El siguiente cuento es inédito y forma parte de una antología llamada: Cuentos de Niños, próxima a publicarse en formato libro.
Un laboratorio de jugar
Para el grupito de los jueves:
Manuel, Castor, Ivana, Camila y Nicole
Un día estaban los niños terminando sus actividades en mesa cuando ocurrió esta anécdota. Unos se apuraban a colorear y algunos otros ya estaban en el piso con sus juegos elegidos. Manuel había terminado primero y se afanaba en hacer una gran casa para su pájaro de nombre inventado mientras Castor le pedía que le dejara entrar al juego, de igual modo Camila y Nicole querían hacer su parte con los tacos ideando una casa fantástica para los animales. La última en unirse fue Ivana. Dispusieron los 5 un gran espacio con compartimentos para muchos animales con posibilidades infinitas: piscinas, caminos, trampolines. Pasado un rato cuando ya todos estaban ocupados en jugar y construir, Camila que suele estar pendiente de que no se pase nada de lo que hace en aula divertida, les recordó a sus compañeros que era el momento de leer cuentos. Y ahí se armó la discusión, Castor y Manuel querían seguir jugando con aquella enorme casa mientras que las niñas querían irse a leer cuentos y merendar, Castor al recordar la merienda se unió al grupo de niñas, Manuel siguió empeñado en quedarse con los tacos, pues así lo hicieron, aunque luego Manuel se les unió.
Mientras leíamos “La sorpresa de Nandi” y discutían sobre el cuento, compartieron sus meriendas, reían de lo que pasaba en el cuento y de que al final fueron mandarinas, también comentaron sobre sus frutas favoritas y Camila alegre les hizo advertir que estaban todos unidos de manera muy agradable.
—¿Chicos se han dado cuenta que estamos compartiendo? es genial
—Sí a mí me gusta mucho compartir— comentó Castor
—¡Y a mí!— participaron Nicole e Ivana
—Es mejor así que pelear— reflexionó Camila.
Acabaron la merienda y llegó el momento de decidir. ¿Seguían jugando en el salón a construir casas o le daban oportunidad a los enormes tacos del espacio de juegos exterior?
¡Oh! No lograban ponerse de acuerdo. De repente las niñas decidieron que lo mejor era jugar afuera y los varones quedarse en el aula con su gran construcción para animales. Así lo hicieron.
Yo iba de un lado a otro y supervisaba que todo estuviera bien. En una de esas los muchachos decidieron recoger para unirse a las chicas, yo le pregunté a Castor el porqué de la decisión si ellos estaban tan a gusto allí, entonces me dijo:
—Ya nos aburrimos de jugar aquí, nos vamos para allá.
—Pero ustedes no querían…—recalqué
—sí pero queremos hacer algo más grande, algo como un laboratorio
—¿un laboratorio?
—sí, un laboratorio de jugar. —y salió del aula antes de que Manuel acaparara todos los cubos.
Los siguientes cuentos pertenecen a una antología de cuentos inéditos reunidos bajo el título: “Niños de cuentos, cuentos de niños”.
Sueños feos en los ojos
Con cariño para Amalia.
Guadalupe
Mi querida Amalia es activa risueña y muy cariñosa. Le encanta jugar solita a las muñecas. Un día terminamos de leer un cuento llamado: ¿No duermes osito? Y ella aprovechó de comentarme que no había dormido bien, me pareció un poco extraño y le pregunté:
—¿Y eso?
—Ay Dani, es que tuve sueños feos en los ojos…
—¿Cómo es eso?
—Que te pasan por los ojos muchos sueños feos por culpa de mirar unas cosas indebidas
—¿Cómo cuáles?
—Bueno, una comiquita que no me gustó
—¿Era fea?
—sí, muy fea…
—¿por qué la miraste?
—porque le gusta a mi prima y yo estaba con ella…
—y… ¿cómo eran esos sueños feos?
—había algo oscuro, y yo estaba lejos de mi mami y yo corrí pero seguía lejos y luego ya no la veía… me desperté y cuando cerraba los ojos volvían esos sueños feos y yo me puse a llorar y vino mi mami y mi papi y se quedaron conmigo. Yo les prometí que no vería más esas comiquitas. Me dijo y miraba hacia abajo sumida en el recuerdo.
—Bueno, hagamos algo aquí… leamos cosas bonitas para que esta noche tengas sueños bonitos en los ojos ¿Te parece?
—Me parece Dani!
De un golpe llegó al estante de los cuentos, seleccionó sus favoritos y nos instalamos a leer.
A Manuel le gustan las palabras
Para mi ocurrente Manuel
y su divertitosa manera de ser
Guadalupe
A Manu le gusta mucho reírse. Desde que le conozco inventa momentos graciosos tanto para él como para los que le acompañan. Su fuente favorita de alegría son las palabras. Siempre que escucha una que le gusta pide que se la repitan muchas veces para reírse sin cansancio.
A Manuel le gustan tanto las palabras que las inventa, dice un sinfín de verbos de su propia cosecha, adjetivos graciosos y además quiere que yo las escriba y las lea para él y sus amiguitos.
Quizá por eso un día mientras jugábamos en la pizarra a leer algunas de sus palabras graciosas me sorprendió gratamente al escribir sus propias invenciones:
Las carcajadas no se hicieron esperar. Más tarde sus amiguitos decidieron jugar con rompecabezas mientras él siguió ocupado en llenar la pizarra. Le pregunté:
—¿Qué haces? —él me respondió:
—Estoy escribiendo palabras que nadie dice —su sonrisa era amplia, su mirada llena de picardía.
A Manuel le gustan las palabras quizá por eso aprendió a leerlas,
A Manuel le gustan tanto las palabras que quizá por eso aprendió a escribirlas, sin presión, sin tiempo, sin lecciones, solo por diversión.
A mí también me gustan tus palabras Manuel, me gusta conjugar verbos como lo haces tú, sin problemas, sin complicaciones, sin explicaciones “aburrentosas”. Quizá sea momento de “pongar” esto por aquí para que todo el mundo sepa lo divertitoso que es escribir y leer sin manual.
Los siguientes cuentos pertenecen a una antología de cuentos inéditos reunidos bajo el título: “Niños de cuentos, cuentos de niños”.
Palabras voladoras
Para mi amada Camila
Camila es una niña risueña y conversadora. Desde que nos vimos la primera vez me dijo que quiere leer como su hermana mayor y que quiere tener una biblioteca inmensa donde estén todos los libros de Harry Potter, no ve la hora de sumergirse en estas aventuras mágicas, solo hay un pequeño problema, las palabras que lee huyen de ella. Siempre me dice que está segura de saber cuáles son y luego hace el esfuerzo de leerlas pero no las recuerda, lo olvida todo, las palabras, las sílabas, las letras. Se pone un poco triste cuando me pregunta:
—¿Por qué se me olvidan las palabras? —y completa— no entiendo.
Entonces yo prefiero decirle
—Hagamos algo… vamos a practicar a diario para que logres recordar todo, las palabras, las letras, todo, ¿Te parece? —ella sonríe dispuesta.
—Está bien.
Comenzamos a practicar, una y otra vez leemos cuentos, leemos palabras en la pizarra, escribimos también, seguimos leyendo y ella sigue preocupada porque algunas palabras siguen muy huidizas. Entonces las practicamos el doble, las escribimos, las pronunciamos, no las dejamos que se vayan lejos. Pensando en eso hicimos un cuento muy lindo sobre una estrella que era amiga de la luna, así no dejamos que se nos escaparan esas palabras y donde quiera que las veíamos podíamos identificarlas.
Ha pasado el tiempo hemos seguido en la práctica sin desmayar. Este día en particular nuestro salón se ilumina con los rayos del travieso sol, el momento perfecto elegido por Camila para darme una sorpresa. La misión de hoy es leer en voz baja y hacer un dibujo de cada palabra, de esa manera yo puedo saber si ha comprendido lo leído. ¡Camila lo ha hecho todo sin mi ayuda!, pude ver con emoción que cada palabra estaba acompañada de un dibujo hermoso, lleno de color y vida, ella mientras tanto se ha fijado en mí antes de decirme:
—Lo hice todo —me ha dicho orgullosa y yo he sonreído también —Esta vez no se fueron, estaban ahí cuando las leí —me dijo de lo más contenta. Hicimos más pruebas y pudimos ver que muchas palabras estaban en ella, ¡muchas, muchas, muchas palabras!
Leímos un cuento y luego otro… Antes de irse seleccionó algunos que quiere leer la próxima vez que venga. Se grabó sus nombres y también me los dijo a mí para que los recuerde. Mientras esperamos que venga su mamá celebramos con burbujas al viento y el recuerdo de muchas de las palabras que leímos.
Las letras ya no huyen de Cami, se quedan con gusto de ser leídas, ahora tenemos la seguridad de que nunca más se irán lejos.
Los siguientes cuentos pertenecen a una antología de cuentos inéditos reunidos bajo el título: “Niños de cuentos, cuentos de niños”.
El otro martes es mucho tiempo
Para mi querido Diego
Guadalupe
La primera vez que vino apenas le escuché la voz. Se mantenía distante pero curioso. Le gustaban los marcadores de diversos colores y no pudo ocultar su gusto por los tacos con los que construyó una torre inmensa. Pasamos el rato entre cuentos y comentarios acerca del desayuno que le preparaba mamá, que le gustaba cuando le hacía arepas y panquecas . Cuando llegó el momento de irse tomó sus cosas y salió apresurado, no supe si le había gustado y si querría volver la semana siguiente. Mamá y yo habíamos acordado que vendrían una vez por semana por las múltiples ocupaciones laborales de ella.
Mamá me comentó rato después por un mensaje de texto que Diego le había preguntado cuando volvían, ¡Bingo! Dije, le gustó.
La siguiente semana sonreía con entusiasmo ante cada propuesta de juego y escogió emocionado todos los cuentos que quería leer. Llegado el momento de partir, me preguntó:
—Mira, mae. ¿Cuándo es que vuelvo?
—El otro martes —respondí yo
—¿El otro martes? ¿Mañana?
Tomé un marcador y escribí los días de la semana en la pizarra. Luego señalé cada día y le dije cuántos tenían que pasar para que de nuevo fuera martes.
—¡Aaaah no! Así no me gusta, ¡el otro martes es mucho tiempo! —se enfurruñó un poco pero igual se alegró de ver a mamá.
El siguiente martes me tomó de la mano con cariño y mientras nos dirigíamos al aula me dijo:
—¿Tú sabes cuántos días han pasado para que hoy sea martes?
—No sé, ¿Cuántos?
—¡Ochooooo!
—¡Cuánta razón tienes! —Sonreí.
Letras que suenan
A mi querido Tomás
Guadalupe
Tomás es un niño observador, callado y alegre. Le encanta razonar y para hacer un dibujo le gusta ver bien el modelo para que tenga los detalles lo más parecidos al original, por eso se toma su tiempo.
Cuando hacemos juegos de lectura, el observa detalladamente las letras con sus ojitos despiertos, es como si le hablaran solo a él. Un día me sorprendió con esta pregunta:
—Mae, ¿Ahí dice sopa? —yo abrí los ojos y subí mis cejas
—Sí.
—Y… ¿Aquí? ¿Dice mesa?
—Emocionada comencé a enseñarle tarjetas, él las veía un momento y me respondía:
—Nube, sol, sopa, noche, piña, mesa…
—¡Oh por favor Tomás! ¡Tú ya sabes leer! —Dije emocionada y llena de alegría, pero él negó con la cabeza apenado
—No, mae, yo no sé leer… eso no es leer
—¿Cómo que no? Mira todas las palabras que leíste —De nuevo negó con la cabeza y comentó
—yo no sé leer, solo hago que las letras suenen
—¡Exacto cariño! ¡Eso es leer! —Le dije emocionada mientras le entregaba más tarjetas para que leyera
—Día… —me miró sonreído— ¿entonces ya yo sé leer? —aplaudí llena de emoción y grité
—síííííí —nos pusimos a bailar la conga para celebrar. Así terminaba otro día más en nuestra aula de cuentos.
La mente es como uno de esos cuartos donde se almacenan cachivaches. Muchas veces nunca se llega a saber lo que hay allí guardado y otras aparece de pronto un recuerdo sin siquiera hacer fuerza para que salga. Ayer mientras caminaba rumbo a casa me acordé de mis hermanos. Uno hizo su vida en Chile, muy lejos de la patria y ya tiene una prole considerable. Otro murió de un infarto fulminante y ya no transita por este plano. El otro se dedicó a vivir su vida y desde la muerte de papá ya casi no nos vemos. En mi recuerdo no son esos hombres que nombré. ¡Qué va! Éramos unos críos bastante desastrosos que enloquecían a la nana y también a mamá cuando estaba en casa.
El asunto que revolotea en mi mente justo ahora y que hace que mi cara se transforme casi en una mueca tragicómica es un loco día en que para variar jugábamos y peleábamos a partes iguales. Yo era la mayor así que imponía mis reglas a costa de lo que fuera, no me importó culpar a mi hermano del medio cuando lancé un zapato y este derribó un adorno de mi mamá. Se hizo silencio. Ella salió de su cuarto con cara de circunstancias y le preguntó a mis hermanos que había pasado mientras recogía los pedazos yo grité desde mi lugar que ellos habían sido por descuidados. Mamá regañó y luego desapareció de nuevo en el pasillo que daba a su cuarto. Mis hermanos se quedaron en la cocina, yo me distraje en el cuartico de la tele viendo alguna tontería ya no tenía ganas de jugar con ellos. Pasado un rato el silencio que venía de la cocina me hizo tener curiosidad así que sigilosa me deslicé hasta llegar a una especie de ventana mostrador desde donde podía verse toda la cocina. El que me seguía en edad tenía en sus manos un frasco y todos lo veían con gran curiosidad e incluso ganas. Era un frasco de Dimetap, un remedio para las alergias que tenía un delicioso sabor a refresco de uva. Me acerqué y ellos me dijeron que cada uno había tomado un sorbo porque estaba muy sabroso, los reñí no tanto porque fuera peligroso sino porque no me habían llamado para participar les arrebaté el frasco y me disponía a dar un sorbo cuando mi hermano pequeño me dijo: “Pensamos que nadie puede beberlo todo, es mucho por eso queríamos tomar poco a poco hasta que se acabara” yo lo miré con el reto pintado en la cara y le dije:
—Ya me lo tomo yo —y empiné el frasco
—¡No puedes! —dijo mi hermano del medio
—Estás loca —dijo el que me seguía en edad. Todos rieron en forma maliciosa pero no me importó me bebí lo que quedaba. Como uno de ellos trató de arrebatarme el frasco este cayó y se rompió con un golpe sordo, salimos todos de allí en carrera riéndonos como tontos.
Pasado un momento mi mamá entró a la cocina a preparar la cena, el frasco yacía inmóvil, roto y vacío en el piso así que con voz cansada nos gritó
—¿Por qué el frasco de Dimetap está en el suelo?, ¿qué pasó con el remedio?
Nos escuchó reír y como sospechó fue hacia nosotros, imagino que nos vio las caras de culpa escondida entre las risas porque nos dijo de una vez
—El primero que se duerma fue el que rompió el frasco…
Hoy después de todos esos años me rio de ese día y de como nunca supe como terminó.
El ruido de las llaves de mi vecina me trajo al presente, accioné yo también mis llaves en la cerradura y entré a mi muy inmaculada casa donde los medicamentos están bajo llave y no existe para nada el color morado ni nada que se parezca al refresco de uva.
Le voy a decir que estoy completamente de acuerdo con ella, que soy su admiradora número uno y que me encanta cuando habla de sus convicciones con ese calor y determinación. Le voy a decir que sí, que pienso como ella, yo también estoy de acuerdo con eso de los valores el amor, la honestidad, la humildad, el perdón son palabras que están por ahí flotando y desdibujadas en el aire pero actualmente nadie las practica porque el enredo no es que el valor haya sido olvidado el valor está ahí esperando que alguien lo practique las palabras andan huérfanas en el aire, como le escuché decir a mi abuela el otro día andan realengas calle arriba y calle abajo. Lo que pasa es que (dice mi abuela) ahora no hay quién quiera perder su tiempo en eso, prefieren pasar el rato chateando por los celulares o viendo pornografía en internet mientras los niños se educan con Discovery Kids que es un canal bien bueno donde no hay violencia ni palabras obscenas menos mal, porque el otro día escuché en una de esas comiquitas que un niño le decía a otro que era un maldito entrometido, pero como este es un buen canal esas palabras deben ser de lo más inocentes.
Le voy a decir que estoy de acuerdo con ella, la mujer no tiene porque plancharle camisas al marido ni tiene porque cocinar, si señor, nada de ser esclava de una casa, la mujer puede salir y gozar de la vida como lo hacen los hombres y no tiene porque aportar ni medio para nada todo tiene que gastárselo en pendejadas para ella misma, como ropa, perfumes y zapatos caros, pero también le voy a decir que después no se vale andar llorando por toda la casa y por la calle de la amargura porque el hombre decidió irse para el carajo a buscar a otra que sí lo quisiera atender o por lo menos que le hiciera el favor (eso escuché decir a mi papá).
Le voy a decir que no estoy de acuerdo con ella cuando se pone a echar ese humo asfixiante por la boca o cuando se bebe esas vainas que no sé lo que son pero que la ponen contenta por un rato y después la hacen vomitar y llorar como una loca… me he puesto a pensar que a mí, creo que a mí también me hace daño.
Le voy a decir que me encanta cuando se soba la panza y que me complace muchísimo la dulzura que le pone a su voz cuando me canta canciones. Le voy a decir que le agradezco que me de la oportunidad de nacer y que me alegro de que se le haya quitado de la cabeza esa idea loca que tenía, no sé la escuché decir algo de acabar con un problema que la tenía muy preocupada, pero eso se lo voy a decir cuando pueda verla a los ojos porque estoy bien segura de que vamos a ser muy buenas amigas, mientras tanto voy a conformarme con chuparme el dedo y darle algunas patadas cuando diga algo con lo que estoy de acuerdo, le voy a decir que este espacio ya me queda pequeño, me siento un poco incómoda aquí dentro y ya no puedo moverme como antes, hace días que tengo ganas de salir. Sí señor, se lo voy a decir.
Salió muy orondo a lucir su bonito color amarillo tostado. Estaba orgulloso porque los otros le habían dicho que era uno de los nuevos. Le dijeron que con su mina a estrenar podría escribir cualquier cosa, quiso probarse. A lo lejos vio a la hoja de papel y muy contento se acercó. Ella lo dejó hacer, él fue delicado y trazó en ella rayas y corazones. La hoja estaba encantada con tanta consideración por eso le dijo que quería que escribiera en ella siempre, era un compañero ideal. El lápiz se sintió contento y al trazar los corazones se olvidó de todo lo demás, así estuvieron mucho rato entre charlas y trazos hasta que se apareció por ahí un borrador, muy sucio, flacucho, y gastado que venía con malos modos
—Señor, ¿Qué le sucede? —preguntó la hoja en tono de enamorada
—Yo vengo a borrar todo lo que esté mal —gruñó el pedazo de goma blanco
—Pues aquí no es… —dijo el lápiz con voz suave —Aquí todo está muy bien— y el borrador le dijo con aires de entendido
—No, te equivocas, esta es una hoja de cuaderno, está prohibido dibujar corazones en las hojas donde los muchachos hacen la tarea, el amor está prohibido en la escuela, así que permiso tengo que trabajar y sin más se puso a borrar y a borrar todos los corazones que el lápiz había escrito. El lápiz se molestó y lo enfrentó
—¡Eso no puede ser así! Ella es mi hoja y yo puedo escribir lo que quiera
—Así es, yo apoyo lo que dice, tú eres un entrometido y nadie te ha llamado para borrar nada
—Ja, ja, ja, pues borraré y borraré hasta que ya no quede nada de lo que Lápiz escribió
El lápiz y la hoja se miraron, estaban decididos a no dejar que el borrador desapareciera las huellas de esos bonitos trazos que evocaban el amor… la hoja se puso livianita y el lápiz con un movimiento de gimnasta hizo que esta se levantara, el borrador salió disparado y por un momento dio vueltas en el aire hasta que los dos lo contemplaron en el suelo del salón con su cara de pocos amigos… seguro que alguien lo recogería pero para ese pupitre no volvía. Ellos volvieron a lo suyo, antes de que tocaran el timbre y el lápiz tuviera que irse a su cartuchera.
El cobertizo tenía muchos años sin luz. Del techo podía verse que colgaba un polvoriento y enorme bombillo que nadie se había molestado en cambiar nunca. Había también un vehículo abandonado como desde los años cincuenta. El polvo no permitía ver bien su color y los vidrios estaban sucios y misteriosos. Justo delante del vehículo, había una pequeña puerta donde se guardaban muchos cachivaches, muy poca gente entraba a buscar algo allí.
Cuando las puertas exteriores se abrían y el descuidado lugar quedaba iluminado podía verse como hervían las paredes, muchas y horribles alimañas corrían espantadas a ocultarse de la luz y los cuellos de los más osados se espelucaban.
Los muchachos se retaban entre sí a pasar caminando desde la puerta del garaje hasta la que daba acceso a la cocina de la casa. Si lograbas hacer esa travesía serías un gran héroe hasta que otro más se atreviera a hacerlo. Aquello tenía sus niveles de dificultad, era posible que al poner la mano en la pared sintieras algún exoesqueleto lleno de peludas patas arácnidas, también podrías sentir horribles sonidos de bichos voladores al chocar contra el concreto, todo eso te haría dudar de seguir adelante.
Un día los muchachos dispusieron todo para retarse, el momento de la gran prueba. Todo listo para dejar pasar al atrevido. Las puertas chirriaron en un ruidoso anuncio de lo que le esperaba y dejaron pasar al valiente, una vez dentro se quedó a oscuras, sin tocar ninguna superficie y sudando frío comenzó a avanzar a tientas por el pequeño corredor entre la pared y el vehículo. De pronto escuchó un ruido sordo, parecía el de una puerta pero no asomaba ninguna luz donde se suponía que estaba la que daba a la cocina, otro golpe más, su respiración comenzó a entrecortarse y ya no supo si avanzar o devolverse, ahí dentro todo estaba muy oscuro, no había manera de ver que era lo que se movía o hacía ruido, decidió que era mejor devolverse y comenzó a golpear a la desesperada la puerta del garaje a la que los muchachos habían echado el pasador, finalmente entró la luz, el atrevido corrió y espantó a los otros lleno del polvo y las telarañas que le habían caído encima por darle patadas a las puertas, todos empezaron a correr y a gritar
—¡Aborten la misión!
Detrás de mi primo el valiente volaba una escoba y más atrás un rostro lleno de arrugas y desdentado ofreciendo pellizcos. Los muchachos decidieron que estaba bueno por ese día. Cualquier bichajo de cuerpo duro, patas peludas y antenas horribles, era nada comparado con los pellizcos que ofrecía mi abuela. Las carcajadas por el susto de todos los interpelados pudieron oírse por un buen rato.
Entre tanto, los muchachos dejaban pasar el tiempo, sabían que cuando entraran mi abuela los recibiría como siempre a la hora de la cena, con una buena provisión de pan andino, mantequilla y sendos vasos de leche con frescolita.
Abrí los ojos más o menos a las seis. Hace calor y enseguida me entran unas ganas casi absurdas de tomar café, así que con ese pensamiento me levanto a disponerlo todo para poder dar un trago al perfumado líquido antioxidante y delicioso. Me dirijo como todas las mañanas a abrir mi ventanal para dejar pasar la brisita que acompaña el inicio del día pero advierto a una polilla inmensa que parece mirarme con sus formas raras… nunca me han gustado esas tipejas, así que retrocedo, ella parece darse cuenta de que ya la vi y comienza a moverse buscando la libertad que le impide el vidrio, aletea y yo corro porque odio ese sonido, intento echarle baygon pero está lejos y eso parece alborotarla más comienza a revolotear por el espacio, la perra ladra anunciando que el bicho irrumpe el lugar, brinca tratando de alcanzarla y mi grito hiere el silencio y la paz mañanera. Cobardemente me refugio en el cuarto, desde ahí mando a callar a la perra. Me infundo valor y salgo armada con un haragán para espantarla pero no es necesario porque logra conseguir la rendija de la ventana por donde entró, la veo volar hacia otra ventana. Respiro de nuevo, paz.
Al fin voy a colar mi café. Dispongo todo para el importante hecho. Mientras el agua comienza a hervir, me estiro, ¡aaahhh que sabroso! bajo mis manos lentamente y… MI DEDO ¡Se engancha con el mango del colador! El café molido hace un arco en el aire, un poco cae en mi brazo antes de quedar regado en el piso.
Intento respirar. NO PASA NADA, le digo a mi mente, voy por escoba y pala y recojo el reguero, toca echar café de nuevo en el colador. Mientras pongo la escoba en el lavadero pienso que es buena idea lavar las sábanas sucias, «mejor temprano para poder salir y dejar eso listo» pongo la carga, de nuevo en la cocina al fin cuelo el café, le echo un poco de leche y lo pongo a calentar de nuevo. Voy al cuarto para atender un mensaje que me llegó por el celular, al salir me recibe un gran charco jabonoso en el suelo, ¡casi me caigo! entre malabares descubro que ¡el agua se está devolviendo! En cuestión de minutos se ha apoderado del apartamento, de nuevo intento respirar… ¡no me quiero alterar!, comienzo a recoger agua con tobo y trapo, mientras huelo que el café se botó pero no me atrevo a acercarme a la cocina eléctrica con los pies mojados, huele a quemado. Me seco los pies, apago la cocina. Suspiro y enjugo el sudor, logré recoger el agua, ha pasado media hora. Al exhalar hace su entrada magistral un dolorcito de espaldas que había logrado controlar a punta de estirones y agua caliente…
Debo llamar al señor Juan, que venga a destapar la cañería. Agarro el café, no me sabe como siempre, tengo ganas de chillar pero no voy a darle el gusto al diablo, Hoy tengo mucho que hacer… este inicio de día ha estado tan raro que creo que voy a escribirlo. Enciendo mi computadora de escritorio, me dispongo a escribir, el cursor espera ansioso las primeras palabras, pero justo cuando voy a comenzar la pantalla se ha quedado en negro, ¡La electricidad se ha ido para otro lado! Primero pensé que mejor no salía, ahora creo que lo mejor es volver a la cama, este inicio de día está tan pero tan raro que ya parece un comienzo de película mala, una de esas tantas siguientes partes de Destino Final…
Tengo una extraña afición. Es desagradable para muchos. Sin embargo a mí, la mayor parte del tiempo me causa un placer goloso e indecible. Me gustan las orejas.
Por supuesto, esta especie de fetiche me ha traído unos cuantos inconvenientes, aunque en otros momentos es más bien una novedad bien recibida. La mayoría de mis amigos que conoce esta locura, la acepta con algo de aprensión. Es un placentero juego en que le hago el amor a la oreja. Le susurro, la masajeo, la muerdo, la toco con verdadero deseo, no quiero hacer más que eso, el resto de la persona no me interesa y ahí ocurre el inconveniente, quieren que avance pero para mí es suficiente.
No sé cómo me empezaron a gustar las orejas, pero me resultan irresistibles. Tengo mis favoritas. Entre las que me causan más deseo están las pequeñas, a esas las quiero de inmediato. Si el lóbulo es delgado mucho mejor. También hay otras muy provocativas, son rellenas y terminan con un tímido bultito. Hay unas que tienen unos vellos cortos y transparentes que al tocarlas es como sentir terciopelo, voluptuosas, sensuales. Entre las que me causan aversión están las grandes que tienen unos horrendos pelos por los lados.
Me he dado cuenta que las orejas van con la personalidad de la gente. Las pequeñas, generalmente ocultan a una persona tímida, en ocasiones retraída, pero que en realidad es amable y gentil. Las voluptuosas adornan las cabezas de personas intrépidas y risueñas, que se dejan llevar por los retos. Las personas con orejas muy grandes, se dividen en dos clases, algunas son malhumoradas y otras suelen ser un poco toscas, aunque jamás malas personas.
Cuando converso con alguien me fijo en sus orejas, imagino como sería tocarla desde su hélix, sentir su suave tacto. Si la persona advierte mi curiosa mirada, suele revisarse a ver si tiene algo malo, incluso han llegado a preguntármelo, entonces debo disimular. A veces nada más llegar a un sitio visualizo un hermoso lóbulo que me llama, me pide que lo toque, que satisfaga mi deseo. Hago mil peripecias para complacer mi compulsión, soy capaz de volcar tragos en la cabeza de la gente y con la excusa de limpiarlo hago realidad mi verdadero deseo, tocar la bella prominencia que me llamó la atención.
En otros momentos soy más directa y abordo al portador de mi deseo, ahí comienza una extraña danza. Yo toco la oreja y evito mirar al dueño, este ríe si le gusta lo que hago, o su cara se vuelve embarazosa. Pasado un rato si puedo seguir adelante, estaré pegada a su cuello chupando con fruición ese divino pedacito de carne. Cuando pasa el momento miro alrededor y me disculpo, en ocasiones he tenido que correr cuando me reclaman algo más.
En algunos casos finjo que conozco a la persona, pero en vez de tapar sus ojos y preguntar “¿Quién soy?” toco sus orejas, las masajeo y hago la tonta pregunta, luego me disculpo y me alejo para repetir lo mismo con otra persona.
Algunas veces las orejas son lindas y la persona enojosamente poco agraciada, en este caso no me preocupo mucho, invento algunas de mis peripecias mencionadas con anterioridad y me complazco unos minutos.
Cuando el dueño de mi curiosa obsesión además es un buen ejemplar, desarrollo todo un despliegue de ingenio para terminar una buenísima noche, aunque esto muy pocas veces sucede…
*
Las cosas se ponen divertidas en cuanto aparece por la puerta y comienza su cacería. Es tan absurda, toca las orejas de la gente y luego huye. La he tenido cerca un par de veces. Siente curiosidad por mí, sé que quiere verme, pero mis orejas van siempre tapadas por una capucha. No ver mi cara y que me retire antes de que pueda hacer algo, hacen que se enoje. Disfruto este juego.
Hoy no ha tenido suerte. Está enfurruñada. Bebe sin ganas una cerveza. En forma distraída toca su propia oreja, en su caso es casi un acto masturbatorio. Estoy a su lado pero aún no me advierte. Sus piernas me parecen deliciosas. Están cruzadas en forma bien provocativa, hace un movimiento en su banco giratorio y da un recorrido con la vista. Yo finjo estar concentrado en mi bebida y arreglo mi capucha. En forma casi imperceptible su rodilla tropieza con mi pierna al girar de nuevo hacia la barra, el roce ha despertado su interés, lo advierto por un movimiento muy sutil de su nariz, creo que reconoce mi olor. Entorno los ojos y advierto que en forma disimulada me observa. Su examen tiene un interés profesional. Se inclina hacia su vaso y vuelve a mirarme. Esta a punto de atacar
—¿Hace calor esta noche verdad? —dice en forma casual, creo que quiere que me baje la capucha y yo lo deseo tanto como ella, solo que no se si le guste lo que verá. Me toma un tiempo responder
—Un poco —sabe quién soy. Por la forma en que me mira, me doy cuenta que está decidida a no dejar que me escape esta vez
—Bien, creo que podemos saltarnos todas estas tonterías —me sorprende al decir—, quítate la capucha, tú sabes lo que busco… —obedezco ante su autoridad.
*
Ahí están ese par de orejas espléndidas, sin perder tiempo me he abalanzado sobre ellas. ¡Ah que tramposo!, sabe que he estado esperando este momento. Estamos muy juntos. Yo tengo mi barbilla sobre su hombro como si me dijera algo muy importante, pero él no me habla, escucho su fuerte respiración. Mis manos envuelven sus orejas, sienten todas sus cavidades, se mueven con mucha lentitud, es como un beso. Dirijo mi mirada a su cara, estoy muy cerca. Él mira hacia cualquier lado, sus ojos no se están quietos, creo que está nervioso. Ahora me fijo en los detalles; mi fetiche enmarca un rostro algo cuadrado y fuerte que se hunde hacia las mejillas, la poca luz parece dibujar ciertas imperfecciones. Su cabello cortado a rape deja ver sus entradas y una frente amplia, sin arrugas. Sabe que lo examino y me da placer, en forma calculada mira hacia un lado y luego hacia otro. Mis manos tienen vida propia, una toca con suavidad su oreja, la otra se posa en un rugoso camino que interrumpe la mitad de su cara, mis dedos recorren una y otra vez con creciente curiosidad la mejilla del desconocido, debe haberle dolido mucho, no parece molestarle que lo toque. Mientras hago esto encuentro por fin su mirada.
De pronto siento mucho calor y me doy cuenta que no soy yo quién domina la situación. Intento alejar mi mano y él toma mi muñeca con fuerza, mantiene mis ojos presos en su atrevida mirada y…
¿Qué ha estado haciendo?
Sus dedos expertos recorren mi piel con suavidad. Su mano tibia se ahueca perfectamente a la forma de mi seno, miro con disimulo a mi alrededor, creo que estamos dando un espectáculo. Que va, nadie nos advierte, somos solo dos cuerpos que danzan a capricho de sus obsesiones.
Su contacto ha dejado una huella magnética en mi piel, ahí donde me ha tocado late un desvergonzado cosquilleo. Me sorprende lo que pienso, quiero que me toque los senos a placer, que me recorra entera, me estremezco solo de imaginarlo. De pronto retira su mano, no quiero que lo haga así que me acerco y le muerdo la oreja, él me separa de nuevo. Incrédula noto que se dispone a marcharse, su mirada se posa vagamente en mí, es como una invitación. Quiero irme con él, sin embargo no se que me mantiene pegada a mi asiento. Cubre su rostro con la capucha, no puedo verle. Atraviesa la estancia y se detiene unos minutos en la puerta. Me ha dejado helada, sé que esa es su despedida.
