu
Una vieja gitana replegaba
unos antiguos toldos retocados con fuertes tonos de colores vivos.
Era la tarde, mujer siempre activa,
que por su empeño de mirarse joven se tiñe el pelo de reflejos claros.
Fijó por último, la vista a la distancia y sintiéndose sola de repente, sobre una ráfaga se alejó
indecisa…
Dejando en su descuido y a su paso
Un célico jirón bordado en plata que jugueteó un momento más sobre el camino.
El campo, hace un instante verde y fuego,
Se tornó ceniciento, lila y plomo.
Un listón de color azul y rojo se alargó vaporoso en la penumbra
con fugitivo resplandor postrero
y se aferró tenaz a los efluvios que adornaban aún la lejanía.
Esa débil imagen luminosa se mantuvo flotante todavía
y asomó más allá, como un destello que refulgió un momento más sobre el camino.
Yo conservé quizá en las pupilas por infinito tiempo la luz que agonizaba y me quedé cautivo del
Se levantó con una penosa sensación que lo obligó a devolver la cena. Alivió el sabor amargo con el dentífrico y terminó de vestirse. Poco después iba camino al trabajo: maletín en mano, corbata impecable y en la radio su emisora favorita.
Mientras conducía se olvidó del tráfico y su mente se pobló con las imágenes del sueño nocturno. Una mano regordeta y blanca le oprimía y lo trasladaba de su cama al suelo, él sin poder moverse observaba con pavor que le hacían comer algo que no deseaba. No lograba ver al dueño de la mano. El recuerdo lo hizo sentir arcadas.
Se apoderó de su cuerpo la desagradable impresión de que alguien lo manejaba. Incluso al desplazarse en el vehículo lo sentía, era como si éste, solo obedeciera a la mano inoportuna de su pesadilla. Intentó ahuyentar el sueño y el efecto que le causaba. Se encontró entonces andando entre un lodazal con la chaqueta a cuestas, el esfuerzo de la caminata lo hizo que se sintiera sudoso. Admiró los árboles y la grama de un verde irreal. No soplaba brisa. Nunca supo en que momento decidió que daría ese paseo. Cuando eran como las seis de la tarde, abordó su pequeño auto y partió sin saber a donde.
Escuchó que en la radio el locutor hacía una entrevista a un psicólogo de moda que analizaba un sueño colectivo. Intentaba explicar por qué las personas soñaban que eran movidas por fuerzas extrañas. Sintió imperiosas ganas de reír, eso era exactamente lo que pasaba con él. Subió el volumen al aparato. El locutor atacaba sin dar tregua a su invitado, este, se defendía diciendo que el extraño fenómeno era producto del estrés. Él pensó: somos todos marionetas.
Alejó un poco la obsesiva idea de la cabeza. Había algo más urgente de que ocuparse. Suspiró cuando se apeó y caminó hacia la pizzería. De pie frente al mostrador pidió la más grande con salsa extra y refresco, no hizo nada para anular la orden, aunque estaba claro que su estómago no toleraría otra cena como esa.
Un poco asustado paseó su mirada por el lugar. Sonrió a algunas de las personas que le miraban con complicidad. Allí estaba de nuevo la odiosa sensación. Ante sus ojos el sol quedó opacado por una gran nube, justo en ese momento notó aterrado que los comensales habían dejado de moverse. Era como estar una vez más en la pesadilla de la noche anterior. Pero él cambiaría eso, echó a correr de golpe. Olvidó la orden y su auto. El camino estaba despejado. Apenas se cruzó a uno que otro transeúnte que parecía apartarse ante su desbocada pérdida de control. Al llegar a casa, agotado subió las escaleras y gritó de susto mientras se duchaba con agua helada.
Esa noche soñó…
La mano regordeta le vistió con un caluroso pijama a cuadros que detestaba. Luego le acostó boca abajo mientras él trataba de adivinar quién estaba detrás de todo eso. Una voz familiar llamó a comer, era la voz de su madre, aún así, no pudo levantarse. Antes de alejarse por completo la mano regordeta colocó una tapa plástica visible desde la ventana.
“Que el ciclo que termina le da la bienvenida al que comienza”
Vagalume
Seguimos en un continuo andar, a pesar de la pequeña amenaza en forma de corona nos reunimos, celebramos las fiestas, dejamos atrás la navidad y le dimos la bienvenida al año nuevo. Nuestra mente no dejó de cavilar y reflexionamos sobre lo que significa para cada uno luego lo llevamos a las palabras, esas que nunca se agotan porque son infinitas. Bienvenido, Año Nuevo.
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Puede que este sí sea mi mejor año. Honestamente ni siquiera sé si he tenido un año de esos, de los que me pueda sentir cien por ciento orgulloso. Más de una vez he serpenteado por los vicios, me perdí de mi camino y las deudas inundaron mis esperanzas y la promesa de una mejor vida que venía en el folleto de inmigrante. Me siento estafado, estos años han sido algo brutalmente crudo. No me malentiendan, he logrado cosas buenas en estos 1.095 días. Tengo trabajo, mi primer coche y lo estoy dejando como siempre soñé, puedo contribuir con el hogar materno porque tengo un poder adquisitivo más o menos decente.
Pero quiero más así que decidí escribir esto para convencerme a mí mismo de que algo bueno va a surgir de este escaneo. Forjé mi realidad basado en 4 hechos:
La vida es cruel
Ese hecho es irrefutable
Me caga no llegar a convertirme en quien quiero ser
Jamás me voy a dar por vencido, soy muy necio para eso.
De alguna manera todas esas premisas me han servido para algo, aunque sea para reírme de mí mismo. El caso es que veo expectante este nuevo año y me agrada acercarme a un nuevo listón de mi vida. Quiero conseguir más cosas y para eso no puedo quedarme estancado en esa pocilga que llamo “vida actual” avanzaré, buscaré eso que me haga despertar el alma, debe de estar en algún lugar esperándome pacientemente.
Venezolana. Radicada en Madrid España a donde se fue buscando mejores oportunidades. Se refiere a la lectura y la escritura como: “Algo que hacía para encontrarme pero que ahora sé que es para volver a mí, cuando leo busco respuestas y también distracción, escribo para drenar y entender lo que pienso”.
Cena de Año Nuevo
Valesska Binetti
Esta vez comí tanto pan de jamón que sentí miedo. Necesitaba estar bien y pretendía conseguirlo en cuestión de minutos. Por eso pensaba que debía masticar más, eso me acercaría a la sensación de bienestar que tanto anhelaba, así que seguía picando: un poco de pan, una crepe, el struddle, un trozo de pizza, varias cucharadas de helado, algunas uvas. La conversación en la mesa era indistinta y nadie se fijaba en lo que hacía, así que yo seguía comiendo. El aire me entraba con dificultad, ya casi no podía respirar, sin embargo, no quería parar de comer. Apenas cruzaba esa idea por la cabeza tomaba de nuevo algún pedazo de comida.
Llevaba a mi boca trozos de pan y chocolate uno tras otro. Mi mente decía a mi boca y a mis manos que no se podía quedar nada sin probar, hacer eso era como dejar ir las oportunidades de sanar tanto dolor. Dejarlas pasar. Pero ya mi estómago no podía más así que seguía sin poder respirar bien. Inspiré profundo, respondí dos o tres frases banales y me reí de un chiste muy malo contado por uno de los asistentes a la cena antes de entrar en mi mente.
*
Al principio los bocados son éxtasis, sentir lo divino, el gusto de la comida en el paladar, saborear cada pedazo. Al cabo de unos minutos con la saciedad llegan los retortijones y se acaba la sensación de bienestar, comienzo a sentir que debo parar, que me duele la barriga, que no puedo respirar, pero ahora es mi mente quien ordena que debo seguir hasta el final y me hace creer que estoy igual de embelesada que cuando probé el primer bocado, pero yo sé que no es así, tú y yo sabemos que después de aquello ya nada sabe a nada, y apenas puedo respirar.
Ahora, al fin tengo una sensación más parecida a cuando lo dejamos, a cuando me dejaste. Unas terribles ganas de llorar acompañan lo que mastico, porque me traicioné al dejar que pasara otra vez. Me duele la panza y siento que me aprieta la garganta, esta fue la peor decisión que pude tomar. Hoy digo que no, mañana es otro día.
La mesa navideña ya no se ve tan bonita como al principio, la gente ya no tiene mucho ánimo de hablar. Algunos se han levantado. Hago lo mismo pero me llevo varios pedazos de pan, de chocolates y galletas, estoy segura de que más tarde intentaré comer varios trozos de chocolate, por si vuelves.
Sonó el móvil mientras conducía, ella miró quién era y atendió. Agradeció los buenos deseos al interlocutor e hizo algunos comentarios:
—…Graaaciaaas…. Sí, todo bien. Como siempre, como todos los años…, bueno como todos los años no, cada vez somos menos… sí, ¿Recuerdas? Tú ibas a esas reuniones, ¿cuántos éramos en esa casa, veinte? Bueno, pues ahora apenas unos cuantos, porque Emilia, no pudo viajar, no encontró pasaje, Manuela, no tenía gasolina y prefirió quedarse en su casa antes de venir y no tener como regresarse, además los chicos no estaban, me dijo que se habían ido por su cuenta…, sí, nos quedamos solo cuatro y mi mamá… bueno, lo pasamos bien, mi otra hermana llevó un invitado y estuvimos charlando un rato durante la cena y luego vimos los fuegos artificiales… ¿Y tú?¿ por qué no te acercaste? —Me miró sonriendo mientras escuchaba las excusas del otro, yo también sonreí en forma distraída porque ya estaba abriendo un cajón propio en mi cabeza.
Su comentario me dejó pensando, que sí, es cierto, en casa también somos cada vez menos…, hace apenas unos años teníamos que arrimar dos mesas para acomodar a nueve comensales, a veces eran once, con mi primo Arturo y su novia que solían acercarse de sorpresa, para ellos siempre había comida y sonrisas en la mesa…, eso sin ir más atrás cuando año nuevo era una fiesta hasta las cinco de la mañana llena de familia y amigos.
El primero en faltar a esa mesa fue el padre de mi hijo, un buen día decidió que no seguía más viviendo una doble vida y renunció a la primera vida de casado para irse con la segunda, que quien sabe cuántos años tenía ya. Seguíamos siendo ocho, diez a veces con la visita de mi primo y su novia.
De pronto, he recordado a mi madre arrimando la mesa, vistiéndola y advirtiendo con algo de tristeza que ya no era necesario porque mi primo ya no está más… partió al otro plano con su buen humor y su sonrisa bonita y dos meses después también se fue mi hermano. De pronto ya no éramos ocho… quedábamos siete. El siguiente año mi hijo decidió que era mejor irse a vivir a otro país así que ahora celebra año nuevo en otras latitudes, manda el feliz año cinco horas antes de que nosotros hayamos escuchado los cohetones del año nuevo y sonríe desde la Tablet para que los abuelos lo vean trajeado con sus estrenos. De manera que nosotros también somos menos…, éramos once, ya quedamos seis… ya no necesitamos otra mesa, nos basta una sola. Pero como todos los años sonreímos y esperamos que la vida nos trate mejor, nos damos el feliz año luego de haber compartido la comida tradicional y deseamos con todo el alma que ese año sí se acomoden las cosas para todos, que el país sobreviva, que se levante de sus cenizas y que vuelvan los que se fueron.
Mi amiga me habla, me doy cuenta que ya no está conversando con el misterioso interlocutor que decidió no ir a la cena de fin de año en su casa, sino que está hablando conmigo. No sé qué me dice, cierro de golpe la gaveta que abrí en mi mente y le presto atención. Me habla de esa noche, de cuánto ha cambiado todo, pero también toma aire y me dice que este año a pesar de lo difícil que estuvieron las cosas con el problema del gas doméstico y la gasolina, mucha gente pudo hacer sus hallacas y el pan de jamón, yo asiento, estoy de acuerdo con ella, puede que las reuniones no sean como antes, puede que seamos menos, pero nunca dejaremos de tener esperanzas, es posible que el año que entra o quizá el otro, la mesa vuelva a llenarse con nuevos comensales, es posible que para dentro de unos años mi sobrino me haga tía abuela, o que vuelva mi hijo y ya tenga familia, mujer, un nieto o nieta…, no sé, no quiero pensar en puestos vacíos el año que viene.
Estamos en medio de la época decembrina, pero no cabe duda de que esta es diferente. La cautela o el desparpajo total rigen los días, el virus que detuvo al mundo no baja la guardia. Hay quienes no podrán reunirse en estas fiestas, porque ya partieron al otro plano, porque luchan por su vida en una cama de hospital, porque trabajan, porque no están. También están esos que partieron buscando mejores oportunidades y se consolarán sonriendo a la cámara del móvil mientras hacen una video llamada. Hay padres que añoran a sus hijos, hijos que pasarán la nochebuena trabajando para poder enviar algo de dinero a su familia. Pero hay algo que no faltará a ninguno: esa palabra que le indique al otro que allí está, la palabra con su fuerza acortará la distancia. Palabra bendita, palabra infinita.
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Hoy es el final de un día y el comienzo de un nuevo año, lleno de vida y esperanza. Aquí estoy como de costumbre martillando las teclas de mi ordenador. El ruido alrededor aturde mis sentidos pero me urge escribir.
Hoy es 31 de diciembre, muere el año. Entre fuegos artificiales y hallacas, celebramos. Recordamos las pérdidas pero también esperamos con ansias los inicios.
Cada minuto que pasa nuestras almas se sincronizan…, creo que nadie quiere estar solo o que aquellos a los que ama lo estén. Yo me retraigo y pienso…
Prometo amar más intenso y perdonar de igual forma sobre todo perdonar mis propios errores para así poder ser mejor persona junto con aquellos que considero especiales. Este accidentado y loco fin de año procuraré sonreír y celebrar por igual las perdidas y las victorias. Brindaré por aquellos que perdí, pero también por los que llegaron después a cambiar las lágrimas por risas.
Eneyda GuadalupeGarcía. Es venezolana. Graduada en Educación Mención preescolar. Trabaja en la Universidad de Carabobo como profesora y en este momento se encuentra en Guayaquil, donde fue de visita y tuvo que quedarse más de lo previsto. Su vida siempre ha girado en torno a leer y escribir, pues una vez que se graduó decidió estudiar la maestría en Lectura y Escritura para seguir trabajando con estos dos procesos.