Desde entonces, estoy obsesionada con las cicatrices…
Confía en que pronto será su turno. Hoy quiere vivir un poco, mientras desde su asiento, en esa sala llena de ojos lagañosos, toca el lomo de ese gato rayado que, un día apareció por la ventana de la residencia, de los que ya no tienen más remedio que esperar.
Vaivén
A mi hermano
—¡Allá voy!
Gritaba y perseguía las olas. Hasta que ellas espumosas y transparentes, fueron también por él.
Despedida
A mi padre
Desde que lo conocí admiré su capacidad de reír. Pero un día su boca no se curvó más para dejar ver sus grandes y bonitos dientes. Pasaba el tiempo entre la tristeza de saberse vivo y una piquiña que no era de este mundo. Por las noches cuando lo acompañaba me decía que ya había conversado con Dios y estaba listo para “desintegrarse”. Cuando pensaba que no lo veía levantaba las manos sentado en la cama y decía:
—Ven, tú más que nadie sabes que ya está bueno…— la verdad es que no vino nadie, quien se marchó fue él. Y sabiendo que se iba se dejó afeitar, tomó la sopa que le hizo su esposa y bebió malta con nosotras. Ese lunes parecía que le costaba respirar pero él no decía nada. Solo me echó la bendición cuando se la pedí, solo tosió, cerró los ojos y perdió las fuerzas. Finalmente a minutos de haber entrado a su cuarto acompañada del ocaso y la oscuridad…, se despidió de mí con un suspiro.
Son como las dos de la tarde, tengo un hambre cavernícola y hace un calor de mil demonios. Mi hijo juega en el asiento trasero del vehículo mientras que yo peleo con el bochorno en la cola del semáforo. De pronto se me acerca un tipo, me mira a través de la ventanilla con la mano extendida. Al principio me hago la desentendida, no quiero mirarlo, me volteo, simulo que estoy en algo muy importante hacia el otro lado. El hombre insiste y golpea la ventana, yo me asusto un poco y mi hijo interrumpe su juego y me pregunta qué pasa.
Entonces yo bajo la ventanilla y le doy al hombre una moneda. El tipo mira la moneda y murmura algo que yo por estar apurada en volver a cerrar la ventana no logro escuchar. Inmediatamente me alegro de que puedo avanzar pues la luz del semáforo así lo indica. Mientras adelantamos a otros carros mi hijo coloca una mano en mi hombro y me pregunta muy serio.
—Mami ¿le diste una moneda?- yo lo miro de reojo y le contesto.
—Si miamor —mi hijo me mira sonriente y me dice a su vez.
—¡Qué linda mami!… y “Él” te dio las gracias. Las palabras del niño han hecho que mi pecho salte. Ya no siento bochorno por el calor o el cansancio, es otro hormigueo el que me recorre el cuerpo, creo que estoy avergonzada, miro a mi pequeño copiloto por el espejo retrovisor, él a su vez observa al hombre que ya se ve lejano en el semáforo, se adueña de mí un pensamiento, este niño tan pequeño sin proponérselo me ha dado una lección.
Camino a casa estaba todo muy callado. Mi mujer miraba por la ventana mientras yo tarareaba distraído alguna canción que escuché en la radio cuando era más temprano. Terminó la cena de nuestro aniversario y nos miramos sin saber qué hacer. En años anteriores nos íbamos a nuestro hotel favorito a disfrutar de una noche serena, llena de ese tranquilo amor que ella siempre me supo dar. Pero esta noche fue todo muy distinto. Aún no logro descubrir que la hizo decirme, terminado el postre, su deseo de ir directo a casa. Intenté tomarle la mano, pero luego de sostener la mía por un momento se alejó, su frialdad me hirió, pero no quise hacerle preguntas.
Estacioné y se bajó con una rapidez poco predecible. Su actitud comenzaba a molestarme, mejor que ella estuviera lejos. Tecleé algunas palabras en el celular y terminé de bajar del auto.
Cuando llegué a la cama, ella ya estaba allí. Brillaba tenue en la oscuridad con su camisón de satén y hacía ruiditos como de gata con su garganta. Quise tomarla, busqué sus besos, pero me supieron a lejanía. Miré sus ojos llenos de una certeza exasperante. Definitivamente la noche no resultó como la imaginaba. Teresa se quedó dormida.
Me levanté y me vestí, mis instintos querían algo más. No conduje mucho tiempo, la casa de Brizeida está tan cerca que asusta. Ella me recibió cariñosa, transparente y traviesa. Me hizo sentir como un adolescente que juguetea en brazos de una mujer mayor y descubre el amor. Toqué sus pechos aún firmes y me deleité con sus pezones. Hicimos lo de costumbre.
Antes del amanecer me vestí y corrí a mi casa. Era preciso estar ahí cuando los niños se vistieran y alistaran para el colegio con la precisión militar con la que mi esposa organizaba sus vidas.
Cuando salí del baño de nuevo me encontré con la mirada de Teresa, pero esta vez estaba distinta, parecía una niña traviesa. Creo que estaba algo arrepentida del silencio y la frialdad con que acabó nuestra noche, no era usual en nuestro aniversario, con este era un año más para sumar quince años juntos.
No me apasiona como antes aunque no me gustaría herirla nunca, tampoco me gustaría dejar lo que con tanto trabajo construí, pero tampoco puedo abandonar a Brizeida, creo que las dos me dan lo que necesito y no podría vivir si me faltara alguna. Me senté al borde de la cama, la mirada de esos ojos de gata tan llenos de alegría encendieron una serena y agradable chispa. Teresa me sorprendió. Sin que yo lo esperara se me abalanzó y me besó con pasión mientras yo dejaba sin hacer el nudo de mi corbata. Terminamos retozando en la cama, ella luego recogió mi ropa y me ayudó a vestirme. Sus palabras me sonaron extrañas pero fueron agradables.
—Anoche me sentí algo mal… espero haberme disculpado en forma convincente —Yo me paseé por su cuerpo desnudo mientras terminaba de vestirme y ella desapareció en la ducha. El encuentro terminó.
En la sala estaban los cuatro chicos listos, a tiempo para llevarlos a la escuela. Asumí mi papel de padre y repasé con algunos los trabajos y tareas del día. Los despedí con alivio. Hoy quizá llegaría temprano a la oficina.
El Otro
—Enrique se fue… —Dije bajito ya sintiendo el sabor de la aventura. No tardé en abrirle la puerta a Ricardo. Con los pies descalzos atravesamos la sala mientras nos íbamos besando cada parte del cuerpo. Ricardo voló a esconderse tras el mueble cuando nos topamos con uno de los niños que entró como sonámbulo a la cocina con la intención de beber agua. Lo reprendí y él subió las escaleras y volvió a su habitación. Mientras esperábamos que el chico durmiera, Ricardo me llenaba de besos. Me hacían sentir divina su juventud, su lozanía, su desparpajo. ¡Cómo me gusta su sexo! Coqueta le toqué la entrepierna y lo sentí duro, listo. Él emitió un rugido y lo hice callar con autoridad.
Subimos a la habitación no sé cuánto tiempo estuvimos ahí navegando en esas aguas turbulentas. Esa energía vigorosa me hace sentir liviana, a la deriva en medio de un río agitado. De pronto me miró con esos ojitos de niño, siempre tan dulce:
—Teresa, Teresa, vámonos juntos, hay tanto que me gustaría enseñarte, te has perdido tantas cosas por ser esta señora que no eres —Me aparté el cabello con suavidad, creo que hice una mueca mientras lo miraba con exasperación.
Mi cabello volvió a su posición original y lo aparté molesta, recordé que el miércoles de esta misma semana sería la cita con la estilista para un cambio de color, pero sobre todo para tapar esas odiosas canas que afean mi cabello color chocolate.
Ricardo debe haber advertido que me molesté así que me besó con suavidad los hombros, de nuevo en plan seductor. Lo aparté, no me molestó lo que me dijo. Hace tiempo que me di cuenta que dijera lo que dijese no podría molestarme, todo queda compensado solo con sentir su cuerpo perfecto. Pasado el momento lo ayudé a vestirse. Luego lo empujé fuera de casa, mi marido debía estar por llegar.
Mientras subía la escalera me acordé otra vez de Enrique. Creo que me acercaré a él dentro de un rato, mientras tanto activaré mis sentidos para recordar ese olor enloquecedor que acabo de dejar ir, ese tacto delicioso y esas manos viriles tatuadas en mis sentidos mientras me acerco a mi marido.
Enrique, pobre Enrique, ¡No sabe cuánto me hizo sufrir con su amorío ridículo de años! Fue patético enterarme de esa traición, pensar que estuve a punto de acabar mi matrimonio por esa entrometida,
¡Ja!
Pero no lo hice, yo soy más fuerte que ellos dos, más inteligente y mientras ellos juegan a que me engañan yo subo a los cielos con mi adonis perfecto.
Sé que falta poco para el amanecer, pero lejos de acostarme me dio por pasearme ufana por la casa, con unas ganas inmensas de dar brinquitos como siempre que vuelvo de los maravillosos encuentros con Ricardo. Cada vez me cuesta más dejarlo ir, pero al mismo tiempo siento ese placer malvado en hacer que quiera más y no complacerlo, creo que me gusta más allá del placer en la cama, ¡Ay no sé qué creo! pero me gusta. Recordar a Ricardo me hace sentir como una colegiala. Quizá algún día le diga otras palabras que no sean “tómame” o “Cuidado que ahí viene Enrique” por cierto ahí viene, faltó poco, muy poco.
Apenas puse la cabeza en la almohada me sentí cansada, tengo sueño, pero Enrique ha encendido la luz, creo que viene de tomar un baño. Abrí los ojos perezosamente para verlo mientras jueguetea con el nudo de la corbata. No pude evitarlo sonreí al ver a Enrique, el pobre no se parece en nada a mi Adonis. Se ha sentado al borde de la cama para ponerse los pantalones, así que lo abordé por detrás, no lo dejé pensar, yo tampoco pienso en él, es Ricardo el que me toca, son sus manos las que me complacen…
Fue emocionante aquel viaje. Aunque dormimos durante casi todo el camino, estábamos muy emocionados porque iríamos a pasar unos días con nuestros primos de Barquisimeto.
Llegamos ya con el atardecer. Mi tía nos esperaba con almuerzo que ya casi se convertiría en cena, pero nosotros no teníamos hambre nuestro interés estaba dirigido a apoderarnos junto con los primos de aquél espacio nuevo. El apartamento de nuestros primos era muy grande y para mi hermano y para mí la novedad era el ascensor. Nosotros vivíamos en casa así que poco sabíamos de lo que era utilizar ese tipo de aparatos. Pronto papá se despidió porque él debía trabajar esa semana entre tanto mamá se instaló entre conversa y conversa con la mamá de mi prima Mariem.
Su papá no tardó mucho tiempo en llegar. ¡Era el primo mayor más divertido que recuerdo! Traía un maletín y un montón de papeles en las manos se dirigió al balcón y luego de colocarlos a un lado nos preguntó quién estaría listo para disfrutar de un rato de parque, por supuesto que mi hermano y yo nos animamos de inmediato, eso se convirtió durante esa semana de vacaciones en un paseo diario. Apenas llegaba Dioscoro de su trabajo nos íbamos a algún lugar de la ciudad, ya de por sí hermosa.
El Parque Ayacucho quedaba muy cerca del edificio, así que siempre fue una de las visitas obligadas por su cercanía.
Un día mientras mi prima mayor y mi mamá hacían la compra pasó cerca un vendedor de papagayos, mi hermano quería uno así que mi mamá lo complació y tanto mi hermano como mi primo Arquímedes regresaron a casa unos bellos e inmensos pájaros de papel sin saber exactamente qué hacer con cada uno.
Mi mamá y mi prima mayor, propusieron ponerle retazos de tela a la cola, además de agregarle metros de pabilo para cuando se elevaran por los aires. Mi hermano no parecía muy convencido de poder hacerlo volar muy lejos, tampoco estaba dispuesto a que eso sucediera, no quería perder su preciado juguete entre cables o árboles.
El primer intento de hacerlo volar sucedió en el Parque Ayacucho. Corrieron largo rato con los pájaros de papel detrás trazando cortos vuelos y cayendo en picada bastante seguido, todavía recuerdo el sonido que producía cada elevada, la alegría y luego las carreras para recuperar el papagayo cuando caía al piso. Dioscoro propuso entonces visitar el parque del Este De esa manera tendrían más espacio para correr y más posibilidad de elevar los papagayos sin el riesgo de que se enredaran en los árboles tupidos del Ayacucho. Esta idea fue muy bien recibida por todos.
¡Esa tarde fue realmente maravillosa! Luego de varios intentos mi hermano logró elevar su juguete. El viento hacía de las suyas y lo llevaba de un lado al otro en el hermoso cielo barquisimetano. Poco a poco aprendió a soltar y recoger cuerda a medida que el papagayo lo necesitara y también que podía jugar a inclinarlo de un lado al otro. Parecía subir y bajar con cada templón. Yo pude sostenerlo en mis manos y hacer algunos movimientos mientras reíamos de gusto, lo dejó volar tan alto que pensamos que no podría recuperarlo y mientras se empeñaban en bajarlo llegó el atardecer. Así, mientras el cielo cambiaba de colores a medida que avanzaba la tarde mi hermano luchaba por recuperar el pájaro de papel. Cuando finalmente lo tuvo en las manos ya apenas había luz y teníamos que volver a casa.
Ese atardecer está grabado a fuego en mi memoria, esa maravillosa tarde de no rendirse hasta lograr el cometido, esas pocas palabras dichas mientras el cometa se elevaba en el cielo a la vista de todos los adultos, incluido mi papá que había llegado esa mañana para compartir el final de esas vacaciones. Ese sonido del papel cada vez que le daban cuerda o lo hacían bailar y adornar el cielo junto con tantos otros más, forma parte de esos recuerdos que no se borran nunca y no puedo evitar repasarlo en mi memoria mientras digiero la noticia de que ese primo mayor, alegre, vivaz, siempre atento, se fue a dormir y no despertó más…
Volar papagayo seguro no era su afición favorita, a él le gustaba más marcar strikes en el bowling, pero esa tarde apartó su tiempo para que mis primos y mis papás pudiéramos cumplir un deseo, así era, así fue siempre.
Lo imagino ahora mientras marca ese strike: ligero, feliz, libre del peso del cuerpo, con esa sonrisa amable que lo caracterizó siempre mientras atardece y él se eleva a la hora del crepúsculo.
Era tarde. Se había entretenido casi toda la noche en una acometida sexual interminable. Se levantó del nido revuelto en que estaba convertida su cama después de besar la espalda masculina ahora quieta. Al alejarse pudo escuchar los leves ronquidos de la bestia en reposo. Sonrió.
Comenzó a bañarse con pereza. Pensaba en todo y en nada mientras el hombre de la radio informaba que la tasa de desempleo del país había disminuido en un porcentaje que le provocó mucha risa, ella era una desempleada, pero como era muy optimista se decía a sí misma que su trabajo era ese: buscar trabajo. Cerró los ojos y dejó que corrieran por todo su cuerpo unas frías gotas de agua. Intentó dar unos pasos de baile al ritmo de la canción que se escuchaba en la radio y un poco de champú cayó en su cara. ¡Qué contrariedad! Pensó, sus hermosos ojos ambarinos habían comenzado a escocerle por el efecto del químico. Trató de limpiarlos con agua pero se sintió peor, no podía abrirlos, buscó a tientas sobre el tanque del excusado algo con que frotarse, la invadía la desesperación. Finalmente pudo salir de la ducha con el largo cabello pegado a su espalda y los ojos enrojecidos, casi amoratados de tanto frotarlos. Cuando miró el excusado se sintió fatal había tirado sin querer la última panty que le quedaba limpia, el pequeño pedazo de tela flotaba como diciendo adiós en el remolino de agua
“¡pero qué vergüenza! ¡Ahora tendría que llamar al plomero para que destapara la bendita poceta! y ni hablar de las pantaletas, tendría que vestirse así… luego pensó con un poco de picardía mientras se miraba el ojo irritado en el espejo, “bueno de todos modos ya son casi las diez, es tarde para salir”. Mejor llamar de una vez al plomero, solía ser rápido y muy eficiente al destapar tubos, eso ya lo había averiguado hacía bastante tiempo.
Escuchó la puerta de la calle cerrarse suavemente, aún con la toalla alrededor de su cuerpo, solicitó el servicio y pensó que bastaba con un pequeño vestido para esperar a que el hombre hiciera su trabajo, en cuanto a la búsqueda de empleo, no tenía caso, era más importante destapar la cañería, una sonrisa pensativa invadió su cara… mañana, mañana se ocuparía de buscar alguna otra cosa para lo que fuera buena.
El sol es una bola que deslumbra en lo alto del cielo. Conduzco a una velocidad constante aunque la carretera parece la versión gris de un queso suizo. Mientras manejo, a pesar del volumen del estéreo, vuelvo a escuchar la voz de Joaquín… Ya debe estar en la llamada número setenta, ¡qué patético! Lanzo el móvil al asiento del acompañante y se cuela en mi mente sin permiso nuestra última conversación:
—Joaquín… ¿hasta cuándo, mi amor? Algo tenemos que hacer para arreglar las cosas, es que siento que…, vivimos en un espejismo, sin decirnos la verdad.
—¡Maldita sea, Anastasia!, qué cansado me tienes con tus frasecitas hechas… ¡No sé de qué verdad hablas, chica! ¡Estoy hasta la mierda de tus hormonas, de tu hiperinsulinismo, de tus ensaladas, de tu gordura! ¡Me voy de esta vaina!, ¡y ojalá no te vuelva a ver nunca! ¡No me llames, no me busques, no me molestes más!¡Peazo´e gorda!
Sus gritos cortaron el aire y volvieron el lugar un cementerio. El zumbido de los mosquitos podía oírse. Encima, tuve que tragarme las lágrimas y la humillación porque el idiota se fue sin pagar la cuenta.
Mientras entregaba mi tarjeta de débito al encargado del lugar y hacía lo correspondiente para pagar mi organismo estallaba, se volvía astillas. Mis huesos, mi corazón, mis lágrimas; un revoltijo inútil que de alguna manera funcionó para dejar atrás el restaurante, la afrenta y el desastre.
Suficientes palabras injuriosas para una sola persona. De eso ha pasado un mes, el mismo tiempo que tiene enviando mensajes estúpidos a mi celular. Todos los días obligo a mis huesos y a mi corazón a tomar aliento, a repararse. Por eso voy en esta carretera eterna y caliente hacia esa práctica rural. Sé que con mi promedio pude tener cualquier puesto, pero preferí este, bien lejos de la ciudad y, sobre todo, bien lejos de Joaquín. No quiero verlo, ni que me vea ¡Que se trague sus palabras! Mi amiga Inés insiste en que huyo. Yo más bien pienso que estoy en el inicio de lo que será mi vida de ahora en adelante, una vida en donde no caben los idiotas.
Hay un pequeño comité de bienvenida en la puerta del local. Al bajar, el calor me golpea inclemente. No han pasado ni dos segundos y me invade los pulmones una humedad asfixiante. La medicatura está recién pintada. Dentro hay una sala pequeña con sillas en diferentes estados de deterioro y el motor de un aire acondicionado ronca sin parar, aunque lo único que hace es ruido. El encargado de la vigilancia me dice que mi residencia está exactamente al lado del edificio de una planta, que puedo guardar el vehículo en el estacionamiento techado y salir a recorrer el pueblo. Debo darme a conocer. Accedo, de inmediato pienso que lo mejor será quitarme la bata, llevarla puesta es insoportable.
Me reúno con el vigilante, la veterana enfermera que atenderá conmigo el lugar, y Doña Aurelia, la encargada de la limpieza. Estoy lista para hacer el recorrido a pie. Según ellos llegaremos hasta el tribunal para que el juez, la figura de autoridad más importante del pueblo, me conozca. Damos algunos pasos. Tengo que hacer equilibrio sobre una tabla porque hay que pasar un pequeño riachuelo de aguas servidas que no quiero saber de dónde vienen Hay moscas de todos los colores entretenidas en el agua. Parecen dueñas de la calle de tierra. Describen perezosas trayectorias de vuelo a nuestro paso y enseguida vuelven a posarse donde les place: en el suelo, en la piel, en la cabeza o en los perros que pululan por ahí.
Apenas avanzamos y nos sorprende una procesión urgente que viene a nuestro encuentro. Los hombres gritan y tienen los ojos brillantes. Comprendemos de inmediato que van en busca de lo que hemos dejado atrás hace apenas unos pocos pasos. Nos unimos al trote de este ruidoso grupo que trae a cuestas a un herido Está inconsciente con claras señales de haber devuelto lo que tenía en el estómago. Abrimos la puerta y depositan al hombre en la camilla del pequeño consultorio. Tanteo los medicamentos que se encuentran en el lugar, tomo de ayudante a la señora que limpia y Victoria atiende otra emergencia. “Páseme esas gasas… Alcohol…” poco a poco todo vuelve a la normalidad. El hombre recupera la conciencia y me mira mientras se incorpora en la camilla.
—¡Coño, qué bueno que llegó esta doctora pa´ este pueblo…! —dice uno afuera.
—Se muere Antonio si la blanquita no hubiese aparecido hoy.
—Ese empeño de pelearse a machetazos… —comenta una voz femenina sin rostro.
En la siguiente semana me vuelvo experta cosiendo heridas. Los habitantes parecen tener una afición por cortarse los dedos y casi matarse a machetazos a diario. También atiendo a mujeres golpeadas, mujeres que se pelean a cuchilladas por celos, y a niños alcanzados por esas peleas. Creo que en este pueblo la pasión ronda desenfrenada. Se causan heridas, se mutilan, luego se piden perdón o van presos.
Esta noche no hubo peleas en el botiquín, todo estuvo tranquilo. En este pueblo el cielo nocturno es un espectáculo de luces, provoca pasar horas contemplándolo. Paseo por mi pequeño apartamento mientras tomo un poco de chocolate caliente. Ya no necesito encender las bombillas, me he habituado al lugar en el que se encuentran los sencillos muebles de la sala. Mi oído comienza a distinguir otros ruidos.
Cuando no hay emergencias a las noches las acompaña una calurosa quietud interrumpida a ratos por los ladridos de los perros callejeros, los cantos de los grillos y los reclamos de los sapos. Ya para la madrugada todo parece hundirse en el más obstinado silencio; el momento que más temo, porque vuelvo a encontrarme con Joaquín. También me doy cuenta de que mis recuerdos no son los mejores. Mi mente se regodea en mostrarme lo peor de él: su mal humor, su tendencia a pasarse de tragos, sus continuas descalificaciones. Algo se remueve en mis entrañas ¿Quién era yo en esos momentos? ¿Por qué acepté tantos desplantes? Un frío absurdo se me instala en el pecho, comienzo a darme cuenta que él y yo no íbamos para ningún lado. Menos mal que no he atendido sus llamadas telefónicas.
Algo distrae mi atención. Unas luces inquietas se desplazan por toda la estancia, son luciérnagas. Las estelas de luz brillante me hacen sonreír, puede ser porque desde que llegué aquí me siento así: entre la ocupación del día y el deseo de mantener a raya los pensamientos desagradables por las noches. Trago con deleite el último sorbo de chocolate. Tengo ganas de parecerme a esos cocuyos, quiero dejar que brille solamente lo importante, apagar lo que me ha hecho daño, porque sí, porque ya está bueno.
2
Un largo suspiro da por finalizado el día. Espanto con fastidio a una mosca que se posa sin ceremonias en mi hombro. Miro hacia la calle. Hoy caminaré hasta la casabera, quiero mis dos tortas de la semana. El paseo consiste en atravesar el pueblo. Me río mientras recuerdo a mi madre la primera vez que vino a visitarme. No sabía dónde pisar con sus zapatos deportivos de diseñador. Yo, en cambio, ya me acostumbré a algunas rarezas de las dos calles del lugar. La vegetación consiste en cocoteros, matas de cacao y mala hierba. Flores silvestres dan notas de color al paisaje de barro. No hay aceras. Casi todas las casas tienen porche al que se accede al bajar unos escalones; la mayoría de ellas son de tipo rural; con piso de cemento pulido que generalmente es rojo.
La compañía obligada al emprender la caminata es la loca del pueblo, que mezcla pasajes de historias de autores diversos con poemas de Neruda o Benedetti en una forma bastante elocuente mientras fuma con la ceniza para adentro. Es delgada, alta y sus ojos sonríen callados. Las chismosas dicen que tiene en su casa una biblioteca inmensa y que ocupa sus días en aprender los libros de memoria.
La primera vez que la vi acompasó su andar al mío. Comenzó a recitar un poema y el humo eterno que salía de su boca me hizo toser. Entre bocanada y bocanada decía alguna frase en voz alta y gangosa, al mismo tiempo movía sus manos como si bailara. Intenté disimular el miedo y quedarme atrás varias veces pero ella, confianzuda y risueña, se devolvía:
—Yo a ti no te conozco, pero no te dejo atrás.
La gente bromeaba:
—Deja en paz a la blanquita.
—Blanquita o no, atrás no la dejo.
Ya no me asusta, sé que cada vez que vaya a la casabera me la encontraré y ya me conoce tanto que me espera con mi repertorio favorito.
Unas casas más abajo vive un señor que tiene como patio una laguna. En ella permanecen los patos salvajes y en temporada de crías se llena de madres abnegadas que enseñan a nadar a sus patitos mientras el viejo contempla el espectáculo y les lanza trozos de casabe. A la gente del pueblo le gusta reunirse en la laguna, por eso bordean la casa y se tumban a la sombra de los árboles hasta que oscurece. El viejo se sienta en los escalones de la puerta trasera de su casucha y deja que su vista se pierda en el agua oscurecida de su extraño patio. A nadie parece importarle que lo único que lleve puesto sea un enorme pañal de tela.
Me he unido algunas tardes a la reunión en casa del Sr. Vicente. Me causa mucha curiosidad la laguna. Es aún más curioso ver a los patos nadar tranquilos y hacer toda clase de ruidos sin que los espante la compañía humana que se desvive por alimentar a las crías y ríe con gusto ante los logros de los patitos. Aunque el ambiente es agradable fue allí donde tuve mi primer encuentro con la famosa horda de zancudos y colorados; llegaron al atardecer apurados y hambrientos y fue tanta la desesperación que me hicieron correr mientras daba palmadas por todo mi cuerpo.
La cacaotera queda casi al final del pueblo. A pesar de eso, el olor es el amo del aire. Por momentos dificulta la respiración, es una guerra de voluntades entre la necesidad de inspirar y el repudio por el aroma dulce del cacao. Además se mete en la piel y contamina hasta la ropa, de manera que no se distingue nada más.
La gallera, la prefectura, el botiquín y el juzgado están separados apenas por una o dos casas. Así que los hombres se pelean a machetazos en la gallera, en el botiquín arreglan los problemas y se declaran amistades y amores que duran hasta que se les pasa la cruda y cuando nada de eso funciona confiesan en el juzgado que sí se robaron las gallinas del otro. A veces declaran cosas peores. Hace unos días vi al jefe civil y al juez tomando algunas cervezas en el botiquín, suelen hacerlo de vez en cuando. Beben con los lugareños y mantienen con ellos largas conversaciones sobre la justicia de paz. La casa donde funciona el tribunal es una cueva de murciélagos. Mientras se dictan sentencias y las máquinas de escribir resuenan en la pequeña salita, los mamíferos de alas correosas duermen boca abajo en las vigas de los techos. En las tardes la casa se vuelve turbia con el alboroto de los vuelos negros y rebotones.
La casabera está cerca de la autopista, es una choza abierta con sendas planchas que bullen de actividad. Un trío de mujeres de edades difusas con faldas y cabellos largos y de colores terrosos se mueven descalzas de una candela a la otra. Su trabajo consiste en voltear las tortas de casabe y espantar a los perros que se acercan atrevidos por el olor a chicharrón y queso crineja que ofrecen junto con el casabe. Apenas me ve, Antonio guarda en una bolsa las dos tortas que vine a buscar y me sonríe mientras me las da con una mano a la que le faltan dos dedos. Al lado está la cacaotera, donde también me atienden con amabilidad y me regalan cacao para cocinar. Desando el camino porque ya casi es hora de que los murciélagos salgan a comer y no quiero chocar con ninguno.
Al cerrar la medicatura y dar los cuatro pasos que me separan del apartamento, recuerdo a Joaquín. Dije que se iba a tragar sus palabras y lo hizo porque ya tiene un montón de meses que no llama. Unas agujas invisibles cosieron mis vísceras porque descubro que no me importa para nada. Lo que sí me importa es lo que me muestra el espejo. Debe ser el calor, o las caminatas a comprar casabe, o las visitas al tribunal, o las carreras solitarias en la playa los fines de semana. Lo cierto es que mi cuerpo parece derretirse, la ropa comienza a quedarme holgada.
Estoy cansada. El aire acondicionado hace demasiado ruido y lo mismo da porque el calor es dueño del pueblo. A través de la ventana veo venir a una mujer. Prefiero decirle que venga mañana pero no me da tiempo. Aurelia, toca quedito y anuncia a la paciente. Resoplo. Qué más da. La mujer entra callada, toma asiento. A pesar de que la vi contra la luz incandescente de la tarde, no huele al sudor de todos los demás. Su fragancia es fresca. Una larga trenza oscura y brillante descansa en uno de sus hombros. Sonríe con educación y me dice:
—Vengo para que me recete algo para el dolor de estómago. Luego me iré porque sé que está cansada, Dra. Blanquita —a pesar de que es la primera vez que la veo, me llama por el apodo que me gané desde el primer día. Aquí nadie sabe que me llamo Anastasia.
Hace un día hermoso. El sol se filtra alegremente entre las cortinas de la pequeña salita donde duerme mi amiga Inés, su rostro precioso queda semi oculto entre sus rizos caoba y los hilitos de luz. Se le ve cómoda y hasta me parece que sueña. Mamá ronca como nunca en mi cama. Anoche dormimos apretujadas y no la escuché quejarse aunque sé que es delicada con ese tipo de cosas. Me extrañó que aceptaran mi invitación, creo que fui muy elocuente al contarles sobre las playas. Lo cierto es que me tomaré dos días para mostrarles los lugares que más me han gustado. Inés suspira, se mueve en el sofá y sigue plácida. Yo entro a la cocina para hacer un poco de café. Me siento bien, contenta.
Parece mentira que ya han pasado dos meses desde que mi madre y mi amiga Inés vinieron de visita. Fueron dos días deliciosos aunque no pude escaparme de la mirada puntillosa de mamá. A mí me pareció que durmió excelente, pero ella se encargó de sacarme de mi error al quejarse de todo cuanto pudo con sus aires de mujer de mundo. Cuando llegó el momento de dejar el apartamento casi agradecí que se fueran.
El día de playa sí me gustó. Desde que estoy en esta parte del mundo cada vez que puedo tomo mi carro y estaciono a la orilla del mar, allí doy largas caminatas mientras el agua me lame los pies descalzos y pienso. Otras veces corro por la orilla y disfruto del paisaje con mi mente vacía de todo pensamiento. Ese día Inés me acompañó a correr mientras mi madre se quedaba en una mesa tomando daiquirí. A mi amiga le gustó la solitaria playa y lo sencillo del paseo, aunque sé, que igual que mi madre, opina que me escondo de todo y de todos en este rincón arena y cocoteros.
El atardecer sepia anuncia el fin de la jornada. No hay pacientes, así que me dispongo a realizar mi ya acostumbrado paseo por el pueblo. Apenas me ve Antonio me saluda con su boca sin dientes y en la cacaotera me han regalado algunas bolitas de cacao que derretiré esta noche con un poco de leche. Recibo el obsequio y recuerdo a mi estirada madre. Ella no puede entender cómo me he adaptado a esta sencilla vida, no soporta nada de este pueblo. De todos modos, falta poco para que la práctica termine y tendré que irme. A cargo quedará Victoria, la enfermera. Imagino que ella recibirá al nuevo practicante. Pensar en eso me causa ansiedad. No puedo mentirme a mí misma: temo el momento en que vuelva a la ciudad, a su ruido y congestionamiento, al desmadre de mis amigos. Camino con lentitud, la noche baja con pereza y confieso que todo esto me gusta, no importa lo que digan los demás.
Atiendo a mis pacientes y recuerdo a aquella mujer morena que viene de vez en cuando. La vi por primera vez hace como tres meses, antes de que mamá e Inés vinieran a conocer las playas. Realiza visitas esporádicas siempre al final de la tarde y nunca deja que la examine, argumenta que es algo de su religión.
Entre nosotras se ha instalado una rara afinidad. Ella siempre me obsequia frutas, yo le tengo sus pastillas. Es una mujer bonita. Me cae bien, me gusta que venga, no sé porque le tengo tanto cariño. Es fácil hablar con ella, sabe mucho de la zona; de los mejores lugares para tomar cocadas o dónde venden el pescado más fresco. Hasta le he contado algunas cosas de mí y cuando hago esto noto que me mira con cortesía, como si agradeciera que le hable sobre mi infancia o mi adolescencia. No tiene reparos en reír conmigo cuando la ocasión lo amerita con una risa franca y contagiosa. Soy honesta al decir que es agradable compartir esos momentos. La despedida casi siempre es la misma, una sonrisa en la que desvela más inteligencia de la que admite al hablar y un:
—Hasta la próxima vez, Dra Blanquita.
3
Casi termino de vestirme y cuando salgo no me queda más remedio que darle un buen cumplido a mi compañera que está arregladísima. Ella sonríe mientras saco el carro del estacionamiento. Iremos a una boda en el siguiente pueblo. Victoria está emocionada, es un gran acontecimiento y está contenta de que vaya.
Me desplazo por la autopista apenas unos kilómetros cuando me indica la salida hacia una carretera un poco más estrecha, es de cemento y a medida que el auto avanza se va poblando más de vegetación. Por el momento no hay casas, solo terrenos y un follaje abundante y variado. Con cada kilómetro los árboles parecen unirse para dar la sensación de estar dentro de un túnel verde agujereado por hebras de luz. No quiero perderme nada de este paisaje singular, por eso conduzco lentamente.
Me estaciono detrás de una fila de autos muy viejos y carcomidos por el salitre. Unos pasos más adelante está el sitio donde se celebra la boda. Hemos llegado justo a tiempo. Los asistentes, vestidos con sus mejores galas, se secan el sudor con disimulo y algunos se estiran las ropas para no perder la compostura. El juez se encuentra en este momento en lo más solemne del protocolo. Cuando realiza las preguntas de rigor a los contrayentes parece elevarse un poco. Luego, aunque es una boda civil permite que intercambien anillos y los invitados rompemos en aplausos cuando finalmente los contrayentes son declarados marido y mujer. La novia sonríe ampliamente y el novio, embutido en un traje demasiado caluroso para el clima y el encierro, se seca el sudor con un pañuelo. Complacidos, invitan a todos a disfrutar del brindis.
El patio está acondicionado con mesas y sillas decoradas. Nos sentamos debajo de un viejo almendrón, vecino de un alto cocotero. De momento, todos se miran expectantes. El juez también se queda y acepta una cerveza, conversa con su secretario y el jefe civil. Ellos, junto conmigo, somos las novedades de la fiesta. No pasa mucho tiempo para que mis vecinos de mesa se pongan muy alegres y comiencen a hacerse bromas.
La noche se une a la fiesta y con ella los zancudos, había olvidado cuán molestos son los condenados bichos. Trato de ignorarlos y contagiarme de la alegría de la celebración. Hay varios pacientes entre los invitados. Se acercan y me presentan a sus familiares o amigos. Que va, los bichos parecen haber taladrado mi ropa, juegan a volar en mis oídos y no me dejan disfrutar. Comienzo a sentirme desesperada y muevo mis manos para dispersar el enjambre que tengo en la cabeza, casi al mismo tiempo quedo oculta bajo la mesa tratando de sacarlos de mi pantalón. El Jefe Civil me observa y con una maliciosa sonrisa comenta:
—Y eso que no ha visto a las angoletas, Dra. —apenas escucho que se trata de unos extraños insectos voladores que producen una molesta picadura y que atacan sin piedad justo a la caída del sol.
Mi expresión debe haberle parecido cómica porque lanza una carcajada que deja al descubierto pedazos de oro en su dentadura. Como ya no sé qué hacer, me levanto para buscar a Victoria. Prefiero irme a seguir siendo víctima de estos chupadores de vida. Doy algunos pasos y unas manos suaves me conducen dentro de la casa. Es la morena. Sonríe con amabilidad y me tiende una cerveza. Al ver mi ceño fruncido, me explica:
—Un poco en los brazos, otro poco en las piernas; eso los ahuyenta, no les gusta el olor —se aleja. Es la encargada de servir la comida.
Hago caso de su consejo. No sé si es un placebo o es cierto lo que me dice pero los zancudos se olvidan de mí y puedo divertirme el resto de la noche. Para mi fortuna las angoletas no aparecen.
4
Victoria me ha tocado la puerta y es aún de noche. Hay un herido en el consultorio. Está grave. Me retuerzo de miedo y de rabia. Tiene que pasar esto justo hoy, que en teoría es el último día de mi práctica.
Los esfuerzos por salvar al herido son infructuosos. El hombre no aguanta y tiene la absurda idea de irse a morir justo a la llegada de los primeros pacientes. Hay un pequeño revuelo. Es necesario que los familiares vengan a reclamar el cadáver. No sé qué haremos hoy para atender a los demás, pues él ocupa la única camilla. El calor y las moscas parecen multiplicarse. El hedor de la cloaca se mezcla con el olor dulzón del cacao y, ya para el mediodía, con el del muerto.
Mis tripas están bien despiertas, amenazan con hacerme devolver el desayuno y tengo que contenerme, respirar. Eso no puede ser, soy una doctora, no puedo ir por ahí vomitando por un muerto.
Decidimos atender a los pacientes en la salita de mi apartamento. Esta idea resulta muy buena y podemos llevar a cabo el trabajo del día. Ya para el final de la tarde se lo llevan, pero nada parece ahuyentar el olor.
Calmo el gimoteo de un niño al que acabo de curar. El aire cambia de aroma. Justo ahí, la reconozco: es la fresca esencia de la morena. La miro desde dentro y advierto algo más, su semblante está cargado de miedo. Victoria hace que se siente en una sillita afuera mientras la madre y el pequeño al que atendí desocupan la sala. La mujer entra en cuanto tiene oportunidad, sus ojos están desorbitados y su respiración es agitada.
—¿Qué tienes, mujer? —pregunto curiosa.
—Es fácil… Vine a parir
—¡¡¡Qué!!! —Grito sin disimulo—. ¿Qué pasó, morena?
En pocas palabras resume el asunto. Tiene dolores de parto. Me sorprende lo distraída que soy para no haberme dado cuenta de su embarazo. Ahuyento los pensamientos de mi cabeza porque la mujer acaba de entrar en labor frente a mí. Está en el piso con las piernas abiertas. Me agacho y apenas alcanzo a ponerme un par de guantes, la cabeza de la criatura asoma ya. Me preparo, le grito, pero nada de lo que hago es necesario, ella parece experta en lo que hace. Media hora después tiene a la criatura en brazos. Casi no necesitó mi ayuda, menos la de Victoria.
—Qué bella bebita —comento y un cursi nudo de algodón se instala en mi garganta.
—Qué bueno que le guste, Dra. Blanquita, porque será suya —trago ruidosamente ¿Qué dice esta mujer?
—Estás confundida…
—No, estoy muy consciente de lo que digo. Escúcheme bien, Dra. Blanquita. Tengo treinta años, vivo con un hombre al que le gusta dar coñazos como si fueran regalos. Esta no es mi primera hija, además de ella hay ocho carajitos más. No puedo de ninguna manera llevar otro muchacho para esa casa. De hecho, nadie supo nunca que estaba preñada. Lo oculté de todos y cuando la conocí a usted, lo supe. Supe que usted sería la madre de esta niña.
Hay aplausos en mi cabeza, en realidad es una ovación. ¿Qué carajos pasa aquí? ¿En qué momento la rural se convirtió en el extraño capítulo de una novela chimba?
—Acéptela, doctora. Es usted la que debe tenerla. Ella la eligió. Yo no puedo llegar a mi casa con esa criatura porque las dos terminaremos muertas o molidas a palos. Además, esa niña es suya. —la mujer habla mientras yo miro los ojos inteligentes de la bebé.
Tengo rato con ella en brazos. Nos reconocemos. Hace unos ruiditos con su garganta que me inundan el alma de una indecible ternura. Suspiro. La beba bosteza al mismo tiempo que lleva una manito a su frente. Su cabeza está cubierta por cabello oscuro y brillante. Aparto a una mosca de su cuerpecito abrigado con ropa diminuta.
Nos quedamos solas en un pequeño espacio donde no caben las moscas ni el calor del sol, que ya se oculta anaranjado e inmenso. No caben los perros ni el aroma del cacao ni la candela de la casabera.
No hay aire. Ella y yo estamos dentro de una burbuja.
Ahora lo comprendo, no vine a olvidar a Joaquín, no vine huyendo de nada. Vine a encontrarlo todo. Durante meses me he preparado para esto.
Fue ella. Siempre fue ella. Me trajo las frutas, cuidó de mí. Me sonrió a través de los ojos de la mujer que la llevaba escondida en su vientre. Me dejó ver cómo será: tendrá huesos fuertes, morena, con su cabellera oscura y lustrosa que seguro llevará larga. Le pertenezco.
Abrió los ojos entre sudores y jadeos. Tardó un minuto en darse cuenta donde estaba. La respiración acompasada de su marido la tranquilizó. Caminó con el cuerpo pesado y la cabeza revuelta hacia la cocina, quizá un vaso de agua le ayudaría a calmarse. De vuelta en su habitación se envolvió de nuevo en sus sábanas, no pudo dormirse de inmediato y pensó en el motivo del desvelo…, ya eran varias las veces durante esa semana que despertaba en medio de sueños tan angustiosos. La ola de denuncias en las redes sin duda había traído de vuelta, como si de una película vieja se tratara, ese episodio de su vida olvidado a propósito. Al principio pensó que era una pesadilla, las imágenes fabricadas en su cabeza eran nítidas, quizá demasiado. Al final de ese día tuvo que admitir que todo eso era más que un mal sueño, era un recuerdo.
Esa mano de uñas largas y amarillentas que se deslizaba entre sus piernas regordetas, la imagen de ese señor grande sonreído que le hablaba mientras con cautela metía dedos dentro de sus pantaletas floreadas con aparente naturalidad, esa sensación que la hizo sentir incómoda pero que al mismo tiempo rechazaba porque según el hombre era algo normal, estaban “jugando” explotó finalmente con lujo de detalles. Entonces, alejada de sus hijos que hacían ruido en la habitación contigua, cerró los ojos y lo dejó salir.
La casa olía a viejo, era oscura y polvorienta, al final de la misma, en el patio, se celebraba un matrimonio, sus padres eran invitados pero además conocían muy bien a la familia, el señor era de la casa, era conocido por todos, de lento andar y siempre de buen humor. Los niños más grandes se burlaban de él y corrían mientras él jugaba a alcanzarlos. En la sala de la casa había un grupo de unas cinco niñas, entre las que ella se encontraba y un reguero de muñecas en los muebles. En su recuerdo vió al viejo acercarse, se sentó entre las muñecas y preguntó que hacían, por un rato las observó sin intervenir y luego invitó a todas las niñas a “hacer ejercicio” él iba de una a otra y las tomaba de las piernas, con sus manos las movía como si esa niña fuera montada en una bicicleta, luego llegaba el turno de otra niña, de pronto dos de las que se encontraban ahí dijeron que ya no querían jugar y se fueron, ella se quedó. Cuando le tocó su turno, supo que no quería jugar a ese juego tan raro, pero aceptó porque las otras niñas lo hacían. Pasó un rato hasta que alguien se acercó a ver que sucedía, las otras dos niñitas que aún no se habían ido y ella misma, comentaron que jugaban con el señor, él un poco nervioso se retiró de la sala y esta señora amable tomó su lugar. Comenzaron otro juego imaginario lleno de traslados a supermercados y tiendas, que no estuviera el viejo hizo que se acercaran de nuevo las niñas que se habían ido. Esa mañana luego de la fiesta, sin saber por qué desechó sin que su mamá se diera cuenta la pantaleta floreada que llevaba en la fiesta, no quería que la reprendieran por haberse quitado la panty tan sucia, así que prefirió botarla.
Abrió los ojos, se dio cuenta que lloraba en silencio. ¿Qué hacía ahora con ese recuerdo aberrante? ¿Por qué ahora se daba cuenta de esto? ¿Lo diría?
Secó sus lágrimas y salió de su habitación, sus hijos de seis y ocho años miraban televisión y bromeaban entre sí. Los miró conmovida y con la piel erizada pensó: “tenía menos edad que ellos cuando sucedió eso”. Llamó a su mamá y como quién no quiere la cosa preguntó por esa familia, su mamá le dijo que ambos, habían fallecido ya, suspiró con algo que interpretó como alivio.
En los días sucesivos se llenó de trabajo, actividades, más trabajo y poco tiempo dejaba libre para pensar, no quería que su mente se abriera de nuevo a ese recuerdo. Una tarde en que se puso a organizar la biblioteca cayó una foto de un libro, la recogió y se contempló a sí misma con su cara gordita de los cinco años, sonreía inocentemente a la cámara, pero al ver sus ojos supo que ya escondía el secreto, pudo haberle echado mucha tierra encima, pudo haberlo olvidado todo ese tiempo pero los ojos de esa niña decían que eso no estuvo bien. Su esposo la encontró llorando, se sentó con ella en el suelo y le hizo miles de preguntas, ella respiró hondo y le enseñó la fotografía, él miró con cariño a la niña y le dijo:
—No cabe duda que Francis es hija tuya, son idénticas —la mujer sonrió amargamente y respondió
—Ojalá que no sea igual a mí en nada
—¿Qué tienes mujer? Llevo días viéndote
—Esa niña lleva una carga…, tiene un secreto
La mirada inquisitiva de ese hombre tan amado terminó por quebrarla. De nuevo tomó aire y luego de un largo momento se decidió a hablar, a medida que lo hacía notaba que sus palabras se perdían, que no lograba articularlas bien, la culpa, el miedo, la necesidad de ocultar aquello durante tanto tiempo finalmente habían sido rotas. Cuando terminó de hablar fundida en un abrazo silencioso de su marido se sintió liberada.
Antes sintió miedo, miedo a que su madre la reprendiera, miedo porque se dio cuenta que eso no había sido un juego inocente, miedo porque no sabía que iba a suceder. Luego sintió culpa, porque no sabía si era ella la que había provocado aquello, porque ella aceptó “jugar” aun cuando se dio cuenta que ese juego no era agradable y luego se dio cuenta que de esas experiencias nadie quería hablar. Su esposo la dejó llorar, le quitó la foto de las manos y la guardó de nuevo en el libro. Con gentileza la acompañó hasta la cama y la trató como si se recuperara de una terrible enfermedad.
Unos días después mientras caminaban por el parque como casi todos los domingos le entregó una rosa blanca, la invitó a lanzarla al agua de un riachuelo que corría unos metros más allá de donde se encontraban, le explicó que era la forma en que se le había ocurrido que podía decirle adiós a ese momento tan amargo, para que pudiera seguir con su vida. Ella estuvo de acuerdo, desgajó los pétalos de la rosa y los observó caer y perderse en el agua, luego sin lágrimas le dijo a su esposo:
—Antes de dar por terminado esto necesito que me acompañes a hablar con mis hijos, ellos deben saber, deben estar atentos a todo, también tienen que saber…, ¡tienen que saber que cualquier cosa que les parezca extraña hay que decirla!
No fue fácil hablar con sus hijos, pero al hacerlo sintió que ya la niña estaba ligera, no cargaba más el peso acumulado con los años, entendió finalmente para qué volvió a ella el amargo momento, era necesario que sus hijos estuvieran seguros, con suerte saber y conversar sobre esto los mantendría lejos de las garras amarillentas y malintencionadas de los depredadores.
Hoy es un día extraño. Me he levantado recordando a papá. Mi almohada está húmeda, creo que estuve llorando. Tengo que alistarme ya va a ser hora de salir de casa. Mientras me visto y arreglo mi cabello; recuerdo. Ahora me doy cuenta, soñé con él. Le pregunté por qué pero no me habló. Sonreía como siempre, como cuando me agarraba de la mano para pasar frente a la casa de los gatos, como cuando cantaba la canción que había inventado a la dueña. Su sonrisa me persigue mientras termino de vestirme. No tengo tiempo de esto ahora pero no puedo dejar de hacerlo, recuerdo cuando hacíamos competencias a ver quién llegaba primero a la casa de la abuela y yo era la ganadora indiscutible, qué feliz se veía cada vez que hacíamos eso. En el sueño sonreía, como cuando de improviso me decía que lo acompañara a hacer algo importante y resulta que me llevaba a tomar helados. Arrugo la frente porque a pesar de que recuerdo que yo también sonreía ante todos esos detalles, ahora no es así. Todo esto me ha puesto triste y su sonrisa en vez de darme alegría me da rabia.
¿Por qué sonríes?
¿Qué puede darte risa?
No estás aquí conmigo, te extraño y quiero que hagamos todo como antes y no tengo eso, solo este tonto sueño que se repite, este tonto sueño donde sonríes. ¡Te odio!
Seco mis lágrimas antes de salir del cuarto, le digo a mi mamá que ya es hora de irnos y ella se apresura a montar unas arepas. Mi cabeza sigue dando vueltas en lo mismo… no sé por qué sonríes si no estás aquí conmigo.
**
El día ha sido muy largo y aún me faltan unas tareas por hacer. Al entrar en casa pienso en papá, en sus dientes blancos y perfectos, en su cara morena y redonda, a veces mi mamá comenta que mi hermano tiene la misma contextura de papá a esa edad y que hasta se mueve igual. Yo no quiero olvidar cada detalle de su cara, no quiero. Le pido disculpas por decirle que lo odiaba, porque no es así. La verdad es que lo amo…
¡Te amo, papá!
Ojalá pudieras escucharme, ojalá puedas perdonarme por eso que dije…
El espejo hace que me detenga a mirarme. Mi cara es como un reflejo de mi padre pero en versión delgada y femenina. Tengo la forma de sus labios, la forma de su cara enmarcada por una mata de pelo azabache que me llega a los hombros. Mis ojos, al igual que los suyos, se esconden tras unas gafas, las de él tenían una montura pequeña y eran de color negro, las mías son rosadas, fui a comprarlas con él…
“Quiero que sigas presente en mi vida, pero no sé cómo hacer eso” hoy me he sentido triste, me siento un poco estúpida, porque cada vez que pienso en él quiero llorar.
Barro el cuarto con la mirada. En la cama está tirado como al descuido mi ejemplar de Sinsajo, hoy no estoy ansiosa por leer porque aún debo hacer la tarea y no tengo ganas porque sigo pensando en él…
Casi en forma automática hago algo que tengo tiempo sin hacer. Busco en su Instagram algunas fotos. A menudo aparezco yo en ellas pero no me importan esas, quiero verlo a él. Encuentro una donde estamos los dos, creo que es en el estadium, fuimos a ver el juego de Magallanes. Miramos fijamente la cámara y él sonríe, los dos llevamos gafas. Voy revisando la cuenta y encuentro otra fotografía, por la decoración debe ser diciembre. Estamos de pie yo lo abrazo y el hace lo mismo. Ahí está tu cara papá, te ves tan sereno, tan contento.
—Papi, papi… —digo en voz alta mientras miro la imagen en mi celular— quiero tanto hablarte y que me respondas…
Otra vez siento una rabia subiéndome por el cuerpo como un ejército de hormigas. Me fijo que hay dos comentarios, nunca antes me había interesado leer nada de eso, pero siento una curiosidad inusual así que los abro, bla, bla, bla no me importa quién le escribió algo sobre mí y de pronto…
“Las hijas son lo más grande y el cariño más hermoso (…) Mi hija es una bendición de Dios”
Entonces abro otro comentario en la foto donde los dos miramos de cerca a la cámara con nuestras gafas…
“Con mi amada hija”
Mientras leo su voz repica en mi mente. Aprieto el teléfono contra mi pecho. Ya no puedo sentir rabia, doy un besito a la foto, me has hablado, no te veo pero puedo sentirte, es inevitable, tu recuerdo me hace sonreír.
La mañana irrumpe sin problemas por la inmensa y polvorienta ventana. El sol se pasea por los estantes con dorada pereza, dando luz a los viejos lomos de los libros dejados allí desde quien sabrá cuando.
La expectación lo atormenta. Por fin la presencia de los estudiantes deja de ser un murmullo lejano
¡Todo se llena de vida!
Poco a poco ocupan los puestos, se reconocen, se sonríen. En ese lugar están por comenzar muchas historias y otras continuarán; como la de Guillermo y Kathy, hasta no hace mucho les gustaba escribir en su tabla sus nombres encerrados en corazones, Guille también confió en él lo suficiente como para guardar en una esquina, con letra muy pequeña, la respuesta de aquél examen que era de vida o muerte, la verdad no importa si escriben o no, ni que materia vean, lo que importa es que lo hagan sentir vivo, partícipe, que se inclinen mientras se encuentran sentados, que le hagan sentir finalmente después de todo ese tiempo que cumple con el fin para el que fue creado.
Un aguacero de proporciones diluvianas formaba parte de esa oscura y angustiosa noche. Ella estaba preocupada. El reloj de números rojos marcaba impasible y ajeno a sus pensamientos los minutos transcurridos. Muy pronto el cansancio y el gorgoteo continuo de la lluvia hicieron que cayera en un sueño fatigoso del que despertaría más tarde en el ojo mismo de la tormenta.
El golpe seco de la puerta y unos pasos vacilantes, anunciaron la llegada. Cuando lo sintió cerca apretó los ojos y fingió dormir. Su cuerpo era un manojo de contradicciones, sintió alivio porque supo que estaba en casa, pero su corazón latió con la fuerza que bombea el miedo cuando sintió su respiración etílica cerca de su cara. Una mano temblorosa le apretó el brazo y la obligó a encontrarse con esos ojos llenos de furia, comenzaron a discutir. Una lluvia de insultos acompañaba los relámpagos lejanos, las palabras hirientes y sus voces comenzaron a oírse por encima del estruendo de afuera.
Descubrieron con vergüenza que mirándolo todo estaba el niño, con la almohada en la mano y los ojos dormidos. La criatura también llevo su parte; el padre lo sacudía con fuerza y la culpaba a ella de sus malas calificaciones, de sus mañas, de sus problemas, de los de él y de los del mundo entero… ¡Ella era la culpable de todo!
La noche dió paso a la madrugada fría y serena. La tormenta cesó. Amaneció, las calles se mostraban limpias y el sol se reflejaba apacible en los espejos de agua. Mientras ella caminaba, el viento fresco y joven le acariciaba la cara y era casi una bendición pues en su interior, la sangre ardía. Contuvo las lágrimas, lo de la noche anterior no fue más que un lamentable episodio.
El tiempo siguió su curso, cada uno hundido en un foso, incapaz de salir. Él caminaba a ciegas por el mundo, con el alma ennegrecida de resentimiento, asfixiado voluntariamente en un mar de alcohol y humo. A veces miraba de soslayo y sentía nostalgia. El hogar era una fortaleza cerrada con llave a toda hora.
Ella en apariencia fuerte, controlada, razonable se fue quedando vacía por dentro sin que nadie lo advirtiera. Su vida era un comercial de tv, reír, jugar, fumar, hablar, ser exitosa en los negocios y una ganadora en todo lo propuesto. En algunos momentos creía ser feliz, pero por dentro sólo habitaba un poderoso deseo, unas ganas insistentes de desaparecer.
Él, aunque se daba cuenta que era tarde para desandar el largo camino extraviado, trató de enmendar el entuerto. Se lavó el cuerpo de las impurezas que lo corrompían, se esmeró en ser esa persona que ella conoció, se convirtió en un bufón. Deseaba con vehemencia enamorarla de nuevo, fundirse en la miel de sus ojos y abrazarse al calor de su piel acanelada. Pero veía con tristeza que todo su esfuerzo por recuperar el hogar de antaño se lo llevaba el viento en un suspiro.
Echado en la cama la vió desvestirse. Admiró su belleza que comenzaba a marchitarse, su piel que hasta hacía poco brillaba, ahora era de una apariencia terrosa y arrugada.
Trató de seducirla, le habló dulcemente al oído, la acarició con ternura, no advirtió al principio que con el leve roce un diminuto trozo de materia extraña resbaló entre sus dedos, siguió acariciándola suavemente, sintió con extrañeza un polvillo muy fino en sus manos. Recordó los días de antaño en que jóvenes se entregaban al retozo del amor y el entusiasmo veló sus sentidos, pero la voz hueca de ella le advirtió:
—Lo siento…, es que no puedo… —él adivinó entre las sombras que algo sucedía por lo que corrió a encender la luz mientras preguntaba con la voz temblorosa por el miedo.
—¿Que pasa, ¿por qué no? —En ese momento calló para escuchar una voz casi fantasmal que le respondió
—Es que, algo se rompió dentro de mí —Corrió horrorizado hacia ella pero cuando trató de sostenerla ya fue demasiado tarde.
Asombrado miró como se quebraban su cara y su cuerpo y sus pedazos caían, silenciosos y mustios esparcidos por el suelo.
Mi abuela era pequeña y enjuta. La mayoría de las veces estaba ocupada en la cocina y así fue como la encontré aquél día en que le llevé una sorpresa. A mi abuela le gustaban mucho los animales y los insectos. En su casa había gallinas, perros, pájaros, palomas, muchos escarabajos y unas cucarachas marrones a las que mis primos y yo les decíamos “las blindadas”, por su duro aspecto. Siempre que mencionábamos algo de eso ella nos respondía
“Es por las matas”
Cuando se acercaban las lluvias era común oír a las chicharras. A veces las veíamos amanecer secas y reventadas de tanto cantar. Cuando esto ocurría mi abuela la tomaba con cuidado y la prendía de su largo cabello que en pocas ocasiones llevaba suelto. Otras veces nos la ponía en el pecho “Es un adorno” decía.
Un día, yo andaba correteando por ahí y me encontré con un hermoso grillo de patas muy largas. Cantaba descuidado sobre una mata de Corazón de Hombre. De inmediato lo apresé y decidí que se lo llevaría de regalo a mi abuelita. El movimiento del insecto en mi mano me causaba un poco de aversión, pero era olvidada muy pronto al pensar en la cara de asombro que mi abuela pondría cuando viera la sorpresa. Acompañé el insecto con algunos papelillos y esperé pacientemente a que mi papá dijera que era hora de partir.
Ya en el camino sentía cómo, cada vez más desesperado, el grillo trataba de escapar y se movía como loco en mi mano sudorosa. Nunca antes se me hizo tan larga la luz del semáforo que indicaría a mi papá la esquina por donde debía cruzar. Finalmente llegamos. Mi padre se estacionó y mi madre me ayudó a bajar. Entramos.
La casa de mi abuela era muy grande, llena de muebles viejos que parecían gritar la bienvenida. Desde la sala solo podía verse un trozo del patio, mi lugar favorito en todo el mundo. Entrar a esa casa llena de cuartos vacíos con ventanas de madera y cortinas en vez de puertas siempre era una sabrosa sensación.
Al pasar la salita se abría una inmensa estancia con sillas de mimbre de diferentes colores y una inmensa cocina con muchas alacenas diferentes una de la otra. Mi abuela siempre estaba parada junto a la estufa así que caminé con total seguridad hacia donde sabía que la encotraría. Mucho antes de verle la cara anticipé su sonrisa en su bello rostro moreno. Me abrió los brazos, corrí a su encuentro y grité:
—¡Sorpresaaa! —cuando deshicimos el abrazo, ella miró en mi mano el grillo junto a los papelillos mojados por el sudor. Sonrió bondadosamente y me preguntó:
—¿Y esto? ¿Qué es?
Me puse triste y dije en voz baja
—Era una sorpresa para ti abuelita…, pero…, se murió.
Mi abuela tomó con ternura el insecto, apartó de su cuerpecito los papelillos que lo cubrían, lo acunó en su mano de manera que yo no pudiera verle y luego, volviéndose hacia mí, me preguntó mientras reía con toda la cara.
—¿Estás segura? —las antenas del grillo se movían casi imperceptiblemente, ella lo aventó al aire y el insecto saltó con renovada fuerza, mientras lo veíamos alejarse le pregunté:
—Abuelita… ¿cómo lo hiciste? ¿Cómo lo reviviste?
—Esa mijita, esa no fui yo…
Me dio un abrazo muy cálido y se volvió hacia la cocina. Yo me olvidé pronto del insecto, me fui corriendo al patio, mi lugar favorito en todo el mundo.
Es una mujer como muchas. Todos los días enfrenta batallas.
Hace unos años se casó. Estaba joven aún, tenía una cacharra destartalada que heredó en vida de su padre. Decidió que esa cafetera antigua sería el inicio de su aventura en pareja y sin cacareo la vendió para alquilar una pieza donde viajar a las estrellas sin más equipaje que su vestido de Eva.
El tiempo que es inexorable ha pasado y dejado huella, no es fácil llevar una vida con dos hijos y tres empleos. Aunque todo tiene sus satisfacciones. Cuando la familia aumentó, la pieza fue cambiada por una casa, tres habitaciones, una espaciosa cocina, dos baños, un bonito jardín. Sonríe mientras piensa que juntos en su guarida inventan a diario el amor.
Una tarde entre sudores y cansancio, advirtió el nombre ahogado que se escapó de los labios de su campeón…
La duda se instaló como dueña de su vida, entre nerviosismo y paranoia revisa papeles, maletines, carteras. Así sin más descubre el cuerpo de un delito añejo. Allí están en su laptop las pruebas inequívocas, esas fotos desvergonzadas que muestran las sábanas revueltas que cubren el mismo colchón en el que fueron concebidos sus hijos, la pintura descascarada de la entrada a su alcoba y el mismo cuadro en la pared, con horror se pregunta entonces,
¿No es esta la amada guarida de la que yo estaba tan orgullosa?
No queda nada por decir para ese par de extraños, ya fue suficiente ultraje.
¿Qué va a pasar ahora que la vida se ve diferente?
Algunas lágrimas escapan de sus ojos, sus labios tiemblan descontrolados y los sollozos acuden junto a los recuerdos de ese descubrimiento. El sudor moja su frente mientras siente el fardo entre sus manos húmedas y resbalosas. La luz opaca de esos ojos tan amados no la asusta. Solo por un instante siente que no podrá con tanto peso, luego su ánimo se enciende con la fuerza de la decisión.
Escucha los ruidos más allá de la puerta de su hogar, decide que esto no va a destruirla. Se da cuenta que hace tiempo se calzó los zapatos de la valentía, y no hay nada que pueda vencerla. Es momento de tomar la vida de la mano, dejar atrás lo que no sirve.
Finalmente gira el picaporte. Al entrar sonríe a sus hijos y respira profundamente al llamado de la soledad. En la noche, cuando todos duermen, ella baila, recuerda lo vivido. Se despide de una vez de ese maldito que se han de estar comiendo las ratas. Ríe en ese momento de su astucia y da la bienvenida a lo desconocido. Gira y ríe, hace tiempo que no es una niña. Gira de nuevo y recuerda la cara de asombro del que fue su campeón. Vuelve a girar y se hace consciente de que ya no es una muchacha, tararea la canción que suena a bajo volumen en la radio y su cuerpo al moverse en forma tan acompasada la hace sentir que es una mujer fuerte, tan fuerte que pudo acabar con esa historia. Así como él horadó sin piedad su corazón, ella hizo que escapara la luz de sus ojos.
Tiene puesto su traje de libertad, el mismo que se ha curtido de experiencia. Por eso gira, gira y gira, va con el tiempo, no hay atrás.
Es de noche. No logro identificar lo que me inquieta. Algo cambió, pero aún no sé qué. La náusea me ha obligado a orientar mi cerebro en busca del baño. No puedo abrir los ojos completamente. Me urge la cama y al mismo tiempo no quiero estar en ella, el silencio de la casa comienza a molestarme. A ciegas y descalzo la recorro entera. De pronto me duele una ausencia, ella no está. Me lo confirma el papel arrugado que dejó manchado de lágrimas en la mesa de cuatro puestos, único adorno de mi sala. Culpable y burlón sigue ahí, no necesito leerlo porque ya me sé cada palabra.
Ella decidió que tenía suficiente de mí, en cambio yo aún no había destrozado todo de su vida. La quiero aquí y ya no está. Creo que matarla me hubiese permitido disfrutarla más tiempo, no me atreví. Ojala tuviera la valentía que le descubrí a aquél idiota que disparaba sin pensar en su odio. Camino de nuevo sin rumbo por la estancia. Su ausencia es tan notoria como la nevera vacía, como las flores marchitas, como el hedor a soledad.
Llorar no es de machos, eso me dijo mi padre un día. No sé si hoy me siento hombre. Tengo días sin saber quién soy. ¡Que se pudra todo! Quizá dormir ayude. La noche está ahora en lo más callado y me sigue doliendo la ausencia.
De nuevo me asaltan las ganas de ser otro, pero ya no quiero ser un asesino. Quizá prefiero ser, un aventurero capaz de cruzar el mundo sin apuro por el retorno, ese que conoce cada rincón del planeta, ciudades y países que yo solo he visto por Internet. ¿Y por qué no? el millonario que no lucha por llegar a fin de mes con algo en la cartera.
Mi vida es muy distinta a esos deseos. Soy un loco callado. Metido en mí mismo la mayor parte del tiempo. A veces recorro las calles buscando a quién robarle el físico, la identidad. Soy de los que mira de reojo a los que ríen y luego invento porqué lo hacen. Soy de los que hilvanan historias de escenas dispersas. El que escucha mientras finge estar concentrado en algo más. El que roba diálogos, disputas, frases.
A ella la conocí en un café. Creo que no era intención de ninguno de los dos llegar a algo. Yo garabateaba en mi libreta y sorbía el perfumado líquido negro, único alimento de ese día. Ella me inundó con su fragancia y su verbo. Me la imaginé desnuda. Me gustó. Sin saber cómo, terminamos los dos sudando las sábanas de mi cama destartalada. A partir de ese momento se adueñó de mis costumbres. Sus arrebatos, su cuerpo, sus caprichos y su sexo se volvieron un vicio.
Trago la náusea que de nuevo me inunda la boca. ¿Cómo fue que pudo por un minuto hacerme pensar en otra cosa? ¿Cómo fue que permití que intentara cambiarme?
Cierro los ojos y la evoco. No es de una belleza común, es más bien un pequeño monstruo de cabellos ocre, dientes torcidos y enormes ojos café, su boca inunda su rostro. Se mueve con la presteza de una bailarina y es tan elástica como una acróbata de circo. En algún momento llegué a creer que podría formar parte de su mundo. Ella nunca formó parte del mío.
El sabor amargo de la bebida me hace recordarla de nuevo. Esta vez no de la mejor manera. A ella le disgustaba que yo bebiera. Incluso llegó a deshacerse de todas mis botellas para intentar alejarme de lo que siempre me dijo, sería mi muerte segura. Ahora no está aquí para llorar cada vez que me ve apurar el vaso. No está aquí para limpiar la inmundicia que he dejado en el baño al volver del otro mundo. Ya no se acurruca en mis brazos mientras me ruega que la ame y que me enfoque en ser alguien más normal. Se fue hace no se cuánto tiempo y hasta ahora me doy cuenta que me duele. ¡Maldita sea!