Su anécdota más preciada y que marcó su vida como lectora es cuando su maestra de 2do grado le regaló un libro con historias de “tío conejo y tío tigre”, porque le aburría leer en el libro “mi jardín” (libro de lectura inicial). Eso la impulsó a pedir prestados los libros que había en los estantes del salón y llevarlos el fin de semana a su casa. Siempre estaba escribiendo versos a sus amistades que guardaba en un cuaderno.
Recientemente publicó: “Y empecé a mirar ojitos” de igual forma se encuentra escribiendo un poemario. Ha colaborado en otras entregas de Palabra Infinita.
El secreto de la Navidad
Eneyda García Ruiz
Cuando era pequeña la navidad era mágica, los adultos se encargaban de llenar el ambiente de misterio y curiosidad. Escribíamos las cartas al Niño Jesús y luego las colocábamos detrás de los cuadros o portarretratos. En mi casa no había arbolito de navidad. Mi abuela siempre nos decía que otro sitio ideal para guardar secretos era ese: detrás de los cuadros o portarretratos. Entonces así lo hacíamos.
La noche de navidad casi nadie podía dormir. Todos pendientes del momento en el que Niño Jesús pasaría por las cartas y luego dejaría los regalos. Así pasaban las horas yo me mecía suavecito en mi chinchorro sin apartar la vista de los retratos hasta que el cansancio me vencía y amanecía. Llegaban los regalos, pero no para todos. Casi siempre eran para las más pequeñas. Yo me sentía triste pero mi mamá me decía con lenguaje sencillo y palabras muy precisas: “El niño Jesús llegará para ti el 31 de diciembre porque ustedes son muchos eso es que no alcanzó a llevarse todas las cartas y a traer todos los regalos».
Y así pasaban esos días de navidad, yo hasta me confundía de fechas, no sabía cuándo era 24 Ó 31 lo que sí sabía es que aunque tarde para mí, siempre llegaba.
Ya de jóvenes la navidad se convertía en fiestas, intercambios de regalos entre los chamos del pueblo, risas, paseos, estrenos, otra cosa.
Después me casé y tuve una hija. Dejé de pensar en mí. Me tocaba pensar en sus estrenos, sus regalos, su ilusión, que me gustaba que siempre tuviera intacta y que fuera bonita. Pero al mismo tiempo ya de grande comprendí que la navidad es esa época de preparar ese corazón donde nace el niño Dios, es la familia: es hacer las hallacas, abrir las puertas de la casa para compartir con los vecinos, escuchar las gaitas y los villancicos, ir a la misa de aguinaldos en las madrugadas, el chocolate y las arepitas dulces, la algarabía en la plaza.
Todas esas cosas que hoy extraño mientras miro un cielo que no es el de mi país. Como a tantas familias venezolanas nos tocó separarnos, y en las navidades no estamos todos juntos, por eso las cosas ya no son las mismas. Mis hallacas llevan todos los ingredientes, pero no me saben igual, el dulce de lechosa no es el mismo y la música se oye diferente.
Hoy desde el ruidoso balcón de una casa que no es la mía, mientras miro el cielo de un país que comienzo a querer aunque no es el mío, pienso en todo eso y agradezco al Niño Jesús que aún siga naciendo en mi corazón, que alimente mi esperanza de juntarnos nuevamente y ser la familia unida que siempre fuimos.
Mi abuela tenía un jardín inmenso. Al menos así lo veía yo cuando llegaba por las tardes. En realidad toda la casa era inmensa. Además tenía ventanas en sitios donde era muy loco que las tuviera; por ejemplo, en el cuarto de mi tía había una ventana que daba a la sala y cuando jugábamos a ser detectives mis primos, mi hermano y yo nos salíamos por ahí escondidos hasta que mis tías se daban cuenta y el juego acababa en regaño.
Normalmente nos íbamos al jardín a molestar a las hormigas y jugar detrás de las matas hasta que también de allí nos corría mi abuela amenazando con darnos un pellizco de esos que te duelen por varios días.
Cuando nos reuníamos todos los primos y la casa estaba bien llena de adultos, mi abuela se olvidaba un poco de nosotros ocupada en cocinar, lo que aprovechábamos para jugar “montón” en la grama. Lo normal era que al caer rompiéramos alguna de sus matas ancestrales, entonces lo mejor era desaparecer de ahí para no ser objeto de reclamos.
Entre todas esas plantas había una que ganaba protagonismo en navidad, era muy curiosa; de pétalos rojos aterciopelados y un centro manchado de blanco, las hojas eran verdosas y como picadas y lo cumbre es que durante todo el año estaba floreada y siempre tenía muchos hijos que mis tías y mi mamá vivían tomando aunque nunca lograban el objetivo: que se diera igual que esa. Ahora que lo pienso, esa mata debía tener cualidades mágicas: estaba en pie todo el año, era varias en una, no se secaba nunca por nada del mundo, ni siquiera porque mis primos la rompieran para ver las gotas lechosas que brotaban de sus pétalos.
Con el tiempo me di cuenta que era una mata de navidad, de esas que proliferan por donde quiera en la época decembrina y que se vuelven parte de la decoración navideña. Justo ahora mientras escribo veo la que tengo en mi mesa de comedor, falsa por supuesto, porque no es que cuidar plantas se me dé muy bien.
Lo cierto es que esta mata en cuestión era un misterio porque en pleno sol y durante todos los meses florecía rozagante sus particulares hojas y sus bonitos pétalos, con todos sus hijos llenaba una buena parte del jardín y su tallo era grueso como nunca he visto en las que venden en los viveros. Mi abuela cuidaba mucho su jardín, hablaba con sus plantas y las limpiaba con cariño también las regaba por bastante tiempo aunque no sé si todos los días. Cuando ella vivía en esa casa las matas parecían moverse para saludarla cuando llegaba y abría la manguera. Todos sus nietos sabíamos que ese era un momento para no interrumpir.
Con el tiempo ocurrió que mi abuela tuvo que irse de casa porque ya estaba vieja y no podía seguir viviendo ahí sola con mi abuelo. El jardín entero lo advirtió. Las plantas se pusieron mustias y tristes, ya no se movían suavemente cuando iban a regarlas, sabían que no era ella. La única que permanecía igual era la mata de navidad, solo que era más salvaje. Entre las nueras y las tías se repartieron todas las plantas que estaban sembradas en porrones y solo quedaron las que pertenecían a la tierra del jardín, yo me fijaba en ella, muy grande sus hojas buscando el cielo y tan rojas… luego me di cuenta que lo que deseaban era ver a mi abuela regresar habían crecido casi el doble y se amontonaban unas sobre otras como para asomarse a ver la esquina.
Mi madre siempre decía que había que podarlas, que habían crecido mucho y luego ya se haría difícil ponerlas decentes y mi papá decía que se encargarían los inquilinos. La mata sobrevivió mucho tiempo grande y rebelde, a los inquilinos no les molestaba. Yo siempre pasaba y me fijaba en la casa, extrañaba los juegos y miraba la mata. Hasta que un día ya no estuvo más, o sí. Arrancada de sus raíces permaneció días tirada en la puerta de la casa junto con todas las demás plantas del jardín que habían cortado para echar cemento. Sentí una puntada en mi pecho, me dolió verla ahí, muriendo y aun así con sus pétalos tan rojos y sus hojas tan verdes de tallos tan gruesos.
Todas las matas que veo en esta época me la recuerdan a ella, delicada y fuerte, resistente al tiempo. Mi abuela nunca volvió a su casa aunque siempre esperó hacerlo. Nunca vio lo que pasó con su jardín y yo nunca volví a ver otra mata como esa.
Bienvenidos de nuevo a nuestro mundo de historias, un conjunto de palabras, ordenadas en forma armónica, a veces atropellada. Palabras al fin, porque eso somos, “Vivimos y respiramos palabras” dice Cassandra Clare. Nosotros estamos de acuerdo, la palabra es infinita.
DA
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—Considerando la situación actual ¿cómo crees que estás?
—jodido y bastante
—¿por que?
Porque estoy hablando contigo y no con ella …, Porque ella me tiene perdido y tu ni siquiera existes. Eres un producto de mi imaginación ¿sabes?
«No hay respuesta»
Desearía que no fueses inolvidable, que esta puñalada no fuese tan dolorosa…, Atravesaste cada pequeña y gran parte de mí, hiciste existir lo inexistente, me diste un corazón para romperlo. ¿De que me sirvió? Dueles demasiado y ya no importa. Odio haberme enamorado de ti, cruel y amada morena.
Es venezolana. Ejerce varias artes con base en una amplia formación académica: escritura de ficción y poesía, todas las plásticas y la fotografía, locución y docencia. H sido gerente culturas en diversas instituciones y ha participado desde 1992 en exposiciones colectivas en Venezuela y el exterior. Actualmente se encuentra residenciada en España.
LA PALABRA EMPEÑADA
A la memoria de Manuel Aquiles Padrón.
Tendido en su cama, Manuel tiene plena conciencia de que está muriendo. Un olor a libros y ungüentos impregna la habitación. Con serenidad se despide mentalmente de los suyos. Mientras, ella espera. Poco a poco van llegando quienes le precedieron, dos de sus hijos, su esposa, varios de sus nietos y biznietos. Su hijo el poeta se inclina hacia él y con un gesto característico, se sostiene la corbata y lo besa en la frente. Bajo el umbral de la puerta sus padres lo observan.
—¿Vinieron a buscarme? —Pregunta Manuel—. No hay prisa.
Abriéndose paso entre la espesura de sus reminiscencias el anciano inicia un recuento. Examina con meticulosidad la obra de su vida: la familia que formó, sus luchas, los libros publicados, algunos cuentos, artículos de prensa. Noventa años de existencia dedicados a cumplir con obstinación una promesa. En ese momento entra su primer maestro. Manuel le sonríe. Rememora sus primeras lecciones de geografía, allá en su lejano pueblo natal de la costa aragüeña. Contempla al niño que fue, recitando lecciones de historia de pie junto a su propio lecho de muerte. La psiquis no conoce de tiempo.
—¿Cuál es la superficie de Venezuela? —Inquiere el maestro.
—Un millón ciento cuatro mil cuatrocientos ochenta y un mil quinientos kilómetros cuadrados, maestro.
—¿Y cuáles son sus límites?
—Al norte con el Mar Caribe o de las Antillas, al Sur Brasil y la República de Colombia, al este con el río Esequibo y la Guyana Inglesa y al Oeste por la República de Colombia —. Contesta orgulloso el pequeño.
—Manuel, nunca olvides que los ingleses se han apropiado de una gran porción de territorio que nos pertenece hacia el límite con su Guyana —Agrega el maestro de la escuela rural.
Corren los tiempos en que inmensos buques de guerra de esa misma potencia anclan frente a la costa, reclamando el cobro de una deuda. Esta será la última clase del pequeño que apenas se inicia en la parvada. El maestro se ve obligado a regresar a sus lares porque el gobierno nacional le suspendió el mísero sueldo que devengaba.
—Cuando sea grande me voy a ocupar de escribir de eso, maestro. Vamos a recobrar nuestro territorio, nuestra soberanía y nuestra independencia. Usted va a ver. —El maestro sonríe con benevolencia.
Ella lo observa con ternura y extiende hacia él sus gélidas manos. Requiere su presencia. Él le pide que espere. Aún no termina su recuento, avanza y retrocede en el tiempo. Se desliza a través de sus visiones demarcando territorios, en un mapa imaginario donde traza justicia a su manera. Extasiado contempla un grupo de soldados venezolanos avanzar hasta el Rio Esequibo con orden de recuperar el área usurpada.
—¿Manuel? ¿Estás listo, Manuel? Deja de soñar, es tiempo.
Nada escapaba a su mirada interesada. Todo cuanto le rodeaba por insignificante que pareciera era factible de convertirse en algo inspirador. Observar, era sin duda, una de sus ocupaciones favoritas, pasearse entre las sombras, mirar más allá de lo visible, soñar.
Su voz ronca y risa estruendosa contrastaban con sus maneras delicadas y su bigote cuidadosamente pintado de negro, igual que su cabello. Era conocido por todos como “El profesor” debido a su ocupación.
Las tardes de los domingos, ahogaba el calor en alcohol. Frente al lienzo iniciaba una danza sincronizada con sus pensamientos para convertir la tela en retazos de vida. Poco a poco el pincel inquieto daba cuerpo a una mujer voluptuosa y desnuda, o a la cara de su compañero de casa, a menudo, su principal modelo. Compartía la pasión por el pincel con la cocina. Muchos diciembres, ilusionado con reunir a la familia, se pasaba los días cocinando para nadie.
En su juventud, le había tocado levantar a doce hermanos para ayudar a su madre, bastante para uno solo. Cuando todos se fueron a construir sus vidas la gran casa siempre alegre y ruidosa comenzó a quedarle grande al profesor, por eso una buena mañana con la premura que da la soledad, se mudó a una vivienda más pequeña de solo cuatro cuartos y un jardín interno que se convirtió en galería de todo lo que pintaba. En esa estancia con piso de cemento rojo recibía a cuantos quisieran pasar la tarde tomando café y hablando de arte. Allí se mezclaba el olor del bahareque con el de las guayabas maduras. La trementina, los óleos y el yeso de las esculturas, creaban un remolino de fragancias que iban de lo dulce a lo volátil.
Pintar era su vida. Caminos inciertos bordeados por la dulce sombra de los árboles guardados en su memoria de coleccionista, sueños robados que se volvían corpóreos, se transformaban a su antojo, se dejaban hacer aunque a veces solo sirvieran para ahogar la pena.
Algunas noches calurosas cantaba y gracias a la tacita de anís que nunca estaba vacía horrorizaba a su madre, que ya no tenía edad para reprenderlo mientras se paseaba contoneando las caderas y sostenía en su cabeza una corona imaginaria. No le importaba su madre, que venía por temporadas, prefería unirse a las risas de su inquilino a quién le lanzaba besos.
Poco a poco la casa se llenó de jóvenes deseosos de aprender y escuchar sus historias. Los días se deslizaban entre colores y sombras. Casi siempre estaba cansado. Se hacía viejo, pero le gustaba ser el maestro de los noveles artistas y los toleraba en nombre del arte y la pintura.
Los cuartos se volvieron una feria de espuma, sudor y ropa sucia. La nevera, siempre llena de bocetos de grafito, los jóvenes artistas condensando el humo de sus cigarrillos en el patio interno, algunos descalzos, otros con el brillo del hambre en sus ojos y él cada vez más convencido de que su vida era una pintura en sepia.
Cada día más arruinado vendía sus cuadros de puerta en puerta y su fortuna del momento se convertía en una botella. Comía poco, pero siempre había que ofrecerle a quién viniera a visitarlo.
Todos miraban pero ninguno veía como se iba desdibujando… era humo, huesos. Estropeado su cuerpo, su carne, su aliento, intacto su amor a la vida, a la gente que poco le agradecía, al oficio que nada le pagaba.
Una tarde azarosa de calores y vapores lo hallaron en su cama, inmóvil, casi transparente, lanzando burbujas por la boca y cuando asustados trataron de impedir que se desintegrara, miraron atónitos como su cuerpo se unía al espacio y flotaba entre nieblas blancas y rojas.
Esta edición estuvo lista unos días antes de la noche de brujas. No es hasta hoy que ve la luz porque una serie de extraños acontecimientos se apoderó de esta entrega número 19 que está dedicada a los cuentos espantados, inspirados en la noche de brujas que se lleva a cabo el 31 de octubre en algunos países. Primero, la computadora no encendió más. Hubo que cambiar de equipo, pero el otro tampoco encendió. Más tarde, el teclado dejó de funcionar y finalmente, sorteados todos esos obstáculos, el internet falló, por lo que definitivamente nuestra entrega tuvo que quedar pospuesta para tres domingos después de lo previsto mientras se solucionaban todos estos imprevistos. No sabemos a qué atribuir tantos sucesos inesperados, sin embargo, es posible que en alguno de los textos que presentaremos esté la respuesta… disfruten finalmente de nuestra entrega número 19 dedicada a los tradicionales: noche de brujas, Día de Todos los Santos y Día de los difuntos, o los muertos de acuerdo a la tradición mexicana. Disfruten de la palabra, palabra infinita.
D.A
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Licdo en Educación Mención Sociales en la Universidad de Carabobo. Es aficionado a escribir y autodidacta. Ha realizado cursos online sobre escritura pues desea perfeccionar su estilo. Su mayor afición es escribir sobre fenómenos que no se explican fácilmente, o como él prefiere llamarlo, fenómenos paranormales. Ha colaborado en entregas anteriores de Palabra Infinita y decidió que no podía perderse esta entrega.
Mala intención hecha realidad
Elvis Pérez
-¡Vamos! ¡Vamos! ¡A levantarse! es hora de ir a la escuela —Una voz autoritaria se escuchó fuerte en el cuarto de las hermanas Pérez. Las luces se encendieron.
—¡Bendición tío! —dijo uno de los niños espabilando.
—¡Pajarito! ¿Ya estás listo para ir a la escuela?, Dios te cuide, anda, levanta a tus flojas hermanas que no han querido ni abrir los ojos.
—Sí tío —dijo el niño dirigiéndose al cuarto de sus hermanas.
—¡Vamos mujeres flojas! ¡Levántense! ¡Mi tío ordenó que sea rápido! Que ya está furioso.
—¡Ay Ronald! ¡Deja ya el fastidio! ¡Qué necio eres, vale! —Exclamó bastante molesta Sonia.
—¡Ay sí! Siempre lo mismo con este enano, chupándole las medias a mi tío —Completó Magdi —Un día de estos, le voy a dar una paliza que dejará de molestarnos con eso.
—Qué flojera tengo de ir a la escuela ¿Por qué tenemos que ir todos los días?
—¡Ya! ¡Ya! Párense y váyanse, déjenme dormir, yo no tengo que ir a ningún lado —opinó Marisela quien aún no tenía edad para ir a la escuela.
—Bueno, no es culpa mía que ustedes sean unas flojas y que mi tío me mande a levantarlas, no es mi culpa —dijo Ronald sonriendo.
—¡Anda! ¡Vete! —gritó Magdi mientras le arrojaba un zapatazo a su hermano quien salió entre asustado y risueño.
—Tío, tío, estas flojas no quieren hacer caso y de paso me quieren pegar.
—Vamos a ver ¿Qué les pasa a ustedes? ¡Prepárense guarichas! En 20 minutos quiero a las tres listas. Voy a llevar primero a este pajarito que es el único madrugador y obediente mientras ustedes se alistan. ¡Vamos! Ronald, ve sacando la bicicleta.
—Sí tío.
Era una mañana fría, de esas que solían verse cuando se acercaba el mes de diciembre. La casa, ya adornada con elementos navideños, lucía más reluciente que nunca, días antes, la madre con sus hijos y su hermano Luis, se habían dedicado a decorarla y habían pasado y compartido un día agradable en familia. En la sala principal, se encontraba un pesebre, obra maestra del otro hermano de Amiria, quien tenía el apodo de Doctor, por su genialidad con la electrónica, sus conocimientos en diversas áreas y sus inventos.
—¿Te acuerdas Luis?—Preguntaba Amiria a su hermano, —¿recuerdas cuando Doctor hizo aquel pesebre y para descubrir a los que se robaban los muñecos les metió corriente?
-¡Ja!, cómo olvidarlo Mirian, esa maldad de nuestro hermano mayor sigue presente en su vida. —habló Luis con ironía.
—Bueno, pero eso sirvió para que más nunca se robaran nada de la casa esos muchachos mala maña —replicó Amiria justificando a su hermano.
—Pues sí, eso sí —admitió Luis.
Después de la forma en que se levantaron esa mañana. La mayor de las hermanas quedó realmente molesta, no se le quitaba la imagen de su hermano de seis años gritando como su tío y chismeando todo cuanto ellas hacían. Sumado a ello, no tuvo un buen día en la escuela y eso aumentó su mal humor.
Lejos de perder la rabia, esta fue aumentando durante toda la semana. Llegado el sábado, y como era la costumbre las hermanas tenían que ayudar con los oficios, antes de hacerlos perdían tiempo en la repartición de las tareas y algunas discusiones inútiles sobre quién haría qué, hasta que la madre imponía las tareas a dedo. Magdi, fastidiada de hacer oficio propuso a sus hermanas con cierta malicia:
—¡Vamos hermanas! La que termine de última se encargará de hacer los oficios de las otras el día de mañana —Propuso.
—¡Si va! —dijo Sonia quien se apresuró a mover más rápido el cepillo.
—¡No! —Se negó Lisset desde el cuarto mientras arreglaba la cama—, ustedes saben que soy bastante lenta y que siempre soy la última, yo no participo.
—¡Vamos Lisset! No seas así, siempre tan lenta, ponle ánimo a la cosa —La motivó Magdi quien llevaba la iniciativa de suavizar su tarea.
—¡Miedosa! ¡Tonta! —Dijo Sonia.
—Ahhh, espérate que termine aquí para que me lo digas en mi cara —Dijo Lisset en forma desafiante desde el cuarto.
—¡Ay ya! ¡Olvídenlo! —Dijo Magdi decepcionada—. No vayan a pelear por eso, porque después salgo yo siendo al culpable de todo.
—Sí, es mejor que lo olvidemos —Dijo Lisset —De todos modos ya casi terminamos.
Magdi se resignó a seguir con su tarea del día: enjuagar y escurrir la ropa que su mamá le indicó, De pronto vio a su hermano Ronald de lo más tranquilo lanzando piedras a la mata de mango sin tener que hacer ningún oficio. Recordó lo mal que se había llevado con él esa semana… Comenzó a escurrir la ropa mirándole desde lejos con rabia y pensando en distintas formas de cobrarle esa factura pendiente. Un momento después se dio cuenta que el niño se había apartado a un rincón a orinar y rápidamente se imaginó empujándole hasta tumbarlo en su propia orina. Sonrió maliciosa.
—Sí, eso sería buenísimo…, me la va a pagar uno de estos días… ¿Qué estoy pensando? Él es sólo mi hermanito, no puedo hacer eso, aparte, si lo hiciera, tendría otro problema con mamá. —Se levantó, recogió una ropa que estaba lista y se dispuso a tenderla en la cuerda que estaba ahí en el patio y en donde se encontraban como era de costumbre Luis y su madre hablando. No tardó en escucharse un grito acompañado de un llanto de susto.
-¡Mamá! ¡Mamá! Magdi me empujó e hizo que me cayera en el orine. —Escuchó y vio a su hermano acusarle de lo que ella había pensado hacer pero que realmente no hizo.
—¡Ya va! ¡Cálmate niño! —Dijo la madre—, ¿cuándo fue eso? ¡Magdi! —Gritó la madre llamando a su hija y un poco extrañada puesto que la había visto haciendo su tarea y extendiendo la ropa. Magdi quedó estupefacta y de la nada comenzó a reírse, se defendió
—Yo no hice nada, lo juro mamá yo no le hice nada.
—Entonces ¿Por qué te ríes? —reclamó la madre con autoridad.
—Es que…
—¡Qué! —Preguntó la madre molesta.
—Es que yo…no, olvídenlo, no me van a creer.
—Dime ¿Qué pasa?—presionó la madre—, él dice que fuiste tú, ¿Cuándo fue que te empujó?
—Ahorita mamá, yo estaba orinado allá y ella me empujó.
—Eso no pudo ser así porque yo estoy viendo a Magdi de hace rato escurriendo la ropa y tendiéndola y en ningún momento ella fue hasta allá.
—¡Ves! Mamá, ahí está, te lo está diciendo mi tío.
— Hijo ¿Seguro que fue ella? ¿No será que fue Sonia o Lisset?
—Yo la vi a ella.
Magdi todavía reía nerviosamente por lo sucedido.
—¿Pero por qué te ríes entonces?
—Mamá —Intervino Magdi— Te voy a explicar porque me da risa. Yo sí lo pensé, pensé que sería bien bueno que se cayera en su propia orina, pero nunca hice nada, te lo juro. Tengo a mi tío Luis de testigo. Ahora que lo pienso ya no me da risa, estoy asustada mamá, ¿Qué es lo que tiene esta casa que nos pasan cosas tan raras?
—Otra vez con eso, me vas a decir ahora que fue un fantasma que tomó tu figura y me empujó al niño para yo culparte —Reprochó molesta la madre. Pero supo que su hija decía la verdad.
—Yo siempre les he dicho, que esta casa….
—Cállate Luis, deja ya eso —Interrumpió la mujer a su hermano. —Ven hijo, vamos a bañarte y se alejó de Magdi y Luis.
Más tarde, Magdi se reunió con sus hermanas y hablaron del hecho. Les aseguró a ellas que de verdad no le hizo nada a su hermano y que fue de verdad algo muy extraño. No quisieron seguir hablando más de eso, porque ya llegaba la noche en esa extraña casa de Curagüire.
“El Jueguito de Vero” pertenece a la novela inédita de Danibia Abreu: “Cuentos de Cancha y de Cafetín”.
Guadalupe
¿Alguna vez se han metido con lo que no deben? ¿Saben una cosa? Yo creo que todo el mundo alguna vez ha respondido que sí a esa pregunta. Por eso ahora voy a contarles un problema que agarraron las muchachas de mi salón cuando no iba algún profesor. Ellas lo tenían dibujado en la parte de atrás de los cuadernos. La cosa es simple, cuando no había oficio, ellas se disponían a jugar: ¡La güija! Dos de nuestras compañeras eran las encargadas de organizar la cuestión y los demás rondaban el invento siempre que permitiera a todos reír y burlarse, aunque un buen día, ocurrieron cosas extrañas.
Una mañana de esas en que nos quedamos sin clases porque no fue el viejo de física y tampoco tuvo suplente, tuvimos la hora libre. Enseguida, nuestra amiga Verónica Fuentes, que era una de las que tenía su güija dibujada en la última hoja del cuaderno, nos propuso que para no aburrirnos jugáramos un rato. Ella por supuesto, era la bruja encargada de conectarse con el limbo. Invitaron a mi amigo Miguel a consultarse, él no se lo tomó tan en serio, igual, preguntó por su papá y como estaría por allá donde anduviera, la respuesta fue ambigua, que estaba bien y vaina. Luego vino Carepizza que tenía un primo que recién había muerto y tenía curiosidad. Ahí ya todo empezó a ponerse intenso, el anillo que usaba Vero de guía empezó a contestar cosas como: “métete en tus propios asuntos”, “no seas metiche” y otras perlas. Carepizza no quiso admitir que se asustó un poco, dijo que era un juego estúpido y se negó a seguir. Luego le tocó el turno Bettina, que era nueva en el salón y estaba divertida con el invento. preguntó que si se iba a levantar a un carajo de ahí mismo del salón, que tal y cual que le gustaba que jode, entonces le contestaron que pensara mejor en estudiar y no en andar por ahí de pajarona. Bueno todo el mundo se comenzó a molestar con Vero. Ella insistía muy circunspecta que no, que ella no era.
Yo, me burlaba cuando a alguno de los pendejos que caía con Vero le decían algo. Después de un rato como ocurría siempre ya nadie quiso jugar, así que Vero se disponía a desconectarse, pero, algo ocurrió: Vero se puso pálida, su cara se volvió de piedra y se incorporó de golpe en el pupitre, no dijo nada por unos cuantos segundos aunque todos la molestábamos para que hablara con nosotros, sus manos se movían con bastante rapidez y el anillo viajaba de un lado a otro del tablero y marcaba a toda prisa las letras. La que le servía de asistente, una chama que no me acuerdo como se llamaba, escribió en una hoja: “Quiero hablar con alguien que está aquí” Vero se recuperó de la inmovilidad y comenzó a hacerle preguntas “que si es así, que si es asao” el anillo se movía incansable del sí al no, la bruja no daba con el interpelado.
Entonces, mientras ella continuaba con las preguntas, ocurrieron algunas cosas misteriosas. Primer susto: como por embrujo los cuadernos de los pupitres de adelante se cayeron. Todo el mundo se hizo el loco. Segundo susto: las ventanas del salón se cerraron de golpe. Algunos labios se pusieron blancos y miradas nerviosas se volvían a todos lados. Entonces lo peor; justo en ese momento a algún idiota que pasaba fuera de nuestro salón, le dio por bostezar con un grito. Para nosotros esto ya fue demasiado. Dejamos el pelero. Corrimos de un tirón casi hasta la cancha. Todo el mundo lívido y riéndose de puros nervios.