Sus palabras comienzan a repicarme en la cabeza y siento que me desagradan, no quiero recordarlas. No, no, algunas no son tan hirientes, también las hay dulces, cuando no están llenas de reproche.
Se me explota la cabeza. Un martillo golpea sin piedad. Suspiro mientras me tapo la cara y me alboroto el cabello. Ese que mi monstruito solía acariciar y que cuidaba con tanto esmero. Amanece ya. La noche se ha ido sin protagonismo. Aquí dentro sigue oscuro, pero ya no hay silencio. Suspiro. Me muevo otra vez como un fantasma. Ese es mi más grande problema, yo no sé cómo ser normal. Vivo entre el sonido de las teclas y los tragos de vodka. No sé cómo llevar una rutina que no sea la de mirar el cursor esperando ser arrastrado por letras y palabras que se conviertan en historias, para que otros juzguen si sirven, si merecen ser recreadas, tan estúpidas como esta noche en vela, tan inverosímiles que muchas veces desaparecen al pulsar delete o tan buenas que pueden ser vendidas y hasta dan para vivir.
Mis pasos me llevan de nuevo a la sala. La computadora encendida sobre la mesa de cuatro puestos parece esperar paciente a que la ocupe. El hasta nunca de Amanda sigue ahí, parece estar riéndose de mí. Repito en mi mente sus palabras “Algún día el alcohol y las letras acabaran con tu vida… no quiero estar ahí para ver eso. Te amo, A”
La adrenalina fluye a medida que las teclas inician su ritmo constante. Por un momento mientras escribo cierro los ojos. El fluir de las palabras no disminuye, al contrario, se hace cada vez más fuerte, más rápido. La imagino al abrir la puerta, sus pasos silenciosos alejándose de mí. Eso no es lo que yo quiero, por eso voy a jugar a ser Dios, a que tengo su destino en mis manos.
Ella camina con sus altos tacones arruinados, sus labios excesivos pintados de rojo, me mira y dibuja en su boca una sonrisa insinuante, se frota sus dientes manchados y dirige sus pasos hacia mí. Decido que,
Es de noche. No logro identificar lo que me inquieta…
Soy una mujer de gustos simples. Me gusta hablar francamente con una persona, comer chocolate sin pensar en la dieta, amo mi sofá, donde puedo amodorrarme a leer un libro y lo mejor de todo es que me encanta vestirme como me da la gana, nunca me ha preocupado mucho eso de la moda.
Con el estudio la cosa va más o menos así, estudié mucho siempre, soy aplicada. Ahora que terminé pues tengo que buscar trabajo, espero tener suerte pronto.
Tengo apenas unos meses en este empleo y me siento un poco rara, es que de un tiempo a esta parte me he descubierto mirándome más de lo debido en el espejo y descubriéndome arrugas, canas y algunas lonjas que se me marcan en la ropa y que me hacen sentir incómoda, no es como dice mi marido “sazón para el caldo”
Creo saber de donde viene la cosa, aquí en esta empresa las mujeres se arreglan a la última moda: zapatos y ropa de marca, es por eso que mis zapatillas bajitas me están incomodando, creo que no se ven bien. No toman azúcar, consumen sólo edulcorante artificial y productos Light, el chocolate es un enemigo prácticamente innombrable y si me ven comiéndolo es posible que les de un infarto al pensar en la cantidad de calorías con que contribuyo a “sabrosear” mi cuerpo.
Mi jefa y su séquito de lame botas viven hablando de los deportes que practican. La obsesión es tal, que he llegado a preguntarme como han conseguido el puesto en el que están, si lo único que tienen en la cabeza es una clase de bailoterapia, una cancha de tenis, una piscina, una clase de aeróbicos o de spinning y una sesión de masaje linfático, de acuerdo con ellas, la última moda para perder peso rápidamente.
Es oficial, soy un globo, estoy gorda y me visto fatal. Imposible no dejarse arrastrar. Acabo de comenzar una dieta estricta, que consiste en consumir piña al desayuno (como extraño mi arepa rellena) almorzar como un conejo y cenar nada, no me ayuda que mi marido lleve la pizza que tanto nos gusta y que comemos todos los jueves.
En los seis meses como empleada de esta oficina ya he ido como a tres clases de spinning impulsada por mis “amigas” pero que va, me he dado cuenta de que esa cosa no es para mí, después de sentir las piernas como dos troncos y caerme al tratar de bajarme del dichoso aparato luego de una hora de duro entrenamiento. Al llegar a este punto no vale la pena que deje de contarles de mi intento con la natación, esto me resultó mas relajante, sí, como no, quedarme quieta en el agua por largo rato, lo sabroso del sol en todo el cuerpo y la brisa deliciosa…, la verdad es que no sé nadar, así que preferí anclarme en la piscina de los niños que es llanita y calientita con la excusa de vigilar al bebé.
Una de las mujeres de la oficina me invitó a hacer bailoterapia y debo confesar que me gustó, siempre me ha gustado bailar, el problema es que la música estaba muy alta y no se escuchaba lo que gritaba el instructor, además, de repente empezó a salir humo de todas partes y apagaron las luces para dar paso a los efectos de colores. El tipo bailaba muy bien, movía las caderas con un tumbao envidiable, pero a mi parecer hubo un problema:
¡Ninguna de las que asistió a la clase de ese día logró imitar al instructor!
Todas nos movíamos estúpidamente pensando quizá que con los gritos y los aplausos no se vería en el espejo que estábamos poniendo la torta hasta el piso de abajo.
Cuando se acabó la clase llovieron aplausos y yo me reí con ganas, salí de ahí livianita. Mi “amiga” me contó después que le pidieron las otras mujeres que no invitara más a esa histérica (o sea yo) a otra clase, que si echaba a perder al grupo parándome a cada rato, que si me reí como loca, bueno total, cada quién con su desvarío.
El caso es que tengo algunos días pensando que la mejor terapia que puedo hacer es no preocuparme más por esas vainas, al cuerpo hay que darle lo que pida, si nos provoca bailar un bolerito pues lo bailamos, si nos provoca caminar bajo la lluvia pues caminamos, si nos provoca jugar a los karatekas para que el nene se aprenda los catas pues jugamos.
En conclusión seguiré vistiéndome como me de la gana y cuando me de la gana me echaré un poquito de pintura en la boca, de las que no tienen tanta manteca, porque hacen que el cabello se quede pegado a los labios, ese tipo de labial le encanta a mi marido.
Ahora que caigo en cuenta, prefiero hacerle caso a lo que yo pienso, no a lo que piensen los demás, total yo vine a este mundo para ser feliz con todas las cosas que haga, no para vivir siempre pensando en lo feliz que seré cuando tenga un cuerpo escultural o unas tetas perfectas, mis tetas son perfectas, no tienen nada que envidiarle a las de ninguna artista, me digo mientras salgo de darme un largo baño y me miro en el espejo.
Moviendo cajas de allá para acá, en medio de la extraña soledad de un día sin la visita de mis pequeños estudiantes me encontré con un álbum de fotos, de esos pequeños que regalaban con los rollos de las cámaras de antes. Lo abrí y enseguida saltaron las imágenes de un niñito feliz, que sonreía gracioso a la lente. Mi hijo cuando era pequeño. Dejé que me invadiera la ternura, la nostalgia, ya casi va para los 21 y no vive en este país. Seguí pasando las imágenes y al centro del álbum me saludaron dos muchachas llenas de alegría con unos bolsos verdes, casi a reventar, atestados de cuanto libro y folleto pudimos conseguir. Sonreíamos contentas a la cámara mi comadre y yo. Ella además en la imagen rodea el cuello de forma cariñosa de su hija, mi ahijada, que era la compañera infalible de todas nuestras aventuras. Ver la foto me llevó a ese momento, mi mente se abrió al recuerdo como si se tratara de una película borrosa. Pude sentir hasta el murmullo del terminal cuando abordamos el autobús que nos llevaría a ese viaje.
Era temprano, aún no amanecía cuando comenzamos a reunirnos en la entrada del terminal. A lo lejos vislumbré a mi comadre que venía con Andre. Pronto estuvimos ubicadas en nuestros asientos, ansiosas por el momento que se avecinaba. Visitar el Banco del libro, Fundalectura, conversar con esa gente que trabajaba allí, ver la Biblioteca Central de Venezuela. ¡Qué bueno que nos animamos, era una oportunidad de no perderse!
Haciendo esfuerzos logro recordar que desayunamos en el autobús sándwich mientras conversábamos de lo que nos íbamos a encontrar allá y que rutas sería mejor tomar. En mitad del camino dejé de disfrutar porque hacía mucho frío y yo tenía ganas de vaciar mi vejiga que tiene la cualidad de llenarse en los momentos menos oportunos y encima se pone terca pidiendo que la vacíe.
Finalmente llegamos a la Bandera. Volví a ser yo misma luego de visitar los baños un poco aceptables del terminal y emprendimos la aventura. Tomamos rutas de camionetas y el Metro hasta llegar a nuestro destino principal: El Banco del Libro. Allí nos esperaba nuestra profesora, la que nos había animado a hacer ese viaje. Recuerdo las oficinas, el rincón de lectura para los niños, donde había cojines y libros de todas formas y colores. Nos hablaron del programa que tenían para que los niños se acercaran a leer y me sentía tan contenta. Luego, mientras la profesora nos llevaba por aquí y por allí nos iban regalando libritos, folletos. Estaba en el paraíso, no todos los días te regalan libros y casi te ruegan que te los lleves, era como estar en otro mundo. Mi comadre también disfrutaba de todo y su hija sonreía ante alguna atención de la gente. Cuando salimos del local teníamos esos bolsos hasta el tope de folletos, revistas y libros bellos que aunque eran números atrasados y algunos estaban ya algo viejos para nosotras eran un tesoro que teníamos que aprovechar.
La calle era otra cosa… El cielo, a pesar del olor a monóxido era limpio y azul. Brillaba un sol transparente pero no se sentía fuerte en la piel, al contrario parecía soplar un aire fresco de forma constante y de todos lados. Nosotras caminábamos sin apuro, haciendo chistes y bromas de lo pesadas que íbamos, nos conectábamos con el grupo y al mismo tiempo hacíamos planes de lo que íbamos a leer primero para nuestro trabajo en proyecto: la tesis. La gente nos tropezaba al pasar, éramos como piedras en su camino ¡Que ritmo tan acelerado para dos turistas que iban pendientes de no perderse detalles! Decidimos ir a la Biblioteca Central, la verdad una gran experiencia aunque no pudimos acceder a casi nada, en el camino nos tomamos fotos. Almorzamos en un local de comida rápida, fue un refrigerio delicioso. Mientras nosotras hacíamos la sobremesa, nos tomábamos fotos y revisábamos nuestros tesoros, la gente entraba y salía casi sin detenerse a mirar lo que se llevaban a la boca.
Ahora no recuerdo muy bien, pero terminamos enfilando hacia el Panteón Nacional porque queríamos conocerlo. Al llegar nos dijeron que ya estaba cerrado y además nos recomendaron que nos fuéramos ligeritas porque el sitio era peligroso. No recuerdo mucho si nos asustamos o no, pero sí recuerdo la decepción de no haber podido entrar.
De vuelta a Valencia el ruido del motor del gran autobús arrullaba esos cuerpos cansados de tanta caminata y visitadera. La niña se durmió acurrucada con su mamá mientras sus piecitos descansaban en mis piernas. Mi comadre también cerró los ojos un momento y yo como si se tratara de dulces que no podía esperar para comer, volví a sacar algunas cosas que tenía a mano en el gran bolso de color verde adornado con grandes letras amarillas que iban formando una especie de globo terráqueo y que repetían en tamaños distintos: “Leer es un poder”. Mi comadre me vio y sonrío, a ella también le gustaba el bolso y lo que significaba: era la puerta a muchos proyectos, a cosas nuevas. Nos prometimos que lo usaríamos siempre para todo lo que hiciéramos en adelante. Así fue. Ese bolso se convirtió en bandera de muchos de nuestros proyectos, todos relacionados con los libros. Ese era el bolso mágico que contenía los cuentos que mis chiquitos leían, el de ella también y fue el bolso que nos acompañó en las primeras clases como profesoras novatas en la Universidad, ese bolso verde con letras negras y amarillas que nos regalaron en aquel viaje a la capital. No sé si mi comadre lo tiene consigo, pero yo aún puedo verlo, está colgado en mi percha y lo que representa me hace sonreír.
Mi hermano era un niño reservado, bastante tímido. Además era de mal comer, solía esconder la comida en sus manos para que mi mamá creyera que había acabado todo en su plato y luego la botaba en la basura. El día que lo descubrí me dijo con mucho temor en su mirada flaca que no le dijera nada a mis papás yo accedí porque también tenía mis secretos, por ejemplo, escondía un buen bisteck en mis manos para que mi mamá pensara que no me había puesto y luego disfrutaba de ello a solas en mi cuarto. No le dije nunca a mi mamá pero me di a la tarea de hacer que comiera aunque fuera un poco porque la escuché decir con preocupación que estaba al borde de la desnutrición por el empeño de no comer casi nada que no fuera suficientemente blando ya que las comidas que tenían texturas le producían ganas de vomitar.
De esa manera casi todos los mediodías mi hermano se quedaba sentado en su silla moviendo las piernas y haciendo que comía hasta que una vez solitario, todo lo que había escondido en sus manos iba a dar a la basura, pero un buen día advertí que ya no era a la basura que iba la comida, muy sigilosa seguí a mi hermanito hasta la verja elevada que franqueaba el paso de la calle a nuestro jardín delantero…, mi hermano sacó una escudilla vieja debajo de una matas y la llenó de la comida que él mismo no comió, luego golpeó el recipiente suavemente en el piso y como por arte de magia apareció un perrito pequeño y marrón que de forma apresurada comió todo lo que había en el plato. El niño esperó con paciencia a que el perrito terminara y luego llenó la escudilla de agua que también el perro bebió mientras meneaba alegremente su cola de palma. Durante varios días se repitió la misma operación, mi hermano hablaba tiernamente con el perrito mientras este comía y bebía y luego escondía su escudilla en las plantas y su secreto en el corazón. Hasta que un día lo enfrenté: le dije que eso no podía seguir así, entre otras cosas porque yo también deseaba acariciar al perrito y darle de comer, entonces fraguamos un plan. Comería la primera ración y pediría más para el perrito, igual que yo. Llegó el día. Salimos los dos con las manos llenas de comida y servimos el plato para el perrito, me lo presentó:
—Este es chiquito —me dijo—, y sonrió de una manera que nunca antes había visto, mi hermano amaba a Chiquito y disfrutaba de cada minuto con él. Recuerdo que Chiquito comió encantado mientras a través de la reja mi hermano le acariciaba el lomo. Unos minutos más tarde se acercó otro perro muy grande con el hocico negro y actitud mansa, meneó la cola lentamente y escuché a mi hermano decir: —No hay nada para ti Guardián —y su mirada se entristeció—, nunca queda nada para Guardián —me dijo— ese era un gran problema, el gran perrote manso y hambriento miraba a mi hermano con comprensión pero esperaba paciente por el agua fresca que este le servía. Intentamos obtener más comida pero mi mamá descubrió mi treta de los bisteck que ya no pedía para mí sino para los perritos, hasta que un día nos vimos descubiertos por ella, pensamos que perderíamos la oportunidad de alimentarlos pero no fue así, mi mamá comenzó a guardar comida para los dos perritos y nos entregó dos escudillas más, a partir de ese momento Guardián y Chiquito tenían agua fresca siempre y comida a mediodía y cuando papá no estaba mi mamá abría la puerta para que Chiquito y Guardián entraran al porche. Una vez intentamos bañar a Guardián y a él no le gustó, salió corriendo de nuestra casa para nunca más volver, en cambio a Chiquito le gustaba ser bañado y disfrutaba de estar en el jardín, entraba a escondidas de papá y sabía que debía irse cuando este llegaba a casa. Chiquito era nuestro perrito aun cuando no podíamos tenerlo completamente en casa y Guardián me dijo mi mamá algunos años después que había muerto envenenado en un operativo de esos que se hacían para desaparecer a los perros de la calle… Mi corazón se encogió al recordarlo, Guardián y Chiquito fueron nuestros primeros perritos, eran alegres, agradecidos y nos enseñaron mucho, nos enseñaron a trabajar unidos, hoy los recuerdo, los veo como en una fotografía, el sonido de la escudilla contra el piso, y sus caras alegres mientras corrían a encontrarnos en la puerta del garaje, su colas moviéndose, sus carreritas alegres, y sobre todo, el gozo de mi hermano mientras acariciaba sus lomos, Guardián, Chiquito y los ojos contentos de mi hermano, son de esos recuerdos de la infancia a los que es posible volver y de los que se regresa siempre satisfecho. Vaya recuerdo peludo.
Manchita
Mi papá llegó a acostumbrarse a encontrar a Chiquito en el porche cuando salíamos. Incluso era capaz de llamarlo para que entrara a dormir o a cuidar la casa en nuestra ausencia. A cambio de esto tenía agua, comida y una buena dosis de cariño de parte nuestra. También lo bañábamos en el mismo jardín y disfrutábamos de verlo correr como loco y sacudirse cuando terminábamos, cosa que nos hacía reír a los tres: mamá, hermano y yo. Pero Chiquito era viejo y callejero. Había épocas en que se perdía por largos días, mi mamá decía que debía andar detrás de alguna perra en celo. Un buen día Chiquito tampoco regresó, no atendía a los golpes de la escudilla y tampoco a nuestros gritos de su nombre. Nos enteramos por otros niños de la cuadra que murió atropellado, quedamos tristes, mucho.
Un buen día jugábamos en el jardín y mi mamá llegó con algo muy peludo envuelto en una manta: era un hermoso perrito blanco con manchas negras. No podíamos creerlo, luego de nuestra primera experiencia finalmente ¡podíamos tener un perrito! Esto no era del todo cierto, mi mamá nunca habló con mi papá al respecto, él llegó y encontró a esa bola peluda en su casa. Se molestó, pero accedió para que nosotros no estuviéramos tristes.
Manchita era un hermoso perrito pomerano ligado con Cocker tenía un temperamento fuerte, pero era un estupendo jugador: perseguía pelotas, le encantaba correr tras nosotros, amaba que le diéramos comida aunque según el veterinario debía comer solo croquetas para perro y disfrutaba de que mi hermano y yo lo paseáramos en la bicicleta. Solo había un problema: no podía ver la puerta abierta porque corría como loco a la calle, se llenaba de cuanta porquería podía y luego llegaba perfumado a muerte y se echaba en el porche con su asqueroso olor impregnado en todo su peludo cuerpo. Mi papá detestaba que hiciera eso y no perdía chance de quejarse, aunado a eso cada vez que se escapaba se peleaba horrible y llegaba lleno de sangre y golpeado. Entonces mi papá harto de eso hizo un corral para que no pudiera salirse, luego arregló las rejas y entre tanto siguió peleando con mi mamá a causa del rebelde perrito que seguía encontrando maneras de salirse de casa y regresar hecho un verdadero desastre a dejar todo a su paso hediondo a mortecina. Mi hermano y yo coqueteábamos con la adolescencia en ese momento así que él asumió que amar a su hediondo peludo era jugar a pelearse con él, a veces los juegos eran tan bruscos que nuestro rebelde can le propiciaba algunos mordiscos considerables, aunque le dolían un buen rato, no representaban para él más que heridas de guerra y de juego pero para mi papá eran más excusas para quejarse y gritar a los cuatro vientos lo que tenía ya varios años exigiendo: el perro tenía que irse.
Un buen día llegamos a casa y mi mamá estaba llorando en el cuarto, no supe al principio por qué hasta que no encontré al perro en ningún lado. Mi hermano comenzó a tener una mirada asustada y ambos enfrentamos a mi mamá, ella nos dijo que Manchita estaba en casa de una vecina para casarse, pero eso no explicaba su llanto cada vez que hablábamos de Manchita. Finalmente comprendimos que nuestro perro no regresaría…, mi mamá prefirió que se fuera de casa antes de seguir peleando a diario por nuestro rebelde oloroso y mordelón, esto fue un golpe al hígado. Perdimos sin darnos cuenta a un hermoso peludo. Averiguamos su ubicación y fuimos a verlo varias veces, jugábamos con él y se nos partía el alma cuando teníamos que venirnos, yo con mis doce años y mi hermano en sus diez, peleamos, discutimos, argumentamos pero nada los hizo cambiar de opinión, nuestro amado Manchita no volvió, tuvimos que conformarnos con verlo de lejos brincando y chillando por nosotros en esa casa ajena. Era doloroso, me encogía el corazón, el alma, así fue por mucho tiempo hasta que un día fui a verlo y salió a mi encuentro una mujer desconocida que me dijo que la gente que vivía allí se había ido con todo y sus mascotas. Y así fue como comprendí, no volveríamos a verlo. Caminamos en silencio, Manchita se había ido.
Samantha
Luego de que Manchita se fuera mi mamá cerró toda posibilidad de tener un animal. Si ella no pudo tener a su hermoso peludo nadie más podía. Así que no se habló de esto durante algunos años. Fue mi propio padre el que asomó la cabeza gacha un buen día con una extraña cosita negra brillante escondida entre sus manos grandotas. Lo primero que dijo fue:
—Yuri… —diminutivo cariñoso con el que se dirigía a mi madre—, Ay Yuri, esto no te va a gustar pero…, es que me dieron esta perrita y no supe que hacer, era traerla o dejarla en la calle…
Mi mamá puso cara de pocos amigos, se negó a recibirla y lo mandó bien largo a… bueno, discutieron y dijeron mil cosas mientras mi hermano y yo jugábamos con el animalito, la perrita negrita azabache bebió agua…, nos mordisqueó, eructó tiernamente y nos hizo reír, luego correteó confianzuda por la casa y se metió en el bolso de mi hermano… olisqueó por aquí y por allá y nos hizo pasar un susto cuando se salió al jardín, su negro pelaje contrastaba cómicamente con el cilantro de monte que todo lo hacía ver verde. En la casa se acalló la pelea, nuestros padres miraban a la perrita por la ventana y unas horas más tarde mi mamá había dispuesto una especie de nido en la cocina para la perrita con sábanas viejas, agua, leche y comidita. De vez en cuando se asomaba ilusionada a verla mientras nosotros le hacíamos una especie de guardia en esa primera noche. No hubo más que decir Samantha llegó y se estacionó en nuestras vidas por un larguísimo tiempo.
Fue una estupenda cachorra, juguetona, traviesa, comedora de zapatos y exploradora. Contrario a Manchita nunca quiso salirse de los linderos de la casa, la puerta podía estar abierta de par en par que ella no salía si no era convencida para ello, o con su correa para pasear. Era inteligente y sabía qué dar a cada uno: a mi hermano, luchas y mordiscos, a mí, compañía cuando leía en la sala o en el porche, a mi papá le servía de alfombra cuando leía o veía televisión, también acudía presta a las sesiones de entrenamiento donde mi papá se afanaba para que mi mamá viera que no se habían equivocado al dejarla. Ella subía y pasaba de un mueble a otro cuando mi papá decía, además aprendió a sentarse, echarse, dar la pata, buscar la pelota, entregar la pelota y hacerse la muerta boca arriba cuando se lo pedíamos. Era una peluda de brillante cabello negro, cocker con criollo, no era pura pero era nuestra. Finalmente, a mi mamá le brindaba horas de conversación mientras cocinaba y entraba furtivamente a la casa ya que mi papá prefería que estuviera fuera, en el porche.
Ya dije que no salía de casa, tampoco fue de enfermarse mucho después de sobrevivir a la parvovirosis. Pero un buen día, mi hermano jugaba con la patineta y dejó la puerta abierta ella se asomó y lo vio a lo lejos, salió en carrera y un carro la arrolló, la aporreó tanto que corrió desorientada, el carro no se detuvo y nosotros nos preocupamos por ella más que por el imbécil que la arrolló, creímos que moriría, lloramos, aullamos por ella, pero se levantó de su camita y caminó, estuvo varios días sin mover el rabo, pero contrario a los que dijeron todos, hasta el veterinario nuestra Sami vivió. Vivió para mostrarnos algo hermoso que ninguno de nosotros había visto jamás…, como se convertiría en madre: fue uno o dos años después de ese incidente infortunado. Una portuguesa de unas calles más abajo nos dijo que quería que ella se casara con su perro que era negrito como ella. Accedimos. Trajeron el perrito a casa y estuvo quince días, nosotros disfrutamos más que nunca porque eran dos compañeros de juegos, que además jugaban entre ellos. Finalmente el perrito se fue y ella quedó triste, muy triste. Se fue poniendo muy gorda y olvidó su tristeza. La consentimos más que nunca, cuando se ponía boca arriba podíamos ver a los perritos moverse, creíamos que eran cuatro, los contábamos, en la barriga, creíamos que serían todos negritos, nos equivocábamos.
Llegué a casa de mi último año de liceo un día y mi hermano me dijo que Samantha no había comido nada, tampoco quería salir de lugares oscuros, pero la llamamos y ella salió moviendo su cola peluda, luego se retiró discretamente hasta que la encontramos en un cuarto vestidor que mi papá tenía en la parte de atrás de la casa, allí sobre los zapatos de mi papá ella aguardaba. Mi mamá decidió hacerle una especie de nido con muchas mantas y cobijas, ella se acurrucó allí, nosotros no quisimos separarnos de su lado, ella lo entendió y nos lo permitió. El momento mágico llegó: ella pegó sus patas a la pared y pujó yo pude ver como Salía el primer perrito envuelto en una capa de pellejo muy fino que se afanó en romper con sus dientes, nos veía llena de algo que yo no sabía explicar, yo dejaba escapar lágrimas de emoción mis papás callaban solemnes y mi hermano también. Un sonido acuoso acompañaba a cada bojotico ella mientras tanto callada e incansable los sacaba de su bolsita, los limpiaba con un amor indecible, les cortaba el cordón y se comía todo lo que quedaba de desecho de su silencioso y hermoso parto. Tuvo seis preciosos perritos que tenían unas cabezas enormes comparadas con el resto del cuerpecito. Mi querida Samantha los limpió con amor, los pegó a sus teticas y les dio de comer calladamente después de ocuparse de limpiar el espacio donde estaban sus perritos. Además permitió que mi mamá la ayudara y también permitió que tomáramos sus amados hijos mientras aseábamos el lugar. Hay algo que no podré sacar nunca de mi cabeza y es el amor con el que “contaba” a cada uno de sus cachorros, el amor con el que los veía en nuestras manos y el agradecimiento cuando por fin los tenía a todos juntos pegados a su cuerpo. Permitía que mi mamá o yo le diéramos a ella de comer unos lengüetazos de sopita o agua pero le preocupaba más que sus chiquitos comieran y estuvieran limpios, así que al menor asomo de desechos ella limpiaba y limpiaba. Cuando llevábamos a las visitas a ver a los perritos ella los ocultaba de la vista y nos lanzaba miradas de “a ustedes sí, a ellos no”. A menos que el invitado gozara de su simpatía ahí tomaba a sus hijitos y los presentaba a sus pies. Los arrastraba y mostraba orgullosa aunque los perritos solo pensaran en perseguirla para chupar leche. Algunas veces mientras sus crías dormían ella se paseaba por la casa toda flaca y recién parida, nos lamía, nos restregaba su cuerpo y nos ladraba a juego, luego se iba corriendo a ser madre de nuevo. Mi mamá pronto se acostumbró a alimentar a siete perritos: Samantha y su prole, cinco hembras y un macho cuadrado, negrísimo con el pecho blanco y las patas manchadas de blanco. Entre las hembras una hermosa peluda color canela, dos negras con patas blancas y dos más negras con las orejas chispeadas de manchitas diminutas de color blanco. Eran unas bellezas gorditas y hambrientas que poco a poco ella fue rechazando. Uno de los vecinos se llevó tres que apenas la veían paseando por su calle querían ir a mamar sus teticas flojas pero que ella con autoridad rechazaba molesta ya a los tres meses y los otros tres mi papá se encargó de “ubicarlos”. Confieso que me habría encantado poder quedarme con todos.
Samantha no volvió a tener más camada. Aunque luego de eso y durante muchos años, tuvo embarazos de mentira: adoptaba peluches y los llevaba a todos lados y no dejaba que se los quitáramos por un buen tiempo. Aparte de eso siguió siendo una buena perrita, consentida e inteligente que a cada uno le daba lo que necesitaba. Luego de muchos años, mi papá entendió que era inútil tratar de que fuera una perra de porche y entendió que era una perra de casa. Tantos años nos acompañó que me casé y me fui de casa y ella siguió allí, hasta que un día llegué y de nuevo vi a mi mamá llorar y no encontré a la perra por ningún lado. Me dijo que murió y de nuevo se me encogió el corazón porque los últimos meses mientras yo estaba de luna de miel ella estaba enferma y muriendo ante los ojos de todos, hasta un buen día en que no pudo comer más, no abrió más los ojos y no se movió más y mi mamá y mi papá la llevaron a su destino final, me da un poco de vergüenza decirlo, pero ellos decidieron que bajo un árbol, lejos de casa estaría bien. Yo hubiese preferido que se quedara bajo un árbol en el patio de la casa que la vio crecer y envejecer, pero, fue tarde para eso. Ella ya no estaba y la casa estaba triste y vacía sin su negritud, sin sus carreritas, sin esos casi 13 años de alegría perruna.
Kimba
Después de Samantha en mi casa ya no hubo perros. Mi mamá no quiso y mi papá tampoco. Decían que era suficiente sufrimiento perder a dos, porque mi papá confesó mucho después que también le había dolido que Manchita no estuviera. Yo ya no vivía en casa y tenía mi propia familia. Mi hijo estaba por cumplir los cuatro años cuando un día hablando con su papá convinimos en que necesitaba la compañía de un perrito. Ambos habíamos crecido con perritos en casa, yo con mis experiencias y él con las suyas: durante casi unos 16 años fueron dueños de un perro llamado Bobi que era la delicia de ellos y de los vecinos, por ser chiquito, peludo y blanco. Cuando ladraba solía brincar tan alto que parecía una mota de algodón flotando ingrávido. Era tan adorable que la gente pasaba varias veces para verlo hacer eso. Pues bien, Bobi ya tenía años de haber cruzado el arco iris y en mi casa tampoco estaba Samantha así que algo teníamos que hacer para que nuestro hijo conociera esa maravillosa experiencia de ser un hermano perruno. Fue así como Kimba llegó a nuestras vidas…
Diciembre iniciaba con su agitada agenda, habíamos agregado la tarea de buscar un perrito. Un buen día mi marido me dijo que había una especie de feria en un centro comercial con perritos para la venta. Todos mis perros habían llegado a mí a través de otros era la primera vez que yo hacía esto y tenía miedo de equivocarme. Fuimos los dos… paseamos por las jaulitas y me conmovió ver a todos los perritos o descansando o en dos patitas como suplicando que los lleváramos. Llegamos a una jaula más o menos grandecita donde había unos cuatro perritos muy pequeñitos parecían de juguete en realidad, el señor nos explicó que eran pinsher miniatura y yo me enamoré de una preciosa chiquita marrón que estaba alejadita de los demás que eran todos muy negros y bulliciosos. La chiquita bostezó como cansada y yo miré a mi marido él también estaba interesado en ella, era preciosamente marrón con una línea más oscura por arriba y al parecer más pequeña que los demás. El señor nos dijo que fue la única que salió así y que se habían llevado ya a dos de los seis perritos de la camada sin reparar en ella, lo común es que estos perritos sean negros con algunas manchas marrones, pero no totalmente marrones. No llegamos a nada con el señor, solo le dijimos que buscaríamos el dinero y que si aún no se había ido al día siguiente pues la llevaríamos.
Mientras yo estaba en karate con el niño, su papá me llamó para decirme que la perrita era nuestra y estaba en el carro esperando a su nuevo dueño: nuestro hijo de casi cuatro años.
Nuestro hijo subió al auto sin sospechar nada, comentó sobre la clase y se extrañó de nuestras caras de emoción, luego preguntó que se movía en la caja que yo mantenía en mis manos. Le pedí que cerrara los ojos y le di la caja con su contenido, su emoción fue enorme, empezamos a buscar nombres y él sugirió Kimba, como el león, Kimba se quedó.
Kimba era chiquitita, cabía en una mano, pero nos equivocamos cuando pensamos que era dulce y quietecita, no, no, ella ¡era un remolino de tremendura! Llegó a revolverlo todo, nada más la primera semana se comió todos los cables de la computadora, todos los zapatos mal puestos, arañó las puertas seleccionó la sala de nuestro apartamento como su cagadero y los muebles como el mejor lugar para comer y dormir. Era una perrita pura, mi hermano decía que era una manipulación genética del hombre y mi suegro que había que caminar arrastrando los pies para no pisarla, tuvimos que educarla a la par que a su dueño que decía unas veces que era su papá y otras que era su hermano. Además de comer todo lo que en “Territorio perruno” era temperamental, cuando alguien no le gustaba no dudaba en morderle los tobillos, pero cuando el visitante le caía bien era dulce y encantadora, era fanática de comer zanahorias y se volvía una fiera cuando una semilla de mango caía en su poder, si una bolsa quedaba mal puesta, no dudaba en romperla para comer su contenido en los muebles que tenía prohibidos y cuando llegábamos a casa y encontrábamos el reguero prefería desaparecer hasta que nos calmábamos. Este remolino pequeño se estacionó en mi vida durante doce años y aunque no era del todo mía porque pertenecía a mi hijo, también me acompañó en tantas etapas importantes de mi vida que no puedo más que recordarla con nostalgia.
Mi matrimonio llegó a su fin. Ella permaneció fiel, entendió muy pronto que las cosas habían cambiado. Se adaptó pronto a que éramos solo tres y que mi hijo y yo éramos un equipo más que cualquier otra cosa así que mientras cada uno estaba ocupado en tareas distintas ella se dividía entre los dos, un momento estaba conmigo y otro momento estaba con él hasta que finalmente estábamos los tres en el sofá de ver la tele y ella disfrutaba de ese maravilloso rato que estaba claro que esperaba siempre.