Al día siguiente, entró en nuestro salón junto con Peña, una vieja que era la psicóloga del colegio. Quería hablar con nosotros sobre algunos eventos que sucedieron el día anterior y que era necesario aclarar. Nos miramos llenos de extrañeza porque no habíamos tenido ni una pelea ni nada que pudiera catalogarse como fuera de lugar, excepto nuestro secreto mejor guardado, el jueguito de Vero.
La mujer nos dio un discurso sobre la importancia de respetar lo que no conocíamos, Peña nos miraba como siempre, con su cara de: “ya no sé qué hacer con estos niños” mientras la otra nos mareaba con unas palabras sobre la parapsicología y la posibilidad de contactar con los muertos.
Ninguno entendió al principio la razón de este regaño, hasta que vimos a Hilda, una de las pocas muchachas de nuestro salón que se cayó en la carrera hacia la cancha y se partió un pie. Ella insistió ahí delante de todos en que algo hizo que se detuviera, por eso no pudo correr con nosotros. La mujer nos asustó cuando nos dijo que lo que no dejó avanzar a Hilda fue aquello a lo que ofendimos. Por un momento nos quedamos pasmados.
La tipa supo que habíamos jugado la güija porque Hilda nos delató. Claro tumbada en el suelo con una pata rota para donde iba a correr, y lo peor, la mujer aseguraba que ahí había un “espíritu travieso”. Eso, mejor que lo hubiese dejado en secreto.
Los siguientes días, fueron una colección interminable de acontecimientos. Carepizza, por ejemplo, cogió con un problema de lanzar lápices a diestro y siniestro para asustar. A Mapurite le dio por esconderle la comida a Bonmesón, el más tragón de nuestra clase, y luego cuando lo veía desesperado la ponía en el pupitre como si nada. A Migue, le rompieron una cuerda de su guitarra. Tico, que siempre veía todo como de lejos, se dio cuenta un día que Verónica y Bettina se complacían en lanzar borradores desde la ventana, para asustar a los que estuvieran sentados en esa fila de mesitas. Total, el salón se volvió un hervidero de fantasmas sin oficio.
Lo cierto es que cuando ya nos cansamos de jugarnos bromitas empezaron de nuevo a pasar cosas, como por ejemplo, las hojas del cuaderno de Migue comenzaron a moverse solas como si las hubiesen soplado, después se le cayó la guitarra y más luego a mí, un día cuando ya nos íbamos para la placita, se me rompió mi morral dejando caer todas mis cosas. Nos empezamos a asustar en serio, aunque nadie se atrevía a decir nada. Lo último que hicimos fue salir otra vez todos en estampida cuando escuchamos, y esto no fue una alucinación, una risa burlona que venía… nadie se quedó a averiguar de dónde salió.
Un tiempo después, mientras Migue, Tico y yo pasábamos por la dirección, escuchamos algunas carcajadas. Al parecer Peña estaba muy contenta y esto no era algo muy usual. Conversaba con una de las profesoras y se burlaba de la risa que nos hizo correr como gallinas, ¿pueden creerlo? La condenada vieja nos metió sendo susto. Ahhh pero no se quedó así la vaina, porque nos encargamos de devolverle la bromita.
Una buena mañana de esas en que entró a tomarse su café, pusimos manos a la obra. Como habíamos ido a parar tantas veces a dirección, sabíamos exactamente donde colocaba siempre el termo con el líquido humeante. Así que cuando lo llevó a su lugar, luego de servirse una gran taza, simplemente halamos un nylon colocado con magistral precisión con ayuda de Bonmesón, que podía parecer torpe por su corpulencia, pero era un genio en el arte de preparar trampas. Oímos como el bendito contenedor rodó archivero abajo aparatosamente.
El resultado ya nos supo a victoria, un grito espantado.
Escuchó las carcajadas y salió a retarnos, y antes de que pudiera hablar, todos los presentes percibimos un estruendo en la oficina. Creo que ya era casi una costumbre correr ante cualquier ruido extraño, así que imagínense a Peña dando largas zancadas con sus altos tacones más rápido que un corredor de olimpíadas y a Bonmesón con su enorme barriga dando tumbos arriba y abajo. En la placita, ya lejos de la oficina, ella nos miró al principio muy seria y luego sin poder aguantarse se echó a reír llena de nervios. La acompañamos de vuelta, queríamos ver que era lo que había ocasionado el escándalo. Quedamos perplejos, porque sobre el escritorio, estaba nada más y nada menos, que una gata que se había caído del techo con todo y sus gatitos, vaya usted a saber a qué bruja se le escapó.
Puede que no resulte grato escribir siempre. Muchas veces estaremos abrumados bajo el peso de nuestros pensamientos, o recuerdos, o nos cuestionemos nuestra producción escrita. Puede ser que muchas veces pensemos que no es lo suficientemente buena, o solo podamos pensar en los caminos solitarios hacia los que nos lleva muchas veces escribir, o que solo podemos recordar las experiencias de esa amiga que nunca se dejó amilanar a pesar de sus propias circunstancias, o que se nos repita sin cesar en nuestra mente aquel sueño sin sentido con lujo de detalles. Puede que ahora mismo lo único que salga sea escribir sobre eso…, la palabra está en constante construcción, gracias a eso siempre tendremos más historias que contar, porque puede que no todas las que se proyectan en nuestras mentes vean la luz, pero cuando sí lo hacen, se convierten en palabra, palabra inagotable, infinita.
D.A
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—Haces ver que todo es fácil cuando en realidad te ha costado un mundo conseguir cada pequeña victoria y aun así tienes cara de que no es suficiente para ti.
—Torné los ojos de una forma molesta incluso para mí. La auto condescendencia se había vuelto parte involuntaria de mi vida así que no sabía que responder.
—Querido… Tienes que dejar de hacer eso.
—¿Qué?
—Sentirte insuficiente cada vez que algo no te cuadre, tienes que agarrar fuerza y confiar más en lo que eres capaz de hacer.
—Ya hace mucho que me cansé de esperar a que ese ser colmado de luminosidad aparezca.
—Pero …, no va a aparecer porque aquel ser quedó reducido a cenizas. —dije en un suspiro.
Una lágrima corrió por el rostro del joven. Sostenía una conversación consigo mismo al borde del oscuro abismo de la madrugada.
De pie en la cornisa sus ideas se mezclaban y un único pensamiento resonó en aquel huracán
«Si en cenizas quedó, entonces que se encienda en fuego cual Fénix resucitado». Pensó sintiendo la brisa gélida en su piel.
José Manuel Baptista Arrieta (1995). Cabudare – Estado Lara. Estudiante de Geografía e Historia en la Universidad Pedagógica Experimental Libertador – Instituto Pedagógico de Barquisimeto “Luis Beltrán Prieto Figueroa”. Reside actualmente en San Diego – Estado Carabobo. “Lo que puedo decir, es que soy constante en cuanto a la lectura y escritura. Mantengo con ellas una relación muy abierta porque no me cierro ante nuevas lecturas ni nuevas ideas de escribir, además me sirve de refugio.
Ambigüedad
José Manuel Baptista Arrieta
No había pasado ni un cuarto de hora desde que Ana atravesó la avenida principal. De pasos lentos pero con una soltura irremediable. La mañana era fría y húmeda, en la calle anegada se amontonaba la basura que la lluvia de la madrugada había arrastrado. Los peatones caminaban presurosos para comenzar su faena y en las estrechas aceras los paraguas chocaban entre sí.
Ana había tenido mala noche, un sueño extraño la mantuvo en vela las últimas horas de la madrugada; recordó haber visto aquel rostro de su sueño en un par de ocasiones, al cruzar la angosta vereda que la llevaba a casa; era un rostro raído, sumido en tristeza, de apariencia noble y entrada en años, piel tostada y anchas cejas. Le producía temor y a la vez complacencia. En su sueño, el sujeto le sonreía como si esperara de ella alguna respuesta lasciva o importante.
Por momentos, recordaba el sueño como parte de un episodio de su adolescencia; le vino a la mente el bachillerato, su amiga Isabel y las tardes en que dejaba pasar las horas en los brazos de Andrés. En otro momento, la realidad, la mañana lluviosa, gente apresurada, basura amontonada en la calzada, ruidosos carros transitando las avenidas y su reloj de pulsera que le arrancaba el tiempo de pensar, porque llegaría tarde, de nuevo.
Se detuvo en la parada del autobús, a su alrededor había un grupo de tres hablando entre sí frente al quiosco de un viejo italiano, una señora cubría de la lluvia a un niño. El autobús se detuvo unos metros más delante de la señalización, Ana con una ligera mueca le mostró su descontento al chofer, este ni se inmutó. Al terminar de subir el estribo y avanzar dos pasos dentro del autobús, vio aquel raído rostro de su sueño en la tercera fila de asientos, justo al lado de la ventana.
Recordando el episodio onírico de la noche anterior, decidió sentarse junto al sujeto, algo aterrada de por sí. Este, al percatarse de la compañía de la mujer, la miró un instante y volteó para seguir viendo por la ventana; la lluvia que caía de soslayo entraba y mojaba al sujeto. Ana no sabía cómo dirigirse a él y decirle que su rostro apareció en su sueño. Tras un breve abrir y cerrar de ojos, le habló:
—Buenos días —dijo ella.
—Buen día— respondió él, secamente.
—Me parece conocerlo de algún lado ¿No es así? —preguntó Ana.
—Sí, de tu sueño de anoche —dijo el hombre.
Ana, aterrada, intentó responderle pero su voz había desaparecido presa del temor, solo gesticulaba incomprensiblemente. Éste, al percatarse del miedo que infundió a la chica, le dijo:
—No te preocupes, la muerte no siempre viene a jugar ajedrez con los seres de un día. A veces me gusta ver lo idílico que resulta ser perderse en un recuerdo, en el hilo de una historia, en la memoria del pasado.
Justamente el autobús se detuvo en una parada y el sujeto bajó afanoso, como el resto de los pasajeros que allí se quedaban, la chica lo siguió con la mirada hasta perderse. El sujeto, al bajar, le sonrío desde afuera y gesticuló algo que ella no entendió. Cuando el autobús arrancó y Ana lo perdió totalmente de vista, sintió una ligera satisfacción pero también un ápice de tristeza, se preguntaba si volvería a ver aquel rostro raído, intranquilo, silencioso. Que afirmaba ser la muerte. A la vez se sintió como si soñase de nuevo, pero descartó esa idea al momento que le vino a la mente.
Esa noche, Ana durmió plácidamente. La noche era lluviosa, y el agua en la calle amontonaba más basura.
Había llegado esa misma tarde. Fue un viaje accidentado porque no sabía que sentir. Con cada kilómetro recorrido iba agregando una palabra más al reciente recuerdo que fue esa última conversación con quien durante mucho tiempo fue el dueño de su vida. Esa conversación llena de silencios y palabras medidas, donde abundaba el control de quien se sabe poderoso, pero también la determinación de alguien que ha descubierto su fuerza y a pesar del miedo entiende que ya derrotó a ese enemigo. El rostro sereno, sus ojos del color de la tormenta apagados ajuro. ¿Paz? Asintió de forma casi imperceptible, era preciso detener un poco más ese torbellino dormido que por momentos intentaba inquietarse. Había que seguir urgando por dentro, arañando cada sensación hasta dar con la correcta:
¿Rabia?, ¿miedo?, ¿inseguridad?, ¿soledad?
Con cada sensación recorría un pedazo de su historia. Ella era la mayor en un hogar donde las risas y la alegría estaban condicionadas a espacios y momentos pequeños y efímeros. Eso no la detuvo, siempre encontró maneras de volar.
De vez en cuando en medio de ese apartamento desconocido a medio amoblar, sentada en esa silla recién estrenada esa misma tarde, cambiaba de posición para desentumecer sus músculos, que se encontraban tensos pero al mismo tiempo comenzaban a distenderse. No tenía idea de la hora que era. Afuera el cielo era de un azul intenso, regado de hilos blancos muy brillantes, es posible que hiciera calor, pero ella no lo sentía. Una extraña sensación de tranquilidad poblaba cada pedacito de su cuerpo.
Y así como progresaba el día sin que ella lo advirtiera iban avanzando las sensaciones. Las sombras cambiaban de sitio, se iluminaban espacios ocultos a la vista y otros lugares comenzaban a llenarse de oscuridades. Los pájaros hacían cierto escándalo y volaban a su antojo en ese cielo que comenzaba a apagarse, a simple vista parecía no importarles, ellos bailaban al ritmo del viento, se posaban en el tendido eléctrico, en las rejas del balcón, emprendían vuelo de nuevo, en apariencia sin tener definido un destino.
Ante sus ojos aun indecisos se abrió un espectáculo magistral de luces y colores, primero se apaciguaba la luz azul brillante y el inmenso cielo se vestía de rojos, naranjas, rosas y malvas. Finalmente todo era gris hasta convertirse en una total oscuridad. Se dio permiso de reír por primera vez desde que habitaba ese espacio con las horas cada vez más suyo. Era necesario encender la luz eléctrica. Intentó levantarse, para hacer caso a la voz lógica que le decía “enciende la luz”, pero luego otra voz distinta le indicó que no había nadie que la obligara a hacerlo, podía quedarse a oscuras si le daba la gana, Podía reír en voz alta si le daba la gana, podía gritar y cantar a todo pulmón cualquier canción que fuera de su gusto. Podía salir y entrar a su antojo, sin avisar a nadie, sin que nadie juzgara su decisión.
De dentro de ella comenzó a emanar luz, a pesar de que seguía a oscuras, su corazón comenzaba a iluminarse, sus sensaciones se calibraban, eso era… ¿Felicidad? Posiblemente…, lo cierto es que se estaba sintiendo cada vez más cómoda con todo, con su voz, con su piel, con ese nuevo espacio, pero sobre todo con esa gran decisión de abandonar lo conocido y dejar entrar ese tropel de sensaciones nuevas, así como darle lugar a todas aquellas que había retenido por tanto tiempo. Puede que cuando intentara decirlo mucha gente no entendiera, ¡qué importaba! Suspiró y finalmente dio nombre a su torbellino interno: era reciente, aun se estaba acostumbrando y por eso sonreía llena de placer, de golosa curiosidad, de inquietante expectativa; era emocionante poder decirlo con todo su cuerpo ¡Era libre! Esa nueva sensación finalmente tenia nombre: ¡LIBERTAD!