Kimba me recibía junto con mi niño por las tardes cuando llegaba de trabajar, ella y mi muchacho eran la mejor parte de mi día. Llegar a casa era mi momento especial, luego mi hijo se hizo adolescente y ya no le importaba recibirme, muchas veces estaba ensimismado en su música, en su cuarto, ella me recibía exactamente igual que siempre, lamía mi cara, se dejaba acariciar, se dejaba cargar y luego corría mostrándome el camino hasta el cuarto de su amado niño. Ante mis ojos mi chiquita marrón se fue haciendo vieja, seguía igual, corría, jugaba con sus pelotas, con sus juguetes, pero su cara se volvió blanca. Entre tanto mi hijo también dejó de ser un niño, pero su hermandad con su perrita era sólida y hermosa. Miraban televisión juntos, ella siempre estaba con él, a sus pies, en su cama, dentro de su camisa. Dormía con él, era gracioso verla bajar momentos antes de que se levantara como si fuera una especie de secreto de ambos, aunque muchas veces prendía la luz y la sorprendía hecha un bojotico y abrazada por mi hijo.
Kimba murió en brazos de mi hijo cuando este tenía 16 años y ella 12. Tuvimos que dejarla en la clínica a donde corrimos en un carro prestado a llevarla una noche en que la vimos que respiraba con dificultad. Él no quería dejarla, quería llevarla a casa con él, pero no pudimos hacerlo, tuvimos que dejarla ahí. Él me contó que mientras la llevaban a la clínica, la abrazó, la acurrucó, la mimó y le dio amor, le pidió perdón por no haberla sacado con más tiempo, y le dijo que le agradecía por todos los años de amor que le había dado. Ella se fue tranquila en sus brazos y luego la lloramos por muchos días.
Kimba y mi hijo crecieron juntos, se hicieron mayores juntos, fueron felices y tristes juntos y se acompañaron un largo trecho del camino.
Kimba y yo fuimos mamá e hija perruna, ella llenó un vacío que nunca pude llenar, yo fui su mamá humana. Ella me acompañó y fue el único pilar, lo único que no cambió cuando todo giraba de forma vertiginosa a mi alrededor. Ella nunca dejó que perdiera el camino y que me olvidara de lo realmente importante, mi hijo. En los días en que él se iba para estar con su papá me llevaba a su cuarto y subía a su cama, para señalarme que no le gustaba esa ausencia, ella sabía cuándo su amito se acercaba, lo presentía cuando apenas entraba al edificio, lo esperaba tras la puerta meneando su tuquito como si fuera un helicóptero y era genuinamente feliz cuando lo veía entrar.
Kimba me enseñó la lealtad, el amor infinito y dejó una herida abierta que todavía hoy no se cierra. Después de ella me ofrecieron muchos perritos y no quise aceptar a ninguno, me sentía incapaz de volver a pasar por ese momento horrible de ver partir a ese ser al que le llegas a tomar tanto cariño que no quieres que se vaya nunca.
Mi Kimba… escucho sus patitas resonar en el piso del apartamento, oigo sus gruñidos, la oigo rasguñar la cama de mi hijo. La veo echada en mis zapatos, le encantaba hacer eso, la siento echada en mis piernas mientras yo golpeaba las teclas concentrada en escribir, la veo arrastrando su almohada entre el cuarto de mi hijo y mi ordenador que es como pasaba la mayor parte del tiempo hasta que los tres nos juntábamos en algún espacio. Te veo chiquita, te amo, te agradezco. Gracias Kimba por tus doce años de amor.
Canelo
Este señor imponente y grande pero manso y noble estuvo unos pocos días en casa de mi mamá y yo creo que abonó el camino al que vino a apoderarse de su amor unos mesesitos después. Mi hermano iba saliendo de casa y abrió el portón eléctrico lo que aprovechó este gigante para entrar y sentarse a observarlo desde un rincón donde no le pegaba el sol. Mi hermano trató de que saliera de nuevo pero no fue posible moverlo de su lugar. Entonces olvidó lo que iba a hacer y cerró la puerta. Buscó agua y comida y el perro bebió y comió, lo que no quiso hacer fue salir de nuevo a la calle y así se estacionó por un breve tiempo en sus vidas. Mi hermano y su hijo bañaron al gran perrote, también se motivaron a comprarle un collar. Mi papá no pudo ocultar la emoción y colaboró en ponerle nombre al perro: Canelo mi mamá se quejaba de su enorme tamaño y lo que desechaba, pero cuando nadie la veía le hablaba chiquito mientras barría. La casa se convirtió de nuevo en una casa con perro, hasta que alguien vino preguntando si había un Golden Retriver en esa casa…, la niña nos dijo que ese era su perro y tuvimos que dejarlo ir… aun cuando ya respondía por Canelo, aun cuando ya lo amábamos, Kimba no llegó a conocerlo, ni tiempo dio. Pero igual el poquito tiempo que estuvo en esa casa fue amado.
Milo
Milo llegó cuando Kimba ya se había convertido en una señora muy temperamental. Él un cachorrillo de meses ella ya con sus doce largos años… Milo solo compartió unos pocos meses y jugó a su manera con ella aunque muchas veces salió “regañado” por impetuoso.
Llegó un día de enero con toda su hermosa blancura a volvernos locos con su belleza. A hacernos reír con sus locuras y sobre todo a hacer felices a mis padres. Ellos ya tenían mucho tiempo sin un perrito en casa, a excepción de esos cortos quince días en que tuvieron a Canelo. Y la cosa es que el perrito iba a ser de mi sobrino pero no tuvieron la paciencia para enseñarlo a vivir en su apartamento, así que se quedó en la casa de los abuelos y simplemente así se convirtió en la alegría del hogar. Entonces, digamos que es de mi sobrino, pero también es de mis papás y yo me atrevo a decir que hasta un poquito mío. El inteligente Milo comenzó a crecer entendiendo que esos niños que corrían y jugaban con él eran sus niños humanos, también comprendió con mucha rapidez quien era mi hermano que también disfrutaba de todas sus tremenduras y que esos dos señores mayores desde el principio se desvivieron por él.
Milo, nos dio a mi hijo y a mí alegría cuando Kimba cruzó al otro plano, también se convirtió en un motivo para sonreír cuando mi hermano una buena mañana partió a rodar bicicleta y ya no regresó más. Al principio no entendió muy bien lo que pasaba y esperaba que apareciera echado frente a la puerta de su cuarto, pero luego poco a poco lo dejó ir. Inteligente y perceptivo trasladó sus atenciones a mis padres. Se convirtió en el compañero de mi papá cuando lee en la sala y descansa junto a él en su cuarto durante sus siestas, también lo acompaña cuando barre el patio y se deja bañar con paciencia aunque le de frío.
A mi mamá la acompaña en el jardín y corre con las sábanas que tiene para dormir para que ella lo persiga. Sabe la hora en que mi mamá le dará su comida y le agradece hundiendo su hermosa cabeza de Jack Russell en sus piernas. Como atrevimiento perruno se monta en su cama y se restriega cómicamente en ella hasta hacerla reír y la precede cuando ella va a la puerta a atender a alguna visita. Si todos estamos dentro de casa no quiere que nadie se vaya, por eso llora con desconsuelo si alguien sale.
Creo firmemente que llegó a la casa de mis padres con la misión de darles alegría y amor. Creo también que su trabajo de ángel era hacer que “esas despedidas” fueran más llevaderas, Milo nos ha sacudido el dolor, porque él es todo alegría, todo energía. Él sigue por ahí sonriendo, restregándose en las cucarachas a las que caza para luego jugar con ellas, meneando su colita y espantando rabipelados. Ya tiene cinco años y ojalá que sea eterno.
Kira
Llegó a casa hace muy poco. Yo me mantenía pensando que no quería más perritos, ya hacía dos años que Kimba se había ido y a mí me seguían pasando cosas, porque definitivamente lo único permanente en la vida es el cambio. Un buen día mi sobrino me comentó que esta cachorrita vagaba por las calles cerca de la casa de su abuelitos maternos pidiendo comida con cara de triste… yo le dije que mejor no me trajera a esa perrita porque no sabía de qué tamaño sería y porque no quería más perritos y punto, me bastaba con hacerle cariñito a Milo, pero él decidió que no me haría caso, recogió a la perrita, la bañó y le quitó las pulgas y garrapatas y me la entregó en una cestita. Le dije:
—Mejor llévatela
—¿En serio? Después que la traje para acá quieres que me la lleve… —mientras tanto ella chillaba quedito yo estiré la cesta como para dársela a mi sobrino y ella me lamió un pedacito del brazo. Me enamoré y le dije:
—Déjala
Y se quedó… sobrevivió a esa noche con una horrible diarrea de color negro, luego tuvo el parvovirus, tuve que sumergirla durante horas con champú antiparásitos, enseñarla, pasearla. Me dio un gran susto al inicio de la pandemia cuando pasó toda una noche descompuesta, en la mañana perdió el conocimiento y con apenas la reserva en el tanque de la gasolina tuve que llevarla a una clínica veterinaria donde la salvaron pero a consecuencia de todo lo que sucedió quedó ciega. En fin, tuve que darle mi amor, entregarme a ella por completo.
Hoy ya tiene dos años, ya es una niña perruna grande con su pelo larguito y blanco, su cuerpo de autobús lleno de manchas marrones y sus patas largotas. La verdad no me importa su tamaño, yo solo quiero que este feliz. A veces chilla cuando no obtiene algo con la rapidez con que lo pide, la obsesiona un huesito de goma de color rosado que lleva a todos lados y todos los días llena mi mundo de amor. Cuando la dejé quedarse en casa me dije a mi misma que la estaba ayudando, que estaba siendo una buena persona al no dejar que muriera en las calles, pero me he dado cuenta que es todo lo contrario, ella tiene una misión conmigo, es ella quien me hace el favor, quien me ayuda, me acompaña y me cuida. Agradezco su amor, su compañía, cuando mi hijo me hace video llamada dedica momentos a que lo escuche y ella ladra o chilla, yo le cuento que un día lo va a conocer, cuando viajemos al país donde ahora vive.
Cuando pienso en Kimba y en todos los que estuvieron antes y que ya cruzaron el arcoíris, los imagino hablándole de mí, de lo que me falta por aprender y de lo que ella tiene que hacer para que así sea…
A veces Kira juega con Milo y hacen un bonito desastre en la casa de la abuela. Esos días la luz es más brillante, el sol los acompaña y las risas de mis padres y mi sobrina hacen coro.
Este ha sido un ejercicio interesante. He sentido dolor, nostalgia. He reído y llorado pero por sobre todas las cosas sentí el amor, ese amor poderoso que me brindaron todos mis perros a lo largo de mi vida, así que también he sentido agradecimiento, hoy sé que los que no están son almas hermosas y los que están, son ángeles en la tierra. Desde siempre y para siempre serán mis amados caninos.
La última vez que te vi, tú no eras tú y yo no era yo. Éramos dos seres rodeados de nada, ante un camino inexplorado y confuso. Todo estaba nublado y tan silencioso que daba miedo. Me decidí a hablarte, pero no pude, ¿te acuerdas? Quise decirte tantas cosas… me desperté.
El sol comenzaba a calentar y el cielo no definía su color. Era un día hermoso. Ruido, gente y niños en la calle. Nos miramos por un momento, entendimos qué sucedería. Yo me quedé en el día, me dejé contagiar de los niños y sus risas juguetonas. Tú, te alejaste, dejaste que te envolvieran las sombras. Te sentí antes de que caminaras con la vista gacha. Contigo se marchó la oscuridad.
Amanecer
Hueles a madera, a saL, a fruta cítrica. A veces hueles a carne cruda a mentira. Sobre todo me gusta cuando hueles a café, a mirada amanecida a saliva espesa recién levantada.
Olor a sal
Sudor y niebla, como perla se desliza lisonjera protegida por las tenues sombras, la tibia fuerza de una noche…, ¡de guerra!
Juego
A ella le gusta estar afuera, a él esconderse. Un día se metió en su cabeza y de ahí ya no salió más. Así van amándose por el mundo. Ella ríe de sus chistes los demás, no saben que pensar. Los otros se burlan de ellos, ella y él se ríen de los demás porque no entienden ese amor mental
Noches
En esas noches eternas donde las voces del pensamiento aturden y los ojos danzan inquietos adivinado las sombras, en esas noches donde el silencio se oye y un llanto mudo apaga con su sal la llama del amor que se creía conquistado, justo ahí en medio de todo ese ruido, te recuerdo.
En cambio en las noches donde la vida se abre paso en cada espasmo, donde los olores se entremezclan y se confunden, esas noches de siluetas traviesas y azules, donde no hay abismos ni tiempo, te olvido.
Se levantó con una penosa sensación que lo obligó a devolver la cena. Alivió el sabor amargo con el dentífrico y terminó de vestirse. Poco después iba camino al trabajo: maletín en mano, corbata impecable y en la radio su emisora favorita.
Mientras conducía se olvidó del tráfico y su mente se pobló con las imágenes del sueño nocturno. Una mano regordeta y blanca le oprimía y lo trasladaba de su cama al suelo, él sin poder moverse observaba con pavor que le hacían comer algo que no deseaba. No lograba ver al dueño de la mano. El recuerdo lo hizo sentir arcadas.
Se apoderó de su cuerpo la desagradable impresión de que alguien lo manejaba. Incluso al desplazarse en el vehículo lo sentía, era como si éste, solo obedeciera a la mano inoportuna de su pesadilla. Intentó ahuyentar el sueño y el efecto que le causaba. Se encontró entonces andando entre un lodazal con la chaqueta a cuestas, el esfuerzo de la caminata lo hizo que se sintiera sudoso. Admiró los árboles y la grama de un verde irreal. No soplaba brisa. Nunca supo en que momento decidió que daría ese paseo. Cuando eran como las seis de la tarde, abordó su pequeño auto y partió sin saber a donde.
Escuchó que en la radio el locutor hacía una entrevista a un psicólogo de moda que analizaba un sueño colectivo. Intentaba explicar por qué las personas soñaban que eran movidas por fuerzas extrañas. Sintió imperiosas ganas de reír, eso era exactamente lo que pasaba con él. Subió el volumen al aparato. El locutor atacaba sin dar tregua a su invitado, este, se defendía diciendo que el extraño fenómeno era producto del estrés. Él pensó: somos todos marionetas.
Alejó un poco la obsesiva idea de la cabeza. Había algo más urgente de que ocuparse. Suspiró cuando se apeó y caminó hacia la pizzería. De pie frente al mostrador pidió la más grande con salsa extra y refresco, no hizo nada para anular la orden, aunque estaba claro que su estómago no toleraría otra cena como esa.
Un poco asustado paseó su mirada por el lugar. Sonrió a algunas de las personas que le miraban con complicidad. Allí estaba de nuevo la odiosa sensación. Ante sus ojos el sol quedó opacado por una gran nube, justo en ese momento notó aterrado que los comensales habían dejado de moverse. Era como estar una vez más en la pesadilla de la noche anterior. Pero él cambiaría eso, echó a correr de golpe. Olvidó la orden y su auto. El camino estaba despejado. Apenas se cruzó a uno que otro transeúnte que parecía apartarse ante su desbocada pérdida de control. Al llegar a casa, agotado subió las escaleras y gritó de susto mientras se duchaba con agua helada.
Esa noche soñó…
La mano regordeta le vistió con un caluroso pijama a cuadros que detestaba. Luego le acostó boca abajo mientras él trataba de adivinar quién estaba detrás de todo eso. Una voz familiar llamó a comer, era la voz de su madre, aún así, no pudo levantarse. Antes de alejarse por completo la mano regordeta colocó una tapa plástica visible desde la ventana.
Sonó el móvil mientras conducía, ella miró quién era y atendió. Agradeció los buenos deseos al interlocutor e hizo algunos comentarios:
—…Graaaciaaas…. Sí, todo bien. Como siempre, como todos los años…, bueno como todos los años no, cada vez somos menos… sí, ¿Recuerdas? Tú ibas a esas reuniones, ¿cuántos éramos en esa casa, veinte? Bueno, pues ahora apenas unos cuantos, porque Emilia, no pudo viajar, no encontró pasaje, Manuela, no tenía gasolina y prefirió quedarse en su casa antes de venir y no tener como regresarse, además los chicos no estaban, me dijo que se habían ido por su cuenta…, sí, nos quedamos solo cuatro y mi mamá… bueno, lo pasamos bien, mi otra hermana llevó un invitado y estuvimos charlando un rato durante la cena y luego vimos los fuegos artificiales… ¿Y tú?¿ por qué no te acercaste? —Me miró sonriendo mientras escuchaba las excusas del otro, yo también sonreí en forma distraída porque ya estaba abriendo un cajón propio en mi cabeza.
Su comentario me dejó pensando, que sí, es cierto, en casa también somos cada vez menos…, hace apenas unos años teníamos que arrimar dos mesas para acomodar a nueve comensales, a veces eran once, con mi primo Arturo y su novia que solían acercarse de sorpresa, para ellos siempre había comida y sonrisas en la mesa…, eso sin ir más atrás cuando año nuevo era una fiesta hasta las cinco de la mañana llena de familia y amigos.
El primero en faltar a esa mesa fue el padre de mi hijo, un buen día decidió que no seguía más viviendo una doble vida y renunció a la primera vida de casado para irse con la segunda, que quien sabe cuántos años tenía ya. Seguíamos siendo ocho, diez a veces con la visita de mi primo y su novia.
De pronto, he recordado a mi madre arrimando la mesa, vistiéndola y advirtiendo con algo de tristeza que ya no era necesario porque mi primo ya no está más… partió al otro plano con su buen humor y su sonrisa bonita y dos meses después también se fue mi hermano. De pronto ya no éramos ocho… quedábamos siete. El siguiente año mi hijo decidió que era mejor irse a vivir a otro país así que ahora celebra año nuevo en otras latitudes, manda el feliz año cinco horas antes de que nosotros hayamos escuchado los cohetones del año nuevo y sonríe desde la Tablet para que los abuelos lo vean trajeado con sus estrenos. De manera que nosotros también somos menos…, éramos once, ya quedamos seis… ya no necesitamos otra mesa, nos basta una sola. Pero como todos los años sonreímos y esperamos que la vida nos trate mejor, nos damos el feliz año luego de haber compartido la comida tradicional y deseamos con todo el alma que ese año sí se acomoden las cosas para todos, que el país sobreviva, que se levante de sus cenizas y que vuelvan los que se fueron.
Mi amiga me habla, me doy cuenta que ya no está conversando con el misterioso interlocutor que decidió no ir a la cena de fin de año en su casa, sino que está hablando conmigo. No sé qué me dice, cierro de golpe la gaveta que abrí en mi mente y le presto atención. Me habla de esa noche, de cuánto ha cambiado todo, pero también toma aire y me dice que este año a pesar de lo difícil que estuvieron las cosas con el problema del gas doméstico y la gasolina, mucha gente pudo hacer sus hallacas y el pan de jamón, yo asiento, estoy de acuerdo con ella, puede que las reuniones no sean como antes, puede que seamos menos, pero nunca dejaremos de tener esperanzas, es posible que el año que entra o quizá el otro, la mesa vuelva a llenarse con nuevos comensales, es posible que para dentro de unos años mi sobrino me haga tía abuela, o que vuelva mi hijo y ya tenga familia, mujer, un nieto o nieta…, no sé, no quiero pensar en puestos vacíos el año que viene.
Mi abuela tenía un jardín inmenso. Al menos así lo veía yo cuando llegaba por las tardes. En realidad toda la casa era inmensa. Además tenía ventanas en sitios donde era muy loco que las tuviera; por ejemplo, en el cuarto de mi tía había una ventana que daba a la sala y cuando jugábamos a ser detectives mis primos, mi hermano y yo nos salíamos por ahí escondidos hasta que mis tías se daban cuenta y el juego acababa en regaño.
Normalmente nos íbamos al jardín a molestar a las hormigas y jugar detrás de las matas hasta que también de allí nos corría mi abuela amenazando con darnos un pellizco de esos que te duelen por varios días.
Cuando nos reuníamos todos los primos y la casa estaba bien llena de adultos, mi abuela se olvidaba un poco de nosotros ocupada en cocinar, lo que aprovechábamos para jugar “montón” en la grama. Lo normal era que al caer rompiéramos alguna de sus matas ancestrales, entonces lo mejor era desaparecer de ahí para no ser objeto de reclamos.
Entre todas esas plantas había una que ganaba protagonismo en navidad, era muy curiosa; de pétalos rojos aterciopelados y un centro manchado de blanco, las hojas eran verdosas y como picadas y lo cumbre es que durante todo el año estaba floreada y siempre tenía muchos hijos que mis tías y mi mamá vivían tomando aunque nunca lograban el objetivo: que se diera igual que esa. Ahora que lo pienso, esa mata debía tener cualidades mágicas: estaba en pie todo el año, era varias en una, no se secaba nunca por nada del mundo, ni siquiera porque mis primos la rompieran para ver las gotas lechosas que brotaban de sus pétalos.
Con el tiempo me di cuenta que era una mata de navidad, de esas que proliferan por donde quiera en la época decembrina y que se vuelven parte de la decoración navideña. Justo ahora mientras escribo veo la que tengo en mi mesa de comedor, falsa por supuesto, porque no es que cuidar plantas se me dé muy bien.
Lo cierto es que esta mata en cuestión era un misterio porque en pleno sol y durante todos los meses florecía rozagante sus particulares hojas y sus bonitos pétalos, con todos sus hijos llenaba una buena parte del jardín y su tallo era grueso como nunca he visto en las que venden en los viveros. Mi abuela cuidaba mucho su jardín, hablaba con sus plantas y las limpiaba con cariño también las regaba por bastante tiempo aunque no sé si todos los días. Cuando ella vivía en esa casa las matas parecían moverse para saludarla cuando llegaba y abría la manguera. Todos sus nietos sabíamos que ese era un momento para no interrumpir.
Con el tiempo ocurrió que mi abuela tuvo que irse de casa porque ya estaba vieja y no podía seguir viviendo ahí sola con mi abuelo. El jardín entero lo advirtió. Las plantas se pusieron mustias y tristes, ya no se movían suavemente cuando iban a regarlas, sabían que no era ella. La única que permanecía igual era la mata de navidad, solo que era más salvaje. Entre las nueras y las tías se repartieron todas las plantas que estaban sembradas en porrones y solo quedaron las que pertenecían a la tierra del jardín, yo me fijaba en ella, muy grande sus hojas buscando el cielo y tan rojas… luego me di cuenta que lo que deseaban era ver a mi abuela regresar habían crecido casi el doble y se amontonaban unas sobre otras como para asomarse a ver la esquina.
Mi madre siempre decía que había que podarlas, que habían crecido mucho y luego ya se haría difícil ponerlas decentes y mi papá decía que se encargarían los inquilinos. La mata sobrevivió mucho tiempo grande y rebelde, a los inquilinos no les molestaba. Yo siempre pasaba y me fijaba en la casa, extrañaba los juegos y miraba la mata. Hasta que un día ya no estuvo más, o sí. Arrancada de sus raíces permaneció días tirada en la puerta de la casa junto con todas las demás plantas del jardín que habían cortado para echar cemento. Sentí una puntada en mi pecho, me dolió verla ahí, muriendo y aun así con sus pétalos tan rojos y sus hojas tan verdes de tallos tan gruesos.
Todas las matas que veo en esta época me la recuerdan a ella, delicada y fuerte, resistente al tiempo. Mi abuela nunca volvió a su casa aunque siempre esperó hacerlo. Nunca vio lo que pasó con su jardín y yo nunca volví a ver otra mata como esa.
Nada escapaba a su mirada interesada. Todo cuanto le rodeaba por insignificante que pareciera era factible de convertirse en algo inspirador. Observar, era sin duda, una de sus ocupaciones favoritas, pasearse entre las sombras, mirar más allá de lo visible, soñar.
Su voz ronca y risa estruendosa contrastaban con sus maneras delicadas y su bigote cuidadosamente pintado de negro, igual que su cabello. Era conocido por todos como “El profesor” debido a su ocupación.
Las tardes de los domingos, ahogaba el calor en alcohol. Frente al lienzo iniciaba una danza sincronizada con sus pensamientos para convertir la tela en retazos de vida. Poco a poco el pincel inquieto daba cuerpo a una mujer voluptuosa y desnuda, o a la cara de su compañero de casa, a menudo, su principal modelo. Compartía la pasión por el pincel con la cocina. Muchos diciembres, ilusionado con reunir a la familia, se pasaba los días cocinando para nadie.
En su juventud, le había tocado levantar a doce hermanos para ayudar a su madre, bastante para uno solo. Cuando todos se fueron a construir sus vidas la gran casa siempre alegre y ruidosa comenzó a quedarle grande al profesor, por eso una buena mañana con la premura que da la soledad, se mudó a una vivienda más pequeña de solo cuatro cuartos y un jardín interno que se convirtió en galería de todo lo que pintaba. En esa estancia con piso de cemento rojo recibía a cuantos quisieran pasar la tarde tomando café y hablando de arte. Allí se mezclaba el olor del bahareque con el de las guayabas maduras. La trementina, los óleos y el yeso de las esculturas, creaban un remolino de fragancias que iban de lo dulce a lo volátil.
Pintar era su vida. Caminos inciertos bordeados por la dulce sombra de los árboles guardados en su memoria de coleccionista, sueños robados que se volvían corpóreos, se transformaban a su antojo, se dejaban hacer aunque a veces solo sirvieran para ahogar la pena.
Algunas noches calurosas cantaba y gracias a la tacita de anís que nunca estaba vacía horrorizaba a su madre, que ya no tenía edad para reprenderlo mientras se paseaba contoneando las caderas y sostenía en su cabeza una corona imaginaria. No le importaba su madre, que venía por temporadas, prefería unirse a las risas de su inquilino a quién le lanzaba besos.
Poco a poco la casa se llenó de jóvenes deseosos de aprender y escuchar sus historias. Los días se deslizaban entre colores y sombras. Casi siempre estaba cansado. Se hacía viejo, pero le gustaba ser el maestro de los noveles artistas y los toleraba en nombre del arte y la pintura.
Los cuartos se volvieron una feria de espuma, sudor y ropa sucia. La nevera, siempre llena de bocetos de grafito, los jóvenes artistas condensando el humo de sus cigarrillos en el patio interno, algunos descalzos, otros con el brillo del hambre en sus ojos y él cada vez más convencido de que su vida era una pintura en sepia.
Cada día más arruinado vendía sus cuadros de puerta en puerta y su fortuna del momento se convertía en una botella. Comía poco, pero siempre había que ofrecerle a quién viniera a visitarlo.
Todos miraban pero ninguno veía como se iba desdibujando… era humo, huesos. Estropeado su cuerpo, su carne, su aliento, intacto su amor a la vida, a la gente que poco le agradecía, al oficio que nada le pagaba.
Una tarde azarosa de calores y vapores lo hallaron en su cama, inmóvil, casi transparente, lanzando burbujas por la boca y cuando asustados trataron de impedir que se desintegrara, miraron atónitos como su cuerpo se unía al espacio y flotaba entre nieblas blancas y rojas.
“El Jueguito de Vero” pertenece a la novela inédita de Danibia Abreu: “Cuentos de Cancha y de Cafetín”.
Guadalupe
¿Alguna vez se han metido con lo que no deben? ¿Saben una cosa? Yo creo que todo el mundo alguna vez ha respondido que sí a esa pregunta. Por eso ahora voy a contarles un problema que agarraron las muchachas de mi salón cuando no iba algún profesor. Ellas lo tenían dibujado en la parte de atrás de los cuadernos. La cosa es simple, cuando no había oficio, ellas se disponían a jugar: ¡La güija! Dos de nuestras compañeras eran las encargadas de organizar la cuestión y los demás rondaban el invento siempre que permitiera a todos reír y burlarse, aunque un buen día, ocurrieron cosas extrañas.
Una mañana de esas en que nos quedamos sin clases porque no fue el viejo de física y tampoco tuvo suplente, tuvimos la hora libre. Enseguida, nuestra amiga Verónica Fuentes, que era una de las que tenía su güija dibujada en la última hoja del cuaderno, nos propuso que para no aburrirnos jugáramos un rato. Ella por supuesto, era la bruja encargada de conectarse con el limbo. Invitaron a mi amigo Miguel a consultarse, él no se lo tomó tan en serio, igual, preguntó por su papá y como estaría por allá donde anduviera, la respuesta fue ambigua, que estaba bien y vaina. Luego vino Carepizza que tenía un primo que recién había muerto y tenía curiosidad. Ahí ya todo empezó a ponerse intenso, el anillo que usaba Vero de guía empezó a contestar cosas como: “métete en tus propios asuntos”, “no seas metiche” y otras perlas. Carepizza no quiso admitir que se asustó un poco, dijo que era un juego estúpido y se negó a seguir. Luego le tocó el turno Bettina, que era nueva en el salón y estaba divertida con el invento. preguntó que si se iba a levantar a un carajo de ahí mismo del salón, que tal y cual que le gustaba que jode, entonces le contestaron que pensara mejor en estudiar y no en andar por ahí de pajarona. Bueno todo el mundo se comenzó a molestar con Vero. Ella insistía muy circunspecta que no, que ella no era.
Yo, me burlaba cuando a alguno de los pendejos que caía con Vero le decían algo. Después de un rato como ocurría siempre ya nadie quiso jugar, así que Vero se disponía a desconectarse, pero, algo ocurrió: Vero se puso pálida, su cara se volvió de piedra y se incorporó de golpe en el pupitre, no dijo nada por unos cuantos segundos aunque todos la molestábamos para que hablara con nosotros, sus manos se movían con bastante rapidez y el anillo viajaba de un lado a otro del tablero y marcaba a toda prisa las letras. La que le servía de asistente, una chama que no me acuerdo como se llamaba, escribió en una hoja: “Quiero hablar con alguien que está aquí” Vero se recuperó de la inmovilidad y comenzó a hacerle preguntas “que si es así, que si es asao” el anillo se movía incansable del sí al no, la bruja no daba con el interpelado.
Entonces, mientras ella continuaba con las preguntas, ocurrieron algunas cosas misteriosas. Primer susto: como por embrujo los cuadernos de los pupitres de adelante se cayeron. Todo el mundo se hizo el loco. Segundo susto: las ventanas del salón se cerraron de golpe. Algunos labios se pusieron blancos y miradas nerviosas se volvían a todos lados. Entonces lo peor; justo en ese momento a algún idiota que pasaba fuera de nuestro salón, le dio por bostezar con un grito. Para nosotros esto ya fue demasiado. Dejamos el pelero. Corrimos de un tirón casi hasta la cancha. Todo el mundo lívido y riéndose de puros nervios.
Al día siguiente, entró en nuestro salón junto con Peña, una vieja que era la psicóloga del colegio. Quería hablar con nosotros sobre algunos eventos que sucedieron el día anterior y que era necesario aclarar. Nos miramos llenos de extrañeza porque no habíamos tenido ni una pelea ni nada que pudiera catalogarse como fuera de lugar, excepto nuestro secreto mejor guardado, el jueguito de Vero.
La mujer nos dio un discurso sobre la importancia de respetar lo que no conocíamos, Peña nos miraba como siempre, con su cara de: “ya no sé qué hacer con estos niños” mientras la otra nos mareaba con unas palabras sobre la parapsicología y la posibilidad de contactar con los muertos.
Ninguno entendió al principio la razón de este regaño, hasta que vimos a Hilda, una de las pocas muchachas de nuestro salón que se cayó en la carrera hacia la cancha y se partió un pie. Ella insistió ahí delante de todos en que algo hizo que se detuviera, por eso no pudo correr con nosotros. La mujer nos asustó cuando nos dijo que lo que no dejó avanzar a Hilda fue aquello a lo que ofendimos. Por un momento nos quedamos pasmados.
La tipa supo que habíamos jugado la güija porque Hilda nos delató. Claro tumbada en el suelo con una pata rota para donde iba a correr, y lo peor, la mujer aseguraba que ahí había un “espíritu travieso”. Eso, mejor que lo hubiese dejado en secreto.
Los siguientes días, fueron una colección interminable de acontecimientos. Carepizza, por ejemplo, cogió con un problema de lanzar lápices a diestro y siniestro para asustar. A Mapurite le dio por esconderle la comida a Bonmesón, el más tragón de nuestra clase, y luego cuando lo veía desesperado la ponía en el pupitre como si nada. A Migue, le rompieron una cuerda de su guitarra. Tico, que siempre veía todo como de lejos, se dio cuenta un día que Verónica y Bettina se complacían en lanzar borradores desde la ventana, para asustar a los que estuvieran sentados en esa fila de mesitas. Total, el salón se volvió un hervidero de fantasmas sin oficio.
Lo cierto es que cuando ya nos cansamos de jugarnos bromitas empezaron de nuevo a pasar cosas, como por ejemplo, las hojas del cuaderno de Migue comenzaron a moverse solas como si las hubiesen soplado, después se le cayó la guitarra y más luego a mí, un día cuando ya nos íbamos para la placita, se me rompió mi morral dejando caer todas mis cosas. Nos empezamos a asustar en serio, aunque nadie se atrevía a decir nada. Lo último que hicimos fue salir otra vez todos en estampida cuando escuchamos, y esto no fue una alucinación, una risa burlona que venía… nadie se quedó a averiguar de dónde salió.
Un tiempo después, mientras Migue, Tico y yo pasábamos por la dirección, escuchamos algunas carcajadas. Al parecer Peña estaba muy contenta y esto no era algo muy usual. Conversaba con una de las profesoras y se burlaba de la risa que nos hizo correr como gallinas, ¿pueden creerlo? La condenada vieja nos metió sendo susto. Ahhh pero no se quedó así la vaina, porque nos encargamos de devolverle la bromita.