Decidió entonces iluminar la estancia para disfrutar de ella. Dio vueltas cómodamente por el espacio, encendió la luz de la cocina y le gustaron los gabinetes, “sus gabinetes”, abrió la puerta ventana del balcón y aspiró el aire de esa noche caliente y oscura. Tomó el teléfono y marcó para pedir comida, porque sí, porque podía. Recordó que esa mañana al entrar había guardado algunos víveres en la nevera que se le antojaba brillante y bonita. Sonriendo sirvió en un vaso plástico un poquito de vino, dejó que lentamente calentara su garganta y disfrutó la sensación, era embriagante así que rio en voz alta. Justo en ese momento, porque sí, porque podía.
Para el que se deja llevar por la escritura es prácticamente una necesidad anotar todo lo que acontece y a sus ojos es interesante. Como parte del acto de escribir nos volvemos observantes, imaginamos diálogos, construimos imágenes, es un acto de exploración y de introspección. A veces eso que deseamos plasmar al papel urge y termina en servilletas, en las notas de los teléfonos inteligentes e incluso en mensajes que luego nunca se envían. Escribir es entrar en un vórtice en el que solo se escuchan las voces en la cabeza y las teclas apuradas. Es encariñarse con algunas palabras y dejar ir otras porque resultan pesadas, es reír y llorar mientras las ideas saltan de tu cabeza al computador. Quizá por esta razón, la palabra es infinita.
La tenue iluminación blancuzca alumbraba vagamente el recinto mientras sonaba de fondo algo suave pero movido. En la ventana inhalaba mis penurias injustificadas y las exhalaba en forma de humo, el hielo del vaso de whisky se mecía al son de mi dedo, ¿qué debería de hacer con mi puñetera vida? Me preguntaba cada vez que exhalaba el humo del Chester a medio morir, mi soledad era cada vez más grande y profunda como el hueco de desesperanza en el que me sumergí antes de mi primer borrón, la negrura era espesa en el exterior.
Curiosamente mi alma se sentía en paz. Mi única compañía era mi depresión. Entre tantos pensamientos tu resultaste la idea más atractiva, me había enamorado de ti perdidamente pero…, ¿por qué? Ya sabía que tú ni notabas mi existencia, era como un diminuto cero a la izquierda.
Una risilla se asomó en mis labios, amarte me hizo creer que era algo que nunca fui. Jamás conseguí que mi alma endemoniada cruzara el umbral hacia la divina ignorancia que tienen todos.
De los llanos venezolanos. Jaime es Licenciado en Geoquímica de la Universidad Central de Venezuela y Dr. en geoquímica orgánica de Curtin University, Australia.
Aunque científico de profesión, Jaime también ha sido cercano a las artes, integrando diferentes agrupaciones de folklore venezolano y géneros latinoamericanos en Venezuela y Canadá. Por su interés en la música, se ha formado en técnica vocal e interpretación.
Jaime es autor publicado en inglés en diversas revistas de contenido científico. Sin embargo, ha coqueteado con la escritura creativa en Castellano desde siempre, como un hobby personal. Este año ha publicado su primer libro titulado “Noches de uvas que han fermentado” donde cuenta su experiencia de descubrimiento del mundo y de sí mismo.
“Mi romance con las letras probablemente tiene que ver con mi padre; él tiene un verbo maravilloso para la poesía. Escribir ha sido espontáneo, ha nacido de mi necesidad de ser feliz. Es mi mejor espacio para exponerme vulnerable y honestamente en palabras”.
Recientemente Jaime ha iniciado un posgrado en Narrativa por la Universidad Católica Andrés Bello, así que esperamos nuevos proyectos suyos. Para esta entrega parte de su producción inédita:
He de recuperar mi amistad con la noche
Jaime Cesar
Llegará el día en el que ya no le tema a los ojos cerrados ni a las mentes soñantes, en el que las neuronas dejen de intentar resolver los problemas que mi cuerpo desparramado no pudo satisfacer cuando estuvo despierto. Llegará el día en el que la luz del sol no me coja exhausto.
La última vez que mi encéfalo hizo el amor con una almohada estuvo mi madre al lado, y mis hermanas también. Respiraba aires más cercanos al Ecuador pero no me sentía lejos de casa, mi hogar estaba conmigo. Entonces entendí que no hay nada que reemplace la calma de mis terminaciones nerviosas cuando se sienten protegidas por el amor de a quienes llamo familia. Cuando consiga esa misma calma con alguien que no comparta mi sangre, entonces estaré enamorado, entonces volveré a soñar con historias de amor toda la noche sin agotamiento alguno; entonces ya no tendré líneas rojas alrededor de mis ojos ni nuevos surcos en la frente.
Que el amor no se demore, que llegue rápido, que me alcance un sábado por la tarde cuando estoy descansado. Que el amor llegue antes del invierno, antes de otra pandemia, que no desperdicie mi máxima virilidad.
A veces deseo despertar enamorado
Jaime Cesar
¿Saben qué me hace falta? Una tormenta, centenas de litros de lluvia golpeando el zinc como una orquesta en melodía sincopada. Se detenía el mundo, todo lo demás silenciaba, se soltaba el control: “hay que esperar que deje de llover”.
He soñado con que pasemos una tormenta juntos y que por la mañana tomemos café con leche mientras me abrazas por la espalda; que nos rodee un bosque tropical mientras comemos arepa de trigo con queso de mano.
He soñado con que nos bañemos en la lluvia y juguemos con barquitos de papel en los riachuelos, que nos empapemos tanto y que enlodemos nuestro torso descubierto desparramados en el suelo como infantes disfrutando su libertad.
Me hacen falta truenos y relámpagos, una descarga eléctrica que me despierte enamorado, que cambie mi suerte y que me deje una memoria nueva y vacía para llenarla con besos. Me hace falta el agua evaporada robando el olor del pasto y del pavimento. Conozco ese lugar en medio del bosque, pero no te conozco a ti. He probado el café y las arepas pero sin tu compañía. Mis barquitos de papel aguardan a un capitán como tú, y mi torso descubierto, ése también espera por ti y por la cercanía de tu respiración. ¿Sabes qué me hace falta? Una tormenta.
Va siempre maquillada y con medias panty. Luego del almuerzo toma un baño y se sienta en su tocador. Maquilla su rostro con especial esmero, cepilla su cabello y se coloca aretes a presión en sus orejas. Pulseras en sus muñecas y una sortija. Toma un vestido de poliéster o un conjunto de pantalón con bota ancha y se calza unas cuñas.
Mientras se acicala me permite jugar con sus cosméticos. Observo cómo dibuja sus ojos y echa rubor a las mejillas. También me gusta cómo huelen los coloretes y cómo suena la cajita de polvo cuando la cierra, todos tienen letras doradas, aunque algunas ya no están. Los productos chocan entre sí dentro de la bolsita de maquillaje y ese sonido también me gusta. Lo último que hace mi tía es pintar su boca de rojo mate, lo hace con especial cuidado. Algunas veces, cuando está de buen humor, pasa la barra de pintura por mis labios y me indica cómo moverlos para que queden bien rojos.
Al terminar de arreglarse camina con parsimonia por la casa hasta llegar adonde realmente quiere: el quicio de la verja que franquea la entrada al jardín. Yo la acompaño. A veces vamos tomadas de la mano. Cuando llega, lo que pasa a su alrededor deja de existir. Coloca sus manos entrelazadas sobre la media pared y deja vagar su vista por la calle. En ocasiones asoma la cabeza para mirar quién viene por la acera, saluda con cortesía y sigue ahí, de pie. Otras veces su mirada se pierde en algún recuerdo. He probado quedarme con ella, pero me aburro, por eso prefiero irme a ver la tele que mi abuelo enciende en la sala o jugar con mis primos.
Mis primos y yo jugamos casi siempre en el jardín, muy cerca de donde se para mi tía. Si la pelota le pega en las piernas, ella la espanta como si fuera un bicho y no dice nada. Si mis primos trepan a la verja y la molestan para que quite sus manos, ella lo hace, y una vez que han pasado por el muro, vuelve a su posición, como si nada hubiese interrumpido su gesto contemplativo.
Hay días en que pienso que mi tía está muy sola. Por eso dejo de jugar y me acerco a ella, trato de conversar, busco dos sillas para que se siente conmigo mientras vemos pasar las horas frente a la verja. Ella no se sienta y tampoco me presta atención. La llamo, le halo el vestido, engarzo mis manos a su cinturón. Nada da resultado, el asunto no pasa de una media sonrisa vacía, algunas palabras reprobatorias por haber movido las sillas. De nuevo me aburro y la dejo ahí como siempre, sola.
Mi abuela nos llama a cenar. Entramos a la carrera y nos peleamos por los panes rellenos con mantequilla y queso, servidos en montón junto a varios vasos de leche en la enorme mesa rectangular. Por un momento no se oyen voces, tenemos la boca llena. Desde la cocina puede verse para la calle, ahí está mi tía en su guardia eterna.
Está oscuro cuando por fin decide entrar. Camina hasta su cuarto, que es el del fondo. Lleva la cabeza gacha, parece triste. Antes de perderse tras la cortina toma una hogaza de pan y lo come en bocados muy pequeños.
No siempre mi tía va a la verja. Hay días en que no se quita la bata ni se maquilla; su cabello está enredado, llora y lanza cosas. Cuando está así me da miedo.
Hoy llegué y ya está en su lugar de siempre. Viste pantalones de poliéster azul claro, un suéter de cuello alto y sandalias de cuero. Apenas contesta nuestro saludo. Papá trata de apartarla del muro al decirle que le ha traído algo que puede interesarle, ella solo mueve los labios para decir hola y de nuevo mira hacia la calle.
Le pregunté a mi otra tía porqué mi tía Otilia es así. Me pide que la acompañe al cuarto de lavado, hay que atravesar el patio para llegar a él, aprovecho y correteo a las gallinas porque me gusta cómo hacen cuando están asustadas. Mientras tiende las sábanas me pregunta si quiero escuchar una historia, por supuesto que le digo que sí. Ella toma aliento y otra sábana…
—Fue hace tiempo. Tú no habías nacido cuando esto ocurrió.
Ella estaba casadera y un hombre la pretendía. Al parecer era muy correcto y siempre estaba bien vestido. Venía por las tardes a hacerle la visita y le obsequiaba alguna cosa. Entraban en la sala y conversaban o simplemente se quedaban en la puerta y reían a gusto. Ella aceptó unas pocas veces asistir a fiestas con él. Nosotros pensamos que pronto iban a comprometerse, era lo justo, pues las visitas ya casi sobrepasaban el año.
Tomó aliento y continuó:
Un día llegó este tipo y le dijo que no podría venir a verla durante un tiempo, porque algo importante en otro estado reclamaba su atención. Se fue con la promesa de que pronto regresaría para casarse con ella. Otilia lo despidió apoyada en el muro, él besó su mano y le sonrió, ella hizo lo mismo. Desde entonces espera.
Mi tía dejó de hablar. Me quedé con ganas de saber más, guardé silencio hasta que al fin pude preguntar:
—¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Qué le pasó a ese señor?
—A él nada. Está casado y tiene un montón de hijos. De hecho supimos que ese “algo importante” que tenía que hacer era casarse, porque había dejado embarazada a la que desde entonces es su mujer.
—¿Y ella?
—Aún lo espera.
—Pero ¿por qué?
—Porque es lo que eligió hacer.
Tomó la cesta de la ropa y la subió a un estante. Espantó al gallo de la batea y salió. Tuve que correr para alcanzarla.
Hace un tiempo que ya no jugamos en el jardín. Nos interesa más conversar o mirar las comiquitas en la nueva TV a color que mi papá le trajo a mis abuelos. De vez en cuando vuelvo mi cabeza para ver lo que hace mi tía Otilia. Parece una estatua, la brisa mueve su vestido rosado de corte en A, ella sigue esperando…
Hace días que me siento más adulta. No me provoca conversar con mis primos. Me parecen tontos, con esos brazos largos y esos cuentos exagerados. Me gustaría tener el maquillaje de mi tía, pero ya pasó el ritual del cuarto. Está junto a la verja, como siempre. Entorno los ojos un momento mientras la observo desde la puerta de la casa.
¿Cómo puede estarse quieta tanto tiempo?
Estoy de pie a su lado. Ya la he alcanzado en altura, así que nuestras caras quedan al mismo nivel. Entrelazo las manos y las coloco sobre el muro, juego a ser ella. Mi tía no se mueve ni un poco. Sus ojos parpadean y ven la calle. Mis piernas comienzan a hormiguear, sin embargo, no quiero moverme. La brisa es fresca y los árboles parecen susurrar. Mi corazón da un vuelco, mi tía me observa y sonríe, siento que estoy cercana a ella por primera vez.
Ahora cuando me acerco al muro ella me hace lugar y se queda absorta mirando la nada. Yo hago lo mismo y pienso mientras escucho a los árboles. Creo que la entiendo, los árboles mantienen una discreta conversación con nosotras, no hay necesidad de contestar, solo escuchar. A veces la brisa rocía gotas del sauce llorón de la casa vecina, otras, vemos caer almendrones en la acera, a ninguna de las dos nos molesta.
Con el tiempo las manos de mi tía han comenzado a temblar, no me explico cómo puede tomar los cubiertos y llevarse la comida a la boca con tal rebelión en sus extremidades. Parece concentrada en lo que hace. Se alimenta, se maquilla, se viste. Sus manos tiemblan. Cuando se pega al muro, las entrelaza con fuerza, al hacerlo frunce la boca. Nada parece perturbarla.
***
Me gustaba acompañar a mi tía en la verja. Lo recuerdo mientras entrelazo las manos y atisbo la calle. La casa está vacía. Papá la muestra al nuevo inquilino. Los viejos han muerto y Otilia está internada en una residencia: un lugar muy fresco, rodeado de árboles de mango, acacias, peritas y pesguas. He ido a visitarla, no habla mucho pero come las frutas, las comparte conmigo. Me alegra saber que ahí ha encontrado un amigo, bebe café con él por las mañanas y fuma cigarrillos. Y aunque en ese lugar no hay muros pequeños, eso no le impide mirar a lo lejos y escuchar a los árboles. Yo también los escucho cuando estoy con ella. Susurran canciones, palabras bonitas.