Una buena mañana de esas en que entró a tomarse su café, pusimos manos a la obra. Como habíamos ido a parar tantas veces a dirección, sabíamos exactamente donde colocaba siempre el termo con el líquido humeante. Así que cuando lo llevó a su lugar, luego de servirse una gran taza, simplemente halamos un nylon colocado con magistral precisión con ayuda de Bonmesón, que podía parecer torpe por su corpulencia, pero era un genio en el arte de preparar trampas. Oímos como el bendito contenedor rodó archivero abajo aparatosamente.
El resultado ya nos supo a victoria, un grito espantado.
Escuchó las carcajadas y salió a retarnos, y antes de que pudiera hablar, todos los presentes percibimos un estruendo en la oficina. Creo que ya era casi una costumbre correr ante cualquier ruido extraño, así que imagínense a Peña dando largas zancadas con sus altos tacones más rápido que un corredor de olimpíadas y a Bonmesón con su enorme barriga dando tumbos arriba y abajo. En la placita, ya lejos de la oficina, ella nos miró al principio muy seria y luego sin poder aguantarse se echó a reír llena de nervios. La acompañamos de vuelta, queríamos ver que era lo que había ocasionado el escándalo. Quedamos perplejos, porque sobre el escritorio, estaba nada más y nada menos, que una gata que se había caído del techo con todo y sus gatitos, vaya usted a saber a qué bruja se le escapó.
Había llegado esa misma tarde. Fue un viaje accidentado porque no sabía que sentir. Con cada kilómetro recorrido iba agregando una palabra más al reciente recuerdo que fue esa última conversación con quien durante mucho tiempo fue el dueño de su vida. Esa conversación llena de silencios y palabras medidas, donde abundaba el control de quien se sabe poderoso, pero también la determinación de alguien que ha descubierto su fuerza y a pesar del miedo entiende que ya derrotó a ese enemigo. El rostro sereno, sus ojos del color de la tormenta apagados ajuro. ¿Paz? Asintió de forma casi imperceptible, era preciso detener un poco más ese torbellino dormido que por momentos intentaba inquietarse. Había que seguir urgando por dentro, arañando cada sensación hasta dar con la correcta:
¿Rabia?, ¿miedo?, ¿inseguridad?, ¿soledad?
Con cada sensación recorría un pedazo de su historia. Ella era la mayor en un hogar donde las risas y la alegría estaban condicionadas a espacios y momentos pequeños y efímeros. Eso no la detuvo, siempre encontró maneras de volar.
De vez en cuando en medio de ese apartamento desconocido a medio amoblar, sentada en esa silla recién estrenada esa misma tarde, cambiaba de posición para desentumecer sus músculos, que se encontraban tensos pero al mismo tiempo comenzaban a distenderse. No tenía idea de la hora que era. Afuera el cielo era de un azul intenso, regado de hilos blancos muy brillantes, es posible que hiciera calor, pero ella no lo sentía. Una extraña sensación de tranquilidad poblaba cada pedacito de su cuerpo.
Y así como progresaba el día sin que ella lo advirtiera iban avanzando las sensaciones. Las sombras cambiaban de sitio, se iluminaban espacios ocultos a la vista y otros lugares comenzaban a llenarse de oscuridades. Los pájaros hacían cierto escándalo y volaban a su antojo en ese cielo que comenzaba a apagarse, a simple vista parecía no importarles, ellos bailaban al ritmo del viento, se posaban en el tendido eléctrico, en las rejas del balcón, emprendían vuelo de nuevo, en apariencia sin tener definido un destino.
Ante sus ojos aun indecisos se abrió un espectáculo magistral de luces y colores, primero se apaciguaba la luz azul brillante y el inmenso cielo se vestía de rojos, naranjas, rosas y malvas. Finalmente todo era gris hasta convertirse en una total oscuridad. Se dio permiso de reír por primera vez desde que habitaba ese espacio con las horas cada vez más suyo. Era necesario encender la luz eléctrica. Intentó levantarse, para hacer caso a la voz lógica que le decía “enciende la luz”, pero luego otra voz distinta le indicó que no había nadie que la obligara a hacerlo, podía quedarse a oscuras si le daba la gana, Podía reír en voz alta si le daba la gana, podía gritar y cantar a todo pulmón cualquier canción que fuera de su gusto. Podía salir y entrar a su antojo, sin avisar a nadie, sin que nadie juzgara su decisión.
De dentro de ella comenzó a emanar luz, a pesar de que seguía a oscuras, su corazón comenzaba a iluminarse, sus sensaciones se calibraban, eso era… ¿Felicidad? Posiblemente…, lo cierto es que se estaba sintiendo cada vez más cómoda con todo, con su voz, con su piel, con ese nuevo espacio, pero sobre todo con esa gran decisión de abandonar lo conocido y dejar entrar ese tropel de sensaciones nuevas, así como darle lugar a todas aquellas que había retenido por tanto tiempo. Puede que cuando intentara decirlo mucha gente no entendiera, ¡qué importaba! Suspiró y finalmente dio nombre a su torbellino interno: era reciente, aun se estaba acostumbrando y por eso sonreía llena de placer, de golosa curiosidad, de inquietante expectativa; era emocionante poder decirlo con todo su cuerpo ¡Era libre! Esa nueva sensación finalmente tenia nombre: ¡LIBERTAD!
Decidió entonces iluminar la estancia para disfrutar de ella. Dio vueltas cómodamente por el espacio, encendió la luz de la cocina y le gustaron los gabinetes, “sus gabinetes”, abrió la puerta ventana del balcón y aspiró el aire de esa noche caliente y oscura. Tomó el teléfono y marcó para pedir comida, porque sí, porque podía. Recordó que esa mañana al entrar había guardado algunos víveres en la nevera que se le antojaba brillante y bonita. Sonriendo sirvió en un vaso plástico un poquito de vino, dejó que lentamente calentara su garganta y disfrutó la sensación, era embriagante así que rio en voz alta. Justo en ese momento, porque sí, porque podía.
Va siempre maquillada y con medias panty. Luego del almuerzo toma un baño y se sienta en su tocador. Maquilla su rostro con especial esmero, cepilla su cabello y se coloca aretes a presión en sus orejas. Pulseras en sus muñecas y una sortija. Toma un vestido de poliéster o un conjunto de pantalón con bota ancha y se calza unas cuñas.
Mientras se acicala me permite jugar con sus cosméticos. Observo cómo dibuja sus ojos y echa rubor a las mejillas. También me gusta cómo huelen los coloretes y cómo suena la cajita de polvo cuando la cierra, todos tienen letras doradas, aunque algunas ya no están. Los productos chocan entre sí dentro de la bolsita de maquillaje y ese sonido también me gusta. Lo último que hace mi tía es pintar su boca de rojo mate, lo hace con especial cuidado. Algunas veces, cuando está de buen humor, pasa la barra de pintura por mis labios y me indica cómo moverlos para que queden bien rojos.
Al terminar de arreglarse camina con parsimonia por la casa hasta llegar adonde realmente quiere: el quicio de la verja que franquea la entrada al jardín. Yo la acompaño. A veces vamos tomadas de la mano. Cuando llega, lo que pasa a su alrededor deja de existir. Coloca sus manos entrelazadas sobre la media pared y deja vagar su vista por la calle. En ocasiones asoma la cabeza para mirar quién viene por la acera, saluda con cortesía y sigue ahí, de pie. Otras veces su mirada se pierde en algún recuerdo. He probado quedarme con ella, pero me aburro, por eso prefiero irme a ver la tele que mi abuelo enciende en la sala o jugar con mis primos.
Mis primos y yo jugamos casi siempre en el jardín, muy cerca de donde se para mi tía. Si la pelota le pega en las piernas, ella la espanta como si fuera un bicho y no dice nada. Si mis primos trepan a la verja y la molestan para que quite sus manos, ella lo hace, y una vez que han pasado por el muro, vuelve a su posición, como si nada hubiese interrumpido su gesto contemplativo.
Hay días en que pienso que mi tía está muy sola. Por eso dejo de jugar y me acerco a ella, trato de conversar, busco dos sillas para que se siente conmigo mientras vemos pasar las horas frente a la verja. Ella no se sienta y tampoco me presta atención. La llamo, le halo el vestido, engarzo mis manos a su cinturón. Nada da resultado, el asunto no pasa de una media sonrisa vacía, algunas palabras reprobatorias por haber movido las sillas. De nuevo me aburro y la dejo ahí como siempre, sola.
Mi abuela nos llama a cenar. Entramos a la carrera y nos peleamos por los panes rellenos con mantequilla y queso, servidos en montón junto a varios vasos de leche en la enorme mesa rectangular. Por un momento no se oyen voces, tenemos la boca llena. Desde la cocina puede verse para la calle, ahí está mi tía en su guardia eterna.
Está oscuro cuando por fin decide entrar. Camina hasta su cuarto, que es el del fondo. Lleva la cabeza gacha, parece triste. Antes de perderse tras la cortina toma una hogaza de pan y lo come en bocados muy pequeños.
No siempre mi tía va a la verja. Hay días en que no se quita la bata ni se maquilla; su cabello está enredado, llora y lanza cosas. Cuando está así me da miedo.
Hoy llegué y ya está en su lugar de siempre. Viste pantalones de poliéster azul claro, un suéter de cuello alto y sandalias de cuero. Apenas contesta nuestro saludo. Papá trata de apartarla del muro al decirle que le ha traído algo que puede interesarle, ella solo mueve los labios para decir hola y de nuevo mira hacia la calle.
Le pregunté a mi otra tía porqué mi tía Otilia es así. Me pide que la acompañe al cuarto de lavado, hay que atravesar el patio para llegar a él, aprovecho y correteo a las gallinas porque me gusta cómo hacen cuando están asustadas. Mientras tiende las sábanas me pregunta si quiero escuchar una historia, por supuesto que le digo que sí. Ella toma aliento y otra sábana…
—Fue hace tiempo. Tú no habías nacido cuando esto ocurrió.
Ella estaba casadera y un hombre la pretendía. Al parecer era muy correcto y siempre estaba bien vestido. Venía por las tardes a hacerle la visita y le obsequiaba alguna cosa. Entraban en la sala y conversaban o simplemente se quedaban en la puerta y reían a gusto. Ella aceptó unas pocas veces asistir a fiestas con él. Nosotros pensamos que pronto iban a comprometerse, era lo justo, pues las visitas ya casi sobrepasaban el año.
Tomó aliento y continuó:
Un día llegó este tipo y le dijo que no podría venir a verla durante un tiempo, porque algo importante en otro estado reclamaba su atención. Se fue con la promesa de que pronto regresaría para casarse con ella. Otilia lo despidió apoyada en el muro, él besó su mano y le sonrió, ella hizo lo mismo. Desde entonces espera.
Mi tía dejó de hablar. Me quedé con ganas de saber más, guardé silencio hasta que al fin pude preguntar:
—¿Cuánto tiempo ha pasado? ¿Qué le pasó a ese señor?
—A él nada. Está casado y tiene un montón de hijos. De hecho supimos que ese “algo importante” que tenía que hacer era casarse, porque había dejado embarazada a la que desde entonces es su mujer.
—¿Y ella?
—Aún lo espera.
—Pero ¿por qué?
—Porque es lo que eligió hacer.
Tomó la cesta de la ropa y la subió a un estante. Espantó al gallo de la batea y salió. Tuve que correr para alcanzarla.
Hace un tiempo que ya no jugamos en el jardín. Nos interesa más conversar o mirar las comiquitas en la nueva TV a color que mi papá le trajo a mis abuelos. De vez en cuando vuelvo mi cabeza para ver lo que hace mi tía Otilia. Parece una estatua, la brisa mueve su vestido rosado de corte en A, ella sigue esperando…
Hace días que me siento más adulta. No me provoca conversar con mis primos. Me parecen tontos, con esos brazos largos y esos cuentos exagerados. Me gustaría tener el maquillaje de mi tía, pero ya pasó el ritual del cuarto. Está junto a la verja, como siempre. Entorno los ojos un momento mientras la observo desde la puerta de la casa.
¿Cómo puede estarse quieta tanto tiempo?
Estoy de pie a su lado. Ya la he alcanzado en altura, así que nuestras caras quedan al mismo nivel. Entrelazo las manos y las coloco sobre el muro, juego a ser ella. Mi tía no se mueve ni un poco. Sus ojos parpadean y ven la calle. Mis piernas comienzan a hormiguear, sin embargo, no quiero moverme. La brisa es fresca y los árboles parecen susurrar. Mi corazón da un vuelco, mi tía me observa y sonríe, siento que estoy cercana a ella por primera vez.
Ahora cuando me acerco al muro ella me hace lugar y se queda absorta mirando la nada. Yo hago lo mismo y pienso mientras escucho a los árboles. Creo que la entiendo, los árboles mantienen una discreta conversación con nosotras, no hay necesidad de contestar, solo escuchar. A veces la brisa rocía gotas del sauce llorón de la casa vecina, otras, vemos caer almendrones en la acera, a ninguna de las dos nos molesta.
Con el tiempo las manos de mi tía han comenzado a temblar, no me explico cómo puede tomar los cubiertos y llevarse la comida a la boca con tal rebelión en sus extremidades. Parece concentrada en lo que hace. Se alimenta, se maquilla, se viste. Sus manos tiemblan. Cuando se pega al muro, las entrelaza con fuerza, al hacerlo frunce la boca. Nada parece perturbarla.
***
Me gustaba acompañar a mi tía en la verja. Lo recuerdo mientras entrelazo las manos y atisbo la calle. La casa está vacía. Papá la muestra al nuevo inquilino. Los viejos han muerto y Otilia está internada en una residencia: un lugar muy fresco, rodeado de árboles de mango, acacias, peritas y pesguas. He ido a visitarla, no habla mucho pero come las frutas, las comparte conmigo. Me alegra saber que ahí ha encontrado un amigo, bebe café con él por las mañanas y fuma cigarrillos. Y aunque en ese lugar no hay muros pequeños, eso no le impide mirar a lo lejos y escuchar a los árboles. Yo también los escucho cuando estoy con ella. Susurran canciones, palabras bonitas.
La imagen del espejo no me disgusta. Me incomodan un poco esas protuberancias que se me ven por encima de la blusa, aparte de eso todo está bien, excepto por mi nariz. Es un poco grande, si fuera más pequeña mi rostro sería bonito.
El dolor hizo que despertara de golpe. Un río rojo bañó mi cama. Traté de ocultarlo pero ¡Oh! Qué vergüenza mamá corrió por toda la casa diciendo que yo había pasado de niña a mujer. Sentí ganas de volverme tan pequeña como una hormiga.
Mi cuerpo se ha transformado en forma perceptible.
En secreto me miro al espejo, me gusta lo que veo, me gusta tanto, que deja de ser un secreto, y lo declaro abiertamente, amo mirarme al espejo. Adopté la costumbre de cargar uno en mi bolso y en cualquier lugar donde pueda verse mi reflejo reviso mi apariencia, no solo eso, me tiro besitos y hago muecas para resaltar lo divina que estoy. A veces es una actividad compartida con mis amigas, que siempre coinciden en que soy la más bonita del grupo, modestia aparte.
A todas nos atrae espiar a los varones, a mí me gusta ver como se reflejan sus músculos en el espejo, por eso también lo uso como si fuera el retrovisor de un carro, es una excelente herramienta para mirar lo que no puede ser visto directamente. Mis amigas se ríen de mi ocurrencia pero me imitan. He sabido por algunas de ellas que los muchachos admiran mis pechos, los comparan con frutas tropicales y mi novio dice que mi trasero es el mundo.
*
Soy un atado de nervios ambulante, por eso he evitado mirarme durante casi todo el día. No quiero asustarme con la cara de loca que debo tener. Finalmente no he podido huir más. Me cuesta reconocerme. Tras varios kilos de maquillaje y un traje blanco con corte princesa, se ocultan los nervios de esta gran decisión. Ya no tengo once años, ni quince, ni diecisiete. Soy toda una mujer de veintidós decidida a formar una familia. Casi no reconozco a la del espejo. Tuerzo el gesto en una sonrisa y me veo, sí, ahí estoy.
*
Es imposible dejar de admirar lo inmensa que estoy. Amo mirar mi barriga, sobarla, me gusta como se ve la ropa apretada sobre ella, el espejo casi siempre devuelve mi sonrisa plena, llena de esperanza, de ilusión. Me encanta mirar a través del espejo cuando casualmente mi vientre hinchado se retuerce y demuestra que le queda poco espacio a la criatura que vive dentro. El orgulloso padre me acaricia con ternura, a los dos nos hace mucha ilusión.
*
Hace doce años que estoy casada, mi marido evita mirarme, yo evito mirarlo a él, ninguno de los dos dice nada. Con el tiempo mi cuerpo y mi cara han sufrido transformaciones. Me refugio en la ropa y en los tacones, sé llevar muy bien cada prenda. Me miro poco al espejo que tengo en el bolso y de vez en cuando me apruebo en algún cristal de la calle.
*
Camino presurosa por la acera. En mis pisadas está el sabor de lo prohibido. No hay espejos a donde voy. Solo su mirada me refleja. Él no sabe cuánto amo su piel lozana y sus rizos de ángel. Nunca he sentido culpa. Tengo cada vez menos ganas de que su piel se separe de la mía. El encuentro termina cuando llega la hora de ir por los niños, entonces le robo un beso y lo dejo rendido de gozo en la cama de ese hotel cualquiera.
*
Sin querer he dejado escapar un suspiro. No entiendo porque mis ojos se anegan de líquido. Resulta espeso y pegajoso. Está algo oscuro. Hace unos dos años que mi marido murió y de aquél ángel lozano que me regalaba su cuerpo solo quedan remembranzas. Me consuelo fumando cajas y cajas de cigarrillos que guardo sigilosamente bajo la almohada para que mis hijos no se den cuenta. Poco a poco mi cerebro ha fabricado la respuesta al llanto, mi hijo mayor me ha dicho que tengo que salir de casa, que no puedo seguir sola aquí. Quieren que vaya a vivir con mi hija.
Me levanto de la cama con pesadez, no quiero hacer eso que me dicen. Al caminar tropiezo con mi espejo de siempre, el mismo donde solía mirarme mientras acariciaba mi barriga hinchada por dos veces. Me quedo de pie allí, con mi cuerpo flácido y demasiado delgado. Lo que veo me sorprende, una desconocida hace las mismas muecas que yo. Toco la imagen que me devuelve, palpo mis arrugas y vuelvo a llorar.
Alguien tira de mi vestido de corte demasiado juvenil para mi edad, la niña sonríe y es como verme a sus años. Su moreno rostro enmarcado en el castaño cabello que llega hasta su cintura me mira interrogante, no entiendo la pregunta que me hace porque he vuelto a concentrarme en la mujer que se refleja delante de mí. Decididamente no soy yo, me desconozco. Yo soy la morena bonita, la admirada por las amigas, la de grandes atributos, trasero redondo y senos que evocaban frutas tropicales, la que solía usar tacones hasta para dormir, la que alivió la tensión del matrimonio en camas de hoteles baratos con ese ángel transparente al que llegué tarde. Soy la madre estricta y amorosa, la esposa paciente y la dueña de casa organizada.
No… eso…
Me miro por última vez, nunca más lo haré. Prefiero mirar a mi nieta, que es mi vivo reflejo. Paso mi mano por su hombro y la miro sonreír. Trato de ajustar mi paso al suyo, o ella al mío.
Extrañamente serena camino por la calle mientras veo alejarse los últimos 18 años de mi vida. Ese autobús lleva una carga preciosa, adorada durante años. Lleva sonrisas, amor, dos maletas y una cabeza llena de proyectos que de hoy en adelante se desarrollarán lejos de mí. Lleva una almohada y una funda en la que escondí una carta y un paquete de galletas que compré con lo último que me quedaba en la cuenta bancaria. Ese autobús no sabe lo que se lleva…
Ya en casa tanto vacío agobia. Su cuarto permanece igual como lo dejó, intentar entrar es una misión suicida, es como entrar en un agujero negro del que estoy segura no podré salir, así que prefiero cerrar la puerta e ignorarlo.
¿Por qué?
¿Por qué no está aquí mi muchacho?
Porque tenía sueños, deseos, inquietudes y aquí se estaba apagando como una llamita triste… porque quería andar en la calle, quería hacer tantas cosas y aquí tenía que esconderse de la policía. Últimamente en este país es un delito ser joven y llevar mochila.
Hoy, allá lejos a 5.817 kilómetros de distancia, trabaja 16 horas al día, pero cuando me llama lo escucho feliz. Entre risas me cuenta sobre las diferencias en las formas de hablar y como mueren algunas bromas en su boca porque no las entienden sus nuevos amigos.
Hoy me dice que me extraña pero que no quiere volver, que quiere que yo vaya un día y me quede a vivir con él. Me dice que el mar es frío y la arena es gruesa, no es blanca o suave como la de Morrocoy. Lo que no sabe es que yo también extraño la playa porque desde que fui con él no he vuelto a pisarla nunca más.
Lo que él no sabe es que yo también extraño el país que dejó aunque sigo aquí, trabajo aquí y «vivo» aquí. Extraño el país que él dejó, el país de cuando era pequeño y viajábamos felices a la playa, el país donde celebrábamos las piñatas y los cumpleaños corriendo por la casa de la abuela y los fines de semana eran para jugar Scrabble con esos viejos sin saber que luego los besos y los abrazos se los daríamos a la pantalla.
Hoy me llama y me hace reír, nos hacemos reír como siempre y soy feliz cuando lo veo tan contento. Por las noches sueño que duerme en su cuarto, aún está en el colegio. Se levanta a colar café mientras yo me distraigo en el cuarto y desayunamos juntos medio apurados por la hora que es, pero el sueño se acaba, no quiero abrir los ojos pero sé que era solo eso, un sueño.
Cuando amanece en el país donde vive ya es hora de almorzar así que le envío la bendición y le deseo buen provecho. Me levanto a colar café y nado en la soledad que se vuelve sólida en mi garganta, aunque cuando lo vea me sienta feliz de que esté contento y nos hagamos reír como siempre.
Tengo días con estas palabras dando vueltas en mi cabeza, así como gira y gira ese momento terrorífico en que me llamaron para decirme que te habías ido. Las partidas son así, inesperadas, odiosas, tristes. Siempre nos parece que quedaron cosas por decir, que hubo abrazos que se volvieron huérfanos, besos que no encontraron la mejilla, palabras que ya nunca serán escuchadas por su destinatario.
Hermano, hermano querido esta no es una excepción. Tú y yo siempre fuimos dos para todo. Desde que desperté a la vida estabas ahí, eras mi compañero de juegos, mi imitador, ese chiquillo con quién jugaba a ser mamá y maestra. El que le hacía transporte a las muñecas y jugaba conmigo a “muchachos chiquitos” como decíamos a los muñequitos de plástico con los que hacíamos desastres en el jardín de la Ritec.
Luego te convertiste en cómplice y al mismo tiempo aprovechado cuando había que prestarte la bici a cambio de un ratito más con el chamo que me gustaba. Recuerdo algunas peleas apoteósicas pero también recuerdo que al rato nos hablábamos como si nada porque no podíamos estar mucho tiempo bravos.
Nunca te dije sobre mis insomnios cuando te volviste adolescente y llegabas tarde a casa y como respiraba a aliviada cuando escuchaba la puerta y veía encendida la luz de tu cuarto. Nunca te dije cuanto me dolía si las cosas no se te daban como querías, como aquella vez en que luego de pasar la tarde haciendo ese trabajo se te fue volando por las escaleras de la oficina del viejo Legón, tenía ganas de ir yo misma a hablar con tu profesora, que por cierto no te creyó. O cuando te tocó enfrentar el divorcio y estuviste tanto tiempo triste.
Sí te dije cuanto me alegraban tus logros, esa primera bici que te compraste con tu propio dinero y que pasabas horas reparando. Yo la robaba por ratitos y antes de que te dieras cuenta la ponía en su lugar. Si te agradecí todas esas veces en que inventamos recuerdos en vacaciones. Tu primer carro, tu graduación.
Dejaste de ser niño ante mis ojos y te volviste un hombre apasionado de lo que hacías, un padre excepcional y orgulloso de sus hijos. Nunca vi a un padre ser mejor amigo de su hijo como tú y aunque no eras perfecto sé que siempre trataste de hacerlo bien. Créeme, a pesar de los errores que hayas podido cometer, te destacaste hermano. Siempre oré a Dios para que estuvieras bien, para que te ayudara cuando las cosas se torcían un poco, porque quería verte sonreír.
Hermano, te amo y siempre supe que me amabas, que te preocupabas por mí y por tu ahijado, que era como tu hijo. Estos últimos años siempre esperé tu palabra, tu consejo, porque de un día a otro te convertiste en el mayor, el que lo sabía todo y todo resolvía, me hiciste confiar en ti. Me sentía tranquila, si te parecía bueno es porque así era.
Ay, hermano recuerdo los últimos días en que echamos tanta broma, en que te dije todo lo que quería hacer y tus palabras tan sabias. Recuerdo ese brillo extraño en tus ojos que me decía que te elevabas… hasta ahora lo entiendo. Y es cierto hay que cosas que nunca te dije, pero doy gracias a Dios de que hubo otras que sí. Doy gracias por los abrazos y los besos que te di y todo lo que hablamos. Se me antoja que hubo mucho más por decir, que faltaron cosas por hacer ¡Miles de cosas! Pero ante el llamado de Dios no podemos más que rendirnos. Vaya forma de partir hermano, pedaleando hacia el cielo, hacia Dios mismo que te recibió en la meta… ¡Qué premio! A pesar de mis lágrimas y mi egoísmo estoy feliz por ti, ya no puedo verte ni hablarte y me haces mucha falta, pero sé que allá donde estas sonríes de pura felicidad. Hermano, hermano querido, como me gustaba decirte, así sigue tu número registrado en mi celular, no quiero cambiarlo. Quien quita y un día pueda llamarte y quizá en sueños pueda hablar contigo un ratito.
Te amo para siempre, gracias por todo hermano mío.
La lluvia fría se siente como espinas en la piel. Camino bajo ella, porque quiero lavar mi alma de tanta decadencia. En la calle las personas corren, parece que tuvieran miedo de mojarse. Me detengo un momento a mirar. Un hombre trata de cubrir a una pequeña niña que saca la lengua para que las gotas de lluvia le entren a la boca, la madre la reprende y corre para taparla con una manta. La niña saca su manita por debajo de la cobija y logra que unas gotas de la llovizna se depositen en ella. Algo de esa cotidiana escena me hace estremecer. Sigo mi camino.
Una mujer que acaba de salir del salón de belleza, mira con angustia hacia el cielo que parece enfurecido. Retrocede unos pasos tratando de tapar su cabeza porque ahora el agua caprichosa, empujada por el viento parece ir por ella, entra resuelta de nuevo al salón poco dispuesta a perder su peinado. Unos metros más allá dos mendigos celebran con una danza la misma agua que hizo espantar a la vieja. Se restriegan el cuerpo y uno toma un envase de la calle para ayudar al líquido a recorrer su humanidad, parecen complacidos. En la misma calle, se celebra un improvisado partido de fútbol. Los jugadores parecen no advertir que llueve, el balón vuela de un lado a otro adornado de sucias gotas.
Comienzo a sentir frío. Mi cuerpo empapado tiembla sin control, aún así sigo caminando, no quiero pensar en nada. Las horas avanzan y en medio de la tormenta llega la noche sin permiso. Sopla una brisa helada, que me hace extrañar el calor. Mis pasos siguen un rumbo inconsciente. Acabo de darme cuenta a donde me llevaron. Adentro, está todo muy confortable, él me mira por la ventana y corre a abrir la puerta, aunque lo disimula con rapidez asoma a su mirada la preocupación. Apenas me deja reaccionar cuando me abraza para confortarme. Sus ojos están llenos de dolor. Los míos, de hastío.
He vuelto de un tiempo donde anduve sin pies. Él no comprende lo que le digo, no me escucha. Prepara café y evita mirarme, coloca una taza humeante frente a mi cara y me da la espalda. Cuando estaba bajo la lluvia, mis lágrimas se confundían con las otras gotas, ahora no, fluyen indecentes por mi cara. No puedo seguir con esto, no puedo. Trato de decirle que lo siento, pero mis palabras se mueren en la garganta. Han sido años de caminos, unidos a la fuerza. Años de ese deseo consciente de ampliar lo que unimos. Nada de eso importa ya. Yo solo quiero caminar, irme. Es un sentimiento que solo puedo comparar con volar. Quiero volar.
Ninguno de los dos dice nada. Sus ojos tristes me penetran, apoya su cuerpo por un momento en la encimera y parece que va a iniciar una conversación pero, contrario a ello toma mis manos temblorosas y las lleva a sus labios. Inesperadamente sonríe. Yo miro a mi alrededor, nuestra casa es hermosa. Hay gente, mucha gente que desearía lo que quiero abandonar. Él se arrodilla ante mí. Apoya su cabeza de cabellos sedosos en mi regazo, parece un niño que busca protección. Lo acuno en mi pecho, quizá tenga que pensarlo mejor, aunque el último intento casi me deja estéril. No sé si alguna vez llegue a abultarse mi vientre. Si logre alguna vez ser esa madre preocupada por tapar a la niña de la lluvia, en la familiar escena que me hizo estremecer.
Aún llueve copiosamente afuera y adentro. Un lamento muy quedo distrae mi atención. El pequeño peludo que me regaló con un moño rojo hace unos días, aún no aprende que no puede hacerse en la alfombra. Pienso en el perrito y se me dibuja una sonrisa en la cara.
Me muevo discretamente y vuelvo a encontrar su mirada, pero ahora sonrío. Quizá con el tiempo pueda reflejar en mis ojos un poco de eso que descubro en los suyos, quizá la vida solo sea desear siempre algo más…
Llevan unos cuantos años juntos. Durante ese trajinar han tenido altas y bajas, pero ahora todas son bajas. Ahora no saben cómo tratarse. Antes todo era cálido, valioso, verdadero. Con el tiempo las cosas se fueron enfriando y se volvieron un par de extraños durmiendo en la misma cama. Ella lo ama, lo espera… él no se da cuenta que todos los días se convierten en una montaña nevada difícil de escalar. Poco a poco se volvieron calor y frío, verano e invierno, ruido y silencio.
Su aliento es cansado. Gélido, aturdido. Sin advertirlo se ha convertido en lo que tanto temió un día, un ser incomprendido. La ve alejarse cálida, azul, con olor a sol y ya no puede alcanzarla. Todavía arde en su interior alguna esperanza aunque comienza a sentirse resignado. Se acerca e intenta hablar pero ya no hay palabras su aliento las ha congelado.
Ella lo mira de lejos y sonríe, trata de acercase y lo nota frío, vuelve a sonreír, desesperadamente trata de calentarlo, le ayuda a levantarse, juntos miran al cielo buscan cobijo en las estrellas, se miran con amor, con el amor de antes. Ella sabe que ya sus labios son de hielo, están congelados y de ellos no emerge ninguna palabra. Trata de acurrucarse en su pecho y escucha que su corazón late muy lento y pronto se detiene.
La sonrisa de ella desaparece se torna en tristeza. La desesperanza se apodera de los pensamientos y del lugar.
El cuerpo del hombre se transforma ante sus ojos: todo es hielo. Sus músculos se solidifican, su sonrisa desaparece, su mirada chocolate donde tantas veces se perdió en dichosas horas de amor se aleja de la vida, ya no hay expresión. Entonces sus lágrimas inundan el lugar, se desata un diluvio. Con sorpresa advierte que mientras ella flota a la deriva, el cuerpo de hielo se diluye en el mar.
Se levanta el día. Los pájaros saludan el amanecer con trinos y alboroto. Yo salgo de la cama presurosa porque tengo que ir a trabajar. Me muevo con ligereza por la cocina, hago el desayuno. Despabilo al hijo para que se aliste. Luego comemos en silencio. Un silencio que crece con los días y ya se asemeja a una pared. El niño de quince y yo nos hemos convertido en un par de extraños. Él me sonríe desde su mundo y yo hago lo mismo pero no me atrevo a nada más.
Salimos diligentes a tomar el auto para que él vaya a su colegio y yo a mi trabajo. Nos despedimos con apenas un movimiento de cabeza y me meto en las honduras del día. Es momento de enfrentar las ocho horas de carrera diarias. Mientras transcurre la mañana, me siento ansiosa. Me pregunto ¿qué hago en ese lugar? ¿Vale la pena tanto esfuerzo por tan poca paga? Mientras estos pensamientos martillan mi cabeza atiendo, alabo, me finjo contenta y camino incansablemente de un lado a otro para atender todas las demandas de las personas que se acercan a la tienda.
Durante un momento de tranquilidad, vuelvo a pensar en el extraño al que acompañé al colegio en la mañana. Vuelvo a pensar en mí. Soy toda una malabarista, hablo con la propiedad de una erudita en tallas, colores y combinaciones, como si eso me importara. Sin embargo, siento que soy incapaz de comunicarme con ese ser que forma parte de mis pensamientos. Quiero acercarme a él y siento que algo me lo impide. Cada vez que lo intento levanta sus ojos y me dice que no me va lo que digo. Luego se burla de mí. Hasta ahí llega el intento de comunicación. Se abre un abismo enorme, sin embargo, desde allá, desde su lado, dibuja una sonrisa y me tranquiliza.