“Al principio cuando era joven, creía que uno tenía que inventar todo, que todo tenía que proceder de la imaginación. Me costó mucho comprender que era al contrario, que en la realidad es donde están las posibilidades para escribir”
Augusto Monterroso
Bienvenidos de nuevo. Demos una vuelta por esa realidad ajena, entremos a ella a través de la palabra infinita.
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En estos días caminando por la calle me encontré un títere en el suelo, estaba un poco maltrecho y sucio pero al recogerlo sentí un amor pasado. Al limpiarlo un poco me di cuenta que era un soldadito. Mi hermano pequeño, se acercó curioso a ver el objeto que tenía mi atención, me dijo:
—Hermano, parece que estuviera sonriendo a pesar de estar tan sucio —yo rodeándolo con mi brazo le dije:
—sí, Ángel, lo parece —a eso me preguntó—
—¿Me lo puedo quedar? —y al ver el sincero interés en sus ojos le respondí que sí. Al llevarlo a casa y lavarlo un poco busqué una aguja e hilo y le cogí punto a las partes rotas y deshilachadas para repararlo. Mientras lo hacía, esa extraña sensación de cariño que emanaba de él se realzó como un brillo, como si diera las gracias por su nueva casa.
Ya listo el soldadito, se lo di a su nuevo dueño, mi hermano pequeño: Ángel, quien lo bautizó con el nombre de General Javier. Y así, General Javier fue partícipe de mil y un escenas de juegos y diversión.
Recuerdo un día en el que mi hermanito y yo creamos un campo de guerra inter espacial en el cual General Javier fue el libertador del planeta Burger, ahora que ya estoy en edad adulta acordarme de eso me da gracia, decíamos cosas más o menos así:
G. Javier: Comandante papa, ¿qué sucede en las colinas azules?
C. papa: ¡General, nos están atacando, repito es un ataque sorpresa de los rigksmores necesitamos apoyo inmediato! ¿Aahahhhh….!
G Javier: ¿COMANDANTE! ¡RESPONDA COMANDANTE PAPA!
G Javier: ¿Cuántos efectivos tenemos cerca de las colinas azules?
CABO: Alrededor de 15mil General
G. Javier: Envíe a esos 15 mil soldados a colinas azules ¡Ya!…
Y como esa muchas historias y juegos hicimos con el General Javier. Él siempre ganaba. Era un héroe entre héroes. Mi hermano y yo jugamos durante largo tiempo con este títere. Luego lo olvidamos por ahí.
Hoy en día lo tiene mi hijo, lo consiguió en el closet, en la casa de mis padres. En ese cuarto que durante mi niñez compartí con mi hermano.
Al ver a mi hijo jugando con él me pregunto por qué habrán tirado a un títere tan bueno y cuántas historias habrán visto sus ojos de plástico.
Néstor Mendoza (Maracay, Venezuela, 1985). Licenciado en Educación, en la especialidad de Lengua y Literatura (Universidad de Carabobo). Cursó estudios de posgrado en Literatura Latinoamericana en la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (UPEL-Maracay). Ha publicado, hasta ahora, cuatro poemarios: Andamios (Equinoccio, Caracas, 2012), merecedor del IV Premio Nacional Universitario de Literatura 2011; Pasajero (Dcir Ediciones, Caracas, 2015); Ojiva (El Taller Blanco Ediciones, Bogotá, 2019), libro que cuenta con una edición alemana: Sprengkopf (Hochroth Heidelberg, 2019), con traducción de Michael Ebmeyer; y Dípticos (Editorial Seshat, Bogotá, 2020). Finalista del I Concurso Nacional de Poesía Joven «Rafael Cadenas» 2016. Forma parte del consejo de redacción de la revista Poesía (Valencia, Venezuela) y del equipo de colaboradores de la revista bilingüe Latin American Literature Today (LALT), editada por la Universidad de Oklahoma. En Altazor. Revista Electrónica de Literatura (Fundación Vicente Huidobro, Chile), lleva adelante el proyecto «Fronterizos», sobre poetas colombianos actuales. Sus poemas han sido traducidos al inglés, francés, alemán e italiano. Es coeditor de El Taller Blanco Ediciones. Reside en Valle del Cauca, Colombia.
Aquí no hay cosa
que sienta o vea y que no me traiga
la fiel imagen, y que su recuerdo
dulcemente no surja por sí mismo
Giacomo Leopardi
En la desesperanza y en la melancolía
de tu recuerdo, Soria, mi corazón se abreva.
Antonio Machado
Intimidad Exterior
Inicialmente, una imagen vaga, inquieta, de mi primera infancia: un niño que camina y lleva en su mano una bacinilla rosada. Tiene dos o tres años, o un poco menos, no lo sé. Esta imagen se suma a otra un poco más nítida: un niño de cuatro años que juega con su hermana melliza, debajo de un camastro de hierro, al fondo del patio. Ese niño que se recrea con un conejo de goma, sucio de tanto roce, que suena al apretar su abdomen. Es el primer objeto que bautizo con un sustantivo propio. Es el primer juguete que recuerdo y todo junto configura mi primera evocación.
Otra imagen en tiempo presente: el acueducto colonial ha perdido su función primaria y ahora es un muro. Las arcadas, simétricas y proporcionadas, están selladas con tosco cemento. Es extraño el contraste de ladrillos viejos, descascarados, y el gris incompatible. La pared está ubicada en la parte trasera del colegio; y más atrás, dentro de un conjunto residencial, está el viejo torreón. Estas son las pocas estructuras que se conservan de la vieja herencia colonial, junto con aquel lejano fortín edificado, como todos los fortines, en el pico de un cerro, de cara al mar. Pero aquí, en Mariara, no hay mares: hay un lago limítrofe. El mar está al otro extremo, oculto por una sucesión de montañas. Montañas como hinchazones verdes de la tierra. Bloque tras bloque, edifico el pasado (otro pasado). El paisaje emocional, a veces, desmiente al paisaje natural: el lago tiene peces que no se pueden comer y las garzas buscan alimento en las aguas verdes. No enaltezco lo que veo: solo rememoro. La infancia no tiene repercusiones épicas, aunque la aparente ceremonia descriptiva indique lo contrario.
A los 7 u 8 años, se repiten escenas recortadas del colegio: la placita con el prócer de busto irregular; la patada en el pecho, propinada por el hijo de la señora de la limpieza; la portera, mujer morena y robusta, que vigila malhumorada en la puerta el ingreso y el desorden de los niños. De la misma manera, aparece el miedo a la maestra de segundo grado, su mano en mis patillas, que halan y halan, todavía en mi memoria necia, sin motivo aparente. Al primer amigo, quien me presta sus juguetes, me enseña un murciélago muerto y me dice que es Batman (y mi asombro ante ese diminuto cuerpo sin respiración y la certeza de creerle). Y lo mejor de todo: la niña de atributos finos, mi primer hallazgo de belleza y el primer rechazo: “¿Por qué me persigues, por qué me miras tanto?”. Entonces dejo de mirarla, de perseguirla. Todo esto se va hilando, retazo a retazo, hasta formar un collage íntimo, una “intimidad exterior”. ¿Qué hay detrás de esta arbitraria y escueta enumeración de memoria? Un deseo de no olvidar, de rescatar pasajes y paisajes de la infancia. Recordar es solo una versión de lo que ha dejado de ser —y de estar—. Es mi versión de la historia.
Recordar es, de alguna forma, una poética. Con la escritura puedo ser ese niño, puedo estar en la casa de mi niñez. Entonces aparece la casa de altas paredes sin friso, de ladrillos careados. Camino en el patio, alrededor de la corpulencia del semeruco; le doy golpes a las ramas tupidas y aparecen miles de mosquitos, blanquísimos, que huyen y vuelven a regresar a la misma hoja. Las matas de café, en hileras; las guanábanas cayendo y reventándose en la tierra y el posterior saqueo de las moscas. Vuelvo a esos años: con trazo espontáneo e inexperto dibujo a mis tíos, Alberto, Paula e Inés; a mis hermanos, Rubén, Griselda y Norelis; a mi papá montado en el lomo de la trinitaria, a mi mamá en la máquina de coser… Al recordar ritualizo lo breve, lo insignificante en apariencia: intento darle un nuevo latido, un electroshock que reanime la línea temblorosa en el monitor de signos vitales.
Miro dentro de un cajón de bisagras oxidadas; abro una puerta, diminuta, “De pronto, recuerdo, / con las uñas voy abriendo/el tokonoma en la pared”. Es decir, posibilidades de escritura, universos (poemas) hechos con girones de recuerdos. Lo ha dicho Jorge Manrique en el poema más citado de la literatura española: “cualquiera tiempo passado fue mejor”. Y lo “mejor”, así lo entiendo yo, no es un estado elevado de riqueza. No es mejor en sentido jerárquico. Es mejor porque ha logrado afianzarse, ascender al rango de recuerdo. Confío en su vaguedad fragmentaria y opacidad. El recuerdo no es ni pretende ser verídico: es una versión engañosa del pasado.
El recuerdo no es una poética per se. No existen recuerdos “poéticos”. Es un material que debe ser trabajado, reescrito —trocado— con la presencia de otras presencias. Abro otra vez la puerta: entra la música (el ritmo intuitivo y premeditado) y el sentido. Es mejor imitar que no parecer nada, que no tener antecedentes. No tengo miedo en parecer otro. No hay —no tengo— un estado privilegiado de escritura, separado de la agitación externa. Mi torre de marfil es una construcción movediza, angustiosa, de cimientos contradictorios, que, a veces, logra detenerse. A diferencia de la torre dariana, esta torre que habito es una obra inconclusa, en un constante rehacerse y afianzarse. Si logro estabilizarme, al menos temporalmente, en ese momento aparece la serenidad justa para que el poema —el primer verso— aparezca.
Además de las inquietudes del lenguaje y los estilos, la escritura poética es matizada por la debilidad del cuerpo y las afectaciones emocionales. Me cuesta separar los Cantos y la columna arqueada de Leopardi, que duele y nadie (nada) mitiga ese dolor: “Ya no puedo quejarme, mis queridos amigos, y la conciencia que tengo de la grandeza de mi infelicidad no comporta el hacer uso de las lamentaciones”. Es la correspondencia, más o menos equilibrada, de los males y contentos de la carne y la creación artística.
Estoy atento a la normativa lingüística que me indica una línea blanca en el pavimento: cierta pulcritud expresiva me motiva. Sigo esa línea con relativa seguridad; sin embargo, no olvido los desvíos, los matorrales que hallo en cada costado de la vía, “la nativa rustiquez”. Todo lo que tengo frente a mí son caminos transitables, aguas, cielo y suelo. El riesgo está en el equilibrio, que no es más que un quebradizo hilo de seguridad. La cinta amarilla que dice “¡peligro!” se convierte en un cartel que invita a pasar, a transgredir.
Valoro los poemas silenciosos, escritos desde la humidad, que no necesitan reafirmarse a cada rato, que no necesitan etiquetas. A veces imagino un plato humilde de peltre abandonado en un palacio de justicia: ¿Quién come en ese plato? ¿Qué vínculos existen entre estas dos realidades que se acercan? No hay vara capaz de medir el silencio creador. Es complicado ponderar lo rotundo, el hachazo en el cuello. Esta potencia, este golpe preciso, es la espada del guerrero homérico que decapita a su adversario, el que da el certero golpe en la garganta, el sitio por donde más pronto escapa el alma.
La imagen del espejo no me disgusta. Me incomodan un poco esas protuberancias que se me ven por encima de la blusa, aparte de eso todo está bien, excepto por mi nariz. Es un poco grande, si fuera más pequeña mi rostro sería bonito.
El dolor hizo que despertara de golpe. Un río rojo bañó mi cama. Traté de ocultarlo pero ¡Oh! Qué vergüenza mamá corrió por toda la casa diciendo que yo había pasado de niña a mujer. Sentí ganas de volverme tan pequeña como una hormiga.
Mi cuerpo se ha transformado en forma perceptible.
En secreto me miro al espejo, me gusta lo que veo, me gusta tanto, que deja de ser un secreto, y lo declaro abiertamente, amo mirarme al espejo. Adopté la costumbre de cargar uno en mi bolso y en cualquier lugar donde pueda verse mi reflejo reviso mi apariencia, no solo eso, me tiro besitos y hago muecas para resaltar lo divina que estoy. A veces es una actividad compartida con mis amigas, que siempre coinciden en que soy la más bonita del grupo, modestia aparte.
A todas nos atrae espiar a los varones, a mí me gusta ver como se reflejan sus músculos en el espejo, por eso también lo uso como si fuera el retrovisor de un carro, es una excelente herramienta para mirar lo que no puede ser visto directamente. Mis amigas se ríen de mi ocurrencia pero me imitan. He sabido por algunas de ellas que los muchachos admiran mis pechos, los comparan con frutas tropicales y mi novio dice que mi trasero es el mundo.
*
Soy un atado de nervios ambulante, por eso he evitado mirarme durante casi todo el día. No quiero asustarme con la cara de loca que debo tener. Finalmente no he podido huir más. Me cuesta reconocerme. Tras varios kilos de maquillaje y un traje blanco con corte princesa, se ocultan los nervios de esta gran decisión. Ya no tengo once años, ni quince, ni diecisiete. Soy toda una mujer de veintidós decidida a formar una familia. Casi no reconozco a la del espejo. Tuerzo el gesto en una sonrisa y me veo, sí, ahí estoy.
*
Es imposible dejar de admirar lo inmensa que estoy. Amo mirar mi barriga, sobarla, me gusta como se ve la ropa apretada sobre ella, el espejo casi siempre devuelve mi sonrisa plena, llena de esperanza, de ilusión. Me encanta mirar a través del espejo cuando casualmente mi vientre hinchado se retuerce y demuestra que le queda poco espacio a la criatura que vive dentro. El orgulloso padre me acaricia con ternura, a los dos nos hace mucha ilusión.
*
Hace doce años que estoy casada, mi marido evita mirarme, yo evito mirarlo a él, ninguno de los dos dice nada. Con el tiempo mi cuerpo y mi cara han sufrido transformaciones. Me refugio en la ropa y en los tacones, sé llevar muy bien cada prenda. Me miro poco al espejo que tengo en el bolso y de vez en cuando me apruebo en algún cristal de la calle.