Al final del día no soporto los zapatos y los lanzo a volar desde la puerta de entrada a la sala de la casa. Mi mirada vaga perdida y advierte en el techo una filtración que ya se está comiendo la mitad de la pared, no sé porque no me di cuenta de eso antes. Decido no hacerle caso porque me urge otro asunto. La música encendida a volumen máximo sugiere que la criatura ya está en casa. Por supuesto no advierte mi presencia. Me acerco a su santuario y lo profano al entrar. Él me mira con sus ojos color miel entornados, hay una interrogación en esa mirada. Trago para abrir mi garganta que se volvió un nudo de repente. Mi amado extraño me mira con curiosidad. Tengo las palabras dibujadas en la mente, me imagino diciéndolas y me encuentro más bien ordenando su portalápiz, la mirada ya impaciente del adolescente me sigue con exasperación. Quiero decirle que me alegro de verlo y que aunque no soporto esa música estruendosa me la aguantaré por él, quiero decirle que me importa todo de su vida y que no me provoca reprenderle por cada zapato regado y por cada prenda arrugada que encuentro en el piso. Quiero darle un beso. Vuelvo a tragarme las ganas y escucho que mi boca indica:
—Recoge todo lo que dejaste tirado al llegar… prepárate para comer, espero que hayas hecho la tarea, ¡Ay de ti si no es así! —salgo con dignidad de la desordenada estancia y me meto de lleno con la cena.
Una presencia me advierte que el otro habitante de la casa la transita como siempre descalzo. Murmura algo entre dientes, presto atención a ver si puedo saber de que se trata. Pero no entiendo nada. De pronto se encuentra muy cerca de mí y comienza a hablar pero la cortina de su música impide que entienda lo que me dice, le pido que la quite para poder oírlo y cuando finalmente lo hace me mira anticipando mi regaño, escucho lo que me tiene que decir
—Tienes que ir al colegio, por algo que hice —se prenden todas las alarmas de mi mente ¿Qué hizo? Me molesta tanto que me suben vapores por la cara—. “fulanito” —no presté atención al nombre—, dijo que eres una puta y yo le metí sus coñazos.
Quiero reprenderle como corresponde, sé que no es bueno que se pelee con nadie, contrario a eso siento ganas de reíme a carcajadas y aunque de momento no salen de mi boca, mi cara debe parecerle graciosa porque me pregunta
—¿De qué te ríes?
No puedo contestarle, río con demasiadas ganas y es como un alivio a todas las tensiones del día, oigo sus carcajadas, él se ha contagiado aunque no sabe que fue lo que me provocó el ataque, sé que lo hace por reflejo, aprovecho lo liviano del momento y le acaricio el cabello que lleva largo y descuidado. De inmediato hace un gesto huraño pero aún sonríe. Retomo la seriedad que corresponde a una madre y le digo
—Eso está muy mal hecho ¿Lo sabes verdad?
Pero ya no tiene caso, él ha vuelto a su música y a su mutismo, desde el velo de su lejanía procesa lo que le digo, asiente. Yo lo miro interrogante. Mañana tocará llegar tarde al trabajo. Iré y tendré que soportar la perorata de todos los profesores sobre su comportamiento. Lo disculparé, me comprometeré a que mejore las notas y su impulsividad.
La calle duerme hace rato. Yo miro el televisor y casi no escucho lo que dicen en la película, en realidad no le presto atención. Me levanto con pereza del sofá. El chico duerme. Me impresiona cuanto ha crecido, apenas cabe en esa camita. Los olores mezclados de ese cuarto me hacen arrugar la nariz, todo indica que cada vez falta menos para su paso a la adultez. Sorteando uno que otro zapatote me acerco a observarle. Su cara está relajada y tranquila, abraza la almohada. Parece soñar con algo hermoso. Me atrevo y beso su frente. Él se mueve y murmura algo en sueños, me parece que es “Valentina” así que aguzo el oído “…No te molestará más Valentina” Apago la lámpara auxiliar y me quedo a oscuras.
¿Qué pasaría con Valentina? ¿Sería por ella por quién se peleó? ¿Será verdad que su compañero dijo eso de mí? Hay tantas cosas que quisiera preguntarle. Miro el bulto de su cuerpo moverse aún en brazos del sueño y por los bordes de mis ojos saltan algunas gotas presurosas a inundarme la cara. Le lanzo un beso, quizá mañana me atreva y se lo dé mientras estemos desayunando. Es posible que le pregunte por Valentina…
Rodeados de ciudad, vehículos, edificios y gente, poco a poco se van quedando aislados tras la cortina de lluvia. El frío y el paraguas son solo una excusa para acercarse, nadie más se atreve a sortear los charcos con tanta soltura. Avanzan despacio, parecen borrosos, comienzan a derretirse ante la mirada atónita de todos, parecen la pintura de una pareja que camina bajo la lluvia.
No sé, chica, qué me pasa. Los sábados, que tengo tanto quehacer, mientras barro y paso el trapo empiezan a darme vueltas en la cabeza miles de cosas, entonces suelto la escoba y me pongo a escribir. ¿Qué sobre qué escribo? Algunas tonterías. Por ejemplo: hice un cuento sobre la vecina entrépita que vino a preguntarme si tenía alguna filtración, si hombre, yo sé que lo que quería era ver mi apartamento. Porque hace muy poquito compré estos muebles nuevos y son la envidia de todo el edificio. ¡Ah! También invento sobre paisajes maravillosos jamás tocados por la mano del hombre, sobre historias de amor, sobre la angustia que me causan esas misteriosas desapariciones de Rómulo, no sé pero ya me esta dando por pensar que es espía o algo así, porque sus salidas son de lo más misteriosas, incluso él que nunca se perfuma, ahora sale con el frasco de pachulí en la mano.
¿Te ríes?, Es serio lo que me pasa. Esto deben ser cosas de la edad, a mí nunca antes me pasó algo como esto, ni parecido. Debe ser una especie de trance, a lo mejor es que el fantasma de algún escritor famoso, que se encuentra en pena, quiere comunicarse con el mundo de los vivos y me usa como guía. De pronto es la Allende que me dicta sus memorias. ¿Qué? ¡Pero claro que sé que no se ha muerto chica! Es un decir, qué poco sabes de humor literario. Está bien pues, seguro es Teresa de la Parra que quiere volver a escribir algo tan bueno como Ifigenia.
Si he de confesarte, creo que la cosa me está gustando. El sábado que viene me voy a levantar bien temprano a ver si la inspiración empieza por ahí como a las seis, es posible que si me adelanto a la hora de todos los días, pueda dejar la faena como a las ocho y finalmente me ocupe de los oficios en paz.
Creo que no eres mi amiga definitivamente. Te confío algo importante y te lo tomas así, tan a la ligera. ¡Hay que ver que no se puede confiar en nadie!, más vale que no te hubiese dicho nada. Seguro te vas a ir por ahí diciendo que estoy loca y que hasta hablo con muertos. No vayas a hacer eso… te lo suplico. Ultimadamente haz lo que te dé la gana. Estoy segura de que nadie te va a creer.
Mira vale, te dejo. Hay alguien hablándome en la cabeza y le voy a hacer caso. ¿Qué sí estoy loca? ¡Anda a decirle al mundo que estoy loca! Yo por mi parte le voy a hacer caso al muerto y me voy a escribir. Menos mal que todavía es sábado, espero que esta cuestión no se extienda los demás días, porque ahí sí que todo se me va a complicar. Con el pocotón de cosas que tengo que hacer diario, bastaría que también me hablaran el resto de la semana. Chao, chao, tengo que aprovechar lo que queda de este día.
Aún con un bostezo en puertas encendió la luz de la cocina. Unas cuantas chiripas entretuvieron su atención. Luego de deshacerse de ellas, inició las labores del día. Comenzó con el desayuno. Mientras rellenaba el pan, recordó la cita en la peluquería. Un terrible chispazo producto del corte de la electricidad, le advirtió que el cuchillo quedó olvidado en el microondas. El humo le produjo un poco de tos. Decidió apurarse, faltaba poco para que Pedro se levantara. Cuando fue a la ducha, advirtió que la conserje ya había suspendido el agua y tuvo que vestirse sin el baño matutino. El ascensor no funcionó, así que maldijo su suerte mientras bajaba las escaleras llena de carpetas y enfundada en sus altos tacones. Mientras trotaba hacia su auto se tropezó y cayó de bruces por lo que su media se rompió en el acto.
Molesta por tantos percances, se subió a su compacto. Dejó que su mente recreara el momento de relax que le esperaba en la peluquería para mimarse un poco, al final de la tarde.
Al llegar a la oficina se encontró con una delegación de extranjeros desorientados. Varios especímenes que provocaban risa, un norteamericano que le daba la mano a quien se le pusiera en frente mientras de su boca salía el acostumbrado -“Nice to met you” Un trío de japoneses miraban a todas partes y tomaban fotos con sus cámaras automáticas y un par de ingleses observaban la pequeña oficina con aire crítico.
Los japonecitos le saludaron de modo muy peculiar, el inclinado gesto de sus cabezas le hizo sonrojarse y maldecir una y mil veces el no haber ido a cambiarse las medias rotas. Resultó que la agencia de viajes no consiguió el mini bus y tuvo ella misma que encargarse del grupo. La primera tarea fue llevarlos a conocer la ciudad luego de hacer varios viajes en su compacto. Para colmo le tocó calmar a los japoneses por haberse quedado encerrados en el ascensor del centro comercial, llevar a todo el grupo a comer, sostener las compras e incluso tomarles fotografías. Ya al borde de sus fuerzas se acabó el día y los “turistas” volvieron al hotel. Entre bostezos, llegó a la peluquería. ¡Por fin!
El ambiente era interesante, la música de fondo, el aire a temperatura agradable y las butacas de espera invitaban a relajarse. Las mujeres parloteaban sin cesar y reían como un grupo de gallinas. Una aprendiz de peluquería, un poco tímida y con deseos desesperados de agradar, deambulaba con una bandejita de café, sonriendo con aire encantado.
Finalmente llegó su turno. La estilista propuso algunos ingeniosos cortes de vanguardia y con tijeras y ganchos en mano dio inicio a su trabajo. Su cabello comenzó a ser estirado en distintas direcciones, mientras, sumergió sus pies en agua tibia lo que le proporcionó gran tranquilidad. En sus manos, la manicurista se esmeró para estampar una obra de arte.
Pero mientras las expertas trabajaban, ella evitaba mirarse en el espejo, una vergüenza insoportable la lleno entera. Decidió disimular, para que la mujer ocupada en su cabello no lo advirtiera. Es que para terminar de descomponer el día, estaba sudando más de lo normal.
Las gotas de sudor le mojaban más debajo de las axilas. ¡Peor aún!, corrían por su espalda y empapaban la capa y la toalla. Mientras tanto, en su frente se desparramaban hacia las mejillas, sin control. Tanto, que se le corrió el maquillaje. El entrometido líquido le bajaba por las piernas en forma tan inoportuna que estaba a punto de derramarse la pipeta de la pedicure.
Casi en shock miró a todos lados. Nadie parecía notar lo que le pasaba, todas continuaban interesadas en decir primero el último chisme de moda de las estrellas de Hollywood.
Mientras se concentraba en distraer a la manicurista para que no advirtiera lo que ocurría con sus pies, se dio cuenta que el reproductor estaba descompuesto, la música dejó de ser agradable. En su lugar cantaba una chicharra.
Un escalofrío hizo que se estremeciera, hasta llegar a sus pies helados. Se le hacía difícil respirar con normalidad. Era bochornoso todo aquello. Justo en ese momento sintió ganas de reírse sin control. Aún reía cuando abrió los ojos y de un manotazo tumbó el insistente reloj para luego enrollarse de nuevo en sus sábanas, es que definitivamente se quedaría diez minutos más… Hoy, sería un día normal, un día como todos…
Un pitido constante y el sonido de un respirador acompañan cada latido. Sus labios están secos e hinchados y se le hace pesado respirar el aire esterilizado de la habitación. No quiere abrir los ojos, pero el llamado desesperado de su hermano la obliga a hacerlo. Sonríe. Cuánto ha querido siempre a ese hermanito. Él la mira con el mismo amor. Siempre fue tan guapo, un negro pintado. Le gustaba hacer ejercicio, sobre todo nadar. Abrir los ojos la hace sentir vieja, pesada, dolorida, presente en una realidad de la que ha huido durante varios días. Su hermano le acaricia el cabello y ella luego de tragar con dificultad va cerrando los ojos como si fueran persianas.
*
Amaneció temprano. Estaba despierta antes de que su mamá le pidiera levantarse. La ansiedad y el anticipo al viaje la habían hecho despertar muy pronto. Su hermano sí tenía el sueño más pesado. Mamá lo vistió dormido pero ya en el auto, luego de pelearse por la ventana tras el puesto de ella, estaban contentos de haber llegado donde las tías para empezar por fin el viaje a la playa. Las dos esperaban con sus bolsos y ropa adecuada. Al subir, el asiento se volvió pequeño. Por eso su hermanito se subió al espacio que quedaba entre el vidrio y el asiento trasero del carro y durmió todo el camino. Ella iba entre las dos tías que se concentraban en hablar con sus padres. Su tía Hilda era la que siempre se emocionaba más por ir al mar. En el auto estaba distraída, tarareaba una canción que se escuchaba en la radio y miraba por la ventanilla, anticipaba el momento diciéndole que al llegar no debía salir corriendo, había que al menos quitarse los zapatos. Rieron las dos porque sabían que sin importar nada iban a correr tras las olas mientras los demás se ocupaban de bajar lo necesario.
Al llegar al mar, su tía tomó una posición que a ella le gustaba imitar. Miraba hacia el cielo y parecía respirar profundo con los brazos en jarra. Lo hizo por un instante y luego se fue persiguiendo a su hermano que jugaba a entrar y salir de la arena húmeda mientras gritaba: “Allá voy”. Observó a sus tías atentamente. Una se sentó plácida a mirar las olas, estaba a gusto fuera del agua. Su mamá había llevado comida y la disponía de manera en que fuera muy fácil tomarla cuando llegara el momento. A ella también le encantaba el mar, solo que no le gustaba pasar de la orilla. Pero su tía Hilda y su papá eran otra cosa, parecían delfines. De hecho, sin poder aguantarse más, corrieron salpicando agua hasta comenzar a saltar olas. Papá comenzó a nadar de esa manera particular, con la cabeza afuera y sacudiendo agua con cada brazada, su tía Hilda en cambio, se dejó llevar a capricho de las olas. Ella observaba de lejos como su tía subía y bajaba, se alejaba y se acercaba flotando sobre el agua. No estaba ni un poquito asustada. Al contrario, desbordaba felicidad. Desde dentro la llamaba, la invitaba a entrar y a flotar en el bloque azul que reventaba en espuma pero ella tenía miedo y prefería jugar con su hermanito en la orilla.
De vez en cuando volteaba a ver a su tía. Parecía ingrávida y en ningún momento cansada de dejarse arrastrar por esas olas inmensas.
Comieron todos, la única que no lo hizo fue Hilda pero la tía Amalia no le dio importancia diciendo que ella era así, al entrar al mar no le daba hambre ni sueño ni nada. Solo le importaba flotar.
*
Abrigada y envuelta pelea con los cables que no le permiten moverse a gusto. Manos ajenas le arreglan el cuerpo en la cama, pero sigue sintiéndose incómoda. Se nota que no es allí a donde quiere estar.
Ver a su tía allí le da pena. Sin proponérselo recuerda ese día especial en que su tía la enseñó a flotar. Vuelve a pasear la mirada por la habitación y por el cuerpo inerte de su tía. No poder hacer nada la hace sentir inútil… está de pie a un lado de la puerta de la habitación congelándose de frío, el doctor dice muchas cosas que nadie entiende. Se cruza de brazos, está lejos la niñez pero la impotencia del instante la trasladan de nuevo hasta ese momento en que con el corazón aleteando de miedo y expectación se adentraba al mar con su tía quien con sus manos en la espalda la dejaba sola entre el agua y el cielo por unos breves minutos, luego ella, ansiosa y entre risas de nerviosismo corría a la orilla donde se sentía segura. Verla inmersa en cables y máquinas ha hecho que reviva completo ese día olvidado en las gavetas de su memoria. Decide imaginar el momento inevitable que se aproxima de otra manera, convencida de que es la única forma en que puede ayudar a su tía. Así que allí, de pie, a un lado de la puerta de la habitación, cierra los ojos.
Aún sin abrir los ojos la luz amarilla que traspasa sus párpados le dice que está donde tanto tiempo ha querido ir. El cielo no tiene nubes, es de un azul intenso y brillante. El agua está tan clara que puede ver sus pies ser mordidos por pequeños peces. Avanza, el cuerpo no pesa, es ligero, flota, flota cada vez más alto, más suave. Alguien le da un beso en la frente y ella desde lo alto de las olas saluda, no le duelen las rodillas, de hecho se mueven perfectamente, como siempre. No tiene frío, el día está cálido, azul, las gaviotas hacen mucho ruido.
La niña saluda a su tía que ha vuelto a ser joven y levanta su mano por encima de la gran ola que la sostiene. A lo lejos, el hermano de la niña también saluda, ya no es el mismo niño que le tenía miedo al mar, de hecho no se parece en nada a ese niño, pero ella sabe que es él porque sus dientes blancos resaltan contra el sol. No hay miedo en su actitud, al contrario él también tiene un lugar en lo alto de las olas y parece estar muy a gusto cuando desaparece en lo azul.
—Nos vemos —le dice la tía a la niña que la observa desde la orilla. Suena una canción que le gusta y distraída, empieza a tararear.
Creo que tengo fiebre, nunca antes tuve tantas ganas de toser, me arde la garganta… ¿Qué debo hacer? Si me escuchan estornudar vendrán a buscarme, el termómetro indica unas décimas de temperatura, ¡no quiero morir!, ¡quiero respirar! Estoy despatarrada en la cama convertida en nido desde hace ya no sé cuántos días, de golpe abro los ojos, mi corazón late a una velocidad ridícula, aspiro una bocanada de aire y jadeo asustada, poco a poco regreso en medio del sopor, toco mi frente, mi cuello, no hay señales de fiebre, infundo aire a mis pulmones y escucho a mi marido en una conversación indistinta con los niños. Mi respiración se normaliza, con gusto aspiro el delicioso aire hogareño, ese del que me quejaba cuando me quedé dormida con el libro en la cara. Arreglo mi cabello y salto de la cama, por fortuna nadie vio el bochornoso espectáculo.
Paciente
Confía en que pronto será su turno. Hoy quiere vivir un poco. Está sentado en su vieja silla favorita, en esa sala llena de ojos lagañosos. Toca el lomo de ese gato rayado que un día apareció por la ventana de la residencia para los que no tienen más remedio que esperar.
Salir
Hace unos días se acabó el alimento. Sabe que tiene que vencer la barrera y abrir la puerta, se da ánimos a sí misma, no pasará nada, es solo una salida en busca de frutas y verduras, basta con llevar un par de guantes y un tapabocas para estar segura… Se da fuerzas, se anima, ya está lista, tiene todo lo necesario, a punto de logarlo retrocede. Se sienta en el piso y mira la puerta desde ahí, las rodillas abrazadas por sus manos enfundadas en unos guantes quirúrgicos. Quizá mañana se atreva, quizá mañana pueda salir a comprar lo necesario, quizá mañana abra también las ventanas.
El único traje invitado era la piel. No había tiempo de palabras ni cortejos, solo urgencia, caricias y la certeza de que estaban destinados a reconocerse, en cualquier espacio, persona y tiempo.
Brevedad
Para M. y E.
Saludable, rechonchito y risueño era la delicia de sus padres. Con los días el color rosado fue desapareciendo y mientras su sonrisa se hacía más intensa él era más etéreo en su cunita de plexiglás. Un día se volvían brumosos sus brazos, otro, sus piernas. Emitía gorgoritos, sonreía. Decía a todos que estaba de paso, nadie lo escuchaba. Mientras tanto su piel se tornó azul. Los doctores no entendían y lo conectaron a cables, mangueras y oxígeno. Querían que retornara el rosado de su piel, pero no fue así. Poco a poquito cambió del azul al blanco, el más brillante blanco que se pudiese imaginar. Doce días después de aterrizar en la tierra, había ganado sus alas de niño, sus alas de ángel, de ángel niño.
Poeta
A Livio
Mirada de mar y aliento hecho palabra. Se acerca y aleja, ligero sin que pueda alcanzar sus versos peregrinos.
Escritora
A Graciela
La vida le ha permitido dar consejos. No los vende, hay que ganarlos a pulso. En cambio en una hoja en blanco se desnuda y a fuerza de palabras inventa verdades.
Ella siente que necesita distraerse, salir, bailar puede ser algo agradable… por eso decide ir a la fiesta pero, ¿será realmente lo que precisa para cambiar su vida?
Guadalupe
Mientras abro la puerta de casa, escucho el tintineo de la llave. En una mano sostengo la bolsa de las compras, no sé por qué me hundo en la melancolía. Me siento extraña, todos los días la misma cosa. Voy al trabajo, regreso, hago la compra, cocino para el día siguiente. Es como si subiera y bajara una escalera y siempre permaneciera en el descansillo. Para espantar los pensamientos sombríos decido poner un poco de música. Me desplazo por la estancia y me dejo invadir por la melodía. Guardo las cosas en su lugar entre saltitos y pasos de baile que terminan haciéndome reír, entonces llego a la conclusión de que eso es lo que necesito, distraerme, bailar, jugar un rato.
Me preparo para comer cuando escucho el timbre de mi móvil, tengo un mensaje de Whatsapp. ¡Justo lo que necesitaba! Ya llevo puesto el pijama y me da por pensar que mi cama tibiecita y ese rato que había anticipado con la taza de chocolate y mi libro favorito son más atractivos que una noche agitada. Espanto la modorra, la voz de mi amiga me habla a gritos en la cabeza: es necesario que salga de la rutina, que me divierta. Vuelve mi ánimo fiestero, me doy un baño rápido y tomo unos minutos para vestirme, algo no muy revelador pero tampoco aburrido, un toque de maquillaje, tacones…, mejor no, tengo mucho tiempo sin salir a bailar y no quiero que me duelan los pies así que unos zapatos cómodos y coquetos son una mejor opción. La imagen que me devuelve el espejo es halagadora, soy una belleza morena.
El amigo de mi amiga llegó puntual a las nueve. Se me encoge el estómago cuando me subo al vehículo, pero aún así lo hago. Unos minutos después tengo total certeza de que no debí haber venido, quizá por el hecho de que algunos de mis comentarios son ignorados y me hacen sentir incómoda. Espanto la sensación desagradable mientras los escucho comentar por tercera o cuarta vez que el sitio elegido no les gusta. Hasta el momento solo hemos pasado de un establecimiento a otro sin siquiera bajarnos del vehículo. Finalmente deciden que ninguno de los sitios de moda de la ciudad es atractivo y prefieren hacer la fiesta en casa del hombre, yo pienso en mi cama tibiecita y en que me gustaría estar en ella y no en ese carro.
Llegamos y el tipo provee todo lo necesario para unos tragos, coloca música a volumen moderado. Todos tarareamos la canción y de pronto siento que mis tripas crujen, tengo hambre. Salimos por ahí mismo a comer alguna chatarra, en el camino alguien comenta que las fiestas del fulano son legendarias, por como terminan. No sé por qué no me gusta el comentario. Ya de vuelta comenzamos a beber y él coloca música. Nos divertimos, no lo negaré, bailamos como locos, hacemos algunas piruetas y recordamos años pasados. Cuando ya son como las doce o una de la madrugada comienzo a sentirme mareada y no quiero beber más, deseo irme. Mis compañeros de copas están mareados también, pienso que es el momento de acabar la fiesta y así lo comunico pero ellos no me hacen caso, continúan bailando y gritando se pasan un cigarrillo de uno al otro y beben aún más. Yo ya no deseo hacerlo y la verdad, nunca he fumado así que me mantengo fuera.
Algo extraño sucede mientras intento decirle a mi amiga que ya es buena hora para irnos, muy cerca de su acompañante un individuo un poco borroso hace aparición, pasa lentamente a su lado y se pierde dentro de la casa. Me parece extraño que ninguno de los dos lo invite a participar pero esa no es mi casa así que no me meteré en eso. Cuando voy al baño lo avisto de nuevo en la cocina, parece que prepara algo de comer pero antes de que cierre la puerta lo veo desfilar hacia un cuarto que queda al fondo, no le presto más atención, debe estar molesto con todo ese ruido a estas horas.
Cuando llego a la estancia donde están mis amigos, me encuentro con otro personaje al que no había visto. Me lo presentan como otro amigo y me invita a bailar, está bien, bailo un momento con él y me dejo llevar por la emoción de una canción. Colocan una lambada y los otros dos se avientan a bailar, en un momento estamos chocando todos contra todos, el fulano me coge por la cintura y me apreta a él mientras bailamos, yo me suelto entre brinquitos disimulando pues aquello no me gustó, vuelven al ataque, ahora son los dos caballeros que me hacen quedar entre ellos, uno intenta darme un trago y el otro coloca un cigarrillo en mi boca, rechazo ambas cosas y deshago el extraño sándwich. Van por mi amiga ella acepta de buen grado el trago y le da una calada al cigarrillo. Yo aprovecho para alejarme. No sé qué se han hecho los otros dos y me encuentro sola con el tipo. Él coloca otra música toma mi mano y me hace levantarme, comenzamos a brincar por todo el espacio, quiere apretarme de nuevo contra él pero yo no quiero así que hago un movimiento muy brusco y le doy un cabezazo terrible en su boca que de inmediato sangra. Apenada le pido disculpas, él me dice que su mujer lo va a matar cuando vea eso y se me acerca demasiado. Quiere un beso y me lo dice, además completa todo el asunto diciendo que le gusto. No sé cómo reaccionar, por supuesto que no me provoca besar a ese tipo que acabo de conocer, no me gusta para nada y además está tan borracho que apenas puede sostenerse en pie, mi cara habla antes que yo y le dice claramente que su propuesta no fue aceptada, el asunto se torna peligroso porque me doy cuenta que el rechazo le molesta. Empieza a decirme cosas: que soy del tipo de mujeres que se creen mucho, y que soy antipática con quien no me gusta, que era una lástima porque yo le gustaba “Qué mal por él”. Todos mis músculos están tensos cuando intenta tomarme la mano. Sin darle la cara me alejo y veo que vuelven a aparecer en escena los otros dos, están risueños, de brazos cruzados les digo que quiero irme, me ignoran, así que me siento en un rincón y veo que los tres comienzan a bailar de nuevo, se ven realmente grotescos, parte del esfuerzo se les va en tratar de mantenerse en pie porque es demasiado el alcohol que les corre por las venas. Hacen un sándwich con mi amiga, luego el tipo que golpee en la boca sigue “bailando” con ella y ambos caen al suelo, mi amiga se aporrea la cabeza y tarda en levantarse, no me importa la veo con mucha rabia, pienso que eso le pasa por no hacerme caso. Su amigo corre a ayudarla a levantar.
Oh, oh, ahí viene el ebrio de nuevo. Me ofrece un porro, le explico con hastío que no quiero fumar ni beber que estoy cansada, se le iluminan los ojos de becerro y en su rostro aparece una sonrisa tan estúpida, como si estuviera por ofrecerme algo que no podría rechazar: quiere llevarme a casa. Sin ningún tacto me niego, le explico que prefiero irme con quien vine. Se enfurece un poco, dice algunas cosas incoherentes con la lengua pastosa pero al ver que están bailando los otros dos se une a ellos, yo me adormezco un poco, mis sentidos se alertan con el calor de un cigarrillo cerca de mis labios, lo rechazo de un manotón. Con los brazos en jarra me enfrento a los otros dos, les digo que ya está bueno, que debemos irnos y el hombre me grita que nadie me espera en mi casa, que me relaje. Me enfurezco y enfrento a mi amiga y recibo de ella la misma respuesta. El ebrio apresa mi muñeca con fuerza yo manoteo y le digo que necesito ir al baño, él ofrece servirme un trago que estoy segura no beberé; aprovecho y me alejo de allí. Miro hacia la cocina y me doy cuenta que el mismo muchacho que vi antes se encuentra mirándome, me extraña eso, se pierde de nuevo en el cuarto, sin saber por qué me dirijo hacia allá. Lo encuentro sentado en la cama, tiene las manos en la cabeza. Yo me detengo en el umbral y lo observo, él no habla y yo tampoco, con la cabeza me indica que cierre la puerta, lo hago. Ahora advierto menos su presencia, está oscuro. Me siento a su lado y cruzo con fuerza mis brazos, hace frío en ese cuarto, tanto que me taladra los huesos. Me adormezco y unos golpes en la puerta me despiertan, alguien intenta abrir pero no puede. Escucho al ebrio decirle al otro “esa chama se apagó, nojoda yo me voy” suspiro de alivio. No sé en qué momento cerré esa puerta, no recuerdo haberlo hecho, estoy sola en el cuarto.
Finalmente la música se apaga. Abro con sigilo y salgo casi en puntillas. El ebrio no está por ningún lado. La pareja que momentos antes había estado besándose intensamente me mira. Me alegra escuchar que ella está muy mareada y admite que es hora de irse, está a punto de amanecer.
Comienzo a sentirme tranquila porque ya nos vamos pero algo ocurre, la cerradura de la puerta falla, “coño, lo que faltaba” pienso. Por más que intenta esta no cede. Se apodera de nuevo una molestia inusual en mí, reviso la cerradura advierto que el pestillo está al revés y que al enderezarlo abrirá, nada, él no puede y yo tampoco aunque sé perfectamente que es lo que hay que hacer, de nuevo mis sentidos vuelven a ponerse alertas porque el hombre me está invitando a que me acueste en su cama, entre risas los dos me dicen que nos acostemos los tres hasta que amanezca, pues ya falta muy poco. Pero yo ignoro la loca propuesta y lanzo:
—No vas a poder tu solo, ¿por qué no le dices a tu amigo? —Él me responde alarmado
—¿De quién hablas? ¿Qué amigo?
—El que está durmiendo en el cuarto del fondo, yo acabo de verlo, estuve hablando con él hace un rato, está con un short negro y va sin camisa.
Como un vendaval el hombre entra a la pequeña casa y blandiendo un palo al aire comienza a gritar locuras. Yo siento ganas de reírme hasta que escucho a mi amiga decir que no debí nombrar a ese “tipo” que ahora nadie iba a sacar al hombre de ahí, que era mi culpa si se volvía loco. No entendí. Ella me dijo de nuevo:
—¿No te das cuenta de que lo que ese tipo que nombraste es? —arrugo la frente sin entender—, ¿no te das cuenta? —finalmente advertí.
—¿Yo que iba a saber que ese era un aparecido?
Cansado de golpear el aire el dueño de casa se dirige de nuevo a la reja y hace palanca con el palo que carga en la mano. Yo empujo fuerte y la puerta cede, ¡al fin! Salgo y enderezo el pestillo mientras explico tonterías del motivo por el que la puerta no abría. Con mi bolso en mano espero que ayude a mi amiga que está tan ebria que apenas puede caminar derecha. Mientras vamos en camino ambos dicen que desean vomitar, yo solo deseo llegar a casa.
Mientras giro la cerradura, escucho el tintineo de la llave, el aire limpio y fresco de mi hogar me recibe, hace rato amaneció y yo no puedo estar más agradecida, mientras me desvisto, pienso un poco en el extraño personaje. Ahora que recuerdo su cara siempre estuvo borrosa, nunca pude ver sus facciones, tampoco lo escuché hablar, aunque su presencia en la cama si era bastante sólida apenas se dibujaba su silueta en el borde. No me siento asustada al recordar, entendí cuando me pidió que pasara y cerrara la puerta y me gustó el momento que pasé con él. Estoy arropada hasta la nariz y afuera cantan los pájaros. La claridad juega con mis cortinas y hace figuras. Suspiro mientras pienso que definitivamente las noches extrañas no son para mí, no puedo evitar reírme un poco de mí misma, al recordar la forma en que fui a parar a esa extraña fiesta. Cierro los ojos. ¡Qué va! Está bien subir y bajar varias veces las escaleras. Por ahora prefiero no pasar del descansillo.
Ella escribe sin descanso en su ordenador de escritorio ni tan reciente ni tan antiguo, son historias que se escriben Entre Lineas para todo aquel que las quiera leer.
Durante esos duros años andando por veredas equivocadas escribir fue su tabla de salvación. No sabía para que lo hacía, solo se afanaba en contarse historias, en vivirlas mientras sus dedos expertos golpeaban con urgencia el teclado con letras borradas por el oficio y llenaban página tras página. La noche dio paso a las madrugadas en incansable labor. Durante cinco frenéticos años reunió cuatro novelas y varios cuentos. Ya no escribía a escondidas, ahora lo hacía a sus anchas, aunque sabía que ya no era lo mismo. Se dio cuenta que necesitaba esa realidad paralela para soportar la suya. Un buen día, la carrera maratónica de las teclas se ralentizó.
Él llegó como un viento de dirección desconocida, tibio y aromático. De rostro suave y líneas delgadas. Sonrojado hasta la raíz del pelo, leyó a tropezones su primer intento. No se arredró tras las críticas, al contrario, fue por más. ¡Qué valentía! Qué interesante escucharlo hablar de sus sueños y leer sus bosquejos a través del móvil.
Ese primer domingo de otros muchos días que vinieron después, flotaron en el aire barcos piratas, lobos oníricos y hermosas mujeres. Su mirada líquida como el horizonte marino y sus palabras cadenciosas dichas en tono bajo, colmaron el ambiente de esperanza. No era más joven que ella cuando comenzó a escribir, más o menos la misma edad, más o menos los mismos sueños, tiempos dispares y al encuentro, una vereda del camino que los hizo confluir, como un yin y yang carentes de toda lógica.
Al verlo cargado de ilusiones ella no quiso que las perdiera. Y pasó algo más, como una embelesada y golosa niña pequeña, quiso adentrarse en esos sueños ajenos. Lo consiguió. Con entusiasmo lo escuchaba hablar de sus proyectos, lo veía parir en la propia mesa de su casa, palabras ordenadas en forma tan armoniosa, que provocaba ponerse a bailar. De hecho las teclas hacían una especie de danza: descansaban mientras sus huesos inquietos recorrían la estancia ante alguna tribulación de los personajes, o ante algún reencuentro de la ficción y volvían a bailar al compás de sus dedos emocionados.