*
Camino presurosa por la acera. En mis pisadas está el sabor de lo prohibido. No hay espejos a donde voy. Solo su mirada me refleja. Él no sabe cuánto amo su piel lozana y sus rizos de ángel. Nunca he sentido culpa. Tengo cada vez menos ganas de que su piel se separe de la mía. El encuentro termina cuando llega la hora de ir por los niños, entonces le robo un beso y lo dejo rendido de gozo en la cama de ese hotel cualquiera.
*
Sin querer he dejado escapar un suspiro. No entiendo porque mis ojos se anegan de líquido. Resulta espeso y pegajoso. Está algo oscuro. Hace unos dos años que mi marido murió y de aquél ángel lozano que me regalaba su cuerpo solo quedan remembranzas. Me consuelo fumando cajas y cajas de cigarrillos que guardo sigilosamente bajo la almohada para que mis hijos no se den cuenta. Poco a poco mi cerebro ha fabricado la respuesta al llanto, mi hijo mayor me ha dicho que tengo que salir de casa, que no puedo seguir sola aquí. Quieren que vaya a vivir con mi hija.
Me levanto de la cama con pesadez, no quiero hacer eso que me dicen. Al caminar tropiezo con mi espejo de siempre, el mismo donde solía mirarme mientras acariciaba mi barriga hinchada por dos veces. Me quedo de pie allí, con mi cuerpo flácido y demasiado delgado. Lo que veo me sorprende, una desconocida hace las mismas muecas que yo. Toco la imagen que me devuelve, palpo mis arrugas y vuelvo a llorar.
Alguien tira de mi vestido de corte demasiado juvenil para mi edad, la niña sonríe y es como verme a sus años. Su moreno rostro enmarcado en el castaño cabello que llega hasta su cintura me mira interrogante, no entiendo la pregunta que me hace porque he vuelto a concentrarme en la mujer que se refleja delante de mí. Decididamente no soy yo, me desconozco. Yo soy la morena bonita, la admirada por las amigas, la de grandes atributos, trasero redondo y senos que evocaban frutas tropicales, la que solía usar tacones hasta para dormir, la que alivió la tensión del matrimonio en camas de hoteles baratos con ese ángel transparente al que llegué tarde. Soy la madre estricta y amorosa, la esposa paciente y la dueña de casa organizada.
No… eso…
Me miro por última vez, nunca más lo haré. Prefiero mirar a mi nieta, que es mi vivo reflejo. Paso mi mano por su hombro y la miro sonreír. Trato de ajustar mi paso al suyo, o ella al mío.
Desde siempre, hemos sido seres migrantes. Seres que se mueven en busca de lo que no hallamos en nuestro sitio de origen.
Hemos migrado en nuestra ciudad, hemos migrado de estado (provincia), hemos migrado de país y hasta de continente. También hemos migrado sin salir de casa, hemos migrado de nosotros mismos, o lo que creíamos que éramos “nosotros mismos”.
Muchos han migrado por necesidad económica, otros conocen la guerra y no han tenido otra opción. Algunos han migrado por razones políticas. Otros, simplemente, por necesidad espiritual, por querer descubrir nuevos horizontes internos.
Las diásporas han llevado nigerianos a España, cubanos a Norteamérica, palestinos a Turquía, indios a Australia, venezolanos a Chile e innumerables nacionalidades a innumerables latitudes. Todos movidos por la necesidad de una vida mejor.
Y la cuestión es que sea cual sea la situación individual y la necesidad que motiva la diáspora, personal o colectiva, migrar abarca muchas palabras: distancia, lejanía, desarraigo, desapego, búsqueda, encuentro, desencuentro, aprendizaje, nostalgia, tristeza, alegría, felicidad, logro, fracaso, comienzo, tránsito, final… Palabras que guardan lágrimas, abrazos, deseos, expectativas, añoranzas, sueños, ilusiones.
Palabras que escritores, músicos, poetas y artistas en general, han utilizado para mostrar todo lo que encierra el hecho de comenzar de nuevo. Palabras, como las que queremos regalarles: infinitas.
Extrañamente serena camino por la calle mientras veo alejarse los últimos 18 años de mi vida. Ese autobús lleva una carga preciosa, adorada durante años. Lleva sonrisas, amor, dos maletas y una cabeza llena de proyectos que de hoy en adelante se desarrollarán lejos de mí. Lleva una almohada y una funda en la que escondí una carta y un paquete de galletas que compré con lo último que me quedaba en la cuenta bancaria. Ese autobús no sabe lo que se lleva…
Ya en casa tanto vacío agobia. Su cuarto permanece igual como lo dejó, intentar entrar es una misión suicida, es como entrar en un agujero negro del que estoy segura no podré salir, así que prefiero cerrar la puerta e ignorarlo.
¿Por qué?
¿Por qué no está aquí mi muchacho?
Porque tenía sueños, deseos, inquietudes y aquí se estaba apagando como una llamita triste… porque quería andar en la calle, quería hacer tantas cosas y aquí tenía que esconderse de la policía. Últimamente en este país es un delito ser joven y llevar mochila.
Hoy, allá lejos a 5.817 kilómetros de distancia, trabaja 16 horas al día, pero cuando me llama lo escucho feliz. Entre risas me cuenta sobre las diferencias en las formas de hablar y como mueren algunas bromas en su boca porque no las entienden sus nuevos amigos.
Hoy me dice que me extraña pero que no quiere volver, que quiere que yo vaya un día y me quede a vivir con él. Me dice que el mar es frío y la arena es gruesa, no es blanca o suave como la de Morrocoy. Lo que no sabe es que yo también extraño la playa porque desde que fui con él no he vuelto a pisarla nunca más.
Lo que él no sabe es que yo también extraño el país que dejó aunque sigo aquí, trabajo aquí y «vivo» aquí. Extraño el país que él dejó, el país de cuando era pequeño y viajábamos felices a la playa, el país donde celebrábamos las piñatas y los cumpleaños corriendo por la casa de la abuela y los fines de semana eran para jugar Scrabble con esos viejos sin saber que luego los besos y los abrazos se los daríamos a la pantalla.
Hoy me llama y me hace reír, nos hacemos reír como siempre y soy feliz cuando lo veo tan contento. Por las noches sueño que duerme en su cuarto, aún está en el colegio. Se levanta a colar café mientras yo me distraigo en el cuarto y desayunamos juntos medio apurados por la hora que es, pero el sueño se acaba, no quiero abrir los ojos pero sé que era solo eso, un sueño.
Cuando amanece en el país donde vive ya es hora de almorzar así que le envío la bendición y le deseo buen provecho. Me levanto a colar café y nado en la soledad que se vuelve sólida en mi garganta, aunque cuando lo vea me sienta feliz de que esté contento y nos hagamos reír como siempre.
La luna puede contarte miles de historias, es mucho lo que ha visto. Pero antes de que ella te las diga, te diré yo la mía.
Es curioso como las cosas que veíamos tan normales adquieren otro tono cuando ya no es el sitio que conoces, al que llamabas hogar.
La luna está de testigo. Fue mi fiel amiga en mi errante viaje hasta ti. Ella me acompañó.
El chirrear de las ruedas de mi maleta, el sándwich que me preparé antes de salir, la última ojeada a la vida que conocía, todo lo que marcó el fin de ese momento estuvo bañado de ella. Fue la luna la que me vio llorar en silencio mientras arrancaba las raíces que tenía en el cuerpo, y con su tenue luz acariciaba mi mortuoria alma, me vio reír, llorar y temer a un mundo nuevo para mis cansados ojos.
La historia cambia la hoja pero los protagonistas ni lo sienten. El asfalto se vuelve extraño desde los ojos turistas. Es curioso como cada edificio parece estar hecho de magia y vibrante vida cuando lo ves todo por primera vez, esas emociones inciertas, esa excitación de viajar por primera vez nunca se olvida. Incluso cuando ya llevas años viviendo fuera, pisas un futuro lleno de extrañezas en ese lugar al que jamás creíste viajar.
Es venezolana. Graduada en Educación Mención preescolar. Trabaja en la Universidad de Carabobo como profesora y en este momento se encuentra en Guayaquil, donde fue de visita y tuvo que quedarse más de lo previsto. Su vida siempre ha girado en torno a leer y escribir, pues una vez que se graduó decidió estudiar la maestría en Lectura y Escritura para seguir trabajando con estos dos procesos.
Su anécdota más preciada y que marcó su vida como lectora es cuando su maestra de 2do grado le regaló un libro con historias de “tío conejo y tío tigre”, porque le aburría leer en el libro “mi jardín” (libro de lectura inicial). Eso la impulsó a pedir prestados los libros que había en los estantes del salón y llevarlos el fin de semana a su casa. Siempre estaba escribiendo versos a sus amistades que guardaba en un cuaderno.
Actualmente se encuentra escribiendo un poemario. En esta oportunidad y como agradecimiento a la ciudad que le da cobijo a su hija y su esposo escribió el poema que presentamos a continuación.
Guayaquil
Eneyda García Ruiz
Guayaquil está de fiesta nadie lo puede negar son 485 de su fundación natal, con su historia y con su gente y calor particular.
Después de la cruel pandemia, Guayaquil se levantó y ahora tiende una mano, al resto del Ecuador.
Guayaquil ciudad de gracia, así la bautizo yo, con la bendición de Dios, que siempre nos protegió.
Si vienes a Guayaquil, no dejes de visitar, las peñas, el malecón y su catedral central, sus parques y el río guayas con su inmensa majestad.
Y como agradecimiento, te quiero regalar, mis versos venezolanos, con infinita bondad, agradecida por siempre, a esta gran ciudad.
Ya con esta me despido y les vuelvo a recordar, son 485 de esta ciudad natal, Guayaquil está de fiesta y nadie lo puede negar.
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Kathylineva Castillo
“Soy Kathylineva Castillo, perfectamente imperfecta, No fue hasta mis venti pocos que empezó mi amor hacia la lectura y a mis treinta y algo encontré en la escritura una forma catártica de resolver mis conflictos internos. De allí hasta hoy no he parado de hacerlo”. Kathylineva es venezolana, graduada de la Universidad de Carabobo en Educación Mención preescolar y abandonó su país en busca de mejores oportunidades de empleo. Actualmente vive en Barcelona, España.
Escrito hace un año
Kathylineva Castillo
Cuántos kilómetros de asfalto y agua recorridos, cuántos recuerdos, cuánta vida juntos. Hoy hace un año que salí huyendo de ti, pero no de tu esencia, hui de eso en lo que te han convertido y de eso en lo que yo misma me estaba convirtiendo.
Hay días en que siento que te abandoné y otros estoy convencida de que hice lo correcto, sea como haya sido lo cierto es que te extraño y quiero volver, pero aunque lo haga, no te encontraré, lo que extraño de ti ya no existe.
Dicen que cuando uno emigra vuelve a nacer y aunque mi piel y mis acciones dicen lo contrario hoy solo tengo un año de edad, cada día es un nuevo aprendizaje, he ido asimilando cada nueva experiencia, cada persona que se cruza en mi camino, cada una ha dejado su huella y a cada una le agradezco.
También ha sido un año de ausencias. La ausencia de personas importantes o especiales, la ausencia de logros y la ausencia de una identidad que me daba autonomía y confianza de pertenecer allí y que nada ni nadie me podría quitar.
Hoy tengo un año y extraño lo que era y lo que tenía, todo lo que me hacía feliz. Tuve todo cuanto quise y me planteé tener, lo que no tenía solo era cuestión de tiempo para alcanzarlo. Pero me lo robaron, nos lo robaron.
No sé si vuelva a ti. Pero todos los días pido para que retornes a lo que eras, por ti, por mí, por todos.
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Stefani Vásquez
La escritura llegó a su vida como una alternativa para recrear las infinitas historias que imaginaba desde niña en su necesidad de escapar a un mundo mejor. Sin embargo, antes de aprender esa habilidad gráfica como sistema, resultaron los dibujos hechos con plantillas de animales, en sus primeras historias mientras narraba en su cabeza las vicisitudes de las siluetas de gallinas, jirafas y elefantes. Podía pasar horas viendo aquellos dibujos como si leyera un cuento infantil.
Durante el colegio solía declamar hasta llegar al primer año de bachillerato, donde dejó de hacerlo tras sufrir de bullying por sus compañeros, pero siguió haciendo poesía y desahogando la vida en un diario que su profesor de teatro le había regalado al salir del 6to grado.
Al llegar a los 17 años escribe sus dos primeros cuentos bajo un talante erótico, tras escuchar el encuentro sexual de su mejor amiga con el novio, los cuales serían publicados por la UC, en un compendio de cuentos conformados por los talleristas del taller de narrativa Antonia Palacios, al cual perteneció. Fue desde entonces la corriente narrativa que más insomnio le ha dado, sin olvidar la influencia del Realismo Mágico de Isabel Allende, su escritora favorita.
Profesionaliza su camino de letras al egresar como periodista de medios impresos de la UAM en 2018. Ese mismo año emigra al Perú, donde gana un concurso de minificciones convocado por la Universidad Católica del ese país.
Actualmente reside en Chile, donde utiliza su portal de Instagram (@afroditaescribe) para publicar sus textos, que la ayudan a lidiar con la nostalgia del exilio y hacer más grato el paso del tiempo, pues espera algún día regresar a su país natal. Stefani, ha colaborado con Palabra Infinita en entregas anteriores. De su paso por Lima, Perú este poema que presentamos en esta entrega
Hoy te invitamos muy cordialmente a dar un paseo por el género epistolar. Desde tiempos inmemoriales a través de la carta un enamorado podía insinuar su cariño, o su disgusto al destinatario. Desde los sentimientos, noticias y tratos importantes todos pueden ser abordados a través de una carta.
En la actualidad la epístola no ha perdido su fuerza. Incluso podría decirse que se ha convertido en un interesante género literario. La carta es una conversación a distancia, en segunda persona, que permite otros géneros dentro de sí. A ella va dedicada esta entrega.
Esperamos que nos acompañen en las más profundas confesiones que se pueden hacer a través de una epístola. Sin más que agregar y con la esperanza de que nos acompañen hasta el final, nos despedimos.