Se hizo común y necesario para ella escucharlo hablar, hacerlo ella también, mostrar uno que otro truco, una que otra calleja por la que podía transitar y que casi al instante era sorteada con éxito y total maestría por parte de ese no alumno improvisado que sin saber exactamente como, se arengó a su vida. Pronto fueron dos las máquinas ocupadas en dar a luz sueños. No había descanso en el ritmo constante y musical de los teclados. El ordenador de ella era de escritorio, ni tan reciente ni tan antiguo; el de él era moderno y pequeño y hacía un sonido acuático cuando se detenía a corregir algún error.
En poco tiempo tuvo ante sí a alguien crecido, cada vez más curtidas sus ideas y escritura, interesado en leer y aprender. Qué hermoso ver tal prosperidad, el cuidado fanático que ponía en cada revisión, su tesón, la osadía de sus letras y sobre todo esa pasión al defender cada milímetro de su espacio literario.
Deseó con fuerza que no le pasara lo que a ella, que no fuera absorbido por el agujero negro de la necesidad de ganarse la vida o de renunciar. Deseó con egoísmo que tuviera la suficiente entereza para defender ese territorio abismal y amado de las letras… Pero esos deseos eran tan inciertos como el futuro que él aún tenía que inventarse.
Las noches de actividad febril ante los ordenadores se repitieron durante un tiempo. Tiempo en el que ella absorbió cada encuentro como algo único y deseable. Luego, las responsabilidades que impone la vida, hicieron mella, ensancharon el camino, la escritura pasaba a segundo plano, como siempre. No importó. Aún estaba el recurso del móvil.
Lo vio de lejos abrirse paso en otras áreas, en los estudios, en el trabajo, se sintió contenta y lo extrañó. Por primera vez supo explicarse que el infrecuente silencio de las teclas era simplemente el sonido de la soledad. Como en una película lenta recordó sus palabras, las ideas proyectadas en voz alta, todo aderezado con su risa y esa chistosa costumbre de soltar una especie de balido parecido al de los chivos cuando algo se demoraba en su cabeza más de lo que había previsto.
Decidió que apoyaría cada paso, cada decisión, incluso la de abandonar por momentos sus letras porque le tocaba vivir. Pero también alentaría, una y otra vez. Ella sabía que por muchas tribulaciones, por muchos giros que diera, al final la calma de la escritura ganaría. Estaba convencida de que él era tan raro como ella, esa clase de gente para la que escribir es una forma de adecuarse al mundo y aunque por momentos el torbellino de actividad y acontecimientos exigieran a golpes su atención, tarde o temprano, la pluma, el ordenador y las ideas se acoplarían como un engranaje para formar de nuevo una sola pieza.
Pensó entonces con cariño que cerca o lejos sería agradable saber que sus ideas siguieron brotando y que su energía no se apagó. Que las líneas borroneadas al apuro en cualquier hoja, encajaron magistralmente.
Ella sigue escribiendo. Su ritmo no cesa y sus palabras van siempre acompañadas con tazas de café y montones de chocolates Savoy en domingos solitarios. El ruido de su ordenador ni tan reciente, ni tan antiguo, irrumpe en la madrugada con el ritmo conocido de las teclas, que hilvanan historias como esta, de cariños y deseos, que se leen entre líneas y luego se echan a volar.
Su nombre completo es Danibia Guadalupe de los Milagros Abreu González. Es venezolana de nacimiento, se graduó de Licenciada en Educación mención Preescolar y tiene una maestría en Lectura y Escritura. Tiene un hijo que ama con locura. Es lectora voraz desde que tiene memoria. Su vida gira en torno a estos dos procesos: Leer y Escribir. Por eso pasa sus días entre escribir cuentos, novelas, libros de texto, dar clases en la Universidad de Carabobo y trabajar con niños. Su propósito es que a los niños les guste leer. Por eso los inicia en la lectura de cuentos, los acompaña en la escritura y tiene la satisfacción de ver como poco a poco se interesan en leer de forma voluntaria algún cuento de los que hay en su vasta biblioteca.
Actualmente explora desde su escritura sus experiencias de mujer. En ellos reflexiona de manera profunda y a veces chistosa cada una de las situaciones que alguna vez ha vivido tanto ella como alguna otra mujer que le inspire para escribir. Su seudónimo es Guadalupe porque es su segundo nombre, además es devota de la virgen morena y su abuela paterna era la dueña original del nombre. Esta es una sencilla pero bonita manera de rendirle homenaje a esa abuela de cuentos que ha inspirado muchos de sus personajes.
Ella está divorciada… y comienza a disfrutar de su inesperada soltería, sin embargo, la gente se empeña en mandarla a buscar marido como si se tratara de flores en una maceta… ¿será que la gente cree que cada cierto tiempo hay una Lluvia de tipos para las divorciadas? ¿Será un nuevo marido lo que ella realmente desea?
Lluvia de tipos
Contemplar el atardecer siempre ha sido algo que me relaja. Estoy haciendo eso justo ahora mientras pienso en todo y en nada y juego con mi móvil que está caliente aún de la última llamada recibida. Me sentí muy contenta de hablar con esta amiga excepto por el bendito tema recurrente, de que tengo que encontrar un marido. A lo largo de los años he tenido que escuchar eso como una cantaleta de muchas personas que sé que me quieren y de otras que solo lo hacen por joder. Es que no sé qué piensa la gente cuando me manda a buscar marido, como si fuera tan fácil. ¿Es que acaso piensan que con decirlo ya me lo encontré?, ¿que “los maridos” se riegan en alguna maceta?, ¿que solo con salir llueven tipos?
Todo comenzó cuando luego de mil años de casada me divorcié. Está bien exagero no fueron mil años, fueron… ocho o nueve, la cuestión es que no me había terminado de separar y todas las mujeres que conozco empezando por las de mi familia hasta mis amigas comenzaron a recomendarme encontrar otro marido. Bueno, eso y otras tantas cosas más. Me tocó escuchar tantas veces lo mismo dicho con palabras distintas que en mi mente comencé a fabricar una lista y a enumerar los consejos de la gente y esto se convirtió en un pequeño juego mental para distraerme y burlarme un poco. La llamada de mi amiga me lo recordó. Cuantas tonterías he hecho tratando de seguir esos “Consejos”
Arréglate y ponte bella que hombres sobran
Un día estábamos reunidas en casa de una amiga mis tres cuñadas, mi amiga y yo. Bebíamos y tratábamos de pasarla bien. Todas sabían ya que mi matrimonio era un completo fracaso y que faltaba realmente muy poco para que diéramos el paso final, pero ellas trataban de animarme, me decían que era una crisis y que pronto pasaría. El ambiente no podía ser más funesto por eso una de ellas propuso ¡Irnos de fiesta!
Yo no tenía mucho ánimo. Quería irme a casa a escuchar roncar al que aún era mi marido, esa noche había llegado temprano y no me había encontrado. En fin, todas animadas comenzaron a dar algunos cambios o toques a lo que llevaban puesto, sobre todo al maquillaje, mi amiga me convidó a sentarme cuando me tocó el turno de corregir el mío una de mis cuñadas me dijo:
—Chica, tienes que maquillarte más, casi siempre andas con esa cara tan lavada… —y enseguida la otra:
—claro, tienes que andar siempre bella… aunque no te provoque —brincó mi amiga mientras me rizaba las pestañas
—Maquíllese, arréglese, vístase bonita, que si no es él, es otro, hombres sobran —lo cierto es que casi todas estábamos pasaditas de tragos maquilladas en exceso y aprovechando ese subidón del alcohol decidimos irnos de aventura a buscar hombres para probar la teoría.
Llegamos a un local concurrido, la música no estaba mal y se veía todo animado. Bajamos del auto, una de mis cuñadas estaba muy emocionada por salir, se sentía divina. Retocó su pintalabios mientras se miraba en el espejo retrovisor del auto y luego batió su cabello con tanta energía que tuvimos que agarrarla para que el mareo no la hiciera irse de bruces al suelo. El muchacho que franqueaba la puerta tenía un rictus gracioso en sus labios, había visto todo. Al acercarnos nos indicó hacia donde podíamos encontrar una mesa y eso hicimos. Nos ubicamos cercanas a la pista de baile y comenzamos a menearnos sentadas en nuestras sillas, indicando con eso que éramos chéveres, que estábamos disfrutando mucho la velada y que nos moríamos por bailar. Bueno en mi caso era más un movimiento reflejo porque nunca es que me haya gustado mucho el reguetón y eso era lo que sonaba en ese momento. Estaba un poco oscuro por lo que era difícil ver, pero cuando las luces de la pista barrían el lugar se asomaban diferentes escenas, por ejemplo, una pareja que se comía a besos unas mesas más adelante, tipos solos bebiendo y hablando a gritos, en la barra hombres y mujeres llevaban a cabo conversaciones o cortejos. Luego de un rato más o menos largo seguíamos bailando con las sillas y mirándonos las caras, tuve un ataque de risa con resoplidos y todo cuando mi cuñada volvió a batir su pelo y a darse golpecitos en los labios con los dedos. Siguiendo las luces se interesó por unos tragos gratis que estaban dando en la pista y sin tomarnos en cuenta se acercó hasta allá, gritaba y bufaba, parecía que la pasaba muy bien. Mi otra cuñada de pronto desapareció de nuestra vista también y desde el baño nos pasó un mensaje diciéndonos que estaba en una terrible emergencia y que en cuanto pudiera solucionar saldría de allí, otra de mis cuñadas se instaló en la barra, quería beber y probar si podía atraer hombres y luego decirles que era casada, así que quedamos solo mi amiga y yo. Un rato después se nos acercó un tipo, se movía al compás de la música y tenía un trago en la mano, parecía estar pasándola muy bien. Extendió la mano a mi amiga y le pidió bailar, ella accedió y le explicó que no era soltera pero que había salido a divertirse, el hombre respondió que él era divorciado y también estaba divirtiéndose que no buscaba nada más, ella algo insegura se levantó y fue a bailar, al llegar a la pista se cayó y tuvo que devolverse porque su tacón se rompió. Entonces tuve que ir a bailar yo. No era un mal bailarín, era amable y se notaba que de verdad quería disfrutar, yo hice lo mismo. Contó unos cuantos chistes y me reí, invitó tragos y los acepté. Luego de mucho rato cuando mi amiga del tacón roto fue a bailar con él descalza me di cuenta que las otras no estaban ni cerca. Puse atención, una seguía en el baño, la otra estaba dormida en la barra y la de la pista estaba tan borracha que sus carcajadas se oían por todo el lugar. Tuve que pedirle ayuda al hombre Drácula como lo habíamos apodado por estar todo vestido de negro. Recogimos a la cuñada de la barra y ella siguió durmiendo apoyada su cabeza en nuestra mesa, luego fuimos al baño mi amiga tacón roto y yo para dar solución al problema de mi otra cuñada, una pastilla de Loperam, agua y toallas húmedas dieron fin a su estadía en el maloliente sitio. Finalmente cuando ya íbamos a dar por terminada la noche mi cuñada pelo batido/pista de baile ganó el premio a la que más había tomado shots, por lo que nos brindaron a nosotras esos shots servidos directamente de una manguera a la boca que era como ella estaba bebiendo, quien servía los tragos era un atractivo muchacho que sostenía un morral y una manguera plástica de dónde provenía una bebida que parecía gelatina de color azul. Mi cuñada pista de baile fue despedida con un aplauso y tuvimos que sacarle a rastras del lugar pues su objetivo era amanecer.
El fresco de la madrugada nos despejó un poco pero antes de entrar al auto mi cuñada pelo batido/pista de baile tuvo que devolver y mientras regresábamos a casa, siguió esparciendo el contenido de su estómago por toda la ciudad, pero claro esto solo lo advertimos mi amiga y yo porque las otras dos dormían como benditas. Me quedé mirándolas un momento, Pelo Batido, tenía el labial corrido y estaba pálida de tanto devolver. Su cabello era un verdadero desastre, en realidad no levantó ningún hombre porque para mí no contaba perseguir al mancebo del alcohol que repartía shots a todas las mujeres de la pista. Barra Durmiente hacía rato que había perdido su maquillaje de ojos, estaba corrido y una de sus pestañas se había despegado, creo que al segundo trago se quedó dormida así que no pudo haber tenido tanto éxito con los tipos. Emergencia en el baño estaba casi intacta solo que su camisa estaba por fuera pues trataba de ocultar el grave problema húmedo de su pantalón. Quizá cansada de estar toda la noche en el baño acompañaba a Barra durmiente y resoplaba con suavidad. Mi amiga tacón roto se sobaba su pie maltratado y me miraba con desconcierto, yo sonreí al volante mientras comentábamos sobre el hombre Drácula, era gracioso como aparecía y desaparecía por momentos y no se le movía ni uno de sus cabellos largos y plateados. Nos detuvimos de nuevo para que Pista de baile echara fuera la bilis y entre las arcadas y la música romántica de la emisora mi amiga me dijo:
—Siempre bella… —sonreí aunque tenía ganas de ponerme a llorar—no sé cómo lo haces, no se te ve el maquillaje pero al menos no tienes el rímel corrido… —me quedé mirándola mientras pista de baile subía al auto y soltaba un terrible eructo. Tacón roto y yo terminamos riéndonos de semejante cuadro, nuestras carcajadas nerviosas superaron la voz del tipo de la radio, los ladridos de los perros y el sonido del motor de nuestro vehículo.
Al llegar a casa esa madrugada escuché los familiares ronquidos de mi esposo y quise acurrucarme con él. Me desvestí y sentí su calor, estaba de espaldas a mí así que lo contemplé por un buen rato. ¿Por qué debía buscar a otro marido si aquí tenía uno? ¿Por qué si estaba tan cerca lo sentía tan lejos?
Lo abracé y él como era su costumbre rodeó su cuerpo con mi brazo. Le dije al oído muy quedo que no quería salir a bailar sin él. Me hubiese gustado que se volviera hacia mí y dijera algo romántico pero la realidad era distinta, ahí lo que había era una cáscara vacía.
Mi matrimonio acabó. No así la preocupación de mis amigas por la búsqueda del reemplazo. Una de mis cuñadas se dio a la tarea de citarme en bares, para que conociera al tipo perfecto. El detalle es que lo hacía de dos a seis de la tarde porque en la noche se le hacía difícil lidiar con su celoso marido. Pero según su teoría era muy sencillo encontrar a alguien en esas barras de las tascas que de pronto quisiera iniciar una conversación. El tema es que mientras estábamos ahí tomando piña colada solo se nos acercaba el cantinero.
Las voces de mis amigas retumbaban en mi cabeza cada viernes por la noche, cada jueves al mediodía y cada varón solo que veía. Me pasaba el día como si estuviera de caza. Cualquiera estaba en la mira.
Así fue como un buen día pensé que un testigo de jehová estaba interesado en mí y le di mi mejor mirada seductora justo en el momento en que comenzó a hablarme de dios y me dio su folleto a todo color con esas familias perfectas, de niños rubios y padres rubios junto a otra familia perfecta de padres negros con niños negros. Luego de que me soltó su mejor discurso me dejó ahí parada sintiéndome como la más estúpida del lugar y lo peor es que luego de que me dio mi folletito unos pasos más allá lo esperaba su perfecta esposa vestida con su falda azul y su camisa rosa bajo su perfecto paraguas de color neutro.
Un día mi mamá me invitó a una fiesta de una de sus amigas, pensé que podía ser una oportunidad de encontrar hombres disponibles, y pues claro que había, la mayoría viudos y de geriátrico. Esa noche me reí mucho de mí, de lo que pensé y me dispuse a disfrutar de la velada intentando olvidar el motivo que me hizo aceptar la invitación.
Una vez me encontraba rellenando un formulario en un autolavado y se me acercó un tipo de lo más atractivo. Me sentí hermosa cuando el hombre galante ofreció un asiento y luego se sentó a mi lado. Mi mente comenzó rápidamente a maquinar un romance basado en risas y maravillas, era un hombre atractivo de verdad, no podía creer mi suerte, ya verían todos, tremendo partidazo. Algo me hizo salir del cuento que armé en mi cabeza:
—Qué bueno que te interese tanto el producto… nunca había visto a alguien tan interesado en sus cualidades como tú. Entonces ya sabes, te espero en nuestra reunión, no llegues tarde… —terminó dándome una tarjeta donde había un número telefónico y decía que era un ejecutivo de ventas. La miré con decepción, francamente yo pensaba que el producto era él, tendría que andarme con más cuidado y definitivamente mi cerebro y mi exterior tendrían que coincidir por mi propio bien.
Otra noche en que salí de juerga con unas amigas terminé en un hotel con un desconocido que estaba muy interesado en mí, pero salí en carrerita porque el hombre me confesó que era casado y era la primera vez que intentaba ser infiel, así que primero lo aconsejé y luego salí disparada de ahí, me rehúso a ser ese tipo de mujer.
Lo cierto es que, me arreglo y me pongo bonita, pero definitivamente hombres no sobran, sobran viernes solitarios en los que unas veces lloro otras disfruto de pizzas caseras y una copa de vino frente a una película romántica. También sobran viernes de compartir con amigas, de cine con el hijo que ya casi es adolescente y de pensar muy en el fondo que no tengo nada malo por estar divorciada, eso también tiene su encanto.
Búsquese un resuelve…
Cualquier hombre puede ser un resuelve el problema es que eso no es lo que quiero, por eso este es uno de los consejos que me ha sido más difícil seguir. Pero hasta ahora una de las cosas más difíciles es tratar de explicar a la gente que buscar un resuelve es casi tan fácil como encontrar al “ideal”.
Mi comadre y yo bebíamos café muy tranquilas y de pronto me salió con que me veía muy sola, que yo necesitaba alguien que me ayudara con los gastos de la casa, incluso con la compra. Si ella supiera que mi marido, nunca tuvo como deber comprar nada para la casa, la cocina, la nevera y no sé cuántas cosas más las compré con mis ahorros. Yo pensaba que era algo normal, que las parejas compartían gastos en esas cosas, hasta que un buen día me enteré que el dinero que ahorraba conmigo, lo gastaba en comprar con otra, cosas para su casa. No le dije nada a mi comadre, si hay algo que he entendido es que la gente no quiere escuchar lo que tengas que decir, solo se enfocan en las cosas que ellos creen correctas y claro, lo correcto, incluso en pleno siglo XXI es ser la mujer de alguien.
Hace unos días atrás mi mamá me pidió que la recogiera en la casa de su hermana. Al llegar encontré a uno de mis queridos primos visitando a mi tía. Luego del saludo vino la pregunta:
—Prima,¿ tienes novio? —como le dije que no, enseguida me dijo que era muy necesario que me buscara un resuelve. Me hubiese gustado preguntarle donde es que venden esos resuelves, si es que uno va a una tienda y lo pide para llevar bien envuelto y de acuerdo a lo que la mujer necesite, si es que lo quiere solo para dividir los gastos o para que le baje las bragas. Me pregunté con un poco de intriga si él será el resuelve de alguien…
No te quedes sola…
Un día estábamos de lo más relajadas mi mamá y yo en un cumpleaños. Se me acercó una de mis tantas tías con un cierto aire misterioso. Me agaché para poder escucharla, ella estaba empeñada en saber si al menos tenía alguien con quien me estuviera acostando, por favor, esas no son cosas que se anden ventilando con señoras mayores. Empezó a decirme que yo valgo mucho, que merezco solo lo mejor y unas cuantas cosas más.
De acuerdo con ella y con otras señoras del siglo pasado el valor se mide en el marido que tienes. Si luego de unos años solo puedes hablar pestes de él eso no importa. Si lo que antes te hacía gracia ahora para ti es un problema, no importa, aguanta. Si no soportas su olor porque consume ajos para bajar la tensión y no se baña cuando hace frío, eso tampoco importa.
Yo no puedo decir que al principio esas cosas fueran relevantes para mí, amaba calentar los pies fríos de mi esposo. Con uno de mis amigos adopté la costumbre de dormir con una funda a manera de máscara porque no tenía la culpa para fumigar la habitación, el tipo me gustaba en serio. A una de mis conquistas le gustaba caminar desnudo por el apartamento o abrir la puerta en cueros, ya me hubiese gustado a mí estar tan conforme con mi piel. El asunto es que luego de un tiempo esas cosas dejaban de parecerme graciosas y me incomodaban. Supongo, como dicen mis tías, que no ha llegado el indicado.
Demuestra lo que vales…
Pienso que el problema es que la gente se empeña en verme distinto, como si fuera absolutamente necesario que esté con un hombre para ser “alguien” como si estuviera incompleta porque no tengo un “marido que dé la cara por mí” y lo que no saben es cuantas veces fui yo quien daba la cara por mi marido. Una vez nos persiguió un tipo y le dijo que lo iba a matar no sé por qué cosa, dijo que lo iba a buscar así fuera en el fin del mundo y ni idea tuve yo de por qué hasta que un día empezaron a gritar desde la planta baja del edificio donde vivíamos que tenía una deuda terrible… lo esperé y le di el dinero porque me avergonzaba que gritaran esas cosas, afortunadamente el hombre no volvió imagino que el dinero fue bien utilizado.
Yo no solo compraba cosas y pagaba deudas, también me ocupaba de hacer muy bien la comida, para que no se la comiera casi nunca, y de acompañarlo a donde él quisiera ir, de esperarlo y entenderlo cuando no llegaba temprano porque se había quedado “trabajando” hasta que un buen día la realidad me cayó como un bloque de hielo sin anestesia cuando su “verdadera señora”, me habló para decirme que ella era una mujer decente y que yo era la que estaba atravesada en medio.
Con los días me di cuenta que el asunto era un poco más difícil de lo que yo pensaba. Claro que en la calle sobran hombres, pero no son esos que uno quiere o imagina, sobran de esos que les encanta ponerle los cuernos a su mujer, los que solo quieren acostarse y luego si te he visto no me acuerdo e incluso sobran los que se dicen amigos y solo te necesitan de chofer porque tú tienes carro y ellos andan a pie. El resto, está en una relación o no quieren compromisos.Unos cuantos tipos después me sentía igual de sola y peor aún igual de usada.
Con el paso de los días bajé un poco el ritmo, cansada de buscar entendí que amanecer sola no era el fin del mundo. Entendí que esa búsqueda no era para complacerme yo, era para seguir complaciendo a otros… me pregunté entonces: ¿Soy feliz? Y una voz muy sabia que brotó de adentro me respondió: no, mientras sigas corriendo sin saber a dónde…. Y me detuve. Me detuve a sentirme completa con la sonrisa de mi hijo, con las noches de hamburguesas y pizzas solo los dos viendo el canal de Disney, con los cuentos de mis sobrinas sobre sus primeros pininos en el amor, con una tarde de cine solo yo y mi pote de cotufas no compartido, con mi trote solitario al ritmo de Led Zeppelin en el parque, con las salidas con mis padres, con las jugadas de Scrabble, con las largas conversas sobre cualquier vaina con mi hermano en casa y miles de cosas más que le daban sentido a mi vida y que no veía por estar siempre tratando de demostrar lo valiosa que era como pareja, con alivio entendí después de años que no necesito demostrar nada y que lo que venga, vendrá en su momento, no tengo porque perseguirlo a la desesperada.
El té está frio y hace rato que se hizo de noche. Las luces alumbran lo que hasta hace un momento era una calle llena de actividad. En uno de los cuartos de este hogar, la música de mi adolescente está un poco alta para la hora, se me escapa una sonrisita porque voy a pedirle que le baje y sé lo que vendrá, miles de argumentos de su parte para no hacer caso. Apago la luz del balcón, voy a preparar algo de comer, es viernes de películas repetidas.
El Coleccionista es un cuento dedicado a Elías Baptista y su loca obsesión por todos los libros…
Para Elías
No hay feria que escape a su escrutinio. Una vez en casa organiza y selecciona la valiosa mercancía. Contempla con cariño su adquisición. Se pasea en los detalles: quita alguna pelusa, incluso saca algunas fotos. Con verdadero deleite anticipa el momento y mientras su gata gorda ronronea por encima de su cabeza, él con un nuevo ejemplar en mano se acurruca en la cama y comienza a leer.
En esta primera entrega a través del cuento Juego de Sombras nos adentramos en la mente de una adolescente confundida que explora sus preferencias sexuales… ¿Realmente está confundida? ¿Qué decidirá?
Guadalupe
Para M.M
Oscuro
Hace más o menos un mes empezó el año escolar. Aún no me acostumbro. No tengo ganas de ir a estudiar, menos de salir de mi cuarto. Desde mi cama miro hacia la ventana. La mañana es un agujero oscuro, no hay sol. Llovió toda la noche y hace frío.
Me levanto y me dispongo a vestirme. Los jueves es el peor día de la semana porque toca Educación Física y yo odio el uniforme. Es de esa horrible tela sintética que se pega al cuerpo, no hay forma de que la franela me quede bien y lo he intentado todo: cada vez que me la quito la coloco en un gancho de ropa y la estiro con fuerza en las mangas y el cuello, pero se encoge justo cuando me la voy a poner. Es un bochorno, porque mis senos son tres veces más grandes de lo normal, no me parezco al resto de mis compañeras que tienen la medida justa y no usan sostenes copa doble D. Los muchachos me miran y no quiero que me miren. Me avergüenzo de mis pechos enormes y de mi cuerpo grande. El pantalón es otra historia, tengo que hacer un curso para que entre. Aunque si me miro de ladito no se me ve tan mal. Mejor es que no busque consolarme, es igual que la franela: un fiasco. Yo también soy un fiasco. He tratado de no pensar en eso pero no puedo, quiero desesperadamente ser otra persona.
Mis compañeros están reunidos en la cancha. También Liset, la más bonita del colegio. Ella y su grupito de imitadoras dominan cada lugar a donde van. Cuando me ve sonríe, creo que en forma maliciosa, nunca la he escuchado burlarse de mí, pero sus amigas sí que lo hacen, por eso las evito lo más que puedo. Hoy no me queda más remedio que ir hacia ellas porque la clase está por empezar y el odioso profesor insiste en que tenemos que reunirnos de acuerdo a nuestro sexo. Hacemos el estiramiento que corresponde y luego vamos a trotar. Mi corazón se equivocó de lugar porque palpita en mi estómago, los nervios se apoderan de mí. Por una vez me gustaría aguantar la clase entera, sería algo muy bueno si lograra trotar al menos veinte minutos sin parar. Liset dice algo y las otras ríen, no presto atención. De nuevo lanzan un chiste de mal gusto y esta vez advierto que está dirigido a mí. No tiene nada de gracioso, pero yo hago que me río: mi boca emite una carcajada bastante convincente y mis hombros se mueven arriba y abajo. Eso las deja complacidas. El profesor da algunas instrucciones y Liset se coloca a la cabeza del grupo de las chicas.
Arrancamos a la señal del profesor. Las que van delante partolean mientras trotan, yo no. Me concentro a ver si logro dar la vuelta completa. A mi paso algunos muchachos se burlan. Imagino la razón, mis pechos bailan arriba y abajo en un odioso movimiento ondulante que me hace querer ser invisible.
Me olvido de los muchachos, bajo el volumen mentalmente a sus groserías. Oigo el ruido de las zapatillas deportivas de las otras chicas y de mis propios pies dar golpes continuos en el asfalto. La cancha está un poco mojada, así que todas resbalamos. Me doy ánimos, siento que no hay nada capaz de detenerme, sé que puedo hacerlo. ¡Lo voy a lograr! Por primera vez desde que empezamos el año voy a poder dar la vuelta completa a la cancha, si lo hago seré feliz. Voy a reír de verdad, no como cuando hacen chistes a costa de mi cuerpo. No me importa nada más. ¡Tengo que llegar al final!
No sé que pasó. Mi cabeza da vueltas, me duele un tobillo. Quiero gritar de dolor, ¿en que momento me caí? Poco a poco vuelven a mí los ruidos exteriores. El profesor me grita que me levante y el resto de mis compañeros, se ríen, claro que se ríen de mí.
Estoy tendida en el suelo con este dolor insoportable. ¡No quiero llorar!, ¡no quiero llorar! Me tapo la cara con las manos y trato de que mi respiración se normalice, el sudor de la carrera se mezcla con las odiosas lágrimas que se me escapan sin permiso.
Me gustaría ser invisible, pero no, soy de lo más patética y evidente, de lo más inmensa y tosca. Pensar en eso ¡Me llena de coraje! Trato de ponerme de pie, tengo que ser fuerte y levantarme para poder irme de aquí, donde a nadie intereso, donde nada de lo que hacen me sorprende. Como me gustaría ser otra persona para que mis días no fueran siempre iguales. Sería genial que algo marcara la diferencia. Quisiera poner una bomba en el liceo y que volaran por los aires todos esos estúpidos que se burlan de mí. ¡Eso sería algo único e irrepetible! Sí que marcaría la diferencia.
Me miro el uniforme sucio de barro y aterrizo en ese estúpido momento que me toca vivir. No me queda más remedio que ponerme de pie. Creo que puedo sostenerme en el tobillo que me duele. Mientras hago equilibrio unas manos fuertes se han acercado con diligencia. No entiendo…
—Te ayudo… —me dice una voz, trato de ponerme lo más ligera posible, pero él no parece inmutarse por mi peso.
—Grac… grac… —lo que me faltaba ahora no puedo hablar. Un escalofrío me recorre. Mi cara debe parecer a punto de explotar.
Esas manos que ahora tienen rostro no se inmutan, al contrario, sonríe y su sonrisa no es burlona. Pienso con cautela, no puedo dejar que nada me sorprenda. Ya bien derecha intento comenzar a caminar.
Cojeo.
Punto- coma, punto-coma, punto-coma.
—Te acompaño… ¿Te molesta? —No digo nada. No puedo.
Le indico con mi cabeza que no me molesta, quiero que me acompañe. Mientras caminamos hacia la entrada de la cancha me doy cuenta que las chicas nos miran. No puedo evitar sonreír, es algo más fuerte que yo ¡Dios mío! No puedo ser tan evidente. Mi tobillo está como anestesiado. En mi cabeza comienza a gestarse una idea que cada vez tiene más forma. Este día no es igual a los demás, hay algo distinto. Mis mejillas ardientes así lo indican, creo que por fin mi deseo se ha cumplido, me atrevo a levantar la mirada, la suya me ha estado esperando, me doy cuenta que es igualita al cielo en calma, está lejos pero no importa, sé que algo siente por mí, está ahí y lo sé. El chico que me ayudó a levantarme rodea mi cintura, no lo necesito porque mi pie ya dejó de doler, pero no soy tonta, no se lo voy a decir. No aguanto más y rompo a reír. Mis carcajadas hacen que todos enmudezcan, sobre todo las chicas, Liset no disimula que está enojada, me atrevería a decir que está celosa de la atención que despierto en este chico simpático. Mi risa debe ser contagiosa porque mi nuevo amigo ríe conmigo. Liset está muy linda toda sonrojada y molesta, hago lo posible para que mi acompañante no la vea, me concentro en sus palabras.
—Te he visto… pero no sé como te llamas
—Soledad… —contesto.
Un cosquilleo me recorre todo el cuerpo. Siento que floto, por primera vez en una clase de Educación Física no me siento tan fuera de lugar.
—Muy bien… —comenta la voz—. Sol
Miro su perfil brevemente, creo que vamos a la enfermería, no me importa. Lo que sí me interesa es salir de esa cancha. El día no arrancó con buen pie, de hecho no pude meter más la pata, sin embargo, no me siento triste, ni avergonzada, estoy feliz de haber hecho enojar a la bonita, de esa mirada escurridiza, feliz de haber encontrado un nuevo amigo.
Claro
Han pasado algunos años desde ese acontecimiento en la cancha. El chico amable se convirtió en mi amigo y es una persona bastante comprensiva. Para mí la vida ha seguido por ahí con algunos altos y bajos. Hace un tiempo dejé atrás mi timidez, decidí que no me llevaría a ninguna parte. Cuando llegué a la universidad me corté el cabello y adquirí el odioso hábito de fumar. No todo es malo, a punta de dieta y ejercicio logré tener un peso decente. Pero no me gusta hablar mucho de estas cosas, no me gusta recordar cuanto me afectaba mi imagen.
Hace como un mes me encontré con Liset. La avisté apenas entró al local y pensé que no me recordaría, no soy fácil de reconocer, luego de mi doble masectomía soy una persona distinta. No, mejor dicho, soy quien siempre fui y no sabía. Contrario a mi pronóstico, ella me reconoció en medio de la nube de humo que dejaba mi cigarrillo. Al principio, pensé que haría un mal chiste de mi apariencia, o que se burlaría con desfachatez como siempre lo hizo durante los años de liceo. Me sorprendió ver que no fue así. También es otra persona: madura, altiva, siempre coqueta. Reconozco que ese encuentro fue incómodo, luego ya nos aflojamos y hasta nos reímos de todo un poco, incluidos el horrible uniforme de Educación Física y todas esas idioteces de la adolescencia. Fumó conmigo. Alabó mi físico, volvimos a reír. Honestamente, no me gusta recordar esos años, sin embargo, no me molestó hacerlo con ella. Más tarde esa misma noche me recordó el día en que me torcí el tobillo, para ella fue un día revelador porque nunca se sintió tan… celosa. Ahora que lo pienso para mí también lo fue. Un día de locos, que empezó con mala pata y me dejó de recuerdo aquella intensa mirada que me persiguió durante años.
Hace una semana que vivimos juntos. Me gusta verla dormida, sus pechos son del tamaño perfecto, su cabello largo enredado en sus curvas es una de las cosas más hermosas que he visto, su boca es más suave de lo que siempre imaginé. He notado que desde nuestro reencuentro mis días son más claros, tan claros como esos ojos de cielo en un día despejado. ¿Qué si alguna vez imaginé que sentiría su aliento soplando en mi cuello? Sí, miles de veces, pero nunca pensé que las fantasías adolescentes pudieran hacerse realidad. Hay algo que salta a la vista, ella nunca ha tenido problemas con los uniformes.