Hace mucho que tenía estas locas ideas dándome vueltas en la cabeza y sinceramente ya no supe cómo acallarlas. La verdad desde que te conocí en aquella feria me pareciste tan radiante y fuera de lugar que me descolocaste. Verte me pareció algo sublime. Siempre quise adelantarme, dar un paso más pero mis dudas me reprimían. La idea de perder a alguien tan espectacular apenas recién conocida me pareció ridículamente aterradora. Tenía miedo de cagarla si te decía algo fuera de lugar y me convertí en un cobarde. Un gran cobarde al no demostrar mis intenciones.
Con el tiempo nos fuimos volviendo más y más íntimos y por eso conforme avanzaba nuestra amistad me costaba cada vez más decirte que conseguía sonreír cuando te veía ilusionada con cualquier otro chico y me odiaba a mares cuando te veía llorando despechada por algún bastardo que te había roto el corazón.
¡Dios! Qué difícil era reunir los pedazos de mi roto corazón y mostrarme comprensivo y fiel como amigo, no tienes idea de lo mucho que me ardía el alma cuando me decías que me amabas y yo sabía que sí pero no era esa la clase de amor que yo quería.
Poco a poco me aislé en mi coraza de “El mejor amigo”. Y logré que mi sonrisa dejase de verse forzada y se volviese un acto reflejo desprovista de cualquier sentimiento y emoción. Sentía como me iba hundiendo en un extenso océano de indiferencia para protegerme de la realidad: tú nunca serías mía. La idea de aceptarlo era cruel, pero me mantenía a tu lado, no quería alejarme y solo Dios sabe cuántas veces dejé de escucharte para concentrarme en el movimiento de esos voluptuosos y perfectos labios.
Querida mía temía aceptarlo y dure años negando mi sentir. Decía que te odiaba y que era mejor así, que eras un fastidio y solo te veía como a una mosca molesta. Temía decirme y decirte que disfrazados en esos “fastidiosa”, ”pendeja”, “te detesto” se escondían te amos y te deseo.
Ahora sé que era mejor así, no por negación, sino por realismo. Eras un incendio en otoño y yo un viento pasajero de primavera. Eras una tormenta de belleza y maravillas y yo una llovizna.
Poco a poco esta llovizna fue volviéndose más fuerte. Hoy en el día de mi boda he decidido decirte, que te amaba, amiga mía. Te amé fervientemente como el sol ama a la luna y la tierra a los animales. Te amaba como sólo un imbécil puede llegar a hacerlo, no es justo decirlo ahora, pero sí necesario para sacarlo del pecho.
Marian Mari es venezolana radicada en Manresa España. La escritura es para ella una forma de liberar tensiones y de drenar tristezas y situaciones cotidianas y no tanto. Ha colaborado con Palabra Infinita en entregas anteriores. En esta oportunidad presentaremos la carta que da inicio a su poemario inédito, Diario de una ausencia.
Para ti que no conoces el peor día de mi vida.
Marian Mari
Sonó el teléfono. No sabría decir la hora, porque desde el principio de ese tormento había perdido la noción del tiempo, de la vida. Tal vez era media noche. Pensé lo peor, iba temblando camino a la clínica, “En el peor de los casos me dirán: ha fallecido”. Al llegar, nos hicieron entrar a terapia intensiva, con su funesto y desagradable olor a estéril, lo recuerdo y se me revuelve el estómago. Tenía miedo de entrar. Tenía miedo de lo que me iban a decir. La enfermera me dijo:
—Pasa, tranquila.
Nos explicaron que lo revivieron. Ese pequeño y frágil cuerpito sometido a semejante intensidad (por no decir barbaridad). NO, no soy cruel; aunque me alegró encontrarlo con vida todavía, puedo imaginar lo que hicieron para que viviera un ratito más. En fin, allí estaba, débil casi ausente, pero parecía tranquilo. No recuerdo bien.
La enfermera lo puso en mis brazos con todo el perolero que monitoreaba su corazón, parecía desmayado mientras lo instalaban en mí. Los dos primeros segundos sentí mucha ansiedad, una de las peores cosas de mi vida. Luego hizo un hermoso sonido, un gorgorito suave, muy suave. Se acomodó en mis brazos, y siguió haciendo ruiditos como queriéndome decir “MAMI sé que eres tú, sé que estas aquí”.
Debo confesarte que me dije: ¿Y Ahora qué? Si los médicos dijeron que ya su cuerpo no da más, por las mil y un complicaciones que tenía y que no logro entender.
Nos dejaron a solas con él, la doctora fue muy directa:
— Los llamé porque él no está bien, y sería bueno que se despidieran…
Un golpe bajo, lo sé.
Seguía sin entender lo que pasaba. Ármate de valor (me dije) ya es hora de dejarlo ir. De tantas cosas que le dije solo recuerdo:
—Hijo tranquilo, sé libre no sigas luchando si tu cuerpo no puede con esto, no quiero que sufras.
Yo estaba tranquila pues sabía que hacía lo correcto aunque mi corazón con cada palabra se iba desmoronando. Creo que él también se despidió de mí.
La enfermera lo puso en brazos de su papá. No recuerdo sus palabras, yo simplemente no pensaba, no sabía, no entendía, pero sé que también sufrió tanto como yo.
Nos fuimos a casa pues allí no había nada que pudiéramos hacer. Que mal… a casa, a casa a esperar. ¿Esperar qué? Te preguntarás: ¿Y fueron capaces de irse? ¿Sabiendo que su hijo estaba en agonía? Es que nada podíamos hacer, y no quería verlo morir.
De regreso no sé si ya era 29 de enero, era el cumpleaños del que sería su padrino de bautizo, ¿Qué ironía no? Me sentía extraña, tranquila, como en las nubes, en un mal sueño. Creo fue el Lexotanil que me tomé. Una vez en casa, me quede dormida después de mucho llorar, llorar y llorar. Eran muchas las preguntas hasta que me arropó el efecto rosa.
A las pocas horas el timbre del teléfono irrumpió en la noche con el mismo cuento de movilización inmediata. Mi corazón se detuvo unos segundos.
¿Qué más podría ser?
Ya le habíamos dado permiso de partir. Me sentía profundamente triste y en agonía. Yo, que no era la que estaba en la UCI.
Esa funesta llamada me llevó a verlo. Era la llamada que anunciaba su muerte. Doce días después y a casi la misma hora de su nacimiento. Parecía dormido, pero NO, no estaba dormido. Esa noche, ese día fue el peor de mi vida.
Hoy me siento como aquellos días en los que daba vueltas en mi cama, extrañándote, añorándote.
Recordando las promesas que no supe cumplir.
Respirando para alejarme de mi sufrimiento.
Respirando para alejarme del anhelo de tu compañía y de la dolida distancia, bilateral.
Sé que tú también respiras. Y sé que todo ha cambiado.
Hoy pienso en cómo una flor en una gaveta puede cambiar el sentido de la vida.
Una flor que no se compra, como todas las que te obsequié.
Te escribo esta carta, para remembrar la corta historia de aquella flor. No la tuya, ni la mía, sino la de la flor. Protagonista de esta extraña historia de (des) amor:
Por recomendación, la nombré Jazmín (aún no sé su verdadero nombre), un día le dije: Te quiero entregar a la de los pequeños besos. Ella no me respondió, sólo emanó su agradable aroma y supe que eso era un: Adelante.
En su viaje a la gaveta, se quedó olvidada en un bolsillo de un morral de colegio prestado, que se quedó, a su vez, olvidado en el asiento trasero del vehículo que me llevó a la oficina aquella vez.
¿Puedes imaginar la decepción por la que la florecita pasó ese día? Querer conocerte y quedar encerrada en la oscuridad, acompañada del calor causado por el encierro mismo. Pobre.
Sin embargo, ella resistió. Las ansías de ser para ti, no la hicieron marchitar sus blancos pétalos, ni gastar su dulce aroma.
Lo que sucedió durante ese día, en ti, lo conoces bien: El desánimo, la pesadez, la ansiedad, la tristeza. Lo que sucedió en mí, lo conozco bien: La incertidumbre, el leve sentido de culpa, la alegría expectante, la compasión al ver la tristeza en tu cara.
Pasado el día y al llegar a casa. La encontré nuevamente. Abandonada estaba, pero seguía viva. Qué fuerte la pequeña Jazmín.
Me miró feo, intentando hacerme sentir mal. Pero no dijo palabra alguna. Al parecer el silencio era su mejor forma de comunicarse.
Su aroma vivo, me recordaba la misión que tenía destinada.
Al día siguiente, desperté temprano y así ayudé a Jazmín a llegar hasta tu gaveta antes de que llegaras a la oficina.
Se acurrucó mientras se alistaba para darte una sorpresa.
No puedo describir la expresión de tu rostro al abrir la gaveta. Yo no estuve y Jazmín nunca me contó. Sé que te sorprendió, por lo que me contaste pasado el tiempo.
Descansando estuvo Jazmín todo ese día. Aromatizando de alegría por haberte conocido. Blanqueando la gaveta que se abría en ciertos momentos del día y mostraba tu pequeña sonrisa.
Al retirarte la guardaste a Jazmín en tu bolso. Ya eran ambas una sola flor.
Las cosas fueron diferente para ti luego de ese día.
Para mí aclararon también.
Quizás hoy haya otro clima. Haya desencuentro. Pero siempre recuerdo la flor de la gaveta.
Espero que siempre haya flores en tu camino, aunque no sea yo ahora quién las convide.
Tengo días con estas palabras dando vueltas en mi cabeza, así como gira y gira ese momento terrorífico en que me llamaron para decirme que te habías ido. Las partidas son así, inesperadas, odiosas, tristes. Siempre nos parece que quedaron cosas por decir, que hubo abrazos que se volvieron huérfanos, besos que no encontraron la mejilla, palabras que ya nunca serán escuchadas por su destinatario.
Hermano, hermano querido esta no es una excepción. Tú y yo siempre fuimos dos para todo. Desde que desperté a la vida estabas ahí, eras mi compañero de juegos, mi imitador, ese chiquillo con quién jugaba a ser mamá y maestra. El que le hacía transporte a las muñecas y jugaba conmigo a “muchachos chiquitos” como decíamos a los muñequitos de plástico con los que hacíamos desastres en el jardín de la Ritec.
Luego te convertiste en cómplice y al mismo tiempo aprovechado cuando había que prestarte la bici a cambio de un ratito más con el chamo que me gustaba. Recuerdo algunas peleas apoteósicas pero también recuerdo que al rato nos hablábamos como si nada porque no podíamos estar mucho tiempo bravos.
Nunca te dije sobre mis insomnios cuando te volviste adolescente y llegabas tarde a casa y como respiraba a aliviada cuando escuchaba la puerta y veía encendida la luz de tu cuarto. Nunca te dije cuanto me dolía si las cosas no se te daban como querías, como aquella vez en que luego de pasar la tarde haciendo ese trabajo se te fue volando por las escaleras de la oficina del viejo Legón, tenía ganas de ir yo misma a hablar con tu profesora, que por cierto no te creyó. O cuando te tocó enfrentar el divorcio y estuviste tanto tiempo triste.
Sí te dije cuanto me alegraban tus logros, esa primera bici que te compraste con tu propio dinero y que pasabas horas reparando. Yo la robaba por ratitos y antes de que te dieras cuenta la ponía en su lugar. Si te agradecí todas esas veces en que inventamos recuerdos en vacaciones. Tu primer carro, tu graduación.
Dejaste de ser niño ante mis ojos y te volviste un hombre apasionado de lo que hacías, un padre excepcional y orgulloso de sus hijos. Nunca vi a un padre ser mejor amigo de su hijo como tú y aunque no eras perfecto sé que siempre trataste de hacerlo bien. Créeme, a pesar de los errores que hayas podido cometer, te destacaste hermano. Siempre oré a Dios para que estuvieras bien, para que te ayudara cuando las cosas se torcían un poco, porque quería verte sonreír.
Hermano, te amo y siempre supe que me amabas, que te preocupabas por mí y por tu ahijado, que era como tu hijo. Estos últimos años siempre esperé tu palabra, tu consejo, porque de un día a otro te convertiste en el mayor, el que lo sabía todo y todo resolvía, me hiciste confiar en ti. Me sentía tranquila, si te parecía bueno es porque así era.
Ay, hermano recuerdo los últimos días en que echamos tanta broma, en que te dije todo lo que quería hacer y tus palabras tan sabias. Recuerdo ese brillo extraño en tus ojos que me decía que te elevabas… hasta ahora lo entiendo. Y es cierto hay que cosas que nunca te dije, pero doy gracias a Dios de que hubo otras que sí. Doy gracias por los abrazos y los besos que te di y todo lo que hablamos. Se me antoja que hubo mucho más por decir, que faltaron cosas por hacer ¡Miles de cosas! Pero ante el llamado de Dios no podemos más que rendirnos. Vaya forma de partir hermano, pedaleando hacia el cielo, hacia Dios mismo que te recibió en la meta… ¡Qué premio! A pesar de mis lágrimas y mi egoísmo estoy feliz por ti, ya no puedo verte ni hablarte y me haces mucha falta, pero sé que allá donde estas sonríes de pura felicidad. Hermano, hermano querido, como me gustaba decirte, así sigue tu número registrado en mi celular, no quiero cambiarlo. Quien quita y un día pueda llamarte y quizá en sueños pueda hablar contigo un ratito.
Te amo para siempre, gracias por todo hermano mío.
“Creo que la creación literaria es un camino como cualquiera otro –ni mejor ni peor- para aprender de uno mismo, de los demás y del mundo.
Del mismo modo que los metales son un pretexto para el alquimista (pero también el sustento de su actividad), la creación es el pretexto de mi intento de ser humano… eso le dice mi corazón. Pero a veces siento que soy un payaso con una flor en la mano en una estación de tren (…) Quiero ser optimista, lo elijo, intento serlo a toda costa: ¿con que fuerzas vivir sino con las que nacen de la convicción de que aún es posible mejorar las cosas?
Me parece aventurado decir que este es un momento crucial para la humanidad (apostaría mi vida a que hombres y mujeres de cada época han sentido lo mismo). Lo que sí puedo decir, es que estoy convencido de que la aventura del ser humano en la tierra apenas comienza” Rodrigo Soto, escritor costarricense.
Bienvenidos de nuevo, aventureros. Seguimos compartiendo, seguimos, como destaca el autor de la cita, creando la palabra, la palabra infinita.